domingo, 20 de enero de 2019

El anticlericalismo en España



Resultado de imagen de mary thomas EL ANTICLERICALISMO EN ESPAÑA



La fe y la furia: un libro sobre el anticlericalismo en España

Ángel Viñas  

En el post de la semana pasada me referí a uno de los libros publicados por la granadina Editorial Comares. En este debo recomendar otro que aborda un tema parecido desde otro ángulo. La sempiterna cuestión del anticlericalismo en España. De todos es sabido que la SMICAR lleva años, curiosamente en el período en que ha florecido el movimiento en pos de la memoria histórica, reivindicando la suya. Numerosos son los integrantes del clero regular y secular asesinados en la guerra civil que han sido beatificados y, en algún caso, elevados a los altares. Muchos de ellos incluso encontraron acogida en las páginas del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. Por otro lado, con perspectivas históricas modernas la compleja relación de la SMICAR con la sociedad española ha dado origen a una abundante literatura que ha roto moldes tradicionales.

Entre los numerosos títulos publicados en los últimos años hay uno que quisiera destacar aquí porque tiene alguna relación con mi anterior post. Es la conversión en libro de la tesis doctoral de la profesora Mary Thomas. Le costó cuatro años de trabajo revisar una inmensa bibliografía, sobre un tema no menos inmenso, y acuñar un marco analítico para reabordarlo con nueva EPRE, obtenida en media docena de archivos y con las aportaciones desde campos tan diversos como la sociología, la psicología social y la antropología. El subtítulo explica de lo que se trata: la violencia y el iconoclasmo anticlericales y populares en la España de 1931 a 1936. Va prologado por Sir Paul Preston, que fue uno de los examinadores de la tesis.

En un plano de historia estrictamente política la aversión a la Iglesia católica (la única posible en la España del XIX y hasta 1931) se explica por su triple papel como soporte de la Monarquía, su apoyo a la oligarquía y su lucha más o menos abierta contra los embates del mundo moderno a la vez que predicaba la sumisión al orden establecido como si este hubiera sido un resultado del designio divino. Nadie tan cualificado como el Conde de Jordana en su segunda etapa de ministro de Asuntos Exteriores de la dictadura franquista al recordar que de lo que se trataba era de combatir los destrozos ocasionados por el comunismo alentando a las masas a apropiarse y disfrutar de los frutos de esta vida en vez de aguardar, esperanzados, las delicias de la vida eterna a la sombra del Señor. La SMICAR fue el basamento esencial que apoyó tales teorías.

Sin embargo, la historia política no explica suficientemente el tenor y la evolución del anticlericalismo en España que, tras la guerra de la Independencia, terminó estallando tras la muerte del rey felón por excelencia. Su duración de más de cien años no puede explicarse exclusivamente por variables políticas. Mary Thomas hace una disección precisa de las más importantes variables, de diversa naturaleza, que lo marcaron y condujeron a lo largo del XIX. A principios del siglo XX el asalto de la modernidad sobre la sociedad española se hizo imparable, aunque a trancas y barrancas. Los grilletes con los que la SMICAR la atenazaba empezaron a aflojarse. Se soltaron tras 1931 cuando la intelligentsia republicana, no anticatólica por naturaleza, pero deseosa de reducir el papel de la Iglesia sobre la sociedad ocupó los resortes del poder público, a nivel nacional, provincial e incluso local.

La obra de Mary Thomas explica, no obstante, los asaltos contra las propiedades y rituales eclesiásticos por parte de amplias capas del campesinado rural y del proletariado industrial por la desazón generada por la reticencia de los poderes públicos en contrarrestar el vasto poder político y social detentado por la SMICAR. Cuando el golpe de Estado, semivictorioso pero también semifrustrado, determinó el colapso de la autoridad republicana en la zona en que no triunfaron los rebeldes, las masas obreras y campesinas descargaron su furor sobre una institución que habían divisado siempre como el sustento y apoyo esencial del orden económico y social tradicional. El iconoclasmo contra los símbolos católicos y la violencia contra el clero (que generó más de siete mil víctimas entre el regular y el secular) dejó tras de sí innumerables destrozos de edificios religiosos. Nada parecido había tenido lugar durante los años anteriores, ciertamente un tanto convulsos. Es más, algunas investigaciones empíricas como las publicadas recientemente sobre la protección del arte religioso en la provincia de Ciudad Real muestran que entre 1931 y julio de 1936 apenas sufrió daños.

Habitualmente la furia anti eclesiástica de, sobre todo, la primera mitad de 1936 se ha explicado por motivaciones irracionales o acciones criminales, cuando las turbas (sic) se hicieron dueñas de las calles y plazas. Este libro muestra que durante las décadas precedentes de rápido cambio social, económico y cultural los actos anticlericales habían ido adquiriendo un claro significado político y fueron a su vez una manifestación de los cambios acaecidos en una España en la que la transformación estructural chocaba con la impavidez del sistema político y, en particular, de la propia Iglesia española.

En el fondo no es de extrañar que cuando llegaron al Vaticano oleadas de noticias sobre los desastres que se habían abatido sobre la Iglesia y el clero españoles el sustituto del secretario de Estado Giuseppe Pizzardo acudiera a una explicación antropológica de andar por casa, pero que a la vez representaba un fracaso de la dirección de la Iglesia en España: los españoles, no habían sido nunca realmente un pueblo católico en la plena acepción de este término. No habían alcanzado el ideal y la disciplina morales que constituían el corazón mismo de lo católico, a pesar de toda la devoción que prestaban a las formas externas y al ceremonial. La pregunta es, ¿quiénes habían sido los responsables? Sin duda a la Iglesia católica española le correspondía algún tanto de culpa.  La obra de Mary Thomas muestra hasta qué punto había sido responsable por no haber sabido afrontar, como en otros países europeos occidentales, los desafíos de la modernidad.  Y eso a pesar de todos los esfuerzos emprendidos.

Hasta el advenimiento de la República la SMICAR había registrado un fracaso total y absoluto en adaptarse a los cambios que tenían lugar entre las clases desposeídas, tanto en el campo como en las ciudades, y que habían pasado años y años tratando de enfrentarse al insoportable peso que ejercía sobre todas sus actividades. Las pequeñas actividades por atenderlos, bien intencionadas o no, habían incluso reforzado un anticlericalismo visceral que, tras la dictadura primorriverista, penetró en el ámbito político.

Ciertamente la receta que la SMICAR distribuyó a grandes cucharones tras la guerra fue la menos adecuada posible para conseguir un triunfo duradero. En cuanto, a partir de 1959, se abrió la espita de la emigración y se reanudó el proceso de cambio económico y social, el apartamiento de las masas de la jerarquía se acentuó. La transición y la consolidación democrática abrieron los repertorios de elección pública. La “descatolización” dio pasos de gigante. Hoy, según ha revelado EL PAÍS (27 de diciembre de 2018) con datos del Pew Research Center norteamericano, España es uno de los países en los que tres de cada cinco encuestados han dejado de considerar la religión católica como aportadora de una significación especial para la identidad nacional. En proporción al número de habitantes la caída de la fe católica en España es la más marcada en Europa occidental y solo va por detrás de la ocurrida en Noruega o Bélgica.

Cuando se examinen las relaciones entre la SMICAR y la sociedad española desde la perspectiva del largo plazo (la clásica longue durée) es posible que se advierta que la dictadura de Franco consagró un triunfo de la primera que, por lo impuesto con las armas y en buena medida ahistórico, ni fue sostenible ni pudo sobrevivir demasiado tiempo a un clima de libertad política y de pluralismo social, como el que bien o mal representó la Segunda República Española.

Obras como la de Mary Thomas están destinadas a durar y a explicar unos fenómenos sociales que la guerra y la dictadura bruscamente interrumpieron. De seguir al ritmo de los últimos años los cerebros que dirigen la Conferencia Episcopal tendrán du pain sur la planche (es decir, no los faltará curro). La reacción del señor obispo de Córdoba a los resultados de las recientes elecciones andaluzas quizá muestre que, como pasó en tantos otros países, al menos una parte de la jerarquía católica sigue sin aprender nada. Mientras tanto, seguiremos esperando años y años a que aparezcan los Teilhard de Chardin, los Mauriac, los Maritain y los Mounier que, tal vez, en alguna ocasión la SMICAR española regalará al mundo.

Ángel Viñas Historiador, economista, diplomático. Es catedrático emérito de la UCM.
Fuente:
http://www.angelvinas.es/?p=1666

viernes, 18 de enero de 2019

El pensamiento post moderno y la izquierda.

La izquierda se equivocó cuando se sumó al pensamiento post moderno
¿Regresa el sujeto histórico con los chalecos amarillos?

