miércoles, 30 de noviembre de 2022

Planes para confiscar los activos rusos

 EEUU y la UE hacen planes para confiscar los activos rusos congelados en su territorio  

Vladimir Astapkovich.

  

Sputnik


Estados Unidos y la Unión Europea (UE) están considerando confiscar más de 300.000 millones de activos rusos, la mayoría de los cuales son reservas de divisas extranjeras que pertenecen al Banco Central de Rusia, que permanecen congelados en su territorio. 

Desde que inició la operación militar de Rusia en Ucrania el 24 de febrero, Estados Unidos y sus aliados impusieron diversos paquetes de sanciones en contra de Moscú, entre las que se encuentra la congelación de miles de millones de dólares en activos en el extranjero. 

Ahora, con el pretexto de destinar el dinero a Kiev, altos funcionarios gubernamentales de EEUU y la UE han comenzado a pedir que se confisquen estos activos congelados, supuestamente para que Ucrania pueda lidiar con el daño provocado por los combates en curso. 

 

El 30 de noviembre, los representantes permanentes de la UE se organizaron para discutir la medida durante una reunión en Bruselas. Mientras que Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea (CE), propuso crear una estructura especial para administrar los activos rusos congelados. 

En octubre, los legisladores estadounidenses buscaron agregar una disposición a la Ley de Autorización de la Defensa Nacional (NDAA), que permitiría a Washington transferir activos rusos congelados a Kiev. Sin embargo, un grupo de republicanos de la Cámara y el Senado se opuso a la medida por desconfiar de su efectividad, además de que no ha sido "plenamente litigado". 

¿Dónde están los activos? 

Los activos congelados totales del Banco Central de Rusia constituyen cerca de la mitad de sus reservas extranjeras totales, que en marzo se estimaron en 640.000 millones de dólares. De acuerdo con el informe anual de 2021 de la institución financiera, la mayor parte de sus activos en moneda extranjera y oro, equivalente al 16,8%, estaba almacenada en China, seguida de Alemania (15,7%), Francia (9,9%), Japón (9,3%), EEUU (6,4%) y el Reino Unido (5,1%). 

Las naciones que congelaron los activos son Estados Unidos, Francia, Japón, Alemania, el Reino Unido y Canadá. 

 Por otro lado, Estados Unidos y sus aliados se jactaron en junio de la incautación de unos 30.000 millones de dólares en activos pertenecientes de empresarios rusos, a quienes llamaron oligarcas. Y unos meses después, en octubre, el comisario de Justicia de la UE, Didier Reydners declaró que los Estados miembro congelaron cerca de 17.400 milloines de euros (unos 18.000 millones de dólares) en activos rusos. Supuestamente, la riqueza fue distribuida de forma desigual en toda la UE. 

Adicionalmente, a principios de noviembre, un medio de comunicación informó, citando un documento interno de la CE, que la UE congeló unos 68.000 millones de euros (70.000 millones de dólares) en activos rusos, de los que hasta 50.000 millones de euros están en Bélgica y otros 5.500 millones de euros en Luxemburgo. 

Moscú podría confiscar bienes de inversores extranjeros 

El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, advirtió que estas medidas podrían suponer un duro golpe para EEUU y la UE, que corren el riesgo de perder la confianza de los propietarios por tomar algo que no les pertenece. Destacó que estas acciones indican la caída del principio de "santidad de la propiedad privada" en Occidente. 

Por su parte, el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitri Medvédev, aseguró que Moscú tendría que confiscar el dinero y las propiedades de los inversores extranjeros en Rusia, si los países extranjeros aprueban leyes que permitan un robo de facto de los activos rusos, con todo y que estos inversores no son responsables de las acciones de los "tontos de sus Gobiernos". 

Medvédev agregó que los activos extranjeros en Rusia son de alrededor de 300.000 millones, una "feliz coincidencia" que permitiría recompensar a Rusia. Paralelamente, el director de la Fundación CIPI en Bruselas, Paolo Raffone, sugirió que Rusia confiscaría los activos europeos si la UE toma medidas para confiscar los activos rusos congelados. 

Raffone argumentó que Estados Unidos no necesariamente apoyaría a la UE ante el escenario de confiscación por parte de Rusia, mientras que este tipo de "nuevo enfoque imperial y neocolonial de la UE" puede socavar gravemente la credibilidad de la Unión. 

"¿Quién confiaría en la UE y en EEUU si pueden confiscar y disponer de activos extranjeros, privados y estatales con decisiones unilaterales? Sería el fin catastrófico del orden mundial liberal y neoliberal", apuntó. 

