jueves, 31 de agosto de 2023

La belicosidad de Biden

 

En camisa de once varas

La amplia y peligrosa belicosidad de Joseph Biden

 Por Ernesto López |

01/09/2023 | 

 En una entrevista concedida a ABC News el 17 de marzo de 2021, Joseph Biden colocó algunos sorprendentes puntos sobre las íes. Entre otras cosas dijo que a fines de enero había tenido una comunicación telefónica con Vladimir Putin, en la que le advirtió que estaba al tanto de la intromisión rusa en las elecciones presidenciales del 3 de noviembre de 2020, maniobra que había intentado favorecer a Donald Trump. Textualmente le afirmó: “Si establezco que esto ocurrió entonces prepárate”. Su entrevistador le preguntó seguidamente si creía que Putin era un asesino. La lacónica respuesta de Biden fue “sí”. Y agregó que aquel “pagaría un precio por lo hecho”.

 Y así fue. Su embestida contra el premier ruso comenzó el 2 de febrero de 2021, a 13 días apenas de haber asumido la presidencia. Dispuso que dos poderosos cruceros encuadrados en la 7ª Flota –el USS Donald Cook y el USS Porter– ingresaran al Mar Negro. En junios se iniciaron las amplias y potentes maniobras aeronavales denominadas “Sea Breeze”, también en el Mar Negro, en las que participaron más de 30 naves de guerra de la OTAN y de otros países que no la integraban, entre ellos Ucrania. Nada de eso resultaba común y corriente en ese pequeño mar. En septiembre se internaron en el antedicho mar la nave insignia de la flota acompañada por el recién mencionado USS Porter y un barco de abastecimiento. Pero además se realizaron también en 2021 ejercitaciones aeronavales por el Mar Báltico. Estados Unidos y la OTAN apretaban a Moscú por el oeste, a dos bandas.

 Estas actividades condujeron a una situación muy tensa. En enero de 2022 hubo reuniones e intercambios entre las autoridades de ambos países sin que se llegara a algún entendimiento. Moscú, no sin razón, se sentía amenazada. Así las cosas, sin posibilidades de alcanzar algún acuerdo estalló la guerra, finalmente, el 24 de febrero de 2022.

 ¿Era este el “el precio por lo hecho” que pagaría Rusia según lo anticipado por el propio Biden o una decisión elaborada suficientemente por las entidades gubernamentales correspondientes? Quién puede saberlo…

 Si bien es cierto que fue Rusia quien comenzó la guerra contra Ucrania, también lo es que aquella había sido asediada y provocada deliberadamente por la OTAN, encabezada por Estados Unidos durante 2021. Asunto frente al cual Biden y los jefes de Estado europeos hacían la vista gorda. Como quiera que haya sido, hubo entonces una desplegada amenaza que obligó a Rusia a ir a la guerra. Cuestión esta que Moscú tomó no sin cierta precaución: atacó –como respuesta a las presiones occidentales– a Ucrania, que no integra aquella organización atlantista. Evitó así guerrear directamente con la treintena de países que la integran.

 China

La República Popular China se ha ido convirtiendo cada vez más en una antagonista muy significativa para la gran potencia del norte. Pekín ha ido avanzado notablemente en el desarrollo del armamento nuclear. Posee actualmente 350 ojivas nucleares, que son pocas frente a las de Rusia (5.966) y a las de Estados Unidos (5.428), pero suficientes para defenderse y preocupar a sus eventuales contendientes. No está de más decir que trabaja activamente para incrementar el número. En el plano convencional también ha avanzado mucho. Ha desarrollado capacidades para producir lo que necesita: aviones, navíos de guerra, misiles, cañones, entre otros elementos bélicos de alta calidad.

 Por otra parte, su crecimiento económico y su desarrollo comercial han sido también muy intensos.

 

 


El crecimiento promedio es de 6,27% para China y 2,11% para Estados Unidos. Pekín prácticamente triplica a Washington en este rubro. Por otra parte, la positiva balanza comercial china en 2022 es muy superior a la de la gran potencia del norte, que tiene, a la inversa, un saldo negativo de 948.100 millones de dólares. En este rubro China también tiene ventajas.

 Estas dos dimensiones –crecimiento militar y crecimiento económico y mercantil– instalaron un dinamismo y un desenvolvimiento en favor de China, al que tanto Trump como Biden han tratado de salirle al paso, con escaso éxito. El primero buscó aplacar el empuje chino mediante un boicot al comercio recíproco, que sencillamente no caminó. Biden, por su parte, mantuvo ese boicot pero sin mejor suerte. Por otro lado puso en marcha el desarrollo de una política de presencia y actividad militar en el ámbito de la región del Indo-Pacífico, que se encuentra aún en desarrollo, así como la generación de pactos y asociaciones con no pocos países.

Estados Unidos mueve el tablero

En septiembre de 2021 –tres meses después de las mencionadas maniobras aeronavales Sea Breeze– se estableció una alianza estratégica y militar integrada por Estados Unidos, el Reino Unido y Australia (AUKUS, su acrónimo en inglés), cuyo propósito principal es el de contrarrestar la influencia alcanzada por China en la región Indo-Pacífico.

 En mayo de 2022 se creó el Marco Económico del Indo-Pacífico (IPEF, su acrónimo en inglés), iniciativa multilateral que aglutina cerca del 40% del PBI mundial. Sus integrantes son Australia, Brunei, Corea del Sur, India, Indonesia, Filipinas, Malasia, Nueva Zelanda, Singapur, Tailandia y Vietnam. Sus intenciones formalizadas son: establecer una colaboración comercial entre los miembros; apuntalar la estabilidad de las cadenas de suministros; desarrollar infraestructuras y energías limpias; cooperación en materia fiscal; y combate a la corrupción.

 Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos en aquel entonces, realizó un viaje a Taipei a comienzos de agosto de 2022. Rompía así, deliberadamente, un pacto implícito establecido desde mucho tiempo atrás entre Washington y Pekín: que la cuestión de Taiwán quedaba en stand by y no se intervendría sobre ella. La reacción de China no se hizo esperar: durante una semana entera sus naves y aviones de guerra no cesaron de desarrollar ejercitaciones con armamento letal en zonas muy cercanas a la isla.

 La semana pasada se estableció una alianza entre Corea del Sur, Japón y Estados Unidos, impulsada por Biden, que fue acompañada por una declaración tripartita denominada “el espíritu de Camp David”. Esta especifica que se está “en un punto clave de la historia, en el que la competencia geopolítica, la crisis climática, la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania y las provocaciones nucleares nos ponen a prueba”. Y que hay “un comportamiento peligroso y agresivo que hemos presenciado recientemente por parte de la República Popular China, en el mar de la China Meridional”. Respecto de Corea del Norte marca una protesta y la insta a “abandonar sus programas nucleares y de misiles balísticos”. En suma, esta nueva entente tripartita apunta a crear un frente común, que sirva como contrapeso a la hegemonía de China en la región de Asia-Pacífico y a las amenazas de Corea del Norte.

 Final

El Presidente norteamericano se ha metido en camisa de once varas. Generar y apuntalar una guerra con Rusia –una gran potencia en materia de capacidades bélicas, incluidas las nucleares– raya en el desatino, aunque la contienda en curso se circunscriba al modo convencional, como sucede hasta ahora. Pero además, en simultáneo con aquella, su contienda con China campea en el ámbito comercial así como en los de la seguridad internacional y la disputa geopolítica, sin alcanzar hasta ahora nada de nada .

 Un peón de campo le diría a Biden, simplemente, que no se puede domar dos potros al mismo tiempo. Cabría agregarse, por otra parte, que la belicosidad presidencial no parece ser, hasta ahora, ni oportuna ni retribuyente en ninguno de los dos campos de Marte mencionados. Más bien se muestra amplia y peligrosa.