Krítika


Si alguien me preguntara el significado de la política, diría que se refiere a la disputa por el poder; es decir, la política es agonista, incluso antagonista. Y si esto es así, la política lo que debe cuestionar es el equilibrio de poder entre los diferentes intereses de clase. Como Marx reconoció, el propósito subyacente de las instituciones sociales, políticas, económicas e incluso legales de la sociedad capitalista es preservar el monopolio del poder que goza la clase propietaria del capital. Y, en consecuencia, cualquier intento de desafiar ese monopolio, en cualquier esfera, será contrarrestado, como lo están experimentando actualmente los chalecos amarillos en las calles de París.
Señalo esto porque la naturaleza de la política parece haber cambiado radicalmente en las últimas dos décadas. Me atrevo a decir que la política se ha vuelto más bien apolítica. Hoy se preocupa más por aliviar los excesos del capitalismo que desafiar al sistema en sí. Las protestas contra el capitalismo global que marcaron el fin del siglo se han convertido en una tregua no incómoda, a medida que han surgido nuevos actores “transnacionales” para llenar y “despolitizar” el espacio radical anteriormente ocupado por la clase obrera. Estos nuevos actores comprenden una serie de ‘Movimientos de Justicia Social Global’ (‘GSJM’) y ‘Organizaciones No Gubernamentales’ (‘ONG’) que imponen su agenda a una sociedad civil incipiente en todo el mundo.
Si bien el rango de sus intereses particularistas es vasto, en general están relacionados con el rechazo a una política independiente de la clase trabajadora. Estos movimientos tienden a ser manejados por personal de clase media occidental [1] y que muy a menudo son financiados, directa o indirectamente, por intereses corporativos occidentales [2], evitan las demandas de la política de clase, proponiendo, en cambio, un agenda “individualista” porque esta acción ejercería una autoridad moral superior. A los ojos de estos nuevos actores globales, la política “colectiva”, con sus demandas de representación, constitución e incluso democracia, son artefactos desacreditados de un sistema, que debe ser reemplazado por una forma más moral de gobierno global.
La rápida multiplicación de estos actores globales, conocedores de los medios de comunicación, que actúan de manera muy parecida a los cabilderos, al negociar concesiones en las cumbres capitalistas, no es simplemente una manifestación cruda de un capitalismo global expandido. No es extraño, entonces, que el Banco Mundial involucre a las ONG en sus programas para promover el “desarrollo en el tercer mundo”. También tienen una justificación filosófica para apuntalar el surgimiento de estos movimientos pospolíticos y la consiguiente sustitución del sujeto colectivo centrado en la política de clase por un socio “apolítico” más complaciente.
Mientras los neoconservadores se han empeñado en hacer retroceder al Estado (acogiendo la influyente obra del filósofo neoliberal John Rawls, que anunció la primacía del individuo autónomo [3]) lo que parece más sorprendente es que los nuevos socios del capitalismo global son, en gran medida, una creación de la izquierda.
Fue el abrazo de la izquierda del pensamiento posmoderno con su despreciación de las narraciones históricas lo que ha llevado al abandono de la clase obrera como sujeto histórico o, en términos marxistas, cuando la clase trabajadora se emancipa debe a la vez liberar al conjunto de la sociedad de la opresión de las clases dominantes.
Un corolario de esta supuesta evolución moral en la ‘política’ trans-global, es la depreciación de los objetivos políticos conquistados por el trabajo organizado y sus imperativos asociados de solidaridad y comunidad: términos que están notablemente ausentes de los nuevos movimientos ‘corporativos’ y su léxico moral.
De hecho, la difamación de la clase trabajadora, convertido en un meme cultural desde los años 80, ha demostrado ser una ayuda inestimable para el nacimiento de esta nueva élite apolítica. La otra anatema posmoderna es que la clase trabajadora es irresponsable. Deslegitimar las demandas de la clase trabajadora calificándola como codiciosa y egoísta, ha sido relativamente fácil para los medios capitalistas. Lo que ahora se promociona, por estos medios, es un pluralismo de intereses sociales y culturales, ninguno de los cuales tiene el poder político, ni la voluntad de desafiar el status quo.
El geógrafo urbano, Mike Davis, discute la revolución de las ONG bajo el título “Imperialismo suave”, y considera que es responsable de ”hegemonizar el espacio tradicionalmente ocupado por la izquierda” y “desradicalizar los movimientos sociales urbanos“. El activista de la vivienda, PK Das sostiene que el objetivo de tales movimientos es “subvertir, desinformar y desidealizar a las personas para mantenerlas alejadas de la lucha de clases. Al mismo tiempo que alienta la gente a pedir “favores por motivos compasivos y humanos, en lugar de hacer que los oprimidos sean conscientes de sus derechos“. [4] David Chandler describe a estos actores políticos como “antipolíticos y elitistas” [5]. Para Chandler “sus acciones replican a sus antepasados misioneros: aplacar a los nativos y despejar el terreno para la expansión de la explotación”.
Sin embargo, una breve mirada a las políticas progresistas de los años 70 demuestra que el consumismo compensatorio lanzado por los gobiernos neoconservadores, en los desregulados años 80, que ha llevado a niveles de deuda privada sin precedentes, fue la antítesis a los proyectos socialistas surgidos una década antes, cuando los trabajadores habían tratado de fundar una sociedad alternativa más allá de un capitalismo destructivo y derrochador.
Un análisis más preciso de esos años de disputa no es que los programas de izquierda se agotaron, sino que sus políticas nunca se implementaron. Ciertamente, en el Reino Unido, los trabajadores en huelga fueron engañados por sus propios representantes, tanto dentro como fuera del gobierno, pero también por el propio sistema político, que utilizó medios antidemocráticos para bloquear la implementación de un cambio, necesario, irrevocable y fundamental del sistema económico. Lo que unió todas las fuerzas de la reacción contra los trabajadores fue la demanda de una democracia más directa y la participación en el proceso político y económico, porque este era un desafío inaceptable, tanto para el control capitalista como para el clientelismo burgués.
Lo que ahora parece ser la ética gobernante que determina la política “izquierdista” es un cambio cultural que ha pasado de luchar por el cambio del capitalismo a aceptarlo sin cambios reales. Por lo tanto, parece oportuno reflexionar sobre la era anterior, no hace mucho tiempo, cuando una política de contestación dominaba el espacio público y estar “a la izquierda” era una postura socialista, indiscutiblemente vinculada con las demandas de la clase trabajadora y la construcción de una nueva sociedad.
En el Reino Unido, en la década de 1970, las huelgas, las sentadas y las ocupaciones de fábricas eran eventos comunes. Hombres grises enojados, acurrucados alrededor de los braseros, eran las noticias de la noche y todos parecían estar atrapados en un debate sobre el futuro económico y político del país. Cuando Ted Heath, el primer ministro del gobierno Tory en el poder, convocó una elección en 1975, (después de declarar 5 estados de emergencia), preguntó a la gente “¿Quién gobierna Gran Bretaña?”, el electorado respondió con decisión que no era él y le devolvió el gobierno al partido laborista.
Fue, de hecho, un momento de cambio. Y hubo un sentido real que un cambio fundamental era posible. Esto parece increíble ahora en una era que los reality shows son lo más destacado de la televisión del sábado por la noche. Que la silla usualmente ocupada hoy por los tipos Hollywood hubieran albergado al carismático dirigente comunista, Jimmy Reid, para promover los intereses de la gente común parece ahora bastante extraordinario. Pero así fue.
Lo que no es tan sorprendente, es que los medios de comunicación de ese tiempo hayan apodado “el invierno del descontento” una época en que el país estaba al borde del colapso económico. [6] Ansiosos por impulsar a Margaret Thatcher en la escena política como la gran gurú neoliberal, la prensa conservadora denigró a los trabajadores en huelga y presentó sus demandas como codiciosas y egoístas.
Sin embargo, lo que los trabajadores estaban pidiendo principalmente no era dinero, era poder y más participación en el proceso productivo. [7] Dado que muchas industrias manufactureras se están cerrando, debido a una combinación de mala gestión y falta de inversión, a pesar de los considerables subsidios del gobierno, los trabajadores podrían avizorar un camino a través de la producción de bienes socialmente útiles, tales como máquinas de diálisis y sistemas de calefacción eficientes para jubilados
En sus demandas de mayor participación, los trabajadores, a través de los Consejos de Trabajadores, presentaron estrategias industriales que reconocieron la importancia de la diversificación, los bienes sociales, la energía verde, las limitaciones ambientales, la cooperación y la responsabilidad de los trabajadores. En ‘Socialism and the Environment’, publicado en 1972 [8], varios años antes de la aparición de ‘Green Politics’, se reconoció la conexión entre la expropiación del medio ambiente y la del trabajador, así como la necesidad de poner fin al consumismo destructivo y derrochador que contaminaba el planeta y amenazaba con hacerlo inhabitable.
Para los jóvenes de hoy, la pasividad de los “apolíticos” en lugar de la contestación rebelde es la norma. Después de divisiones de clase, que promovió el poder en la década de 1970, el sistema las ha institucionalizado y empaquetado con trayectorias profesionales para “clases medias solidarias” o han pasado a ser exigencias del mercado, fuera del alcance del gobierno, ya que gran parte lo que la sociedad civil fue en ese momento, ha sido destruida o privatizado.
Margaret Thatcher es recordada por su papel en la desregulación del sector financiero y la venta de activos estatales y viviendas sociales, en un intento por crear una clase media expandida, pero su principal objetivo siempre fue la destrucción de la mano de obra organizada que reconoció como el principal desafío al monopolio capitalista.
Como víctimas del culto al individualismo que comenzó a estrangular a la sociedad en la década de los ochenta (y del “cuidado del consumidor”) hoy es muy difícil para cualquier persona que crece en el capitalismo postindustrial apreciar que hace muy poco tiempo los trabajadores llamaban a la solidaridad, a la justicia, la cooperación y a una nueva visión de la capacidad productiva en torno a un debate por la democracia en la industria, razón por la cual hubo una organizada oposición por parte de los intereses corporativos, los medios de comunicación, la administración pública y de los servicios de seguridad.
Los temores que la mano de obra organizada fuera capaz de efectuar un cambio histórico eran reales. Y la única manera de terminar con ese desafío y asegurar su monopolio era destruir el poder colectivo de la clase trabajadora utilizando todos los medios posibles.
Estructuralmente, eso significaba domeñar a los sindicatos y erradicar aquellos elementos de la sociedad civil que inculcaban nociones de comunidad y solidaridad. Culturalmente, significaba efectuar un cambio radical en la percepción que la sociedad tenía de la clase trabajadora. Se impuso un visión tan negativa y dominante que pocos, independientemente de sus circunstancias económicas, desearon ser identificados con las ideas y valores de la clase trabajadora.
Caricaturizados por medios implacables y reaccionarios, ser integrante de la clase trabajadora pronto se convirtió en sinónimo de ser parte de una “casta de privilegiados” o un “scrounger”. También se les imputó tener puntos de vista racistas y sexistas y, con la etiqueta “subclase salvaje” los jóvenes trabajadores fueron eliminados de toda influencia en la política.
Con el retiro del estado y la promoción del mantra neoconservador de “responsabilidad individual”, se hizo fácil presentar la pobreza y el desempleo como fallas personales. De este modo, se aseguró que las etiquetas ‘irresponsable’ y “no aspiracional” se impusieran, logrando en la práctica hacer desaparecer a los trabajadores de la escena política.
