jueves, 5 de noviembre de 2020

La cuestión del fascismo .

 La cuestión del fascismo. Bonapartismo y crisis contemporánea de la hegemonía neoliberal

NOAH BASSIL, KARIM POURHAMZAVI, GABRIEL BAYARRI

 Viento Sur

El estallido de la covid-19 ha provocado una nueva serie de debates sobre la naturaleza de la crisis del capitalismo y en lo que puede resultar. Los niveles de desempleo y la escala de la recesión económica son hasta ahora sólo comparables a la Gran Depresión de la década de 1930. Esto ha llevado a múltiples medios de comunicación y revistas occidentales influyentes como The Economist y Foreign Affairs a predecir el declive de la hegemonía estadounidense y, por tanto, la desaparición del orden mundial neoliberal surgido en la época de la crisis mundial de los años setenta. Esto plantea la cuestión de si el declive del orden mundial neoliberal ha surgido de la pandemia o si la crisis de hegemonía se produjo mucho antes de la actual propagación de la Covid-19.

 La noción de crisis de hegemonía o bonapartismo puede entenderse inicialmente a partir de los escritos de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Según Marx, el bonapartismo es un fenómeno político que pone fin a una época progresiva concreta como la Revolución francesa de 1789. Marx construye inicialmente la idea del Bonapartismo en el fin de una fase jacobina de la Revolución francesa, en el afianzamiento del Estado que representaba el interés de la élite burguesa y en el ascenso de Napoleón Bonaparte I en 1805-1814. El sobrino de Napoleón, Luis Bonaparte, en 1848-1852 pone fin a la revolución de 1848 aplica la “tragedia” original con la repetición de la historia en forma de “farsa”. Otro aspecto de este texto que hemos encontrado influyente es que Marx identifica la crisis de liderazgo de las clases dominantes como la condición crucial en la que se basó el ascenso de Luis Bonaparte. En este vacío, Luis Napoleón supo representarse a sí mismo como paladín ante grandes sectores de la población, especialmente los trabajadores rurales, que consideraban que el sistema político no reflejaba sus intereses.

 Los dos ejemplos de Marx ponen de relieve la forma en que un líder bonapartista se sitúa por encima de las clases y el conflicto de clases en una situación en la que ni la burguesía ni el proletariado pueden establecer un dominio sobre el otro. Es en esta situación, y donde hay una ausencia de equilibrio de poder entre las fuerzas en conflicto, lo que allana el camino para que surja un hombre fuerte como líder bonapartista que eventualmente devuelva el dominio a la burguesía.

 Los ejemplos mencionados anteriormente fueron centrales para otro pensador marxista, Antonio Gramsci. Para Gramsci, una élite gobernante es hegemónica o no hegemónica. La hegemonía para Gramsci implicaba la construcción de un sistema, material, institucional e ideológico que estaba en el interés de la clase dominante pero apoyado por una sección transversal de otras clases a través del consenso. Un sistema capitalista hegemónico es aquel en el que todo un sistema social se construye sobre la base de cómo beneficia mejor a la burguesía, especialmente a la fracción de capital que controla las alturas dominantes de la economía, mientras que presenta los beneficios de los capitalistas como el interés de todos. Cuando la fachada de este sistema se erosiona en momentos en que el sistema ya no puede ofrecer un mínimo de prosperidad o seguridad a las masas, puede surgir una crisis de hegemonía como en los años treinta, setenta y más recientemente, como sostenemos, desde la actual crisis financiera mundial desde 2008.

 La crisis de hegemonía se produce cuando las fuerzas en conflicto son incapaces de establecer un dominio sobre sus rivales. La “crisis”, como explica Antonio Gramsci, es “…lo que se llama “crisis de autoridad”. Si la clase dominante ha perdido su consenso, es decir, ya no es “dirigente” sino sólo “dominante”, ejerciendo únicamente la fuerza coercitiva, esto significa precisamente que las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicionales y ya no creen lo que antes creían, etc.

 La perspectiva de Gramsci sobre la hegemonía y la crisis de hegemonía se ha incorporado en varios campos para explicar los órdenes nacionales y mundiales, y las luchas que impregnan la política nacional y mundial.(Cox, 1982). Nuestra sugerencia aquí es que una combinación de Bonapartismo y Cesarismo proporciona una herramienta teórica útil para entender la actual crisis de hegemonía y la aparición de, lo que argumentamos, son los líderes neo-bonapartistas, siendo notables Donald Trump en EE UU o Jair Bolsonaro en Brasil.

 En los siguientes apartados reflexionamos utilizando como base contextual la crisis de la hegemonía neoliberal. El próximo artículo profundizará en las ideas planteadas en este artículo inicial. Los siguientes artículos examinarán la crisis de la hegemonía neoliberal a nivel mundial, en los EE.UU., en Brasil y en el Oriente Medio.

 Los fenómenos de Trump y Bolsonaro

 Este apartado aborda un tema que surgió en las discusiones de diferentes académicos sobre el lenguaje que se está utilizando para describir a los líderes populistas de derecha contemporáneos en este período de crisis del orden capitalista neoliberal. Un número significativo de académicos, incluyendo académicos marxistas, han etiquetado a Trump y Bolsonaro como fascistas 1/. Ninguno de nosotros llamaría a Trump o Bolsonaro fascistas o proto-fascistas. Esto no se debe a ninguna distinción que hagamos en cuanto a retórica, ideología o actitud. Consideramos que los intentos de definir a Trump, y a otros populistas de derecha de la misma clase, como fascistas o no, no están abordando el punto central. El punto no es si Trump y Bolsonaro son individualistas o colectivistas, o si emplean la demagogia, o que apuntan a las minorías para explicar el declive del pueblo, o volk. En muchos sentidos, tanto Trump como Bolsonaro reúnen suficientes de estas características para ser definidos como fascistas.

 Queremos examinar las condiciones necesarias para que el fascismo emerja plenamente. A pesar de estar en un momento de crisis, las condiciones aún no se han cumplido plenamente. El tema de la crisis es fundamental en este proyecto. La explicación de Gramsci de la crisis, su teorización de la hegemonía, y la articulación del fascismo como una forma de bonapartismo-cesarismo es de inmenso valor para nosotros como investigadores, y de la investigación sobre el actual malestar político.

 Trump y Bolsonaro significan un tiempo de crisis no resuelta donde en términos gramscianos “…lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer; en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos”. Por el momento, debemos detallar las razones por las que creemos que ni Trump ni Bolsonaro pueden ser llamados fascistas.

 Hay una tentación comprensible de usar la etiqueta de fascista para cualquier movimiento político o social que emplee el racismo y el miedo para oprimir los derechos de los trabajadores y de las minorías, y que valorice la nación y militarice la sociedad. Sin embargo, la izquierda debe usar la etiqueta juiciosamente y con una comprensión, y una memoria, de lo que enfrenta si se quiere diseñar un desafío viable. Es con esto en mente que invertimos tiempo en examinar este asunto.

 Definiendo el fascismo

 Uno de los análisis marxistas más potentes del fascismo es el de León Trotsky. Primero, en su formulación del fascismo demuestra que no todo líder o dictador de derecha puede ser clasificado como fascista. Trotsky ve a los fascistas como el último recurso de la clase capitalista. En su opinión, las clases dominantes les piden que protejan el orden imperante cuando “los recursos policiales y militares ‘normales’ de la dictadura burguesa, junto con sus pantallas parlamentarias, ya no bastan para mantener a la sociedad en un estado de equilibrio” y según él, ese es el momento en que “llega el turno del régimen fascista”(Trotsky, 2005: 18). Antonio Gramsci, cuya obra es central para conceptualizar el carácter de los líderes contemporáneos y para explicar su ascenso al poder, se refirió al fascismo en Italia como una “reacción capitalista fanfarrona” a los órganos de clase del proletariado” (Gramsci, 1978).

 El análisis de Gramsci sobre el fascismo italiano proporciona dos revelaciones fundamentales. La primera es que los orígenes de los fascistas son independientes de la clase capitalista. En cambio, según Gramsci, el fascismo parece haber sido impulsado por el miedo y el antagonismo de la pequeña burguesía hacia la creciente influencia de los movimientos obreros. En segundo lugar, Gramsci establece que la explotación instrumental del fascismo por parte del capitalismo en la lucha con los socialistas y los movimientos proletarios está en el centro del ascenso de los movimientos de la periferia al centro de la política italiana de manera que “…refuerza el sistema hegemónico y las fuerzas de coacción militar y civil a disposición de las clases dominantes tradicionales”(Gramsci, 1971: 120). Al igual que Trotsky, y antes que él, Gramsci sitúa el ascenso del fascismo en la crisis del capitalismo.

