miércoles, 22 de julio de 2026

Miseria de periodismo ante el genocidio .


La miseria de nuestro periodismo en el genocidio

Autora: Francesca Fornario

Los soldados israelíes han orinado en las cunas, han defecado en las ollas, han quemado los libros, han destrozado las fotos de boda que colgaban de la pared de la casa de los recién casados, se han hecho selfies contoneándose con la ropa interior de la novia, que habían robado de los cajones, por encima del uniforme de camuflaje, han grabado un vídeo para enviárselo a su novia, han grabado un vídeo para aumentar el número de seguidores, pero no se puede decir que sea un genocidio y, en cualquier caso, «Harry y Meghan, junto con sus hijos Archie y Lilibet, se han reunido con el rey Carlos III en Highgrove, la residencia privada del soberano en los Cotswolds».


Los soldados israelíes hicieron que los perros destrozaran a un joven discapacitado y lo dejaron morir desangrado, mientras se llevaban a rastras a la madre que les suplicaba que lo ayudaran, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, «Belen conduce la lancha a motor en topless, con una mano sujeta el timón y con la otra se cubre».

Los soldados israelíes han marcado puntos jugando al tiro al blanco. Un día había que disparar a los niños en la cabeza, otro día en los testículos, otro día en la rótula, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Massimo Recalcati analiza psicológicamente a Michele Mari, que ha ganado el premio Strega (y ninguno de los dos dice que sea un genocidio).

El Gobierno israelí bloquea la salida de Gaza y la entrada a los periodistas, a los médicos e incluso a las galletas y la mermelada, porque son demasiado calóricas para las mujeres y los niños, mientras que el 77 % de la población sufre graves niveles de inseguridad alimentaria y, por ello, la mortalidad infantil se ha duplicado, pero no se puede decir que sea un genocidio; y, de todos modos, Dua Lipa se ha casado en Sicilia con 150 cannoli y un helado de sandía con flores de jazmín cristalizadas, recolectadas a las 5 de la mañana.

Han disparado contra las personas hambrientas que hacían cola en los puntos de distribución de alimentos, matando a dos mil de ellas; han destruido la red de abastecimiento de agua, obligando a los supervivientes a sobrevivir con 6 litros por persona, cuando, según la OMS, para garantizar la higiene se necesitan entre 50 y 100, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, «Taylor Swift y Travis Kelce presentan a su nuevo perrito, aunque han decidido mantener la discreción sobre los detalles más íntimos» (No sé, Tgcom24 los llama así).

Han acribillado a balazos el coche en el que una familia intentaba ponerse a salvo; han acribillado a balazos la ambulancia que se dirigía a rescatar a la niña, única superviviente en el habitáculo bajo los cuerpos ensangrentados de sus tíos, acribillaron el habitáculo para matar a la niña superviviente, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Prada propone unas zapatillas de rafia en tonos beige adornadas con el icónico logotipo triangular y acabados en piel.

Han atacado 36 de los 36 hospitales en funcionamiento, han dejado morir a los recién nacidos en las incubadoras tras cortar la corriente, han asesinado a más de 1 500 médicos y enfermeros, han detenido a decenas de ellos sin juicio ni acusación formal, y los han hacinado en cárceles donde los presos son sistemáticamente torturados y violados con objetos punzantes introducidos en el ano hasta lesionarles los órganos internos, en las cárceles donde hay más de 300 niños detenidos por terrorismo en virtud de la ley que considera terrorista al niño que lanza una piedra contra el tanque que está ocupando su pueblo, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Tarantino deja la dirección y vuelve a actuar junto a Kylie Minogue.

Han detenido las ambulancias, han hecho bajar a los paramédicos desarmados, los han asesinado uno tras otro, los han enterrado a los quince junto con sus ambulancias bajo la arena, pero no se puede decir que sea un «genocidio» y, en cualquier caso, Sinner alivia los calambres con zumo de pepinillos.

Han arrasado ciudades enteras, colegios, iglesias, mezquitas, campos de fútbol y cafeterías a orillas del mar; han ocupado militarmente casi el 70 % de la Franja; han destruido todas las universidades; han obligado al 90 % de la población a vivir en tiendas de campaña, incendiado las tiendas, asesinado a más de 72 000 personas —21 000 de ellas niños—, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, este verano puede realzar sus pestañas con postizos desechables para resaltar la mirada sin apelmazarlas.

Han disparado a los pescadores por pescar, a los periodistas por ejercer su profesión, matando a cientos de ellos en ejecuciones selectivas, pero no se puede decir que sea un genocidio; y, en cualquier caso, es el año del Caballo de Fuego en el calendario del horóscopo chino, y los asuntos prácticos, en particular los relacionados con el hogar y la familia, generan tensiones, pero solo si es usted Libra.

Han hecho sobrevolar en plena noche los campamentos de desplazados con drones que emitían llantos de bebés y ladridos de perros para que la gente, aterrorizada, saliera al exterior y luego atacarla, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, sale el nuevo sencillo de Beyoncé.

Han bombardeado sin piedad el Líbano, ocupado el sur del país, arrasado pueblos, obligado a huir a un millón de personas, matado desde el 7 de octubre a más de mil palestinos en Cisjordania, donde no hay Hamás, detenido, en Cisjordania, a uno de cada cuatro palestinos a lo largo de su vida y, también allí, han arrasado pueblos, degollado ovejas, talado olivos, agredido a las monjas, disparado a los sacerdotes y amenazado con armas a los carabineros italianos y a los diputados estadounidenses, además de torturar y secuestrar a activistas internacionales, a los eurodiputados, a los médicos y a los periodistas de todo el mundo; además, han instaurado un sistema de apartheid y han presentado planes de limpieza étnica mediante vídeos generados con IA en los que, en lugar de las casas de los palestinos, aparecen complejos turísticos de lujo y casinos, y a Trump y Netanyahu paseando por el paseo marítimo; pero no se puede decir que sea un genocidio, ni siquiera se pueden interrumpir las relaciones militares, comerciales y estratégicas con Israel, ni tampoco se puede dejar de vender armas a Israel; y solo se puede sancionar 20 —o mejor dicho, 21— veces a Putin por haber invadido Ucrania, pero cero veces a Israel, que ha invadido Palestina, el Líbano, Siria, ha bombardeado seis Estados soberanos con las armas de Trump, quien sanciona a los jueces internacionales, a la ONU y a cualquiera que tenga el valor de decir «genocidio» y de denunciar el apartheid; y, en cualquier caso, Giorgia Meloni, que no dice «genocidio», no reconoce a Palestina, no sanciona a Israel y aumenta el gasto militar tal y como le pide Trump, viste de Cucinelli —que detesta el verde y adora los colores pastel— y no dice «genocidio»; Giorgia Meloni, que promete mano dura contra los maranza, contra los migrantes irregulares y contra los Antifa, pero no mueve un dedo contra los asesinos israelíes y estadounidenses, acude a la peluquería de Mara Carfagna y Elisabetta Gregoraci para hacerse un «long bob» rubio miel con balayage.

Y hay dos cosas que estudiarán las generaciones futuras: cómo fue posible y cómo fue posible que nosotros, los periodistas, habláramos principalmente de otras cosas. «Se nota que todos aspiraban al Premio Strega».

(Publicado en: https://www.ilfattoquotidiano.it/2026/07/16/genocidio-gaza-crimini-israeliani-silenzio-media-notizie/8449070/)

Publicado en el bloc de  Rafael de  Poch

 https://rafaelpoch.com/2026/07/19/la-miseria-de-nuestro-periodismo-en-el-genocidio/

lunes, 20 de julio de 2026

La OTAN y el 23-F

 El  papel de la CIA y la OTAN en la caída de Suarez .

Diego Herchhoren


Adolfo Suárez, presidente del Gobierno desde 1976, había liderado la reestructuración del Estado franquista tras la muerte del dictador. Sin embargo, su política exterior adoptó un giro neutralista que alarmó a Washington y a los sectores más conservadores de la OTAN.