En “La clase social en el siglo 21” de Mike Savage, publicado en 2015, se da a conocer los resultados de la mayor encuesta de clase jamás realizado en el Reino Unido. Un dato importante es que con 161.000 participantes, no respondió ni un solo limpiador o trabajador en los servicios elementales’. [9] De esta manera Savage reconoce que hay “patrones reveladores” en los resultados de la encuesta, particularmente porque hubo una “excesiva representación de hombres de negocios y profesionales de las finanzas”, y que las respuestas recibidas de los CEOs son más de 20 veces del número esperado.
Desafortunadamente, él no explica cuál es “la proporción de encuestados que no creen pertenecer a una clase en una jerarquía de clases que desciende“. Solo una cuarta parte del “precariado” reconocen su estado de clase baja. Mientras esto ocurre con el precariado, la mitad de la élite está orgullosa que pertenecen a su “clase”.
Savage sugiere que esta es una ”inversión fascinante de la tesis de Marx. A saber; la conciencia de clase crece entre los proletarios, porque no tienen nada que perder, sino sus cadenas. ”Al contrario, dice Savage; ”de hecho, los que están al final son los que menos piensan que pertenecen a la clase trabajadora”. [10]
Aparte del hecho obvio que lo que la gente piensa y lo que dice es a menudo muy diferente, hay que decir que nadie quiere ser parte del equipo perdedor; por tanto no hay ninguna milagrosa inversión de la tesis de Marx con esta encuesta.
Una mejor explicación del porqué el proletariado no rompe sus cadenas es qué hay pocas posibilidades de perderlas en un momento en que su encarcelamiento se ha normalizado, es decir, despolitizado. En este momento, todo lo que se logra es recordarle su lamentable estado de olvido. La observación de Lenin sobre la “esclavitud cultural” de la clase trabajadora parece más cierta que nunca. [11]
El trabajo de Savage también es instructivo pues pone en evidencia la vulnerabilidad social de las clases medias y cómo la propia palabra clase ha adquirido un significado cultural: un significante de valor moral e intelectual. Sin embargo, la división de la encuesta en 7 divisiones de clase separadas oculta un panorama más amplio de ganadores y perdedores, dejando a la vista la actual incapacidad dramática de una respuesta social organizada.
Un análisis menos confuso de esa tendencia es quizás provisto por la simple distinción social hecha por Thorstein Veblen en “Los intereses adquiridos y el hombre común”. En el estudio de Veblen, el grupo de “Interés adquirido” de la clase capitalista tiene ”un margen relativamente estrecho de ganancia neta”. Pero a cambio de ese beneficio moderado, afirma Veblen, se “manipulan los sentimientos y las aspiraciones” para aumentar las ganancias.
En todo caso, en un momento en que el capital social y cultural ha alcanzado nuevos niveles de valor de cambio (tras la colonización del capitalismo en la esfera cultural) el análisis de Veblen es esclarecedor. Porque, en la era del capitalismo transnacional y la expansión de los movimientos sociales y culturales apolíticos que la acompaña, hay muchos más márgenes de ganancia.
El abandono de la clase obrera como sujeto histórico generalmente se remonta al surgimiento del pensamiento posmarxiano / posmodernista en Francia en los años 70, con su negación de las narrativas históricas de carácter general. El trabajo que ha proporcionado autoridad moral y política para ese abandono del marxismo es “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una política democrática radical”, de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, publicado en 1985.
En ese texto post-marxista, Mouffe y Laclau argumentan que la clase trabajadora ya no es el sujeto histórico, esencialmente porque no existe un sujeto histórico y, por lo tanto, no se le atribuye ningún privilegio ontológico como una fuerza histórica efectiva contra el capitalismo. En cambio, sugieren que una gama de grupos de interés social (por ejemplo, feminismo, antirracismo, ambientalismo, etc.) pueden, a través de un liderazgo “moral e intelectual”, (en oposición a un mero liderazgo “político”) combinarse para lograr tal reto.
Los trabajadores siguen siendo importantes en esa amalgama de grupos de interés, pero solo a través de su experiencia concreta y vivida, y no debido a la historicidad de su posición. Es en esta nueva ‘unidad de un conjunto de sectores’ que una ‘relación estructuralmente nueva, diferente de las relaciones de clase, debe ser forjada. Y tal conjunto, afirman, se logrará con una “democracia radical”. [12]
Esto es lo que Mouffe y Laclau llaman la “transición decisiva” del plano político al moral / intelectual y es donde tiene lugar un nuevo concepto de hegemonía “más allá de las alianzas de clase”. La razón por la que se piensa que es necesario alejarse de lo político es porque ellos perciben la necesidad que un conjunto de ideas y valores deben ser compartidos por diversos de sectores: “que ciertas posiciones de los sujetos atraviesan una serie de sectores de clase.”
Para Mouffe y Laclau sólo abandonando una política de clase inadecuada y que tenga una “coincidencia coyuntural de intereses”, se podrá establecer un nuevo movimiento singular. Parte del razonamiento es la suposición de que la clase trabajadora no puede pensar por el resto de la sociedad: que no puede ir más allá de la “defensa estrecha de sus intereses corporativos”. [13] Sin embargo, la historia no lo confirma.
Como se vio anteriormente, en los años 70 en el Reino Unido: una época en que el poder de la clase trabajadora estaba creciendo, fue una época muy ilustrada. Se aprobaron resoluciones antirracistas y antisexistas y también hubo una legislación progresiva que protegía los derechos de los homosexuales, legalizaba el aborto y facilitaba el divorcio. Los trabajadores se declararon en huelga para exigir más dinero para los jubilados. De hecho, es difícil pensar en un área de la vida social que no se consideraba parte del plan socialista de transformación.
Reflexionando sobre el hecho de que estudiantes e inmigrantes, así como los trabajadores participaron en las huelgas masivas que se desataron en Francia en 1968, Mouffe sugiere que “una vez que se rechaza la concepción de la clase trabajadora como una clase universal, es posible reconocer la pluralidad de los antagonismos que tienen lugar en el campo de lo que se agrupa arbitrariamente bajo la etiqueta de “luchas de los trabajadores“. [14] Sin embargo, ¿qué es exactamente “arbitrario” sobre esta etiqueta? y, ¿qué beneficio se deriva abandonarla en favor de una pluralidad de etiquetas diferentes que no tienen importancia política en el contexto de una lucha obrera? En realidad, la disolución de la solidez de la clase obrera en una multitud de antagonismos parece encaminada a destruir la solidaridad; También parece un suicidio político.
En la famosa huelga de Grunwick en 1976, iniciada por mujeres asiáticas no sindicalizadas que trabajaban por una miseria en condiciones extremadamente pobres, los trabajadores enviaron un poderoso mensaje de solidaridad acusando al gobierno laborista en el poder. Los problemas de etnicidad y género desaparecieron mientras se realizaba la mayor movilización de solidaridad obrera jamás vista en el Reino Unido y más de 20,000 trabajadores se presentaron en la línea de piquete para apoyar a los huelguistas. La huelga incluso fue internacional: participaron los trabajadores de los Puertos en Bélgica, Francia y los Países Bajos, boicoteando los productos de Grunwick.
Fue precisamente la solidaridad generalizada del movimiento lo que aterrorizó al gobierno, ya que lo que entonces se hizo evidente fue que la solidaridad de los trabajadores podía transformar la sociedad, por lo que el gobierno recurrió a la vigilancia policial para romper la huelga (la misma táctica que haría el gobierno de Thatcher un par de años más tarde contra los mineros.)
Por otra parte Mouffe afirma que el pluralismo solo puede ser radical si no existe un “principio de fundamento positivo y unitario”. Pero es difícil actuar como una fuerza unificadora en las luchas anticapitalistas si la lucha común olvida la explotación. ¿A quienes podían haber llamado las huelguistas recién llegadas del este de África, si no a sus compañeros trabajadores explotados? ¿Y qué tan efectivas habrían sido sus acciones en ausencia de esa solidaridad?
En su intento por justificar este dramático cambio de la política de clase y de los intereses históricos de la clase trabajadora, Mouffe y Laclau se basan en la noción de Gramsci de la “voluntad colectiva”. El consideraba que un movimiento nacional y popular debería ser capaz de expresar los intereses compartidos de las masas, y también debería reconocer la importancia de un liderazgo moral e intelectual.
Sin embargo, con respecto a estos dos aspectos de su estrategia política, el pensamiento de Gramsci se basa en la historicidad de la clase trabajadora. Porque si bien reconoce la necesidad de alianzas (no ve a la clase trabajadora resistiendo en solitario) sí la reconoce como la fuerza dirigente. El punto central de una voluntad colectiva es que se requiere una voluntad única, enfocada, y no una variedad dispar de tácticas y objetivos.
De hecho, Gramsci opinó que lo que había bloqueado la formación de tal voluntad en el pasado era una serie de grupos sociales específicos. ”Toda la historia, desde 1815 en adelante, muestra los esfuerzos de las clases tradicionales para prevenir la formación de una voluntad colectiva de este tipo y para mantener el poder ‘económico-corporativo’ en un sistema internacional de equilibrio pasivo“. [15]
El hecho de que Gramsci Identificara la necesidad de un liderazgo moral e intelectual en la formación de tal voluntad no significa que pierda su base política / económica. Por el contrario, es evidente que Gramsci proponía un movimiento liderado por un partido basado en la política. [16] También afirmaba que las políticas morales e intelectuales no son nada sin un cambio estructural: “La reforma intelectual y moral debe vincularse con un programa de reforma económica; de hecho, el programa de reforma económica es precisamente la forma concreta en que la reforma moral se presenta”. [17]
Al elevar un liderazgo moral espureo por encima de la política de clase, se ha creado una plataforma para una pluralidad abierta de causas apolíticas. El efecto ha sido despolitizar radicalmente la democracia al eliminar las cuestiones definitorias de la contestación de la clase trabajadora. Si bien Mouffe sugiere que una identidad muy fragmentada y separada de estos “antagonismos” específicos produce una ”profunda concepción pluralista de la democracia“, la realidad ha sido todo lo contrario.
Como señala Ellen Meiksins Wood en “La democracia como ideología del imperio”, es precisamente la desaparición de las relaciones de clase definidas políticamente lo que hace que esta versión de democracia “des-socializada” sea tan atractiva para el capitalismo global. Porque, al poner las preocupaciones sociales y políticas anteriores de la política de clase más allá del alcance de la responsabilidad democrática, la política se subordina fácilmente al mercado. [18]
Claus Offe también reconoce que el ”proyecto neoconservador de aislar lo político de lo no político” se basa en una redefinición restrictiva de lo que puede y debe considerarse político, lo que permite a los gobiernos eliminar las demandas sociales problemáticas de sus agendas. Al mismo tiempo, observa que el surgimiento de nuevos movimientos sociales, que operan en esferas de acción no políticas, sirve para justificar esa despolitización.
La protesta de los chalecos amarillos es una respuesta a una versión de democracia cada vez más “desocializada” y al poder de las élites, que solo ha aumentado bajo Macron. Lo que comenzó como una protesta contra el aumento del impuesto sobre el combustible es ahora mucho más. Alentados por la solidaridad generalizada, los trabajadores exigen el fin del elitismo y la corrupción del gobierno y notifican que la clase trabajadora NO quiere migajas.
¿El derrocamiento de Macron, el fin de la corrupción política, una nueva república, el surgimiento de un nuevo partido político de la clase obrera? Es imposible pronosticar cómo terminará la protesta. El movimiento no habría durado tanto si no hubiera sido por la solidaridad generalizada que los trabajadores han demostrado. La solidaridad se basa en el amor a la justicia, que es la sangre vital de la política de la clase trabajadora y, por lo tanto, hasta que se termine la injusticia, la disputa debe continuar. Porque, como reconoció el padre de la filosofía política, ”siempre son los más débiles quienes buscan la igualdad y la justicia, mientras que los más fuertes no les prestan atención“. [19)