 Al examinar a Donald Trump en el poder, el académico estadounidense Dylan Riley (2019)comparte una posición sobre el fascismo similar a la propuesta por Trotsky y Gramsci. Se abstiene de referirse a Donald Trump como fascista porque a pesar de todo el errático derechismo de Trump no ha habido suspensión de las libertades burguesas. Tampoco ha habido un apoyo explícito y absoluto del Estado para que la derecha ataque violentamente a las movilizaciones anti-establishment de movimientos obreros y otros movimientos revolucionarios progresistas [6]. Riley percibe el fascismo como un último recurso de las clases dominantes capitalistas fatigadas por sus constantes luchas contra la agitación de las masas desde abajo. Estas luchas se intensifican, según Riley, a medida que la crisis de hegemonía se intensifica y puede conducir a una respuesta fascista cuando los intentos de la clase dominante de reformular la hegemonía fracasan. Volveremos a Riley cuando examinemos los aspectos bonapartistas de Donald Trump.

 Crucialmente, ni Trump ni Bolsonaro han suspendido la democracia liberal burguesa o desechado el estado de derecho. Si bien no hay pruebas de que ninguno de estos líderes se erigiera en baluarte de los esfuerzos por destruir la democracia o el estado de derecho si una amenaza significativa de la izquierda pusiera en peligro su riqueza y poder y el de sus aliados, esto no ha ocurrido todavía. Bolsonaro, y Brasil, es probablemente más sensible a desarrollar un régimen con elementos dictatoriales, dados sus antecedentes y sus elogios públicos a la dictadura militar de derecha pro-estadounidense de Brasil (1964-85). Sin embargo, incluso la instalación de una dictadura militar no produciría, por sí sola, un régimen fascista. No tenemos espacio aquí para un análisis en profundidad al respecto; no obstante, es importante señalar que para que surja el fascismo es necesario que se desmantelen otros aspectos del sistema burgués liberal, normalmente de forma violenta, incluidos los militares, la policía y otras instituciones encargadas de proteger los intereses del orden establecido. También es un requisito del fascismo, según Gramsci, que el líder, el partido y el movimiento superen el control de clase en el que se basó en la fase inicial de ascenso al poder. Esto aún no ha sucedido ni en los EE.UU con Trump ni en Brasil con Bolsonaro.

 La suspensión del actual sistema de gobierno burgués dependerá de la profundidad de la crisis hegemónica y de si esta crisis pone en peligro el sistema de las fuerzas contra-hegemónicas. Si esto sucede, entonces la matonería característica del fascismo podría ser desatada con el objetivo de anular a los movimientos revolucionarios. Elementos de esta táctica han sido evidentes en la década siguiente a la GFC (Global Financial Crisis), como demostrarán los siguientes ejemplos.

 En EE UU, tras la GFC y la aparición de los movimientos de Occupy hubo pruebas de que la clase dirigente se preparaba para un enfrentamiento. La creación del Tea Party en 2010 y desde entonces, la continua benevolencia de la clase dirigente hacia los grupos de derecha, de supremacía blanca, muestra que la clase dirigente tiene una estrategia para lidiar con la disidencia masiva de los trabajadores. Los eventos en Charlottesville en 2017 fueron una muestra de armas y en sí mismos probablemente no son una señal de que la ultraderecha sea una fuerza importante en la política de EE UU. Sin embargo, fue la forma en que ciertos segmentos de la sociedad estadounidense, especialmente el Presidente y los miembros del Partido Republicano, presentaron a la ultraderecha como víctimas iguales de la violencia antirracista y antifascista o antifa. Esto marcó el alcance de una alianza taciturna entre elementos de la clase dirigente estadounidense y la ultraderecha. En esta época de covid-19, el continuo apoyo a la derecha alternativa (alt-right) es una señal de que tal estrategia sigue en pie.

 En el caso de Brasil, los temores de la clase dirigente hacia los grupos más vulnerables, principalmente los pobres, los negros, las mujeres y la comunidad LGBTQ se han manifestado en el apoyo a Bolsonaro y a los extremistas de derecha. La retórica de la extrema derecha, en parte legado colonial y en parte influenciada por el programa anticomunista de la derecha de la guerra fría, se hizo más pronunciada en la esfera pública a partir de junio de 2013, cuando estallaron en todo el país una serie de manifestaciones. En el periodo previo a las elecciones de 2018, las manifestaciones reforzaron su carácter ultraconservador, de anticorrupción, pro-militarista y anti-establishment. Individuos e ideologías de extrema derecha existen cerca de la Presidencia y de la clase dirigente. Los que están en el poder no han permitido que los grupos de extrema derecha ejerzan una violencia extrajudicial generalizada para silenciar a los partidos progresistas y obreros, ni hay pruebas de que se haya suspendido el orden público.

 La relación entre la Presidencia y los elementos fascistas de extrema derecha con los militares en Brasil es obvia. Por el momento, como en el caso de Trump en EE UU, el estado de derecho y las instituciones formales del Estado siguen protegiendo los intereses de las clases dirigentes, evitando la necesidad de formalizar a los elementos de extrema derecha como parte del aparato estatal y de desatar la violencia típica del fascismo. Al mismo tiempo, hay elementos sistémicos en la democracia burguesa liberal que impiden a los movimientos de extrema derecha actuar con impunidad. Además, especialmente en EE UU, hay un apoyo significativo de las élites corporativas, especialmente de los partidarios del Partido Demócrata tras la derrota de la figura contrahegemónica de Bernie Sanders, primero en 2016 y de nuevo en 2020, y la reanudación de la política normal como las opciones corporativas preferidas para la Presidencia.

 Mientras algunas de estas fuerzas continúen manteniendo un equilibrio que asegure la salvaguardia de los intereses de la élite y otras instituciones protejan los derechos de los representantes de la clase obrera y las minorías, el orden actual debería estar a salvo de una toma de poder fascista. Es este equilibrio el que, mientras escribimos, significa que ni EE.UU ni Brasil han avanzado abiertamente hacia la solución fascista, incluso existiendo elementos del fascismo, así como pruebas de que tanto Trump como Bolsonaro no sólo tienen simpatías por los agitadores de extrema derecha, sino que se adhieren a muchas de las mismas ideologías y tácticas de los movimientos de extrema derecha. No ofrecemos predicciones sobre si el fascismo llegará en EE UU. o en Brasil. Lo haga o no, el fascismo dependerá del equilibrio de fuerzas, especialmente de la capacidad de las fuerzas antifascistas para unirse y de los acontecimientos que aún están por ocurrir. Por el momento, el líder carismático sigue siendo ascendente y en el próximo artículo exploraremos las condiciones en las que el líder carismático emerge.

 Covid-19: Brasil y el cesarismo regresivo de Jair Messias Bolsonaro

 Era 18 de marzo de 2020, y el presidente brasileño Jair Messias Bolsonaro había convocado una conferencia de prensa, junto con sus ministros, para discutir la situación de la pandemia de covid-19 en Brasil. El Presidente trató de volver a ponerse su mascarilla médica frente a los medios de comunicación. Al no poder hacerlo, Bolsonaro colocó la máscara sobre los ojos, cubriéndoselos, en lugar de la boca y la barbilla. Esta imagen se convirtió en un símbolo que representaba la ignorancia e incompetencia con la que el Presidente de la República estaba manejando la pandemia de covid-19.

 El Presidente demostró una vez más que su lealtad era la de los grandes grupos empresariales del país, aunque fuera a costa de la salud de sus compatriotas. Bolsonaro animó a los brasileños a salir a las playas, a ir de compras y a los bares y restaurantes. Su actitud desdeñosa ante la pandemia mundial era evidente en la forma en que la describía: “El coronavirus es sólo una pequeña gripe”, “debido a mi historia como atleta, si la contrajera no tendría que preocuparme”2/, o “los brasileños deberían ser estudiados. Nunca se infectan. Vemos a la gente nadando en las alcantarillas, y salen y no les pasa nada”.

 A medida que el impacto de la pandemia en Brasil se intensificó, los nombramientos del gobierno de Bolsonaro parecían desmoronarse, perdiendo a sus dos ministros de Salud y Justicia en sólo una semana. ¿Pero cómo había llegado a la presidencia un líder así? Para entenderlo, debemos estudiar el apoyo que dio forma al proyecto de extrema derecha que es el fenómeno conocido como Bolsonarismo.

