sábado, 30 de septiembre de 2023

Guerra y propaganda.

 

Desinformación, propaganda y la voluntad de informar

  @NSANZO

 

29/09/2023  

 

La verificación de la información es, sin necesidad de crear categorías profesionales imaginarias como los fact-checkers, una característica fundamental de cualquier trabajo que aspire a calificarse como periodístico. La guerra supone todo tipo de dificultades para las y los profesionales del periodismo. El peligro que implica la cercanía al frente, la niebla de la guerra, las informaciones que, pese a ser ciertas en el momento de su publicación, dejan de serlo minutos después al precipitarse los acontecimientos, la dificultad para encontrar fuentes fiables y, sobre todo, la abundancia de desinformación de las partes en conflicto y sus aliados externos son solo algunos de los aspectos que dificultan la tarea periodística sobre el terreno. Esa dificultad puede extenderse también al análisis que se realiza desde la seguridad de países lejanos, donde dejan de ser factor relevante el peligro del frente y las exigencias de censura o autocensura de las partes. Sin embargo, la mayor dificultad para ofrecer a la audiencia una información o análisis riguroso sobre un conflicto bélico es la falta de voluntad para intentarlo.

 

La cobertura informativa de la actual guerra rusoucraniana, de la misma forma que la guerra de Donbass en años anteriores, ha mostrado que la voluntad informativa queda supeditada siempre a los intereses políticos y comunicativos del bando defendido. La autocensura ha sido una gran parte de la forma en que grandes y pequeños medios han cubierto durante años la información política y militar relacionada con el conflicto ucraniano. Ocultar los hechos para evitar dar una mala imagen del proxy de Kiev ha sido la norma a lo largo de la guerra, ya fuera para borrar de la memoria colectiva el enaltecimiento de personas y grupos que lucharon contra la Unión Soviética de la mano de la Alemania nazi, olvidar que las autoridades ucranianas nunca tuvieron intención de investigar el asesinato masivo de Odessa o que fue Ucrania y no Rusia quien comenzó la guerra en el lejano abril de 2014 con el decreto de inicio de la operación antitterrorista. Solo así puede asumirse, como está haciéndose de forma generalizada en Occidente, que lo ocurrido en Canadá con el homenaje a un veterano de las SS fue un error puntual, que la cantidad de símbolos de extrema derecha en las imágenes de las Fuerzas Armadas de Ucrania son una anécdota o que hay una unidad del pueblo ucraniano que incluye a todo el territorio contra las fuerzas rusas.

 

A lo largo de la última década, la labor de la prensa, de la que se han desmarcado un más que limitado número de profesionales, generalmente en momentos concretos, ha sido colaborar en la presentación de Ucrania como un país democrático con aspiraciones euroatlánticas. Evidentemente, Ucrania se ha beneficiado de la solidaridad causada por el ataque ruso del 24 de febrero de 2022, pero la justificación de sus actos en nombre del objetivo común precede a la intervención militar. En el tiempo transcurrido entre el irregular cambio de gobierno de febrero de 2014 y el reconocimiento ruso de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk el 22 de febrero de 2022, la prensa ha colaborado activamente con las autoridades políticas en la justificación del golpe de estado, la manipulación de lo ocurrido en Maidan en febrero de ese año, el inicio de la operación antiterrorista, el uso de la extrema derecha para amenazar y hostigar a la oposición prorrusa, la nula investigación de la masacre de Odessa, el impago de pensiones y prestaciones sociales en Donbass, el incumplimiento activo de los términos de los acuerdos de Minsk, el enaltecimiento de personas y grupos colaboracionistas nazis durante la Segunda Guerra Mundial o la prohibición de medios de comunicación o partidos opositores. Todo ha quedado justificado en nombre de los valores europeos, la lucha contra Rusia o el conflicto entre democracia y autoritarismo. En estos años, y quizá en cierto sentido aún actualmente, la única excepción ha sido la cuestión de la corrupción, eso sí, generalmente utilizada para justificar la creación de organismos formalmente anticorrupción que, en realidad, formaban parte de toda una estructura de control externo público-privado con el que avanzar en el objetivo principal.

 

La actual guerra ha dado a Ucrania una incluso mayor facilidad para colocar su narrativa como única e indiscutible, en esta ocasión, no solo en la prensa nacional o regional, sino en las grandes portadas y las secciones de opinión de los medios más importantes del mundo occidental. Consciente de la importancia de presentarse, a la vez, como víctima inocente de un ataque no provocado y ejército cuya victoria segura depende únicamente de que sea bien armado y financiado por el mundo libre, Ucrania ha hecho del frente informativo uno tan importante como el militar. “Ucrania ha utilizado hábilmente el desvío de atención”, afirma un artículo publicado por The New York Times esta semana en el que intenta defender su política hacia las declaraciones rusas y ucranianas ante lo que parece un nuevo ejemplo de desinformación por parte de Kiev.

 

El medio defiende el uso de los intentos de desviar la atención para amagar, por ejemplo, con un ataque en Jersón -que terminó con centenares de soldados ucranianos heridos en los hospitales de Nikolaev- para dar la sorpresa y ejecutar la ofensiva real en la región de Járkov. Sin embargo, The New York Times pone al mismo nivel la forma en la que Ucrania desvió la atención, por no decir que mintió abiertamente, en el momento en el que anunció la muerte heroica de los soldados que habían rechazado rendirse ante las tropas rusas en la isla de las Serpientes en las primeras horas del ataque ruso. Los marineros retaron a las tropas rusas tal y como afirmó entonces Zelensky, aunque se rindieron segundos después y fueron tomados prisioneros, trasladados a Crimea y posteriormente intercambiados como prisioneros de guerra. Para entonces, la heroica hazaña imaginaria de los marineros ucranianos era ya leyenda, había sido contada por los grandes medios y abiertamente justificada ante la necesidad de elevar la moral del país y de sus tropas.

 

La necesidad de crear una victoria exagerada es también la razón por la que The New York Times ha creído ver la necesidad de escribir un artículo para justificar su política de fuentes, que es similar a la de otros grandes medios occidentales y puede resumirse en publicar cualquier alegación de Kiev como hecho que no precisa de verificación y asumir que cualquier declaración de Moscú es desinformación, propaganda o intento de confundir a la población.

 

El lunes, utilizando misiles Storm Shadow británicos, las Fuerzas Armadas de Ucrania alcanzaron a plena luz del día uno de los cuarteles generales de la flota rusa del mar Negro en la ciudad de Sebastopol en el que posiblemente fuera el ataque más espectacular realizado en la ciudad hasta ahora. Las imágenes del humo negro sobre el edificio blanco, donde el trabajo más relevante posiblemente haya sido evacuado a lugar seguro hace mucho tiempo, era una victoria lo suficientemente mediática para que Ucrania la utilizara como argumento para lograr más misiles de largo alcance de sus socios. Sin embargo, un parte de guerra que no acarrea más que daños materiales y carece de bajas de personal es una victoria menor y Ucrania quiso maquillar los hechos, como ha sido su modus operandi desde 2014, con una alegación de grandes bajas. El Comando de Fuerzas Especiales de Ucrania, es decir, la inteligencia militar, afirmó haber liquidado a 34 oficiales de la flota del mar Negro, entre ellos su comandante, Viktor Sokolov. Toda la prensa, incluido The New York Times, dio por buena la noticia y la publicó sin matices, sin querer caer en la cuenta de que toda información presentada por los servicios de inteligencia es, por definición, propaganda de uno de los bandos en conflicto. En la actual guerra, esa máxima es aplicada únicamente a Rusia.

 

Como recordaba el reportero de The Wall Street Journal Yaroslav Trofimov, hace unos meses, las fuentes rusas -aunque no Rusia de forma oficial como sugiere el periodista- difundieron rumores sobre el estado de salud de Zaluzhny, supuestamente herido o incluso muerto, en un ataque. Semanas después, la rutina se repitió con Kirilo Budanov, jefe de la inteligencia militar ucraniana. Ambos reaparecieron un tiempo después poniendo fin a los rumores. En ese tiempo, a diferencia del caso de Sokolov, ningún gran medio dio credibilidad a la noticia. En esta ocasión, sin embargo, el problema no ha sido la voluntad de los medios de comunicación de publicar cualquier alegación -verdadera o falsa- de la inteligencia civil o militar de Ucrania como hecho que no precisa de verificación ni matización, sino la rapidez con la que su información ha sido refutada. “Hasta ahora, Ucrania había tenido un récord más sobrio”, afirma Trofimov, que parece haber olvidado los centenares de terroristas que Ucrania decía liquidar a diario en 2014 o las veces en las que los ataques ucranianos acabaron con Motorola o Givi antes de que fueran asesinados -muy probablemente por el programa de asesinatos del SBU- y entonces fueran declarados víctimas de las luchas internas de los territorios ocupados. Por no hablar de los actuales partes de guerra, con unas cifras de bajas increíbles incluso para quienes las publican como hecho. “Pocos analistas creen en los optimistas cálculos diarios de bajas rusas dadas por los militares ucranianos y que se cuentan en centenares, aunque son reportados ampliamente en la prensa ucraniana”, admite The New York Times, que como el resto de la prensa se basa también en esos informes que reconoce que carecen de credibilidad para presentar una imagen de debilidad de las tropas rusas.

