jueves, 23 de julio de 2026

El capitalismo y los comunes.

Entrevista al historiador marxista estadounidense Peter Linebaugh

El capitalismo se construyó sobre las ruinas de los comunes

   

 El principal producto de la Revolución Industrial no fueron las mercancías, sino una nueva clase social que no poseía nada más que su propia fuerza de trabajo para sobrevivir. El historiador Peter Linebaugh analiza el origen de la clase trabajadora a través del violento cercamiento de las tierras comunales de las que antes dependía.

En la Inglaterra precapitalista, una persona podía recoger leña del bosque, pastar el ganado en los pastizales comunales o espigar en los campos después de la cosecha para recoger lo que dejaban atrás los segadores. Estos usos de la tierra son difíciles de imaginar desde la perspectiva actual, en la que nuestros movimientos están limitados por la propiedad privada. Pero hasta principios del siglo XIX, eran derechos consuetudinarios para muchos, integrados en el tejido de la vida cotidiana.

Su destrucción y criminalización mediante el proceso de cercamientos fue condición para el surgimiento del capitalismo. De hecho, el propósito de la Revolución Industrial fue crear una nueva clase de trabajadores, despojados de todo medio de subsistencia, lo cual solo fue posible mediante el cercamiento de las tierras comunes.

Peter Linebaugh ha dedicado más de cinco décadas a rastrear esta historia, siguiendo la historia de estas tierras comunales y su destrucción a lo largo del mundo atlántico: desde los bosques de Renania que llevaron al joven Karl Marx a la economía política, hasta los astilleros de Londres donde las tomas consuetudinarias fueron rebautizadas como robo, pasando por las fábricas de Yorkshire, en las que los luditas destrozaron los telares industriales que eventualmente se convertirían en computadoras.

Discípulo de E. P. Thompson, Linebaugh es uno de los historiadores más destacados de la actualidad. Es autor de numerosos libros, como El manifiesto de la carta magna. comunes y libertades para el pueblo y Roja esfera ardiente. Junto con Marcus Rediker, es coautor del reconocido La hidra de la revolución: Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico, y actualmente está terminando un libro titulado Thanatocracy: Capital Punishment and the Punishment of Capital.

En conversación con Daniel Denvir, de Jacobin, Linebaugh recorre siglos y continentes para argumentar que las tierras comunes no son una curiosidad arcaica, sino el fundamento oculto de la vida moderna, y que su recuperación es inseparable de cualquier desafío serio al capitalismo.



El interés principal de tu trabajo académico es la historia de los bienes comunes. ¿Qué son los bienes comunes?

Me pides una definición como si fuera una sola cosa, pero es todo lo contrario: son muchas cosas a la vez. Lo que puedo decir, en primer lugar, es que involucran el principio de la mutualidad, o el compartir, y que su objetivo es la producción de lo necesario para la subsistencia, como comida, agua, refugio y ropa.

Pero quiero separar de inmediato la noción de los bienes comunes de los recursos naturales, como si solo se refiriera a las partes inanimadas de la creación. Por el contrario, la gestión de los bienes comunes es una actividad profundamente humana, que involucra una constante relación con los demás y con el mundo que nos rodea. Y esa relación comienza con el trabajo. La forma en que trabajamos juntos es la base de los bienes comunes. Y dado que el trabajo cambia dependiendo de con quién y con qué trabajamos, la definición de lo comunitario será diferente para el cazador, el agricultor, el zapatero y el ingeniero de software.

En Inglaterra, el cercamiento de las tierras comunales fue un requisito previo para la propiedad privada capitalista y la Revolución Industrial. ¿Cómo se utilizaban y gestionaban esas tierras antes de ser expropiadas?

Eran administradas por quienes hacían uso de ellas. Sin embargo, dentro de esa administración, permítanme introducir un elemento amargo. Las tierras comunales también eran conflictivas. Imaginen que van en un avión y quieren apoyar el codo en el reposabrazos, pero la persona a su lado también quiere hacerlo. ¿Cómo negocian eso? Por lo general, se negocia sin la intervención de un tercero, a menudo sin palabras.

Creo que esto nos ayuda a entender cómo funcionaba lo comunal. También es inherente un principio de reciprocidad. Tu franja del campo comunal no será la misma el año que viene que la del año pasado: siempre se rotará. En Cisjordania, Palestina, por ejemplo, la forma en que fluye el agua y las características del suelo variarán, por lo que la incorporación de algún sistema de rotación de parcelas es imprescindible.

No es un sueño, ni idealismo romántico. Estas tierras comunes de campesinos y artesanos de la Inglaterra medieval no existían en una utopía comunista; existían bajo el feudalismo y siguen existiendo en el mundo actual, bajo el capitalismo. Pero las nociones de compartir están profundamente arraigadas. Creo que forman parte de la esencia misma del ser humano. Y la familia es el centro en el que se aprenden y se enseñan por primera vez estas formas de compartir. Pocas familias se rigen por principios neoliberales. Las necesidades del niño son lo primero, no el intercambio.

El término «commons» se compone de dos raíces latinas: co, que significa «con», y munis, que significa «obligación» o «deber». Así que la noción de los bienes comunes tiene que ver con lo que nos debemos unos a otros, como un aspecto de la mutualidad, más que con lo que poseemos.

Los cercamientos en Inglaterra se dieron en dos grandes oleadas: la primera en el siglo XVI y la segunda en los siglos XVIII y XIX. ¿Quién se apoderó de las tierras comunales en el siglo XVI y por qué?

La expropiación masiva tuvo lugar en una época de gran expansión de Europa a través del Atlántico. Pongamos eso de inmediato sobre la mesa: estas dos cosas van de la mano, el cercamiento de tierras en casa y la conquista de tierras en el extranjero.

Esto ocurre al mismo tiempo que la Revuelta de los campesinos alemanes, al mismo tiempo que Enrique VIII comienza a matar a sus esposas, lo que acompaña a la disolución de los monasterios. En la década de 1530, el cercamiento de tierras por la fuerza produce una enorme población vagabunda. Ese es el origen del proletariado: personas errantes que han perdido todos sus medios de subsistencia.

Los cercamientos fueron recibidos con tremendos disturbios. En 1536 tuvo lugar la Peregrinación de la Gracia en el suroeste de Inglaterra. En 1549 se produjo la Rebelión de Kett, la mayor revuelta del siglo XVI en Inglaterra. El desorden de la dinastía Tudor tuvo como fundamentos el cercamiento y el consiguiente crecimiento del proletariado. Se aprobaron nuevas leyes sobre hurto y robo, y la forma de castigarlos era la horca. Solo bajo el reinado de Enrique VIII fueron ahorcadas setenta y cinco mil personas.

Entonces tenemos dos cuestiones clave: primero, el proceso de cercamientos fue de la mano de la conquista; segundo, fue profundamente violento. Si se combinan estas características, obtenemos el colonialismo de asentamiento.

Luego de la Rebelión de Kett, la Iglesia de Inglaterra publicó sus «Treinta y nueve artículos». Uno de ellos declaraba que «las riquezas y los bienes de los cristianos no son comunes». Otro, que los cristianos pueden dar muerte a los infractores. Así se establecieron la pena capital y la abolición de los bienes comunes; todos los ingleses tenían que jurar lealtad a estos principios para participar en la vida cívica. Sin embargo, lo que se encuentra en las cartas de Pablo es que los primeros cristianos tenían todas las cosas en común. Esa contradicción llega a su punto álgido con los levellers y los diggers [niveladores y cavadores] de la Revolución Inglesa de la década de 1640.

 ¿Qué papel desempeñaron los Diggers y los Levellers en la Guerra Civil Inglesa?

La Revolución Inglesa ocurrió al mismo tiempo que la fundación de las colonias de colonos de Massachusetts. Oliver Cromwell no habría podido derrotar al rey y a la Iglesia sin su Nuevo Ejército Modelo de plebeyos que tenían sus propias ideas (y que se amotinaban si no se les pagaba o si se les obligaba a servir en Irlanda). La exigencia de elegir a sus propios oficiales se convirtió en una parte clave de ese ejército y de sus victorias sobre el rey, la aristocracia y las fuerzas del feudalismo.

Los levellers eran muy activos dentro de las filas del ejército cromwelliano. Sus debates quedaron registrados, fueron descubiertos en la década de 1890 y se convirtieron en la base del socialismo alemán bajo Eduard Bernstein, así como en la base del movimiento del Partido Laborista inglés. Los levellers pedían la igualdad de las personas; un soldado dijo: «Porque, en verdad, señor, creo que un hombre que tiene una vida que dar es un inglés». Las mujeres también solicitaron ser incluidas en ese nuevo orden.

