lunes, 23 de enero de 2023

La distorsión de las causas progresistas.

El camuflaje del imperialismo occidental

Christopher Mott,

Perseguir el terrorismo, promover la democracia, proteger a los pueblos…: a Estados Unidos no le falta imaginación a la hora de justificar sus intervenciones militares y sus injerencias en el extranjero, desplegando un nuevo argumentario en cuanto el anterior ha caído en descrédito. Desde hace unos años, Washington ha privilegiado un nuevo registro, el de la justicia social, reciclando luchas sociales en boga en Occidente para legitimar sus intervenciones. Así, los dignatarios del Pentágono y del Departamento de Estado, las cabezas pensantes de los think tanks influyentes, pero también los representantes de las ONG y los editorialistas de los grandes medios de comunicación –en resumen, todos aquellos que tienen algo que decir en materia de política exterior– hablan ahora de luchar contra la opresión de las mujeres, de defender a las minorías étnicas, de los derechos de las personas LGBTi… Al hacerse eco de los temas que mueven a los jóvenes licenciados y a ciertos círculos activistas radicales, desarrollan un nuevo objetivo estratégico, que podrán utilizar para justificar toda clase de injerencias: el “moldeado cultural” (culture forming), basado en las normas y costumbres occidentales.

A primera vista, puede parecer sorprendente que temas en boga en los círculos activistas progresistas –en círculos woke (literalmente ‘despiertos’), según la expresión habitual en los medios de comunicación– alienten y sostengan políticas intervencionistas y expansionistas, en muchos casos fuertemente armadas. Sin embargo, esta tendencia no debería sorprender. Hace mucho tiempo que Estados Unidos recurre al registro moral para enmascarar sus objetivos imperialistas. Desde el siglo XVII, el puritanismo anglosajón, con su idealismo moralista, ha concebido la historia de la humanidad en base a relatos universalistas. En su versión secularizada, dicho puritanismo se encarnó en Thomas Jefferson, el tercer presidente estadounidense (1801-1809), quien concebía Estados Unidos como un “imperio de la libertad”, que guiaba con su ejemplo a las demás naciones del mundo, sumidas en la ignorancia (1). Un siglo después, el presidente Woodrow Wilson (1913-1921) vio en la Primera Guerra Mundial, una vez su país entró en el conflicto, una oportunidad para difundir los valores políticos estadounidenses y establecer un marco de entendimiento universal en las relaciones internacionales (2). Ese intento de remodelar el orden internacional desembocó en la creación de la ­Sociedad de Naciones, en la que finalmente Estados Unidos no participó debido a la intransigencia del Senado, republicano y aislacionista, y la feroz resistencia del presidente Warren Harding (1921-1923).

En los albores del siglo XXI, la moral seguía guiando el intervencionismo estadounidense. Apenas unos meses después de los atentados terroristas del 11 de septiembre, la Administración de George W. Bush ampliaba el alcance de su misión: ya no se trataba solo de perseguir a Al-Qaeda y sus cómplices, sino de iniciar una “guerra contra el terror”. Este proyecto utópico pretendía pacificar varios puntos calientes del planeta a través de operaciones de “cambio de régimen” (regime change) y de “construcción nacional” (nation building). Inaugurado en Afganistán, se extendió a Irak y luego al conjunto de Oriente Medio. Estas expediciones ­armadas a menudo se justificaban ­explícitamente por la necesidad de promover la democracia. También presentaban, como ya había sido el caso bajo otras administraciones, una dimensión religiosa que influía en la definición de prioridades. Por ejemplo, la ayuda al desarrollo y la educación proporcionada a los países africanos en el marco de la prevención del sida estuvo durante mucho tiempo condicionada a la defensa del mero principio de abstinencia, un valor apreciado por la derecha cristiana estadounidense. En conjunto, semejantes programas se demostraron ine­ficaces, incluso contraproducentes.

En enero de 2009, la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca puso fin al evangelismo de la era Bush y marcó el advenimiento de una perspectiva que se pretendía realista. Unos meses antes, mediante su voto, los estadounidenses habían rechazado la visión mesiánica de Bush representada por el candidato republicano ­neoconservador John McCain y decretado que los cambios de régimen no eran la respuesta adecuada a las amenazas del siglo XXI. Sin embargo, en lugar de abandonar las estrategias idea­listas del pasado, la nueva Administración se contentó con redefinir su lógica. A raíz de la Primavera Árabe de 2011, Estados Unidos y sus aliados lanzaron operaciones militares en Libia y Siria aduciendo motivos humanitarios. Esta cobertura ideológica emanaba de la “responsabilidad de proteger” (responsibility to protect o R2P), un concepto acuñado por Samantha Power, cuya presencia en la Administración de Obama marcó el fin del rea­lismo prometido por el presidente y el paso a un enfoque más clásico de la política exterior estadounidense.

 

La distorsión de las causas progresistas

En Libia, las consecuencias de la intervención militar fueron desastrosas. Privado de poder central, desgarrado por una guerra civil entre facciones rivales, lastrado por problemas que antes no existían, como el terrorismo o mercados de esclavos que operan en pleno día, el país es hoy el arquetipo del Estado fallido. En Siria, donde las operaciones se llevaron a cabo por delegación y no a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), grupos yihadistas lograron acaparar gran parte de la ayuda militar inicialmente destinada a las fuerzas opositoras consideradas “democráticas”. Una vez más, una serie de intervenciones militares extranjeras desembocaron en un Estado fallido.