Notas
[1] Claus Offe, Nuevos movimientos sociales: desafiando los límites de la política institucional, investigación social 52: 4 (1985: invierno) 832 

[2] James Heartfield, La Unión Europea y el fin de la política (Zero Books: Winchester 2013) 117 

[3] John Rawls, Una teoría de la justicia (Oxford University Press: Oxford, 1972) 

[4] PK Das, ‘ Manifiesto de un activista de la vivienda’ citado en Planet of Slums de Mike Davis, (Verso: Londres, 2006) 

[5] David Chandler, Deconstruyendo la soberanía en la construcción de una sociedad civil global en Politics Without Sovereignty, (UCL Press: Londres 2007) 150 

[6] John Medhurst, esa opción ya no existe – Gran Bretaña 1974-76, (Zero Books: Winchester, 2014) 

[7] Intervención estatal en la industria: una investigación de los trabajadores (Russell Press Ltd .: Nottingham, 1980) 

[8] Ken Coates, Socialismo y medio ambiente , (Portavoz: Nottingham, 1972) 

[9] Mike Savage, clase social en la 21 st Century , (Pelican: Random House, 2012) 11 

[10] Ibid., 367. 

[11] VI Lenin Collected Works , vol. 27, (Moscú, 1965) 464 

[12] Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, Hegemonía y estrategia socialista – Hacia una política democrática radical (Verso: Londres, 1985) 64 

[13] Ibid., 66. 

[14] Mouffe, ibid., 167. 

[15] Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks , editado y traducido por Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith, (Lawrence y Wishart: Londres, 2003) 132 

[16] Gramsci, Ibid., 129. 

[17] Ibid., 133. 

[18] Ellen Meiksins Wood, La democracia como ideología del imperio en The New Imperialists (Publicaciones de Oneworld: Oxford, 2006) 9 

[19] Aristóteles, Política, traducción, Joe Sachs (Focus Publishing: Newburyport, 2012) 1318b 

Susan Roberts, historiadora británica.

Fuente original: https://kritica.info/regresa-el-sujeto-historico-con-los-chalecos-amarillos/

jueves, 17 de enero de 2019

El brexit en estado zombie ..