Pero tan pronto como le cortaron la cabeza al rey, Cromwell se volvió contra los levellers, los expulsó, los hizo correr desnudos por las calles y los envió a prisión. De esta persecución surgieron los cuáqueros (los antepasados de Thomas Paine). Gran parte de la historia radical se remonta a esta contrarrevolución contra los levellers.

Los diggers eran algo diferentes. Estaban en contra de la propiedad privada. Pensaban que era la maldición de su época. El líder de los diggers era Gerrard Winstanley, quien, en mi opinión, se encuentra a la altura de Thomas Paine como uno de los grandes demócratas y comunistas de la historia mundial. Se opuso a la ejecución de Carlos I porque se oponía a la pena capital. Pensaba que la vida era sagrada para todos. Estaba a favor de quitarles a los reyes sus coronas y sus tronos, pero no de matarlos.

Cromwell acabó con los levellers y los diggers al mismo tiempo que conquistó Jamaica y al mismo tiempo que comenzó a conquistar Irlanda. Los nuevos ricos se forraron de oro. Sus teóricos fueron Isaac Newton y John Locke, teóricos gemelos de la contrarrevolución, por mucho que nos cueste decirlo. A menudo solo nos enseñan cosas buenas sobre ellos, pero no solo trajeron dinero, sino también demografía, estadísticas y terror por todo el mundo.

¿Y la segunda ola de cercamientos, en los siglos XVIII y XIX? ¿Cómo remodeló el paisaje inglés?

Cuando hoy vuelas a Inglaterra y miras por la ventanilla del avión, ves setos. Esos setos son en gran parte una creación de las leyes de cercamiento. Parecen antiguos —la industria del patrimonio se ha construido en torno a ellos—, pero en realidad fueron límites de propiedad impuestos. Si los cruzas, estás invadiendo propiedad ajena.

El cercamiento se llevó a cabo parroquia por parroquia, a lo largo de 150 años, desde aproximadamente 1690 hasta 1840, con cientos de leyes de cercamiento para cientos de parroquias. Y las formas de resistencia fueron a veces peculiares. La principal forma de acción directa en Lincolnshire fue el fútbol; antes de que el campo tuviera sus límites, se podía correr por los campos abiertos y arrancar los setos de raíz para un partido de fútbol. Ahora todo el mundo juega al fútbol. Es uno de los regalos permanentes de la clase trabajadora inglesa al mundo, junto con la pausa para el té.

La gran victoria que obtuvieron los plebeyos a pesar de las leyes de cercamiento fue la creación de costumbres. Por ejemplo, recogían estovers —la leña necesaria para utilizar como combustible, reparar herramientas, construir viviendas, etc.— en los bosques, y si lograban establecer esto como una costumbre en una zona concreta, quedaban a salvo de ser procesados. La magnífica obra de E. P. Thompson, Costumbres en común, describe cómo estas costumbres formaban parte de un acuerdo de clase: las tierras fueron cercadas, pero algunas costumbres se mantuvieron.

Déjenme contarles sobre Mary Houghton. Después de que el general Charles Cornwallis fuera derrotado en Yorktown, regresó a sus fincas en Suffolk, interesado en cercarlas para ganar más dinero. Mary Houghton era la reina de los espigadores: llevaba a los niños y las mujeres del pueblo a los campos recién cosechados para recoger los restos (espigas, frutos) que quedan en el campo tras la recolección principal. Cornwallis la acusó de allanamiento, y los tribunales superiores fallaron a su favor al dictaminar que el derecho consuetudinario inglés no reconoce el derecho a espigar (a pesar de que la espiga forma parte del Libro de Rut, una de las formas más antiguas de subsistencia en la historia de la humanidad). La derrota de Cornwallis en Yorktown es una nimiedad al lado de esta otra victoria, mucho menos conocida, sobre Mary Houghton.

Así es que debemos ver las primeras fábricas como parte de este proceso de cercamientos, en un continuo. El sistema fabril y el cercamiento de los campos fueron impulsados a menudo por las mismas personas con el mismo propósito: el dinero, la especulación y la creación de un proletariado sin tierra, sin comida y sin zapatos. John Clare, el poeta, era un jornalero agrícola y no tenía zapatos. Karl Marx no fue el primero en ver o nombrar esto. Ya había sido visto y nombrado por quienes lo sufrieron.

La rebelión irlandesa fue aplastada en 1798, y la Ley de Unión, impuesta en 1801. En Escocia se despejaron las Tierras Altas. ¿Por qué fue tan fundamental el cercamiento masivo de los campesinos irlandeses y escoceses para la creación del Reino Unido?

Debemos sentir vergüenza cuando olvidamos de dónde venimos. Nuestros antepasados escoceses, nuestros antepasados ingleses, nuestros antepasados irlandeses, nuestros antepasados de África Occidental fueron expropiados de diferentes formas de bienes comunes, y esa expropiación tiene una historia.

La Inglaterra del siglo XVIII era solo una de varias potencias europeas interesadas en la esclavitud, la conquista y el imperio. España, Francia, los Países Bajos, Dinamarca, Suecia: todos necesitaban dominar los mares y formaron alianzas con Escocia o Irlanda. En 1745, las tropas francesas se unieron a los jacobitas escoceses para invadir Inglaterra.

Gran Bretaña se formó en 1707, y el Reino Unido no se formó hasta 1801, a costa de los montañeses escoceses y los irlandeses. A los derrotados les dicen «Están acabados. Ya no es posible la subsistencia. Lo que podemos ofrecerles es que se muden a la ciudad y trabajen todo el día bajo nuevas condiciones en las que no posean nada, o que se unan a la marina o al ejército», es decir, una muerte casi segura por tierra o por mar. Eso es lo que se les ofrece a los proletarios escoceses e irlandeses a cambio de la pérdida de su subsistencia común.

¿Cómo influyó el cercamiento en la colonización del continente americano?

Para mantener el colonialismo de asentamiento hay que impedir que los proletarios europeos que han perdido su subsistencia se unan a los pueblos indígenas americanos. Por eso la frontera es una línea de fuego: una zona de máxima violencia, de máxima tortura.

En 1626 hubo un episodio sorprendente: Thomas Morton, de Inglaterra, y sus compañeros celebraron el Primero de Mayo con los indígenas americanos en lo que hoy es Quincy, Massachusetts. Esta coalición arcoíris fue reprimida por invasiones desde Boston lideradas por los comandantes puritanos, quienes llegaron y derribaron el mayo. Ese es el mayo de Merry Mount. La supremacía blanca debe enseñarse y reforzarse continuamente. Se presenta bajo el nombre de «civilización» frente a «salvajismo», pero esto va en contra de la experiencia de quienes están realmente en el terreno.

Por cuestiones bastante prácticas, de subsistencia, a menudo se formaron alianzas entre los pueblos indígenas y los proletarios de Europa. El capitalismo siempre organizará sus instituciones para decir que su dominio es inevitable y eterno. Así que para decir que otro mundo es posible, se necesita cierto conocimiento de otros mundos.

Hacia el final de su vida, Marx estudió las prácticas comunitarias de los iroqueses basándose en el antropólogo Lewis Henry Morgan. Los Haudenosaunee —el Pueblo de la Casa Larga— vivían en común, cultivaban en común, cazaban en común. Pero los marineros tenían esta visión mucho antes que los antropólogos. De ahí es de donde Tomás Moro obtuvo en 1516 su conocimiento para Utopía: de marineros en Amberes que habían estado en Brasil y describían las prácticas indígenas de tener todas las cosas en común. 1516 es el momento mismo del nacimiento del capitalismo: apenas unos años después de Cristóbal Colón, un año antes de la Reforma protestante.

Identificas a cuatro «emprendedores del cercamiento»: el demógrafo Thomas Malthus, el utilitarista Jeremy Bentham, el agrónomo Arthur Young y el policía Patrick Colquhoun. ¿Cómo sentó cada uno de ellos las bases para el cercamiento?

Estos hombres formaban parte de la clase dominante, eran expertos en política que manejaban las palancas del poder y las redefinían. Malthus redefinió la demografía. Él conduce directamente a Garrett Hardin y la «tragedia de los comunes». En 1803, escribe que no todos están invitados a la mesa de la naturaleza: esa fue su frase para comprender, permitir y excusar el hambre.

Arthur Young recorrió Inglaterra condado por condado, describiendo los cercamientos en cada parroquia en nombre de las leyes de cercamiento. Creía que mejoraría la productividad, pero eso significó que miles de personas perdieran su arraigo en la tierra. Patrick Colquhoun era escocés y el fundador de la primera fuerza policial de Inglaterra (policía en tanto eran oficiales del Estado armados y uniformados). Dirigió el ataque contra los estibadores y marineros de Londres, cuya supuesta criminalidad se basaba en su costumbre de tomar beneficios de su trabajo. Entre 1798 y 1803, Colquhoun cercó los muelles con altos muros, de modo que las tomas consuetudinarias fueran criminalizadas.