 

Horas después de la alegación ucraniana, presentada como noticia por toda la prensa, Dmitry Peskov rechazó responder a la pregunta de cuál era el estatus de Sokolov, algo que los medios entendieron como una confirmación de los hechos sin caer en la cuenta de que gran parte del trabajo del portavoz del Kremlin es precisamente no saber nada. Al día siguiente, Sokolov aparecía en la videoconferencia con el Ministro de Defensa Sergey Shoigu, aunque sin que se realizara un comunicado oficial. En lugar de un desmentido, Rusia ofrecía una imagen sobre el estatus del comandante de la flota del mar Negro, con lo que comprometía la situación de los medios de comunicación que habían dado por hecha la noticia. Pese a tratarse de una rutina habitual -la propaganda es una realidad de la guerra y Ucrania tiene casi diez años de experiencia en ella-, la prensa continúa sorprendiéndose en cada ocasión que Kiev le obliga a justificar haber publicado una noticia presumiblemente falsa a causa de esa excesiva voluntad de admitir como verdad absoluta cualquier comunicación procedente del proxy ucraniano. Cuando horas después de las primeras imágenes, Sokolov emergió en una entrevista afirmando que la flota del mar Negro continúa realizando sus labores asignadas y añadiendo que “la vida sigue”, los medios no tuvieron más opción que revisar su cobertura del episodio, aunque no para comprender que confiar ciegamente en una fuente oficial de un país en guerra no es lo más recomendable en términos periodísticos, sino para acusar a Rusia de desinformación.

 

“Ahora, Ucrania y Rusia están ofreciendo narrativas contradictorias sobre si un oficial naval de alto rango ruso, el comandante de la flota del mar Negro, está vivo o muerto”, afirma el medio sobre la base de alegaciones ucranianas e imágenes rusas. “Ucrania ha afirmado estar clarificando si murió, lo que deja abierta la cuestión de por qué los militares parecían estar tan seguros el día anterior”, añade el artículo, que parece no querer comprender la sencillez de la respuesta a su pregunta: era propaganda, por lo que su importancia no recaía en la veracidad de los hechos sino en su capacidad de lograr que fuera difundida en los medios.

 

Pese a todo, la base del argumento de The New York Times es la idea de que “lo que está claro es que el desvío de atención, desinformación y propaganda son armas regularmente desplegadas en la guerra de Rusia en Ucrania para mejorar la moral en casa, desmoralizar al enemigo o dirigir a sus oponentes de una trampa”. Que esa oración describe perfectamente la actuación de Ucrania desde el inicio de la operación antiterrorista no pasa por la cabeza de los reporteros, que a juzgar por su argumentación seguirán dando más credibilidad a cualquier afirmación ucraniana que a una prueba rusa.

 

La voluntad de proteger a Ucrania de la realidad no se limita únicamente a no hacer preguntas incómodas sobre el nivel de bajas o los daños que está sufriendo el país, sino que se extiende también a aceptar como verdadera cualquier alegación e instalar como única realidad posible el bien cocinado relato ucraniano. “A menudo es difícil saber cuándo los informes son falsos o por qué pueden haber sido diseminados”, se queja el medio solo en referencia a aquello que procede de Moscú. En el caso de Ucrania, la duda simplemente no existe. Sin voluntad de verificación y sin admitir que la comunicación de uno de los bandos en conflicto pueda contener enormes dosis de propaganda, no puede haber información mínimamente objetiva sino la reproducción de la narrativa del bando escogido como propio. La verdad es víctima en cada guerra y no puede dejar de serlo si los profesionales de la información, en completa dejación de sus funciones, han decidido colocarse una venda que impide ver incluso las falsedades más flagrantes de los propagandistas de su bando. El resultado son rectificaciones a medias que se utilizan para criticar a quien ha ofrecido una prueba -que también hay que verificar- en lugar de a quien ha presentado una alegación que parece, a todas luces, un burdo ejercicio de desinformación.

https://slavyangrad.es/2023/09/29/desinformacion-propaganda-y-la-voluntad-de-informar/#more-28239



jueves, 28 de septiembre de 2023

Randolph Bourne, pacifista de armas (no) tomar.

 


Randolph Bourne, pacifista de armas (no) tomar

27 de septiembre de 2023 /


 Por Iñaki Urdanibia



«Bourne fue la figura mítica, imprescindible, de mi generación»

Lewis Mumford

 

«Bourne, en unos ensayos de extraordinaria lucidez, advirtió contra los intelectuales que afirman que nuestra guerra es intachable y que lo que se persigue con pasión es el bien»

Noam Chomsky

 

Este librito es una bomba de alto calibre contra la guerra contra los intelectuales que en los momentos clave se unen al rebaño que canta el karaoke del poder, de los poderes; siendo además una potente dardo contra ese monstruo frío entre los monstruos fríos, el Estado, como dijese Friedrich Nietszche.

Randolph Bourne (Bloomfield, Nueva Jersey, 1886 – Nueva York, 1918) era un ser que iba contracorriente, que no se callaba a pesar de las amenazas y de los intentos de marginarle del coro de los elegidos; la parrhesía, el coraje de decir la verdad propio de los griegos, era lo suyo. Tras sus estudios, que había de compaginar con diversos trabajos para costeárselos, en los que siguió las clases del filósofo John Dewey, liberal de izquierdas, suponiendo una honda influencia en aquellos tiempos. Dos circunstancias jugaron un papel de importancia en su trayectoria: por una parte, el comienzo de la primera guerra mundial, y por otra, su cada vez mayor tendencia a ponerse del lado de los de abajo, de los oprimidos y explotados. En lo que hace a lo primero, su oposición a la participación de sus país en la guerra fue firme y desentonó con respecto a la postura de muchos de los intelectuales que habían sido amigos y compañeros de lucha, lo que supuso que las páginas de algunas de las revistas de izquierdas en las que participaba habitualmente, le cerraron las puertas a cal y canto. El silencio, se organizó en torno a él, y los insultos también, en aquellos años en que no apoyar la intervención bélica era considerado una traición, y un posicionamiento de parte del enemigo, Alemania. Respecto a lo segundo nombrado, él mismo señalaba su malformación, debido a un forceps mal aplicado en los momentos de su nacimiento, como causa de la cada vez mayor comprensión con respecto a quienes en mayor medida padecían la imposiciones del poder, y de la sociedad. De su aspecto dice John Dos Passos, en el Prefacio de libro: «Ese hombrecillo que parecía un gorrión, / pequeño trozo de carne envuelto en una capa negra, / siempre enfermo y dolorido, / puso una piedra en su honda / y golpeó a Goliat en mitad de la frente. / La guerra -escribió- es la salud del Estado». Precisamente sobre el tema de la incapacidad escribió algún texto pionero. Su muerte fue causada por una epidemia de gripe provocada por la guerra a la que se había opuesto con todas sus fuerzas; paradójico final que me trae al recuerdo la muerte de Tales de Mileto, quien tras toda su vida señalando el agua como fundamento, arjé, de lo existente, murió a causa de la hidropesía. [Antes de seguir, no quisiera dejar de lado el gran interés de cara a la presentación del autor y su obra que suponen los textos preliminares: la Nota a la edición de Salvador Cobo, editor, traductor y responsable de las notas; el prólogo, A por la tercera, de Rafael Poch-de-Feliu, además de prefacio ya mentado. Textos que sirven para presentar al autor, como queda dicho, además de situar estos textos de principios del siglo pasado, como absolutamente pertinentes en lo que hace a la guerra en curso y al ejercicio de domesticación ciudadana, prietas las filas, que supuso el tratamiento del Covid].

 

Estoy hablando del libro editado por Salmón: «La guerra es la salud del Estado», que reúne un par de textos de Bourne: La guerra y los intelectuales de 1917, y El Estado de 1918. Bourne fue de los pocos intelectuales que se opuso a la guerra, cuando la mayoría seguía a los tambores y las banderas, definiendo el Estado como aparato cuyo medio ideal es la guerra, ya que la llamada a la unión sagrada porque, según se dice, la patria está en peligro, tiene una indudable capacidad de enganche. Bajo las bellas proclamas, de la lucha por el bien y contra el mal -maniqueísmo que es una constante en todos los enfrentamientos que se han dado, hasta la misma actualidad de guerra interpuesta de las grandes potencias en el escenario del país ucranio-, un enfrentamiento de buenos y malos. La guerra como instrumento para extender sus garras más allá de sus fronteras, a la vez que la situación se torna propicia para luchar contra quienes se salen de las filas ordenadas del rebaño, para lo cual se recurre a leyes de excepción, convirtiendo los recortes y limitaciones de libertad en algo necesario para salvar la patria. En este primer trabajo, el pacifista denuncia las variables posturas de los intelectuales, que dejan de lado las banderas que siempre han alzado: la del pacifismo y la del internacionalismo, para unirse con los sectores más reaccionarios y seguir tras sus pendones guerreros en los que se proclama la libertad, de mercado, y la democracia de la gente bien.

 

En lo que hace a su visión del Estado, sus intuiciones son francamente relevantes al adelantarse a los análisis acerca de las sociedades disciplinarias de control, que tratan de poner en marcha, ya está puesto, un sistema biopolítico que someta a los ciudadanos, hasta en sus propios cuerpos como en estos últimos años han teorizado, en la senda de Michel Foucault, los Giorgio Agamben o Roberto Esposito. La industria bélica, de armamentos, es una sostén esencial en el funcionamiento de la maquinaria estatal. Con absoluto cinismo, del malo, no del propio de los seguidores de Diógenes de Sinope, proclaman aquello de si vis pacem para bellum, que es la excusa perfecta para invertir sumas, sin fondo, a estos negocios que en la actualidad, con los crecientes avances tecnológicos y científicos (lo nuclear, el uso de drones…y la búsqueda, robo, de materias primas en diferentes países), exigen mayor control policial en labores de control y vigilancia suma, que se aplican igualmente para matar más y para controlar las fronteras, y la entrada de malhechores (?), cuando de estos ya hay en el interior en cantidades amplias.