 Brasil, el mayor país sudamericano con casi 210 millones de habitantes, es también un ejemplo de cómo la clase dirigente ha rediseñado los símbolos del neoliberalismo en los últimos años. A pesar de los altos índices de desigualdad y racismo estructural y de los enormes índices de violencia 3/, los brasileños eligieron al ultraderechista Jair Messias Bolsonaro como presidente de la República en 2018. El proyecto de Bolsonaro de construir una hegemonía consistía en un proyecto cultural, político y económico alineado: la articulación de los grandes terratenientes en el sector agrícola del país, las iglesias evangélicas y el ejército, un bloque de poder capaz de activar mecanismos de barbarie. Sus intereses están muy alejados de los de las clases populares. Se consideran defensores de un proyecto político caracterizado por la privatización de los servicios públicos, el racismo postcolonial, el ataque a las minorías y el uso de la violencia contra las regiones periféricas y las zonas habitadas por las clases populares.

 Sin embargo, la contradicción evidente se justificaba diciendo que Bolsonaro era un “hombre del pueblo”, es decir, un hombre que podía poner “orden en la casa” frente a la corrupción de la clase política. Bolsonaro había sido diputado durante 27 años, pero consiguió transmitir esta imagen de persona normal, y sus defectos y su retórica violenta fueron una reafirmación de que, como hombre normal, era una persona imperfecta. Las características autoritarias de esta figura no se interpretaron como una amenaza a las libertades individuales, sino que sus simpatizantes vieron en él una figura autoritaria contra el enemigo o, en términos gramscianos, como un cesarismo regresivo capaz de superar las partes en conflicto del establishment, siendo una manifestación y supuesta solución a una crisis orgánica. Bolsonaro se presentó como una figura mesiánica, un mesías en el que poner la fe y la esperanza. Bolsonaro había articulado una frontera de identificación política: el “buen ciudadano”, que sería cualquier votante suyo, contra los “bandidos”. Los bandidos serían cualquier persona en su contra que, a través de un proceso de higienización característico del fascismo, no sería una persona con “sustancia moral digna”, es decir, una persona que pudiera ser atacada y eliminada (Cardoso de Oliveira, 2002).

 El cesarismo regresivo de la figura de Bolsonaro se justificaba, por lo tanto, por las clases populares a través de la metáfora de la guerra (Lakoff, 1996): según esta metáfora, Brasil se encontraría en una guerra santa de moralidad y buena ciudadanía, y sólo un héroe, con rasgos estrictos y autoritarios, tendría la capacidad de hacer esa guerra y liberar a Brasil del infierno. Una vez construida esta metáfora, el miedo se apoderó de la población, sometiéndose emocionalmente aún más a la figura autoritaria de Bolsonaro y dando lugar a una falsa nostalgia: nostalgia de los tiempos gloriosos, de los militares del golpe de Estado de 1964 y del “pequeño-gran hombre” (Adorno, 1950) en líderes que, como Hitler o Mussolini, representaban las imperfecciones más cotidianas ligadas a los rasgos mesiánicos construidos desde la época de César.

 ¿Qué hacemos en tiempos de coronavirus?

La actual epidemia de COVID-19 ha sido tratada por los líderes de la extrema derecha mundial como una “pequeña gripe” (en el caso de Bolsonaro), un racismo hacia los asiáticos al llamar a la epidemia el “virus chino” (en el caso de Trump), construyendo una metáfora de la guerra, no contra el virus, sino contra los cuerpos portadores, es decir, principalmente los pobres y/o inmigrantes. Ambos discursos son un ejemplo de cómo estos líderes, construidos sobre la retórica anti-establishment, son en última instancia representantes del orden financiero, de un neoliberalismo moribundo a partir del cual debemos construir alternativas.

 Otros representantes de la extrema derecha, como el presidente indio Narendra Modi o el presidente filipino Rodrigo Duterte, están utilizando castigos físicos, como el encarcelamiento en jaulas para perros o la amenaza de ser fusilados si no cumplen con las medidas establecidas 4/.

 Nos encontramos en un momento histórico en el que los progresistas deben luchar contra la crisis hegemónica del neoliberalismo que representan estas figuras. En este momento, las acciones de cada uno de nosotros pueden tener una trascendencia para las próximas décadas. Tal vez este texto sirva para aclarar los procesos de construcción de estos líderes autoritarios de la extrema derecha, y desenmascararlos, entendiendo en un momento de pandemia los verdaderos poderes fácticos que representan. En estos tiempos se está demostrando que estos líderes representan un cesarismo quimérico, una forma de populismo sin compromiso nacional-popular ni lazos de solidaridad internacional, que abandona a las clases populares al monstruo del neoliberalismo.

 Noah Bassil y Karim Poumhamzavi son profesores e invetigadores del Departamento de Historia Moderna, Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Macquerie de Sydney. Gabriel Bayarri es doctorando en antropología y sociología en la misma Universidad .y en la Universidad Complutense de Madrid. Los tres forman parte del Research into Global Power, Inequality and Conflict (RGPIC) de la Universidad Macquerie de Sydney..

 Se puede consultar este trabajo original en inglés en el blog del RGPIC en:

 https://rgpic.wordpress.com/ Contacto: mecentre@mq.edu.au

 Notas

 1/ Destacamos aquí algunos ejemplos de eminentes eruditos de los que hemos aprendido mucho, y tenemos mucho que aprender, incluyendo a Samir Amin https://monthlyreview.org/2014/09/01/the-return-of-fascism-in-contemporary-capitalism/ ; William E. Connolly, ‘Trump, the Working Class, and Fascist Rhetoric,’ Theory and Event, 20:1, 2017; Manuel Castells, http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=24300 ; John Bellamy Foster, Trump in the White House: Tragedy and Farce (2017).

 2/ Meses después, Bolsonaro contrajo la COVID-19, recibiendo el alta tras varias semanas ingresado.

 3/ En 2017, el número de homicidios en Brasil había aumentado a 63.880 anualmente, un incremento de más del 37,5% con respecto a 2007. Para este año, Brasil tenía un promedio de 175 homicidios por día. Fuente: Brazilian Institute of Geography and Statistics (IBGE).

 4/ Según informes de Human Rights Watch.

 Referencias

 Adorno, Th. W. et al. (1950) The Authoritarian Personality – Studies on Prejudice. New York, Harper & Brothers.

 Algar, H. (2002). Wahhabism: A Critical Essay. New York: Oneonta.

 Cardoso de Oliveira, Luis Roberto (2002). Direito Legal e Insulto Moral – Dilemas da Cidadania no Brasil, Quebec e EUA. Rio de Janeiro: Relume-Dumará.

 Cox, R. (1982). Gramsci, Hegemony and International Relations: An Essay in Method. Millennium – Journal of International Studies. Vol. 12. No. 2, pp 162-175.

 Gramsci, Antonio (1971) Selections from the Prison Notebooks: translated and edited by Quintin Hoare (Lawrence and Wishart: London, 1971)

 Gramsci, Antonio (1978) ‘The Two Fascisms’ in Selections from Political Writings (1921-1926). Londres:Lawrence and Wishart; originalmente publicado en Ordine Nuovo, 25 de agosto de 1921.

 Gramsci, Antonio (1987) Cuadernos de la cárcel. en Portantiero, J. C. y De Ipola, E. Estado y sociedad en el pensamiento clásico. Antología conceptual para el análisis comparado. Buenos Aires, Cántaro. (1ª ed. 1948)

 Hanieh, A. (2018). Money, Markets, and Monarchies: The Gulf Cooperation Council and the Political Economy of the Contemporary Middle East. New York: Cambridge University Press.

 Lakoff, G. (1996). Moral politics. Chicago: University of Chicago Press.

 Riley, Dylan (1919) “¿Qué es Trump?”, New Left Review, 114, pp. 7-36.

 Trotsky, Leon, Fascism: What is it and How to Fight It, edited by A. Banerjee and S. Sarkar (Delhi, India: Aakar Books, 2005), p. 18 [Edición en castellano: La lucha contra el fascismo, Barcelona, Fontamara, 1980].