Ese proceso de criminalización se extiende a todos los oficios. Un sastre se lleva la tela sobrante. Un marinero se lleva virutas. Un estibador se lleva restos. Un trabajador del tabaco se lleva sobras. Puedes repasar todos los oficios y ver cómo hay una transición durante este proceso de expropiación en la que el trabajador persiste en quedarse con algunos de los frutos de su trabajo, aunque según la nueva ley escrita eso sea un robo. Hay que buscar diccionarios antiguos, incluso especializados, para explicar estos términos. Mejor aún, hablar con los comerciantes de hoy para conocer la realidad.

Bentham es el utilitarista, que cree en el mayor bien para el mayor número. El panóptico surgió del cercado de los astilleros que organizó su hermano Samuel. La idea de un espacio de trabajo totalmente cerrado y vigilado surgió como una cuestión de lucha de clases.

Los cuatro estuvieron activos en torno a la Conspiración de Despard de 1802–1803 y se opusieron profundamente a las ideas de la Revolución Francesa de liberté, égalité, fraternité. Estos cuatro son los padres fundadores de la Revolución Industrial. Son los arquitectos de las estructuras del capital y el imperio.

La rebelión ludita de destrucción de máquinas estalló alrededor de 1811–1812 en las Midlands y Yorkshire. ¿Quiénes eran los luditas y qué hacían?

Los luditas eran destructores de máquinas, llamados así en honor al capitán Ned Ludd, una figura mítica. Intentaban preservar las formas de subsistencia y el control de los trabajadores sobre la calidad de los bienes producidos. Las máquinas llegaban con el propósito de disminuir sus ingresos, no de mejorar la vida o reducir las horas de trabajo.

La gente atacaba la fábrica por la noche, o a plena luz del día si la multitud era lo suficientemente grande, y destrozaba las máquinas con enormes mazos. Estos mazos eran fabricados por una empresa llamada Enoch. «Enoch los fabricará, Enoch los romperá» era uno de sus lemas.

Hoy en día, los luditas tienen una pésima reputación. Esa etiqueta es sinónimo de ignorancia, pero nada podría estar más lejos de la verdad. Estos artesanos elegían a uno de entre ellos para que leyera en voz alta a los demás, al igual que hicieron los trabajadores del tabaco en Tampa, Florida, cien años después. Algunos luditas estudiaban griego antiguo, realmente admirable. Y los luditas no son una realidad tan antigua. La computadora ya estaba imaginada en el telar del tejedor. El telar Jacquard se convierte en la base de la máquina de cálculo, la antecesora de la computadora. Así que hay una línea directa desde los luditas hasta hoy.

Lo que llamamos la Revolución Industrial fue en realidad la creación de la clase trabajadora. Se llevó a cabo para producir una nueva forma de trabajo, aburrido, repetitivo, que destruye el alma y arruina el cuerpo: el trabajo en la fábrica. A pesar del nombre, esta revolución estuvo lejos de sacar a relucir las cualidades laboriosas que el artesano admiraría, donde la industria significa ingenio y aplicación decidida. En cambio, sustituyó la laboriosidad por la repetición mecánica.

E. P. Thompson escribió en La formación de la clase obrera en Inglaterra que quería defender a los luditas de la «condescendencia de la posteridad». Hoy en día, el término sigue siendo generalmente peyorativo. ¿Qué opinas de que la gente esté empezando a reivindicar el ludismo como una forma de resistencia a los capitalistas tecnológicos?

Lo que yo piense tiene poca importancia. Lo que importa, lo que aprendimos de Thompson a priorizar, es qué piensan los trabajadores. ¿Qué piensan aquellos que están perdiendo sus empleos a causa de la IA? ¿Qué pensaban aquellos que perdieron sus empleos a causa de la máquina de vapor? Sus reflexiones eran extremadamente creativas. Las personas que desarrollaron y elogiaron ideas como el socialismo, el comunismo, el romanticismo, provenían de la clase trabajadora de la época.

Así que no se trata tanto de lo que tú o yo pensemos; se trata de lo que piensan los trabajadores de Amazon o de cualquiera de las corporaciones gigantes donde la mecanización está llegando para acelerar el trabajo, alargar las horas de trabajo y eliminar cualquier tipo de seguridad. Son los llamados trabajadores «gig», como los de Uber, donde los capitalistas despliegan la tecnología para ajustar el dominio del lugar de trabajo con un grado obsceno de exactitud.

A la hora de analizar el escenario americano, escribes «Sus cercamientos fueron la conquista de las tierras indígenas, y sus luditas fueron esclavos insurrectos». La destrucción de aperos agrícolas en las plantaciones americanas, argumentas, «pertenece a la historia del ludismo». Tu obra siempre conecta a pueblos y fuerzas aparentemente dispares. ¿Qué aclara ese método?

Cuando leí que los luditas estaban activos en 1811, al mismo tiempo que tiene lugar la mayor revuelta de esclavos en las Américas —en Luisiana, el puerto del algodón—, me pregunté qué conexiones podría haber habido entre un proceso y otro. No solo conexiones en el nivel de los capitalistas, sino sobre todo en el de los estibadores y marineros. Entre Luisiana y el West Riding de Yorkshire hay una enorme distancia geográfica y cultural. Pero esa distancia se puede superar, y se superó. Eso se convierte en la hipótesis para ver a los trabajadores como trabajadores dondequiera que estén.

Has estudiado durante mucho tiempo la pena capital en relación con la formación del capitalismo. ¿Cómo llegas a ver la relación entre crimen, castigo y cercamiento?

Mi comprensión del cercamiento de las tierras comunes fue precedida por mi estudio de aquellos que fueron ahorcados. Dejé los Estados Unidos y la Universidad de Columbia en 1965–66 y me fui a Inglaterra porque las ciudades de Estados Unidos estaban en revuelta. Los afroamericanos se rebelaban en una ciudad tras otra, y esto dio lugar a lo que yo consideraba un discurso falso sobre la violencia, un discurso falso sobre la ley y el orden. Así que busqué otras tradiciones que consideraran que el crimen siempre tiene un contexto social.

Luego, cuando leí sobre la clase trabajadora y comencé a comprender que las revoluciones de la clase trabajadora en Europa fueron capaces de crear nuevas formas sociales, pensé que las posibilidades para el futuro residían en esta clase trabajadora. Eso es lo que Thompson me enseñó. Inglaterra, la cuna del capitalismo, fue también el lugar en el que el fin del capitalismo fue imaginado y por el que lucharon los mismos trabajadores cuya explotación enriqueció a la clase imperial.

En aquella época existía una idea de la delincuencia social: el bandido social, la idea de situar diferentes formas de delincuencia como predecesoras de los sindicatos, de la conciencia colectiva de la clase trabajadora, de los partidos políticos de la clase trabajadora. Según Friedrich Engels y otros, la delincuencia social fue lo que precedió a la formación de la clase trabajadora. Así que tuvimos que estudiar los registros penales. Empecé a hacerlo con un colectivo de académicos: Cal Winslow, J. M. Neeson, Douglas Hay, un grupo de nosotros que aprendimos de E. P. Thompson.

Fue en ese trabajo donde empecé a ver que el cercamiento, no solo de la tierra sino también de los oficios, en realidad estaba cercando otras formas de subsistencia. Solo después de eso empecé a ver los bienes comunes. Así que, si no históricamente, al menos personalmente, el delito precedió a los bienes comunes. Históricamente, por supuesto, es al revés: se destruyen los bienes comunes y entonces la gente tiene que robar para vivir.

¿Cómo se utiliza la pena capital en la consolidación del dominio de la clase capitalista?

La pena capital es más antigua que el capitalismo. Podemos remontarnos a Jesucristo, crucificado en lo alto, o a Sócrates y la cicuta. Pero bajo el capitalismo, se intensifica mucho más. No se podía entrar en una ciudad de Europa sin pasar por una puerta. Colgadas de esa puerta estaban las calaveras de quienes habían sido ahorcados. Era una presencia constante en el crecimiento del Estado, y el crecimiento del Estado era necesario para el crecimiento del capitalismo.

Lo significativo son las nuevas leyes relativas a la propiedad privada: robo, hurto, allanamiento de morada. Estas leyes se crearon al mismo tiempo que los ahorcamientos masivos. Y fue precisamente este problema el que atrajo por primera vez a Marx hacia la economía política. La madera de los bosques de Renania se convirtió en la base del parque de viviendas de Liverpool. Pero sacar esa madera de Renania significaba quitársela de las chimeneas a quienes habían sobrevivido de ese bosque.

