sábado, 18 de julio de 2026

La gran mentira de la guerra de Ucrania.

 La gran mentira de la guerra de Ucrania: ¿Podrá Kiev llegar a vencer en algún momento?

Thomas Fazi

Se ha convertido en una especie de ritual estacional. Todos los veranos, Bruselas lanza una nueva ofensiva propagandística sobre Ucrania, y este año no es una excepción. «La marea está cambiando», declaró hace unas semanas la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, en las redes sociales, afirmando que Ucrania, con la ayuda de Europa y la OTAN, ha tomado la iniciativa, mientras que Rusia se ha visto obligada a pasar a la defensiva. Desde entonces, de la misma frase se han hecho eco palabra por palabra políticos y gente de la que marca la agenda de todo el ecosistema transatlántico, en lo que es claramente una campaña narrativa coordinada. Mientras tanto, se nos dice que la economía rusa está —una vez más— al borde del colapso, y que hasta podría ser inminente la caída de Putin.

Ya hemos pasado antes por esto. A intervalos regulares desde la invasión de Putin, el complejo político-mediático occidental se ha esforzado por convencer a la opinión pública de que la victoria de Ucrania estaba a la vuelta de la esquina y de que la propia Rusia estaba al borde del colapso. En 2023, por ejemplo, periodistas y líderes de opinión occidentales pasaron meses exagerando la contraofensiva de Ucrania, que iba a «cambiar el rumbo» a favor de Kiev. La campaña fue un fracaso catastrófico, que provocó numerosas víctimas y avances territoriales insignificantes.

El último supuesto punto de inflexión es la campaña de ataques con drones de Ucrania en territorio ruso —que ha llegado hasta San Petersburgo y Moscú— dirigida contra infraestructuras logísticas, depósitos de combustible, refinerías y líneas de suministro. También se han alcanzado varios objetivos civiles, lo que ha provocado numerosas víctimas. El lunes, Moscú sufrió el mayor ataque con drones hasta la fecha. El presidente Zelenski ha anunciado ahora una operación de cuarenta días contra objetivos rusos para «influir en el Estado agresor con el fin de presionar para que se ponga fin a la guerra», lo que probablemente signifique muchos más ataques de este tipo. Estas medidas coinciden con el desembolso por parte de la UE del primer tramo, de 3.200 millones de euros, de su préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania.

El momento no es casual. El martes comenzó en Ankara una cumbre crucial de la OTAN, en la que el grupo de presión belicista —tanto en Europa como en Washington— está desesperado por defender que Ucrania va ganando. Es un relato que el propio Trump parece dispuesto a alimentar, probablemente para compensar el fiasco de Irán: firmó incluso la reciente declaración de los líderes del G7 en la que se comprometen a «aumentar el suministro de capacidades de defensa aérea, sistemas e interceptores adicionales y capacidades de largo alcance»; a considerar la ampliación de las licencias de producción a Ucrania; y a «reforzar nuestras sanciones, incluidas las dirigidas a los sectores del petróleo y el gas».

Además, con toda probabilidad, se trata de una respuesta al creciente cansancio de la guerra en Occidente, confirmado por la negativa de la República Checa, Eslovaquia y Hungría a financiar el préstamo mencionado —una decisión de no participar que, sorprendentemente, el nuevo Gobierno húngaro proeuropeo no ha revocado hasta ahora—, seguida de la decisión del nuevo Gobierno búlgaro de prohibir el suministro de armas a Ucrania.

La campaña con drones de Kiev está teniendo, sin duda, su impacto. La producción petrolera rusa se ha visto afectada; se han producido graves escaseces de combustible en todo el país, tal como ha admitido hasta el propio Putin. Ucrania también ha interrumpido las rutas de suministro rusas al norte del mar de Azov, provocando cortes de electricidad en Crimea y en la parte de la región ucraniana de Jersón, cercana a la zona controlada por Rusia. Pero es poco probable que estos ataques cambien el curso de la guerra. La economía rusa se está tambaleando, pero sigue estando en mejor situación que gran parte de la UE. De hecho, alegando el aumento de los precios del petróleo —en gran medida consecuencia de la guerra con Irán—, el Fondo Monetario Internacional elevó en abril su previsión de crecimiento del PIB de Rusia para 2026 en 0,3 puntos, hasta el 1,1 %. Al mismo tiempo, revisó a la baja las previsiones para las tres principales economías de la UE —Alemania, Francia e Italia— hasta el 0,8 %, el 0,9 % y el 0,2 %, respectivamente.

Sin embargo, lo más importante es que el ejército ruso sigue avanzando en el campo de batalla. Se está acercando cada vez más a su objetivo de conquistar todo el Donbás. Hace apenas unos días, Moscú anunció la toma de Kostiantynivka, una localidad de Donetsk y el mayor asentamiento que ha conquistado desde Mariúpol. La ciudad era uno de los últimos bastiones en el camino hacia importantes ciudades controladas por Ucrania, Kramatorsk y Sloviansk, cuya toma es el objetivo final del Kremlin en el Donbás. Las tropas rusas también están avanzando en los alrededores de Chasiv Yar y Toretsk, logrando avances en los combates urbanos y en posiciones elevadas, y continúan avanzando en los alrededores de Lyman y Rai-Oleksandrivka. Todo esto contradice rotundamente el relato predominante de que «Ucrania ha cambiado el rumbo de la guerra».

Si hiciera falta alguna prueba más de que las cosas van mal para Ucrania, basta con fijarse en la política de «busificación», cada vez más extendida —el secuestro en la calle de hombres en edad de reclutamiento para enviarlos al frente, lo que está avivando la creciente oposición interna a la guerra— o en la propuesta de la UE de excluir a los hombres ucranianos en edad militar —en la práctica, todos los hombres de entre 23 y 60 años— del régimen de protección temporal del bloque.

En este contexto, la campaña con drones parece menos un giro decisivo que un signo de desesperación: dada la incapacidad de Ucrania para cambiar el rumbo de la batalla, Kiev y la OTAN han decidido «llevar la guerra a Rusia». Sin embargo, no hay pruebas de que la campaña de drones de Ucrania vaya a cambiar el rumbo de la guerra, y mucho menos a obligar a Putin a capitular. De hecho, en los últimos días, las fuerzas rusas han lanzado algunos de los mayores ataques con drones y misiles contra Kiev hasta la fecha, causando la muerte de decenas de personas.

Es difícil determinar en qué medida está afectando la campaña de Ucrania al apoyo popular a Putin. Es cierto que está afectando a la moral de los rusos, pero, tal como ha escrito Leonid Ragozin, la situación en el país sigue siendo relativamente estable: a pesar de las dramáticas imágenes de refinerías en llamas y colas en las gasolineras, la mayoría de los rusos han vivido situaciones peores a lo largo de su vida, y la gran mayoría sigue disfrutando de un nivel de vida comparable al de los países más pobres de la UE,  muy lejos de lo que padecieron durante los malos tiempos de los años 90.

La «encuesta» más fiable llegará el 20 de septiembre, cuando Rusia celebre elecciones a la Duma Estatal; algunos analistas predicen que el partido gobernante, Rusia Unida, sufrirá un resultado humillante a manos de los comunistas, a su izquierda, y del (confusamente denominado) Partido Liberal Democrático, a su derecha. Pero cualquiera que espere que esto pueda presionar a Putin para que ponga fin a la guerra se llevará una decepción: ambos partidos han adoptado respecto al conflicto una postura aún más intransigente que el partido «Rusia Unida» de Putin. Los ataques ucranianos, en todo caso, están envalentonando a las voces más belicistas del Kremlin, que acusan a Putin de gestionar mal el conflicto y exigen una respuesta mucho más contundente. Al fin y al cabo, la historia sugiere que, cuando los rusos se sienten acorralados, no capitulan, sino que se endurecen. Por lo tanto, cuanto mayor sea la presión sobre Rusia, más probable será que Putin se vea obligado a intensificar la guerra.

Independientemente de los efectos a corto plazo, la campaña de drones de Ucrania es un ejemplo paradigmático de cómo los drones están reescribiendo las reglas de la guerra en tiempo real. Los ataques estratégicos en profundidad —la capacidad de alcanzar las ciudades, las industrias y los mandos del enemigo muy por detrás del frente— eran hasta hace poco privilegio de los países con poderosas fuerzas aéreas y arsenales de misiles. Pero los drones de bajo coste y fabricados en serie han democratizado esta capacidad. Un país que está perdiendo la guerra de desgaste sobre el terreno —como es claramente el caso de Ucrania, que, sobre el papel, es muy inferior a Rusia en términos de material y efectivos— puede ahora infligir un daño enorme en lo más profundo del territorio de la potencia más fuerte. Y una vez que la parte más débil ejerce esa opción, se desvanece cualquier incentivo que la parte más fuerte pudiera haber tenido para actuar con moderación.