  Fuente ..

 https://vientosur.info/la-cuestion-del-fascismo-bonapartismo-y-crisis-contemporanea-de-la-hegemonia-neoliberal/?fbclid=IwAR1QQFMZfBPm4Q9j7fFEAjnVw-VW9YYMF3DlvwYEeyrNy0ng

Nota del blog .-Decia en el post anterior ." En  sistema liberal la democracia de masas están privadas a veces  de espíritu democrático. Y busca  un líder  carismático...Eso ya lo sabemos.  ¿A qué viene ocultarlo  ahora? El refinado arte de la mentira y el torcimiento del significado de  las palabras   se llama fascismo y eso  es lo que ha hecho Trump  todo el tiempo mientras muchos lo tomaban por loco, cuando sus  palabras era su recurso del método fascista. Y para no nombrar esa palabra   se utiliza un eufemismo  se   le suele llamar  nacional populismo. El no utilizar el término real es otra formar  de negación  de lo evidente  en este proceso de fascistización de las masas en nombre de la libertad. Y su repetición no es una farsa sino una tragedia ". El proceso del fascismo norteamericano repito  ..es la  fascistización de las masas en nombre de la libertad.  Cosa que  para un liberal se le hace incomprensible . Y lo mismo esta haciendo Vox  aquí .Y uno recuerda las palabras de Thomas Man , "si alguna vez aparece el fascismo en USA lo hará en nombre de al libertad ", cada vez  que un democrata hace una propuesta , los republicanos trumpistas  responden . ¡Libertad !.

¿ Utilizará Trump el lawfare contra Biden?

¿ Utilizará  Trump el lawfare contra  Biden?

LDM.

Lo que antes repitió en el SUR,  el lawfare o golpe toga contra Lula u otros, ahora se  puede aplicar y suceder  en el NORTE. Como bien explicó Hannah Arendt en sus libros sobre  el Totalitarismo,  que lo que se aplicó en colonias y en  la periferia luego se aplicó en el centro con el   nazismo  de los años 30. Recordemos  al igual como la UE mira para otro lado o incluso lo justifica como en Bolivia  y mientras pasaba en SUR y ahora se  le puede repetir en sus narices o en sus países . Un caso claro de "lawfare" tan   típico  de jueces  sudamericanos  para  acabar con líderes de izquierda, se traduce por guerra jurídica o guerra legal. Es significativo que el término "guerra jurídica", que surgió hace una década, se utilice generalmente para tipificar "el esfuerzo por conquistar y controlar pueblos indígenas mediante el uso coercitivo de medios legales.” Tampoco en USA les falta experiencia , recordemos  la vez que los  republicanos norteamericanos se lo  aplicaron a Gore.

Cuándo surge el 'lawfare'? El concepto nace en Sudáfrica con el proceso del Apartheid y los juicios en contra de los líderes, entre ellos Mandela. Ajuste que se impone en la escena a golpes de toga. Como en  Brasil con la Lava Jato alineada con el imperialismo por la estrategia del lawfare contra  Lula, Correa o Evo.

En  sistema liberal la democracia de masas están privadas a veces  de espíritu democrático. Y busca  un líder  carismático...Eso ya lo sabemos.  ¿A qué viene ocultarlo  ahora? El refinado arte de la mentira y el torcimiento del significado de  las palabras   se llama fascismo y eso  es lo que ha hecho Trump  todo el tiempo mientras muchos lo tomaban por loco, cuando sus  palabras era su recurso del método fascista. Y para no nombrar esa palabra   se utiliza un eufemismo  se   le suele llamar  nacional populismo. El no utilizar el término real es otra formar  de negación  de lo evidente  en este proceso de fascistización de las masas en nombre de la libertad. Y su repetición no es una farsa sino una tragedia.

 Si gana Biden, Trump dirá que es un presidente "ilegítimo". ¿Dónde hemos oído algo similar?

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Uno de los mayores problemas de la democracia estadounidense es que no es democrática.

Los problemas de EE.UU. tienen 400 años, no cuatro


 

Si el presidente pierde las elecciones, Estados Unidos se quedará sin un Trump al que echarle la culpa. En los últimos 30 años ha habido dos presidentes demócratas, con dos mandatos cada uno, y los temas estructurales que corrompen la democracia y la sociedad estadounidense, con la raza siempre en el centro, no han cambiado sustancialmente.




En Estados Unidos votaron por anticipado unos 90 millones de personas, con una participación final que puede llegar a ser la más alta desde 1908. Hay que darle gracias a Donald Trump por ello, un hombre que genera una lealtad feroz entre sus simpatizantes y moviliza a sus oponentes en la misma medida.

El país lleva cuatro años obsesionado con el inquilino de la Casa Blanca y existe el peligro de que los progresistas y liberales pongan toda su fe en la salida de Trump sin pensar en lo que va a hacer falta para arreglar Estados Unidos. Deshacerse de Trump es una cosa. Arreglar el país, otra.

Si Trump pierde, se hablará mucho de nueva normalidad y de la necesidad de un reajuste democrático. Se expresearán deseos de un retorno a las normas constitucionales y habrá peticiones por volver al civismo en el discurso público y sanar la polarización que hiere al país. Todo eso está bien y así es como tiene que ser, pero debería llegar con el reconocimiento de que Estados Unidos se rompió mucho antes de la elección de Trump y de que su salida no es ninguna garantía para la cura del país. Muchos de los problemas sistémicos que sufre EEUU son anteriores a Trump.

Su presidencia desagradable y disfuncional ha distraído la atención sobre muchos de los problemas fundamentales que llevan décadas, y hasta siglos, afligiendo a Estados Unidos. Pero eso no los ha hecho desaparecer.

Si el presidente pierde las elecciones, Estados Unidos se quedará sin un Trump al que echarle la culpa. Pero en los últimos 30 años ha habido dos presidentes demócratas, con dos mandatos cada uno, y los temas estructurales que corrompen la democracia y la sociedad estadounidense, con la raza siempre en el centro, no han cambiado sustancialmente. En los últimos meses, la atención ha estado puesta sobre la brutalidad y el racismo sistémico de gran parte del cuerpo de policía, pero el racismo en Estados Unidos no se limita a las fuerzas del orden y, de hecho, no se limita a nada.

Cuando Barack Obama fue elegido en 2008 se habló de la posibilidad de haber llegado a un Estados Unidos posracial. Pero en 2016 terminó su mandato de ocho años y el centro de estudios Pew Research Center (sin afiliación política) estimó que la riqueza media de los hogares blancos estadounidenses era de 171.000 dólares, 10 veces más que la de los hogares negros (17.100 dólares). La brecha con relación a 2007, un año antes de la primera presidencia de Obama, había crecido.

Se puede culpar a Trump de alimentar las tensiones raciales y de ayudar a los nacionalistas blancos, pero la brecha económica en términos raciales va más allá de su mandato. Como ha afirmado este año el think tank Brookings (sin afiliación política), «la brecha que hay entre la riqueza de hogares negros y blancos revela los efectos acumulados de la desigualdad y la discriminación, así como unas diferencias de poder y de oportunidades que se remontan al nacimiento de esta nación».

Después de Trump, Estados Unidos podría centrar su atención en el problema de la segregación escolar, pero no parece probable. Como escribieron en The New York Times en 2018 Elise Boddie, profesora de derecho de la Rutgers University, y Dennis D. Parker, de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), «ya nadie habla realmente de la segregación escolar». «Las tasas de graduación de los estudiantes negros en la escuela secundaria mejoraron significativamente durante el apogeo de los esfuerzos por teminar con la segregación escolar entre 1964 y los años 80». Según las estimaciones de Boddie y Parker, los actuales niveles de segregación escolar en Michigan, Nueva York, Illinois, Maryland y Nueva Jersey son «peores que en la antigua Confederación». Otras investigaciones lo confirman: la segregación escolar está en sus mayores niveles en décadas.

Luego está el tema de la desigualdad de ingresos, que ha aumentado en los últimos 40 años (también durante los 16 años de Bill Clinton y Barack Obama) debido al cambio tecnológico, a la globalización, y a la pérdida de poder de los sindicatos y de la negociación colectiva. Pew Research estima que entre 1980 y 2016 la desigualdad de ingresos en Estados Unidos aumentó un 20%. Según el Economic Policy Institute, un centro de estudios sin afiliación política ni ánimo de lucro, la remuneración de los directores ejecutivos en Estados Unidos ha crecido un 940% desde 1978. La remuneración típica de los trabajadores ha crecido un 12% durante el mismo período.

Pero en el centro de la disfuncionalidad estadounidense está su sistema electoral. Como escribieron en The New York Times Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, autores del ensayo ‘How democracies die’, la Constitución del país «fue diseñada para favorecer a los estados pequeños (o de poca población). A los estados pequeños se les dio la misma representación que a los estados grandes en el Senado y una ventaja en el Colegio Electoral. Lo que comenzó como una ventaja menor de los estados pequeños ha evolucionado, con el tiempo para convertirse en una gigantesca sobrerrepresentación de los estados rurales».