Marx creció junto a los ríos que atravesaban esos bosques. Comenzó a ver cómo arrestaban a personas por robar madera y se preguntó por qué. Esto lo llevó a escribir sus grandes artículos teóricos, y en la base de todos ellos estaba el robo de madera o, como dirían los ingleses, los estovers. Marx dijo que fue esta lucha en torno a la ley del robo de madera lo que lo llevó a comenzar a pensar en la economía política.

John Locke afirmó que el poder político consiste en promulgar leyes que castigan con la muerte. El patrón está tratando de reducir los salarios a cero; la esclavitud es la tendencia del capitalismo. Pero el capital no puede hacer esto por su propia voluntad. Tiene que superar la resistencia, y la principal resistencia a la horca eran los familiares de los condenados. Acudían a la ejecución pública e intentaban impedirla.

Algunas personas, como Henry Fielding, el novelista, o Adam Smith, reflexionaron profundamente sobre cómo hacer que la muerte resultara más aterradora. No basta con matar a alguien en una ejecución pública; podría ser exaltado. Hay que hacerlo de tal manera que aterrorice a la gente. Estudiaron esto como una cuestión técnica. Y en ese estudio comenzaron a desarrollar nuevas formas de encierro: la prisión. El sistema carcelario se desarrolla a la par que disminuyen los ahorcamientos públicos.

Trato de ver la pena de muerte en relación con muchas otras formas de violencia patrocinada por el Estado, incluyendo los desastres ecológicos, los llamados accidentes laborales y la guerra. Marx describe en el capítulo diez de El capital, «La jornada de trabajo», cómo en 1863 una joven llamada Mary Anne Walkley, de solo veinte años, trabajó más de veintiséis horas seguidas cosiendo en un taller clandestino y murió a consecuencia de ello. Esto nos ayuda a ver la naturaleza letal del Estado en relación no tanto con la ley como con el capital, con la maquinaria, con toda la estructura de reproducción.

Y, más allá de la pena capital, pensemos en todas las instituciones de confinamiento humano que surgieron en este período: el hospital, la fábrica, la prisión, el barco, el manicomio, el asilo de ancianos, la escuela, los cuarteles. Estos se convirtieron en cápsulas selladas donde prevalecía el principio de mando, como lo denominó Bentham. El gran anhelo de todos ellos es producir una clase trabajadora sumisa.

El hábito de la obediencia, el hábito del «sí, señor, no, señor», comienza desde muy temprano. Michel Foucault desarrolló el tema del confinamiento: el hospital, la escuela, el manicomio. Lo que me interesa hacer a mi es mostrar que el mismo proceso se aplica a la artesanía o al trabajo calificado.

En otro momento de tu obra preguntas «¿Pertenece el comunismo al ámbito de la política, mientras que los bienes comunes pertenecen al ámbito de la economía?» ¿Cuál dirías que es la relación entre bienes comunes y comunismo?

Olvidemos que el comunismo en la Unión Soviética es en realidad una forma de capitalismo de Estado… en mi opinión, en la de C. L. R. James y en la de muchos otros. El comunismo ha sido una de las ideologías que se oponen al capitalismo porque aboga por tener todas las cosas en común. Esta palabra, «commons», es ineludible a lo largo de la historia anglófona.

Algunos de los primeros comunistas —aquellos dispuestos a contemplar la insurrección para derrocar a un Estado opresor, carcelario y tributario— también eran plebeyos, lo que significa que eran gente común, no aristócratas, pero también que tenían derechos sobre los bienes comunes, derechos consuetudinarios de subsistencia. Ya sea que hablemos de Gerrard Winstanley en la Revolución Inglesa, de Gracchus Babeuf en la Revolución Francesa o de Karl Marx en 1848, todos estos comunistas habían crecido en entornos de bienes comunes.

A la luz del quinto centenario de la Revuelta de los Campesinos Alemanes, he estado reflexionando sobre sus doce artículos. El primer artículo establecía que cada comunidad debía elegir y nombrar a su propio pastor, es decir, elegir su propio gobierno. Es similar a «nosotros, el pueblo». Pero esa soberanía ya existe en los bienes comunes, donde la soberanía no es una actividad política, sino práctica, relacionada con cómo se cultivan y distribuyen los alimentos.

Estas son preguntas abiertas, y es más importante que nunca estudiarlas como parte de la organización que llevamos a cabo de cara al futuro. No quiero ver a un activista sin un libro en la mano.

En El manifiesto de la carta magna exploras dos cartas del siglo XIII: la Carta Magna y la Carta del Bosque, en gran parte olvidada. ¿Qué las distinguía?

El capítulo treinta y nueve de la Carta Magna dice que debe haber hábeas corpus, no a la tortura, juicio con jurado y debido proceso legal. Estos principios aún perduran en la Constitución de los Estados Unidos. Pero la Carta del Bosque abolió la pena de muerte por el robo de ciervos. Reconoció el derecho de la gente al pastoreo, a llevar ganado a las tierras forestales, a llevar cerdos al bosque para que comieran bellotas, a recolectar miel de las abejas. Es muy práctica en cuanto a la subsistencia, en cuanto a la vida.

Ambos documentos se convirtieron en la base de la Revuelta Campesina de 1381 y, finalmente, de la Revolución Inglesa de la década de 1640. Así es como surge la expresión «nosotros, el pueblo», directamente de los levellers. Thomas Paine le dijo a Thomas Jefferson: «Necesitamos una Carta Magna en Estados Unidos», y eso condujo a la Declaración de Independencia.

¿Por qué la Carta Magna se volvió fundamental para las democracias liberales de todo el mundo, mientras que la Carta del Bosque cayó en el olvido? ¿Y qué nos dice eso sobre el presente?

El análisis de clases es útil aquí. La clase capitalista considera que los recursos son inútiles a menos que pueda emplear mano de obra. Y no puede formar una clase trabajadora si esa clase trabajadora tiene medios alternativos de subsistencia. Quítales esos recursos y entonces harán lo que tú les pidas. Esa es una parte esencial de la explotación: expropiar a la gente de los medios de subsistencia. Por eso la Carta del Bosque no cruzó el océano con los colonos, pero la Carta Magna sí.

La historia de las libertades civiles —la protección de la persona frente al Estado— es independiente de la subsistencia de la persona frente a los empleadores, frente a los multimillonarios. Y como vemos claramente hoy, bajo el mandato de Donald Trump, la tradición libertaria civil sin una base económica es vulnerable al autoritarismo. El mensaje de las dos cartas es claro: los derechos políticos y legales solo pueden existir sobre una base económica.

Peter Linebaugh. Historiador marxista estadounidense especializado en los procesos de cercamiento y la formación de la clase obrera atlántica. Discípulo de E. P. Thompson, es autor de numerosos libros, entre los que se cuentan La hidra de la revolución (junto a Marcus Rediker) y El manifiesto de la carta magna.

Traducción: Florencia Oroz

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/05/el-capitalismo-se-construyo-sobre-las-ruinas-de-los-comunes/

miércoles, 22 de julio de 2026

Miseria de periodismo ante el genocidio .


La miseria de nuestro periodismo en el genocidio

Autora: Francesca Fornario

Los soldados israelíes han orinado en las cunas, han defecado en las ollas, han quemado los libros, han destrozado las fotos de boda que colgaban de la pared de la casa de los recién casados, se han hecho selfies contoneándose con la ropa interior de la novia, que habían robado de los cajones, por encima del uniforme de camuflaje, han grabado un vídeo para enviárselo a su novia, han grabado un vídeo para aumentar el número de seguidores, pero no se puede decir que sea un genocidio y, en cualquier caso, «Harry y Meghan, junto con sus hijos Archie y Lilibet, se han reunido con el rey Carlos III en Highgrove, la residencia privada del soberano en los Cotswolds».


Los soldados israelíes hicieron que los perros destrozaran a un joven discapacitado y lo dejaron morir desangrado, mientras se llevaban a rastras a la madre que les suplicaba que lo ayudaran, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, «Belen conduce la lancha a motor en topless, con una mano sujeta el timón y con la otra se cubre».

Los soldados israelíes han marcado puntos jugando al tiro al blanco. Un día había que disparar a los niños en la cabeza, otro día en los testículos, otro día en la rótula, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Massimo Recalcati analiza psicológicamente a Michele Mari, que ha ganado el premio Strega (y ninguno de los dos dice que sea un genocidio).

El Gobierno israelí bloquea la salida de Gaza y la entrada a los periodistas, a los médicos e incluso a las galletas y la mermelada, porque son demasiado calóricas para las mujeres y los niños, mientras que el 77 % de la población sufre graves niveles de inseguridad alimentaria y, por ello, la mortalidad infantil se ha duplicado, pero no se puede decir que sea un genocidio; y, de todos modos, Dua Lipa se ha casado en Sicilia con 150 cannoli y un helado de sandía con flores de jazmín cristalizadas, recolectadas a las 5 de la mañana.

