martes, 8 de marzo de 2016

El mandarinismo castizo en España.





Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966), profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid, ha decidido enfrentarse a los figurones de las letras y la cultura española. Su nuevo libro, La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (Los Libros de la Catarata), es un ejercicio de crítica con nombres y apellidos que, como él mismo asume, “es raro e incómodo en nuestro país”. El ensayo, de algo más de 200 páginas, fija el foco en un grupo de escritores / comentadores políticos / todólogos, encabezado por Mario Vargas Llosa, en el que también figuran Antonio Muñoz-Molina, Fernando Savater, Félix de Azúa, Javier Cercas, Arturo Pérez-Reverte, Jon Juaristi y otros habituales de las páginas de opinión de El País y el ABC.

Este grupo de “santones”, que Sánchez-Cuenca emparenta con las generaciones del 98 y del 14, se forjó en los años noventa del siglo pasado, con el fin del periodo felipista y el empuje antiterrorista y españolista de Aznar, y comparte varios elementos comunes, explica el autor: “La impunidad con la que opinan, un estilo mucho más literario que analítico, su viraje desde la izquierda hacia posiciones reaccionarias y la insistencia en escribir desde la trinchera antinacionalista, incluso si no viene a cuento”.

Sánchez-Cuenca construye un alegato razonado contra “la cultura de amiguetes, que medra y se desarrolla en paralelo al capitalismo de amiguetes”. Con su claridad habitual, el autor mete el bisturí en artículos e intervenciones públicas, y los rebate con argumentos y datos. La buena noticia es que, en la cara opuesta a esa “cultura holística y sin datos”, afirma el politólogo, asoma hoy “una nueva generación de firmas, con una argumentación mucho más elaborada, y un aumento del pluralismo que debería marcar la agonía del figurón clásico de nuestras letras”. La entrevista fue realizada por Vanesa Jiménez y Miguel Mora.

Así que tenemos un grupo de intelectuales cuya característica principal es la desfachatez. ¿Forman una generación?

No estoy seguro. Lo que les une es la impunidad de sus opiniones y la mala conciencia por el rumbo ideológico que han adoptado. Cualquier cosa que huela a progresismo muchos de ellos lo ven como parte de sus ideas pasadas y en definitiva como algo que hay que superar; por eso tienen una actitud intransigente hacia quienes no siguen la misma trayectoria que ellos. Esa evolución hacia posiciones cada vez más conservadoras, cuando no reaccionarias, se debe a una especie de epifanía que tuvieron con el terrorismo y el nacionalismo en los años noventa. Llegaron a la conclusión de que la izquierda había estado ciega y que tenía responsabilidad tanto en los asesinatos que cometía ETA como en las tensiones centrifugas del país. A partir de ahí empiezan a ajustar cuentas con lo que han sido y representado, pasando a adoptar posiciones cada vez más dogmáticas, carentes de fundamento y de respaldo empírico.

¿La desfachatez, de qué se alimenta?

Fundamentalmente de la impunidad: de la expectativa de que, digas lo que digas, no te va a pasar nada, porque tu periódico y tu editorial no te van a dejar de lado. Eres un autor del grupo, ya sea mediático o editorial, y de ahí no te mueven. La impunidad está instalada en nuestra esfera pública: existe algo que podríamos llamar cultura de “amiguetes”. Algo parecido al capitalismo de amiguetes. Hay además una cierta colusión, se protegen y se jalean entre sí. Desde hace tiempo, en nuestro país se detecta una fuerte demanda para acabar con el capitalismo de amiguetes; algo similar, creo yo, debería suceder con la cultura de amiguetes.

Según argumenta en el libro, tiene que ver también con la falta de rigor.

Haber estado en primera fila mediática durante tanto tiempo les ha hecho pensar que nadie va a cuestionar sus tesis y si alguien lo hace suponen que es un necio o un trepa, alguien que quiere moverles la silla. No conciben la posibilidad de que alguien desmonte sus argumentos-eslogan. Aquellos a los que más critico en el libro han acumulado grandes dosis de soberbia. Se han acostumbrado a recibir todos los premios y reconocimientos y a tener un acceso privilegiado en los periódicos tradicionales. A veces esa soberbia se combina con mala educación, como sucede por ejemplo con Juaristi.

Otra característica es que no hay científicos o investigadores en sus filas. Todos son novelistas o ensayistas.