 Fuente: https://www.elcohetealaluna.com/en-camisa-de-once-varas /

miércoles, 30 de agosto de 2023

Asia Central .- La batalla del nuevo gran juego

 

Asia Central es el principal campo de batalla del nuevo gran juego

PEPE ESCOBAR

Mientras Rusia y China sigan siendo las potencias dominantes de la región, seguirá siendo objetivo de las amenazas y las revoluciones de colores de EEUU y la UE

 Samarcanda, Uzbekistán.– El corazón histórico -o Eurasia Central- ya es, y seguirá siendo, el principal campo de batalla del Nuevo Gran Juego, librado entre EEUU, la UE y la asociación estratégica China-Rusia.

 El Gran Juego original enfrentó a los imperios británico y ruso a finales del siglo XIX y, de hecho, nunca desapareció: simplemente hizo metástasis en la entente entre EEUU y el Reino Unido contra la URSS y, posteriormente, entre EEUU y la UE contra Rusia.

 Según el juego geopolítico diseñado por Mackinder y conceptualizado por la Gran Bretaña imperial allá por 1904, el Heartland es el proverbial "pivote de la Historia", y su papel histórico, revitalizado en el siglo XXI es tan relevante como hace siglos: un motor clave de la multipolaridad emergente.

 Por eso no es de extrañar que todas las grandes potencias estén trabajando en el Heartland/Eurasia Central: China, Rusia, EEUU, la UE, India, Irán, Turquía y, en menor medida, Japón. Cuatro de los cinco "stans" de Asia Central son miembros de pleno derecho de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS): Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán. Y algunos, como Kazajstán, podrían convertirse pronto en miembros del BRICS+.

 El principal enfrentamiento geopolítico directo por la influencia en el Heartland enfrenta a EEUU con Rusia y China en innumerables frentes políticos, económicos y financieros.

 El modus operandi imperial privilegia -qué si no- las amenazas y los ultimátums. Hace sólo cuatro meses, emisarios estadounidenses del Departamento de Estado, del Tesoro y de la Oficina de Control de Asuntos Exteriores (OFAC) recorrieron el Heartland portando todo un paquete de "regalos", como amenazas descaradas o apenas disimuladas. El mensaje clave fue: si "ayudas" o incluso comercias con Rusia de alguna manera, te impondrán sanciones secundarias.

 Las conversaciones informales con empresas de Samarcanda y Bujará, en Uzbekistán, y con contactos en Kazajstán revelan un patrón: Todo el mundo parece ser consciente de que los estadounidenses no se detendrán ante nada para mantener el corazón de Asia Central a punta de pistola.

 Los reyes de las antiguas rutas de la seda

 Difícilmente hay un lugar más relevante en todo el Heartland para observar el actual juego de poder que Samarcanda, la legendaria "Roma de Oriente". Nos encontramos en el corazón de la antigua Sogdiana, encrucijada histórica del comercio entre China, India, Partia y Persia, nodo importantísimo de las tendencias culturales de Oriente y Occidente, del zoroastrismo y de los vectores pre y postislámicos.

 Del siglo IV al VIII, los sogdianos monopolizaron el comercio caravanero entre Asia Oriental, Asia Central y Asia Occidental, transportando seda, algodón, oro, plata, cobre, armas, aromas, pieles, alfombras, ropa, cerámica, vidrio, porcelana, adornos, piedras semipreciosas y espejos. Los astutos mercaderes sogdianos utilizaron la protección de las dinastías nómadas para solidificar el comercio entre China y Bizancio.

 La élite meritocrática china, que razona en términos de ciclos históricos muy largos, es muy consciente de todo lo anterior: ese es un motor clave detrás del concepto de las Nuevas Rutas de la Seda, conocido oficialmente como BRI ('Belt and Road Initiative'), tal y como anunció hace casi 10 años el Presidente Xi Jinping en Astana (Kazajstán). Pekín planea volver a conectar con sus vecinos occidentales como vía necesaria para aumentar el comercio y la conectividad paneuroasiáticos.

 Pekín y Moscú tienen enfoques complementarios en lo que respecta a las relaciones con el Heartland, siempre bajo el principio de la cooperación estratégica. Desde 1998, ambos mantienen relaciones de seguridad regional y cooperación económica con Asia Central. Creada en 2001, la OCS es un producto real de la estrategia común Rusia-China, así como una plataforma para el diálogo ininterrumpido con el Heartland.

 La reacción de los distintos "stans" centroasiáticos es una cuestión de varios niveles. Tayikistán, por ejemplo, económicamente frágil y muy dependiente del mercado ruso como proveedor de mano de obra barata, mantiene oficialmente una política de "puertas abiertas" a todo tipo de cooperación, incluso con Occidente.

 Kazajstán y EEUU han creado un Consejo de Asociación Estratégica (su última reunión fue a finales del año pasado). Uzbekistán y EEUU mantienen un "diálogo de asociación estratégica", establecido a finales de 2021. La presencia empresarial estadounidense es muy visible en Tashkent, a través de un imponente centro comercial, por no hablar de Coca-Cola y Pepsi en todas las tiendas de barrio de los pueblos uzbekos.

 La UE intenta seguirle el ritmo, sobre todo en Kazajstán, donde más del 30% del comercio exterior (39.000 millones de dólares) y las inversiones (12.500 millones) proceden de Europa. El Presidente uzbeko, Shavkat Mirziyoyev, muy popular por la apertura del país hace cinco años, consiguió 9.000 millones de dólares en acuerdos comerciales cuando visitó Alemania hace tres meses.

 Desde el inicio de la BRI china hace una década, la UE, en comparación, ha invertido unos 120.000 millones de dólares en el Heartland: no está nada mal (40% de la inversión extranjera total), pero sigue estando por debajo de los compromisos chinos.

 ¿Qué se propone realmente Turkiye?

 El foco imperial en el Heartland es previsiblemente Kazajstán, debido a sus vastos recursos de petróleo y gas. El comercio entre EEUU y Kazajstán representa el 86% de todo el comercio estadounidense con Asia Central, que el año pasado ascendió a unos impresionantes 3.800 millones de dólares. Compárese esta cifra con sólo el 7% del comercio estadounidense con Uzbekistán.

 Es justo argumentar que la mayoría de estos cuatro "stans" centroasiáticos de la OCS practican una "diplomacia multifacética", tratando de no atraer la ira imperial no deseada. Kazajstán, por su parte, apuesta por una "diplomacia equilibrada": forma parte de su Concepto de Política Exterior 2014-2020.

 En cierto sentido, el nuevo lema de Astana expresa cierta continuidad con el anterior, "diplomacia multivectorial", establecido durante las casi tres décadas de reinado del ex presidente Nursultan Nazarbayev. Kazajstán, bajo la presidencia de Kassym-Jomart Tokayev, es miembro de la OCS, la Unión Económica de Eurasia (UEEA) y la BRI, pero al mismo tiempo debe estar en alerta permanente ante las maquinaciones imperiales. Después de todo, fue Moscú y la rápida intervención de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) dirigida por Rusia lo que salvó a Tokayev de un intento de revolución de color a principios de 2022.

 Los chinos, por su parte, apuestan por un enfoque colectivo, consolidado en reuniones de alto nivel como la Cumbre China-Asia Central 5+1, celebrada hace sólo 3 meses.

 Luego está el caso extremadamente curioso de la Organización de Estados Túrquicos (OET), antiguo Consejo Turco, que reúne a Turquía, Azerbaiyán y tres "stans" de Asia Central: Kazajstán, Uzbekistán y Kirguistán.

 El objetivo general de esta OET es "promover la cooperación global entre los Estados de habla Túrquica ". En la práctica no se ve mucho por el Heartland, aparte de alguna que otra valla publicitaria promocionando productos turcos. Una visita a la secretaría en Estambul en la primavera de 2022 no dio exactamente respuestas sólidas, aparte de vagas referencias a "proyectos sobre economía, cultura, educación, transporte" y, lo que es más importante, aduanas.