Han disparado contra las personas hambrientas que hacían cola en los puntos de distribución de alimentos, matando a dos mil de ellas; han destruido la red de abastecimiento de agua, obligando a los supervivientes a sobrevivir con 6 litros por persona, cuando, según la OMS, para garantizar la higiene se necesitan entre 50 y 100, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, «Taylor Swift y Travis Kelce presentan a su nuevo perrito, aunque han decidido mantener la discreción sobre los detalles más íntimos» (No sé, Tgcom24 los llama así).

Han acribillado a balazos el coche en el que una familia intentaba ponerse a salvo; han acribillado a balazos la ambulancia que se dirigía a rescatar a la niña, única superviviente en el habitáculo bajo los cuerpos ensangrentados de sus tíos, acribillaron el habitáculo para matar a la niña superviviente, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Prada propone unas zapatillas de rafia en tonos beige adornadas con el icónico logotipo triangular y acabados en piel.

Han atacado 36 de los 36 hospitales en funcionamiento, han dejado morir a los recién nacidos en las incubadoras tras cortar la corriente, han asesinado a más de 1 500 médicos y enfermeros, han detenido a decenas de ellos sin juicio ni acusación formal, y los han hacinado en cárceles donde los presos son sistemáticamente torturados y violados con objetos punzantes introducidos en el ano hasta lesionarles los órganos internos, en las cárceles donde hay más de 300 niños detenidos por terrorismo en virtud de la ley que considera terrorista al niño que lanza una piedra contra el tanque que está ocupando su pueblo, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, Tarantino deja la dirección y vuelve a actuar junto a Kylie Minogue.

Han detenido las ambulancias, han hecho bajar a los paramédicos desarmados, los han asesinado uno tras otro, los han enterrado a los quince junto con sus ambulancias bajo la arena, pero no se puede decir que sea un «genocidio» y, en cualquier caso, Sinner alivia los calambres con zumo de pepinillos.

Han arrasado ciudades enteras, colegios, iglesias, mezquitas, campos de fútbol y cafeterías a orillas del mar; han ocupado militarmente casi el 70 % de la Franja; han destruido todas las universidades; han obligado al 90 % de la población a vivir en tiendas de campaña, incendiado las tiendas, asesinado a más de 72 000 personas —21 000 de ellas niños—, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, este verano puede realzar sus pestañas con postizos desechables para resaltar la mirada sin apelmazarlas.

Han disparado a los pescadores por pescar, a los periodistas por ejercer su profesión, matando a cientos de ellos en ejecuciones selectivas, pero no se puede decir que sea un genocidio; y, en cualquier caso, es el año del Caballo de Fuego en el calendario del horóscopo chino, y los asuntos prácticos, en particular los relacionados con el hogar y la familia, generan tensiones, pero solo si es usted Libra.

Han hecho sobrevolar en plena noche los campamentos de desplazados con drones que emitían llantos de bebés y ladridos de perros para que la gente, aterrorizada, saliera al exterior y luego atacarla, pero no se puede decir que sea un genocidio y, de todos modos, sale el nuevo sencillo de Beyoncé.

Han bombardeado sin piedad el Líbano, ocupado el sur del país, arrasado pueblos, obligado a huir a un millón de personas, matado desde el 7 de octubre a más de mil palestinos en Cisjordania, donde no hay Hamás, detenido, en Cisjordania, a uno de cada cuatro palestinos a lo largo de su vida y, también allí, han arrasado pueblos, degollado ovejas, talado olivos, agredido a las monjas, disparado a los sacerdotes y amenazado con armas a los carabineros italianos y a los diputados estadounidenses, además de torturar y secuestrar a activistas internacionales, a los eurodiputados, a los médicos y a los periodistas de todo el mundo; además, han instaurado un sistema de apartheid y han presentado planes de limpieza étnica mediante vídeos generados con IA en los que, en lugar de las casas de los palestinos, aparecen complejos turísticos de lujo y casinos, y a Trump y Netanyahu paseando por el paseo marítimo; pero no se puede decir que sea un genocidio, ni siquiera se pueden interrumpir las relaciones militares, comerciales y estratégicas con Israel, ni tampoco se puede dejar de vender armas a Israel; y solo se puede sancionar 20 —o mejor dicho, 21— veces a Putin por haber invadido Ucrania, pero cero veces a Israel, que ha invadido Palestina, el Líbano, Siria, ha bombardeado seis Estados soberanos con las armas de Trump, quien sanciona a los jueces internacionales, a la ONU y a cualquiera que tenga el valor de decir «genocidio» y de denunciar el apartheid; y, en cualquier caso, Giorgia Meloni, que no dice «genocidio», no reconoce a Palestina, no sanciona a Israel y aumenta el gasto militar tal y como le pide Trump, viste de Cucinelli —que detesta el verde y adora los colores pastel— y no dice «genocidio»; Giorgia Meloni, que promete mano dura contra los maranza, contra los migrantes irregulares y contra los Antifa, pero no mueve un dedo contra los asesinos israelíes y estadounidenses, acude a la peluquería de Mara Carfagna y Elisabetta Gregoraci para hacerse un «long bob» rubio miel con balayage.

Y hay dos cosas que estudiarán las generaciones futuras: cómo fue posible y cómo fue posible que nosotros, los periodistas, habláramos principalmente de otras cosas. «Se nota que todos aspiraban al Premio Strega».

(Publicado en: https://www.ilfattoquotidiano.it/2026/07/16/genocidio-gaza-crimini-israeliani-silenzio-media-notizie/8449070/)

Publicado en el bloc de  Rafael de  Poch

 https://rafaelpoch.com/2026/07/19/la-miseria-de-nuestro-periodismo-en-el-genocidio/

lunes, 20 de julio de 2026

La OTAN y el 23-F

 El  papel de la CIA y la OTAN en la caída de Suarez .

Diego Herchhoren


Adolfo Suárez, presidente del Gobierno desde 1976, había liderado la reestructuración del Estado franquista tras la muerte del dictador. Sin embargo, su política exterior adoptó un giro neutralista que alarmó a Washington y a los sectores más conservadores de la OTAN.

Suárez fue el primer jefe de Gobierno de Europa occidental que visitó Cuba, el 9 de septiembre de 1978. El País tituló entonces: «Fidel Castro aplaudió a Suárez mientras descendía del avión». En 1979, España participó como «país invitado» en la cumbre del Movimiento de Países No Alineados en La Habana, donde Castro alabó públicamente la postura española por «no dejarse manejar por la OTAN y mantenerse independiente ante el imperialismo norteamericano». Ese mismo año, Suárez recibió a Yasser Arafat, siendo el primer líder europeo en hacerlo.

El enfrentamiento con Washington alcanzó su punto culminante el 14 de enero de 1980, cuando Suárez se reunió con el presidente Jimmy Carter. Carter le ofreció su apoyo para la entrada de España en la OTAN, pero Suárez lo rechazó. La prensa española interpretó el comunicado final como un «claro enfrentamiento de Suárez con los intereses norteamericanos respecto a la OTAN», según publicaba entonces también El País. Para Washington, Suárez se había convertido en un problema.

El 23-F: el golpe que allanó el camino a la OTAN

El 23 de febrero de 1981, el teniente coronel Antonio Tejero asaltó el Congreso de los Diputados al frente de 200 guardias civiles, mientras el teniente general Milans del Bosch desplegaba 2.000 hombres y 50 carros de combate en Valencia. El golpe, que comenzó a gestarse en el verano de 1980, fue parte de una «desestabilización sistemática y prolongada de la UCD y el acoso a Adolfo Suárez», en la que participaban agentes de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME), el instrumento para la guerra sucia perteneciente al CESID (Centro Superior de Información de la Defensa), hoy CNI.

La administración Reagan, a través del secretario de Estado Alexander Haig, calificó los hechos como un «asunto interno» y no condenó el golpe. Esta ambigüedad ha alimentado las sospechas sobre una posible implicación estadounidense, máxime cuando la asonada militar era una copia de otros dos golpes organizados por la OTAN en Europa Occidental: la Operación Piano Solo (1964) en Italia y la Operación Prometeo (1967) en Grecia.

El 23-F, aunque fracasó como golpe, logró su objetivo estratégico: forzar el alineamiento de España con la OTAN, un plan que luego ejecutaría el gobierno del PSOE. Suárez ya había dimitido el 29 de enero de 1981, menos de un mes antes del golpe. Fue sustituido por Leopoldo Calvo-Sotelo, quien en su discurso de investidura anunció la entrada de España en la OTAN. El país ingresó formalmente en la alianza el 30 de mayo de 1982 «sin casi negociación, de manera natural».