 

Randolph Bourne muestra una capacidad innegable a la hora de señalar la imbricación entre ambos polos como queda plasmado en este libro: la guerra y el Estado, como las necesarias caras de una moneda, lo que hace que los ensayos presentados, aun habiendo sido publicados a principios del siglo pasado, siguen conservando su actualidad y potencia, con la única diferencia del mayor desarrollo en las técnicas de domesticación redes y medios de (in)comunicación mediante, que se acompañan con dispositivos de seducción: todos emprendedores de sí mismos que dice el coreano-germano Byung-Chul Han, o aquello que dijese Noam Chomsky, y hablo de memoria, en un libro de entrevistas editado hace años, por Gedisa: si existiese un dictador fascista que fuese racional, elegiría el modelo norteamericano, un policía en cada cabeza.

 

Por Iñaki Urdanibia para Kaosenlared


domingo, 24 de septiembre de 2023

Cómo el ‘mundo libre’ perdió las riendas .

  Cómo el ‘mundo libre’ perdió las riendas

Por qué el polo mundial liderado por China está más capacitado que Occidente para la reforma mundial

 Rafael Poch 

19/09/2023

 Muchos nos preguntamos sobre los signos de debilidad y miopía que Occidente, y en especial la Unión Europea, está emitiendo en la actual crisis ucraniana. Cinco décadas (medio siglo) de capitalismo neoliberal convirtieron a los Estados y gobiernos de los regímenes políticos occidentales en algo muy débil e impotente. La transferencia a manos privadas del grueso del patrimonio económico nacional a partir de finales de los años setenta con Reagan y Thatcher privó a los gobiernos de riendas fundamentales para gobernar. La lógica del beneficio determinó luego, además, la deslocalización industrial hacia Oriente. Hoy la capacidad de gobierno es tan reducida que complica sobremanera las posibilidades de planificación a medio y largo plazo, así como cualquier propósito público de reforma y cambio estratégico. Es decir, de aquello que es fundamental para afrontar la crisis del antropoceno.

Cristina Ridruejo nos recordaba hace poco la situación en la España de hace cuarenta o cincuenta años, donde el Estado tenía el control de las telecomunicaciones (Telefónica), la importación, distribución y suministro de hidrocarburos con su red de gasolineras (Campsa, Repsol); la gran compañía eléctrica (Endesa), las líneas aéreas y ferroviarias nacionales (Iberia, Renfe) con sus infraestructuras correspondiente; la compañía nacional de tabacos (Tabacalera) y buena parte de la automoción (Seat) y la construcción naval y aeronáutica. Entonces existían bancos públicos importantes, las cajas de ahorro no eran especulativas y el principal medio de comunicación, la televisión, consistía en dos canales públicos. Con todas esas riendas en sus manos, había capacidad de gobierno y capacidad de informar sobre las políticas y estrategias a adoptar.

El vaciado de lo público es, sin duda, una de las razones de la decadencia política y económica de los regímenes oligárquicos occidentales que conocemos como “democracias” neoliberales. Su clase política está dando muestras de niveles sin precedentes de incompetencia. Lo que presenciamos actualmente en Alemania con la gestión del trío formado por el canciller Scholz, y sus ministros de Exteriores, Baerbock, y Economía, Habeck, es seguramente el mejor ejemplo. No solo por la manifiesta deficiencia de inteligencia de esos personajes, sino por tratarse del suicidio de la primera potencia de la Unión Europea, ingenuamente considerada hasta ahora como “faro” de las demás.

 Ante este panorama, llama mucho la atención el dinamismo y la capacidad de gobierno no solo de países como China, y hasta cierto punto Rusia, que han conservado (el segundo las ha restablecido) las riendas políticas de la economía. En este momento es cuando muchos cortos de miras alegarán encendidos el problema de la falta de “democracia” en esos países. En tal alegato suele fallar no tanto la crítica a los sistemas de esos países, legítima y necesaria, como la ciega y tonta presunción de inocencia hacia los sistemas occidentales, que son oligarquías neoliberales en las que el voto no decide casi nada y donde el poder del pueblo(“democracia”) brilla por su ausencia.

 Dice, con razón, Craig Murray que votar por Clement Attlee en la Inglaterra de la posguerra tuvo sentido y pudo abrir la puerta a las reformas sociales que siguieron. En general, “lo que teníamos aproximadamente entre 1920 y 1990, cuando votar realmente podía marcar la diferencia, no es lo que tenemos ahora. Ahora vivimos en una sociedad postdemocrática”, afirma. En España ni siquiera tuvimos esa franja, pues de la dictadura pasamos a la postdemocracia sin apenas transición. Hoy, cuando el BCE manda en política monetaria, la OTAN en política exterior y militar y la Comisión Europea en casi todo lo demás (y se trata de tres instituciones no electas y puramente oligárquicas), la pregunta sobre lo que queda de soberanía y margen de juego para que la población cambie algo las cosas es puramente retórica.

 Así que el sistema occidental, que está derivando hacia la “ultraderechización de Goldman Sachs”, es mucho menos superior en libertades a lo que nuestros corifeos del establishment pretenden y pregonan. Y además, está mucho menos capacitado para gobernar el cambio hacia la sociedad más modesta y nivelada que la crisis del antropoceno exige que sus rivales emergentes. Como decía Frédéric Lordon, no hay lucha contra el calentamiento global sin renuncia al “IPhone 24” y los demás cachivaches que el sistema brinda al consumidor para compensar su frustración. El sujeto del sistema occidental “realmente existente” ya no es el ciudadano, sino un individuo reducido a consumidor. La hipótesis de que este sujeto, espoleado por los medios de comunicación oligárquicos y las redes sociales censuradas, se oponga con uñas y dientes al cambio hacia una vida más modesta y austera, que se requiere, no es ninguna tontería. Lo más probable es que cualquier gobierno occidental que formule un programa de decrecimiento cosechará una reacción de los poderes fácticos del capitalismo, mediática y social, irresistible.

 Cada vez está más claro que la solución que Occidente propone a la crisis del siglo XXI es la de un mundo en el que una minoría geográfica y social –de digamos el 20% de la humanidad– continuaría viviendo en las insostenibles condiciones actuales, mientras que el 80% restante estaría condenada a la miseria y a lidiar con las consecuencias de la crisis climática bajo la forma de pobreza, guerra y genocidio, algo que ya sugería abiertamente el “Informe Lugano” de Susan George en 1999, hace un cuarto de siglo. Un orden para preservar el capitalismo no muy diferente al que propugnaba Hitler, como decía Immanuel Wallerstein.

 El actual pulso mundial entre el mundo occidental y los países emergentes liderados por China y Rusia, del que la guerra de Ucrania podría ser el aperitivo, tiene algo de esto. Comparen las conclusiones de la última cumbre del G-7 con las de la última cumbre de los BRIC's, y, seguramente, deducirán que la victoria de los emergentes es condición para un mundo menos injusto e inviable.

https://ctxt.es/es/20230901/Firmas/44099/Rafael-Poch-china-Rusia-occidente-mundo-libre-g7-BRIC.htm#md=modulo-portada-bloque:4col-t2;mm=mobile-big 

 

 

 

viernes, 22 de septiembre de 2023

EE.UU., la libertad y la democracia .

EE.UU., la libertad y la democracia

 Aram Aharonian

  22/09/2023 

 El sistema democrático estadounidense, publicitado y vendido como un escenario glamuroso, no logra encubrir sus graves deficiencias acumuladas durante largo tiempo y problemas reales que nunca han sido solucionados. Crece el escepticismo sobre la democracia estadounidense mientras una guerra silenciosa echa sus raíces.

Estados Unidos se obstina en creer que su democracia sigue siendo el paradigma y el faro para el mundo. Por esta arrogancia, su democracia  no sólo ha acumulado problemas más que incurables, sino que también ha causado graves daños a todos los países del mundo.

 El periódico francés Le Monde señaló que la reparación de una democracia ya deteriorada requiere el sentido de Estado y el de intereses públicos, ambos ausentes en la actualidad, lo que no deja de ser muy triste para un país que durante largo tiempo se ha considerado a sí mismo como un ejemplo.

 El año pasado, el think tank sueco Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral incorporó a EE.UU. por primera vez a la “lista de democracias regresivas”. Pasaron casi dos años del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, pero el sistema democrático de EE.UU. no ha logrado aprender realmente las lecciones, y le es díficil hacerlo.

 Por eso mismo, la violencia política sigue evolucionando y empeorándose. The Washington Post y The New Yorker señalaron que la democracia de EE.UU. está en un estado innegablemente duro, el disturbio en el Capitolio ha puesto de pleno manifiesto la polarización social, la división política y el auge de la desinformación.

 Ambos partidos -el Demócrata en el gobierno y el Republicano desde la oposición- son conscientes de los defectos crónicos de la democracia estadounidense, pero ninguno tiene la determinación y el coraje para hacer reformas.