Suárez fue el primer jefe de Gobierno de Europa occidental que visitó Cuba, el 9 de septiembre de 1978. El País tituló entonces: «Fidel Castro aplaudió a Suárez mientras descendía del avión». En 1979, España participó como «país invitado» en la cumbre del Movimiento de Países No Alineados en La Habana, donde Castro alabó públicamente la postura española por «no dejarse manejar por la OTAN y mantenerse independiente ante el imperialismo norteamericano». Ese mismo año, Suárez recibió a Yasser Arafat, siendo el primer líder europeo en hacerlo.

El enfrentamiento con Washington alcanzó su punto culminante el 14 de enero de 1980, cuando Suárez se reunió con el presidente Jimmy Carter. Carter le ofreció su apoyo para la entrada de España en la OTAN, pero Suárez lo rechazó. La prensa española interpretó el comunicado final como un «claro enfrentamiento de Suárez con los intereses norteamericanos respecto a la OTAN», según publicaba entonces también El País. Para Washington, Suárez se había convertido en un problema.

El 23-F: el golpe que allanó el camino a la OTAN

El 23 de febrero de 1981, el teniente coronel Antonio Tejero asaltó el Congreso de los Diputados al frente de 200 guardias civiles, mientras el teniente general Milans del Bosch desplegaba 2.000 hombres y 50 carros de combate en Valencia. El golpe, que comenzó a gestarse en el verano de 1980, fue parte de una «desestabilización sistemática y prolongada de la UCD y el acoso a Adolfo Suárez», en la que participaban agentes de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME), el instrumento para la guerra sucia perteneciente al CESID (Centro Superior de Información de la Defensa), hoy CNI.

La administración Reagan, a través del secretario de Estado Alexander Haig, calificó los hechos como un «asunto interno» y no condenó el golpe. Esta ambigüedad ha alimentado las sospechas sobre una posible implicación estadounidense, máxime cuando la asonada militar era una copia de otros dos golpes organizados por la OTAN en Europa Occidental: la Operación Piano Solo (1964) en Italia y la Operación Prometeo (1967) en Grecia.

El 23-F, aunque fracasó como golpe, logró su objetivo estratégico: forzar el alineamiento de España con la OTAN, un plan que luego ejecutaría el gobierno del PSOE. Suárez ya había dimitido el 29 de enero de 1981, menos de un mes antes del golpe. Fue sustituido por Leopoldo Calvo-Sotelo, quien en su discurso de investidura anunció la entrada de España en la OTAN. El país ingresó formalmente en la alianza el 30 de mayo de 1982 «sin casi negociación, de manera natural».

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) había hecho campaña contra la entrada en la OTAN con el célebre lema «OTAN, de entrada no«. La militancia de base del partido, según una encuesta de 1980, se mostraba en un 64% contraria a cualquier alianza militar. Sin embargo, tras ganar las elecciones en 1982, el gobierno de Felipe González ratificó la permanencia de España en la OTAN mediante referéndum el 12 de marzo de 1986. Este giro atlantista del PSOE representó una contradicción frontal con su programa electoral y con el sentir de su base.

El referéndum de 1986 consolidó el alineamiento de España con Estados Unidos, que se ha mantenido ininterrumpidamente desde entonces: participación en la Guerra del Golfo (1991), en las guerras de Yugoslavia, en Afganistán, en Irak y en la coalición contra el Estado Islámico. España se convirtió en uno de los aliados más fieles de Washington en Europa.

Piano Solo (Italia, 1964): el golpe silencioso

El Piano Solo fue otro golpe de Estado «silencioso», orquestado por el general Giovanni De Lorenzo, comandante de los Carabinieri y exdirector del SIFAR. El plan fue elaborado con la participación de agentes de la CIA —el experto en guerra secreta Vernon Walters y el jefe de la estación de Roma William King Harvey— y de Renzo Rocca, director de las unidades Gladio en el servicio secreto militar SID.

El 14 de junio de 1964, De Lorenzo desplegó blindados en Roma mientras las fuerzas de la OTAN realizaban maniobras en la región. El plan preveía el arresto y deportación a la base de Gladio en Cerdeña (Capo Marrargiu) de entre 700 y 1.200 dirigentes comunistas, socialistas y sindicalistas. La presión surtió efecto: los socialistas abandonaron el gobierno, y el primer experimento de centro-izquierda en la Italia republicana fue desmantelado. Italia permaneció firmemente alineada con la OTAN hasta el final de la Guerra Fría.

La Operación Prometeo (Grecia, 1967): el golpe de los coroneles

En la madrugada del 21 de abril de 1967, un grupo de coroneles —encabezados por Georgios Papadopoulos, oficial de enlace del KYP (el servicio secreto griego) con la CIA— ejecutó el Plan Prometeo, un plan de contingencia diseñado por la OTAN.

La Fuerza de Intervención Helénica (LOK) —la rama griega de la red Gladio, conocida localmente como «Sheepskin»— fue el instrumento operativo del golpe. En cuestión de horas, los coroneles arrestaron a más de 6.500 personas, suspendieron la Constitución e impusieron una dictadura militar que duró siete años.

El plan represivo del 23-F: un espejo de los otros golpes

Según documentos desclasificados este año, el plan de los golpistas para el día después del 23-F era tan meticuloso como brutal. Lejos de ser una improvisación, la operación contemplaba un plan represivo de gran envergadura que incluía el asesinato selectivo de miles de personas, la detención de toda la oposición política y el control absoluto del Estado.

El plan más extremo fue elaborado por el grupo ultraderechista «Milicias Populares Patrióticas» en una reunión celebrada el 22 de diciembre de 1980. El objetivo era la «eliminación física de más de tres mil personas» consideradas enemigas del nuevo régimen, en un listado en el que se incluían personalidades del ámbito político e intelectual: el propio Adolfo Suárez, alcaldes socialistas, intelectuales como Rafael Alberti, Miguel Delibes, Camilo José Cela y actores como Concha Velasco y Paco Rabal.

El disciplinamiento atlantista

La implicación de Estados Unidos en cada uno de estos golpes sigue siendo objeto de debate, pero es indiscutible que tanto en el caso español como en el italiano o el griego, estos episodios fueron el engranaje de una política de disciplinamiento de aquellos gobiernos que podían alterar los planes de la OTAN en Europa Occidental.

En el caso de Adolfo Suárez, las amenazas de desestabilización —directas o indirectas— que provenían desde Washington eran constantes; una de ellas era incluso apoyar desde Estados Unidos la independencia de Canarias. El 23-F, aunque fracasó como golpe de Estado, logró establecer los límites que los gobiernos españoles no debían franquear y cuya política llega hasta hoy: el abandono del neutralismo y la plena integración en la OTAN. El PSOE, que había hecho campaña contra la alianza, se encargaría de ejecutar ese realineamiento.

(mpr21.info)

https://insurgente.org/diego-herchhoren-el-papel-de-la-cia-y-la-otan-en-la-caida-de-adolfo-suarez/


domingo, 19 de julio de 2026

Las élites europeas contra las conquistas sociales


Las élites contra las conquistas sociales: la otra guerra de Europa


Las élites europeas junto con el rearme, para recomponer la acumulación de capital, se han propuesto reconvertir los derechos colectivos en mercados privados.

Carmen Parejo Rendón


Mientras las potencias europeas y sus aliados se reunían los días 7 y 8 de julio en Ankara, en una nueva cumbre de la OTAN destinada a ratificar la escalada armamentística y el aumento del gasto militar, otro mapa de Europa se dibujaba lejos de los salones oficiales.

De Portugal a España, de Francia a Bélgica, las huelgas en la sanidad y la educación escenifican una crisis más profunda: la guerra contra la pérdida de derechos sociales conquistados durante décadas de lucha obrera y popular. La falta de personal sanitario, el deterioro de la enseñanza pública, la precarización laboral y el aumento de las listas de espera forman parte de una ofensiva contra lo común iniciada mucho antes del actual rearme, pero que amenaza con agravarse cuando el dinero negado para sostener la vida aparece, de pronto, para financiar armas, ejércitos e industrias militares.