La congelación de activos significa que las autoridades del país donde se encuentre este dinero impiden que el propietario pueda disponer de él. 

El 24 de noviembre, la presidenta de la CE, Ursula Von der Leyen, informó que continúan adelante con un noveno paquete de sanciones a Rusia, aunque no ofreció detalles sobre las medidas que podría contener la nueva ronda de sanciones de la UE. 

https://sputniknews.lat/20221130/eeuu-y-la-ue-hacen-planes-para-confiscar-los-activos-rusos-congelados-en-su-territorio-1133047280.html

Nota del blog.- De todos modos el robo de las riquezas por bancos occidentales se ha hecho norma habitual . Por eso la mayoría de estados no han apoyado las sanciones a Rusia .


El Falansterio de Theleme: El robo de riquezas por bancos occidentales

 

lunes, 28 de noviembre de 2022

El conflicto de clases en Rusia

 

Más sobre los motivos de la guerra  


 Rafael Poch

En uno de los artículos más interesantes que se han leído hasta ahora sobre la guerra de Ucrania, el joven sociólogo ucraniano Volodymyr Ishchenko tiene el mérito de situar el conflicto en lo que suele describirse como “una perspectiva de clase”. Behind Russia’s War Is Thirty Years of Post-Soviet Class Conflict (jacobin.com) ( reproducido en este blog  9 de octubre de 2022 https://elfalansteriodetheleme.blogspot.com/2022/10/treinta-anos-de-conflicto-de-clases.html )

Ishchenko dice, con muy buen criterio, que sin entender la naturaleza, la economía y la manera de funcionar de las elites postsoviéticas – que no son “soviéticas” ni “real-socialistas”, sino capitalistas – nunca se entenderá este conflicto. Esa incomprensión es la que explica muchos errores en los diagnósticos sobre la guerra. Dejo de lado los de quienes en Occidente ven en la Rusia actual “una especie de Unión Soviética”, entendiendo por esta no la real, sino una URSS por ellos imaginada nacida de las ilusiones y la desesperación de tantos adversarios del capitalismo, pero sin demasiada relación con las crudas realidades de la Unión Soviética realmente existente. En ese ámbito se reduce la invasión de Ucrania a mera respuesta y se diluye su criminal naturaleza.

Entre los más críticos con Rusia, muchos cargan las tintas en el “imperialismo” de Moscú o en la voluntad de restablecer territorial y políticamente espacios de la antigua Unión Soviética. Otros apuntan a las ideologías nacionalistas o euroasianistas que se habrían instalado en el Kremlin (actuar contra eso explicaría el atentado fallido contra un marginal pensador de la derecha nacionalista rusa que acabó con su joven hija en Moscú), y muchos otros, en fin, mencionan, una y otra vez, el fanatismo o la maldad de Putin, dentro de la habitual narrativa infantil- hollywoodense de amplio consumo (la “lucha entre democracia y autocracia”, en palabras de Biden), particularmente popular entre la mayoría de los periodistas del rebaño atlantista. Nada de todo eso sirve para entender lo que ocurre.

Imperialismo no es simplemente invadir otro país, sino usar el poder y la fuerza, incluida la invasión y la fuerza militar, para obtener recursos económicos. Rusia ya tiene muchos recursos y no tiene la menor necesidad de ampliarlos. La invasión de Ucrania solo le reporta a Rusia perjuicios económicos y desde luego, ningún recurso de beneficio. Los discursos sobre el occidente “satánico” o sobre el borrado de Ucrania en el contexto de “un solo pueblo”, el “russki mir”, o el “régimen nazi”, son eso, discursos, taparrabos que ocultan y adornan los motivos de fondo. Entre estos, sin duda, lo hemos dicho muchas veces, el cierre en falso de la guerra fría y la provocadora expansión militar de la OTAN hacia las mismas fronteras de Rusia. Ahí sí que hay un aspecto real, que los militares, a diferencia de los periodistas, entienden perfectamente, pero ¿cuáles son los motivos que han empujado esa dinámica? ¿Cuál es la contradicción entre Occidente y Rusia que alimenta esa extrema deriva militar?. Ahí es donde el “análisis de clase”, si se me permite un término tan caricaturizado y abusado, resulta útil. Me refiero al examen de los intereses de los grupos dirigentes que animan, a un lado y a otro, este abominable e infame conflicto militar que tanto sufrimiento humano y tanto desastre está ocasionando.