Bueno, es un reflejo del país, que está muy escorado hacia las letras. Su intervención en la esfera pública proyecta el estilo argumentativo del ensayismo, a diferencia de lo que sucede en los países anglosajones, donde la investigación tiene mayores peso y prestigio. Por investigación me refiero a que cada afirmación que hagas tiene que venir respaldada por datos o por argumentos ulteriores que a su vez dependen de datos. Se trata de un debate menos ideológico, más atento a la información empírica. Aquí estamos acostumbrados a que el tipo de querella política sea muy parecido a las querellas literarias, y así se degrada mucho el debate público.

¿Esa degradación va unida a la falta de masa crítica del país o se debe a que las figuras opacan todo?

Creo que tiene que ver con lo que a veces se  llama la maldición de los países de tamaño medio. Si eres un país muy grande, como Estados Unidos, la esfera pública es tan enorme y hay tantos participantes que apenas existen figurones o referentes. Si eres un país muy pequeño, estás obligado por necesidad a internacionalizarte, a abrirte al exterior, como les ocurre a Portugal u Holanda. El problema está en los países de tamaño medio --Francia, Italia, España-- donde la esfera pública es grande pero no lo suficiente para que haya pluralismo, y tampoco es tan pequeña como para que sea necesario abrirse al exterior. Entonces se forma una esfera pública muy introspectiva, donde los figurones adquieren un protagonismo exagerado y adoptan una posición “casticista”, que ignora lo que pasa más allá de nuestras fronteras..

Una de las críticas del libro es el localismo, la ausencia de referencias europeas en sus textos.

Eso se nota sobre todo en los debates acerca del regeneracionismo: es como si España tuviera un problema propio que no existe en el resto de países europeos. Lo podríamos llamar localismo, pero creo que en el fondo es el mismo “casticismo” intelectual que ya se impone con la Generación del 98.

¿Qué conexiones hay entre este grupo de intelectuales y el 98?

Hay muchos puntos en común, también con la del 14. Uno de los que me gustaría destacar es el de los grandes virajes ideológicos. En los de ahora, muchos empezaron de jóvenes en el marxismo-leninismo y han acabado firmando manifiestos con Federico Jiménez Losantos y Hermann Tertsch (como el de “Los libres e iguales”, promovido por Cayetana Álvarez de Toledo). Todos esos virajes responden a una cierta frivolidad intelectual, a una aproximación estética y moralizante a la política. Viene sucediendo así en muchos casos desde el 98.

¿Otra característica común es haber sido izquierdistas en la primera parte de la democracia y haber pasado al PP o a Ciudadanos?

Algunos se han pasado al PP sin complejos, como Juaristi; otros, como Savater y Azúa, han preferido guardar las formas y quedarse con sus juguetes, UPyD y Ciudadanos. Cambian en los años noventa, con la decadencia del felipismo; lo hacen siempre a favor de la corriente. Cuando llega Aznar, entran al juego: la derecha tenía necesidad de relegitimarse intelectualmente porque aún llevaba encima el estigma franquista. Y a propósito del terrorismo, el Partido Popular, con muchísima habilidad, consigue llevar a su terreno a muchos de los intelectuales que habían sido socialdemócratas en los 80 y revolucionarios en los 70. Ahí hay una ganancia mutua para las dos partes. El PP se presenta como un partido que defiende la democracia frente a la amenaza “totalitaria” de los etarras. Y ellos, los intelectuales, recuperan la figura del resistente que se opone al totalitarismo. Se producen situaciones que, vistas desde el presente,  son un poco grotescas, como transformar a Jaime Mayor Oreja en un referente de la democracia. La cuestión “nacional”, que es realmente lo único que aún les estimula (necesitan el plan Ibarretxe o el Procés de Mas para dar lo mejor de sí mismos) es la clave de todo. La crisis, en cambio, les resbala.

Ese proceso de derechización aguda es comprensible. Les pasa a muchos.

Es lógico que todo el mundo cambie de posiciones a lo largo de su ciclo vital. Lo que te hace sospechar es que no haya cambios en todos los sentidos, van coordinados. Apenas hay casos en la trayectoria contraria, de la derecha a la izquierda (una excepción podría ser Vestrynge). Se fueron desplazando tanto hacia posiciones liberales y conservadoras que reaccionaron con una virulencia inusitada durante la etapa de Zapatero: les sacaba de quicio el proceso de paz, el Estatuto catalán, la alianza de civilizaciones, la ley de memoria histórica… Cuando llega el PSOE en 2004 entran en fase de irritación permanente

Y luego, cuando gana Rajoy, todos a una convierten Cataluña en el único problema.