Recordemos que estos derechos no fueron una concesión generosa de las élites ni el resultado natural del desarrollo capitalista. Fueron conquistados mediante décadas de huelgas, movilizaciones y organización del movimiento obrero europeo. También respondieron al equilibrio surgido tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el prestigio de la Unión Soviética —decisiva en la derrota del nazismo y referencia de una alternativa social posible— obligó a las clases dominantes occidentales a realizar concesiones para contener el avance comunista y evitar una salida revolucionaria. 

A ello se sumó un elemento frecuentemente omitido: parte de aquel pacto social se sostuvo con las ganancias del expolio colonial y neocolonial del llamado Tercer Mundo. El capital europeo aceptó repartir dentro de sus fronteras una fracción de la riqueza extraída fuera. El Estado social fue así una conquista de clase, una respuesta defensiva frente al socialismo y una construcción parcialmente financiada mediante la explotación de otros pueblos.

La falta de personal sanitario, el deterioro de la enseñanza pública, la precarización laboral y el aumento de las listas de espera forman parte de una ofensiva contra lo común iniciada mucho antes del actual rearme, pero que amenaza con agravarse cuando el dinero negado para sostener la vida aparece, de pronto, para financiar armas, ejércitos e industrias militares.

La ofensiva contra ese frágil equilibrio no comenzó con el actual rearme. La crisis financiera de 2008 fue utilizada para convertir una deuda creada por bancos y grandes capitales en una factura impuesta a las mayorías. Bajo el lenguaje técnico de la austeridad y la disciplina fiscal, se recortaron presupuestos, se congelaron salarios, se eliminaron plazas y se abrieron nuevos espacios a la privatización.

La Organización Mundial de la Salud documentó que la reducción de los presupuestos hospitalarios aumentó las listas de espera en países como Grecia y Letonia. Años después, la pandemia encontró unos servicios públicos debilitados por la desinversión. La educación siguió una trayectoria semejante: entre 2015 y 2022, su peso medio en los presupuestos públicos de los países de la OCDE cayó del 10,9 % al 10,1 %. Los hospitales saturados y las aulas masificadas reflejan así las cicatrices visibles de estas decisiones políticas prolongadas.

En España, el malestar ha convertido la educación pública en uno de los principales frentes de esta guerra social. En la Comunidad Valenciana, 78.000 docentes fueron llamados en mayo a la primera gran huelga indefinida del sector desde 1988. Tras veintiún jornadas de paro, el profesorado suspendió temporalmente la movilización, pero rechazó por insuficiente la propuesta de la Generalitat.

Cataluña ha vivido meses de protestas y ha convocado un nuevo paro para el 8 de septiembre, lo que puede condicionar el inicio del curso lectivo. Madrid y Aragón también han sido escenario de movilizaciones, mientras el personal de las escuelas infantiles protagonizó una jornada estatal de huelga.

El capital europeo aceptó repartir dentro de sus fronteras una fracción de la riqueza extraída fuera. El Estado social fue así una conquista de clase, una respuesta defensiva frente al socialismo y una construcción parcialmente financiada mediante la explotación de otros pueblos.

Las reivindicaciones se repiten: pérdida de poder adquisitivo, plantillas insuficientes, aulas masificadas, exceso de burocracia e infraestructuras deterioradas. No son únicamente conflictos laborales. Defender las condiciones de trabajo del profesorado significa defender las condiciones de aprendizaje del alumnado y la propia supervivencia de la escuela pública.

La sanidad española ofrece otra imagen de esta resistencia. Durante 2026, médicos y facultativos han protagonizado varias semanas de huelga estatal contra la reforma del Estatuto Marco y han anunciado nuevos paros si no se producen avances. Reclaman una jornada de 35 horas, el reconocimiento de todo el tiempo trabajado, una jubilación acorde con la penosidad de la profesión y un ámbito propio de negociación.

El conflicto ha colocado en el centro las guardias prolongadas, la sobrecarga asistencial y unas condiciones que expulsan profesionales del sistema público. No se trata de una disputa corporativa: cuando faltan plantillas, se normaliza el agotamiento y las consultas se convierten en una carrera contra el reloj, también se deteriora el derecho de la población a una atención digna. Las listas de espera son la expresión más visible de esa fractura: en julio de 2026, el 81 % de la ciudadanía consideraba que habían empeorado o permanecían igual.

Portugal condensa de forma especialmente clara este enfrentamiento. El 3 de junio, una huelga general —la segunda en apenas seis meses— paralizó transportes, cerró escuelas y redujo los hospitales a servicios mínimos. La convocatoria respondía al proyecto Trabalho XXIdel Gobierno conservador de Luís Montenegro, apoyado por la extrema derecha, que pretende modificar más de cien artículos del Código del Trabajo para facilitar los despidos, ampliar la precariedad y la subcontratación, reforzar el control empresarial y limitar el derecho de huelga.

La protesta venía precedida por otras luchas: alrededor de 25.000 docentes marcharon por Lisboa para exigir mejoras salariales y condiciones dignas, mientras los enfermeros denunciaban la falta crónica de personal y el deterioro sanitario. Lo que el Gobierno presenta como modernización económica, los trabajadores lo reconocen como lo que es, una nueva transferencia de poder y riqueza desde el trabajo hacia el capital.

Pero estos episodios no se limitan a la periferia europea. En Francia, docentes, sanitarios, trabajadores del transporte y empleados públicos se movilizaron en septiembre de 2025 contra un proyecto presupuestario que pretendía trasladar otra vez el coste de la crisis sobre asalariados, pensionistas y sectores populares. En Bélgica, la enseñanza francófona ha protagonizado durante 2026 paros contra el aumento de las tasas universitarias, la ampliación no remunerada del horario docente, la reducción de la estabilidad laboral y nuevos recortes.

En una Europa que ha perdido peso económico e influencia internacional, sus élites parecen haber elegido una doble vía para recomponer la acumulación de capital: el rearme, que garantiza contratos públicos y beneficios extraordinarios al complejo militar-industrial, y la conversión de los derechos colectivos en mercados privados.

Miles de estudiantes y profesores ocuparon las calles de Bruselas, mientras la respuesta policial intentaba convertir una protesta contra la austeridad en un problema de orden público. Cambian los gobiernos, los idiomas y las medidas, pero el conflicto es el mismo: servicios públicos deliberadamente debilitados y trabajadores obligados a defenderlos para impedir que su deterioro se convierta después en argumento para privatizarlos.

La privatización constituye, en ese sentido, el otro gran frente de esta ofensiva. En una Europa que ha perdido peso económico e influencia internacional, sus élites parecen haber elegido una doble vía para recomponer la acumulación de capital: el rearme, que garantiza contratos públicos y beneficios extraordinarios al complejo militar-industrial, y la conversión de los derechos colectivos en mercados privados.

El nuevo paso antirruso de un país europeo supera incluso a las caricaturas

Hospitales, escuelas, residencias, transportes y cuidados dejan de concebirse como pilares de ciudadanía para convertirse en espacios de negocio. Este proceso explica también una parte de esa corrupción política de la que tanto se habla, aunque rara vez se nombre a los corruptores: las empresas que presionan, financian, obtienen concesiones y terminan apropiándose de servicios previamente deteriorados por decisiones públicas.

Mientras la Comisión Europea insiste en crear las condiciones para una confrontación prolongada contra Rusia, continúa otra guerra contra su propia población. Una guerra iniciada hace décadas, pero que encuentra hoy una respuesta creciente en las huelgas, las protestas y la organización popular de quienes se niegan a entregar sin lucha los derechos conquistados



sábado, 18 de julio de 2026

La gran mentira de la guerra de Ucrania.

 La gran mentira de la guerra de Ucrania: ¿Podrá Kiev llegar a vencer en algún momento?

Thomas Fazi

Se ha convertido en una especie de ritual estacional. Todos los veranos, Bruselas lanza una nueva ofensiva propagandística sobre Ucrania, y este año no es una excepción. «La marea está cambiando», declaró hace unas semanas la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, en las redes sociales, afirmando que Ucrania, con la ayuda de Europa y la OTAN, ha tomado la iniciativa, mientras que Rusia se ha visto obligada a pasar a la defensiva. Desde entonces, de la misma frase se han hecho eco palabra por palabra políticos y gente de la que marca la agenda de todo el ecosistema transatlántico, en lo que es claramente una campaña narrativa coordinada. Mientras tanto, se nos dice que la economía rusa está —una vez más— al borde del colapso, y que hasta podría ser inminente la caída de Putin.