De parte Occidental el asunto es conocido: los recursos de Eurasia contenidos en el espacio postsovietico son el botín de nuestro sistema depredador en este pulso. Para Occidente, Ucrania representa gran interés como: gran mercado de consumo, una enorme fuerza de trabajo barata y cualificada, unos ingentes recursos naturales, en primer lugar una tierra muy fértil cuya privatización en beneficio de grandes multinacionales ya se está imponiendo contra la voluntad de la inmensa mayoría de los ucranianos, y, finalmente, Ucrania es fundamental como plataforma geopolítica para contener el desafío de Rusia al hegemonismo de Estados Unidos y cortar drásticamente el gran proceso de integración euroasiática promovido desde Pekín con la llamada Nueva Ruta de la Seda (B&RI) que deja definitivamente fuera del escenario a Estados Unidos. Si Occidente se sale con la suya, el siguiente paso será intentar abrir los recursos de Rusia a la rapiña de las transnacionales, que en su inmensa mayoría son empresas bajo su control.

¿Por qué todo este conglomerado de intereses choca frontalmente con el interés de la élite rusa hasta haber degenerado en una abierta “guerra por procuración” entre Rusia y la OTAN en Ucrania?

Para responder a esto hay que entender las diferencias entre dos clases capitalistas excluyentes por la dinámica de su depredación.

Con el fin de la URSS concluyó el poder de aquella “especie de clase” que el principal analista soviético en la materia, Marat Cheskov, un ex preso de los campos de Mordovia que llegó a investigador del Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú (IMEMO), bautizó como “estadocracia” y que en en el lenguaje popular de los sovietólogos se conocía bajo el inconsistente término de “nomenclatura”.

La «estadocracia» unificaba y concentraba las cinco funciones esenciales; el poder político, la propiedad, la ideología, la dirección y la organización. Elementos de «estadocracia» existieron en otras sociedades; en el Brasil de los años treinta y setenta del siglo XX, en varios países en desarrollo, en la Francia del General De Gaulle, en la Italia de la democracia cristiana y hasta en la España franquista de la autarquía, pero fue la URSS la que creó su versión más «total» y la elevó hasta su expresión más absurda. Ese absolutismo era el que privaba de oxígeno a la sociedad soviética y arrojaba un ambiente tan asfixiante en el difunto superestado soviético. La «estadocracia» realizó la modernización soviética sin crear no ya una sociedad civil, sino una sociedad. Por eso, fue incapaz de transformarse y fracasó en sus tres intentos; con Lenin y la NEP, con Jrushov en los años sesenta y con Gorbachov en los ochenta. La «estadocracia» fue adecuada para aquella modernización que resultaba de la industrialización y para el crecimiento extensivo, pero se demostró completamente inútil para la modernización postindustrial en las condiciones de lo que en la URSS se llamaba «revolución científico-técnica» con un desarrollo intensivo. En agosto de 1991 esa «estadocracia» dejó de existir.

Concluí en 2002 mi modesta crónica del desmoronamiento soviético (La Gran Transición, Rusia 1985-2002) preguntándome qué sucedería a aquella “estadocracia” y apuntando el enorme problema que significaba para el futuro de Rusia la ausencia de un modelo socio-económico de desarrollo y de un marco institucional mínimamente sostenible y viable. En 2002 escribí:

¿Qué hay en la Rusia de hoy en el lugar antes ocupado por la «estadocracia»? La pregunta está abierta. En el «Estado de Mercado», hay un conglomerado, hay un caos, elementos de lo que en Occidente se llama «burguesía de estado» (la vinculada a los monopolios energéticos), de funcionarios de la nomenclatura, de nuevos magnates y nuevos ricos de diversas procedencias. Se puede discutir qué es eso, cómo llamarlo y dónde clasificarlo. Se puede también «denunciar» esa transformación como una «restauración termidoriana» en el sentido de lo profetizado por Trotski y de lo percibido por André Guide en 1936 («esta aristocracia burocrática se convertirá en aristocracia de dinero en una generación»). Pero la «estadocracia», como tal, ya no existe. Ya no hay unificación y monopolio de las cinco funciones; poder político, propiedad, ideología, dirección y organización. Esa es la noticia y la nueva ventaja (…) porque permite el nacimiento de la «sociedad» (fase superior de la «población» ) en todas sus manifestaciones; económicas, ciudadanas, políticas y sicológicas”. Eso era hace veinte años.