Vasco Gargalo en Rebelión 


El brexit nos aburre y vamos sonámbulos hacia el desastre

El diario

Esta semana alcanza su punto álgido pero los votantes están desconectando del tema. Esta indiferencia podría definir nuestra política
Justo antes de Navidad, pasé un día en Cowley, el barrio obrero de la periferia de Oxford donde una fábrica de BMW fabrica el Mini, ese gran símbolo británico. Todos los años, la planta cierra las puertas para un "período de mantenimiento" que por lo general coincide con las vacaciones de verano de las escuelas locales. Preocupada por la futura relación del Reino Unido con la Unión Europea (UE), la compañía ha previsto para este año un cierre más largo de lo habitual. También lo ha programado para que ocurra un día después de la fecha formal de salida de la UE . Según la empresa, para "minimizar riesgos de posibles interrupciones en el suministro de piezas a corto plazo si se produce un Brexit sin acuerdo".
Uno podría imaginar que en los alrededores de la fábrica la gente andaría preocupada por las calles y con una sensación de emergencia. No me sorprendió encontrar todo lo contrario. Después de que BMW rechazara mi petición de visitar la fábrica, pasé unas cuantas horas recogiendo testimonios por la calle. Mis preguntas sobre el Brexit eran recibidas con una indiferencia exasperante, como si el tema apenas despertara interés en la gente.
Los que sí hablaron de la fábrica me aseguraron que jamás se iría de Cowley. Un par de incondicionales del Brexit mencionaron a Winston Churchill y sugirieron que celebrar otro referéndum sería atentar contra la democracia. Pero la mayoría de los entrevistados confirmó lo que dicen las últimas encuestas: tanto los que quieren dejar la UE como los que quieren quedarse están aburridos del Brexit. Cuando les sacan el tema hacen muecas y ponen los ojos en blanco.
Un auténtico embrollo
"Es un incordio", me dijo uno. "Nadie parece saber qué está pasando; solo hablan de eso en todos los canales; ya estoy harto". También dijo que en 2016 había votado por salir de la UE. ¿Se le ocurría alguna forma de salir del embrollo actual? "Ya no sé cómo responder a eso", dijo. "Lo han complicado tanto". Durante un momento de la conversación, mi entrevistado pareció inclinarse por seguir en la UE. Luego derivó hacia la otra postura.
En esta semana que comienza es importante tenerlo en cuenta, con el drama parlamentario por el Brexit a punto de alcanzar su punto álgido. Por mucho que pataleen en Westminster, para millones de británicos el Brexit es algo que ocurrió hace dos años y medio. Desde entonces se ha convertido en un ruido indescifrable de divisiones del equipo de gobierno, uniones aduaneras y todo tipo de enigmas que hacen explotar Twitter pero dejan indiferente a la mayoría de las personas. Es la prueba de un enorme fracaso político, también para el supuesto partido de la oposición: el debate está tan lejos de la opinión pública que parece imposible encontrar una solución para el malestar del país.
Para los que lo ven de fuera, debe ser lo más parecido a una ridícula decadencia colectiva. El momento es decisivo, está repleto de riesgos gigantescos y definirá nuestro futuro durante las próximas décadas. Pero el ambiente es de aburrimiento público generalizado. En parte se debe, por supuesto, a que aún no se han materializado las consecuencias reales del Brexit, haya o no acuerdo. Pero hay cosas mucho más trascendentes en juego: rasgos ancestrales que en Inglaterra son especialmente profundos y cambios mucho más recientes en la forma en que la política llega a la ciudadanía.
Tanto para bien como para mal, durante mucho tiempo Inglaterra ha sido el país donde la revolución comienza cuando se termine la próxima cerveza. En su mayor parte, los políticos son vistos con escepticismo y el lema nacional perfectamente podría ser ‘Cualquier cosa mientras sea para una vida tranquila’. El voto por el Brexit pareció romper momentáneamente esas reglas, pero eso fue solo una equis en una papeleta. No hizo falta que pasara mucho tiempo antes de que la gente volviera a ser como siempre.
Ahora nos encontramos en el peor de los mundos, autolesionándonos porque se nos dice que esa es la voluntad de los votantes cuando millones de esos mismos votantes parecen haberse desconectado del tema por completo.
La falta de compromiso popular ha empeorado por la velocidad a la que circula hoy la información y por una cultura política en la que las noticias de todos los días se han convertido en una especie de ruido blanco: cualquier noticia, si no todas, puede ser falsa. Muy pocas informaciones parecen generar arrastre. Cada vez que un representante sectorial o profesional con mucho que perder por el Brexit aparece en televisión advirtiendo por las consecuencias de salir de la Unión Europea, la única y altamente predecible reacción es esta: ‘Es solo una opinión’. Cualquier persona que haya discutido con amigos o familiares por el tema del Brexit reconocerá la secuencia.
Dicen que la salvación para el acuerdo de Theresa May reside en los ‘aburridos del Brexit’ (también llamados ‘bobs’, por sus siglas en inglés). Cansados del tema y desconfiando de los que les advierten por los males del Brexit, los bobs podrían ser en efecto cruciales. Incluso si Theresa May pierde la votación parlamentaria del martes, un número suficiente de sus rivales en la derecha y en la izquierda podría entender que los votantes no comparten su pasión y darse por vencidos. Si eso sucede, el futuro inmediato de la política británica seguirá tan dominado por el Brexit como ahora. Con su constante charla tecnocrática sobre acuerdos comerciales y cosas por el estilo, Westminster seguirá profundizando la alienación de los votantes.
¿Otro referéndum?
Pero hay otras posibilidades, por supuesto. Si lo que termina ocurriendo es un Brexit sin acuerdo, tal vez el caos resultante sacuda por fin a Inglaterra de su aturdimiento. Si lo que viene es otro referéndum, y los partidarios de quedarse mejoran al fin la poco competente campaña que los llevó al desastre en 2016, esta vez la gente podría escuchar lo que se debería haber hablado desde el principio sobre el Reino Unido y su lugar en el mundo: los incuestionables beneficios de tener una economía abierta; los complejos y a menudo frágiles acuerdos comerciales que mantienen a la economía en marcha y a las personas con empleo; o el hecho de que la nuestra no es una historia de aislamiento con relación a Europa sino de estar en el corazón de su historia.
Escribo esas palabras y me doy cuenta de lo poco probable que es ver a cualquiera de nuestros políticos actuales haciendo que la gente lo escuche. Incluso si termina el gobierno de May y hay elecciones generales, podríamos seguir fácilmente con la sensación de que la política no conecta con los votantes ni se ocupa de las tensiones profundas de Gran Bretaña.
Los votantes que Jeremy Corbyn necesita de su lado son también los que lo ven con más escepticismo. Los líderes laboristas han evitado hasta ahora cualquier tipo de conversación seria sobre el tema del Brexit (por no hablar de sus complejas implicaciones sobre el tipo de país que Reino Unido quiere ser). Incluso si el Laborismo lograse ganar, los delirios y engaños que nos pusieron en este aprieto podrían seguir enconándose.
Cuando uno piensa en conceptos como un "desastre nacional" se imagina coches en llamas y muchedumbres violentas. Pero algo tan dramático es poco probable en una nación de sonámbulos, poco interesada en sus políticos y eternamente imperturbable por las advertencias. Más allá del ruido y la furia de la actualidad, una vieja letra de Pink Floyd cantada con el nítido acento del sudeste inglés resume el que podría ser nuestro destino: "Resistir mientras uno se desespera en silencio, esa es la manera inglesa".
Traducido por Francisco de Zárate
Fuente: https://www.eldiario.es/theguardian/Brexit-aburre-vamos-sonambulos-desastre_0_857065168.html


 y ver  .. https://blogs.publico.es/davidtorres/2019/01/15/el-brexit-con-marcha-atras/


Nota de blog .-   La conclusión, seria  el   explicar el  por qué el Parlamento dejo de ser pragmático... y la explicación es la crisis de la soberanía del estado  y que votar si votas equivocado no te lo aceptan en BRUSELAS...y están dispuestos a hacérselo pagar  caro, pero eso no se dice,  eso si es  memorable  la tenacidad de la primera ministra sosteniendo que lo votado vale , sino el país deja de creer en la democracia  .. si fueramos a analizar todas las votaciones que se hacen , bajo el prisma de ser  manipulado , no valdrían , ni la mitad de ellas , en democracia se supone que todos somos libres  y responsables, hasta que dejamos de serlo  , sino bajo sospecha se tambalea la misma democracia ,, como decía alguien, si con democracia se lograra algo verdaderamente importante estaría prohibida, de alguna  forma la democracia es solo   el intento de resolver conflictos pacificamente  ,sin  entrar a bombazos . El voto contra  May no deja de ser también a la Unión Europea y, en particular, a sus máximos dirigentes. Los gobiernos europeos se cuidarán muy mucho de rebajar sus exigencias a Gran Bretaña en cualquier futura negociación ante el auge  de los ultranacionalistas.



miércoles, 16 de enero de 2019

Europa , campo de batalla nuclear.





La Unión Europea acepta la instalación ‎de nuevos misiles nucleares ‎estadounidenses en Europa
  
Manlio Dinucci

Red Voltaire.