Ya hemos pasado antes por esto. A intervalos regulares desde la invasión de Putin, el complejo político-mediático occidental se ha esforzado por convencer a la opinión pública de que la victoria de Ucrania estaba a la vuelta de la esquina y de que la propia Rusia estaba al borde del colapso. En 2023, por ejemplo, periodistas y líderes de opinión occidentales pasaron meses exagerando la contraofensiva de Ucrania, que iba a «cambiar el rumbo» a favor de Kiev. La campaña fue un fracaso catastrófico, que provocó numerosas víctimas y avances territoriales insignificantes.

El último supuesto punto de inflexión es la campaña de ataques con drones de Ucrania en territorio ruso —que ha llegado hasta San Petersburgo y Moscú— dirigida contra infraestructuras logísticas, depósitos de combustible, refinerías y líneas de suministro. También se han alcanzado varios objetivos civiles, lo que ha provocado numerosas víctimas. El lunes, Moscú sufrió el mayor ataque con drones hasta la fecha. El presidente Zelenski ha anunciado ahora una operación de cuarenta días contra objetivos rusos para «influir en el Estado agresor con el fin de presionar para que se ponga fin a la guerra», lo que probablemente signifique muchos más ataques de este tipo. Estas medidas coinciden con el desembolso por parte de la UE del primer tramo, de 3.200 millones de euros, de su préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania.

El momento no es casual. El martes comenzó en Ankara una cumbre crucial de la OTAN, en la que el grupo de presión belicista —tanto en Europa como en Washington— está desesperado por defender que Ucrania va ganando. Es un relato que el propio Trump parece dispuesto a alimentar, probablemente para compensar el fiasco de Irán: firmó incluso la reciente declaración de los líderes del G7 en la que se comprometen a «aumentar el suministro de capacidades de defensa aérea, sistemas e interceptores adicionales y capacidades de largo alcance»; a considerar la ampliación de las licencias de producción a Ucrania; y a «reforzar nuestras sanciones, incluidas las dirigidas a los sectores del petróleo y el gas».

Además, con toda probabilidad, se trata de una respuesta al creciente cansancio de la guerra en Occidente, confirmado por la negativa de la República Checa, Eslovaquia y Hungría a financiar el préstamo mencionado —una decisión de no participar que, sorprendentemente, el nuevo Gobierno húngaro proeuropeo no ha revocado hasta ahora—, seguida de la decisión del nuevo Gobierno búlgaro de prohibir el suministro de armas a Ucrania.

La campaña con drones de Kiev está teniendo, sin duda, su impacto. La producción petrolera rusa se ha visto afectada; se han producido graves escaseces de combustible en todo el país, tal como ha admitido hasta el propio Putin. Ucrania también ha interrumpido las rutas de suministro rusas al norte del mar de Azov, provocando cortes de electricidad en Crimea y en la parte de la región ucraniana de Jersón, cercana a la zona controlada por Rusia. Pero es poco probable que estos ataques cambien el curso de la guerra. La economía rusa se está tambaleando, pero sigue estando en mejor situación que gran parte de la UE. De hecho, alegando el aumento de los precios del petróleo —en gran medida consecuencia de la guerra con Irán—, el Fondo Monetario Internacional elevó en abril su previsión de crecimiento del PIB de Rusia para 2026 en 0,3 puntos, hasta el 1,1 %. Al mismo tiempo, revisó a la baja las previsiones para las tres principales economías de la UE —Alemania, Francia e Italia— hasta el 0,8 %, el 0,9 % y el 0,2 %, respectivamente.

Sin embargo, lo más importante es que el ejército ruso sigue avanzando en el campo de batalla. Se está acercando cada vez más a su objetivo de conquistar todo el Donbás. Hace apenas unos días, Moscú anunció la toma de Kostiantynivka, una localidad de Donetsk y el mayor asentamiento que ha conquistado desde Mariúpol. La ciudad era uno de los últimos bastiones en el camino hacia importantes ciudades controladas por Ucrania, Kramatorsk y Sloviansk, cuya toma es el objetivo final del Kremlin en el Donbás. Las tropas rusas también están avanzando en los alrededores de Chasiv Yar y Toretsk, logrando avances en los combates urbanos y en posiciones elevadas, y continúan avanzando en los alrededores de Lyman y Rai-Oleksandrivka. Todo esto contradice rotundamente el relato predominante de que «Ucrania ha cambiado el rumbo de la guerra».

Si hiciera falta alguna prueba más de que las cosas van mal para Ucrania, basta con fijarse en la política de «busificación», cada vez más extendida —el secuestro en la calle de hombres en edad de reclutamiento para enviarlos al frente, lo que está avivando la creciente oposición interna a la guerra— o en la propuesta de la UE de excluir a los hombres ucranianos en edad militar —en la práctica, todos los hombres de entre 23 y 60 años— del régimen de protección temporal del bloque.

En este contexto, la campaña con drones parece menos un giro decisivo que un signo de desesperación: dada la incapacidad de Ucrania para cambiar el rumbo de la batalla, Kiev y la OTAN han decidido «llevar la guerra a Rusia». Sin embargo, no hay pruebas de que la campaña de drones de Ucrania vaya a cambiar el rumbo de la guerra, y mucho menos a obligar a Putin a capitular. De hecho, en los últimos días, las fuerzas rusas han lanzado algunos de los mayores ataques con drones y misiles contra Kiev hasta la fecha, causando la muerte de decenas de personas.

Es difícil determinar en qué medida está afectando la campaña de Ucrania al apoyo popular a Putin. Es cierto que está afectando a la moral de los rusos, pero, tal como ha escrito Leonid Ragozin, la situación en el país sigue siendo relativamente estable: a pesar de las dramáticas imágenes de refinerías en llamas y colas en las gasolineras, la mayoría de los rusos han vivido situaciones peores a lo largo de su vida, y la gran mayoría sigue disfrutando de un nivel de vida comparable al de los países más pobres de la UE,  muy lejos de lo que padecieron durante los malos tiempos de los años 90.

La «encuesta» más fiable llegará el 20 de septiembre, cuando Rusia celebre elecciones a la Duma Estatal; algunos analistas predicen que el partido gobernante, Rusia Unida, sufrirá un resultado humillante a manos de los comunistas, a su izquierda, y del (confusamente denominado) Partido Liberal Democrático, a su derecha. Pero cualquiera que espere que esto pueda presionar a Putin para que ponga fin a la guerra se llevará una decepción: ambos partidos han adoptado respecto al conflicto una postura aún más intransigente que el partido «Rusia Unida» de Putin. Los ataques ucranianos, en todo caso, están envalentonando a las voces más belicistas del Kremlin, que acusan a Putin de gestionar mal el conflicto y exigen una respuesta mucho más contundente. Al fin y al cabo, la historia sugiere que, cuando los rusos se sienten acorralados, no capitulan, sino que se endurecen. Por lo tanto, cuanto mayor sea la presión sobre Rusia, más probable será que Putin se vea obligado a intensificar la guerra.

Independientemente de los efectos a corto plazo, la campaña de drones de Ucrania es un ejemplo paradigmático de cómo los drones están reescribiendo las reglas de la guerra en tiempo real. Los ataques estratégicos en profundidad —la capacidad de alcanzar las ciudades, las industrias y los mandos del enemigo muy por detrás del frente— eran hasta hace poco privilegio de los países con poderosas fuerzas aéreas y arsenales de misiles. Pero los drones de bajo coste y fabricados en serie han democratizado esta capacidad. Un país que está perdiendo la guerra de desgaste sobre el terreno —como es claramente el caso de Ucrania, que, sobre el papel, es muy inferior a Rusia en términos de material y efectivos— puede ahora infligir un daño enorme en lo más profundo del territorio de la potencia más fuerte. Y una vez que la parte más débil ejerce esa opción, se desvanece cualquier incentivo que la parte más fuerte pudiera haber tenido para actuar con moderación.