 El pasado noviembre, en Samarcanda, la OET firmó un acuerdo "sobre el establecimiento de un corredor aduanero simplificado". Es demasiado pronto para saber si esto podría fomentar una especie de mini Ruta de la Seda turca a través del Heartland.

 Aun así, es instructivo estar atento a lo que se les ocurra. Sus estatutos privilegian "el desarrollo de posiciones comunes en asuntos de política exterior", "la coordinación de acciones para combatir el terrorismo internacional, el separatismo, el extremismo y los delitos transfronterizos" y la creación de "condiciones favorables para el comercio y la inversión".

 Turkmenistán -el idiosincrático "stan" centroasiático que insiste vehementemente en su absoluta neutralidad geopolítica- resulta ser un Estado observador de la OET. También llama la atención un Centro de Civilizaciones Nómadas con sede en la capital kirguisa, Bishkek.

 Resolver el enigma Rusia-Heartland

 Las sanciones occidentales contra Rusia han acabado beneficiando a bastantes actores del Heartland. Dado que las economías de Asia Central están estrechamente vinculadas a Rusia, las exportaciones se dispararon, tanto como las importaciones procedentes de Europa.

 Un buen número de empresas de la UE se reasentaron en el Heartland tras abandonar Rusia, con el correspondiente proceso de compra de activos rusos por parte de magnates centroasiáticos seleccionados. Paralelamente, debido a la movilización de tropas rusas, decenas de miles de rusos relativamente ricos se trasladaron al Heartland, mientras que muchos trabajadores centroasiáticos encontraron nuevos empleos, especialmente en Moscú y San Petersburgo.

 El año pasado, por ejemplo, las remesas a Uzbekistán se dispararon a una cifra considerable de $16,9 mil millones: el 85 por ciento de esto (alrededor de $14,5 mil millones) provino de trabajadores uzbekos en Rusia. Según el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, las economías en toda la Región Central crecerán un saludable 5,2 por ciento en 2023 y un 5,4 por ciento en 2024.

 Ese impulso económico es claramente visible en Samarcanda: La ciudad es hoy una gigantesca obra de construcción y restauración. Por todas partes surgen amplios bulevares impecablemente nuevos, con exuberantes jardines, flores, fuentes y amplias aceras, todo relucientemente limpio. No hay vagabundos, ni sin techo, ni adictos al crack. Los visitantes de las decadentes metrópolis occidentales se quedan estupefactos.

En Tashkent, el gobierno uzbeko está construyendo un inmenso e impresionante Centro de Civilización Islámica, muy centrado en los negocios paneuroasiáticos.

 No hay duda de que el vector geopolítico clave en todo el Heartland es la relación con Rusia. El ruso sigue siendo la lengua franca en todos los ámbitos de la vida.

 Empecemos por Kazajstán, que comparte una enorme frontera de 7.500 km con Rusia (aunque no hay disputas fronterizas). En la época de la URSS, los cinco "stans" de Asia Central se denominaban "Asia Central y Kazajstán", porque gran parte de Kazajstán se encuentra al sur de Siberia Occidental, cerca de Europa. Kazajstán se ve a sí mismo como la quintaesencia de Eurasia; no es de extrañar que desde los años de Nazarbayev, Astana privilegie la integración euroasiática.

 El año pasado, en el Foro Económico de San Petersburgo, Tokayev dijo en persona al presidente ruso, Vladimir Putin, que Astana no reconocería la independencia de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk. Los diplomáticos kazajos siguen insistiendo en que no pueden permitir que el país sirva de puerta de entrada para eludir las sanciones occidentales, aunque, en la sombra, eso es lo que ocurre en muchos casos.

 Kirguistán, por su parte, canceló las maniobras militares conjuntas "Hermandad Fuerte-2022" de la OTSC, previstas para octubre del año pasado -cabe mencionar que el problema en este caso no era Rusia, sino una cuestión fronteriza con Tayikistán-.

 Putin ha propuesto establecer una unión gasística Rusia-Kazajstán-Uzbekistán. Tal y como están las cosas, no ha ocurrido nada, y puede que no ocurra.

 Todo ello debe considerarse como pequeños contratiempos. El año pasado, Putin visitó los cinco "stans" de Asia Central por primera vez en mucho tiempo. Al igual que China, celebraron una cumbre 5+1 también por primera vez. Diplomáticos y hombres de negocios rusos recorren las carreteras del Heartland a tiempo completo. Y no olvidemos que los presidentes de los cinco "stans" centroasiáticos estuvieron presentes en el desfile de la Plaza Roja de Moscú el Día de la Victoria el pasado mayo.

 La estrategia imperial

 La diplomacia rusa sabe todo lo que hay que saber sobre la gran obsesión imperial de sacar a los "stans" de Asia Central de la influencia rusa.

 Esto va mucho más allá de la estrategia oficial estadounidense para Asia Central 2019-2025, y ha alcanzado el estatus de histeria tras la humillación estadounidense en Afganistán y la inminente humillación de la OTAN en Ucrania.

 En el crucial frente energético, muy pocos recuerdan hoy que el gasoducto Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India (TAPI), luego reducido a TAP (India se retiró), era una prioridad de la Nueva Ruta de la Seda estadounidense, urdida en el Departamento de Estado y vendida por la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton en 2011.

 Nada práctico ocurrió con ese globo. Lo que sí consiguieron los estadounidenses, recientemente, fue frustrar el desarrollo de un competidor, el oleoducto Irán-Pakistán (IP), obligando a Islamabad a cancelarlo, a raíz de todo el escándalo judicial diseñado para eliminar al ex primer ministro Imran Khan de la vida política de Pakistán.

 Sin embargo, la saga del oleoducto TAPI-IP está lejos de terminar. Con Afganistán libre de la ocupación estadounidense, la rusa Gazprom, así como empresas chinas, están muy interesadas en participar en la construcción del TAPI. El oleoducto sería un nodo estratégico de la BRI, vinculado al Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) en la encrucijada entre Asia Central y Meridional.

 El Occidente colectivo “extraterrestre”

 Por mucho que Rusia haya sido -y siga siendo- una moneda conocida en todo el Heartland, el modelo chino es insuperable como ejemplo de desarrollo sostenible capaz de inspirar toda una serie de soluciones autóctonas centroasiáticas.

 En cambio, ¿qué puede ofrecer el Imperio? En pocas palabras: Divide y vencerás, a través de sus secuaces terroristas localizados, como ISIS-Khorasan, instrumentalizados para fomentar la desestabilización política en los nodos centroasiáticos más débiles, desde el valle de Ferghana hasta la frontera afgano-tayika, por ejemplo.

 Los múltiples retos a los que se enfrenta el Heartland se han debatido en detalle en reuniones como la Conferencia Valdai sobre Asia Central.

 Es posible que el experto del Club Valdai Rustam Khaydarov haya acuñado la valoración más concisa de las relaciones entre Occidente y los países del Heartland:

 El Occidente colectivo nos es ajeno tanto en términos de cultura como de visión del mundo. No hay un solo fenómeno o acontecimiento, o elemento de la cultura moderna, que pueda servir de base para una relación y un acercamiento entre EEUU y la Unión Europea, por un lado, y Asia Central, por otro. Los estadounidenses y los europeos no tienen ni idea de la cultura y la mentalidad o las tradiciones de los pueblos de Asia Central, por lo que no han podido ni podrán relacionarse con nosotros. Asia Central no ve la prosperidad económica en conjunción con la democracia liberal de Occidente, que es esencialmente un concepto ajeno a los países de la región.

 Teniendo en cuenta este escenario, y en el contexto de un Nuevo Gran Juego cada día más incandescente, no es de extrañar que algunos círculos diplomáticos del Heartland estén muy interesados en una mayor integración de Asia Central en el BRICS+. Es algo que seguramente se debatirá en la cumbre de los BRICS que se celebrará en Sudáfrica la próxima semana.

 La fórmula estratégica sería Rusia + Asia Central + Asia Meridional + África + América Latina: otro ejemplo de integración del “Globo Global” (en palabras de Lukashenko). Puede que todo empiece con Kazajstán convirtiéndose en la primera nación del Heartland aceptada como miembro del BRICS+.