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) había hecho campaña contra la entrada en la OTAN con el célebre lema «OTAN, de entrada no«. La militancia de base del partido, según una encuesta de 1980, se mostraba en un 64% contraria a cualquier alianza militar. Sin embargo, tras ganar las elecciones en 1982, el gobierno de Felipe González ratificó la permanencia de España en la OTAN mediante referéndum el 12 de marzo de 1986. Este giro atlantista del PSOE representó una contradicción frontal con su programa electoral y con el sentir de su base.

El referéndum de 1986 consolidó el alineamiento de España con Estados Unidos, que se ha mantenido ininterrumpidamente desde entonces: participación en la Guerra del Golfo (1991), en las guerras de Yugoslavia, en Afganistán, en Irak y en la coalición contra el Estado Islámico. España se convirtió en uno de los aliados más fieles de Washington en Europa.

Piano Solo (Italia, 1964): el golpe silencioso

El Piano Solo fue otro golpe de Estado «silencioso», orquestado por el general Giovanni De Lorenzo, comandante de los Carabinieri y exdirector del SIFAR. El plan fue elaborado con la participación de agentes de la CIA —el experto en guerra secreta Vernon Walters y el jefe de la estación de Roma William King Harvey— y de Renzo Rocca, director de las unidades Gladio en el servicio secreto militar SID.

El 14 de junio de 1964, De Lorenzo desplegó blindados en Roma mientras las fuerzas de la OTAN realizaban maniobras en la región. El plan preveía el arresto y deportación a la base de Gladio en Cerdeña (Capo Marrargiu) de entre 700 y 1.200 dirigentes comunistas, socialistas y sindicalistas. La presión surtió efecto: los socialistas abandonaron el gobierno, y el primer experimento de centro-izquierda en la Italia republicana fue desmantelado. Italia permaneció firmemente alineada con la OTAN hasta el final de la Guerra Fría.

La Operación Prometeo (Grecia, 1967): el golpe de los coroneles

En la madrugada del 21 de abril de 1967, un grupo de coroneles —encabezados por Georgios Papadopoulos, oficial de enlace del KYP (el servicio secreto griego) con la CIA— ejecutó el Plan Prometeo, un plan de contingencia diseñado por la OTAN.

La Fuerza de Intervención Helénica (LOK) —la rama griega de la red Gladio, conocida localmente como «Sheepskin»— fue el instrumento operativo del golpe. En cuestión de horas, los coroneles arrestaron a más de 6.500 personas, suspendieron la Constitución e impusieron una dictadura militar que duró siete años.

El plan represivo del 23-F: un espejo de los otros golpes

Según documentos desclasificados este año, el plan de los golpistas para el día después del 23-F era tan meticuloso como brutal. Lejos de ser una improvisación, la operación contemplaba un plan represivo de gran envergadura que incluía el asesinato selectivo de miles de personas, la detención de toda la oposición política y el control absoluto del Estado.

El plan más extremo fue elaborado por el grupo ultraderechista «Milicias Populares Patrióticas» en una reunión celebrada el 22 de diciembre de 1980. El objetivo era la «eliminación física de más de tres mil personas» consideradas enemigas del nuevo régimen, en un listado en el que se incluían personalidades del ámbito político e intelectual: el propio Adolfo Suárez, alcaldes socialistas, intelectuales como Rafael Alberti, Miguel Delibes, Camilo José Cela y actores como Concha Velasco y Paco Rabal.

El disciplinamiento atlantista

La implicación de Estados Unidos en cada uno de estos golpes sigue siendo objeto de debate, pero es indiscutible que tanto en el caso español como en el italiano o el griego, estos episodios fueron el engranaje de una política de disciplinamiento de aquellos gobiernos que podían alterar los planes de la OTAN en Europa Occidental.

En el caso de Adolfo Suárez, las amenazas de desestabilización —directas o indirectas— que provenían desde Washington eran constantes; una de ellas era incluso apoyar desde Estados Unidos la independencia de Canarias. El 23-F, aunque fracasó como golpe de Estado, logró establecer los límites que los gobiernos españoles no debían franquear y cuya política llega hasta hoy: el abandono del neutralismo y la plena integración en la OTAN. El PSOE, que había hecho campaña contra la alianza, se encargaría de ejecutar ese realineamiento.

(mpr21.info)

https://insurgente.org/diego-herchhoren-el-papel-de-la-cia-y-la-otan-en-la-caida-de-adolfo-suarez/


domingo, 19 de julio de 2026

Las élites europeas contra las conquistas sociales


Las élites contra las conquistas sociales: la otra guerra de Europa


Las élites europeas junto con el rearme, para recomponer la acumulación de capital, se han propuesto reconvertir los derechos colectivos en mercados privados.

Carmen Parejo Rendón


Mientras las potencias europeas y sus aliados se reunían los días 7 y 8 de julio en Ankara, en una nueva cumbre de la OTAN destinada a ratificar la escalada armamentística y el aumento del gasto militar, otro mapa de Europa se dibujaba lejos de los salones oficiales.

De Portugal a España, de Francia a Bélgica, las huelgas en la sanidad y la educación escenifican una crisis más profunda: la guerra contra la pérdida de derechos sociales conquistados durante décadas de lucha obrera y popular. La falta de personal sanitario, el deterioro de la enseñanza pública, la precarización laboral y el aumento de las listas de espera forman parte de una ofensiva contra lo común iniciada mucho antes del actual rearme, pero que amenaza con agravarse cuando el dinero negado para sostener la vida aparece, de pronto, para financiar armas, ejércitos e industrias militares.

Recordemos que estos derechos no fueron una concesión generosa de las élites ni el resultado natural del desarrollo capitalista. Fueron conquistados mediante décadas de huelgas, movilizaciones y organización del movimiento obrero europeo. También respondieron al equilibrio surgido tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el prestigio de la Unión Soviética —decisiva en la derrota del nazismo y referencia de una alternativa social posible— obligó a las clases dominantes occidentales a realizar concesiones para contener el avance comunista y evitar una salida revolucionaria. 

A ello se sumó un elemento frecuentemente omitido: parte de aquel pacto social se sostuvo con las ganancias del expolio colonial y neocolonial del llamado Tercer Mundo. El capital europeo aceptó repartir dentro de sus fronteras una fracción de la riqueza extraída fuera. El Estado social fue así una conquista de clase, una respuesta defensiva frente al socialismo y una construcción parcialmente financiada mediante la explotación de otros pueblos.

La falta de personal sanitario, el deterioro de la enseñanza pública, la precarización laboral y el aumento de las listas de espera forman parte de una ofensiva contra lo común iniciada mucho antes del actual rearme, pero que amenaza con agravarse cuando el dinero negado para sostener la vida aparece, de pronto, para financiar armas, ejércitos e industrias militares.

La ofensiva contra ese frágil equilibrio no comenzó con el actual rearme. La crisis financiera de 2008 fue utilizada para convertir una deuda creada por bancos y grandes capitales en una factura impuesta a las mayorías. Bajo el lenguaje técnico de la austeridad y la disciplina fiscal, se recortaron presupuestos, se congelaron salarios, se eliminaron plazas y se abrieron nuevos espacios a la privatización.

La Organización Mundial de la Salud documentó que la reducción de los presupuestos hospitalarios aumentó las listas de espera en países como Grecia y Letonia. Años después, la pandemia encontró unos servicios públicos debilitados por la desinversión. La educación siguió una trayectoria semejante: entre 2015 y 2022, su peso medio en los presupuestos públicos de los países de la OCDE cayó del 10,9 % al 10,1 %. Los hospitales saturados y las aulas masificadas reflejan así las cicatrices visibles de estas decisiones políticas prolongadas.

En España, el malestar ha convertido la educación pública en uno de los principales frentes de esta guerra social. En la Comunidad Valenciana, 78.000 docentes fueron llamados en mayo a la primera gran huelga indefinida del sector desde 1988. Tras veintiún jornadas de paro, el profesorado suspendió temporalmente la movilización, pero rechazó por insuficiente la propuesta de la Generalitat.

Cataluña ha vivido meses de protestas y ha convocado un nuevo paro para el 8 de septiembre, lo que puede condicionar el inicio del curso lectivo. Madrid y Aragón también han sido escenario de movilizaciones, mientras el personal de las escuelas infantiles protagonizó una jornada estatal de huelga.

El capital europeo aceptó repartir dentro de sus fronteras una fracción de la riqueza extraída fuera. El Estado social fue así una conquista de clase, una respuesta defensiva frente al socialismo y una construcción parcialmente financiada mediante la explotación de otros pueblos.

Las reivindicaciones se repiten: pérdida de poder adquisitivo, plantillas insuficientes, aulas masificadas, exceso de burocracia e infraestructuras deterioradas. No son únicamente conflictos laborales. Defender las condiciones de trabajo del profesorado significa defender las condiciones de aprendizaje del alumnado y la propia supervivencia de la escuela pública.