Los países miembros de la Unión Europea se alinearon unánimemente tras la estrategia ‎militarista de su “hermano mayor” estadounidense. Al hacerlo aceptan que Europa ‎se convierta en campo de batalla nuclear si Estados Unidos entra en conflicto ‎con Rusia.‎

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   Cerca del “Palacio de Cristal” de las Naciones Unidas, en Nueva York, puede verse una escultura ‎metálica llamada El Mal vencido por el Bien que representa a San Jorge atravesando un dragón ‎su lanza. Es un regalo de la URSS, que quiso celebrar así, en 1990, la firma del Tratado INF entre ‎Moscú y Washington, documento que eliminaba los misiles nucleares terrestres de corto y ‎mediano alcance (entre 500 y 5 000 kilómetros). Simbólicamente, el cuerpo del dragón nuclear ‎agonizante está hecho con pedazos de misiles balísticos estadounidenses Pershing-2 (que habían ‎estado desplegados en Alemania occidental) y de SS-20 soviéticos retirados de sus bases en la ‎URSS. ‎


Pero el dragón nuclear vuelve hoy a la vida, gracias a Italia y a los demás países de la Unión ‎Europea que han votado contra el proyecto de resolución sobre la Preservación y Aplicación del ‎Tratado INF propuesto por Rusia en la Asamblea General de la ONU, rechazado con 46 votos ‎en contra, 43 votos a favor y 78 abstenciones. ‎

La Unión Europea –que entre sus 27 miembros cuenta 21 miembros de la OTAN– adoptó así la ‎posición de la OTAN, que es a su vez la posición de Estados Unidos. Como antes lo hizo la ‎administración Obama, la administración Trump acusó a Rusia –sin presentar prueba alguna– de ‎haber realizado ensayos con un misil de la categoría prohibida y anunció que Estados Unidos va a ‎retirarse del Tratado INF. Simultáneamente, Estados Unidos ha iniciado un programa tendiente a ‎reinstalar en Europa misiles nucleares que apuntarán a Rusia, además de desplegar también ‎misiles nucleares, que apuntarán a China, en la región Asia-Pacífico. ‎

El representante de la Federación Rusa ante la ONU ya advirtió que «eso constituye el inicio de ‎una carrera armamentista abierta». En otras palabras, advirtió que si Estados Unidos instala ‎nuevamente en Europa misiles nucleares apuntando a Rusia (como los misiles estadounidenses ‎‎Cruise desplegados en [la región italiana de] Comiso en los años 1980, Rusia responderá ‎instalando nuevamente –en su territorio nacional– misiles similares que apuntarán hacia blancos ‎en Europa (aunque no alcancen el territorio de Estados Unidos). ‎

Ignorando todo eso, el representante de la Unión Europea ante la ONU acusó a Rusia de socavar ‎el Tratado INF y anunció el ya mencionado voto negativo de todos los países de la UE porque «la ‎resolución presentada por Rusia desvía del tema en discusión». Dicho claramente, la Unión ‎Europea dio luz verde a la posible instalación de nuevos misiles nucleares estadounidenses ‎en Europa, incluyendo Italia. ‎

Sobre este tema tan importante, el gobierno de Giuseppe Conte [el primer ministro de Italia], ‎renunciando –como hicieron sus predecesores– al ejercicio de la soberanía nacional, se alineó ‎tras la Unión Europea, que a su vez se alineó tras la OTAN, que a su vez actúa bajo las órdenes ‎de Estados Unidos. Y de todo el arco político [italiano] no se elevó ni una voz para exigir que ‎sea el Parlamento quién decida cómo votar en la ONU. Y en el Parlamento tampoco se hizo oír ‎ni una sola voz para exigir que Italia respete el Tratado de No Proliferación del armamento ‎nuclear, documento en virtud del cual Estados Unidos está obligado a retirar del suelo italiano ‎sus bombas nucleares B61 y abstenerse además de desplegar en Italia –a partir de principios de ‎‎2020– sus nuevas bombas atómicas B61-12, aún más peligrosas que las anteriores.‎

Así se viola nuevamente el principio fundamental de la Constitución italiana que estipula que «la ‎soberanía pertenece al pueblo». Y como el aparato político-mediático mantiene a los italianos en ‎la ignorancia sobre estas cuestiones de vital importancia, el derecho a la información se viola ‎doblemente, ya que se viola no sólo la libertad de informar sino también el derecho a que ‎nos informen.

Si no se hace algo ahora, mañana ya no habrá tiempo para decidir: un misil balístico de alcance ‎intermedio portador de una carga nuclear es capaz de alcanzar su objetivo y destruirlo en sólo 6 u ‎‎11 minutos. ‎

Manlio Dinucci
Fuente

Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la versión al francés de Marie-Ange Patrizio


lunes, 14 de enero de 2019

Vox , patriotas de hojalata




Vox y la organización de “Santos Guerreros del Pueblo de Irán”


Nazanín Armanian


Según el diario El País, el partido Vox recibió con el método “pitufeo” “miles de aportaciones de entre 200 y 5.000 euros” del Consejo Nacional de Resistencia Iraní (CNRI) en la víspera de las elecciones europeas de 2014. El CNRI es el seudónimo (de cara al Occidente) de la organización de Moyahedin-e Jalq «Guerreros Santos del Pueblo» (GSP), una secta político-religiosa, cuyo contacto en España fue el ex dirigente del Partido Popular Alex Vidal-Quadras, integrante de la plataforma llamada Amigos del Irán Libre del Parlamento Europeo (¡como “Libia Libre” o “Siria libre”, donde “libre” es sinónimo de un “montón de cadáveres y escombros”).

SIGUE  ... ver 
 https://blogs.publico.es/puntoyseguido/5337/vox-y-la-organizacion-de-santos-guerreros-del-pueblo-de-iran

 y ver

https://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/la-espana-vox

Nota  .--    Abascal   , cuenta más   falacias    que habla , quiere eliminar autonomías y vivió  y vive  de ellas, eliminar chiringuitos y no para de montarlos , ser  anti islámico  y financiarse con ellos , luchar contra eta y financiarse con terroristas  , reconquistar  España del islam  con dinero iraní  y  es nacionalista español a machamartillo  . Era previsible, toda vez que Abascal viene del corazón de la corrupción pepera y disfrutó de sus chiringuitos sin quejarse nunca. Así  es lógico si hicieron del terrorismo un negocio, asociaciones, compañías de seguridad  de guarda espaldas , al final, terminaron financiándose con  otros
 

Entrevista a Marta Sanz . .




 Entrevista  a   la escritora Marta Sanz .

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“No puedo separar la palabra patriarcado de la palabra capitalismo”


LUCÍA TOLOSA
CTXT .

Marta Sanz (Madrid, 1967) asegura que sus palabras no son políticamente incorrectas, sino incorrectamente políticas. La escritora que hoy me abre las puertas de su casa es una mujer elegante, lúcida y humilde a partes iguales. Sanz, que prefiere navegar entre dudas y preguntas antes que hacerlo con una maleta de ideas dogmáticas, es una persona despierta. Reivindica el humor porque comprende su poder: por eso cultiva la ironía y nos regala textos ácidos y punzantes. Ahora, Sanz vuelve al ruedo con Monstruas y Centauras. El ensayo, publicado por Anagrama, reflexiona en torno a los principales acontecimientos que han marcado la agenda feminista de los últimos meses.

Describe su libro como la digestión de tres acontecimientos y una sentencia: el Me Too, la carta de las intelectuales francesas, la huelga feminista del 8M y la sentencia de La Manada. ¿Qué propósito persigue? ¿Y qué tal van sus jugos gástricos?

Hasta hace poco, yo era una mujer mucho más atemorizada, insegura y dependiente del juicio ajeno de lo que soy ahora. En ese aspecto, creo que he logrado una buena digestión. Ahora he aprendido a asimilar mucho mejor todo, incluidas las críticas. He concebido Monstruas y Centaurascomo un ensayo, intentando plantear preguntas respecto a lo que damos por supuesto y pensamos que es la normalidad. Uno de mis objetivos es buscar las grietas de esa normalidad, y lo hago decapitando ciertos tabúes e ideas que considero monstruosas.

Asegura escribir desde la vindicación y reivindicar la duda.

Partiendo del hecho de que todavía no hemos alcanzado la igualdad entre hombres y mujeres, y que todavía quedan muchas cosas por cambiar, creo que la postura más realista e inteligente es la que parte de la reflexión. Y sin duda, no hay reflexión. A mí no me gusta ser una mujer sectaria, rechazo el dogmatismo. Me causa cierta inseguridad o perplejidad algunas estrategias feministas con las que no me siento identificada, pero creo que eso no es malo. Reflexionar sobre lo que nos causa asombro u miedo es necesario.

Insiste a menudo sobre el concepto del miedo. De hecho, afirma que acude al 8M apesadumbrada. ¿No es necesario reivindicar la alegría en la lucha feminista?

Cuando tú luchas, es porque tienes motivos para tener miedo. Si luchas, no es porque la realidad sea un festival de luz y color, sino porque te sientes amenazada y discriminada. Las mujeres hacemos de la necesidad virtud y sacamos fuerzas de la flaqueza. Esto tiene que ver con identificar lo que nos duele, y reconvertirlo en optimismo revolucionario para ir a la calle. Para luchar es necesaria la alegría y el optimismo, pero desde un punto de vista Gramsciano. Yo tengo muy asimilado el mantra de pesimistas del pensamiento y optimistas en la voluntad. Lo que no hago es caer en la ingenuidad de pensar que cuando se lucha, se hace desde la alegría.