 Después de eso, todo el mundo será un escenario para el retorno revitalizado del Heartland en transporte, logística, energía, comercio, fabricación, inversión, infotecnología, cultura y -por último, pero no por ello menos importante, en el espíritu de las Rutas de la Seda, antiguas y nuevas- "intercambios entre personas".

https://observatoriodetrabajadores.wordpress.com/2023/08/21/asia-central-es-el-principal-campo-de-batalla-del-nuevo-gran-juego-pepe-escobar/

 

 

 

domingo, 27 de agosto de 2023

Rusia y el keynesianismo militar.

 La economía de guerra rusa 

Michael Roberts


 21/08/2023


Esta semana, el banco central de Rusia ha celebrado una reunión extraordinaria para discutir el nivel de su tasa de interés política después de que el rublo ruso cayera a su punto más débil en casi 17 meses. La reunión decidió aumentar la tasa de interés crediticia del banco al 12 % (en lugar del 8,5 %) para apoyar el rublo.

La moneda ha estado perdiendo valor de manera constante desde principios de año y ahora ha superado los 100 RUB/1 $. Una devaluación del 26%. La principal causa de esta disminución es la caída de los ingresos por exportación de petróleo y el aumento del coste del gasto militar para llevar a cabo la guerra contra Ucrania.

Cuando la invasión rusa comenzó en febrero de 2022, el rublo cayó a un mínimo histórico de 150 RUB/1 $. Los rusos ricos sacaron su dinero del país por valor de 170 mil millones de dólares, la mayoría de los cuales terminaron en propiedades y bancos de Europa.

Rusia: flujos netos de capital extranjero de mil millones trimestralmente

 

Semanas después de que Rusia invadiera Ucrania, un funcionario estadounidense predijo que las sanciones reducirían a la mitad el PIB de Rusia. Pero resultó ser una tontería. Cayó solo un 2,5%. El banco central introdujo controles de capital que detuvieron el flujo de dinero de los rusos ricos fuera del país. Y a medida que el precio de la energía se disparó durante el año siguiente, el rublo ganó fuerza y alcanzó un máximo de siete años. Los ingresos por exportación aumentaron, mientras que las sanciones y la reducción de la demanda interna llevaron a una caída de las importaciones, por lo que la balanza comercial y por cuenta corriente de Rusia aumentaron bruscamente, reforzando el rublo. Dos tercios del superávit comercial se debió al aumento de los ingresos de exportación y un tercio a la caída de las importaciones.

Parecía que las sanciones a los bancos y empresas rusos y la prohibición del uso de la energía rusa no habían podido poner de rodillas a la economía rusa. Rusia pudo redirigir sus exportaciones de energía a Asia (aunque a un precio más bajo) y encontrar transporte marítimo "en la sombra" para entregarlo.

Pero los precios de la energía han retrocedido en los últimos seis meses y el techo de precios del petróleo ruso impuesto y aplicado por los aliados de la OTAN ha tenido algún efecto en la reducción de los ingresos por exportación, mientras que los costes de la guerra han aumentado. El presupuesto de defensa para 2023 está previsto en 100 mil millones de dólares, o un tercio de todo el gasto público.

Gasto del gobierno en la guerra, RUB bn

La producción nacional de Rusia aumentó un 4,9 % en el segundo trimestre de 2023 en comparación con el mismo período de 2022. Eso suena bien, pero gran parte del aumento de la producción ha sido en la producción de equipos y servicios militares. La producción de "productos metálicos terminados", es decir, armas y municiones, aumentó un 30 % en la primera mitad del año en comparación con la última. La producción de ordenadores, productos electrónicos y ópticos también aumentó un 30 %, mientras que la producción de ropa especial ha aumentado un 76 %. Por el contrario, la producción de automóviles ha bajado más del 10 % año tras año. Rusia es ahora una economía de guerra. Moscú ha podido importar muchos de los productos que Occidente le ha prohibido, desde iPhones hasta coches y chips de ordenador, pero lo hace a través de terceros países, una forma indirecta que aumenta los precios.

Inmediatamente después del inicio de la invasión, los salarios reales del ruso medio cayeron bruscamente a medida que la economía nacional se desmoronaba. Pero los ingresos de la energía llegaron y la baja demanda interna mantuvo baja la inflación de los precios. A medida que más trabajadores de Rusia eran empleados en la producción de armas o en el ejército, los salarios aumentaron. En mayo de 2023, los salarios reales aumentaron un 13,3 % interanual. Tal mejora sin duda ayuda a mantener el apoyo al régimen de Putin.

Pero en los últimos meses la bonanza de los ingresos energéticos ha retrocedido. Se espera que los ingresos de las exportaciones de energía de Rusia disminuyan de 340 mil millones de dólares en 2022 a 200 mil millones de dólares este año y el próximo. El superávit por cuenta corriente de Rusia se redujo a 25,2 mil millones de dólares en los primeros siete meses del año, una caída del 85 % en comparación con el mismo período del año pasado.

Al comienzo de la guerra, Rusia tenía un gran stock de activos financieros "para un día lluvioso". Pero ahora está lloviendo, aunque solo sea una llovizna. El Fondo Nacional de Riqueza de Rusia (NWF) tenía ahorros y activos por valor del 10,2 % del PIB al comienzo de la invasión. Pero ahora se ha reducido al 7,2 %, a medida que los rublos pierden valor y el gasto en la guerra aumenta.

Y la economía civil y la producción nacionales están sufriendo. Las sanciones están bloqueando las importaciones de tecnología y otros componentes industriales clave. Alrededor del 65 % de las empresas industriales en Rusia dependen de equipos importados.

Pero el impacto de las sanciones es lento. Puede debilitar la productividad y la producción nacional rusa a largo plazo, pero no va a detener la máquina de guerra rusa ahora ni los ingresos de energía para financiarla. Eso solo podría suceder si Asia, de rápido crecimiento, liderada por China y la India, se negara a comprar petróleo y gas rusos, pero ocurre lo contrario: están comprando más a precios baratos.

La máquina de guerra de Rusia continuará, pero a medida que se acelera la emigración de trabajadores cualificados y la salida de capital de los rusos más ricos, se está debilitando la moneda y se está reduciendo la mano de obra cualificada disponible en la producción.

 

La inflación había caído en el último año debido al colapso de la demanda interna y los bienes importados. Pero si la moneda continúa hundiéndose, entonces la inflación comenzará a subir aumentando la presión sobre el banco central para que suba las tasas de interés para apoyar la moneda y tratar de frenar la inflación. Un rublo más fuerte y tasas de interés más altas significarían menores ingresos en moneda extranjera y una economía nacional más débil. Eso afectará duramente a los hogares rusos.

Tal como está la cosa, el crecimiento promedio potencial probablemente no sea superior al 1,5 % al año, ya que el crecimiento ruso está condicionado por una población que envejece y se reduce, con bajas tasas de inversión y productividad. La rentabilidad del capital productivo ruso, incluso antes de la guerra, era muy baja.

La situación económica sugiere que Putin puede continuar la guerra contra Ucrania durante varios años, incluso teniendo en cuenta el colapso de la moneda y el aumento de la inflación y las tasas de interés. Por supuesto, eso no tiene en cuenta los acontecimientos políticos (como la revuelta de Wagner o las victorias del ejército ucraniano respaldado por la OTAN). Podrían amenazar el gobierno de Putin. Y hay elecciones presidenciales en Rusia el próximo marzo, como supuestamente hay en Ucrania. Tanto Putin como Zelensky deben enfrentarse a los votantes, al menos teóricamente.

Pero el mensaje subyacente es que la debilidad de la inversión, la productividad y la rentabilidad del capital ruso, incluso excluyendo las sanciones, implican que Rusia seguirá siendo débil económicamente durante el resto de esta década.