Al fin y al cabo, es un hecho histórico que, hasta ahora, Rusia se ha abstenido de infligir destrucción masiva a Kiev y otras grandes ciudades alejadas de la línea del frente, y que durante la mayor parte de la guerra ha evitado de forma notable atacar los centros de toma de decisiones del Gobierno, a pesar de disponer de los medios para hacerlo. Durante los primeros ocho meses del conflicto, Moscú también dejó intacta la red energética de Ucrania; los ataques no comenzaron hasta después del atentado contra el puente de Kerch, en octubre de 2022. En este sentido, la guerra con drones sí que iguala las condiciones, pero también invita a la escalada, al privar a la parte más débil de la protección indirecta que la propia asimetría —su incapacidad para infligir daños masivos al enemigo— le proporcionaba en su momento.

Esto es lo que hace que el momento actual sea tan peligroso. Una superpotencia nuclear está siendo objeto de una campaña sostenida de ataques contra sus principales ciudades, su infraestructura estratégica y, por extensión, sus dirigentes, con el apoyo de los servicios de inteligencia occidentales, llevada a cabo con armas occidentales y respaldada ahora por un compromiso explícito del G7 de «acelerar» el suministro de capacidades de largo alcance.

Tal como ha advertido recientemente Matthew Blackburn, del Instituto Noruego de Asuntos Internacionales, si Moscú decide que su moderación en Ucrania se está aprovechando para infligir daños humillantes al corazón de Rusia, podría abandonar los ataques contra la infraestructura ucraniana para centrarse en los centros de abastecimiento y las plantas de fabricación europeos que hacen posible, en primer lugar, la campaña de ataques profundos de Kiev, corrigiendo así la asimetría y restableciendo la disuasión en sus propios términos. De hecho, Moscú ha señalado en repetidas ocasiones que su paciencia no es ilimitada; cada vez son más las voces dentro de la clase dirigente rusa que hablan de restablecer la disuasión atacando objetivos en la propia Europa. La razón por la que Rusia se ha negado hasta ahora a hacerlo resulta evidente: un ataque de este tipo podría derivar fácilmente en una guerra total que a Rusia no le interesa librar — tal como señaló recientemente incluso el general Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN en Europa y máximo responsable militar de la Alianza—. En pocas palabras, el coste de la represalia ha superado hasta ahora el coste de la tolerancia. Pero si este último sigue aumentando, el cálculo de Rusia podría muy bien cambiar.

Lo fundamental es que en Occidente nadie sabe dónde están las líneas rojas de Rusia y, de hecho, la política occidental parece partir de la premisa de que no existen en absoluto. Mientras tanto, los europeos siguen argumentando que no hay otra alternativa que seguir apoyando a Ucrania de forma indefinida porque «Rusia se niega a negociar». Pero, tal como ha escrito recientemente Anatol Lieven, del Instituto Quincy, es la UE —y no Rusia— la que hasta ahora se ha negado a negociar. Mientras Moscú ha pasado el último año manteniendo conversaciones continuadas con Washington y ha ido abandonando progresivamente varias de sus exigencias fundamentales, los europeos han condicionado las negociaciones a un alto el fuego incondicional que Rusia no puede aceptar sin renunciar a su única baza, y han envuelto esta condición previa en «principios» que equivalen a una exigencia de capitulación rusa.

La principal víctima de esta postura ha sido la propia Ucrania, condenada a una agotadora guerra de desgaste que no puede ganar militarmente. Si, entretanto, el agotamiento acabara provocando un alto el fuego sin un acuerdo, esto podría conducir a una situación de inseguridad permanente al estilo de Cachemira. Redunda en interés de Ucrania —y de Europa en su conjunto— negociar, en cambio, un acuerdo de paz integral. Sabemos, a grandes rasgos, lo que implicaría cualquier acuerdo realista: concesiones territoriales por parte de Ucrania a cambio de garantías de seguridad (sin llegar a la adhesión a la OTAN ni al despliegue de tropas occidentales). Nadie puede saber aún si tal oferta bastaría para que Putin se atribuyera su medida de victoria y pusiera fin a la guerra. Pero lo que sí sabemos es el coste del statu quo.

Unherd, 9 de julio de 2026 .


https://www.sinpermiso.info/textos/escenarios-y-estrategias-en-la-guerra-de-ucrania-dossier

https://slavyangrad.es/2026/07/14/guerras-en-el-mar/

jueves, 16 de julio de 2026

Génesis geopolítica de la cuestión del Sáhara Occidental

 

 

Génesis geopolítica de la cuestión del Sáhara Occidental: de la «Argelia francesa» al «Sáhara marroquí»

    

Fuentes: Maghreb Online        

Ayer los colonos de Argelia coreaban con frenesí «Argelia francesa»; hoy es la casi totalidad del pueblo marroquí la que grita «Sáhara marroquí», como hacían los pieds-noirs en Argelia.

Los observadores avisados saben que el Sáhara Occidental fue ofrecido a Marruecos en 1975 con el objetivo explícito de frenar la creciente influencia de Argelia, considerada entonces como un socio del bloque soviético. Al aliarse con Francia en una maniobra destinada a debilitar el proyecto de unidad magrebí, Estados Unidos aprovechó la inminente retirada de España para instalar un foco de tensión duradera entre Argel y Rabat, conforme a su probada estrategia de la tensión permanente.

Cuando el rey Hassan II se encontró por primera vez con Henry Kissinger, en noviembre de 1973, el secretario de Estado estadounidense le indicó claramente que había que oponerse a la creación de un Estado independiente en el Sáhara Occidental. Unos meses después, en agosto de 1974, poco antes de la caída del presidente Richard Nixon, Kissinger reafirmó en París, durante una entrevista con el exprimer ministro marroquí Ahmed Laraki, que Washington rechazaba la idea de un Estado saharaui y apoyaba un papel regional dominante de Marruecos para contrarrestar el de Argelia.

Según el periodista español Tomás Bárbulo, autor de « La historia prohibida del Sáhara Español », la operación de ocupación del Sáhara Occidental, inicialmente denominada « Marcha Blanca », fue planificada por un gabinete estratégico británico con la colaboración de asesores estadounidenses y financiación saudí. Hassan II encargó su seguimiento a su secretario de Defensa, el coronel Mohamed Achahbar, futuro general de división.

Un telegrama enviado por la embajada estadounidense en Beirut a Rabat selló la decisión de Washington de autorizar la operación. El mensaje, remitido por Kissinger, estipulaba: «Laissa’ podrá desarrollarse perfectamente en dos meses. EE.UU. la ayudará en todo». «Laissa» era el nombre en clave de la «Marcha Blanca», rebautizada poco después como «Marcha Verde», desencadenada por Hassan II en noviembre de 1975.

Las alianzas y la estrategia estadounidense

Para obtener la complicidad de la nueva monarquía española, surgida de la sucesión del general Franco, Estados Unidos hizo intervenir a su aliado saudí. Por instrucción de Washington, el príncipe heredero Fahd bin Abdulaziz Al Saud pagó 100 millones de dólares al rey Juan Carlos I, a cambio de su silencio y su visto bueno al acuerdo tripartito de Madrid. No era la primera vez que Estados Unidos utilizaba los petrodólares saudíes para servir a sus designios geoestratégicos.

Para llevar a cabo su proyecto de anexión, Hassan II pudo contar con dos apoyos principales: Estados Unidos y Arabia Saudí. Los primeros aportaron el respaldo diplomático y geopolítico; la segunda, la financiación. Washington veía en la ocupación del Sáhara Occidental un medio para estabilizar la monarquía alauí, entonces debilitada por dos intentos de golpe de Estado: el de Skhirat (10 de julio de 1971) y el del 16 de agosto de 1972.

La apuesta era desviar las fuerzas vivas del país hacia un objetivo exterior para preservar el trono. Sin embargo, esta maniobra no fue unánime en España. La derecha franquista, firmemente opuesta al abandono del Sáhara español en favor de Marruecos, denunciaba el control estadounidense. Su opositor más virulento fue el almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno y delfín político de Franco.