Todos los estados tienen dos senadores. Es decir, que los 40 millones de personas que viven en California (con un 39% de personas blancas) están representados por dos senadores, igual que las 570.000 personas del estado de Wyoming (blancos en un 92%). Eso significa que los votantes de los estados más viejos, rurales y blancos están significativamente sobrerrepresentados tanto en el Senado como en las elecciones presidenciales. Así se explica que de los casi 2.000 senadores que ha habido desde 1789, sólo 10 han sido afroamericanos.

No tiene visos de mejorar. Según el autor Ezra Klein, «para el año 2040, el 70% de los estadounidenses vivirá en los 15 estados más grandes. Eso significa que el 70% de la población de Estados Unidos estará representada por sólo 30 senadores, mientras que el 30% restante de la población de Estados Unidos estará representada por 70 senadores».

El sistema del colegio electoral en las elecciones presidenciales permite, y de hecho facilita, que los republicanos hayan ganado la Casa Blanca en 2000 y 2016 a pesar de que recibieron menos votos. Lo mismo ocurre actualmente en el Senado. Además, hay manipulación de distritos electorales y tácticas de supresión del voto generalizadas, especialmente entre las comunidades más pobres y las personas racializadas, como ha informado The Guardian a lo largo de un año de artículos. Como dice Klein, «uno de los mayores problemas de la democracia estadounidense es que no es democrática».

En la papeleta de las elecciones de este martes no aparecerá ninguno de estos problemas sistémicos que, como muchos otros, deforman la realidad estadounidense. La pregunta es si seguirán ahí mucho tiempo después de estas elecciones. Eliminar a Trump es un comienzo, pero algunos de los azotes que aquejan a Estados Unidos son tan antiguos como la esclavitud en estas tierras. Estamos hablando de 400 años, no de cuatro.

Traducido por Francisco de Zárate.

John Mulholland: Director de The Guardian en EE.UU.

Fuente: https://www.eldiario.es/internacional/elecciones-eeuu-2020/problemas-eeuu-400-anos-no-cuatro_129_6381630.html


martes, 3 de noviembre de 2020

Robert Fisk .- In memoriam

 

Robert Fisk y los periodistas que corren hacia el volcán

Robert Fisk siempre tenía muy claro qué es lo que debía contar. A veces, demasiado claro, pero esa es una tendencia muy habitual entre periodistas británicos. En algún lugar de Oriente Medio, alguien estaba intentando ocultar algo o que quedara enterrado bajo la montaña habitual de versiones, acusaciones o denuncias cruzadas. Los gobiernos eran el sospechoso habitual para él, un pronóstico con el que pocas veces te sueles equivocar.

Fisk recordaba obsesivamente la historia –no la de los últimos años, sino la que se prolongaba en el tiempo hasta la época en que los imperios británico y francés se repartieron sus zonas de influencia a través de la línea Sykes-Picot o el día en el que el rey saudí Abdul Aziz subió al barco USS Murphy para reunirse con Roosevelt– con la intención de avisar de que algo iba a acabar mal. Otros afirmaban que esta vez sería diferente. Tratándose de Oriente Medio, no es difícil saber quién estaba equivocado.

El periodista británico ha fallecido a los 74 años en una de sus visitas a Dublín. Su carrera es un recorrido por todas las guerras de Oriente Medio desde los años 70 y algunas en otras partes del mundo.


En el prólogo de su mejor libro ‘Pity the Nation. Lebanon at War’, ofrecía un apunte de lo que entendía como trabajo periodístico en esas condiciones:

«Creo que estaba en Líbano porque creía, de una forma no muy clara, que estaba siendo testigo de la historia, que vería con mis propios ojos una pequeña parte de los épicos acontecimientos que habían dado forma a Oriente Medio después de la Segunda Guerra Mundial. En el mejor de los casos, los periodistas se sitúan en los límites de la historia, como los vulcanólogos que se colocan en el borde de un volcán humeante, intentando ver por encima de la cresta, estirando el cuello para otear lo que ocurre dentro a través del humo y la ceniza. Los gobiernos se ocupan de que eso no cambie. Sospecho que de eso se trata en el periodismo, o que al menos así debería ser: observar y ser testigo de la historia y después, a pesar de los peligros y las limitaciones de nuestras imperfecciones humanas, registrar todo eso de la forma más honesta».

Antes había cubierto para The Times el conflicto del Ulster, donde había comprobado cómo el colonialismo deja heridas que pueden escupir sangre durante décadas o incluso siglos. En Beirut cubrió la permanente guerra civil desde sus orígenes y todas las intervenciones militares de potencias extranjeras, asumiendo grandes riesgos en los años 80 cuando los periodistas extranjeros eran candidatos automáticos al secuestro. Su amigo, el norteamericano Terry Anderson, de AP, pasó seis años y nueve meses secuestrado por una milicia chií proiraní. Llegó un momento en que sólo quedaban cuatro periodistas de medios occidentales en Beirut. Fisk era uno de ellos.

Cubrir esa guerra suponía ser testigo de un horrible catálogo de atrocidades. Otro de esos reporteros, el boliviano Juan Carlos Gumucio, que años después sería corresponsal de El País en Jerusalén, le acompañó en un viaje a Sidón donde se había descubierto otra fosa común llena de cadáveres. Gumucio hizo uno de esos comentarios típicos de él, entre irónico y desesperado: «¿Somos reporteros o analistas? Creo que me voy a convertir en un corresponsal de fosas comunes». Luego comprobaron que los huesos se remontaban a dos mil años atrás. Fue un inusual ejemplo de cómo el pasado se reunía con el presente, porque Fisk y Gumucio habían sido testigos de enterramientos masivos de otras víctimas más recientes.

Fisk fue de los primeros que entraron en el campamento de Chatila, habitado por refugiados palestinos, poco después de que lo abandonara la milicia falangista aliada de Israel. Lo que vieron primero fue un número infinito de moscas atraídas por la sangre. Muy pronto, descubrieron las consecuencias de la matanza que, junto a la ocurrida en el campamento de Sabra, definió las consecuencias de la invasión de Israel. Para vengar el asesinato de su líder, Bashir Gemayel, los falangistas asesinaron a sangre fría a entre mil y dos mil palestinos de forma metódica, con cuchillos, pistolas y fusiles, a jóvenes, mujeres, niños y abuelos, mientras las tropas israelíes contemplaban lo que sucedía desde sus puestos de observación en el exterior del campamento.

«Lo que encontramos en el campamento palestino de Chatila a las diez de la mañana del 18 de septiembre de 1982 no hacía imposible su descripción, aunque hubiera sido más fácil contarlo con la prosa fría de un examen forense. Había habido antes masacres en Líbano, pero raramente a esta escala y nunca observados de cerca por un Ejército regular y supuestamente disciplinado. En el pánico causado por la batalla, decenas de miles de personas habían muerto en este país. Pero esta gente, centenares de ellos, había sido eliminada a tiros cuando estaba desarmada. Esto era un asesinato en masa, un incidente –qué fácilmente usábamos la palabra ‘incidente’ en Líbano– que era también una atrocidad. Iba más allá de lo que los israelíes habrían llamado en otras circunstancias una atrocidad terrorista. Era un crimen de guerra».

En 2019 en el documental ‘This Is Not a Movie’ dedicado a su trabajo, recordó esa visita a Chatila y en The Independent dejó clara una lección: hay que escribir en detalle sobre esas matanzas para que años después la gente no las llame ‘supuestas matanzas’.

El periodista fue testigo de otras muchas masacres, y de las consecuencias que tuvieron. Estuvo en Siria cuando el Ejército aplastó la rebelión islamista en la ciudad de Hama en 1982. O en Afganistán donde el Ejército soviético bombardeaba los pueblos donde el mando militar creía que se escondían los muyahidines.

Fisk reunió toda una vida de trabajo en ‘The Great War for Civilisation: The Conquest of the Middle East’, un libro inmenso de más de mil páginas. Su extensión casi abruma al lector. Ahí volcó todo lo que había visto. Un periodismo para el que había que ser neutral, pero siempre «del lado de los que sufren». Eso te obliga a contar la verdad. Al menos, la parte de la verdad a la que tienes acceso.