 

Michael Roberts  habitual colaborador de Sin Permiso, es un economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2023/08/17/russias-war-economy/   

 https://www.sinpermiso.info/textos/la-economia-de-guerra-rusa


sábado, 26 de agosto de 2023

USA .-El verano de los halcones

 

El verano de los halcones

SEYMOUR HERSH

Las ilusiones siguen siendo la norma entre el equipo de política exterior de Biden, mientras continúa la matanza en Ucrania y fracasa la contraofensiva

 Han pasado semanas desde que analizamos las aventuras del grupo de política exterior de Biden, encabezado por Tony Blinken, Jake Sullivan y Victoria Nuland. ¿Cómo ha pasado el verano el trío de halcones de la guerra?

 Sullivan, el asesor de seguridad nacional, llevó recientemente una delegación estadounidense a la segunda cumbre internacional de paz celebrada a principios de este mes en Yeda, Arabia Saudí. La cumbre fue dirigida por el príncipe heredero de la dictadura Mohammed bin Salman, conocido como MBS, quien en junio anunció una fusión entre su gira de golf respaldada por el Estado y la PGA (golf profesional masculino de EEUU). Cuatro años antes, MBS fue acusado de ordenar el asesinato y descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul, por percibirlo desleal al Estado.

 Aunque suene inverosímil, hubo tal cumbre de paz y entre sus estrellas sí figuraban MBS, Sullivan y el presidente del régimen ucraniano, Zelensky. Lo que faltó fue un representante de Rusia, que no fue invitada a la cumbre (!). Sólo había un puñado de jefes de Estado de las menos de cincuenta naciones que enviaron delegados. La conferencia duró dos días y atrajo lo que sólo podría describirse como escasa atención internacional.

 Reuters informó que el objetivo de Zelensky era conseguir apoyo internacional para "los principios" que considerará como base para un acuerdo de paz, incluida "la retirada de todas las tropas rusas y la devolución de todo el territorio ucraniano". La respuesta formal de Rusia al no-evento no vino del Presidente Vladimir Putin, sino del Viceministro de Asuntos Exteriores Sergei Riabkov. Riabkov calificó la cumbre de "reflejo del intento de Occidente de continuar con sus esfuerzos inútiles y condenados al fracaso" de movilizar al Sur Global en apoyo de Zelensky.

 India y China enviaron delegaciones a la reunión, quizá atraídas por Arabia Saudí por sus inmensas reservas de petróleo. Un observador académico indio calificó el acto de poco más que "buena publicidad para el poder de convocatoria de MBS en el Sur Global; el posicionamiento del reino en el mismo; y, quizá más limitadamente, la ayuda a los esfuerzos estadounidenses para crear consenso asegurándose de que China asiste a la reunión con... Jake Sullivan en la misma sala".

 Mientras tanto, lejos de allí, en el campo de batalla de Ucrania, Rusia seguía frustrando la contraofensiva en curso de Zelensky. Pregunté a un funcionario de inteligencia estadounidense por qué fue Sullivan quien salió del círculo de política exterior de la administración Biden para presidir la intrascendente conferencia en Arabia Saudí.

 "Jeddah era el bebé de Sullivan", dijo el funcionario. "Planeó que fuera el equivalente de Biden al Versalles de Wilson. La gran alianza del mundo libre reunida en una celebración de victoria tras la humillante derrota del odiado enemigo para determinar la forma de las naciones para la próxima generación. Fama y gloria. Ascenso y reelección. La joya de la corona iba a ser el logro de Zelensky de la rendición incondicional de Putin tras la ofensiva relámpago de primavera. Incluso estaban planeando un juicio tipo Núremberg en el tribunal mundial, con Jake como nuestro representante. Una cagada más, pero ¿quién lleva la cuenta?"

 Cuarenta naciones se presentaron, todas menos seis en busca de comida gratis tras el cierre de Odessa", en referencia a la restricción de Putin de los envíos de trigo ucraniano en respuesta al bloqueo por Occidente de las exportaciones rusas de granos y a los nuevos ataques de Zelensky contra el puente que une Crimea con el territorio continental ruso.

 Suficiente sobre Sullivan. Pasemos ahora a Victoria #Fuck Europe" Nuland, arquitecta del derrocamiento en 2014 del gobierno prorruso de Ucrania, una de las maniobras estadounidenses que nos han llevado a donde estamos. La ultraderechista Nuland fue ascendida a principios de este verano por Biden, a pesar de las acaloradas objeciones de muchos en el Departamento de Estado, a subsecretaria de Estado en funciones. No ha sido nombrada formalmente vicesecretaria por temor a que su nombramiento diera lugar a una lucha infernal en el Senado.

 Fue Nuland quien fue enviada la semana pasada para ver qué se podía salvar después de que un golpe de Estado provocara el derrocamiento de un gobierno pro occidental en Níger, una de las antiguas colonias francesas de África Occidental que han permanecido en la esfera de influencia francesa. El presidente Mohamed Bazoum, odiado por su pueblo, fue destituido por una junta dirigida por el jefe de la guardia presidencial, el general Abdourahmane Tchiani.

 El general suspendió la Constitución y encarceló a opositores pro-Francia. Otros cinco militares fueron nombrados miembros de su gabinete. Todo esto generó un enorme apoyo público en las calles de Niamey, la capital de Níger, suficiente para desalentar la intervención exterior de Occidente.

 La prensa occidental se hizo eco de la agitación en términos Este-Oeste: muchos de los miles de partidarios del golpe portaban banderas rusas mientras marchaban por las calles. El New York Times consideró el golpe como un ataque al principal aliado de EEUU en la región, el presidente nigeriano Bola Ahmed Tinubu, que controla vastas reservas de petróleo y gas. Tinubu amenazó al nuevo gobierno de Níger con una acción militar a menos que devolviera el poder a Bazoum. Fijó un plazo que transcurrió sin ninguna intervención exterior.

 La revolución de Níger no fue vista por los habitantes de la región en términos este-oeste, sino como un rechazo largamente necesario al control económico y político francés. Es un escenario que puede repetirse una y otra vez en todas las naciones del Sahel, el África subsahariana dominadas por Francia...

 Hay distinciones que no presagian nada bueno para el nuevo gobierno de Níger. La nación está bendecida, o tal vez maldita, por tener una cantidad significativa de los depósitos de uranio natural que quedan en el mundo. A medida que el mundo se calienta, el retorno a la energía nuclear se considera inevitable, con implicaciones obvias para el valor del material subterráneo en Níger. El mineral de uranio en bruto, cuando se separa, filtra y procesa, se conoce mundialmente como torta amarilla.

 La corrupción de la que tan a menudo “se habla en Níger no se trata de pequeños sobornos por parte de funcionarios del gobierno, sino de toda una estructura, desarrollada durante el dominio colonial francés, que impide que Níger establezca la soberanía sobre sus materias primas y sobre su desarrollo”, según un informe reciente, un análisis publicado por Real News Network de Baltimore. Tres de cada cuatro computadoras portátiles en Francia funcionan con energía nuclear, gran parte de la cual se deriva de las minas de uranio en Níger controladas efectivamente por su antiguo señor colonial.

 Níger es también el hogar de tres grandes bases de drones estadounidenses que supuestamente tienen como objetivo a los radicales islámicos (a los que EEUU apoya) en toda la región. También hay puestos de avanzada no declarados de las Fuerzas Especiales en la región, cuyos soldados reciben doble paga mientras cumplen sus peligrosas asignaciones de combate. El funcionario estadounidense me dijo que “los 1.500 soldados estadounidenses que ahora se encuentran en Níger son exactamente el mismo número de tropas estadounidenses que estaban en Vietnam del Sur cuando John F. Kennedy asumió la presidencia en 1961”.

 Lo más importante, y poco notado en los informes occidentales en las últimas semanas, es que Níger se encuentra directamente en el camino del nuevo gasoducto transahariano que se está construyendo para entregar el gas nigeriano a Europa occidental. La importancia del oleoducto para la economía europea aumentó el pasado mes de septiembre con la destrucción ordenada por Biden de los oleoductos Nord Stream en el Mar Báltico.