 El 12 de setiembre, el presidente republicano de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Kevin McCarthy, hizo un anuncio en campo minado, la posible investigación formal de juicio político contra el mandatario demócrata, Joe Biden. El proceso se sustentará en las investigaciones de su partido sobre los negocios de su familia en el extranjero.

 En la política estadounidense, el dinero es la leche materna de la política, y las elecciones vienen convirtiéndose cada vez más en monólogos de los ricos. Mientras , los reclamos por la democracia son considerados nada más como “notas discordantes” en la política. Con el dinero omnipresente en cada rincón de la política estadounidense, es inevitable que la equidad y la justicia sean reprimidas.

 La política del dinero tiene su encarnación más reciente en sus elecciones intermedias en 2022, que costaron más de 16 mil 700 millones de dólares, monto superior a los Productos Nacionales Brutos (PNB) de más de 70 países. La naturaleza de la política estadounidense como el “juego de los ricos”.

 La libertad de expresión estadounidense está sujeta a su propio criterio. Los intereses partidistas y la política del dinero se han convertido en carga pesada sobre la libertad de expresión. Cualquier discurso desfavorable a los intereses del gobierno o del capital será sometido a estrictas restricciones.

Ante los grupos de capital y de intereses, la “libertad de expresión” de los medios de comunicación huele a hipocresía. La mayoría de los medios de comunicación son de propiedad privada, y sirven a los poderosos y los ricos. Los grupos de capital y de intereses hacen lo que quieran en lo que respecta a la opinión pública. 

 Muchos ciudadanos dudan de los resultados de las elecciones de 2020, y el extremismo, el autoritarismo y la desinformación van en aumento. Por  primera vez se cuestiona la solidez del sistema, y cada vez hay más preocupación sobre el futuro democrático del país: de acuerdo con las encuestas, un 71% de los votantes estadounidenses piensa que que eso que hasta ahora entendieron como democracia, está en riesgo.

 Estados Unidos avanzó con el arte de convertir sus guerras de conquista en civilizadas formas de organizar el mundo y ordenarlo a su modo. En el centro de su discurso público siempre está la muletilla de democracia y derechos humanos. Todo se hace, se justifica, se impone, en nombre de ellos y de su defensa.

 Pero la realidad muestra otra cara: las intervenciones humanitarias, la guerra contra “el terrorismo”, contra los gobiernos que según Estados Unidos no respetan los derechos humanos,  los que Washington y sus repetidoras políticas y mediáticas en todo el continente llaman “Estados delincuentes”.

 En la reciente Asamblea General de la ONU, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva alertó sobre el peligro del neofascismo mundial y denunció que el neoliberalismo que se impone desde Washington “ha empeorado la desigualdad económica y política que aqueja a las democracias actuales”, y alertó que “entre sus escombros surgen aventureros de extrema derecha que niegan la política y venden soluciones tan fáciles como equivocadas”.

 Democracia y sicofármacos

 El orgullo de los estadounidenses por su democracia ha registrado una drástica caída del 90% en 2002 al 54% en 2022, según una encuesta conjunta entre The Washington Post y la Universidad de Maryland.

 Depresión, pánico, ansiedad, angustia, fobias, son los diagnósticos frecuentes que, en 2020, impulsaron un aumento del consumo de psicofármacos, en especial el clonazepan y el alprazolam. Es evidente que las consecuencias de este proceso de concentración económica afectan de manera significativa y particularmente a las clases subalternas, cada vez más enajenadas, más separadas de su producción.

 El discurso del actual presidente “demócrata” estadounidense  Joe Biden puede servir, quizá, para sus ciudadanos, bombardeados permanentemente, durante décadas, con la ida de que dentro y fuera de Estados Unidos se vive una lucha entre la democracia y la autocracia; entre las aspiraciones de la mayoría y la avaricia de unos pocos. Pero, en realidad, ese podría ser un espejo de Estados Unidos.

 No es para asustar a la gente, pero lo cierto es que EE.UU., Rusia y China armados con dispositivos químicos, biológicos y suficientes ojivas nucleares y termonucleares, tienen la capacidad destructiva de transformar al planeta en el campo de batalla de la Tercera Guerra Mundial, la cual sería la terminal, por lo cual es imprescindible el diálogo con atención a nudos geoestratégicos, empezando en Ucrania y Taiwán.

 For export

 El escritor uruguayo Eduardo Galeano sostenía que “La democracia es un lujo del norte. Al sur se le permite el espectáculo, que eso no se le niega a nadie. Y a nadie molesta mucho, al fin y al cabo, que la política sea democrática, siempre y cuando la economía no lo sea. Cuando cae el telón, una vez depositados los votos en las urnas, la realidad impone la ley del más fuerte, que es la ley del dinero”.

 Gracias a Biden, el partido de la guerra está de vuelta. Sus políticas se reflejan en sus nombramientos: ideólogos que se debieron haber retirado después de debacles en política exterior, como Victoria Nuland, quien fue la persona en Irak de Dick Cheney, como subsecretaria de Estado en funciones, que es el cargo número dos de ese departamento.

 También designó a Elliott Abrams, quien además de haber sido condenado por perjurio fue un sombrío apologista de los torturadores de América Central durante el gobierno de Ronald Reagan, como miembro de su Comité Asesor en Diplomacia Pública y un permanente desestabilizador del gobierno venezolano.

 Mientras, Bill Kristol, el radical y ferviente cabildero en pro de la guerra contra Irak, pidió dos millones de dólares para pagar anuncios de televisión en los que se urgía a los republicanos a seguir la misma ruta en Ucrania.

 Una vez más los funcionarios predican “un orden basado en reglas”, pero las violan al mismo tiempo que las invocan. Una vez más se invoca a los ciudadanos a ser parte de una lucha global entre la democracia y el autoritarismo. Pero está en una guerra a través de apoderados contra Rusia y, a la vez, se prepara para una guerra fría contra China, impone sanciones económicas a 26 países, tiene más de 750 bases militares en 80 naciones y despliega fuerzas en más de cien, en todo lo ancho de los siete mares.

 Andrew Bachevich, del Instituto Quincy señala que “Nuestro actual predicamento se deriva de la afirmación, poco honesta, de que la historia ha encomendado a Estados Unidos ser la hegemonía militarizada que deberá marcar la política hasta el final de los tiempos. Pero sí existen alternativas”. Hoy, la administración Biden parece comprometida a seguir el fracasado libro táctico del equipo proguerra, pero no necesita ni puede pagar los crecientes costos de esta política global.

 La realidad del modelo estadounidense es el enorme poder de los grandes capitales y de sus medios de información dominantes para influir sobre las decisiones políticas e imponer su agenda por encima de la voluntad popular, que en la práctica anula la pretendida igualdad de derechos de los ciudadanos. Y a ello se suma un racismo estructural que mantiene a millones de personas fuera del cuerpo político, condenados a ser carne de cañón pata las aventuras imperiales y el negocio de las transnacionales de la guerra y los armamentos..

 Este modelo democrático que Biden quiere vender al mundo está vaciada de contenidos verdaderamente democráticos hasta quedar reducido a un espectáculo, una simulación del gobierno del pueblo, con la inamovilidad de su oligarquía bipartidista. Con una clase política impermeable a la realidad, y la continuidad de un modelo de votación indirecta en el cual es factible ganar la elección, pese a perder la mayoría de los sufragios, como sucedió con Geoge W. Bush y el mismo Trump.

 Negacionismo

 El negacionismo es aberrante: hay quienes niegan las bien documentadas provocaciones occidentales que allanaron el camino a la guerra en Ucrania y creen que Rusia invadió Ucrania simplemente porque es malvado y odia la libertad y que EEUU está introduciendo armas en la nación ucraniana porque ama a los ucranianos y quiere proteger su libertad y democracia.

 Hay otros que están más interesado en la foto policial de Trump que en las atrocidades respaldadas por Occidente en Yemen o en el hambre en Siria. Es más, otrso creen que EEUU está llenando a Australia de maquinaria de guerra porque ama a los australianos y quiere protegerlos de China y cree que la fuerza militar más destructiva del mundo está rodeando a su rival geopolítico número uno con maquinaria de guerra como medida defensiva.

 Hay muchos que, influenciados por los mensajes de los medios hegemónicos, cren que el título de régimen más asesino y tiránico del mundo pertenece a cualquier gobierno y no al de Washington. Es porque quizás vivas bajo las estructuras de poder más asesinas y tiránicas del mundo y, sin embargo, pasas el tiempo gritando sobre la tiranía en los países asiáticos.

 Hay quienes creen que el intervencionismo occidental alguna vez ha tenido algo que ver con la difusión de la libertad y la democracia o la protección de los intereses humanitarios y encuentran las protestas en lugares como Irán, Venezuela o Cuba mucho más interesantes que las protestas en lugares como Francia, Haití o Chile.

 No son pocos quienes se desgarran la ropa cuando dicen que China se está preparando para tomar el control de Taiwán mediante la fuerza militar, sin reconocer que el imperio estadounidense se está preparando para hacer exactamente lo mismo.

 En general, se oponen a las armas, excepto cuando se utilizan para matar extranjeros en el extranjero. Hay quienes creen que estar en contra de la guerra significa poner una bandera de Ucrania en su biografía de Twitter. Son los mismos que creen s que la invasión de Iraq tuvo algo que ver con la liberación del pueblo iraquí y que la destrucción de Libia tuvo algo que ver con la protección de los libios.