He leído que no se identifica con la forma de empoderamiento característico del pensamiento positivo.

A veces me parece algo ingenuo hablar de un empoderamiento de las mujeres que resulta publicitario. Cuando se menciona el empoderamiento característico del pensamiento positivo, yo veo los muslos prietos de Beyoncé, o las declaraciones de Ana Patricia Botín diciendo que es feminista.  Cuando  me  fijo  en  los  referentes  que  se  asocian  al  concepto  de  mujer empoderada en internet o la televisión, veo que son mujeres en situación de privilegio dentro de la escala social.

Se da cuenta que el discurso de mujeres como Leticia Dolera o Susana Griso suscita más interés que el de una Kelly o una profesora de universidad. ¿Estamos convirtiendo el feminismo en un complemento estético?

Con este tema tengo una posición ambivalente. Cuando veo una bolsa con un eslogan feminista estampado pienso que al final todo puede reducirse a un destello. Me da miedo que el sistema se nos coma con un aura de buen rollo y de corrección política, que al final es la apisonadora del pensamiento neoliberal. Pienso en los actores estadounidenses que hacen una rifa para intentar paliar los daños por el Katrina, o cuando Antonio Banderas organiza el festival Starlight, y eso se considera un gesto de compromiso. Creo que estamos dejando que el concepto de militancia política se vea engullida por el lado de aquel compromiso puntual. Pero por otro lado, cuando veo a Angelina Jolie yendo a Somalia para colaborar pienso que podría no haberlo hecho. Pensar esto me hace ser autocrítica conmigo misma.

Me interesa cómo trata el movimiento del #MeToo. Deja claro que desconfía de las mujeres que lo impulsan.

Mantengo el miedo de que se neutralice el poder del feminismo, pero a la vez soy consciente de que los altavoces de la lentejuela tienen mucha repercusión. Tener un nivel de vida digno no te incapacita para la crítica y la lucha política. De hecho, en mi libro digo que necesito a estas hermanas para seguir adelante. De todos modos, hay algo muy injusto con respecto al movimiento del #MeToo. Lo asociamos a las actrices que comienzan a hacer reivindicaciones por la boca de Emma Watson, Asia Argento o Frances MacDormand, pero el movimiento MeToo surge de antes, con Tarana Burke y tiene que ver con el acoso y el abuso a las niñas en situaciones de desigualdad flagrante y exclusión. Para mí es muy importante reivindicar una manera del feminismo en la que la desigualdad de género está indisolublemente ligada a la desigualdad de clase. El feminismo podría llegar a ser una palanca de transformación integral de la sociedad, que también afecte al modelo económico, al concepto de clase, a la desigualdad por razones de raza… Es algo absolutamente integral.

Tengo entendido que no concibe que capitalismo y feminismo puedan ir juntos. Siguiendo esa lógica, ¿una mujer que aboga por el capitalismo no es feminista?

Lo que digo es que no puedo separar el feminismo de la palabra patriarcado, y la palabra patriarcado de la palabra capitalismo. Si yo no puedo separar el capitalismo del patriarcado, me cuesta mucho trabajo entender como feministas a mujeres que están asumiendo de una manera totalmente acrítica los códigos del capitalismo. Me refiero a mujeres que perpetran la explotación y que, con su trabajo, agrandan  las brechas  de  la  desigualdad  en  todos  los ámbitos. Mujeres como Ana Patricia Botín o Angela Merkel, por ejemplo. Mi concepto de feminismo es incompatible con estas mujeres, porque con su trabajo están subrayando las bases que asientan su propia desigualdad.

El 8M hubo abucheos a las diputadas de Ciudadanos. ¿Considera que hubo una falta de sororidad al abuchear a mujeres que apoyaban la manifestación?

A mí por principio no me gusta abuchear a nadie, pero quiero recordar que la manifestación del 8M estaba ligada a una huelga general feminista. Las mujeres de Ciudadanos no fueron abucheadas ni como mujeres, ni como feministas, fueron abucheadas como personas que no se habían adherido a una huelga por la que todas estábamos en la calle y por la que muchas de nosotras habíamos perdido dinero. Esa huelga fue un sacrificio para muchas de nosotras. Fueron abucheadas porque se entendió que su postura era inconsecuente.

En la lucha feminista hay un  sinfín  de  conflictos internos. La gestación  subrogada  y la prostitución son dos ejemplos que se usan como armas arrojadizas. ¿Estamos cayendo en una jerarquización del feminismo?

Por eso creo que hay que hablar del feminismo desde la duda y la incertidumbre. Yo estoy preocupada por lo que mencionas, creo que no podemos entrar en una jerarquización del feminismo. Estoy convencida de que puede ser un espacio muy plural, todas tenemos derecho a defender nuestra ideología y nuestras ideas… pero al mismo tiempo yo reivindico mi derecho para ser la feminista que soy. En el libro se recoge, por ejemplo, el caso de Camille Paglia que representa el ejemplo de la feminista neoliberal. A mí me parece estupendo, pero yo dejo claro que no comparto sus postulados.

Ahondas en el concepto de sororidad. ¿Estamos confundiendo sororidad con uniformidad?

El problema es que estamos atravesando tiempos muy oscuros, en los que por culpa de la crisis, las conductas machistas se han radicalizado. El colmo del ideal feminista tendría que ver con la posibilidad de ser mujer y poder criticar a otras mujeres sin tener por ello ningún tipo de mala conciencia. Eso sería lo deseable y lo correcto: que yo pudiera criticar a una mujer igual que critico a un hombre porque verdaderamente hemos llegado a alcanzar un estado de igualdad real. El problema es que no lo hemos alcanzado, y por tanto, ahí siguen mis conflictos y los de otras muchas mujeres, que a veces no saben cómo comportarse.

Sigue siendo polémico criticar ciertas actitudes machistas que nosotras podemos perpetrar. ¿Por qué nos cuesta reconocer que sigue habiendo mujeres machistas?

A las mujeres nos hace falta autocrítica. Una de las cosas fundamentales que debemos plantearnos las mujeres es por qué deseamos las cosas que deseamos. Hay muchísimas expectativas de felicidad femeninas que tenemos interiorizadas por lo que una mujer debe ser en la sociedad. Hay algo evidente, y es que todas las mujeres perpetuamos costumbres y comportamientos machistas porque lo tenemos incorporado en el hipotálamo, pero yo no comparto ese discurso misógino que nos describe como envidiosas y traidoras entre nosotras.

Profundiza en el concepto de víctima. El manifiesto de las intelectuales francesas rechaza una supuesta infantilización de la mujer.

Creo que ahí hay un componente de clase clarísimo. Esto lo explica Virginie Despentes, mejor que yo, cuando afirma que al escuchar a estas mujeres hablar está oyendo a un grupo de mujeres ricas. Despentes dice que estas mujeres hablan defendiendo los privilegios de sus hermanos y padres.

Estas intelectuales también denuncian que hay una pérdida de libertad sexual, aseguran que se ha fomentado una ola de puritanismo.

A nosotras nos han enseñado a ser sexualmente complacientes y a rentabilizar nuestras armas de seducción. Replantearnos determinadas cosas no hace de nosotras unas puritanas, tan sólo nos permite reivindicar nuestro propio placer. Por eso todo el discurso de la pérdida de la seducción y el puritanismo es un discurso con el que yo no me identifico para nada. Por ejemplo, Catherin Hakin habla de la rentabilización del capital erótico de las mujeres como forma de empoderamiento femenino. ¿Se supone que yo tengo que sacar la pantorrilla en el trabajo para manipular a mi jefe a través de mis armas de mujer? Al final, esos códigos de fetichización terminan matándonos. Si las mujeres mueren a manos de sus parejas, es en parte porque se ha asumido esa idea de que la mujer está divinizada. De la divinización pasa a ser el fetichito, y de ahí a ser la cosa, y una cosa puede romperse y no pasa nada. Todo  ese imaginario cultural de la seducción que de alguna manera está implícito en la ideología de la carta de las feministas francesas favorece la violencia contra la mujer.

Ahora todo se juzga desde un prisma moral.

Yo no creo que tengamos que volver a la época inquisitorial. Tengo la impresión de que vivimos la cultura desde una perspectiva literal, cuando la cultura es cualquier cosa menos literal. Cuando yo escribo una novela protagonizada por una monja ninfómana que asesina, eso no hace de mí una monja ninfómana que hace apología del asesinato. Una sociedad culta y libre debe enseñar a leer a su ciudadanía, y enseñar a leer no se reduce a señalar textos, sino también desarrollar estrategias de comprensión lectora. Debemos entender los libros en su contexto y desarrollar un sentido crítico, entender los dobles sentidos, las posibilidades de la ironía, el humor...

A veces cuesta hacerlo. Hábleme del caso de La Manada. ¿Qué destacaría de la forma en la que se ha tratado el caso?