 En esta escena entró Victoria Nuland, quien debe haber sacado la paja corta dentro de la Administración Biden. Fue enviada para negociar con el nuevo gobierno y concertar una reunión con el derrocado presidente Bazoum, cuya vida sigue bajo constante amenaza por parte de la junta de gobierno. The New York Times informó que no logró nada después de las conversaciones que describió como “extremadamente francas y, en ocasiones, bastante difíciles”. La funcionaria de inteligencia expresó sus comentarios al Times en la jerga militar estadounidense: “Victoria se dispuso a salvar a los propietarios de uranio de Níger de los bárbaros rusos y recibió un gran saludo con un solo dedo”.

 Más tranquilo en las últimas semanas que Sullivan y Nuland ha sido el secretario de Estado Tony Blinken. ¿Dónde estuvo él? Le hice esa pregunta al funcionario, quien dijo que Blinken “se ha dado cuenta de que EEUU”, es decir, nuestro aliado Ucrania, “no ganará la guerra” contra Rusia. “Le llegaba la noticia a través de la Agencia [CIA] de que la ofensiva ucraniana no iba a funcionar. Era un espectáculo de Zelensky y hubo algunos en la administración que creyeron su mierda".

 “Blinken quería negociar un acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania como lo hizo Kissinger en París para poner fin a la guerra de Vietnam”. En cambio, dijo el funcionario, “iba a ser una gran derrota y Blinken se encontró muy por encima de sus pantalones. Pero él no quiere caer como el bufón de la corte”.

 Fue en este momento de duda, dijo el funcionario, que Bill Burns, el director de la CIA, “hizo su movimiento para unirse al barco que se hunde”. Se refería al discurso de Burns a principios de este verano en la conferencia anual de Ditchley cerca de Londres. Pareció dejar de lado sus dudas anteriores sobre la expansión de la OTAN hacia el este y afirmó su apoyo al menos cinco veces al programa de Biden.

 “A Burns no le falta confianza en sí mismo ni ambición”, dijo el oficial de inteligencia, especialmente cuando Blinken, el ferviente halcón de guerra, de repente tuvo dudas. Burns se desempeñó en una administración anterior como subsecretario de Estado y dirigir la CIA no fue una recompensa justa.

 Burns no reemplazaría a un Blinken desilusionado, sino que solo obtendría un ascenso simbólico: un nombramiento en el gabinete de Biden. El gabinete se reúne no más de una vez al mes y, según lo registrado por C-SPAN, las reuniones tienden a tener un guion estricto y comienzan con la lectura del presidente de un texto preparado.

 Tony Blinken, quien prometió públicamente hace solo unos meses que no habría un alto el fuego inmediato en Ucrania, todavía está en el cargo y, si se le pregunta, ciertamente cuestionaría cualquier noción de descontento con Zelensky o la política de guerra asesina y fallida de Biden en Ucrania.

 Por lo tanto, el enfoque anhelante de la Casa Blanca sobre la guerra, cuando se trata de un diálogo realista con el pueblo estadounidense, continuará a buen ritmo. Pero el final se acerca, incluso si las evaluaciones proporcionadas por Biden al público parecen una tira cómica

 seymourhersh.substack.com. Traducción de infoposta. Extractado por La Haine.

 Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-verano-de-los-halcones

viernes, 25 de agosto de 2023

Felipe Vi .- Un borbón borboneando .

 Una monarquía muy poco democrática

 

Por Joaquín Urías

 

| 24/08/2023  

Fuentes: Ctxt

Cada vez que Felipe VI interviene en política, invierte las reglas de la democracia, y lo hace para beneficiar a los mismos: a esas fuerzas vivas que controlan España desde la puerta de atrás

 Alberto Núñez Feijóo va a intentar formar gobierno. No porque le corresponda constitucionalmente, sino porque así lo ha querido el rey.

 La presidenta del Congreso, Francina Armengol, nos ha hecho saber que el rey, por su cuenta y riesgo, y sin su previo consentimiento, ha decidido imponernos a todos los españoles lo que más le conviene a los partidos de derecha. De hecho, la presidenta del Congreso, que es quien debería haber tomado esa decisión, ha dicho que desconocía las razones y que esperásemos a que el monarca publicara un comunicado. Al parecer ha refrendado la decisión política del rey sin saber siquiera sus motivos. La autoridad democrática más alta emanada de las últimas elecciones en este momento ha demostrado ser buena vasalla.

 El comunicado de la Casa Real, publicado un buen rato después, es un ejercicio cutre de palabrería vacía propia de un trilero. Dice la Casa del Rey que hay una costumbre de encargar formar gobierno al partido más votado… aunque alguna vez ha habido excepciones. Por tanto, no es una costumbre obligatoria. De hecho, puede convertirse en una costumbre claramente inconstitucional porque si alguien que no es el más votado reúne apoyos suficientes desde el primer día sería flagrantemente inconstitucional que no intentara inmediatamente su investidura. El rey lo sabe y el comunicado borda el ridículo cuando dice que a día de hoy no se dan las condiciones para saltarse esa supuesta costumbre. Luego la razón real no es la costumbre, sino que, al no haber una mayoría clara de apoyo a otro candidato, él quiere echarle una mano a Feijóo. Y tan pancho. Que para eso sigue siendo el rey.

 La Constitución no establece un plazo para encargar a alguien que intente la investidura. Tras la ronda de consultas, se podía esperar a que alguien reuniera una mayoría de apoyos o a que se demostrara como imposible para encargarle a nadie que intentara formar gobierno. Eso habría sido lo más razonable constitucionalmente. Pero parece que al rey, no a la presidenta del Congreso, sino al rey, no le apetecía. Algún partido político le había recordado estos días al propio monarca la conveniencia de no encargar gobierno a nadie hasta que se sepa quien puede reunir apoyos suficientes. Pero Felipe VI ha decidido que prefiere hacer política. Y como siempre, a favor de la derecha. Y sin presentarse a las elecciones.

 Durante la elaboración de la Constitución, el rey Juan Carlos presionó en público y en privado para tener poderes ejecutivos. Los razonables constituyentes de 1978 no se los dieron. Dibujaron un Jefe de Estado con un papel exclusivamente representativo. Un símbolo que formalmente no tiene casi ni capacidad jurídica. Los actos del rey, todos menos los privados, carecen de validez sin el refrendo de un representante democrático. Lo dice literalmente la Constitución. Pero también dice que la responsable política del encargo de formar gobierno es la presidenta de las Cortes, de donde se deduce que sólo ella puede tomar esa decisión cuando no sea puramente formal.

 Pero lo que diga la Constitución al parecer da igual. Durante el reinado de Juan Carlos se respetó la letra de la norma suprema y el monarca utilizó su influencia de manera informal. Desde que Felipe accedió al poder, tras la abdicación de su corrupto padre, que utilizó la Corona para enriquecerse ilícitamente, ha hecho todo lo posible por recuperar poder ejecutivo. Por la vía de los hechos, porque el texto constitucional no ha cambiado. En esa tarea lo apoya gran parte de los poderes fácticos y algunos teóricos, que estos días han llegado a escribir que el refrendo de sus actos es obligatorio. El encargo de gobierno a Feijóo no es constitucionalmente razonable. No parece dirigido a formar gobierno, que es el fin de la investidura del artículo 99 de la Constitución. Parece que el rey lo ha decidido para reforzar el liderazgo del líder popular o para acercar la convocatoria de nuevas elecciones reduciendo el tiempo de negociación del que dispone Sánchez. Ninguna de esas finalidades le corresponden. Porque él no es político. Alguien debería hacerle un tatuaje a Felipe de Borbón que le recordara cada día “tú no eres político, porque no te presentas a las elecciones”. En su defecto, los partidos deberían exigirle que vuelva a su papel o se vaya. Para siempre.