Al fin y al cabo, es un hecho histórico que, hasta ahora, Rusia se ha abstenido de infligir destrucción masiva a Kiev y otras grandes ciudades alejadas de la línea del frente, y que durante la mayor parte de la guerra ha evitado de forma notable atacar los centros de toma de decisiones del Gobierno, a pesar de disponer de los medios para hacerlo. Durante los primeros ocho meses del conflicto, Moscú también dejó intacta la red energética de Ucrania; los ataques no comenzaron hasta después del atentado contra el puente de Kerch, en octubre de 2022. En este sentido, la guerra con drones sí que iguala las condiciones, pero también invita a la escalada, al privar a la parte más débil de la protección indirecta que la propia asimetría —su incapacidad para infligir daños masivos al enemigo— le proporcionaba en su momento.

Esto es lo que hace que el momento actual sea tan peligroso. Una superpotencia nuclear está siendo objeto de una campaña sostenida de ataques contra sus principales ciudades, su infraestructura estratégica y, por extensión, sus dirigentes, con el apoyo de los servicios de inteligencia occidentales, llevada a cabo con armas occidentales y respaldada ahora por un compromiso explícito del G7 de «acelerar» el suministro de capacidades de largo alcance.

Tal como ha advertido recientemente Matthew Blackburn, del Instituto Noruego de Asuntos Internacionales, si Moscú decide que su moderación en Ucrania se está aprovechando para infligir daños humillantes al corazón de Rusia, podría abandonar los ataques contra la infraestructura ucraniana para centrarse en los centros de abastecimiento y las plantas de fabricación europeos que hacen posible, en primer lugar, la campaña de ataques profundos de Kiev, corrigiendo así la asimetría y restableciendo la disuasión en sus propios términos. De hecho, Moscú ha señalado en repetidas ocasiones que su paciencia no es ilimitada; cada vez son más las voces dentro de la clase dirigente rusa que hablan de restablecer la disuasión atacando objetivos en la propia Europa. La razón por la que Rusia se ha negado hasta ahora a hacerlo resulta evidente: un ataque de este tipo podría derivar fácilmente en una guerra total que a Rusia no le interesa librar — tal como señaló recientemente incluso el general Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN en Europa y máximo responsable militar de la Alianza—. En pocas palabras, el coste de la represalia ha superado hasta ahora el coste de la tolerancia. Pero si este último sigue aumentando, el cálculo de Rusia podría muy bien cambiar.

Lo fundamental es que en Occidente nadie sabe dónde están las líneas rojas de Rusia y, de hecho, la política occidental parece partir de la premisa de que no existen en absoluto. Mientras tanto, los europeos siguen argumentando que no hay otra alternativa que seguir apoyando a Ucrania de forma indefinida porque «Rusia se niega a negociar». Pero, tal como ha escrito recientemente Anatol Lieven, del Instituto Quincy, es la UE —y no Rusia— la que hasta ahora se ha negado a negociar. Mientras Moscú ha pasado el último año manteniendo conversaciones continuadas con Washington y ha ido abandonando progresivamente varias de sus exigencias fundamentales, los europeos han condicionado las negociaciones a un alto el fuego incondicional que Rusia no puede aceptar sin renunciar a su única baza, y han envuelto esta condición previa en «principios» que equivalen a una exigencia de capitulación rusa.

La principal víctima de esta postura ha sido la propia Ucrania, condenada a una agotadora guerra de desgaste que no puede ganar militarmente. Si, entretanto, el agotamiento acabara provocando un alto el fuego sin un acuerdo, esto podría conducir a una situación de inseguridad permanente al estilo de Cachemira. Redunda en interés de Ucrania —y de Europa en su conjunto— negociar, en cambio, un acuerdo de paz integral. Sabemos, a grandes rasgos, lo que implicaría cualquier acuerdo realista: concesiones territoriales por parte de Ucrania a cambio de garantías de seguridad (sin llegar a la adhesión a la OTAN ni al despliegue de tropas occidentales). Nadie puede saber aún si tal oferta bastaría para que Putin se atribuyera su medida de victoria y pusiera fin a la guerra. Pero lo que sí sabemos es el coste del statu quo.

Unherd, 9 de julio de 2026 .


https://www.sinpermiso.info/textos/escenarios-y-estrategias-en-la-guerra-de-ucrania-dossier

https://slavyangrad.es/2026/07/14/guerras-en-el-mar/

jueves, 16 de julio de 2026

Génesis geopolítica de la cuestión del Sáhara Occidental

 

 

Génesis geopolítica de la cuestión del Sáhara Occidental: de la «Argelia francesa» al «Sáhara marroquí»

    

Fuentes: Maghreb Online        

Ayer los colonos de Argelia coreaban con frenesí «Argelia francesa»; hoy es la casi totalidad del pueblo marroquí la que grita «Sáhara marroquí», como hacían los pieds-noirs en Argelia.

Los observadores avisados saben que el Sáhara Occidental fue ofrecido a Marruecos en 1975 con el objetivo explícito de frenar la creciente influencia de Argelia, considerada entonces como un socio del bloque soviético. Al aliarse con Francia en una maniobra destinada a debilitar el proyecto de unidad magrebí, Estados Unidos aprovechó la inminente retirada de España para instalar un foco de tensión duradera entre Argel y Rabat, conforme a su probada estrategia de la tensión permanente.

Cuando el rey Hassan II se encontró por primera vez con Henry Kissinger, en noviembre de 1973, el secretario de Estado estadounidense le indicó claramente que había que oponerse a la creación de un Estado independiente en el Sáhara Occidental. Unos meses después, en agosto de 1974, poco antes de la caída del presidente Richard Nixon, Kissinger reafirmó en París, durante una entrevista con el exprimer ministro marroquí Ahmed Laraki, que Washington rechazaba la idea de un Estado saharaui y apoyaba un papel regional dominante de Marruecos para contrarrestar el de Argelia.

Según el periodista español Tomás Bárbulo, autor de « La historia prohibida del Sáhara Español », la operación de ocupación del Sáhara Occidental, inicialmente denominada « Marcha Blanca », fue planificada por un gabinete estratégico británico con la colaboración de asesores estadounidenses y financiación saudí. Hassan II encargó su seguimiento a su secretario de Defensa, el coronel Mohamed Achahbar, futuro general de división.

Un telegrama enviado por la embajada estadounidense en Beirut a Rabat selló la decisión de Washington de autorizar la operación. El mensaje, remitido por Kissinger, estipulaba: «Laissa’ podrá desarrollarse perfectamente en dos meses. EE.UU. la ayudará en todo». «Laissa» era el nombre en clave de la «Marcha Blanca», rebautizada poco después como «Marcha Verde», desencadenada por Hassan II en noviembre de 1975.

Las alianzas y la estrategia estadounidense

Para obtener la complicidad de la nueva monarquía española, surgida de la sucesión del general Franco, Estados Unidos hizo intervenir a su aliado saudí. Por instrucción de Washington, el príncipe heredero Fahd bin Abdulaziz Al Saud pagó 100 millones de dólares al rey Juan Carlos I, a cambio de su silencio y su visto bueno al acuerdo tripartito de Madrid. No era la primera vez que Estados Unidos utilizaba los petrodólares saudíes para servir a sus designios geoestratégicos.

Para llevar a cabo su proyecto de anexión, Hassan II pudo contar con dos apoyos principales: Estados Unidos y Arabia Saudí. Los primeros aportaron el respaldo diplomático y geopolítico; la segunda, la financiación. Washington veía en la ocupación del Sáhara Occidental un medio para estabilizar la monarquía alauí, entonces debilitada por dos intentos de golpe de Estado: el de Skhirat (10 de julio de 1971) y el del 16 de agosto de 1972.

La apuesta era desviar las fuerzas vivas del país hacia un objetivo exterior para preservar el trono. Sin embargo, esta maniobra no fue unánime en España. La derecha franquista, firmemente opuesta al abandono del Sáhara español en favor de Marruecos, denunciaba el control estadounidense. Su opositor más virulento fue el almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno y delfín político de Franco.

La eliminación del almirante Luis Carrero Blanco

En su obra « Viaje hacia el abandono », Eduardo Soto relata que Estados Unidos consideraba a Carrero Blanco un obstáculo para sus intereses en el Magreb. Un telegrama confidencial de la CIA (nº 700, enero de 1971), dirigido al Departamento de Estado, afirmaba sin ambages: «La desaparición de Carrero Blanco sería lo mejor que podría pasar». El 19 de diciembre de 1973, Henry Kissinger se reunió con el almirante en Madrid para intentar convencerlo de que aceptara la cesión del Sáhara a Marruecos.

Al día siguiente, 20 de diciembre de 1973, Carrero Blanco fue asesinado en un espectacular atentado atribuido a ETA, pero que, según varias fuentes, fue orquestado por la CIA bajo el nombre de «Operación Ogro». Una carga de unos 70 kg de explosivo C-4, un material militar estadounidense, hizo estallar su Dodge Dart GT 3700, que salió volando por encima de un edificio antes de caer en un patio interior. El vehículo, que quedó intacto, se conserva aún en el Museo del Ejército de Toledo. La investigación abierta por el fiscal general Fernando Herrero Tejedor fue rápidamente sofocada por el nuevo presidente del Gobierno, Arias Navarro. Poco después, Herrero Tejedor murió en un sospechoso accidente de tráfico, similar al que costó la vida al general Ahmed Dlimi en Marruecos en 1983, tras una entrevista con Hassan II de la que no salió con vida.