Nunca fue muy popular para los gobiernos, empezando por el británico. Cómo iba a serlo si no se privaba de contar que Gran Bretaña aportaba a Arabia Saudí todo lo que necesitaban sus gobernantes: aviones de guerra, whisky y prostitutas. Sin hacer preguntas. Fisk se convirtió en un símbolo del periodista que destaca que las ocasiones en que un país occidental se ve castigado por el terrorismo que tiene su origen en Oriente Medio no acarrean más dolor que las muchas otras violencias de las que esos mismos países son responsables, bien por su pasado imperial o por las guerras iniciadas en el presente o el apoyo a regímenes dictatoriales a los que se sostiene por ser presuntamente el mal necesario, como está ocurriendo ahora en Egipto.

Ningún periodista está libre de cometer errores ni todas sus predicciones suelen cumplirse. Fisk los tuvo, porque no siempre el desenlace de un conflicto es el prólogo del siguiente. La historia no siempre se repite en cada país en calidad de maldición. En los últimos años, ya no veía los problemas de Líbano con los ojos distanciados de un reportero extranjero, sino como alguien que llevaba viviendo décadas en el país y ya no podía ocultar los sesgos normales. Ya no era un testigo, sino una parte interesada, como cualquiera de sus habitantes.

Pero muchos de los que le criticaron a partir de año 2000 no pueden presumir de haber estado más acertados que él después del derrocamiento de un dictador criminal como Sadam Hussein. Su experiencia como reportero es la que le sirvió para señalar que la invasión de Irak por EEUU sólo iba a perpetuar la violencia o a prolongarla con actores diferentes.

Es indudable que Fisk se acercó al volcán mucho más que los que le criticaban. Allí vio que la violencia ha sido una de las grandes herramientas de la historia en manos de los que tienen el poder. Y se ocupó de contar lo que vio para impedir que otros dijeran después que esos hechos no habían ocurrido.

From Beirut to Bosnia: The Martyr’s Smile. Primera parte. Un documental dirigido por Robert Fisk. Segunda parte: The Road To Palestine. Tercera parte: To the Ends of the Earth.

http://www.guerraeterna.com/robert-fisk-y-los-periodistas-que-corren-hacia-el-volcan/

    Nota del blog .. Artículos de  él .. 

     

    La targeta opaca Borbón .

     


    Anticorrupción investiga al rey Juan Carlos, a la reina Sofía y a varios de sus familiares por el uso de tarjetas de crédito opacas

    Los movimientos de estas tarjetas, cuyos fondos proceden del extranjero, son posteriores a la abdicación del rey emérito, por lo que no están amparados por la inviolabilidad constitucional que le protege de ser juzgado en otros casos.

    Ignacio Escolar   y  Pedro Águeda

    Eldiario,es

    La Fiscalía Anticorrupción está investigando los gastos de varias tarjetas de crédito que usaban el rey Juan Carlos de Borbón, la reina Sofía de Grecia y también varios de sus familiares más directos: entre otros, algunos de sus nietos. Son tarjetas que se abonaban desde una cuenta en la que ni el rey emérito ni su familia aparecen como titulares, según confirman a elDiario.es varias fuentes cercanas a la investigación.

     

    Entre las personas que se beneficiaban de estas tarjetas opacas no se encuentran los actuales reyes de España: Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, según explican esas mismas fuentes. Tampoco la princesa de Asturias, Leonor de Borbón (que hoy tiene 15 años) ni su hermana, Sofía (13). Pero sí otros familiares directos del rey emérito, que Anticorrupción está rastreando.

     

    Los movimientos financieros de esa cuenta y los gastos de esas tarjetas corresponden a los años 2016, 2017 y 2018. Es decir, son posteriores a la abdicación del rey Juan Carlos y a que perdiera su protección constitucional, que le hace inimputable por cualquier delito cometido hasta el año 2014.

     

    En Anticorrupción no solo están analizando todos los gastos de estas tarjetas, sino también el origen de los fondos con los que se cubrían: un dinero procedente del extranjero. Son importantes movimientos de capital posteriores a 2014, por lo que los posibles delitos en ese flujo irregular de dinero pueden ser imputables a Juan Carlos I y la antigua reina consorte. La justicia española ha remitido comisiones rogatorias a diferentes países para rastrear la procedencia de esos fondos.

     

    Por el momento, a la espera del resultado de las comisiones rogatorias y de los documentos que pueden llegar de esos países, la Fiscalía Anticorrupción ya ha encontrado indicios de un presunto delito fiscal, al tratarse de incrementos de renta no declarados superiores a 120.000 euros en un solo ejercicio. Tanto el rey emérito como la reina Sofía son aforados, por lo que esta investigación, de prosperar, será instruida por la Sala Segunda del Tribunal Supremo.

     

    Según las fuentes consultadas por elDiario.es, la investigación también ha permitido identificar ya a dos individuos presuntamente vinculados a esta trama de fondos opacos para abonar gastos de la familia real: un ciudadano mexicano y un mando de la Guardia Civil.

     

    Entre los gastos cargados a la tarjeta de la reina Sofía aparecen varios viajes a Londres, donde la esposa del rey mantiene desde hace años su residencia habitual, añaden las citadas fuentes.

     

    La reina Sofía cuenta con una asignación anual de dinero público. En 2020 recibirá un total de 111.854 euros del presupuesto asignado a la Casa Real. El rey emérito, por su parte, cobró 161.034 euros de esa partida en 2019. Este año solo ha recibido una cuarta parte de esa cantidad; Felipe VI retiró la asignación a su padre en marzo, al trascender el escándalo de su fortuna oculta en paraísos fiscales.

     

    Los 65 millones saudíes no serán juzgados

    Los indicios delictivos sobre estas tarjetas son posteriores y no están relacionados con la investigación judicial que salió de Anticorrupción el pasado junio en dirección a la Fiscalía del Tribunal Supremo: esos 65 millones de euros que recibió Juan Carlos de Borbón de Arabia Saudí en 2008 y que, en 2012, transfirió a su entonces amante, Corinna Larsen.

     

    El rey Juan Carlos abdicó en 2014 y hasta ese año estuvo protegido judicialmente por la Constitución, que establece una suerte de impunidad legal para el jefe del Estado, al considerarlo inviolable.

     

    El fiscal del Tribunal Supremo que lleva el caso de los 65 millones saudíes, Juan Ignacio Campo, planea solicitar el archivo de esta causa, al tratarse de unos presuntos delitos que son previos a la abdicación del rey emérito. Sin embargo, esa petición de archivo incluirá una detallada exposición de lo ocurrido que dejará claro que, de no ser por la inviolabilidad constitucional, la Fiscalía habría propuesto formalmente la imputación de Juan Carlos de Borbón ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.

     

    La nueva investigación de Anticorrupción que hoy desvela elDiario.es, estas tarjetas opacas, tiene por tanto una especial trascendencia. Se trata de un presunto delito cometido después de la abdicación. Por lo que, a diferencia de los millones saudíes, esta suerte de tarjetas 'black' sí podrían suponer la imputación del rey emérito.

     

    La Fiscalía General del Estado ha anunciado este martes que esta investigación será asumida por la Fiscalía del Tribunal Supremo. La fiscal general del Estado, Dolores Delgado, ha dictado un decreto según el cual Anticorrupción deberá remitir “con efectos inmediatos” a la Fiscalía del Alto Tribunal esas diligencias “para que continúe las actuaciones hasta su conclusión y efectos”, ha informado en un comunicado. El fiscal Juan Ignacio Campo ha sido designado para llevar a cabo esta investigación.

     

     https://www.eldiario.es/politica/anticorrupcion-investiga-rey-juan-carlos-reina-sofia-familiares-tarjetas-credito-opacas_1_6382033.html

    segunda parte ...
      https://www.eldiario.es/politica/juan-carlos-i-utilizo-teniente-coronel-presunto-testaferro-dinero-regalado-millonario-mexicano_1_6385448.html

     

     

     

     

    lunes, 2 de noviembre de 2020

    Los dos costados de la libertad .

     


     Este texto es un fragmento del nuevo libro de David Harvey, The Anti-Capitalist Chronicles, editado por Pluto Press.


    Los dos costados de la libertad

     David Harvey

    "Como socialistas nuestra tarea es defender la libertad" :: Marx y la libertad. Un arma de doble filo. Libertad sin justicia. Más allá del mercado

     "La propaganda de la derecha sostiene que el socialismo es enemigo de la libertad individual. Pero en realidad es al revés: trabajamos para crear condiciones materiales bajo las cuales las personas puedan ser verdaderamente libres, sin los límites rígidos que el capitalismo impone a nuestras vidas."

      ***

     Durante unas charlas que di en Perú surgió el tema de la libertad. Un grupo de estudiantes estaba muy interesado en esta pregunta: "¿El socialismo implica renunciar a la libertad individual?".

