domingo, 22 de marzo de 2015

Vicios privados, públicas virtudes .











Grecia, España y la reestructuración de la deuda: ¿llegamos tarde?

Las soluciones pasan por reconocer el origen privado de la crisis y seguir reconociendo asimetría en las soluciones institucionales para favorecer a los países deudores
Ignacio Muro Benayas 
21/03/2015     

Los problemas sociales encuentran una solución adecuada a las relaciones de poder en cada momento. Si, durante años, unos son capaces de esconderlos y camuflarlos mientras otros llegan tarde a desentrañarlos y a enfrentarse a ellos, entonces, suele ocurrir que los escenarios políticos cambian. E incluso cambia la naturaleza del problema. Eso está pasando con la deuda: cuando los ciudadanos griegos y de otros pueblos del sur despertaron, ni los deudores ni los acreedores eran ya los mismos como consecuencia de múltiples procesos de socialización.

Una deuda exterior, fundamentalmente de instituciones financieras del sur, comprometida con bancos privados de Francia, Alemania, Inglaterra, etc, financiadores interesados de las múltiples burbujas periféricas, se había deslizado, paso a paso, para acabar siendo deuda fundamentalmente pública y comprometida con instituciones públicas europeas u organismos multilaterales.

El problema desde Grecia y España

La naturaleza del problema económico de la deuda griega sigue siendo el mismo. Como dice Stiglitz lo que ha ocurrido se puede resumir diciendo que "la UE  no esta rescatando a Grecia sino a los bancos alemanes". Lo mismo reconoce el FMI. Más, si esa es la esencia económica del problema, esa realidad se ha ido camuflando durante siete años a través de múltiples mecanismos.

Lo que ha ocurrido es que los sucesivos planes de rescate griegos han sido soportados por prestamistas institucionales (un 65% por el Eurogrupo y el BCE) sustitutos de la banca alemana, mientras los prestatarios, los que soportan la carga de la deuda, no son ya los bancos griegos sino los ciudadanos a través de su gobierno. Y ese doble cambio tiene sus consecuencias: mientras los bancos han desaparecido de la primera linea, los gobiernos europeos más conservadores (en realidad, toda Europa) pueden presentarse como defensores de los intereses  de sus contribuyentes españoles, alemanes, portugueses… mientras acusan al pueblo griego de todos los despilfarros.

En España, los procesos de socialización de la deuda han tenido el mismo efecto perturbador. Si en 2008 las empresas y bancos españoles reconocían una deuda de 600.000 euros, principalmente financiada con bancos franceses (por 200.000 millones de euros) alemanes (160.000 millones de euros) o estadounidenses (140.000 millones de euros), siete años más tarde había desaparecido en buena medida de los balances bancarios. Si el primer deudor es el gobierno (la deuda pública ha pasado a significar el 100% del PIB mientras en 2008 estaba en el 39%), los principales acreedores son ya españoles, ya que los titulos de deuda están en un 55% renacionalizados.

¿Qué significa esto? Que cualquier renegociación o quita sobre la deuda pública española agravaría, en primer lugar, la recesión de balances de los agentes economicos españoles y sus problemas de solvencia y liquidez. Y ahí se incluyen desde los propios bancos españoles (204.000 millones de euros en septiembre de 2014) al Fondo de Reserva de la SS (52.000 millones de euros) o ahorros particulares colocados en fondos de inversion y pensiones (100.000 millones de euros).

De modo que la naturaleza del conflicto político es ya sustancialmente diferente.

No conviene ignorarlo entre otras razones porque esos camuflajes, esos mecanismos de socialización, han servido, también, al progreso europeo: lento y parcial pero progreso al fin.

Europa y su triple mecanismo de socialización de riesgos

Conviene entender de qué modo han ido cambiando las cosas para poder construir un relato adecuado a la realidad.