La eliminación del almirante Luis Carrero Blanco

En su obra « Viaje hacia el abandono », Eduardo Soto relata que Estados Unidos consideraba a Carrero Blanco un obstáculo para sus intereses en el Magreb. Un telegrama confidencial de la CIA (nº 700, enero de 1971), dirigido al Departamento de Estado, afirmaba sin ambages: «La desaparición de Carrero Blanco sería lo mejor que podría pasar». El 19 de diciembre de 1973, Henry Kissinger se reunió con el almirante en Madrid para intentar convencerlo de que aceptara la cesión del Sáhara a Marruecos.

Al día siguiente, 20 de diciembre de 1973, Carrero Blanco fue asesinado en un espectacular atentado atribuido a ETA, pero que, según varias fuentes, fue orquestado por la CIA bajo el nombre de «Operación Ogro». Una carga de unos 70 kg de explosivo C-4, un material militar estadounidense, hizo estallar su Dodge Dart GT 3700, que salió volando por encima de un edificio antes de caer en un patio interior. El vehículo, que quedó intacto, se conserva aún en el Museo del Ejército de Toledo. La investigación abierta por el fiscal general Fernando Herrero Tejedor fue rápidamente sofocada por el nuevo presidente del Gobierno, Arias Navarro. Poco después, Herrero Tejedor murió en un sospechoso accidente de tráfico, similar al que costó la vida al general Ahmed Dlimi en Marruecos en 1983, tras una entrevista con Hassan II de la que no salió con vida.

El estudio de las dinámicas internas del régimen marroquí revela que la estabilidad aparente de la monarquía se basaba menos en un consenso nacional que en un hábil equilibrio entre control autoritario y apoyos exteriores. Al mantener estrechas alianzas con las potencias occidentales, incluido Israel, el palacio consolidaba su legitimidad al tiempo que neutralizaba las corrientes reformistas que pudieran cuestionar el orden monárquico. Es en este contexto donde se inscribe la trayectoria del general Ahmed Dlimi, figura emblemática de un ejército en busca de soberanía y modernidad.

Poder monárquico y connivencias occidentales

El general Ahmed Dlimi, considerado uno de los oficiales más competentes e influyentes del ejército marroquí, había sido durante mucho tiempo un fiel del rey Hassan II. Sin embargo, con los años, se fue distanciando progresivamente de la línea monárquica, decepcionado por la corrupción endémica, los privilegios del palacio y la instrumentalización del conflicto saharaui con fines de legitimación del poder. Patriota ante todo, Ahmed Dlimi defendía la idea de un Marruecos renovado, liberado de la tutela de las potencias extranjeras y gobernado por instituciones republicanas. En los círculos militares e intelectuales de Rabat, era vox populi que Ahmed Dlimi abogaba por una solución política al conflicto del Sáhara Occidental. Contemplaba la apertura de negociaciones directas con el Frente Polisario, convencido de que ninguna paz duradera podía imponerse por la fuerza. Esta orientación, considerada herética por el palacio y sus aliados occidentales, hizo de él un hombre al que vigilar y luego eliminar.

En enero de 1983, el general encontró la muerte en circunstancias calificadas oficialmente de « accidente de tráfico » cerca de Marrakech. Pero las sombras abundan: su coche habría sido embestido por un camión en un palmeral aislado, según un escenario que recuerda extrañamente al «accidente» ocurrido diez años antes a Fernando Herrero Tejedor, el fiscal español demasiado curioso sobre el caso Carrero Blanco. Numerosos testimonios, incluso en la prensa marroquí en el exilio, hablan de una ejecución encubierta, ordenada desde las más altas esferas del poder. Este drama ilustraba el clima de paranoia que reinaba en el entorno de Hassan II, obsesionado por el miedo a un golpe de Estado. El soberano sabía que el ejército, frustrado por las derrotas militares en el Sáhara y el control del palacio sobre los recursos del país, albergaba aún focos de disidencia.

Ahmed Dlimi encarnaba el símbolo de un ejército nacional que quería romper con el régimen feudal para construir un Marruecos moderno y soberano. Su desaparición puso fin definitivo a cualquier intento de reforma interna. Los archivos desclasificados por la CIA en enero de 2017 arrojaron nueva luz sobre aquellos años turbulentos. Entre los 12 millones de páginas hechas públicas, 12.500 concernían a España, revelando una red de influencia donde algunos dirigentes europeos servían a menudo de intermediarios para los planes estadounidenses. En ellos se descubre, entre otras cosas, que el rey Juan Carlos I de España, llamado a encarnar la neutralidad y la transición democrática de su país, fue en realidad uno de los informantes privilegiados de Washington.

Según estos documentos, el monarca español transmitía regularmente información confidencial a Wells Stabler, embajador de Estados Unidos en Madrid. Estos intercambios versaban sobre la política interna española, pero también sobre la situación en el norte de África y la cooperación secreta entre Rabat, Riad y Washington en la aplicación de los Acuerdos de Madrid (1975) relativos al Sáhara Occidental. Así se dibujaba, en el más absoluto secreto, una trama monárquica y transatlántica en la que cada actor desempeñaba su papel. Hassan II, garante de los intereses occidentales en el Magreb; Juan Carlos I, enlace discreto entre Washington y Rabat; y Arabia Saudí, proveedora de petrodólares e influencia religiosa. Esta alianza triangular, cementada por el miedo al comunismo y la preocupación por preservar los regímenes monárquicos en el mundo árabe, permitió acallar cualquier disidencia interna y marginar las voces republicanas, desde Ahmed Dlimi hasta otros oficiales que soñaban con un Marruecos libre y democrático.

La lucha por la supervivencia monárquica

El poder marroquí se estructuró en torno a una lógica de supervivencia monárquica, donde el Estado ya no estaba al servicio del pueblo, sino al servicio de la perpetuación del trono. Las instituciones fueron moldeadas para canalizar, neutralizar o absorber cualquier dinámica de transformación. Este clima de desconfianza permanente dio lugar a una auténtica psicosis política, porque Hassan II veía en cada oficial ambicioso, en cada intelectual crítico o movimiento popular, una amenaza para el orden monárquico.

Este miedo al cambio se expresaba mediante un control absoluto de la palabra y de los cuerpos, una estrategia de sofocación sistemática de las fuerzas sociales emergentes. El reinado del silencio se convirtió en la garantía de la estabilidad. Así, fueron Estados Unidos quienes orquestaron la puesta en marcha de la Marcha Verde, desencadenada el 6 de noviembre de 1975 bajo la dirección de Hassan II, con la complicidad del gobierno español y del rey Juan Carlos, poco después de la eliminación del almirante Luis Carrero Blanco. El 14 de noviembre, el territorio fue repartido entre Marruecos y Mauritania. Tras la retirada de esta última, Hassan II propuso a Argelia un reparto del Sáhara, propuesta que esta rechazó, permitiendo a Marruecos ocupar alrededor del 80% de la antigua colonia española.

La lección de la Historia

La Historia enseña que ningún imperio, ningún poder fundado en la fuerza o el engaño, escapa a la erosión del tiempo. Los dominios pasan, las verdades permanecen. Lo que impone la espada, el tiempo acaba siempre por desatarlo. Ayer, los colonos de Argelia coreaban con frenesí « Argelia francesa »; hoy, es la casi totalidad del pueblo marroquí la que grita « Sáhara marroquí », como hacían los pieds-noirs en Argelia. Ahora bien, si este territorio hubiera pertenecido realmente a Marruecos, no habría sido necesario en absoluto canjear su soberanía moral por los favores de las potencias occidentales, ni someterse a los Acuerdos de Abraham, verdadero pacto en el que el palacio real vendió su alma para comprar un reconocimiento. La Historia es un juez paciente pero implacable. Siempre acaba por arrancar las máscaras, disipar las ilusiones y devolver a cada pueblo lo que le pertenece. Porque si la fuerza puede imponer un relato durante un tiempo, nunca ha conseguido convertir una ficción en verdad. La Historia siempre acaba por reclamar sus derechos.

Khelifa Mahieddine, abogado, Argel.