 Muchos, alentados por la prensa hegemónica, creen que las escaladas de EE.UU. contra Rusia y China tienen algo que ver con su “seguridad nacional” y que está bien que EE.UU. siga librando guerras, destruyendo naciones, matando de hambre a poblaciones civiles con sanciones económicas, instigando guerras por poderes, armando a neonazis y yihadistas violentos, organizando golpes de Estado y persiguiendo a periodistas, porque si no lo hace, el mundo podría ser tomado por tiranos malvados.

 *Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

 

Fuente: https://estrategia.la/2023/09/21/eeuu-la-libertad-y-la-democracia/


domingo, 17 de septiembre de 2023

El saqueo de las tierras en Ucrania 2020- 2023

 Zelensky sella la venta de Ucrania a los fondos buitre

MPR21

Según los términos del acuerdo, BlackRock administrará los activos de Ucrania, incluida la ayuda internacional, las empresas estratégicas y la deuda externa

El 8 de mayo el gobierno ucraniano y el fondo buitre estadounidense BlackRock firmaron un acuerdo sobre la creación del Fondo de Desarrollo de Ucrania. El objetivo oficial es atraer inversiones en los campos de energía, infraestructura y agricultura. En realidad, es la culminación de la venta total de los principales activos públicos de Ucrania, desde las tierras hasta las redes eléctricas. Aparentemente, así es como Kiev pretende pagar sus deudas.

BlackRock es el fondo de gestión de activos más grande del mundo. Su valor total es de 8,6 billones de dólares. Sus accionistas están asociados a los nombres de las familias más ricas del mundo: Rockefeller, Rothschild, Dupont, Mellon. Entre los ejecutivos de BlackRock se encuentran varios oficiales retirados de la CIA, y la propia empresa financia el fondo de capital de riesgo In-Q-Tel fundado por la central de inteligencia.

La cooperación del régimen de Zelensky con BlackRock comenzó (al menos públicamente) en septiembre de año pasado, cuando el New York Times informó sobre las conversaciones del presidente ucraniano con el director de la empresa, Larry Fink. En diciembre, ambas partes realizaron una videoconferencia conjunta, durante la cual informaron que se había llegado a un acuerdo para coordinar esfuerzos de inversión. Finalmente, en mayo institucionalizaron los acuerdos.

Según los términos del mismo, BlackRock administrará los activos de Ucrania, incluida la ayuda internacional. Las empresas estratégicas ucranianas, incluidas las que han sido nacionalizadas, quedarán bajo su control. Este sistema también se utilizará para gestionar la deuda externa de Ucrania, que según el Ministerio de Hacienda del país asciende a casi 124.280 millones de dólares, el 80 por cien del PIB.

Funcionarios ucranianos que han sido acusados repetidamente de corrupción están involucrados en la implementación del acuerdo. Es el caso de la antigua directora de la NBU (Banco Nacional de Ucrania) Valeria Gontareva, de la antigua directora del Ministerio de Hacienda Natalia Yaresko (ciudadana estadounidense) y, por supuesto, el administrador de los intereses de Soros en Ucrania, Viktor Pinchuk, un multimillonario que escapó a salvo de la campaña contra la corrupción.

Ucrania no puede devolver los préstamos, pero los socios occidentales pueden recuperarlos con empresas y tierras. Ha sucedido antes: en 2010 Alemania instó a Grecia a vender las propiedades públicas, especialmente islas deshabitadas, para cubrir las deudas del país.

Los países latinoamericanos conocen bien los estragos que causan los fondos buitre. BlackRock se apoderó de la gestión del sistema de pensiones de México. Los participantes en las protestas contra la reforma de las pensiones en Francia acusaron a Macron de que la ley se había aprobado en beneficio de BlackRock y del propio Macron, que es un sicario del capital financiero. Por eso durante los disturbios los manifestantes asaltaron las oficinas del fondo en París.

Pero el proceso de venta de los activos estratégicos de Ucrania a fondos buitre extranjeros ya se inició en tiempos de Poroshenko (el corrupto anterior presidente). Con Zelensky simplemente recibió un ímpetu renovado. La lista de activos ucranianos de BlackRock incluye a las siguientes empresas: Metinvest, DTEK (energía), MHP (agricultura), Naftogaz, Ucranian Railways, Ukravtodor y Ukrenergo.

En mayo del año pasado 17 millones de hectáreas de tierras agrícolas ucranianas de las 40 designadas en el banco de tierras eran propiedad de tres empresas participadas por BlackRock: Cargill, Dupont y Monsanto.

https://www.lahaine.org/mundo.php/zelensky-sella-la-venta-de

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 Y ver  ...

  

Zelensky sella la venta de Ucrania a los fondos buitre

  https://mpr21.info/zelensky-sella-la-venta-de-ucrania-a-los-fondos-buitre/

16 agosto, 2023

Adopta Ucrania una reforma agraria: una nueva ley abre el mercado de tierras agrícolas

 

https://www.contactukraine.com/blog/ukraine-farmland-ownership-reform-2020

¿Quién se beneficia realmente de la creación de un mercado de tierras en Ucrania?

 

https://www.oaklandinstitute.org/blog/who-really-benefits-creation-land-market-ukraine

Guerra y despojo: la toma de tierras agrícolas ucranianas   https://www.oaklandinstitute.org/guerre-spoliation-prise-controle-terres-agricoles-ukrainiennes

 

Ucrania: pozo negro de la corrupción .

Ucrania: pozo negro de la corrupción

EDUARDO LUQUE

Las finanzas de la guerra se asemejan a una estafa piramidal donde no solo los jerarcas ucranianos se enriquecen, sino también políticos y empresarios de EEUU y la UE

 Hace 153 años finalizaba la mayor carnicería de toda la historia en América Latina. La Guerra de la Triple Alianza [Brasil, Argentina, Uruguay] concluyó con la derrota del Paraguay más progresista de América y la pérdida de la mitad de su población. Prácticamente todos los varones sufrieron las consecuencias de esta matanza. El país se despobló puesto que sólo quedaron vivos adolescentes, ancianos, tullidos y mujeres.

 El régimen de Kiev está repitiendo ese escenario. Como se diría en argot, está “rebañando el barril”. El ex embajador de EEUU en Finlandia, Earle Mack, se ha permitido hacer unas predicciones: según él, Ucrania se acerca a una década de muerte y caos con más de 10 millones de personas que han abandonado el país y 5,5 millones de ucranianos que se han refugiado en Rusia. Ucrania, cuando acabe la guerra, será un Estado fallido o no existirá.

 La imagen del anciano de 71 años entrenando en los campamentos alemanes de la OTAN es una imagen potente. Revela las enormes carencias del Ejército ucraniano en el frente. Las estimaciones de las propias fuentes occidentales sitúan el número de muertos en torno a los 400.000, mientras que heridos y amputados podrían sobrepasar los tres millones.

 Solo en la fracasada contraofensiva han fallecido unos cuarenta mil ucranianos según fuentes de Kiev, 66.000 según fuentes rusas. Es una matanza sin sentido donde para preservar los caros “juguetes bélicos de Occidente” se envían hombres como “carne de cañón” para abrir el paso a través de los densos campos de minas. El dieciocho de julio pasado el propio comandante de las fuerzas terrestres del ejército de Ucrania, general Alexander Sirsk, reconocía en una entrevista a Europa Press que era “prácticamente imposible” lograr un éxito inmediato en la tan cacareada contraofensiva ucraniana. A pesar de las evidencias, la masacre continúa.

 Aunque la ofensiva carezca de viabilidad militar, poco importa, se ha seguir insistiendo. Están en juego enormes flujos de dinero occidental que va ineludiblemente a los bolsillos de las élites ucranianas y de los empresarios occidentales.

 Ucrania, según los estándares internacionales es el segundo estado más corrupto del mundo. Los grandes grupos de poder precisan de un relato que justifique el desvío de dinero público a sus arcas y que, además, convenza a la ciudadanía de la necesidad de sacrificar y privatizar los sistemas sanitarios, de pensiones o la educación por tal de enviar más y más armas a la hoguera ucraniana. Hay que derrotar a Rusia.

 A pesar de tanto sufrimiento, nada satisface a los oligarcas ucranianos, ni a Washington, ni a la UE. Es la guerra de Washington contra Rusia, librada en terreno de terceros. La ofensiva, como ya hemos dicho, es un fracaso. El costo en vidas humanas es inasumible. El ejército ucraniano de Zelenski está tomando medidas desesperadas para rellenar los agujeros en sus filas. Paulatinamente, se recurre a tropas peor entrenadas y motivadas. La movilización total que ahora se promueve recuerda el llamamiento de Hitler a las juventudes hitlerianas (chiquillos de catorce años que debían defender el búnker del Führer).

 La nueva movilización abarca todo lo que queda del espectro de edad, desde los 15 hasta los 60 años. Ucrania no tiene más recursos humanos y es por ello que considera aptos para el servicio hombres que deberían estar en el hospital, en la escuela o en su casa. La violencia en el reclutamiento, la detención de los varones en cualquier lugar y momento, es lo que todavía permite mantener el flujo de soldados hacia el frente.