Hace poco le preguntaron a Fernando Savater en El Español: ¿Cuál es el problema principal que tiene España? Su respuesta: Cataluña. Sí, Cataluña es sin duda un problema, un problema que se arrastra desde hace muchas décadas… pero sabiendo cómo está el país de deshecho, las fracturas sociales que se han producido, las complicaciones para hacer política dentro del euro, el paro, la desigualdad y la pobreza… ¿Es realmente Cataluña el principal problema de España? Creo que esto da una idea de la burbuja en la que muchos de ellos están metidos desde los noventa. Cuando ETA empieza a matar políticos, se produce una gran reacción ciudadana y el grupo encabeza el movimiento cívico de resistencia. Aquello a mí me pareció admirable y creo que estuvieron a la altura de las circunstancias. Pero muchos se han quedado presos de los esquemas de entonces, se han enganchado a una guerra de trincheras contra el nacionalismo, con una pobreza argumental asombrosa.  Las cosas que dicen sobre el nacionalismo revelan poca preparación, poco rigor. En el libro desarrollo mucho esta cuestión. Baste un ejemplo un tanto superficial: Vargas Llosa y Savater llevan tiempo repitiendo eso de que  el nacionalismo se cura viajando. Sin embargo, hay nacionalistas acérrimos en Cataluña con una trayectoria mucho más cosmopolita que nuestros intelectuales “castizos”: son gente que ha viajado, que ha publicado en otros idiomas, que ha dado clases en universidades de élite… Como este, hay muchos otros tópicos que analizo y que cuando se examinan con un poco de calma se ve que no tienen base.

Por ejemplo, su actitud ante Podemos, que parece marcada por el odio.

Ya se vio cómo reaccionaban ante el 15M: con total condescendencia: “Estos pobres chicos, que no se enteran de nada y ahora quieren hacer ellos su protesta, cuando nosotros ya hicimos la nuestra, pero era contra el franquismo”. Puede que el 15M tuviera mucho de ingenuo, ¿pero oponerse al franquismo defendiendo el modelo maoísta era más lúcido? En cualquier caso, la aparición de Podemos les sirve para reafirmarse en lo bien que hicieron abandonando cualquier compromiso progresista.

¿Vargas Llosa es el líder espiritual?

No creo, solamente es el intelectual de mayor visibilidad internacional: se trata de un premio Nobel y de un novelista realmente excepcional. Soy un rendido admirador de su obra literaria. Pero cuando habla de política, lo hace de forma muy superficial, con gran osadía y sin demasiado amor por los hechos o la lógica. Releyendo artículos antiguos en los que ensalza a Rosa Díez o a Esperanza Aguirre --llega a decir que si la “Juana de Arco del liberalismo” hubiera gobernado, España habría evitado la crisis--, te das cuenta de la frivolidad con la que están escritos.

¿Qué papel juega Cercas en el grupo?

Él es más joven que los referentes clásicos de este grupo, y tiene posiciones más abiertas. También me encanta su literatura, pero no así sus artículos de opinión. En la cuestión del nacionalismo ha adoptado posiciones muy intransigentes en relación con el referéndum catalán. Ha tenido una evolución hacia un opinionismo cada vez más acusado, de tesis muy rotundas y sin mucho fundamento. Su afirmación enfática de que el derecho a decidir es incompatible con la democracia tiene, como intento mostrar en el libro, una base argumental muy endeble. También señalo una incoherencia divertida: cuando Mas propone realizar un referéndum, Cercas escribe diciendo que es una medida demagógica, que está sujeta a las pasiones del pueblo, y pide elecciones plebiscitarias. Y cuando por fin Mas convoca elecciones plebiscitarias dos años después porque no se puede hacer el referéndum en condiciones, Cercas publica un artículo quejándose de que los nacionalistas convoquen unas elecciones plebiscitarias y no un referéndum. Ese es el nivel del debate.

La cultura del “¡claro!”...

Sí, es lo que el sociólogo Diego Gambetta llama la cultura del “¡claro!”, que desarrolla a través del concepto de “machismo discursivo”: es la cultura de la afirmación lapidaria, de la sentencia tajante cargada de testosterona intelectual…

Azúa escribió un memorable artículo criticando a los líderes de Podemos como símbolo de la endogamia de la universidad española.