Texto original: Le Matin d’Algérie

Fuente: https://www.moroccomail.fr/2026/07/03/sahara-occidental-maroc-polisario-algerie-francaise-marche-verte-etats-unis-kissinger/

miércoles, 15 de julio de 2026

La Plataforma Archinov

 

1926: La Plataforma, en los orígenes del anarquismo organizado

Hace cien años, un grupo de anarquistas rusos exiliados en Francia publicaba La Plataforma organizativa de la unión general de anarquistas. Con este texto, buscaban reformar el anarquismo a la luz de sus fracasos durante la revolución rusa. Siguieron cinco años de polémica. Sin embargo, la historia de la Plataforma no termina ahí. Su resurgimiento en las décadas de 1950, 1970 y 2000, da cuenta de la persistencia de un debate sobre la naturaleza misma del anarquismo: ¿espacio cultural o movimiento político?

El trauma de la Primera Guerra Mundial, la experiencia de la revolución rusa y el fracaso de la ola revolucionaria de 1919-1920 en Europa provocaron profundos cuestionamientos en el movimiento obrero.

El anarquismo no escapó a ello y existieron varios intentos de renovación teórico-práctica a partir de 1919, ya sea con el «primer Partido Comunista» de Raymond Péricat o con la Federación Comunista Libertaria del Norte de Georges Bastien [1]. En Italia, fue la revista Pensiero e Volontà, animada por el viejo Malatesta, Fabbri y Camillo Berneri, la que atacó la doxa kropotkiniana. El último de estos intentos, la Plataforma de los anarquistas rusos en el exilio, publicada en junio de 1926, es el más acabado y ambicioso. También es el que desatará más polémicas.

En la década de 1920, Francia era tierra de asilo para los revolucionarios perseguidos de toda Europa y, entre ellos, eran indudablemente los anarquistas rusos y ucranianos, aureolados por su participación en la mayor revolución de los tiempos modernos, quienes polarizaban las discusiones. Se trata, entre otros, de Voline, Piotr Archinov, Ida Mett y Néstor Majnó, el excomandante del Ejército Insurreccional Revolucionario de Ucrania. Formaban el Grupo de Anarquistas Rusos en el Extranjero y animaban la revista Diélo Trouda («La Causa del Trabajo»).

Diélo Trouda hace un balance sin concesiones del movimiento anarquista, estigmatizando la dispersión y la desorganización que, en Rusia, lo llevaron a su perdición. Con el objetivo de ponerle remedio, el grupo edita en junio de 1926 un folleto de 16 páginas titulado Plataforma organizativa de la unión general de anarquistas, subtitulado «proyecto». Su edición en francés –Voline fue el traductor– da cuenta de la voluntad de llevar el debate desde el primer momento más allá del ámbito ruso en el exilio y de impactar en el movimiento libertario internacional. Este opúsculo es el punto de partida de la polémica.

Desde la invasión rusa, las autoridades ucranianas integran a Néstor Majnó en el relato nacional destacando su lucha contra el dominio ruso, mientras relegan a un segundo plano el carácter anarquista, internacionalista y antiestatal de la Makhnovschtchina. Así, una experiencia revolucionaria basada en la autonomía de los trabajadores, trabajadoras, campesinos y campesinas se reinterpreta parcialmente al servicio de un gobierno autoritario.
DR

Un texto en sintonía con su tiempo

La Plataforma fue bien acogida en la Unión Anarquista Comunista, la organización francesa a la que Majnó y Archinov pronto se afiliarían. La organización estaba en plena evolución. De forma casi concomitante a la publicación de la Plataforma, adoptó, en el congreso de Orleans, un manifiesto de fuerte dominante comunista libertaria. Un año más tarde, la UAC adoptaría oficialmente las tesis de la Plataforma, durante su congreso de París, a finales de octubre de 1927. Con esa ocasión, se rebautizó como Unión Anarquista Comunista Revolucionaria (UACR).

Llevaba varios años la UAC madurando en ese sentido, cansándose la mayoría de ver cómo algunos de sus grupos eran parasitados por anarcoindividualistas que se adherían a la organización «como turistas». A partir de entonces, se precisó que la UACR «no acepta en su seno a los anarquistas individualistas, incluso si son partidarios de la organización» [2]. La organización reafirmó su carácter federalista; las cotizaciones regulares se convirtieron en la norma; se mandató una comisión administrativa, encargada de velar por la aplicación de las decisiones del congreso.

Esta transformación, sin embargo, se produjo a costa de una escisión. Hay que decir que, ocho meses antes del congreso, había estallado una violenta polémica en Le Libertaire, el semanario de la UAC.

«Bolcheviques» contra «diletantes»

Desde febrero de 1927, un individualista, Maldent, acusó a la Plataforma de querer «bolchevizar» el anarquismo [3]. Recibió una réplica contundente de Pierre Le Meillour, un metalúrgico de la UAC conocido por ser bastante brusco, que se burló de los «diletantes» [4]. «Bolcheviques» contra «diletantes»: los términos esenciales del debate quedaron establecidos y ya apenas variarían.

La controversia cobró relevancia en abril de 1927, con un panfleto de 40 páginas comúnmente llamado Respuesta a la Plataforma, cofirmado entre otros por Voline [5]. El tono, polémico, retoma la acusación de «bolchevización» del anarquismo. Cada punto de la Plataforma es diseccionado y refutado. ¿El carácter de clase del anarquismo? Se niega, siendo el anarquismo también una concepción «humanitaria e individual». ¿La parte constructiva de la Plataforma? Es un disfraz del «período de transición» estatal a la manera leninista. Los principios organizativos se asimilan a disciplina de cuartel. Incluso la defensa armada de la revolución, inspirada en la epopeya de Majnó –ese es el sentido de la palabra «Makhnovschtchina»–, es reprobada. Los autores de la Respuesta ven en ello la «creación de un centro político dirigente, de un ejército y de una policía a disposición de ese centro, lo que significa, en el fondo, la inauguración de una autoridad política transitoria de carácter estatal» [6].

La Respuesta, finalmente, desarrolla una idea, ya expresada por Voline desde hacía unos años, pero que haría fortuna. El anarquismo estaría dividido en tres corrientes: comunista libertaria, anarcosindicalista e individualista. El objetivo debería ser reconciliarlas para alumbrar una «síntesis» que sería la base del anarquismo moderno [7]. Pero mientras no se realizara ese trabajo de síntesis teórica, no debía haber organización anarquista.

Tras la publicación de este fascículo, la controversia se desboca. Difundiéndose ampliamente en la prensa anarquista, se prolongará hasta 1931.

Grupo de anarquistas en torno a Néstor Majnó (abajo a la derecha), su compañera Galina Kuzmenko (a su lado) y Piotr Archinov de pie en el centro.
szru.gov.ua

Nacimiento del sintetismo

Majnó y Archinov desestimaron sin demasiada dificultad las acusaciones de bolchevismo –no olvidemos el prestigio de la «Makhnovschtchina», que luchó tanto contra los ejércitos blancos como contra el Ejército Rojo. Más importante aún, atacaron el postulado fundamental de Voline: la existencia de las tres corrientes de una misma familia anarquista. Para ellos, si los anarquistas pertenecen a una familia, es exclusivamente a la del movimiento obrero, a sus valores, a sus luchas, a sus organizaciones de clase. Los individualistas se sitúan fuera del movimiento obrero, por lo tanto, fuera del anarquismo. Los pasajes de la Respuesta sobre la necesaria síntesis teórica no son más que palabras dilatorias: «En lugar de amenazarnos por centésima primera vez con producir un trabajo teórico profundo, ¿no harían mejor los autores de la Respuesta en emprender esa tarea, ponerla a punto y oponerla a la Plataforma?», se exaspera Archinov.

Al final, los plataformistas denuncian en la Respuesta una oposición ficticia, motivada únicamente por una resistencia perezosa al «espíritu de organización».