El estudio de las dinámicas internas del régimen marroquí revela que la estabilidad aparente de la monarquía se basaba menos en un consenso nacional que en un hábil equilibrio entre control autoritario y apoyos exteriores. Al mantener estrechas alianzas con las potencias occidentales, incluido Israel, el palacio consolidaba su legitimidad al tiempo que neutralizaba las corrientes reformistas que pudieran cuestionar el orden monárquico. Es en este contexto donde se inscribe la trayectoria del general Ahmed Dlimi, figura emblemática de un ejército en busca de soberanía y modernidad.

Poder monárquico y connivencias occidentales

El general Ahmed Dlimi, considerado uno de los oficiales más competentes e influyentes del ejército marroquí, había sido durante mucho tiempo un fiel del rey Hassan II. Sin embargo, con los años, se fue distanciando progresivamente de la línea monárquica, decepcionado por la corrupción endémica, los privilegios del palacio y la instrumentalización del conflicto saharaui con fines de legitimación del poder. Patriota ante todo, Ahmed Dlimi defendía la idea de un Marruecos renovado, liberado de la tutela de las potencias extranjeras y gobernado por instituciones republicanas. En los círculos militares e intelectuales de Rabat, era vox populi que Ahmed Dlimi abogaba por una solución política al conflicto del Sáhara Occidental. Contemplaba la apertura de negociaciones directas con el Frente Polisario, convencido de que ninguna paz duradera podía imponerse por la fuerza. Esta orientación, considerada herética por el palacio y sus aliados occidentales, hizo de él un hombre al que vigilar y luego eliminar.

En enero de 1983, el general encontró la muerte en circunstancias calificadas oficialmente de « accidente de tráfico » cerca de Marrakech. Pero las sombras abundan: su coche habría sido embestido por un camión en un palmeral aislado, según un escenario que recuerda extrañamente al «accidente» ocurrido diez años antes a Fernando Herrero Tejedor, el fiscal español demasiado curioso sobre el caso Carrero Blanco. Numerosos testimonios, incluso en la prensa marroquí en el exilio, hablan de una ejecución encubierta, ordenada desde las más altas esferas del poder. Este drama ilustraba el clima de paranoia que reinaba en el entorno de Hassan II, obsesionado por el miedo a un golpe de Estado. El soberano sabía que el ejército, frustrado por las derrotas militares en el Sáhara y el control del palacio sobre los recursos del país, albergaba aún focos de disidencia.

Ahmed Dlimi encarnaba el símbolo de un ejército nacional que quería romper con el régimen feudal para construir un Marruecos moderno y soberano. Su desaparición puso fin definitivo a cualquier intento de reforma interna. Los archivos desclasificados por la CIA en enero de 2017 arrojaron nueva luz sobre aquellos años turbulentos. Entre los 12 millones de páginas hechas públicas, 12.500 concernían a España, revelando una red de influencia donde algunos dirigentes europeos servían a menudo de intermediarios para los planes estadounidenses. En ellos se descubre, entre otras cosas, que el rey Juan Carlos I de España, llamado a encarnar la neutralidad y la transición democrática de su país, fue en realidad uno de los informantes privilegiados de Washington.

Según estos documentos, el monarca español transmitía regularmente información confidencial a Wells Stabler, embajador de Estados Unidos en Madrid. Estos intercambios versaban sobre la política interna española, pero también sobre la situación en el norte de África y la cooperación secreta entre Rabat, Riad y Washington en la aplicación de los Acuerdos de Madrid (1975) relativos al Sáhara Occidental. Así se dibujaba, en el más absoluto secreto, una trama monárquica y transatlántica en la que cada actor desempeñaba su papel. Hassan II, garante de los intereses occidentales en el Magreb; Juan Carlos I, enlace discreto entre Washington y Rabat; y Arabia Saudí, proveedora de petrodólares e influencia religiosa. Esta alianza triangular, cementada por el miedo al comunismo y la preocupación por preservar los regímenes monárquicos en el mundo árabe, permitió acallar cualquier disidencia interna y marginar las voces republicanas, desde Ahmed Dlimi hasta otros oficiales que soñaban con un Marruecos libre y democrático.

La lucha por la supervivencia monárquica

El poder marroquí se estructuró en torno a una lógica de supervivencia monárquica, donde el Estado ya no estaba al servicio del pueblo, sino al servicio de la perpetuación del trono. Las instituciones fueron moldeadas para canalizar, neutralizar o absorber cualquier dinámica de transformación. Este clima de desconfianza permanente dio lugar a una auténtica psicosis política, porque Hassan II veía en cada oficial ambicioso, en cada intelectual crítico o movimiento popular, una amenaza para el orden monárquico.

Este miedo al cambio se expresaba mediante un control absoluto de la palabra y de los cuerpos, una estrategia de sofocación sistemática de las fuerzas sociales emergentes. El reinado del silencio se convirtió en la garantía de la estabilidad. Así, fueron Estados Unidos quienes orquestaron la puesta en marcha de la Marcha Verde, desencadenada el 6 de noviembre de 1975 bajo la dirección de Hassan II, con la complicidad del gobierno español y del rey Juan Carlos, poco después de la eliminación del almirante Luis Carrero Blanco. El 14 de noviembre, el territorio fue repartido entre Marruecos y Mauritania. Tras la retirada de esta última, Hassan II propuso a Argelia un reparto del Sáhara, propuesta que esta rechazó, permitiendo a Marruecos ocupar alrededor del 80% de la antigua colonia española.

La lección de la Historia

La Historia enseña que ningún imperio, ningún poder fundado en la fuerza o el engaño, escapa a la erosión del tiempo. Los dominios pasan, las verdades permanecen. Lo que impone la espada, el tiempo acaba siempre por desatarlo. Ayer, los colonos de Argelia coreaban con frenesí « Argelia francesa »; hoy, es la casi totalidad del pueblo marroquí la que grita « Sáhara marroquí », como hacían los pieds-noirs en Argelia. Ahora bien, si este territorio hubiera pertenecido realmente a Marruecos, no habría sido necesario en absoluto canjear su soberanía moral por los favores de las potencias occidentales, ni someterse a los Acuerdos de Abraham, verdadero pacto en el que el palacio real vendió su alma para comprar un reconocimiento. La Historia es un juez paciente pero implacable. Siempre acaba por arrancar las máscaras, disipar las ilusiones y devolver a cada pueblo lo que le pertenece. Porque si la fuerza puede imponer un relato durante un tiempo, nunca ha conseguido convertir una ficción en verdad. La Historia siempre acaba por reclamar sus derechos.

Khelifa Mahieddine, abogado, Argel.

Texto original: Le Matin d’Algérie

Fuente: https://www.moroccomail.fr/2026/07/03/sahara-occidental-maroc-polisario-algerie-francaise-marche-verte-etats-unis-kissinger/

miércoles, 15 de julio de 2026

La Plataforma Archinov

 

1926: La Plataforma, en los orígenes del anarquismo organizado

Hace cien años, un grupo de anarquistas rusos exiliados en Francia publicaba La Plataforma organizativa de la unión general de anarquistas. Con este texto, buscaban reformar el anarquismo a la luz de sus fracasos durante la revolución rusa. Siguieron cinco años de polémica. Sin embargo, la historia de la Plataforma no termina ahí. Su resurgimiento en las décadas de 1950, 1970 y 2000, da cuenta de la persistencia de un debate sobre la naturaleza misma del anarquismo: ¿espacio cultural o movimiento político?

El trauma de la Primera Guerra Mundial, la experiencia de la revolución rusa y el fracaso de la ola revolucionaria de 1919-1920 en Europa provocaron profundos cuestionamientos en el movimiento obrero.

El anarquismo no escapó a ello y existieron varios intentos de renovación teórico-práctica a partir de 1919, ya sea con el «primer Partido Comunista» de Raymond Péricat o con la Federación Comunista Libertaria del Norte de Georges Bastien [1]. En Italia, fue la revista Pensiero e Volontà, animada por el viejo Malatesta, Fabbri y Camillo Berneri, la que atacó la doxa kropotkiniana. El último de estos intentos, la Plataforma de los anarquistas rusos en el exilio, publicada en junio de 1926, es el más acabado y ambicioso. También es el que desatará más polémicas.

En la década de 1920, Francia era tierra de asilo para los revolucionarios perseguidos de toda Europa y, entre ellos, eran indudablemente los anarquistas rusos y ucranianos, aureolados por su participación en la mayor revolución de los tiempos modernos, quienes polarizaban las discusiones. Se trata, entre otros, de Voline, Piotr Archinov, Ida Mett y Néstor Majnó, el excomandante del Ejército Insurreccional Revolucionario de Ucrania. Formaban el Grupo de Anarquistas Rusos en el Extranjero y animaban la revista Diélo Trouda («La Causa del Trabajo»).