 El gran negocio

 La guerra en Ucrania es un enorme robo donde todos, desde el propio Zelenski (que según la prensa estadounidense ha comprado otra lujosísima villa en un lugar exclusivo en el Mar Rojo) hasta los altos cargos del gobierno (algunos destituidos por múltiples casos de corrupción) están amasando enormes fortunas. A la llamada de este saqueo han acudido bancos y entidades financieras occidentales que han encontrado un nuevo nicho para su enriquecimiento.

 El periodista de investigación John Hermer ha señalado un hecho sumamente extraño: el Fondo Monetario Internacional ha prestado ciento quince mil millones de dólares al gobierno de Zelensky, suspendiendo al mismo tiempo las auditorías y requisitos de control habituales. Tampoco la UE o el Parlamento Europeo están controlando los flujos financieros de ayuda a Kiev. Periódicamente el Fondo para la Paz dependiente de la UE envía paquetes de ayuda financiera. Nadie ha dado cuenta de en qué se gasta el dinero de la UE.

 Al no existir controles parte o la totalidad de dinero ha acabado en cuentas de paraísos fiscales. El 31 de marzo de 2023 el FMI concedió otros 15.600 millones de dólares en el marco de un nuevo acuerdo de servicio ampliado del fondo para Ucrania al margen del apoyo total de 115.000 millones que fue aprobado con anterioridad. La propia institución financiera afirma que no realizará las inspecciones de supervisión “in situ” antes de finales del 2024 y sólo si “las condiciones lo permiten…”

 Los documentos del Fondo Monetario Internacional respecto a la deuda ucraniana son un conjunto de buenas intenciones. No se penalizará al ejecutivo de Kiev si las promesas no se cumplieran. Funcionarios de este organismo como la primera subdirectora gerente del Fondo Monetario, Gita Geopinath, admiten abiertamente que “los riesgos para el acuerdo del SAF son excepcionalmente altos”.

 En el propio Congreso de los EEUU, por otra parte, hay muy pocas voces que apoyen una auditoría de cuentas y que se cuestione realmente el destino del dinero de los contribuyentes. Es una obviedad decir que muchos de los representantes políticos deben sus campañas electorales a los grupos de poder interesados en mantener viva la crisis ucraniana.

 Las finanzas de la guerra en Ucrania se asemejan a un esquema Ponzi (una estafa piramidal) donde ni el Congreso de los EEUU, ni el Fondo Monetario Internacional ni la Unión Europea son capaces de señalar quién ha recibido el dinero. Tampoco les interesa. El sistema bancario ucraniano está en quiebra puesto que las tasas de interés de los créditos occidentales son del 25%. Pero además, para mantener la ficción económica y poder venderlos o privatizarlos, los activos del país son garantizados con más dinero del propio FMI, creando una situación fallida de “facto”.

 En palabras del periodista norteamericano, no es muy aventurado afirmar que los principales responsables de la toma de decisiones sobre ese dinero (Joe Biden, Jake Sullivan, Antony Blinken, Victoria "Fuck Europe" Nuland, Josep Borrell, Annalena Baerbock, Olaf Schulz, los altos funcionarios del FMI y otros agentes clave del imperio estadounidense) podrían estar entre los grandes beneficiarios de este latrocinio.

 Mientras se pueda mantener este negocio a corto plazo, la guerra tiene visos de mantenerse hasta el último ucraniano vivo.

 Unas elecciones difíciles

 La imagen del malvado autócrata es, evidentemente, la del presidente ruso Vladimir Putin. Su Estado no alcanza, supuestamente, los mínimos estándares que exigiría la “democracia occidental”. Los medios han hecho de ello uno de sus grandes argumentos. Poco importa que el segundo partido en importancia en la Duma sea el partido comunista ruso. En estos días se celebran elecciones locales y provinciales en toda Rusia, incluidas las zonas ocupadas y Crimea, mientras que Zelenski (al que se le acaba su mandato) manifiesta que no tiene intenciones de convocar elecciones presidenciales y exige que se le pague la astronómica cifra de 5.000 millones de dólares para organizarlas.

 La guerra de desgaste que ha impuesto EEUU contra Rusia necesita aún más carne. Biden mira por su reelección. La carrera comienza en noviembre. Necesita alguna noticia positiva del frente ucraniano. Sobre el escenario electoral se alzan, al igual que para Trump, nubes de tormenta. Los turbios negocios de la familia (se acusa a su hijo y al propio presidente de haber recibido más de 5 millones de dólares por sus negocios ilícitos en Ucrania) serán una losa en la campaña.

 Biden necesita desgastar a Rusia tanto como pueda para presentar algún tipo de ticket ganador. El Secretario de Estado Blinken, de visita en Kiev hace unos días, prometió mil millones y más material bélico. Para congraciarse con el funcionario norteamericano, miles de hombres fueron enviados a otra ofensiva fallida y pagaron un altísimo precio por esa futura ayuda.

 La caída en desgracia del anterior ministro de Defensa ucraniano Reznikov por un caso de corrupción, y su sustitución por otro personaje, Rustem Umerov, también investigado por la Justicia por un tema similar, revela que Zelensky descarga su responsabilidad en terceros. Washington no ha dado la orden aún para sustituir al presidente, pero las voces comienzan a alzarse.

 Las transnacionales norteamericanas (Dupont, BlackRock….) que han comprado gran parte del territorio ucraniano, ahora miran con ojos golosos a la propia Polonia. Ucrania, evidentemente, no ha aprendido nada de la tragedia de la Triple Alianza en el siglo XIX. Polonia tampoco parece haber aprendido nada de las lecciones de la II Guerra Mundial.

 En aquel tiempo, como ahora, su oligarquía se creía capaz de vencer al ejército alemán. Los medios de la época fantaseaban con derrotar a las divisiones Panzer y ocupar Berlín. La historia nos enseña cuál fue el resultado, pero nuevamente creen (hundida Alemania en una profunda recesión económica y política) que ha llegado el momento de convertirse en la gran potencia militar europea. Fantasea con crear un estado confederal que agruparía la actual Polonia, Ucrania y Lituania.

 Claramente la oligarquía polaca ha escogido los cañones en lugar de la mantequilla y está llevando al país al precipicio. La retórica belicista de los dirigentes en el gobierno, del partido Ley y Justicia (PiS), camina en esa dirección. En este momento Varsovia afronta una profunda crisis económica, que no le impide invertir, restringiendo los servicios sociales pero inflamando a la población de un belicismo extremo, más del 3,5% del PIB en armamento. Para el viceprimer ministro Jaroslaw Kaczyns esto no es suficiente puesto que espera gastar el 5% anual del PIB en los próximos cinco años.

 Los líderes del PiS quieren convertir a su ejército y a Polonia en una superpotencia militar en 2 años. Para ello se han cerrado tratos para comprar cientos de tanques, aviones y helicópteros, mientras espera crear un ejército que doble al actual y convertirse en el más poderoso de Europa (y los grandes fondos de inversión lo que esperan es que se estrellen). Nuevos conflictos se avecinan en el horizonte.

 https://www.elviejotopo.com/topoexpress/ucrania-pozo-negro-de-la-corrupcion/

miércoles, 13 de septiembre de 2023

El N.Y Times, defiende las bombas de racimo en Ucrania.

 

Las bombas de racimo y la moral

 En visita de propaganda de esta semana a Kiev, el Secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, ha confirmado algo que Reuters había filtrado hace ya varios días: Estados Unidos enviará munición de uranio empobrecido a Ucrania para su uso en los tanques Abrams, cuya llegada al frente se acerca. Kiev dispondrá, para su uso en el frente, de esta más que polémica munición, que ha sido acusada de causar todo tipo de enfermedades y malformaciones en fetos en lugares como Iraq, donde ha sido utilizada por Estados Unidos y el Reino Unido, que también ha enviado proyectiles de uranio empobrecido a Ucrania. Curiosamente, poco se ha hablado de su uso hasta ahora. Es más, en su tuit anunciando el envío estadounidense, The Kyiv Independent se refería a “la primera vez que esa munición va a ser enviada al país”. La propaganda enalteciendo los resultados de su uso y el silencio general sobre el uranio empobrecido británico vuelve a hacer surgir la pregunta de si la enorme explosión que se produjo el pasado mes de mayo a causa de un ataque ruso en un almacén militar del oblast de Jmelnitsky contenía esa munición tal y como afirmó Rusia al comentar el ataque. En cualquier caso, el anuncio de Estados Unidos, unido a la inminente llegada de los tanques estadounidenses Abrams, ha hecho resurgir la idea de las armas milagrosas, una esperanza excesiva en que un tipo de equipamiento o munición vaya ser el punto de inflexión en el desarrollo de la batalla.

La tendencia que se observa en el frente, con ataques constantes y una defensa rusa que hasta ahora ha actuado con solvencia, no anima a pensar que un tipo de munición vaya a cambiar de forma decisiva el curso de la batalla, tal y como han demostrado ya los Leopard o los Challenger. La mayor cantidad o potencia del armamento causa mayor destrucción y posiblemente mayores bajas y obliga al oponente a reforzar sus defensas. En este caso, tras meses de preparación ante una ofensiva que Ucrania había anunciado ya desde el inicio de la planificación, las fortificaciones rusas han demostrado estar preparadas para soportar semanas de presión. Las tropas de Kiev, con su armamento y táctica estadounidense, han necesitado doce semanas para agujerear en un punto la primera línea de defensa rusa, un bagaje peligroso aunque escaso para una ofensiva que ha contado con enormes cantidades de armamento, financiación y horas de preparación.