Tras la escisión de la UACR, las y los opositores a la Plataforma se agrupan en una relativamente ectoplasmática Asociación de Federalistas Anarquistas (AFA). Su líder, Sébastien Faure, se esfuerza por darle un contenido doctrinal publicando en 1928 un texto fundacional: La Síntesis anarquista. En este folleto de 16 páginas, Sébastien Faure compara el anarquismo con «lo que, en química, se llama un cuerpo compuesto […]: el anarcosindicalismo, el comunismo libertario y el individualismo anarquista. Su fórmula química podría ser S2, C2, I2. Según los acontecimientos, los medios […], la dosificación de los tres elementos variará. […] S3, C2, I1; o bien S2, C3, I1; o también S1, C2, I3 […]. Pero siempre ocurre que estos tres elementos […] están hechos para combinarse y para constituir, amalgamándose, lo que llamo: "la Síntesis anarquista"» [8].

Esta concepción algo pueril es una deformación del pensamiento de Voline. Mientras que el ruso reconocía que era necesaria una clarificación del anarquismo (pero no con el método plataformista), Faure considera que esa clarificación no es deseable. No sin cierto sentimentalismo, eleva a la cima el eclecticismo que su modelo parece fijar definitivamente tal cual.

Voline había inventado el término «síntesis». Con Sébastien Faure, nació el «sintetismo».

La UACR, por su parte, no seguiría siendo plataformista mucho tiempo. El hábito era seductor, pero en la práctica resultó demasiado rígido para una pequeña organización que atravesaba entonces el período más severo de vacas flacas desde su fundación. Abandonó la Plataforma en el congreso de 1930. La controversia se apagó hacia 1931. Luego fue eclipsada por otras preocupaciones: el ascenso del fascismo, el Frente Popular, la Revolución Española, la guerra.

Después de la subida al Muro de los Federados del 30 de mayo de 2026, la UCL fue a rendir homenaje a Néstor Majnó, cuya urna cineraria se encuentra en el cementerio del Père-Lachaise.
UCL Paris Nord-Est

Superación y persistencia del debate

En 1931, el debate sobre la Plataforma parecía enterrado. ¿Definitivamente? No exactamente. Porque la controversia no se redujo a los enfrentamientos entre Majnó, Archinov y Voline. Para comprender sus resortes profundos, hay que considerar el escenario principal del enfrentamiento: la UAC y su semanario, Le Libertaire. El contexto de los años 1925 a 1930, que fue el de una fuerte regresión de las luchas y del movimiento obrero, era propicio para las disputas internas. En Le Libertaire, los artículos vengativos sucedieron a las respuestas contundentes. La polémica superó ampliamente la exégesis de la Plataforma: reveló una división mucho más profunda, que afectaba a la naturaleza misma del anarquismo.

Hay que entender que la controversia de la época –que aún hoy, en algunos países, no se ha agotado– se debió menos al contenido del texto en sí, que a una cuestión cíclica que se plantea al anarquismo: saber si debe ser un movimiento político o un espacio cultural. Esta disputa era muy anterior a la Plataforma, pero esta le dio su aspecto definitivo.

Es sin duda la razón por la que conocerá una larga posteridad. Esta Plataforma, que en 1931 todo el mundo creía enterrada, sería exhumada regularmente más tarde. Y cada vez, sería menos por su contenido que para desmarcarse del magma comunitario y marginalista donde el anarquismo a veces se ha atascado. Los jóvenes comunistas libertarios de las FA francesa e italiana la redescubrirán con fervor en 1949-1950. Los fundadores de la Organización Revolucionaria Anarquista (ORA) francesa en 1965-1967. Los y las de la ORA británica esperarán hasta 1973 para leerla [9]. Será nuevamente esgrimida por las jóvenes organizaciones libertarias que se crearán en las dos Américas durante la década de 1990. «¡Somos plataformistas!», anunciaba así con orgullo Rupture, el periódico francófono de la NEFAC canadiense en octubre de 2001. En la década de 2020, una organización alemana cercana a la UCL adoptó un nombre explícito: Die Plattform.

En Francia, el debate no se calmó hasta la década de 1990. René Berthier o Gaetano Manfredonia han propuesto enfoques desapasionados de la cuestión [10]. La muy sintetista Federación Anarquista, en realidad, se ha distanciado del catecismo de Sébastien Faure. La Unión de Trabajadores Comunistas Libertarios, constituida en 1976, había evolucionado rápidamente hacia una superación de la Plataforma, de la que retenía más el espíritu que la letra. En Alternative libertaire, a veces nos llamábamos, sonriendo, «post-plataformistas». La UCL se ha situado en esa continuidad.

Guillaume Davranche (UCL Montreuil)

Este artículo es una versión ligeramente modificada del publicado en Alternative libertaire en 2007.

La Plataforma: un objetivo, un método

La Plataforma consta de tres partes: una «parte general», sobre el capitalismo y la estrategia para derrocarlo; una «parte constructiva», sobre el proyecto comunista libertario; y una «parte organizativa», sobre el movimiento anarquista en sí mismo.

I. La «parte general» afirma que el anarquismo no es una «bella fantasía ni una idea abstracta de filosofía», sino un movimiento revolucionario obrero. Propone un marco de análisis basado en el materialismo y la lucha de clases como motor de la historia. En una situación revolucionaria, la organización anarquista debe proponer una orientación «en todos los ámbitos de la revolución social: [el de] la nueva producción, el de la guerra civil y la defensa de la revolución, el del consumo, el de la cuestión agraria, etc. Sobre todas estas cuestiones y sobre muchas otras, la masa exige de los anarquistas una respuesta clara y precisa.» El objetivo es «vincular la solución de estos problemas a la concepción general del comunismo libertario.»

II. La «parte constructiva» propone precisamente un proyecto de sociedad transitoria. La producción industrial deberá seguir el modelo de los sóviets federados. En cuanto al consumo y la cuestión agraria, la Plataforma se distancia del «comunismo de guerra» de Lenin, que consistía en despojar al campo para alimentar las ciudades: «serán los campesinos revolucionarios quienes establecerán [...] la explotación y el usufructo de la tierra. No es posible ninguna presión externa en esta cuestión.» La Revolución Española, diez años después, aportará respuestas prácticas a esta cuestión sobre la que la Plataforma se muestra prudente. En cuanto a la defensa de la revolución, el modelo es –sin que se la mencione– el de la Makhnovschtchina: «carácter de clase del ejército», «voluntariado», «libre disciplina», «sumisión completa del ejército revolucionario a las masas obreras y campesinas». Lo que también se encontrará en las milicias libertarias del verano de 1936.

III. Por último, la «parte organizativa» enumera cuatro «principios fundamentales» para una organización anarquista:

  1. La «unidad teórica»: para una ruptura con el aspecto «rompecabezas» de la UAC, que debe definirse claramente como comunista libertaria.

  2. La «unidad táctica»: para que los militantes actúen de común acuerdo, no de forma dispersa ni contradictoria.

  3. La «responsabilidad colectiva» es un llamamiento a la autodisciplina y a una ruptura con el consumismo militante.

  4. Con el «federalismo», una instancia federal, sujeta al mandato imperativo, debe velar por la aplicación de las decisiones del congreso.

NOTAS

[1] David Berry, A History of the French Anarchist Movement 1917-1945.

[2] Le Libertaire, 19 novembre 1927.

[3] «  Bolchevisation de l’anarchisme  », Le Libertaire, 10 février 1927.

[4] «  Les dilettantes à l’assaut de la “plate-forme”  », Le Libertaire, 25 mars 1927.

[5] Le fait que Voline soit le traducteur de la Plateforme en même temps que son principal détracteur a semé le trouble à l’époque. Il fut accusé de traduction déloyale, pour donner au texte une tournure autoritaire. Dans son étude de 1987, Alexandre Skirda, russophone, atteste que la traduction de Voline était effectivement tendancieuse.

[6] Cité dans Alexandre Skirda, Autonomie individuelle et force collective, 1987.

[7] Gaetano Manfredonia, «  Le Débat Plateforme/Synthèse  », Itinéraire n° 13.

[8] Sébastien Faure, La Synthèse anarchiste, 1928.

[9] «  Anarchist communism in Britain, 1870-1991  », Organise  ! no 42, printemps 1996.

[10] René Berthier, «  À propos des 80 ans de la Révolution russe  », Le Monde libertaire, 18 décembre 1997.

 

     

    Enlaces relacionados / Fuente: 
    https://www.unioncommunistelibertaire.org/?1926-La-Plateforme-aux-origines-de-l-anarchisme-organise