Diélo Trouda hace un balance sin concesiones del movimiento anarquista, estigmatizando la dispersión y la desorganización que, en Rusia, lo llevaron a su perdición. Con el objetivo de ponerle remedio, el grupo edita en junio de 1926 un folleto de 16 páginas titulado Plataforma organizativa de la unión general de anarquistas, subtitulado «proyecto». Su edición en francés –Voline fue el traductor– da cuenta de la voluntad de llevar el debate desde el primer momento más allá del ámbito ruso en el exilio y de impactar en el movimiento libertario internacional. Este opúsculo es el punto de partida de la polémica.

Desde la invasión rusa, las autoridades ucranianas integran a Néstor Majnó en el relato nacional destacando su lucha contra el dominio ruso, mientras relegan a un segundo plano el carácter anarquista, internacionalista y antiestatal de la Makhnovschtchina. Así, una experiencia revolucionaria basada en la autonomía de los trabajadores, trabajadoras, campesinos y campesinas se reinterpreta parcialmente al servicio de un gobierno autoritario.
DR

Un texto en sintonía con su tiempo

La Plataforma fue bien acogida en la Unión Anarquista Comunista, la organización francesa a la que Majnó y Archinov pronto se afiliarían. La organización estaba en plena evolución. De forma casi concomitante a la publicación de la Plataforma, adoptó, en el congreso de Orleans, un manifiesto de fuerte dominante comunista libertaria. Un año más tarde, la UAC adoptaría oficialmente las tesis de la Plataforma, durante su congreso de París, a finales de octubre de 1927. Con esa ocasión, se rebautizó como Unión Anarquista Comunista Revolucionaria (UACR).

Llevaba varios años la UAC madurando en ese sentido, cansándose la mayoría de ver cómo algunos de sus grupos eran parasitados por anarcoindividualistas que se adherían a la organización «como turistas». A partir de entonces, se precisó que la UACR «no acepta en su seno a los anarquistas individualistas, incluso si son partidarios de la organización» [2]. La organización reafirmó su carácter federalista; las cotizaciones regulares se convirtieron en la norma; se mandató una comisión administrativa, encargada de velar por la aplicación de las decisiones del congreso.

Esta transformación, sin embargo, se produjo a costa de una escisión. Hay que decir que, ocho meses antes del congreso, había estallado una violenta polémica en Le Libertaire, el semanario de la UAC.

«Bolcheviques» contra «diletantes»

Desde febrero de 1927, un individualista, Maldent, acusó a la Plataforma de querer «bolchevizar» el anarquismo [3]. Recibió una réplica contundente de Pierre Le Meillour, un metalúrgico de la UAC conocido por ser bastante brusco, que se burló de los «diletantes» [4]. «Bolcheviques» contra «diletantes»: los términos esenciales del debate quedaron establecidos y ya apenas variarían.

La controversia cobró relevancia en abril de 1927, con un panfleto de 40 páginas comúnmente llamado Respuesta a la Plataforma, cofirmado entre otros por Voline [5]. El tono, polémico, retoma la acusación de «bolchevización» del anarquismo. Cada punto de la Plataforma es diseccionado y refutado. ¿El carácter de clase del anarquismo? Se niega, siendo el anarquismo también una concepción «humanitaria e individual». ¿La parte constructiva de la Plataforma? Es un disfraz del «período de transición» estatal a la manera leninista. Los principios organizativos se asimilan a disciplina de cuartel. Incluso la defensa armada de la revolución, inspirada en la epopeya de Majnó –ese es el sentido de la palabra «Makhnovschtchina»–, es reprobada. Los autores de la Respuesta ven en ello la «creación de un centro político dirigente, de un ejército y de una policía a disposición de ese centro, lo que significa, en el fondo, la inauguración de una autoridad política transitoria de carácter estatal» [6].

La Respuesta, finalmente, desarrolla una idea, ya expresada por Voline desde hacía unos años, pero que haría fortuna. El anarquismo estaría dividido en tres corrientes: comunista libertaria, anarcosindicalista e individualista. El objetivo debería ser reconciliarlas para alumbrar una «síntesis» que sería la base del anarquismo moderno [7]. Pero mientras no se realizara ese trabajo de síntesis teórica, no debía haber organización anarquista.

Tras la publicación de este fascículo, la controversia se desboca. Difundiéndose ampliamente en la prensa anarquista, se prolongará hasta 1931.

Grupo de anarquistas en torno a Néstor Majnó (abajo a la derecha), su compañera Galina Kuzmenko (a su lado) y Piotr Archinov de pie en el centro.
szru.gov.ua

Nacimiento del sintetismo

Majnó y Archinov desestimaron sin demasiada dificultad las acusaciones de bolchevismo –no olvidemos el prestigio de la «Makhnovschtchina», que luchó tanto contra los ejércitos blancos como contra el Ejército Rojo. Más importante aún, atacaron el postulado fundamental de Voline: la existencia de las tres corrientes de una misma familia anarquista. Para ellos, si los anarquistas pertenecen a una familia, es exclusivamente a la del movimiento obrero, a sus valores, a sus luchas, a sus organizaciones de clase. Los individualistas se sitúan fuera del movimiento obrero, por lo tanto, fuera del anarquismo. Los pasajes de la Respuesta sobre la necesaria síntesis teórica no son más que palabras dilatorias: «En lugar de amenazarnos por centésima primera vez con producir un trabajo teórico profundo, ¿no harían mejor los autores de la Respuesta en emprender esa tarea, ponerla a punto y oponerla a la Plataforma?», se exaspera Archinov.

Al final, los plataformistas denuncian en la Respuesta una oposición ficticia, motivada únicamente por una resistencia perezosa al «espíritu de organización».

Tras la escisión de la UACR, las y los opositores a la Plataforma se agrupan en una relativamente ectoplasmática Asociación de Federalistas Anarquistas (AFA). Su líder, Sébastien Faure, se esfuerza por darle un contenido doctrinal publicando en 1928 un texto fundacional: La Síntesis anarquista. En este folleto de 16 páginas, Sébastien Faure compara el anarquismo con «lo que, en química, se llama un cuerpo compuesto […]: el anarcosindicalismo, el comunismo libertario y el individualismo anarquista. Su fórmula química podría ser S2, C2, I2. Según los acontecimientos, los medios […], la dosificación de los tres elementos variará. […] S3, C2, I1; o bien S2, C3, I1; o también S1, C2, I3 […]. Pero siempre ocurre que estos tres elementos […] están hechos para combinarse y para constituir, amalgamándose, lo que llamo: "la Síntesis anarquista"» [8].

Esta concepción algo pueril es una deformación del pensamiento de Voline. Mientras que el ruso reconocía que era necesaria una clarificación del anarquismo (pero no con el método plataformista), Faure considera que esa clarificación no es deseable. No sin cierto sentimentalismo, eleva a la cima el eclecticismo que su modelo parece fijar definitivamente tal cual.

Voline había inventado el término «síntesis». Con Sébastien Faure, nació el «sintetismo».

La UACR, por su parte, no seguiría siendo plataformista mucho tiempo. El hábito era seductor, pero en la práctica resultó demasiado rígido para una pequeña organización que atravesaba entonces el período más severo de vacas flacas desde su fundación. Abandonó la Plataforma en el congreso de 1930. La controversia se apagó hacia 1931. Luego fue eclipsada por otras preocupaciones: el ascenso del fascismo, el Frente Popular, la Revolución Española, la guerra.

Después de la subida al Muro de los Federados del 30 de mayo de 2026, la UCL fue a rendir homenaje a Néstor Majnó, cuya urna cineraria se encuentra en el cementerio del Père-Lachaise.
UCL Paris Nord-Est

Superación y persistencia del debate

En 1931, el debate sobre la Plataforma parecía enterrado. ¿Definitivamente? No exactamente. Porque la controversia no se redujo a los enfrentamientos entre Majnó, Archinov y Voline. Para comprender sus resortes profundos, hay que considerar el escenario principal del enfrentamiento: la UAC y su semanario, Le Libertaire. El contexto de los años 1925 a 1930, que fue el de una fuerte regresión de las luchas y del movimiento obrero, era propicio para las disputas internas. En Le Libertaire, los artículos vengativos sucedieron a las respuestas contundentes. La polémica superó ampliamente la exégesis de la Plataforma: reveló una división mucho más profunda, que afectaba a la naturaleza misma del anarquismo.

Hay que entender que la controversia de la época –que aún hoy, en algunos países, no se ha agotado– se debió menos al contenido del texto en sí, que a una cuestión cíclica que se plantea al anarquismo: saber si debe ser un movimiento político o un espacio cultural. Esta disputa era muy anterior a la Plataforma, pero esta le dio su aspecto definitivo.