     La derecha se las ha arreglado para apropiarse del concepto de libertad como si le perteneciera y para usarlo como un arma en la lucha de clases contra el socialismo. Argumenta que la sumisión del individuo al control estatal impuesta por el socialismo o por el comunismo es algo inevitable.

     Mi respuesta es que no deberíamos abandonar la idea de que la libertad individual es una parte constitutiva de un proyecto socialista emancipatorio. La conquista de las libertades individuales es, tal como argumenté en aquella ocasión, una de las metas centrales de estos proyectos emancipatorios. Pero esta conquista requiere la construcción colectiva de una sociedad en la cual todas las personas tienen la oportunidad y la posibilidad de realizar su potencial.

     Marx y la libertad

     Marx dijo algunas cosas muy interesantes sobre este tema. Una de ellas es que "el reino de la libertado comienza solo allí donde termina el trabajo impuesto por la necesidad". La libertad no significa nada para alguien que no puede alimentarse, que no puede acceder un servicio de salud adecuado, a una vivienda, al transporte, a la educación, etc. El rol del socialismo es proveer estas necesidades básicas para que la gente sea libre de hacer todo lo que desee.

     El punto de llegada de una transición socialista es un mundo en el cual las capacidades y la potencia individual son liberadas completamente de los límites que les impone la necesidad y otras limitaciones sociales y políticas. En lugar de conceder que la derecha tiene el monopolio sobre la noción de libertad individual, debemos reclamar la idea de libertad para nuestro proyecto socialista.

     Pero Marx también señaló que la libertad es un arma de doble filo, dado que quienes deben trabajar en una sociedad capitalista son libres en un doble sentido. Pueden vender libremente su fuerza de trabajo en el mercado a cualquiera. Pueden ofrecerla bajo los términos de un contrato negociado libremente.

     Pero al mismo tiempo son "no libres" porque se han "librado" de cualquier control o acceso a los medios de producción. Por lo tanto, deben entregar su fuerza de trabajo al capital para vivir.

     Estos son los dos costados de su libertad. Para Marx esta es la contradicción central de la libertad bajo el capitalismo. En el capítulo sobre la jornada laboral de El capital, lo pone en estos términos: el capitalista es libre de decirle al trabajador o a la trabajadora: "Quiero emplearte pagándote el salario más bajo posible por la mayor cantidad de horas posibles para que hagas exactamente el trabajo que yo preciso. Eso es lo que te exijo cuando te contrato". Y el capitalista es libre de hacer esto en una sociedad de mercado porque, como sabemos, la sociedad de mercado se trata de ofrecer y de competir por esto y por aquello.

     Pero por otro lado, quien trabaja también es libre de decir: "No tienes derecho a hacerme trabajar 14 horas por día. No tienes derecho a hacer lo que quieras con mi fuerza de trabajo, especialmente si esto acorta mi vida y pone en peligro mi salud y mi bienestar. Solo estoy dispuesto a trabajar durante una jornada justa a cambio de un salario justo".

     Dada la naturaleza de una sociedad de mercado, tanto el capitalista como el trabajador tienen razón en lo que reclaman. Marx dice que ambos tienen razón por la ley del intercambio que domina en el mercado. Dice también que entre derechos iguales solo decide la fuerza. La lucha de clases entre el capital y el trabajo define la cuestión. El resultado depende de la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo que, en algunos casos, puede volverse coercitiva y violenta.

     Un arma de doble filo

     Esta idea de la libertad como un arma de doble filo es muy importante y debe ser considerada con más detalle. Una de las mejores elaboraciones de este tema se encuentra en un ensayo de Karl Polanyi. En su libro La gran transformación, Polanyi dice que hay buenas formas y malas formas de libertad.

     Entre las malas formas que enumera se cuentan las libertades para explotar al prójimo sin límites; la libertad de obtener ganancias exorbitantes inconmensurables con el servicio que se brinda a la comunidad a cambio; la libertad de evitar que las invenciones tecnológicas sean utilizadas para el beneficio de toda la población; la libertad de sacar rédito de las tragedias humanas o naturales, algunas de las cuales son secretamente diseñadas para el beneficio de agentes privados.

     Sin embargo, continúa Polanyi, la economía de mercado bajo la cual prosperan estas libertades, también generó libertades por las que tenemos una alta estima: la libertad de conciencia, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de asociación y la libertad de elegir el propio trabajo.

     A pesar de que podemos apreciar estas libertades en sí mismas, no dejan de ser, en gran medida, un producto derivado de la misma economía que es responsable de las libertades malas. La respuesta de Polanyi a esta dualidad le resulta muy extraña a algunas personas, dada la hegemonía actual del pensamiento neoliberal y la forma en la cual el poder político existente nos presenta la libertad.

     Polanyi escribe: "La quiebra de la economía de mercado" — es decir, la posibilidad de ir más allá de la economía de mercado— "puede suponer el comienzo de una era de libertades sin precedentes". Es una afirmación bastante impactante. La libertad real comienza una vez que se abandona la economía de mercado. Polanyi continúa:

     La libertad jurídica y la libertad efectiva pueden ser mayores y más amplias de lo que nunca han sido. Reglamentar y dirigir puede convertirse en una forma de lograr la libertad, no sólo para algunos sino para todos. No la libertad como algo asociado al privilegio y viciada de raíz, sino la libertad en tanto que derecho prescriptivo que se extiende más allá de los estrechos límites de la esfera política, a la organización íntima de la sociedad misma. De este modo, a las antiguas libertades y los antiguos derechos cívicos se añadirán nuevas libertades para todos y engendradas por el ocio y la seguridad. La sociedad industrial puede permitirse ser a la vez libre y justa.

     Libertad sin justicia

     Ahora bien, creo que esta idea de una sociedad basada en la justicia y en la libertad fue la agenda política del movimiento estudiantil durante los años sesenta, la agenda de la así denominada "generación del 68". Había una demanda muy extendida tanto de libertad como de justicia: libertad de la coerción del Estado, libertad de la coerción impuesta por el capital corporativo, libertad de las coerciones del mercado, todo esto conjugado con la demanda de justicia social.

     La respuesta política capitalista a esto durante los setenta fue interesante. Implicó abordar estas demandas para decir: "Les daremos las libertades (con algunas salvedades) pero se olvidan de la justicia".

     Lo que terminó por significar esta libertad fue muy limitado. En gran medida se trató de la libertad de elección en el mercado. El libre mercado y la liberación de cualquier regulación estatal fueron las respuestas a la cuestión de la libertad. Y hubo que olvidarse de la justicia. Esta sería impartida por la competencia de mercado, que supuestamente era tan efectiva que aseguraría que cada quien recibíría lo que merecía. Sin embargo, el efecto fue que se le dio rienda suelta a muchas de las libertades malas (por ejemplo, la liberta de explotar a otras personas) en nombre de las libertades virtuosas.

     Este giro fue algo que Polanyi evidentemente reconoció. Observó que el pasaje hacia el futuro que él imaginaba estaba bloqueado por un obstáculo moral, y este obstáculo moral era algo que él denominó "utopismo liberal". Creo que todavía nos enfrentamos a los problemas que plantea este utopismo liberal. Es una ideología que se ha generalizado en los medios de comunicación y en los discursos políticos.

     El utopismo liberal del Partido Demócrata, por tomar un caso, es uno de los obstáculos en el camino hacia la conquista de la libertad real. "La planificación y el control", escribió Polanyi, "están siendo atacadas como si implicaran la negación de la libertad. En cambio, se define como lo esencial de la libertad a la libertad de empresa y a la propiedad privada". Esto es lo que plantearon los principales ideólogos del neoliberalismo.

     Más allá del mercado

     Yo creo que este es uno de los temas principales de nuestra época. ¿Vamos a ir más allá de las libertades limitadas del mercado y de la regulación de nuestras vidas por las leyes de la oferta y la demanda? ¿O vamos a aceptar, como dijo Margaret Thatcher, que no hay alternativa? Somos libres de todo control estatal pero tenemos una relación de esclavitud con el mercado. No hay ninguna alternativa a esto y más allá de esto no hay ninguna libertad. Esto es lo que profesa la derecha, y esto es lo que mucha gente ha llegado a creer.

     Es la paradoja de nuestra situación presente: que en nombre de la libertad hemos adoptado la ideología del utopismo liberal, que en realidad es una barrera para alcanzar la libertad real. No creo que estemos en un mundo de libertad cuando alguien que quiere recibir una buena educación debe pagar una inmensa cantidad de dinero y cargar con una deuda enorme por el resto de su vida.