1. El saneamiento de la banca ha sido, el primer mecanismo por el que los gobiernos nacionales han socializado deuda privada bancaria de sus países para convertirla a deuda pública.  Ese proceso ha sido común en toda Europa, desde Inglaterra a Lituania. En España, ha liberado a la banca del crédito al promotor inmobiliario y comprometido recursos equivalentes al 30% del PIB, en un 90% fondos publicos nacionales. Las pérdidas finales estimadas rondarán entre el 16% y el 20% del PIB.

2. La renacionalización de la deuda pública externa. Una vez socializado el riesgo interno a los propios estados tocaba el turno a la deuda exterior. El carry trade (financiación del BCE a los bancos del sur para aportar la liquidez suficiente para adquirir títulos de “su” deuda pública) inaugura el llamado “circulo vicioso” entre deuda soberana y deuda bancaria. Pero ha sido mucho más que eso:  ha sido, en realidad,  un “mecanismo virtuoso” para los bancos franceses y alemanes que les ha permitido ir transfiriendo su exposición al riesgo periférico a los bancos de los países deudores, convenientemente financiados. Los bancos españoles llegaron a disponer de casi 490.000 millones de euros en 2012 (cerca del 50% del PIB) para bajar a 250.000 en 2013. Con un efecto añadido: el diferencial de tipos del carry trade aportó, además, en esos años casi el 35% de los margenes bancarios. 

3. La mutualización a través del BCE de deudas nacionales. Como los bonos de la deuda publica adquirida por los bancos se depositaban como garantía en el mismo BCE, el carry trade inauguraba tambien un tipo de operaciones de mutualización indirecta de los riesgos europeos y, por ello, el BCE fue acusado por los países del norte de estar comprando de forma encubierta Deuda Publica del sur.  Esa política continuó después con las subastas a largo plazo TLTRO y ha dado un salto cualitativo con el QE: ahora ya no se trata de deuda bancaria sino de deuda pública, y, sobre todo, ya no son operaciones asimétricas y puntuales para atender a los países con problemas sino actuaciones periódicas y simétricas, basadas en una fórmula exacta que equilibra el riesgo compartido de cada país respecto a su PIB. El camino hacia la mutualización se ha institucioanlizado.

La crisis ha acelerado la “solidaridad europea” al tiempo que convertía en paganos a sus ciudadanos. No hay que minusvalorar lo primero, como tampoco hay que olvidar que estos tres programas han conseguido su principal fin: cargar todo el peso del rescate financiero sobre deudores y contribuyentes. Lo peor es que ese desvío consciente de riesgos hacia los ciudadanos fue acompañado de un proceso de culpabilización social para justificar el empobrecimiento posterior y unos ajustes de castigo, totalmente ineficaces.

La defensa de los deudores construye Europa

Enfrentarse hoy con el problema de la deuda requiere ser consciente de estos cambios para evitar el aislamiento y el enfrentamiento entre naciones. Lo contrario sería suicida. Las fuerzas realmente progresistas están obligadas a buscar soluciones para sus países mientras construyen un relato inteligible para los ciudadanos de toda Europa que, mientras la fortalece como proyecto eficiente y solidario, hilvane todo lo ocurrido.

Grecia lo está intentando en medio del fuego cruzado. Lo esencial es recalcar que el  problema de la deuda se sigue agravando en Europa. Nadie cree que se pueda descender en los próximos 10 años a los limites del 60% establecidos en Maastricht sin una reestructuración profunda de una deuda pública que, en términos medios, alcanza el 90% del PIB. Mucho más cuando países como Italia, Irlanda o Portugal tienen que dedicar entre el 4,5 y el 5% de su PIB a pagar gastos financieros. Peor aún cuando es evidente que los tipos de interés no estarán eternamente en los niveles actuales y pueden repuntar no tardando mucho.

Las soluciones pasan por reconocer el origen privado de la crisis y seguir reconociendo asimetría en las soluciones institucionales para favorecer a los países deudores. Hay que encontrar los caminos técnicos (vinculación de los pagos al crecimiento, deuda perpetua) que aceleren la consolidación de la deuda pública adquirida por el BCE como deuda no reclamable y convertir al mismo BCE en algo similar a prestamista de última instancia.


La solución es política y Europa debe dar el salto.

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