Es sin duda la razón por la que conocerá una larga posteridad. Esta Plataforma, que en 1931 todo el mundo creía enterrada, sería exhumada regularmente más tarde. Y cada vez, sería menos por su contenido que para desmarcarse del magma comunitario y marginalista donde el anarquismo a veces se ha atascado. Los jóvenes comunistas libertarios de las FA francesa e italiana la redescubrirán con fervor en 1949-1950. Los fundadores de la Organización Revolucionaria Anarquista (ORA) francesa en 1965-1967. Los y las de la ORA británica esperarán hasta 1973 para leerla [9]. Será nuevamente esgrimida por las jóvenes organizaciones libertarias que se crearán en las dos Américas durante la década de 1990. «¡Somos plataformistas!», anunciaba así con orgullo Rupture, el periódico francófono de la NEFAC canadiense en octubre de 2001. En la década de 2020, una organización alemana cercana a la UCL adoptó un nombre explícito: Die Plattform.

En Francia, el debate no se calmó hasta la década de 1990. René Berthier o Gaetano Manfredonia han propuesto enfoques desapasionados de la cuestión [10]. La muy sintetista Federación Anarquista, en realidad, se ha distanciado del catecismo de Sébastien Faure. La Unión de Trabajadores Comunistas Libertarios, constituida en 1976, había evolucionado rápidamente hacia una superación de la Plataforma, de la que retenía más el espíritu que la letra. En Alternative libertaire, a veces nos llamábamos, sonriendo, «post-plataformistas». La UCL se ha situado en esa continuidad.

Guillaume Davranche (UCL Montreuil)

Este artículo es una versión ligeramente modificada del publicado en Alternative libertaire en 2007.

La Plataforma: un objetivo, un método

La Plataforma consta de tres partes: una «parte general», sobre el capitalismo y la estrategia para derrocarlo; una «parte constructiva», sobre el proyecto comunista libertario; y una «parte organizativa», sobre el movimiento anarquista en sí mismo.

I. La «parte general» afirma que el anarquismo no es una «bella fantasía ni una idea abstracta de filosofía», sino un movimiento revolucionario obrero. Propone un marco de análisis basado en el materialismo y la lucha de clases como motor de la historia. En una situación revolucionaria, la organización anarquista debe proponer una orientación «en todos los ámbitos de la revolución social: [el de] la nueva producción, el de la guerra civil y la defensa de la revolución, el del consumo, el de la cuestión agraria, etc. Sobre todas estas cuestiones y sobre muchas otras, la masa exige de los anarquistas una respuesta clara y precisa.» El objetivo es «vincular la solución de estos problemas a la concepción general del comunismo libertario.»

II. La «parte constructiva» propone precisamente un proyecto de sociedad transitoria. La producción industrial deberá seguir el modelo de los sóviets federados. En cuanto al consumo y la cuestión agraria, la Plataforma se distancia del «comunismo de guerra» de Lenin, que consistía en despojar al campo para alimentar las ciudades: «serán los campesinos revolucionarios quienes establecerán [...] la explotación y el usufructo de la tierra. No es posible ninguna presión externa en esta cuestión.» La Revolución Española, diez años después, aportará respuestas prácticas a esta cuestión sobre la que la Plataforma se muestra prudente. En cuanto a la defensa de la revolución, el modelo es –sin que se la mencione– el de la Makhnovschtchina: «carácter de clase del ejército», «voluntariado», «libre disciplina», «sumisión completa del ejército revolucionario a las masas obreras y campesinas». Lo que también se encontrará en las milicias libertarias del verano de 1936.

III. Por último, la «parte organizativa» enumera cuatro «principios fundamentales» para una organización anarquista:

  1. La «unidad teórica»: para una ruptura con el aspecto «rompecabezas» de la UAC, que debe definirse claramente como comunista libertaria.

  2. La «unidad táctica»: para que los militantes actúen de común acuerdo, no de forma dispersa ni contradictoria.

  3. La «responsabilidad colectiva» es un llamamiento a la autodisciplina y a una ruptura con el consumismo militante.

  4. Con el «federalismo», una instancia federal, sujeta al mandato imperativo, debe velar por la aplicación de las decisiones del congreso.

NOTAS

[1] David Berry, A History of the French Anarchist Movement 1917-1945.

[2] Le Libertaire, 19 novembre 1927.

[3] «  Bolchevisation de l’anarchisme  », Le Libertaire, 10 février 1927.

[4] «  Les dilettantes à l’assaut de la “plate-forme”  », Le Libertaire, 25 mars 1927.

[5] Le fait que Voline soit le traducteur de la Plateforme en même temps que son principal détracteur a semé le trouble à l’époque. Il fut accusé de traduction déloyale, pour donner au texte une tournure autoritaire. Dans son étude de 1987, Alexandre Skirda, russophone, atteste que la traduction de Voline était effectivement tendancieuse.

[6] Cité dans Alexandre Skirda, Autonomie individuelle et force collective, 1987.

[7] Gaetano Manfredonia, «  Le Débat Plateforme/Synthèse  », Itinéraire n° 13.

[8] Sébastien Faure, La Synthèse anarchiste, 1928.

[9] «  Anarchist communism in Britain, 1870-1991  », Organise  ! no 42, printemps 1996.

[10] René Berthier, «  À propos des 80 ans de la Révolution russe  », Le Monde libertaire, 18 décembre 1997.

 

     

    Enlaces relacionados / Fuente: 
    https://www.unioncommunistelibertaire.org/?1926-La-Plateforme-aux-origines-de-l-anarchisme-organise

    lunes, 2 de febrero de 2026

    El final de Israel.

                                                                         



     Ilan Pappé: «Israel ya ha sellado su destino». 


    Entrevista a Ilan Pappé 


    01/02/2026


     «El Estado judío no es una democracia, sino un régimen de apartheid. El mundo dirá basta algún día, tal como ocurrió con Sudáfrica. Netanyahu sueña con otra Esparta. No se puede seguir así». El historiador israelí predice a The Post Internazionale (TPI) el derrumbe del sionismo y su visión de la paz: «El derrumbe se producirá desde dentro. La élite económica y cultural ya está abandonando el país, sin ella será difícil que todo funcione. ¿El futuro? Es necesario volver al mosaico étnico y cultural regional anterior, dentro de una estructura política flexible».

    Ilan Pappé está convencido de ello: para Israel ha comenzado el principio del fin. «No sé exactamente cómo, pero llegará el momento en que los gobiernos del resto del mundo digan también que ya han tenido suficiente, tal como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica», predice el historiador israelí en su entrevista con Andrea Lanzetta para TPI. Esta «descolonización» del Estado judío, tal como la define Pappé en su nuevo libro, «El final de Israel» [Akal, 2026], ni siquiera precisará de una guerra, sino de un «proceso largo y, por desgracia, doloroso», el cual, sin embargo, ya ha comenzado. El análisis del historiador israelí parte de la fractura, que nunca se ha soldado, ni siquiera tras el trauma del 7 de octubre y las matanzas de Gaza, entre dos entidades sionistas diferentes: el «Estado de Judea» y el «Estado de Israel». Si la primera se describe como el frente extremista de derecha, religioso y con rasgos mesiánicos aliado del primer ministro Benjamin Netanyahu, la otra sigue anclada en los valores liberales y laicos de la fundación y, a menudo, se alinea con la oposición. Sin embargo, ambos, aunque se disputan no sólo el poder, sino también el alma del Estado judío, seguirían unidos por el apoyo a un sistema que niega a los palestinos sus derechos civiles y humanos. Este único denominador común y la fractura entre los dos bandos opuestos contribuyen a la polarización política en Israel y acabarán, nos explica Pappé, determinando su fin. Un epílogo que, según el historiador, abrirá nuevas oportunidades para la paz.

    Profesor Pappé, ¿ha llegado por fin el fatídico «día después» en Palestina?

    En este momento estamos asistiendo al «día después de Trump» o al «día después de Qatar», cuando lo que necesitábamos era un «día después palestino». Sólo si realmente se basara éste en la justicia, la igualdad y la democracia, podría haber contribuido a galvanizar el apoyo regional e internacional a la paz y funcionar de verdad.

    Empecemos por Israel, el único Estado democrático de la región. ¿La democracia de quién?

    Una de las mayores invenciones del sionismo es que Israel es una democracia. Es cierto que no hay democracias en Oriente Medio, pero Israel tampoco es una democracia.

    ¿Por qué?

    Yo enseño ciencias políticas y si alguno de mis alumnos me presentara un ensayo en el que llegara a la conclusión de que Israel es una democracia, lo suspendería. No desde un punto de vista ideológico o por puro espíritu polémico, sino porque nada demuestra esa tesis.