La sanidad española ofrece otra imagen de esta resistencia. Durante 2026, médicos y facultativos han protagonizado varias semanas de huelga estatal contra la reforma del Estatuto Marco y han anunciado nuevos paros si no se producen avances. Reclaman una jornada de 35 horas, el reconocimiento de todo el tiempo trabajado, una jubilación acorde con la penosidad de la profesión y un ámbito propio de negociación.

El conflicto ha colocado en el centro las guardias prolongadas, la sobrecarga asistencial y unas condiciones que expulsan profesionales del sistema público. No se trata de una disputa corporativa: cuando faltan plantillas, se normaliza el agotamiento y las consultas se convierten en una carrera contra el reloj, también se deteriora el derecho de la población a una atención digna. Las listas de espera son la expresión más visible de esa fractura: en julio de 2026, el 81 % de la ciudadanía consideraba que habían empeorado o permanecían igual.

Portugal condensa de forma especialmente clara este enfrentamiento. El 3 de junio, una huelga general —la segunda en apenas seis meses— paralizó transportes, cerró escuelas y redujo los hospitales a servicios mínimos. La convocatoria respondía al proyecto Trabalho XXIdel Gobierno conservador de Luís Montenegro, apoyado por la extrema derecha, que pretende modificar más de cien artículos del Código del Trabajo para facilitar los despidos, ampliar la precariedad y la subcontratación, reforzar el control empresarial y limitar el derecho de huelga.

La protesta venía precedida por otras luchas: alrededor de 25.000 docentes marcharon por Lisboa para exigir mejoras salariales y condiciones dignas, mientras los enfermeros denunciaban la falta crónica de personal y el deterioro sanitario. Lo que el Gobierno presenta como modernización económica, los trabajadores lo reconocen como lo que es, una nueva transferencia de poder y riqueza desde el trabajo hacia el capital.

Pero estos episodios no se limitan a la periferia europea. En Francia, docentes, sanitarios, trabajadores del transporte y empleados públicos se movilizaron en septiembre de 2025 contra un proyecto presupuestario que pretendía trasladar otra vez el coste de la crisis sobre asalariados, pensionistas y sectores populares. En Bélgica, la enseñanza francófona ha protagonizado durante 2026 paros contra el aumento de las tasas universitarias, la ampliación no remunerada del horario docente, la reducción de la estabilidad laboral y nuevos recortes.

En una Europa que ha perdido peso económico e influencia internacional, sus élites parecen haber elegido una doble vía para recomponer la acumulación de capital: el rearme, que garantiza contratos públicos y beneficios extraordinarios al complejo militar-industrial, y la conversión de los derechos colectivos en mercados privados.

Miles de estudiantes y profesores ocuparon las calles de Bruselas, mientras la respuesta policial intentaba convertir una protesta contra la austeridad en un problema de orden público. Cambian los gobiernos, los idiomas y las medidas, pero el conflicto es el mismo: servicios públicos deliberadamente debilitados y trabajadores obligados a defenderlos para impedir que su deterioro se convierta después en argumento para privatizarlos.

La privatización constituye, en ese sentido, el otro gran frente de esta ofensiva. En una Europa que ha perdido peso económico e influencia internacional, sus élites parecen haber elegido una doble vía para recomponer la acumulación de capital: el rearme, que garantiza contratos públicos y beneficios extraordinarios al complejo militar-industrial, y la conversión de los derechos colectivos en mercados privados.

El nuevo paso antirruso de un país europeo supera incluso a las caricaturas

Hospitales, escuelas, residencias, transportes y cuidados dejan de concebirse como pilares de ciudadanía para convertirse en espacios de negocio. Este proceso explica también una parte de esa corrupción política de la que tanto se habla, aunque rara vez se nombre a los corruptores: las empresas que presionan, financian, obtienen concesiones y terminan apropiándose de servicios previamente deteriorados por decisiones públicas.

Mientras la Comisión Europea insiste en crear las condiciones para una confrontación prolongada contra Rusia, continúa otra guerra contra su propia población. Una guerra iniciada hace décadas, pero que encuentra hoy una respuesta creciente en las huelgas, las protestas y la organización popular de quienes se niegan a entregar sin lucha los derechos conquistados



sábado, 18 de julio de 2026

La gran mentira de la guerra de Ucrania.

 La gran mentira de la guerra de Ucrania: ¿Podrá Kiev llegar a vencer en algún momento?

Thomas Fazi

Se ha convertido en una especie de ritual estacional. Todos los veranos, Bruselas lanza una nueva ofensiva propagandística sobre Ucrania, y este año no es una excepción. «La marea está cambiando», declaró hace unas semanas la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, en las redes sociales, afirmando que Ucrania, con la ayuda de Europa y la OTAN, ha tomado la iniciativa, mientras que Rusia se ha visto obligada a pasar a la defensiva. Desde entonces, de la misma frase se han hecho eco palabra por palabra políticos y gente de la que marca la agenda de todo el ecosistema transatlántico, en lo que es claramente una campaña narrativa coordinada. Mientras tanto, se nos dice que la economía rusa está —una vez más— al borde del colapso, y que hasta podría ser inminente la caída de Putin.

Ya hemos pasado antes por esto. A intervalos regulares desde la invasión de Putin, el complejo político-mediático occidental se ha esforzado por convencer a la opinión pública de que la victoria de Ucrania estaba a la vuelta de la esquina y de que la propia Rusia estaba al borde del colapso. En 2023, por ejemplo, periodistas y líderes de opinión occidentales pasaron meses exagerando la contraofensiva de Ucrania, que iba a «cambiar el rumbo» a favor de Kiev. La campaña fue un fracaso catastrófico, que provocó numerosas víctimas y avances territoriales insignificantes.

El último supuesto punto de inflexión es la campaña de ataques con drones de Ucrania en territorio ruso —que ha llegado hasta San Petersburgo y Moscú— dirigida contra infraestructuras logísticas, depósitos de combustible, refinerías y líneas de suministro. También se han alcanzado varios objetivos civiles, lo que ha provocado numerosas víctimas. El lunes, Moscú sufrió el mayor ataque con drones hasta la fecha. El presidente Zelenski ha anunciado ahora una operación de cuarenta días contra objetivos rusos para «influir en el Estado agresor con el fin de presionar para que se ponga fin a la guerra», lo que probablemente signifique muchos más ataques de este tipo. Estas medidas coinciden con el desembolso por parte de la UE del primer tramo, de 3.200 millones de euros, de su préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania.

El momento no es casual. El martes comenzó en Ankara una cumbre crucial de la OTAN, en la que el grupo de presión belicista —tanto en Europa como en Washington— está desesperado por defender que Ucrania va ganando. Es un relato que el propio Trump parece dispuesto a alimentar, probablemente para compensar el fiasco de Irán: firmó incluso la reciente declaración de los líderes del G7 en la que se comprometen a «aumentar el suministro de capacidades de defensa aérea, sistemas e interceptores adicionales y capacidades de largo alcance»; a considerar la ampliación de las licencias de producción a Ucrania; y a «reforzar nuestras sanciones, incluidas las dirigidas a los sectores del petróleo y el gas».

Además, con toda probabilidad, se trata de una respuesta al creciente cansancio de la guerra en Occidente, confirmado por la negativa de la República Checa, Eslovaquia y Hungría a financiar el préstamo mencionado —una decisión de no participar que, sorprendentemente, el nuevo Gobierno húngaro proeuropeo no ha revocado hasta ahora—, seguida de la decisión del nuevo Gobierno búlgaro de prohibir el suministro de armas a Ucrania.

La campaña con drones de Kiev está teniendo, sin duda, su impacto. La producción petrolera rusa se ha visto afectada; se han producido graves escaseces de combustible en todo el país, tal como ha admitido hasta el propio Putin. Ucrania también ha interrumpido las rutas de suministro rusas al norte del mar de Azov, provocando cortes de electricidad en Crimea y en la parte de la región ucraniana de Jersón, cercana a la zona controlada por Rusia. Pero es poco probable que estos ataques cambien el curso de la guerra. La economía rusa se está tambaleando, pero sigue estando en mejor situación que gran parte de la UE. De hecho, alegando el aumento de los precios del petróleo —en gran medida consecuencia de la guerra con Irán—, el Fondo Monetario Internacional elevó en abril su previsión de crecimiento del PIB de Rusia para 2026 en 0,3 puntos, hasta el 1,1 %. Al mismo tiempo, revisó a la baja las previsiones para las tres principales economías de la UE —Alemania, Francia e Italia— hasta el 0,8 %, el 0,9 % y el 0,2 %, respectivamente.