Igualmente polémica, y prohibida por gran parte de los aliados de Ucrania que han participado en el envío de financiación y armamento para la actual ofensiva, es la anterior wunderwaffe entregada por Washington: las bombas de racimo. “Ahora, dos meses después de que Estados Unidos enviara un paquete inicial de munición a Ucrania, para garantizar que sus tropas no se queden sin munición, según afirmaron tres oficiales estadounidenses, la administración Biden está planeando enviar más y pronto”, afirma esta semana The New York Times en un artículo que pretende tratar los resultados del uso de este tipo de armamento en el frente. Utilizado ya el primer paquete de munición de racimo en las posiciones del frente, Ucrania precisa de su reposición.

El envío occidental de bombas de racimo debió haber causado una seria polémica, no en vano la convención que prohíbe su uso -que no han ratificado ni Ucrania, ni Rusia ni Estados Unidos, aunque sí gran parte de los países del planeta- se firmó en Ottawa, con Canadá como su principal país impulsor. Sin embargo, la guerra común contra Rusia y las dificultades que está sufriendo Ucrania para avanzar sobre las posiciones rusas han conseguido que cualquier medida quede justificada. En ese contexto, artículos como el de The New York Times, que incluyen una única opinión mínimamente escéptica sobre la efectividad de las bombas de racimo en el frente de Zaporozhie, no solo no tratan las consecuencias que la presencia de este tipo de armas causará en el futuro, sino que pueden leerse prácticamente como un reportaje en defensa de su uso.

En saco roto cayeron las advertencias de Hun Sen, cuyo país, Camboya, sufre aún las consecuencias de los bombardeos estadounidenses con este tipo de armas hace ya más de medio siglo. En la guerra contra Rusia, cualquier medida es analizada únicamente por su eficiencia contra el enemigo, no por las consecuencias que vaya a causar para la población civil. Es más, prácticamente toda mención a la población civil es precisamente para insistir en que no se está viendo afectada. Ese es uno de los argumentos del artículo publicado por The New York Times, profundamente legitimador del uso ucraniano -aunque no ruso- de las bombas de racimo. La lógica parte de tener en cuenta únicamente el momento actual y solo las bombas de racimo entregadas por Estados Unidos, que según las fuentes del artículo, han sido utilizadas únicamente contra las tropas rusas en la primera línea del frente y no contra la población civil. La intensidad de la batalla, la concentración de fuerzas y las inmensas dificultades de Ucrania, no para romper el frente, sino para llegar a la primera línea de defensa rusa, hacen creíble esa afirmación.

Sin embargo, incluso aceptando que la munición de racimo estadounidense no esté siendo utilizada contra la población civil, esa información es solo parcial. La República Popular de Donetsk ha mostrado evidencias del uso de munición de racimo, eso sí, de origen soviético, no occidental, contra la población civil, acusaciones ignoradas por la prensa occidental ahora y también en el pasado. El intento de The New York Times de presentar a Ucrania como una fuerza fiable y en cuya palabra se puede confiar olvida que el uso ucraniano de munición de racimo en zonas urbanas no solo se produce ahora, sino que su uso se remonta a los primeros meses del conflicto de Donbass, como el propio medio recogió en aquel momento. La falta de memoria a medio y largo plazo y el borrado general de todo lo referente a  Donbass hace convenientemente sencillo obviar esos detalles. En octubre de 2014, The New York Times informaba de las acusaciones de Human Rights Watch contra el uso de munición de racimo en zonas urbanas, uso que, según la organización, podía ser constitutivo de crímenes de guerra.

Además de esa cuestionable preocupación por la población civil, la justificación del envío de bombas de racimo a Ucrania cuenta con tres tesis principales. La primera es su eficiencia contra las tropas rusas. Y aunque el artículo menciona que no todos los comandantes son tan optimistas, el artículo basa este argumento en adjudicar a esta munición la captura de la localidad de Urozhainoe. “Son súper eficientes”, afirma un marine ucraniano que participó en dicha batalla. Eso sí, el medio matiza que la opinión más extendida entre los comandantes ucranianos es que “las bombas de racimo son utilizadas fundamentalmente en situaciones en las que la infantería enemiga está expuesta y son bastante inefectivas contra las posiciones fortificadas rusas -línea tras línea de trincheras y búnqueres-, que son el principal obstáculo de la contraofensiva”. En realidad, la batalla por Urozhainoe no puede ser la base de ninguna argumentación, ya que no forma parte de esa línea de defensa que Ucrania trata de romper. La ausencia de fortificaciones y el importante desgaste de las tropas que allí luchaban, por ejemplo, el batallón Vostok, cuyos soldados luchan desde 2014, forzaron la retirada en lugar de luchar hasta el último soldado por una posición que no es estratégica. Es representativo que esta batalla sea utilizada como ejemplo del uso y la eficiencia de las bombas de racimo.

El segundo argumento es el de la moral. Prácticamente desde el inicio de la intervención militar rusa, la idea de la baja moral de las tropas rusas se ha generalizado en los medios independientemente de la situación. Con la moral como razonamiento, The New York Times vuelve a citar al marine que participó en la batalla por Urozhainoe alegando que “cuando nuestros chicos ven cómo las usamos contra el enemigo, su moral sube”.

Mucho más importante es el tercer argumento: el de las enormes necesidades de munición de las Fuerzas Armadas de Ucrania, cuyo uso supera las capacidades de reposición de sus socios occidentales. La necesidad de luchar contra Rusia hasta el último ucraniano y el rechazo absoluto a buscar una salida negociada a la guerra implica el mantenimiento de una guerra cuya intensidad supera con creces cualquier conflicto en el que ha participado la OTAN en las últimas décadas. De ahí que sea preciso justificar y normalizar el uso de una munición prohibida en gran parte de los países aliados de Ucrania -que han aceptado ya sin excesivas quejas la realidad en la que se encuentran- y conocida precisamente por causar graves consecuencias para la población civil tanto durante el conflicto como en décadas posteriores.

Ese es el objetivo final del artículo publicado por The New York Times, que indica que “oficiales de Estados Unidos estiman que las fuerzas ucranianas han estado disparando hasta 8.000 rondas de munición al día, entre ellas centenares de bombas de racimo. En conjunto, eso podría llevar a que las bombas de racimo se conviertan en lo que George Barros, del Institute for the Study of War, un think-tank con base en Washington, predijo que puede convertirse en un «elemento permanente dentro del arsenal ucraniano»”.

Perfectamente normalizadas por la prensa de prestigio, que confía ciegamente en la garantía de que están siendo utilizadas únicamente contra las tropas rusas -aunque su eficiencia haya sido mayor en el caso de una batalla liderada por un batallón formado a partir de antiguos miembros de las tropas del Ministerio del Interior de Ucrania-, las bombas de racimo han llegado para quedarse. Atrás quedan los años en los que, al igual que las minas antipersona, que en esta guerra Ucrania ha difuminado indiscriminadamente por el centro urbano de Donetsk, la munición de racimo era condenada y se exigía su erradicación. La guerra contra Rusia lo justifica todo, también condenar el uso ruso de bombas de racimo mientras se defiende, a capa y espada, su uso ucraniano.

https://slavyangrad.es/2023/09/09/las-bombas-de-racimo-y-la-moral/#more-28100


domingo, 10 de septiembre de 2023

La demagogia de Zelensky .

 

Temporada de reproches

 @NSANZO 10/09/2023  

 

Con gran manejo de las formas y capacidad de adaptar la temática del discurso al público al que se dirige para dar la mayor efectividad al servicio de su discurso, las ruedas de prensa y actos públicos de Zelensky se han convertido en una atracción. Instalar el discurso ucraniano como único aceptable fue el objetivo de la comunicación ucraniana en los primeros meses de la guerra rusoucraniana, todo ello al servicio de una narrativa de una simplicidad absoluta: Ucrania necesita armas y más armas, dinero y más dinero. Toda la sofisticada estrategia de Ucrania gira alrededor de esa simple máxima, que ha impuesto con habilidad y prácticamente sin oposición. En esa pelea, en la que en realidad nunca ha querido o podido entrar, el Kremlin tuvo siempre la batalla perdida y ningún argumento sobre, por ejemplo, la guerra en Donbass durante ocho años antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera ucraniana ha tenido ningún efecto para matizar el apoyo proucraniano de todo el establishment occidental.

Durante gran parte de la guerra rusoucraniana, el desarrollo de los acontecimientos ha creado unas condiciones favorables al discurso ucraniano. Cuando Rusia avanzaba rápidamente por el sur en las semanas iniciales, Ucrania no necesitó más que la épica de la defensa para conseguir lo que deseaba: el inicio de un flujo constante de financiación y armamento con el que hacer posible la lucha contra el invasor. En los meses en los que Ucrania recuperaba territorio, especialmente cuando preparaba las ofensivas de Járkov y Jersón, que fueron exitosas o que ni siquiera se produjeron ante la retirada rusa, la épica de la defensa se convirtió en la adrenalina de la victoria. Era la cresta de la ola que Kiev ha estirado durante los meses de preparación de una ofensiva que presentaba como potencialmente decisiva.

 La situación actual es mucho más compleja. Ucrania alega grandes progresos en el frente que no se corresponden con la realidad. Dar a Rabotino la definición de ciudad estratégica no va a cambiar la realidad: Ucrania alegó controlar el pueblo hace ya dos semanas, continúa sin control efectivo y sufriendo pérdidas, por lo que no ha conseguido hacer de él una cabeza de puente para hacer derrumbarse la línea de defensa rusa. Y anunciar diariamente grandes avances en la zona de Artyomovsk tampoco modifica la realidad de que Ucrania, que ya en mayo afirmó que la ciudad estaba prácticamente sitiada, no ha podido recuperar las posiciones que perdió en Bajmut.