    Los árabes israelíes, por ejemplo, pueden votar y ser elegidos para el Parlamento

    El hecho de que en Israel algunos ciudadanos palestinos puedan votar o ser elegidos no es en sí mismo una prueba de que se trate de una democracia. En su día, en Rumanía se podía votar en las elecciones y, por eso, Ceaușescu la definía como una república democrática. Pero hay que examinar detenidamente la situación y reconocer que Israel es un régimen de apartheid que no garantiza la igualdad de derechos a las personas no judías. No hay un solo habitante palestino, ya sea de la Cisjordania ocupada o de la Franja de Gaza sitiada, que pueda decir que ha vivido desde 1948en una democracia. Un Estado que ocupa el territorio en el que viven millones de personas desde hace más de 58 años [desde 1967, nde (nota del editor)] no es una democracia. Un Estado que, por ley, considera a los no judíos como ciudadanos de segunda clase no puede ser una democracia. Antes lo era para los ciudadanos judíos, pero ahora tenemos que esperar y ver cómo evoluciona la lucha entre lo que yo llamo el «Estado de Judea» y el «Estado de Israel».

    Gil Troy, historiador sionista de derechas, nos los describió como «dos «tribus» que se enfrentaron por la reforma judicial», pero que luego «dejaron de lado sus diferencias para salvar a Israel después del 7 de octubre». Dos años después, ¿quién ha ganado de las dos?

    No estoy de acuerdo con Troy en que los contendientes hayan dejado de lado sus diferencias, sino todo lo contrario. Y tampoco creo que la lucha haya terminado debido a la guerra. La gran sorpresa es precisamente que, a pesar del trauma del 7 de octubre y del conflicto, la contienda haya continuado, a veces incluso de forma muy violenta. Tomemos el caso de los rehenes: el «Estado de Judea» [la extrema derecha religiosa, nde] pensaba que la mayoría de ellos pertenecía al «Estado de Israel» [el segmento liberal y laico de la sociedad israelí, nde] y no mostraba gran interés por su suerte, oponiéndose hasta el final a cualquier plan de intercambio con los presos políticos [palestinos, nde]. No sé si en Italia se entendió, porque el debate se desarrolló principalmente en hebreo, pero en estos dos años se han dicho cosas terribles sobre las familias de los rehenes. Por lo tanto, la fractura sigue siendo muy profunda.

    ¿Prevé una reconciliación?

    No, al contrario. Esta división seguirá profundizándose y empeorará aún más. De hecho, con el alivio de la tensión bélica, se hará aún más evidente. El enfrentamiento seguirá en el ámbito del sistema judicial porque el «Estado de Judea» ya domina la política, los aparatos de seguridad y el ejército.

    ¿Cómo terminará todo esto?

    No creo que el «Estado de Israel» tenga ninguna posibilidad. Creo que el «Estado de Judea» podría acabar engulléndolo, y que entonces el mundo tendrá que aceptar esta realidad, olvidando lo que sabía del antiguo Israel, con el que era más fácil tratar porque, al menos en su momento, respetaba ciertos valores de liberalismo, universalismo y, sobre todo, socialismo. Pero todo esto acabará desapareciendo.

    ¿Con qué resultado?

    Israel se está convirtiendo en un régimen cada vez más teocrático, racista y religioso. Muchas personas que se consideran laicas y progresistas se marcharán en el futuro y muchas ya se han marchado. Ya está ocurriendo.

    ¿A qué conducirá esta especie de «revolución» demográfica?

    Creará las condiciones para el auge de lo que yo llamo el «Estado de Judea», el cual, me temo, se mostrará especialmente feroz y brutal con los palestinos y aún más agresivo con los Estados árabes vecinos. Pero es solo una primera fase: las consecuencias de todo esto darán lugar a otra.

    ¿Cuál?

    Esta situación no podrá durar mucho tiempo y entonces surgirán nuevas y diferentes oportunidades. Pero no mientras el «Estado de Judea», como yo lo llamo, se mantenga en el poder, sino solamente cuando éste se derrumbe, y no creo que sea capaz de mantenerse durante mucho tiempo.

    ¿Por qué?

    El hecho es que la élite cultural y económica ya está abandonando el país. Sin estas personas, será muy difícil que el Estado, tal y como lo conocemos, siga funcionando. En segundo lugar, este Estado acabará aislado. Ahora está aislado de la sociedad civil, pero creo que, hasta por razones cínicas, los gobiernos y los políticos acabarán siguiendo a sus respectivas sociedades, tanto en el mundo árabe como en el resto de la comunidad internacional. Un Estado así no tiene ninguna posibilidad ni opción de seguir funcionando. Proseguirá, sin duda, fabricando armas y resulta extremadamente cínico por parte de las industrias militares seguir comerciando con una entidad así. Pero si miramos la historia, esto no es, desde luego, suficiente para sostener un Estado.

    Israel ha ganado todas las guerras, pero nunca ha alcanzado la paz

    Benjamin Netanyahu ha anunciado, como si fuera una noticia positiva, que Israel será una nueva Esparta, pero debería aprender historia. Sin embargo, estoy de acuerdo en que, como una especie de Prusia, está tratando de convertirse en ello. En lugar de un Estado, está tratando de ser un ejército con un Estado. Y esto puede continuar, pero solo por algún tiempo.

    ¿Cuándo y cómo debería producirse este derrumbe?

    No sé exactamente cómo sucederá, pero imagino que ocurrirá en el momento en que los gobiernos del mundo digan que ya han tenido suficiente, como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica, o cuando los Estados árabes vecinos se sientan obligados a escuchar a sus pueblos. No estoy diciendo que deban ir a la guerra: bastará con que planteen la hipótesis de recurrir a la fuerza si Israel continúa así. Todo esto puede provocar un derrumbe desde dentro».

    ¿Cómo se lo imagina?

    No pienso en la típica caída de un régimen colonial, con un ejército de liberación que entra en la capital y expulsa a los antiguos amos franceses o ingleses. Creo que asistiremos a un proceso muy diferente y, por desgracia, mucho más largo y doloroso. En lugar de una ocupación palestina de Israel, se producirá un derrumbe interno. Pero creo que esto creará una nueva oportunidad.

    ¿Qué pasará entonces?

    Sólo estoy seguro, tal como escribo en mi libro, de que llegará ese momento, pero no estoy nada seguro de que los palestinos sean capaces de llenar el vacío con un plan claro, no sólo de descolonización, sino también de postcolonialismo. Por ahora no lo tienen, pero espero que lo tengan algún día. Soy bastante optimista, pero necesitan un proyecto claro para lo que el mundo llama hoy en día cínicamente «el día después».

    La diáspora judía, tal como destaca en su libro, también podría desempeñar un papel en este proceso, especialmente en Estados Unidos. Pero, ¿cuál?

    Me ha inspirado y animado mucho la joven generación de judíos de Norteamérica. Es evidente que, a diferencia de sus padres, no creen que para identificarse como judíos norteamericanos haya que mostrar lealtad a Israel. Se puede identificar uno con su judaísmo sin ser practicante, sin profesar el sionismo. Además, para algunos, la salida del sionismo pasa también por el compromiso con el movimiento de solidaridad con los palestinos. Por lo tanto, espero que desempeñen un papel importante a la hora de enviar un mensaje a Israel: «No habléis en nombre del pueblo judío». Imaginemos lo que pasaría si muchos judíos del mundo afirmaran que Israel no es un Estado judío.

    ¿Qué pasaría?

    Tomemos, por ejemplo, un país como Alemania, que basa toda su política proisraelí en el hecho de haberse comprometido con el pueblo judío. Una postura comprensible, teniendo en cuenta lo que hicieron [en la Segunda Guerra Mundial, nde]. Pero, ¿qué pasaría si los judíos —en gran número y no solo a través de algunas voces marginales, sino respaldados por figuras destacadas— le dijeran a Alemania: «Esto no es un Estado judío. Si se sienten responsables de los judíos del mundo, ayúdennos mejor en los Estados Unidos o aquí en Alemania». Imaginen lo que pasaría si los judíos del mundo empezasen a decir: «Lo que vemos no es un Estado judío, sino algo que, a nuestros ojos, es contrario a los valores del judaísmo».

    ¿Qué debería hacer el resto del mundo?

    En primer lugar, creo que es necesario reconocer que Palestina forma parte del mundo árabe. El sionismo ha logrado convencer a todo el mundo de que Palestina no existe en el mundo árabe, sino sólo [en las protestas, nde] en Europa. Sin embargo, cuando se comprende que se trata de una realidad geográfica y no ideológica, Palestina pasa a formar parte de los problemas del mundo árabe y también de sus soluciones. Además, se descubre, como he escrito también en el libro, que el Líbano, Siria y Jordania tienen problemas similares a los de Palestina.

    Usted habla de un futuro «postsionista». ¿Nos lo puede describir?