Sin embargo, lo más importante es que el ejército ruso sigue avanzando en el campo de batalla. Se está acercando cada vez más a su objetivo de conquistar todo el Donbás. Hace apenas unos días, Moscú anunció la toma de Kostiantynivka, una localidad de Donetsk y el mayor asentamiento que ha conquistado desde Mariúpol. La ciudad era uno de los últimos bastiones en el camino hacia importantes ciudades controladas por Ucrania, Kramatorsk y Sloviansk, cuya toma es el objetivo final del Kremlin en el Donbás. Las tropas rusas también están avanzando en los alrededores de Chasiv Yar y Toretsk, logrando avances en los combates urbanos y en posiciones elevadas, y continúan avanzando en los alrededores de Lyman y Rai-Oleksandrivka. Todo esto contradice rotundamente el relato predominante de que «Ucrania ha cambiado el rumbo de la guerra».

Si hiciera falta alguna prueba más de que las cosas van mal para Ucrania, basta con fijarse en la política de «busificación», cada vez más extendida —el secuestro en la calle de hombres en edad de reclutamiento para enviarlos al frente, lo que está avivando la creciente oposición interna a la guerra— o en la propuesta de la UE de excluir a los hombres ucranianos en edad militar —en la práctica, todos los hombres de entre 23 y 60 años— del régimen de protección temporal del bloque.

En este contexto, la campaña con drones parece menos un giro decisivo que un signo de desesperación: dada la incapacidad de Ucrania para cambiar el rumbo de la batalla, Kiev y la OTAN han decidido «llevar la guerra a Rusia». Sin embargo, no hay pruebas de que la campaña de drones de Ucrania vaya a cambiar el rumbo de la guerra, y mucho menos a obligar a Putin a capitular. De hecho, en los últimos días, las fuerzas rusas han lanzado algunos de los mayores ataques con drones y misiles contra Kiev hasta la fecha, causando la muerte de decenas de personas.

Es difícil determinar en qué medida está afectando la campaña de Ucrania al apoyo popular a Putin. Es cierto que está afectando a la moral de los rusos, pero, tal como ha escrito Leonid Ragozin, la situación en el país sigue siendo relativamente estable: a pesar de las dramáticas imágenes de refinerías en llamas y colas en las gasolineras, la mayoría de los rusos han vivido situaciones peores a lo largo de su vida, y la gran mayoría sigue disfrutando de un nivel de vida comparable al de los países más pobres de la UE,  muy lejos de lo que padecieron durante los malos tiempos de los años 90.

La «encuesta» más fiable llegará el 20 de septiembre, cuando Rusia celebre elecciones a la Duma Estatal; algunos analistas predicen que el partido gobernante, Rusia Unida, sufrirá un resultado humillante a manos de los comunistas, a su izquierda, y del (confusamente denominado) Partido Liberal Democrático, a su derecha. Pero cualquiera que espere que esto pueda presionar a Putin para que ponga fin a la guerra se llevará una decepción: ambos partidos han adoptado respecto al conflicto una postura aún más intransigente que el partido «Rusia Unida» de Putin. Los ataques ucranianos, en todo caso, están envalentonando a las voces más belicistas del Kremlin, que acusan a Putin de gestionar mal el conflicto y exigen una respuesta mucho más contundente. Al fin y al cabo, la historia sugiere que, cuando los rusos se sienten acorralados, no capitulan, sino que se endurecen. Por lo tanto, cuanto mayor sea la presión sobre Rusia, más probable será que Putin se vea obligado a intensificar la guerra.

Independientemente de los efectos a corto plazo, la campaña de drones de Ucrania es un ejemplo paradigmático de cómo los drones están reescribiendo las reglas de la guerra en tiempo real. Los ataques estratégicos en profundidad —la capacidad de alcanzar las ciudades, las industrias y los mandos del enemigo muy por detrás del frente— eran hasta hace poco privilegio de los países con poderosas fuerzas aéreas y arsenales de misiles. Pero los drones de bajo coste y fabricados en serie han democratizado esta capacidad. Un país que está perdiendo la guerra de desgaste sobre el terreno —como es claramente el caso de Ucrania, que, sobre el papel, es muy inferior a Rusia en términos de material y efectivos— puede ahora infligir un daño enorme en lo más profundo del territorio de la potencia más fuerte. Y una vez que la parte más débil ejerce esa opción, se desvanece cualquier incentivo que la parte más fuerte pudiera haber tenido para actuar con moderación.

Al fin y al cabo, es un hecho histórico que, hasta ahora, Rusia se ha abstenido de infligir destrucción masiva a Kiev y otras grandes ciudades alejadas de la línea del frente, y que durante la mayor parte de la guerra ha evitado de forma notable atacar los centros de toma de decisiones del Gobierno, a pesar de disponer de los medios para hacerlo. Durante los primeros ocho meses del conflicto, Moscú también dejó intacta la red energética de Ucrania; los ataques no comenzaron hasta después del atentado contra el puente de Kerch, en octubre de 2022. En este sentido, la guerra con drones sí que iguala las condiciones, pero también invita a la escalada, al privar a la parte más débil de la protección indirecta que la propia asimetría —su incapacidad para infligir daños masivos al enemigo— le proporcionaba en su momento.

Esto es lo que hace que el momento actual sea tan peligroso. Una superpotencia nuclear está siendo objeto de una campaña sostenida de ataques contra sus principales ciudades, su infraestructura estratégica y, por extensión, sus dirigentes, con el apoyo de los servicios de inteligencia occidentales, llevada a cabo con armas occidentales y respaldada ahora por un compromiso explícito del G7 de «acelerar» el suministro de capacidades de largo alcance.

Tal como ha advertido recientemente Matthew Blackburn, del Instituto Noruego de Asuntos Internacionales, si Moscú decide que su moderación en Ucrania se está aprovechando para infligir daños humillantes al corazón de Rusia, podría abandonar los ataques contra la infraestructura ucraniana para centrarse en los centros de abastecimiento y las plantas de fabricación europeos que hacen posible, en primer lugar, la campaña de ataques profundos de Kiev, corrigiendo así la asimetría y restableciendo la disuasión en sus propios términos. De hecho, Moscú ha señalado en repetidas ocasiones que su paciencia no es ilimitada; cada vez son más las voces dentro de la clase dirigente rusa que hablan de restablecer la disuasión atacando objetivos en la propia Europa. La razón por la que Rusia se ha negado hasta ahora a hacerlo resulta evidente: un ataque de este tipo podría derivar fácilmente en una guerra total que a Rusia no le interesa librar — tal como señaló recientemente incluso el general Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN en Europa y máximo responsable militar de la Alianza—. En pocas palabras, el coste de la represalia ha superado hasta ahora el coste de la tolerancia. Pero si este último sigue aumentando, el cálculo de Rusia podría muy bien cambiar.

Lo fundamental es que en Occidente nadie sabe dónde están las líneas rojas de Rusia y, de hecho, la política occidental parece partir de la premisa de que no existen en absoluto. Mientras tanto, los europeos siguen argumentando que no hay otra alternativa que seguir apoyando a Ucrania de forma indefinida porque «Rusia se niega a negociar». Pero, tal como ha escrito recientemente Anatol Lieven, del Instituto Quincy, es la UE —y no Rusia— la que hasta ahora se ha negado a negociar. Mientras Moscú ha pasado el último año manteniendo conversaciones continuadas con Washington y ha ido abandonando progresivamente varias de sus exigencias fundamentales, los europeos han condicionado las negociaciones a un alto el fuego incondicional que Rusia no puede aceptar sin renunciar a su única baza, y han envuelto esta condición previa en «principios» que equivalen a una exigencia de capitulación rusa.

La principal víctima de esta postura ha sido la propia Ucrania, condenada a una agotadora guerra de desgaste que no puede ganar militarmente. Si, entretanto, el agotamiento acabara provocando un alto el fuego sin un acuerdo, esto podría conducir a una situación de inseguridad permanente al estilo de Cachemira. Redunda en interés de Ucrania —y de Europa en su conjunto— negociar, en cambio, un acuerdo de paz integral. Sabemos, a grandes rasgos, lo que implicaría cualquier acuerdo realista: concesiones territoriales por parte de Ucrania a cambio de garantías de seguridad (sin llegar a la adhesión a la OTAN ni al despliegue de tropas occidentales). Nadie puede saber aún si tal oferta bastaría para que Putin se atribuyera su medida de victoria y pusiera fin a la guerra. Pero lo que sí sabemos es el coste del statu quo.

Unherd, 9 de julio de 2026 .


https://www.sinpermiso.info/textos/escenarios-y-estrategias-en-la-guerra-de-ucrania-dossier

https://slavyangrad.es/2026/07/14/guerras-en-el-mar/