 No va a pasar. Ni siquiera Sumar va a pedir la abdicación del rey Felipe IV. Las fuerzas “progresistas” se van a tragar esta nueva humillación del monarca. No se van a atrever, no ya a pedir la república, sino ni siquiera a criticar el borbonazo. Y se equivocan. Por algo, quien más apoya al rey para que asuma funciones ejecutivas es la ultraderecha. Vox sueña con un rey tan poderoso como quería Franco. Y el PSOE y Sumar le hacen el juego a la derecha tragándose sin rechistar los excesos reales.

 Eso es así porque el rey representa la constitución material del país tal y como era en 1978, y se encarga de que lo siga siendo a día de hoy. La constitución material de un país son las fuerzas que fácticamente tienen poder en la sociedad: grandes empresarios, ejército, jerarquía católica, altos jueces… aquellos que manden en la sombra. Cada vez que Felipe de Borbón interviene en política y –dada su evidente falta de respaldo popular– invierte las reglas de la democracia, lo hace para beneficiar a los mismos: a esas fuerzas vivas que controlan España desde la puerta de atrás. Ya antes, este monarca ha mostrado en público su apoyo a corruptos y su desprecio por las clases populares. Entre otras cosas, en 2017 insultó gravemente a los votantes independentistas. Más tarde llamó al presidente del CGPJ, en mitad de un acto, para atacar directamente al Gobierno progresista. Ahora le hace el juego a la derecha, a pesar de que no tiene apoyos parlamentarios suficientes.

 La monarquía es compatible con la democracia. Muchas de las democracias más avanzadas del mundo son monarquías. Pero eso solo es posible con dos condiciones: que el rey represente a toda la nación, ayudando a su unidad; y que no tome decisiones políticas, reservadas a los representantes democráticos. La primera era un reto difícil para una institución que más que con la historia legendaria se conecta con un dictador fascista que se saltó el orden dinástico y decidió quién debía reinar a su muerte. Las tomas de posición ideológica y los gestos del rey que lo han alejado de la España más progresista han terminado de dañar su imagen como representante de todos. La acción política de Felipe VI en momentos como el actual está terminando por hacer incompatible su reinado con un sistema democrático. Es posible una democracia con rey, pero no lo parece con este rey, que una vez más se ha salido de su papel constitucional. ¿Hasta cuándo vamos a permitirle abusar de nuestra democracia?

 Fuente: https://ctxt.es/es/20230801/Firmas/43850/rey-felipe-vi-feijoo-sanchez-monarquia.htm

martes, 22 de agosto de 2023

La Historia y la ultraderecha


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Los historiadores y la ultraderecha

 

La desvinculación de la historia de los imaginarios de ciudadanía ha permitido relatos que acogen tópicos que no son solo de herencia franquista, sino que a menudo se retrotraen al viejo metarrelato liberal

El libro Vox frente a la historia, coordinado por Jesús Casquete de la Universidad del País Vasco y elogiado en estas páginas por Steven Forti, invita a un debate que se lleva hurtando desde hace décadas. No tanto por su llamamiento a un “imperativo moral” de combate en la esfera pública contra “los intentos de poner el pasado al servicio de un proyecto ultranacionalista”, sino porque revela cómo los historiadores profesionales se han parapetado detrás de su saber experto para eludir responsabilidades que les competen en la construcción colectiva del pasado. 

Tropos familiares 

Según Casquete, Vox se ha embarcado en “la reescritura de la historia hasta convertirla en irreconocible a quienes se han especializado en su estudio”. Para combatir ese revisionismo, su libro reúne a una serie de colegas de “dilatada trayectoria de profesionalidad” que desde el “rigor histórico” recorren críticamente los “hitos fundamentales” del pasado peninsular “por los que Vox siente particular querencia” y los que deja “en sordina”. Sin quererlo, empero, los autores terminan iluminando una serie de graves problemas internos a la profesión. 

Para empezar, queda claro hasta qué punto el discurso histórico de la extrema derecha se alimenta de un pertinaz humus narrativo enraizado en la profesión. Así, cuando Alejandro García Sanjuan recuerda que el franquismo “contribuyó de forma decisiva a insertar la Reconquista en la tradición académica y política más conservadora” también tiene que reconocer que la Transición no supuso un cambio radical en ese sentido. Es más, admite que incluso hoy esa lectura conservadora “sigue contando con portavoces dentro del ámbito académico español”. De forma similar, cuando José María Portillo denuncia la retórica de Vox acerca del pasado imperial hispánico como expresión de todo un “canon” interpretativo sobre la identidad nacional –un canon que niega que la conquista y colonización del Nuevo Mundo necesariamente implicasen un elevado coste por la destrucción de otras culturas–, admite que, en el fondo, se trata de una versión “en estado puro” de una postura extendida entre americanistas y otros especialistas académicos. Y en efecto, por ejemplo, Imperiofobia y Leyenda Negra de Elvira Roca Barea tiene marcadas analogías con una obra académica publicada justo antes: La sombra de la Leyenda Negra, editada por dos historiadores profesionales. En ambos casos es opinable que estemos ante un “estrujamiento de la historia con fines políticos”, en palabras de Casquete, pero en el segundo no se trata de autores “sin formación en la disciplina e ignorando sus métodos de funcionamiento”.

De hecho, no se puede afirmar, como lo hace Mateo Ballester Rodríguez, que la extrema derecha abogue por “la revitalización de un discurso histórico en buena medida abandonado y académicamente desacreditado”. Es más, algunas de las críticas a Vox recaen en visiones historiográficas en crisis. Juan Luis Simal, por ejemplo, achaca el desinterés de los propagandistas de la extrema derecha por el siglo XIX a las reticencias que les produce la gesta de los liberales españoles de 1812, cuyo carácter “revolucionario” modernizador Simal da por descontado. Pero este marco interpretativo sobre los orígenes de la España contemporánea ha cedido terreno ante una línea historiográfica alternativa que cuestiona el viejo paradigma teleológico y “progresivista”, mostrado que el experimento constitucional de Cádiz se elaboró con materiales de la cultura jurídica y política del Antiguo Régimen, que dejaron su impronta en una Magna Carta bastante poco sensible a la definición de derechos ciudadanos individuales. 

Bastantes de los autores de Vox frente a la historia subrayan que el ideario histórico de Vox no aporta nada nuevo, ya que se queda en variaciones más extremas, simples o vehementes de tropos interpretativos sobre el pasado exhibidos ya antes públicamente por líderes e ideólogos del Partido Popular. Pero esto es solo una parte del problema. Uno de los vacíos más ostentosos del libro de Casquete es que elude analizar la cuestión más elemental que surge de la entrada de la extrema derecha en las instituciones: que la primera medida de los gobiernos territoriales apoyados por Vox es derogar las legislaciones sobre memoria. Ahora bien, es altamente significativo que el rechazo de la ultraderecha a las políticas públicas de memoria en marcha se escude en el mismo lenguaje de la equidistancia instituido en el tardofranquismo y la Transición. Esta descarada apropiación desvela de una vez por todas la naturaleza ideológica del metadiscurso entero de la reconciliación. 

Y aun así, son muchos los especialistas en el siglo XX español que, sin identificarse con la derecha, “reparten por igual las responsabilidades del estallido de la Guerra Civil, en la que no distinguen los agresores de los agredidos”, postura que Matilde Eiroa identifica como compartida por PP-Vox. Esto lo pierde de vista Eduardo González Calleja cuando, en su aportación, narra la peripecia política y judicial de la destrucción de las placas en homenaje a Largo Caballero e Indalecio Prieto por parte del Ayuntamiento de Madrid. En última instancia, los promotores del destrozo se apoyaron en una doctrina según la cual a efectos institucionales no sólo las víctimas sino también los victimarios de 1936 merecen todos igual trato –doctrina, no lo olvidemos, establecida por una comisión creada por el equipo municipal anterior e integrada por algunos prestigiosos historiadores–. 