A mí lo que me ha preocupado del tratamiento del caso es que la mujer que había sido violada y maltratada, siendo una víctima, podía sentirse criminalizada. También me preocupa que la violencia contra las mujeres pueda servir de excusa para radicalizar posturas poco democráticas. Me horroriza, por ejemplo, que se imponga un discurso xenófobo en nombre del feminismo. El caso de Désirée Mariottini es un buen ejemplo: se subrayan componentes que tienen que ver con la xenofobia y Salvini encuentra en eso argumentos para su política xenófoba. En ese sentido tenemos que ser extremadamente cuidadosas, y la prensa ejerce un poder enorme que tiene que usar con muchísimo cuidado.

¿Qué opina del término “justicia patriarcal’’? ¿No es un oxímoron?

Tendría que ser un oxímoron, igual que justicia de privilegio. Y sin embargo son ejemplos de una realidad. Se supone que la justicia tendría que ser ciega, pero la justicia todavía es un discurso hetero patriarcal. Las mujeres tenemos que conquistar aún muchos territorios. En mi libro pongo un ejemplo: el tema de los tribunales que juzgan casos de violencia de género piden a las mujeres testimonios verosímiles, en lugar de pedir testimonios verdaderos. ¿Cómo le puedes pedir eso a una mujer que acaba de ser golpeada? Esa es una de las manifestaciones más claras de cómo el discurso de la justicia es patriarcal.

Hablando de transformaciones, me interesa cómo afronta el debate en el ámbito del lenguaje. El título de su libro Monstruas y Centauras deja entrever su postura.

Si te soy sincera, a veces me siento incómoda utilizando fórmulas del lenguaje inclusivo. Son fórmulas que hacen que todo sea más difícil porque todo se hipertrofia. Pero a mí me gustan los gestos juguetones del lenguaje y me gusta que no se considere el lenguaje una materia sacrosanta. Yo le tengo respeto en la medida en que lo conozco, me apropio de él y puedo jugar con él como herramienta política. Cuando la gente dice “es que el pobre lenguaje no tiene la culpa de nada’’, yo pienso: tiene la culpa de todo. Juguemos y utilicémoslo como herramienta política.

Construye realidad, inevitablemente.

Claro, y es permeable a las ideologías. El problema de toda esta polémica es que no creo que el lenguaje le importe a tanta gente. Sólo les importa perder un sitio determinado. Yo siempre pongo el ejemplo de Alicia en el país de las maravillas, cuando un personaje le dice a la protagonista: “No importa lo que las palabras signifiquen, lo que importa es saber quién manda”. Lo que intentaba contar Lewis Carroll con aquella anécdota es que el lenguaje está empapado del discurso del poder. El concepto de belleza, o el de igualdad, va mutando a lo largo de la historia en función de quien mande. Igual que el lenguaje es permeable para las cosas que pueden ser represivas, ¿por qué nosotras no podemos jugar un rato con él para meter el dedo en el ojo a todos esos lexicógrafos voluntarios a los que el lenguaje no les importa nada, pero se sienten enormemente ofendidos cuando alguien dice portavoza? Yo siempre me pregunto: ¿Les importa tanto el lenguaje o se trata de otro asunto?

Hablar con usted es muy parecido a leerla. ¿Qué responsabilidad cree que tiene como escritora? ¿Cómo concibe la escritura?

Concibo la literatura como un proceso comunicativo. Me gusta considerar a mis lectores personas inteligentes con las que puedo iniciar una conversación. Lo que hacemos las escritoras es buscar las palabras más adecuadas para transmitir cada una de esas ideas o incertidumbres. Esa es mi responsabilidad, y no tengo más responsabilidad que abordar ese trabajo.

La autora
Es casualidad , pero  hoy escribía un articulo ahí




sábado, 12 de enero de 2019

La mafia bancaria .

El caso Bankia y la indefensión de la acusación

Público.es


A pesar de la firmeza de la jueza y de las declaraciones de la fiscal que ha definido la causa de “interés colectivo”, se reanuda el juicio del caso Bankia mientras permanece en el aire la petición de expulsión de las acusaciones particulares por parte de la defensa de los banqueros y políticos acusados.
Ninguneo. Amenazas. Y luego una oferta que no podrás rechazar. Así parece ser que suele funcionar. Parece el indicio de una Justicia asimétrica: las defensas son las que nos acusan y las acusaciones, las que nos tenemos que defender.
Asistir al juicio del caso Bankia es un viaje a las tripas del sistema judicial. Es recibir la asimetría en el acceso a la justicia en toda la cara, día a día y en cada paso del proceso.
Llevamos en este viaje desde 2012 cuando iniciamos la campaña que abrió el caso Bankia a través de 15MpaRato, el dispositivo ciudadano que ha hecho posible la primera acusación particular, o sea, que representa a afectados. Se trata de pequeños ahorradores que perdieron su dinero comprando acciones de Bankia cuando salió a bolsa en 2011; cuando el mismísimo exministro, artífice del “milagro económico” español y posible futuro presidente del Gobierno, Rodrigo Rato, vendía sus bondades.
Los ahorros de ninguna de estas personas superaban los 20.000 euros. Frente a ellas, una trentena de banqueros y políticos de todo el espectro “ideológico”, desde el PP a Izquierda Unida, pasando por CCOO y el PSOE. Cada uno de ellos lo defiende no menos de un tris de abogados de los bufetes más caros del país, exfiscales, ex jueces…
Así funciona. Es el mercado amigo. Si te lo puedes permitir, es una maravilla.
Primero te ningunean. Por lo que parece, para nuestros políticos/banqueros nunca deberíamos haber estado ahí. Somos un error del sistema.
Durante toda la primera semana del juicio oral, en noviembre, los abogados de las defensas de banqueros/políticos nos han llamado “presuntos”; 30 intervenciones, 30 veces “presuntos”. “Las presuntas acusaciones”, dicen. Increíble pero totalmente cierto. Llevamos ahí ocho años, pero es que no les sonamos de nada.
No vale la pena preguntarles cómo puede ser la acusación “presunta” [RAE: considerado real o verdadero sin la seguridad de que lo sea] porque poco importa la realidad; lo que importa es preservar —¡sálvame dios!— la invisible y antigua frontera de quien puede estar peleando en los tribunales y quién no.
“Presunto”, que normalmente se usa para referirse a sus representados, los acusados, aquí se usa para la otra parte como sinónimo de sucio y culpable, en un admirable y coordinado ejercicio propagandístico: que quede claro, las personas que han perdido todo lo que tenían en una estafa perpetrada por elegidos de quienes les gobiernan no tienen derecho alguno de reclamar lo que es suyo. No somos más que números en las estadísticas de venta; materia prima extractiva para los de nacimiento predestinados a ser ricos y afortunados.
La amenaza
Después, a esos mismos “presuntos” se les amenaza. Otra 30 veces seguidas una por cada defensa. Se nos amenaza con las costas —pagar los gastos en abogados de 30 banqueros/políticos durante 8 años—, unas costas que ningún ser humano, en un mundo donde el salario mínimo es de 900 euros y el alquiler más bajo de 600, puede pagar a menos que sea de los de nacimiento predestinados a ser ricos y afortunados.
Dicen que hemos vulnerado sus derechos a defenderse. Y sobre todo, necesitan que nos vayamos porque si quedan acusaciones particulares no puede aplicarse la doctrina Botín, una doctrina jurídica cuyo nombre no necesita más comentarios.
Muchas acusaciones se han ido en desbandada. ¿Quién puede aguantar la presión constante de esta amenaza brutal?
Y si no es suficiente, entonces te compran. Las defensas de los 30 políticos/banqueros dicen que casi todo el mundo ha recuperado el dinero. Que si alguien no lo ha recuperado todavía, que se lo dan ahí mismo. Con un 1% de intereses, como el que da la propina; como si ocho años de vida devastada valiesen menos que los intereses que te da el banco más ruin. Parecen no salir de su asombro: “¿Todo eso no va de dinero, como siempre? ¿Qué queréis?”.
Justicia. Fin de la impunidad. Precedentes, para cambiar de rumbo. Eso queremos. Efectivamente en 2016 por las pruebas que recabamos en el juicio, el Tribunal Supremo dictó la sentencia por la que todos los que compraron acciones en la salida a bolsa tuvieron el derecho a recuperar su dinero por la vía civil.
No parecen percatarse de que esto es un pleito penal. Sería como si en un juicio por robo pudieras salir impune devolviendo lo robado.
Aquí, en la causa penal, no estamos por el dinero.
No, no va de dinero. Va de democracia.
Así es y así os lo hemos contado.
Seguimos.
Simona Levi para 15MpaRato
Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/27504/caso-bankia-y-la-indefension-de-la-acusacion-sobre-la-asimetria-en-el-acceso-a-la-justicia/



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