 Sin la épica de la defensa y el entusiasmo de la victoria, Ucrania se encuentra ante la necesidad de explotar algo diferente. Las constantes referencias de Dmitro Kuleba, ministro de Asuntos Exteriores, a la proliferación de planes de paz, todos ellos inaceptables al no corresponderse al cien por cien a las propuestas de capitulación rusa de Zelensky, denota que Kiev se encuentra ante una temporada de preocupación. La ofensiva corre el riesgo de entrar en la fase de estancamiento, especialmente si las tropas rusas resisten los ataques de Ucrania, que se ha visto obligada a introducir a las brigadas reservadas para el avance profundo hacia Melitopol-Crimea, durante las próximas semanas, últimas en las que la climatología favorece las grandes operaciones en campo abierto.

 La dificultad ante la labor de romper las líneas de defensa rusas en el frente sur, preparadas durante los meses en los que las tropas rusas estaban comandadas por el ahora apartado general Surovikin, está causando un nerviosismo que se traduce en exigencias y reproches. Aunque inicialmente limitados, al menos públicamente, a mensajes en las redes sociales y artículos de prensa en los que mostrar sutilmente algunas críticas, las últimas horas parecen haber generalizado ese discurso, endureciéndolo notablemente. En uno de sus últimos tuits, el presidente Zelensky afirma que “Ucrania es más que un país luchando contra la agresión rusa. Es una elección personal moral sobre lo que verdaderamente tiene valor, en qué crees y cuáles son tus verdaderas prioridades. Esta es una base moral que trasciende fronteras. Tiene que ser humanista. Tiene que prevalecer”. La arrogancia de la guerra hace presentar como moral y humanista a quien durante siete años se negó a cumplir el acuerdo de paz firmado y mantuvo un bloqueo económico y una situación de guerra de forma totalmente innecesaria y artificial. Aun así, la idea del discurso es que “el futuro se decide en Ucrania”. No solo el futuro de Ucrania, sino aparentemente el de la civilización occidental, es decir, el de la civilización. La insolencia de quien, pese a todo lo que está recibiendo, siempre quiere más parece no tener fin. En las últimas horas, Kiev ha fijado tres objetivos para sus críticas: Naciones Unidas, Elon Musk y los países que suministran y financian al Estado de Ucrania.

 “¿Quién habría imaginado que la ONU podría convertirse en el principal lobista de los criminales de guerra?". Un recordatorio. Al imponer sanciones por las violaciones del derecho internacional, los países occidentales enviaron un claro mensaje a las élites rusas: con Putin, Rusia no tiene futuro; Rusia después de Putin tendrá una oportunidad. Haciendo de lobby de la idea de levantar las sanciones contra Rusia para la exportación de grano robado en medio de una guerra a gran escala, el liderazgo de la ONU quiere prolongar la vida del régimen de Putin y reconocer los ataques con misiles como una herramienta efectiva para conseguir objetivos políticos. Una señal interesante en el mundo del siglo XXI. Ninguna de estas absurdas ideas se puede realizar, especialmente en el contexto del terror de misiles contra los puertos ucranianos y las infraestructuras de grano. Sin embargo, es otro recordatorio de que la presencia de Rusia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas está envenenando a toda la organización”, escribió Mijailo Podolyak, cuyos ya de por sí histéricos mensajes en las redes sociales han escalado en intensidad a medida que la realidad ha ido dejando claro que las cosas no están saliendo como se esperaban en el frente de Zaporozhie, que Ucrania esperaba haber roto hace mucho tiempo.

 Podolyak se refiere a las negociaciones de António Guterres, Secretario General de Naciones Unidas, para reactivar el acuerdo de exportación de grano ucraniano cumpliendo con las condiciones que marcaba Rusia, que son en realidad aquellas que hace un año consideró que se le habían prometido: la reconexión de sus bancos al sistema SWIFT para desbloquear sus exportaciones agrícolas. Ucrania ha pasado meses alegando estar salvando al mundo de una hambruna, pero sigue exigiendo el bloqueo de las exportaciones rusas, tan importantes para la seguridad alimentaria mundial como las ucranianas. Lo sorprendente no es es la actual intervención de Guterres en favor de mantener en el mercado los productos rusos y ucranianos, que suponen un peso importante en las exportaciones mundiales de grano, sino la lentitud con la que se ha actuado. No hay argumento alguno que explique por qué no se utilizó el año que hubo de margen mientras el acuerdo del mar Negro estuvo en vigor para lograr esos objetivos. El hecho de que no se haya desconectado del sistema SWIFT al banco que permite que los países europeos sigan adquiriendo gas licuado ruso muestra que es posible mantener en el mercado aquellos productos que son del interés de Occidente. Por algún motivo, el mantenimiento del grano y los fertilizantes rusos en el mercado no ha causado tal interés. En cualquier caso, los movimientos de Guterres parecen aún iniciáticos y no hay garantías de éxito. Aun así, han sido suficientes para causar la histeria en el establishment ucraniano.

 El segundo receptor de la furia ucraniana esta semana ha sido Elon Musk, uno de los hombres más ricos del mundo y dueño de la plataforma que Ucrania más activamente utiliza para marcar el discurso, Twitter/X. Sin esa herramienta, Kiev contaría con más dificultades para marcar la agenda política diaria, ya que cada tuit de asesores como Mijailo Podolyak o del presidente Zelensky se convierten automáticamente en noticia recogida por toda la prensa mundial. La dependencia exterior de Ucrania se ha visto reflejada también en el aspecto de las comunicaciones: Kiev basa sus comunicaciones en el sistema de comunicación por satélite Starlink, propiedad de Elon Musk. Según afirma un libro recientemente publicado, el pasado año, Musk recibió una petición de Kiev de activar los sistemas hasta Sebastopol, con la intención de realizar ataques para acabar con la flota rusa del mar Negro. Según ha afirmado ante la acusación, el rechazo de Musk se debió a las posibles consecuencias, concretamente ante la posibilidad de que la destrucción de su flota pudiera tener como consecuencia un ataque nuclear ruso. Kiev y sus defensores están utilizando ahora el argumento de que Musk tuvo en su mano la posibilidad de acortar la guerra -para dar la victoria a Ucrania, por supuesto- y la rechazó, un argumento falaz teniendo en cuenta que Ucrania no cuenta con la capacidad de destruir de un golpe la flota rusa y que, incluso de haberlo conseguido, Rusia dispone de recursos suficientes para continuar la guerra. El ataque de ira que ha causado esta revelación, que no ha debido sorprender a Kiev, consciente de la negativa a activar los servicios en el momento en el que realizó la petición, es representativo tanto de la dependencia exterior como de la superioridad moral que Ucrania se adjudica para exigir a sus socios y otras instituciones actuar exactamente como se le ordena.

 Las dificultades en el frente militar y también en el informativo, en el que Kiev ha recibido críticas más duras de las que está dispuesta a aceptar, han hecho que Zelensky apunte incluso a sus aliados más fieles en su ataque de reproches. El objetivo sigue siendo el mismo, lograr más sanciones contra Rusia y más armamento para su ejército, aunque el discurso se ha endurecido notablemente. “Ellos están en el cielo”, afirmó Zelensky, añadiendo que “así paran nuestra contraofensiva”. El argumento de Zelensky es que a armamento más pesado, más rapidez en la conquista de territorios. “Cada metro liberado equivale a una vida humana”, afirmó el presidente ucraniano, por lo que “cuanto más tiempo lleve, más personas sufrirán”, un argumento que difícilmente puede encontrar el favor de sus socios. Es más, uno de los reproches de Estados Unidos a su proxy de Kiev ha sido precisamente la reticencia a utilizar la táctica del Pentágono, que implica un mayor número de bajas. El razonamiento de Zelensky no ha cambiado: más armas equivalen a acortar la guerra, aunque el flujo sin precedentes de tanques y armamento y los resultados obtenidos no corroboran la tesis del presidente ucraniano.

 La guerra ha demostrado que el armamento más pesado implica mayor destrucción, crecientes bajas y escalada bélica a ambos lados del frente, algo que se ha observado con la artillería de largo alcance y los tanques occidentales y que previsiblemente se repetirá con los F16 que llegarán el año que viene y los misiles ATACMS cuya entrega valora ahora Joe Biden. Aun así, la supuesta lentitud con la que Occidente está aceptando gradualmente enviar todas aquellas armas de la lista de deseos de Ucrania parece ser el argumento elegido por Ucrania para justificar la lentitud con la que Ucrania está liberando territorio. El reproche no puede ser más claro cuando el presidente ucraniano justifica la lentitud del avance de la contraofensiva alegando que “cuando algunos socios dicen:  ¿qué pasa con la contraofensiva, cuáles serán los siguientes pasos?. Mi respuesta es que actualmente nuestros pasos seguramente son más rápidos que los nuevos paquetes de sanciones”. La voracidad de la guerra  y de su arrogancia precisa de un constante flujo de armamento para Ucrania y sanciones para Rusia. Todo lo demás está sujeto a los reproches de quien se ha adjudicado la superioridad moral de dictar todos los términos.