Es un clásico entre nuestros intelectuales estar todo el día quejándose de lo mal que está la educación. En el libro recuerdo que eso se remonta a Sócrates, que dice que la educación está en decadencia por culpa de los sofistas y desde entonces lo han repetido todas y cada una de las generaciones siguientes. Azúa tiene opiniones siempre muy extremas, pero en este caso concreto le superan colegas como Gabriel Albiac o Antonio Muñoz Molina; este último ha llegado a escribir que el objetivo de nuestros políticos es que perdure el analfabetismo. A ver quién es el listo que refuta una tesis así. Este tipo de afirmaciones tan exageradas no suele tener ningún respaldo empírico.  España, aunque les escandalice, no está tan mal en resultados educativos, como muestran las pruebas de PISA. Tenemos algunos problemas serios como el fracaso escolar, pero en logros de los estudiantes estamos a poca distancia de los países en cabeza. La universidad española sigue teniendo muchos problemas, pero ha mejorado espectacularmente en algunos centros y especialidades, por mucho que Azúa y los demás no quieran enterarse. El debate sobre la educación es uno de los que mejor refleja el estilo de intervención que tanto critico en el libro, en el que los intelectuales defienden tesis no para que avance el debate y se mejoren las cosas, sino para agrandar su propia figura y despertar la admiración del público.

¿Pérez-Reverte…?

Pertenece al género ínfimo. Por más que tenga amistad con algunos de los intelectuales más consagrados, no se le pude tomar en serio cuando interviene en el debate público. Que lance juicios sumarísimos y gravemente ofensivos sobre los políticos cuando él es un condenado por plagio (y sigue sentado en la Real Academia…). Pérez-Reverte es el caso más extremo y caricaturesco de “machismo discursivo”. 

En el libro no menciona a ninguna mujer.

Bueno, menciono a Edurne Uriarte y la “claridad moral” que practica. Pero es una excepción. Las mujeres no suelen caer en el vicio del “machismo discursivo”.

Usted les llama intelectuales “moralizantes”.

Me refiero a una aproximación puramente “moral” a la política. Hay algunos intelectuales que participan en el debate político sobre todo para resaltar sus cualidades morales frente a unos políticos que ellos consideran indignos. Es algo que ya detectó Javier Varela en su libro La novela de España. Me resulta fascinante que haya pasado un siglo desde el 98 y los intelectuales sigan en el mismo registro. Muñoz Molina, en este sentido, es una fuente permanente de ejemplos.  

El libro será molesto...

Es un libro duro en la crítica y entiendo que haya quien se sienta molesto. No obstante, creo que no es ofensivo. No ataco a personas ni sus obras literarias o filosóficas, me centro solamente en sus intervenciones públicas. En nuestro país la crítica intelectual rara vez se hace con nombres y apellidos. Hay poca costumbre. Se prefiere la alusión velada, para iniciados, o las frases del estilo de “hay en España quien piensa…”.

¿Cómo se explica la evolución desde que Aranguren dijo que El País era el intelectual colectivo hasta la situación actual, en la que el periódico de referencia ha girado a la derecha?

Yo creo que la línea de El País y de muchos de estos escritores ha ido en paralelo. Con una diferencia, y es que a los intelectuales les ha resbalado la crisis, mientras que El País adoptó una posición muy beligerante respecto al tipo de políticas que había que realizar. El País recibe con entusiasmo el ajuste de mayo de 2010 y dice que por fin desaparece el “populismo” del PSOE (la salida social de la crisis) y que por fin se van a hacer las políticas que necesita España. En ese momento entra en el discurso neoliberal del ajuste fiscal acompañado de reformas estructurales como forma de recuperar el crecimiento, y no se ocupa de las consecuencias sociales de esa estrategia (nada sobre los desahucios, la desigualdad, la pobreza energética…). Al mismo tiempo, adopta un tono un poco papanatas de aceptación incondicional de todo lo que provenga de Europa... Todo ello, me parece, le hace perder mucha credibilidad al periódico. 

¿Cómo están viviendo las estrellas la transición del mercado de la información?

Yo creo que no son del todo conscientes del cambio que ha tenido lugar. No se dan cuenta de que su estilo de intervención en la esfera pública se ha quedado caduco. No pueden seguir opinando con tanta frivolidad ahora que hay tanta gente tratando de aumentar el rigor de nuestro debate político. Por supuesto, los figurones siguen teniendo gran presencia mediática y el favor del establishment... Pero eso, en esta época, me temo, es poca cosa.

¿Estamos ante el ocaso de ese tipo de opinador?

Mi impresión es que, precisamente porque en la crisis han tenido más bien poco que decir, su reputación se ha resentido. Hoy hay muchísima gente escribiendo en blogs y plataformas digitales que aporta información y opinión mucho más elaborada que la de los figurones clásicos. Poco a poco estos jóvenes tienen que ir desplazando al intelectual caduco que opina sobre todo sin demasiado rigor.

Ignacio Sánchez Cuenca es consejero editorial y colaborador habitual de CTXT.
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