Hoy el gobierno de Putin ha ordenado algo aquella situación. Comenzó con el sector energético y continuó en otros ámbitos. Aquel “conglomerado” al que nos referíamos hace veinte años se ha aclarado y sedimentado. Analistas de la izquierda rusa como Aleksandr Buzgalin y Andrei Kolganov de la Universidad Lomonosov de Moscú, definen el actual sistema ruso como un ·capitalismo burocrático basado en el acuerdo entre la burocracia y el capital privado. En ese sistema el estado permite al capital ganar dinero como sea y a cambio el capital no debe meterse en política. La propia burocracia participa activamente en la depredación. La rapiña de los enormes recursos de Rusia es monopolio de la elite capitalista rusa. De puertas afuera su sistema no permite que los intereses de la depredación extranjera se instalen en su coto, más allá de determinado nivel que ponga en peligro su propia depredación. El sueño occidental es convertir a la elite capitalista rusa en mera intermediaria, como se apuntaba en la época de Yeltsin, y eliminar las barreras que obstaculizan el libre acceso a lo que hoy se parece mucho a un coto privado.

Ishchenko utiliza el concepto del sociólogo húngaro Iván Szelényi de “capitalismo político” para describir el tipo de sistema que hoy tenemos en gran parte del espacio postsovietico (Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Kazajstán…). El “capitalismo político” florece allí donde históricamente el estado jugó un papel dominante en la economía y acumuló un inmenso capital, que ahora está abierto a la explotación privada”. El sujeto de ese sistema, continua Ishchenko, es un grupo social cuya ventaja competitiva no se deriva de la innovación tecnológica o de una fuerza de trabajo particularmente barata, sino de “beneficios selectivos del estado”. En Occidente puede sonar muy abstracto, pero esto es algo que los rusos y los ucranianos de a pie entienden perfectamente porque lo viven cada día. Los “capitalistas políticos” necesitan un control mucho más firme sobre la política que la burocracia estatal normal de cualquier sistema capitalista occidental. Por supuesto, más allá de cierto límite no quieren competidores en su coto. La reclamación de “soberanía” y “zonas de influencia” formulada por el Kremlin, no tiene que ver con “imperialismos” ideológicos ni con caducas obsesiones territoriales (“reconstruir el espacio de la URSS”, como repiten tantos periodistas y expertos), sino con la necesidad que tiene el capitalismo político ruso de acotar un territorio en el que ejerce su monopolio depredador sin la interferencia exterior de la depredación de sus competidores globales, explica Ishchenko.

Lo ideal, y lo que Putin ha reclamado siempre, habría sido un pacto gangsteril sobre zonas de influencia, pero el gran matón global no ha accedido. Tampoco con China, lo que explica el acercamiento entre los dos capos de Eurasia ante la común hostilidad del gran Padrino, pese a que tanto en Moscú como en Pekín se habría preferido un acuerdo con Washington que permitiera una, por decirlo de alguna mnera, “coexistencia pacífica de oligarquías”.

En este choque de trenes entre clases capitalistas excluyentes en su dinámica, Rusia es mucho más vulnerable. La guerra rompe el contrato social Renovarse o morir – Rafael Poch de Feliu que el Kremlin mantiene con su población (“tú haz lo que quieras, siempre que no conviertas nuestra vida en un infierno como el de los noventa”), porque ahora el nivel de vida se deteriora, el autoritarismo del régimen aumenta y encima hay que enviar a los hijos a la guerra. La clase media rusa de profesionales, excluida de las oportunidades del “capitalismo político” y mermada en su modo de vida, puede hacer causa común con los intereses extranjeros (de ahí la intimidadora etiqueta preventiva de “agente extranjero” que el régimen repartió entre el ámbito de las organizaciones no gubernamentales, etc.). Respecto a las clases populares, si el régimen no altera radicalmente el contrato social y ofrece más reparto, su humor puede evolucionar hacia un verdadero estallido social del que el “no a la guerra” puede ser detonante como lo fue en el pasado en la historia rusa.

El resultado de la guerra de Ucrania es, ciertamente, “existencial” pero no para Rusia, sino para su grupo dirigente. Y en esa incertidumbre me parece que pesa más la ruptura del “contrato social” que está teniendo lugar entre los de arriba y los de abajo en Rusia, que la evolución de los acontecimientos en el campo de batalla en Ucrania. Naturalmente, ambos aspectos están relacionados. Una “corta guerra victoriosa” habría cambiado las cosas, por más que incluso en esa hipótesis, el resultado habría sido dudoso para Moscú. Como alguien ha dicho, “hay que volver a ver “El Acorazado Potemkin”, aquel motín de marineros hartos de encontrar gusanos en el rancho que abrió paso a la revolución de 1905.

(Publicado en Ctxt)