A mayor abundamiento, si se quiere dar cuenta con mínimo rigor de la postura visceral de rechazo por parte de la derecha española a las cuestiones relativas a la memoria democrática –o sea, a los derechos humanos–, es obligado reconocer la penosa actitud de los representantes principales del establishment académico español cuando hace ya casi dos décadas arrancaba el movimiento memorialista. De aquellos polvos de repudio a la memoria, cargados de prejuicios corporativos, vienen ahora estos lodos, recargados de prejuicios ideológicos que rayan en el delito de odio. 

Valores de ciudadanía

Vox frente a la historia parte del presupuesto más que cuestionable de que existe una profesión historiográfica sólida plenamente capaz de poner en su sitio a unos supuestos indocumentados metidos a recontar el pasado común de modo falaz. Lo mismo se asumió hace veinte años, como recuerda en su capítulo Julián Casanova, cuando el gobierno de Aznar accionó la máquina del revisionismo sobre la guerra de 1936. Urge corregir ese presupuesto, porque hoy el contexto es mucho más acuciante: como bien advierte Ana Isabel Carrasco en el libro, con sus luchas culturales, la extrema derecha “prepara el marco para una guerra real” contra muy variados y amplios grupos de antiespañoles

Ante este escenario, no queda nada claro que resulte suficiente la vieja fórmula que recomienda Casanova: “Llevar nuestras enseñanzas a las aulas, comunicarlas con precisión y rigor en público y estimular a nuevas investigaciones para seguir refutando la mentira y la propaganda”. La agresión cultural de la extrema derecha no se ataja de raíz denunciando la supuesta mala praxis de sus plumas sicarias. Lo primero y principal que hay que exigir a una narrativa histórica legítima no es que se adecúe a los estándares científicos de quien la estudia, sino que refleje valores en los que merece reflejarse la comunidad que la recibe

Quien se acerca más a plantear esta cuestión en este libro es Zira Box, al preguntarse qué implica la inclusión en el canon literario, por razones dizque estéticas, de una obra escrita como contribución a la destrucción de la república democrática de 1931. Como señala Box, una operación así es menos inocua de lo que parece, ya que presupone haber alcanzado antes consensos acerca de “qué literatura queremos y para qué idea de nación” si aspiramos a cierta “salud democrática” (aunque habla de literatura en “español” para referirse a la que es en castellano). 

Hay que reconocer que toda narración histórica –profesional o no– responde a valores comunitarios. Toda historia es selectiva por los valores en que se funda; y en nuestro presente, tanto o más peligrosa es aquella modulada sobre valores contrarios a la ciudadanía como la que se niega a admitir anclajes extraintelectuales, en la medida en que pretende imponerse como verdad excluyente sobre cuestiones que solo tienen resolución alcanzando consensos políticos y culturales. 

Asumir este principio tiene consecuencias importantes para la forma en que respondamos a la Kulturkampf neofascista. Reclama un tipo de pedagogía ciudadana que refunda los estudios acerca del pasado, de forma que estos, por fin, se tomen en serio la tarea de elaborar marcos narrativos basados en valores elementales de ciudadanía –que no debemos confundir con procedimientos democráticos ni retóricas “científicas”–. Es imperativo desarrollar una historiografía rigurosa con los hechos y exigente en teorías y métodos de análisis, pero a partir de un marco de conocimiento y narración fundado en el respeto a la autodeterminación moral e intelectual de los y las ciudadanas y sensible a las demandas sociales emergentes que la reproduzcan.

He aquí la gran asignatura pendiente que heredamos de la generación de historiadores que se auparon a la profesión con la Transición, y en cuyo vacío se han educado, pese a sus distintas edades, los autores que contribuyen en este libro. Parafraseando la reacción de Santiago Carrillo a un eslogan del PSOE durante la Transición, en materia de fijar consensos acerca del marco narrativo sobre el pasado común, la historiografía española hereda ya “cien años de honradez”, pero de ellos lleva “cuarenta de vacaciones”. La desvinculación de la Historia de los imaginarios de ciudadanía, postura en su día promovida por los gobiernos de la UCD y el PSOE, ha permitido a largo plazo, no una epidemia de humoradas “ultra” sobre los avatares de la esencia española en el tiempo, sino una pertinaz pandemia de relatos que acogen tópicos que –como subrayan todos los autores de Vox frente a la historia–, no son solo de herencia franquista, sino que a menudo se retrotraen al viejo metarrelato liberal. 

El peso de estos estratos predemocráticos solapados que conforman aún hoy la Gran Narrativa de la modernidad española produce enormes distorsiones en temáticas, enfoques y marcos interpretativos. La principal, sin duda, es la desorbitante atención a la nación, que en este libro cuenta con hasta tres autores representativos (Javier Moreno Luzón, Xosé Manoel Núñez Seixas, y el propio editor). A nadie se le escapa que esta obsesión académica se origina en un rechazo, a menudo indisimulado, hacia los nacionalismos periféricos. Ahora que ha resurgido uno español-españolista realmente amenazador, se ha hecho por fin visible lo distinto que es, dentro y fuera de la península, por carecer de anclajes en valores de ciudadanía que, en cambio –aunque se les hayan tratado de negar–, sí poseen los nacionalismos periféricos. Los especialistas tienen su parte de responsabilidad en esta prolongada confusión. Se han dejado cegar por el discurso de la nación de los poderes dominantes del liberalismo, que sobredotaron a la nación de atribuciones, como comunidad pero asimismo como sujeto de soberanía, a costa del pueblo –un ente tan abrumadoramente presente en la documentación de época como ausente en los estudios de historia contemporánea del último medio siglo–.

Además de admitir que ni las culturas nacionales ni los nacionalismos son todos iguales ante la construcción de la ciudadanía, desestabilizar esos relatos hoy dominantes implica tareas que no son solo de rigor documental, sino que implican mayor reflexividad. Para empezar, cabe abandonar el mantra de que el comunismo es lo mismo que el fascismo con otro nombre: aunque hayan terminado pareciéndose como regímenes, solo el segundo niega de plano la autodeterminación moral e intelectual que permite hablar de ciudadanía moderna. 

Los ciudadanos polemizamos sobre el pasado y aspiramos a deliberar colectivamente sobre su marco narrativo, aunque haya algunos que no lo acepten, y otros que quieran reservarse la actividad para ellos solos. Ahora bien, si realmente se confía en la capacidad crítica de los ciudadanos, el enemigo del conocimiento histórico nunca es la “politización” de los relatos –venga de donde venga–, como erradamente sostiene Marcela García Sebastiani al estudiar la apropiación por la extrema derecha de la efeméride del 12 de octubre: lo peligroso es desvincular los marcos narrativos sobre el pasado de referentes valorativos que permitan a los lectores activar la crítica y polemizar. 

Como bien advierte Ana Isabel Carrasco, esto es lo que hay detrás de la apuesta de Vox: además de confrontar como a enemigos a quienes disputan señas de identidad nacional que “no admiten cuestionamiento”, la extrema derecha “no busca convencer sino generar obediencia”. Frente a una historia esencialista, monocultural y continuista que demoniza por igual a musulmanes de antaño y a todos “los otros” de hoy, hace falta otra que no se quede en la crítica en nombre del rigor profesional. Lo que se necesita es esbozar el marco para una historia dispuesta a acoger “el valor positivo de los hechos históricos”, pero no los “vinculados con la preservación del orgullo nacional” –como propone la derecha española en palabras de Mateo Ballester– sino aquellos que muestren la elevada variedad de trayectos culturales del pasado. Pues estos trayectos, en su alteridad, son los que pueden nutrir a la ciudadanía de una visión crítica acerca de nuestro presente.

Pablo Sánchez León es investigador en el Centro de Humanidades de la Universidade Nova de Lisboa. Es autor del ensayo Historia ciudadana. Recontar lo común político que heredamos (Postmetropolis, 2023).

Fuente: https://ctxt.es/es/20230801/Firmas/43835/historiadores-ultraderecha-memoria-franquismo-vox-pablo-sanchez-leon-guerra-cultural.htm