    Después de la Primera Guerra Mundial, las potencias coloniales obligaron, en cierto modo, a un mosaico de diferentes grupos a construir Estados-nación siguiendo el modelo europeo. Un sistema que, como resulta evidente, no funciona del todo en esta región. Yo imagino más bien un retorno al mosaico anterior, obviamente sin una resurrección irrealista del Imperio Otomano, sino dentro de una estructura política muy flexible. No sé si se tratará de construir algo similar a la Unión Europea o una especie de Unión Árabe del Mediterráneo Oriental. Dejaría que fueran los propios pueblos los que decidieran. Sin embargo, tendrá que ser algo que permita a los distintos grupos, si así lo desean, mantener su identidad étnica y cultural, pero no a expensas de otros. Y, desde luego, sin el control de otro Estado. Este es el tipo de ideas que escucho de muchos jóvenes en Irak, Líbano, Siria y Jordania.

    ¿Qué pasaría entonces con Israel y sus casi diez millones de habitantes?

    Los judíos de lo que hoy es Israel también podrían formar uno de estos grupos, pero no un pueblo separado que goce de privilegios excepcionales. Sin un desarrollo de este tipo, corremos el riesgo de que en el Líbano u otros países vecinos se repita lo que ha ocurrido en Siria en los últimos doce años. Creo que es la única manera de encontrar una salida a los graves problemas que asolan esta parte del mundo.

    ------------------------

    lan Pappé  historiador y politólogo israelí, es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Estudios Internacionales de la Universidad de Exeter (Reino Unido), director del Centro Europeo de Estudios sobre Palestina y codirector del Centro de Estudios Etnopolíticos de Exeter.

    Fuente:

    The Post Internazionale, 23 de enero de 2026

     

    Traducción:Lucas Antón

    domingo, 1 de febrero de 2026

    La fabricación del " numero de muertos" en las protestas en Irán .

     

    Las protestas en Irán y el juego sucio de las cifras: la fabricación del ‘número de muertos’


     



    Robert Inlakesh



     31/01/2026 | 

    El ecosistema financiado por Estados Unidos de «grupos de derechos humanos» iraníes, agentes israelíes y activistas monárquicos se ha convertido en una puerta giratoria de estadísticas no verificables y de una propaganda atroz.

    Desde que la República Islámica de Irán impuso un apagón nacional de Internet para reprimir lo que calificó de disturbios respaldados por inteligencia extranjera y una insurgencia terrorista, las cifras de muertos y heridos no verificables se han difundido rápidamente.

    Estas afirmaciones –ninguna de las cuales aporta pruebas creíbles– siguen circulando de forma coordinada, amplificadas tanto por los medios de oposición iraníes como por la prensa occidental dominante.

    En medio de la oleada de cobertura occidental sobre las protestas iraníes, una ONG con sede en Toronto emitió una escandalosa afirmación: Irán había matado a 43.000 manifestantes y herido a otros 350.000. El grupo responsable de la cifra, el Centro Internacional de Derechos Humanos (CIDH) no ofreció imágenes, ni datos forenses ni pruebas verificables de forma independiente. Sin embargo, esta estadística —publicada en blog de 900 palabras— fue catapultada al debate público por el comediante británico-iraní y simpatizante de la oposición, Omid Djalili, quien la publicó en la parte superior de su perfil X.

    Tal como se pretendía, la afirmación se viralizó. Lo mismo ocurrió con cifras de muertos similares o incluso más extremas. Influencers monárquicos las repitieron en redes sociales, medios de la oposición como Iran International las reciclaron y finalmente las introdujeron en la cobertura mediática corporativa occidental. Las cifras variaban enormemente —de 5.848 a 80.000 muertos— y carecían incluso de fundamento. Pero todas tenían un claro propósito político: justificar un cambio de régimen en la República Islámica.

    Las fachadas de la CIA haciéndose pasar por grupos de derechos humanos

    La estimación más baja de muertes en las protestas en Irán —5.848 personas— provino del grupo estadounidense Activistas de Derechos Humanos en Irán (HRAI), que admite que aún está investigando 17.000 casos adicionales. HRAI no es un árbitro independiente. En 2021, se asoció con la Fundación Nacional para la Democracia (NED), una herramienta estadounidense de poder blando creada durante el gobierno del expresidente Ronald Reagan para continuar el trabajo de la CIA bajo la cobertura de ONG.

    Otra fuente frecuente de información sobre las cifras de muertos en Irán es el Centro Abdorrahman Boroumand para los Derechos Humanos en Irán, también financiado por la NED. Uno de sus miembros es Francis Fukuyama, firmante del infame proyecto neoconservador para la «Guerra contra el Terror», el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC).

    También está United Against Nuclear Iran (UANI), que  afirmó que 12.000 iraníes murieron en las últimas protestas. Este grupo de presión, que presionó con éxito al Foro Económico Mundial (FEM) para que desinvitara al ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, cuenta entre sus filas con el exjefe del Mossad, Meir Dagan; el actual secretario de Guerra de EE. UU., Pete Hegseth; y Dennis Ross, del grupo de expertos WINEP del lobby israelí.

    Estas entidades alimentan una puerta giratoria de narrativas, todas diseñadas para deslegitimar a la República Islámica, descontextualizar el malestar interno y dar luz verde a la intromisión extranjera.

    Máquinas de indignación y agitadores de guerra respaldados por Israel

    La CIDH, el grupo responsable de la afirmación de las 43.000 muertes, tiene su sede en Canadá y se centra casi exclusivamente en Irán. Celebra abiertamente los asesinatos israelíes de líderes de la resistencia, como el difunto secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah, y elogia la creciente amistad entre Israel y la oposición iraní. Su director ejecutivo, Ardeshir Zarezadeh, ha publicado fotos suyas posando con banderas israelíes y monárquicas mientras brinda con vino.

    La organización también emplea un lenguaje extremadamente sesgado políticamente, como etiquetar al gobierno iraní como “ el régimen criminal que ocupa Irán” en comunicados de prensa oficiales.

    A pesar de su grandilocuencia, el informe de la CIDH no ofrece ninguna prueba. Se basa en un «análisis comparativo de investigación» no verificable y con fuentes anónimas, y afirma falsamente que el 95 % de los asesinatos ocurrieron en tan solo dos días. No hay imágenes que se acerquen a las cifras que alega.

    Mientras tanto, el Centro de Documentación de Derechos Humanos de Irán (IHRDC), otra organización financiada por el Departamento de Estado de EE. UU., promovió en una ocasión la extraña afirmación de que un manifestante fingió su muerte y se escondió en una bolsa para cadáveres durante tres días. Incluso el IHRDC admitió no poder verificar la historia, pero el medio de oposición Iran International la difundió de todos modos, omitiendo que se trataba de una ficción.

    Activistas de extrema derecha en Occidente, como  Tommy Robinson, e influencers monárquicos han difundido historias aún más descabelladas, incluyendo la acusación de que las fuerzas de seguridad iraníes asfixian a manifestantes metiéndolos vivos en bolsas para cadáveres. No se necesitan pruebas. Solo una nota de voz anónima.

    El gobierno estadounidense tambien ha consultado al IHRDC para orientarles en su política de sanciones, incluyendo la creación de una lista negra de ciudadanos iraníes. Su director ejecutivo, Shahin Milani publicó recientemente en X las propuestas del presidente estadounidense Donald Trump advirtiendo que si los manifestantes no respaldan de manera abrumadora el apoyo estadounidense para debilitar a las fuerzas armadas del régimen, constituirían la mayor traición de Occidente a los iraníes.

    Esto es parte de una  estrategia estadounidense más amplia mediante la cual Washington ha financiado a docenas de ONG centradas exclusivamente en Irán, desde organizaciones de derechos de las mujeres hasta grupos de defensa de minorías étnicas, todas ellas encargadas de alimentar la arquitectura narrativa de la necesidad de un cambio de régimen.

    Fabricando atrocidades, blanqueando mentiras

    El flujo de propaganda va desde influencers en línea hasta medios occidentales. Por ejemplo, la activista online Sana Ebrahimi  afirmó que 80.000 manifestantes habían sido asesinados, citando únicamente a un amigo «en contacto con fuentes dentro del gobierno». Su publicación obtuvo más de 370.000 visitas.

    Poco después, la emisora ​​de radio británica LBC News  citó  a un activista iraní de derechos humanos llamado Paul Smith, quien elevó la cifra de muertos a entre 45.000 y 80.000. Resulta que Smith es un activista pro cambio de régimen en redes sociales que apoya la intervención militar estadounidense en Irán.

    En octubre de 2025, el diario israelí Haaretz expuso cómo Tel Aviv financia granjas de bots de habla farsi para promover a Reza Pahlavi, el hijo exiliado del exmonarca iraní, y difundir propaganda antigubernamental. Estos mismos bots contribuyeron a inflar las narrativas de protesta en Irán en 2022. Se trata de una  campaña de guerra digital camuflada en la indignación popular.

    La revista Time afirmó que  30.000 iraníes habían muerto, citando a dos funcionarios anónimos del Ministerio de Salud. Iran International superó esa cifra, citando sus propias fuentes no verificables para  afirmar más de 36.000 muertes.

    Solo Amnistía Internacional, a pesar de su postura hostil hacia Teherán, se abstuvo de especificar una cifra, limitándose a afirmar que habían muerto «miles«. Esta estimación coincide aproximadamente con las cifras de Teherán: la Fundación Iraní para Asuntos de Mártires y Veteranos informa de 3117 muertes, incluidas 2427 civiles y personal de seguridad.