     En Gran Bretaña, una proporción considerable de la provisión de vivienda durante los años sesenta estaba a cargo del sector público; se trataba de una vivienda social. Cuando era joven, esta vivienda social brindaba satisfacción a una necesidad básica por un costo razonable. Luego llegó Margareth Thatcher y lo privatizó todo, argumentando básicamente que "seríamos más libres cuando poseyéramos nuestra propiedad y nos convirtiéramos en parte de una democracia de propietarios".

     Una situación en la cual el 60% de la provisión de vivienda estaba a cargo del sector público se transformó de repente en una situación en el cual solo el 20% —o tal vez menos— lo estaba. La vivienda se convierte en una mercancía, y la mercancía forma parte de las actividades especulativas. Hasta tal punto de convertirse en un vehículo para la especulación. Cuando el precio de las propiedades sube, el costo de la vivienda sube sin que se incrementen proporcionalmente los medios de acceso.

     Estamos construyendo ciudades y viviendas de un modo que le brinda una libertad enorme a las clases altas mientras hace que el resto de la población sea cada vez menos libre. Creo que Marx se refería a esto cuando hizo su célebre comentario: el reino de la necesidad debe ser superado para alcanzar el reino de la libertad.

     El reino de la libertad

     Esta es la forma en la cual las libertades de mercado limitan las posibilidades y, desde este punto de vista, creo que una perspectiva socialista implica una respuesta del tipo de la de Polanyi; es decir, es necesario socializar el acceso a la libertad socializando, por ejemplo, el acceso a la vivienda. Hacemos que deje de ser algo que está simplemente en el mercado para que se convierta en algo que existe en el dominio público. La vivienda pública es nuestro lema. Esta es una de las ideas básicas del socialismo en el sistema contemporáneo: poner las cosas bajo dominio público.

     Muchas veces se dice que para alcanzar el socialismo debemos renunciar a nuestra individualidad y hacer un sacrificio. Ahora bien, esto puede ser verdad hasta cierto punto; pero tal como dijo Polanyi, queda una enorme libertad por conquistar si vamos más allá de las crueles realidades que nos imponen las libertades individualizadas del mercado.

     Creo que lo que Marx quería decir es que hay que maximizar el reino de la libertad, pero que esto solo puede suceder si se dan respuestas a los problemas que surgen del reino de la necesidad. La tarea de una sociedad socialista no es en absoluto regular todo lo que sucede en la sociedad. La tarea de una sociedad socialista es garantizar que todas las necesidades básicas sean atendidas —de manera gratuita— para que las personas puedan hacer todo lo que quieran cuando lo deseen.

     Si le preguntan a alguien ahora mismo "¿cuánto tiempo libre tienes a tu disposición?", la respuesta típica es "no tengo tiempo para casi nada. Todo mi tiempo está ocupado en hacerme cargo de esto y de aquello". La libertad real implica un mundo en el cual tenemos tiempo libre para hacer todo lo que queremos, y para un proyecto emancipatorio socialista esta es una de las misiones principales. Por lo tanto, esto es algo por lo que debemos trabajar.

     www.jacobinlat.com

     

    domingo, 1 de noviembre de 2020

    La pandemía se carga a Trump.

     



    Los números confirman que la pandemia ha matado a Trump

      Iñigo Sáenz de Ugarte

    Se acaba el tiempo para Donald Trump. La pandemia ha reducido al mínimo sus posibilidades de reelección. Se encuentra en una situación en la que ningún candidato ha sobrevivido en tiempos recientes. Aquella en la que debe ganar en casi todos los estados en los que está unos puntos por detrás o en empate técnico con su adversario. Ganará en varios de ellos, pero no en todos.

    Un indicio de esa derrota probable es su reacción de las últimas semanas. «La pandemia acabará pronto», dijo el 20 de octubre. En los mítines, comentó que la enfermedad no era para tanto y se presentó a sí mismo como ejemplo, alardeando de que estaba mejor que antes de contagiarse. Desdeñó las opiniones del doctor Anthony Fauci y sus pronósticos pesimistas. Dijo para desprestigiar al candidato demócrata que «Biden escuchará a los científicos», como si fuera un defecto que descalifica a un político.

    Este viernes, EEUU tuvo 100.233 nuevos casos contabilizados en un solo día, según un recuento de Reuters, superando el récord anterior que se había alcanzado justo 24 horas antes. Este mes se ha rebasado cinco veces en los últimos diez días la cifra diaria más alta de contagios que se remontaba al mes de julio. 230.000 personas han muerto por Covid-19 en EEUU desde el inicio de la crisis.

    La negación de la realidad es una estrategia electoral que raramente suele funcionar.

    La otra herramienta en la que confía el presidente es reducir el número de votantes. Es una tradición de los republicanos, siempre dispuestos a hacer que votar sea más difícil en aquellos lugares que no les son propicios. El centro de sus mayores esfuerzos está en Pennsylvania, un Estado sin el que no puede ganar las elecciones. La estrategia se centra en el voto por correo, al igual que en otros estados. Por ley, esos votos no pueden ser contabilizados allí hasta el día de las elecciones. Los republicanos han bloqueado los intentos de agilizar el proceso antes del 3 de noviembre, por ejemplo, sacando los votos de los sobres, comprobar que cumplen los requisitos y tenerlos preparados para el recuento del martes. Eso hace que sea muy difícil que los resultados de Pennsylvania se conozcan en la noche de ese día.

    Pennsylvania contaba hasta junio con 8,6 millones de votantes registrados. Hasta el pasado viernes, 2,2 millones ya habían votado, bien de forma presencial o por correo. De estos últimos, 1,5 millones son votantes registrados como demócratas y 520.000 son republicanos. Las cifras de voto anticipado en todo el país son inmensas –90 millones hasta el sábado–, lo que coloca al sistema electoral norteamericano ante una situación inédita (en Texas ya han votado más personas que todas las que lo hicieron en 2016).

    Trump ganó en Pennsylvania hace cuatro años por una diferencia de 44.000 votos.

    Primero, Trump realizó una serie de declaraciones para desprestigiar el sistema de votación de su propio país. No hacía más que insistir en que el fraude estaba muy extendido y que podían robarle la victoria. Ahora ya no oculta que su gran esperanza pasa por la combinación de demandas judiciales y la colaboración de Tribunal Supremo. En un tuit reciente, recordó a sus jueces que «si ayudan a hacer posible» la victoria de Joe Biden, el demócrata llenará el tribunal con jueces de la «izquierda radical».

    En un mitin en Pennsylvania este fin de semana, Trump siguió en esa línea con un toque sarcástico. «Si ganamos el martes, muchas gracias, Tribunal Supremo, poco después…».

    El único aspecto que pone en duda la victoria de Biden es el porcentaje de nuevos votantes que se decida por uno u otro candidato. La polarización política ha tenido una consecuencia quizá no inesperada. Puede ser una de las elecciones con mayor índice de participación de las últimas décadas. Un gran número de personas que no votaron en 2016 tiene la intención de hacerlo ahora. Trump ha conseguido crear un nuevo tipo de votante, uno no especialmente dispuesto a apostar antes por un candidato republicano. Pero los demócratas también han aumentado de forma sustancial el número de personas que se han registrado como votantes del partido y además confían en recibir un amplio porcentaje de votantes independientes.

    Una vez más, el destino de Trump depende de un apoyo masivo en el Medio Oeste de los votantes blancos sin título universitario, no necesariamente de clase trabajadora. En 2016, consiguió entre ellos una inmensa ventaja de 32 puntos sobre Hillary Clinton en Pennsylvania, absolutamente decisiva en su victoria final con un resultado apretado. Según la última encuesta del NYT, Trump supera a Biden en sólo 13 puntos entre esos votantes.

    La media de sondeos de RealClearPolitics concede a Biden una ventaja de 7,8 puntos. El modelo de FiveThirtyEight sólo da a Trump un 10% de posibilidades de ganar (con lo que su victoria no sería imposible, pero altamente improbable). Si las encuestas se desviaran del resultado final tanto como en 2016, incluso así ganaría Biden. Eso es así, porque Biden mejora los números de Clinton de hace cuatro años y Trump no está a la altura de los suyos entonces.

    Quizá la clave no esté tanto en los números. La gran diferencia es que se ha producido una pandemia. Trump hizo como si no existiera y luego dijo que pasaría rápidamente. Y todos sabemos que eso no ha ocurrido.

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