    Cuando las mentiras se convierten en casus belli

    Existen numerosas críticas legítimas al Estado iraní. Pero lo que presenciamos ahora es una ofensiva de desinformación coordinada impulsada por redes respaldadas por Washington, los brazos propagandísticos de Tel Aviv, monárquicos y otros opositores en el exilio, y la prensa corporativa complaciente. 

    Las grotescas cifras de muertos y las historias fantasma de atrocidades que circulan siguen un clásico manual imperial: los bebés falsos de incubación en Kuwait en 1990, las falsas afirmaciones sobre armas de destrucción masiva en Irak en 2003, el inventado «genocidio» libio en 2011 y las interminables mentiras sobre armas químicas en Siria. En cada ocasión, el propósito fue el mismo: crear un «casus belli».

    Las personas que murieron en las protestas en Irán se han convertido en elementos de otra guerra narrativa apoyada desde el extranjero, sentando las bases para una intervención selectiva disfrazada de preocupación humanitaria.

    Fuente: https://thecradle.co/articles/irans-protests-and-the-dirty-numbers-game-the-manufactured-death-toll..

    Traducido del inglés por Marwan Pérez para Rebelión

    Las protestas en Irán y el juego sucio de las cifras: la fabricación del ‘número de muertos’ – Rebelion

     Nota del  blog .-A  esto se  agregó The Guardian , en realidad copiando pero con variaciones las mentiras de  Times ..Más de 30.000 muertos en Irán, dicen altos funcionarios | HORA.. y  en España  publicado en el Diario.es  Cuerpos desaparecidos y entierros masivos: cuál es el balance real de muertos en las protestas en Irán.

    La revista Time alegó que Irán asesinó a 30 000 manifestantes en solo dos días, una falacia basada en una fuente vinculada al exiliado hijo del depuesto rey iraní.

    Basándose en la afirmación de una única fuente muy cuestionable, un artículo de la revista TIME alega, sin prueba alguna, que el Gobierno iraní mató a 30 000 personas los días 8 y 9 de enero. Según la fuente, los datos se sustentan en declaraciones de “dos altos funcionarios del Ministerio de Salud del país”, aunque TIME reconoce que “no ha podido verificar la información de manera independiente”.

    La única fuente identificada para esta falacia es un cirujano oftalmólogo germano-iraní, identificado como Amir Parasta, quien aseguró que el “recuento subrepticio de muertes registrado por los hospitales ascendía a 30 304 hasta el viernes (el 9 de enero)”.

    Esto mientras la Fundación para Asuntos de Mártires y Veteranos de Irán declaró que unas 3117 personas perdieron la vida; 2427 eran civiles y fuerzas de seguridad del país, mientras que otras 690 eran terroristas.

    Aparentemente, Parasta fue el responsable de que el informe fuera publicado en TIME, dado que compartió el reporte en Instagram y lo calificó de “nuestro informe”. El aludido hombre ha sido citado como una fuente autorizada sobre el número de manifestantes iraníes fallecidos en otros medios como DW, New York Post, Haaretz y The Times of London.

    Sin embargo, un examen más detallado de Parasta revela que no se trata de un médico con probidad en el ejercicio de su labor, sino de un lobbista del hijo del último monarca de Irán, Reza Pahlavi, respaldado por Israel, así como de una operación estadounidense-israelí orientada a un cambio de gobierno en el país.

    Parasta trabaja como “asesor en materia especializada” en la llamada Unión Nacional para la Democracia en Irán (NUFDI, por sus siglas en inglés), un grupo de lobby a favor del referido títere, apoyado por Israel y Estados Unidos, Reza Pahlavi.

    Como mínimo The Guardian debía  de mencionar  la explicaciones del gobierno iraní .

    Irán ha calificado de pura “mentira” al estilo del líder de Alemania Nazi Adolf Hitler un informe de Time que cifra en unos 30 000 los asesinados durante recientes disturbios en el país.

    “Una GRAN MENTIRA al estilo Hitler”, ha escrito este domingo el portavoz de la Cancillería iraní, Esmail Baqai, en X, anexando una publicación de Open Source Intel en la que citó un informe de Time, que acusaba a las autoridades iraníes de matar a unos 30 000 manifestantes durante las protestas violentas acaecidas el 8 y 9 de enero en todo Irán.

    El  portavoz de la Diplomacia  iraní ha recordado el apoyo de actores externos hostiles a actos violentos ocurridos en Irán a principios de este mes, afirmando que esta cifra podría ser “el número de personas que planeaban matar en las calles de Irán”.

    Ha destacado que ese complot fracasó y señalado que los organizadores de disturbios “ahora intentan falsificarlo en los medios. ¡Una auténtica barbaridad!”.

    A finales del mes pasado, las dificultades económicas, causadas y exacerbadas por años de sanciones occidentales, desencadenaron una ola de protestas pacíficas entre comerciantes en Teherán y otras ciudades, las cuales se tornaron violentas debido al apoyo político y armamentístico de Estados Unidos e Israel  protestas  violentas  destrozaron  propiedad pública y asesinaron a cientos de civiles y fuerzas del orden .

    Las autoridades iraníes han contabilizado más de 3117 muertos, entre ellos 2427 son civiles y fuerzas de seguridad, y el resto son terroristas y agitadores.

    O  sea que esta información  ya había salido en Times   y ahora The Guardian la repite   y retoca  con método de    storytelling con  informaciones  que  llama propias    y anónimas

    Que   The Guardian se  añada  a esas manipulaciones  demuestra bien claro  la basura   desinformativa  en que se ha convertido..

    Las campañas de desinformación divulgan muertes falsas para desacreditar a Irán, mientras las mentiras buscan sembrar caos y manipular la opinión publica internacional.

    Uno de los varios casos más claros es el de una joven iraní que fue presentada falsamente como asesinada durante los disturbios. Tras recuperar el acceso a internet, la propia joven desmintió públicamente estas noticias.

    La chica, que se llama Mobina Beheshti, asegura que le sorprende “quién ha hecho estas cosas y por qué las hacen”, cuando la persona está “a salvo”. “¿Por qué deberían difundirse fotos de mi muerte?”

    Este episodio no es un hecho aislado. Medios  como Iran International y Manoto, junto con cuentas vinculadas al régimen israelí, han desempeñado un papel central en la amplificación de cifras exageradas, imágenes falsas y narrativas fabricadas para presentar una imagen distorsionada de la realidad en Irán. 

    Esto no es el único caso. Una joven israelí se sorprendió al ver cómo la televisión del régimen la presenta como supuesta víctima de recientes sucesos en Irán para acusar al país persa de matarla. La joven llamada Noya Zion publicó el domingo un vídeo en la plataforma TikTok en el que se ve una foto suya en una emisión del Channel 12 de Israel difundido para expandir falsos informes de muertes en Irán.

    En otro caso, la actriz turca Tuba Büyüküstün también fue declarada falsamente asesinada. Cuentas vinculadas a Israel circularon imágenes de “víctimas de protestas” sin pruebas. Esto es parte de una campaña mediática anti-Irán más amplia de Occidente, Israel y medios hostiles, usando información errónea para demonizar a Irán.

    El Secretario del Tesoro en Estados Unidos, Scott Bessent, lo expuso de forma muy clara y explícita en Davos, casi de forma caricaturesca. El entrevistador le pregunta: «¿Qué quiere decir sobre las sanciones?. ¿Qué planea con respecto a Irán y su impacto allí? Bessent respondió : «Bueno, si miran un discurso que di en el Club Económico de Nueva York en marzo pasado, dije que creía que la moneda iraní estaba al borde del colapso. Que si yo fuera ciudadano iraní, retiraría mi dinero. El presidente Trump ordenó al Tesoro y a nuestra Oficina de Control de Activos Extranjeros, que ejercieran la máxima presión sobre Irán , y funcionó porque en diciembre su economía colapsó. El banco central comenzó a imprimir dinero. Hay escasez de dólares… Y por eso la gente salió a las calles. Así que esto es arte de gobernar económicamente. No hubo disparos y las cosas se están moviendo de manera muy positiva para nosotros” . Es una declaración escandalosa . Tan escandalosa que el New York Times no se atrevió a informarla. El Washington Post no se atrevió a informarla. Porque lo que Bessent explica es que Estados Unidos ha utilizado sus recursos financieros para derrocar al gobierno, sacar a la gente a las calles y provocar disturbios masivos. Pero ese método de cambio de régimen no ha funcionado. De ahí las amenazas de Trump  de atacar a Irán de nuevo si no negocia  , cuando en el anterior ataque estaban  negociando cuando bombardearon  apoyando a Israel que lo hizo para romper las negociaciones como  había hecho   ya lo mismo con las negociaciones con Hamas en Qatar , un importante aliado de EE.UU. y mediador clave en las conversaciones para un alto el fuego en Gaza..