Finalmente, la R2P perpetuó y exacerbó los problemas que se suponía debía resolver, alimentando una violencia sistémica (3). Sobre todo, al precipitar la quiebra de los Estados creó y agravó las condiciones que hacen necesarias nuevas intervenciones humanitarias. De ese modo, estas se convierten en una especie de casus belli perpetuo, desencadenando un círculo vicioso de crisis.

Hoy, mientras se acelera la fusión entre las élites culturales y diplomáticas, la definición de una ideología adecuada para justificar la expansión imperialista es un elemento clave de la competencia interna entre las clases intelectuales. Su objetivo es conciliar sus intereses hegemónicos con su sentimiento de superioridad moral, es decir, hacer alarde de virtud y de sensibilidad hacia las penurias soportadas por las poblaciones marginadas de los Estados que hay que rescatar, y al mismo tiempo engrasar los engranajes de la máquina de guerra.

Esta confluencia en la escena diplomática de justicia social y neoconservadurismo, de defensores de los derechos humanos y partidarios del intervencionismo militar de la OTAN, resultó patente en vísperas de las elecciones presidenciales de 2016, cuando muchos neoconservadores tradicionales comenzaron a darse cuenta de que la demócrata Hillary Clinton probablemente era la candidata más capaz de cumplir sus objetivos, frente a un Donald Trump que propugnaba una especie de aislacionismo. Tras la inesperada victoria del multimillonario neoyorkino, esos diversos acercamientos cristalizaron en una coalición que abarcaba a los dos partidos; ahora, nuevos think tanks reú­nen a exanalistas republicanos y prominentes figuras demócratas (4).

En gran medida, los medios de comunicación estadounidenses secundaron esa realineación política. De ese modo, en diciembre de 2018 el editorialista neoconservador Bill Kristol, gran propagandista de la guerra de Irak durante la era Bush, pudo recibir los elogios de la cadena MSNBC (favorable a los demócratas), que lo calificó de “woke Bill Kristol” (5). Periodistas y activistas recurren ahora al léxico de la justicia social para combatir a naciones presentadas como rivales y apuntalar la hostilidad pública hacia ellas. El North American Congress in Latin America –una organización de orientación izquierdista, pero por lo general favorable a Estados Unidos– interpretó, por ejemplo, que las protestas que sacudieron Cuba en el verano de 2021 estaban motivadas principalmente por la excesiva tolerancia del Gobierno cubano hacia el racismo (6).

El caso boliviano es aún más llamativo. Los medios occidentales a menudo se refirieron en términos elogiosos al Gobierno de extrema derecha que se formó en La Paz en noviembre de 2019 tras un golpe de Estado y con el apoyo de Estados Unidos, y describieron a su líder, ­Jeanine Áñez, como una “activista por la causa de las mujeres” (7). Antes de ser derrotado en las urnas casi un año después, el Gobierno de Áñez tuvo tiempo de tomar medidas extremadamente duras contra las minorías de origen amerindio y los fieles de religiones indígenas tradicionales. Procesada por sedición y por haber provocado la muerte de una veintena de opositores, la “activista por la causa de las mujeres” fue finalmente detenida y encarcelada…

La retórica “progresista” ha permeado aún más el discurso atlantista desde el verano de 2021, con el fin de la intervención de la OTAN bajo mando estadounidense en Afganistán. Hacía tiempo que los medios de comunicación de todo el mundo se desentendían de esa guerra iniciada en 2001. Pero con la caída de Kabul y el regreso al poder de los talibanes, las “mujeres y niñas afganas” repentinamente han vuelto a formar parte de las preocupaciones occidentales; el tema ya estuvo en la agenda mediática hace veinte años para justificar la intervención militar ante los países europeos (8). Siempre prestos a hablar de los problemas afganos a través del prisma de las cuestiones sociales y los temas de actualidad específicos de Norteamérica, los periodistas occidentales también quisieron ver en la eliminación por parte de los talibanes de un mural que representaba a George Floyd (asesinado por un policía estadounidense en Minneapolis en mayo de 2020) un símbolo del retroceso de las libertades provocado por la retirada de las tropas estadounidenses (9). La focalización en esos temas sociales permite presentar la toma del poder por parte de los talibanes como una tragedia que los occidentales deberían haber evitado en lugar de como la conclusión lógica de la guerra más larga de la historia de Estados Unidos.

La distorsión de las causas progresistas en beneficio de la hegemonía estadounidense se basa en conexiones, que datan de antiguo, entre el mundo de la investigación, los contratistas del ejército y las agencias gubernamentales. En la versión inicial de su famoso discurso sobre los peligros del complejo militar-industrial, pronunciado en enero de 1961, el presidente Dwight Eisenhower ya afirmaba que la universidad era la fuerza motriz de esa relación oligárquica (10). También reconocía, con presciencia, que las ideas en boga en los campus proporcionarían fáciles excusas para legitimar la ideología globalizadora y futuros proyectos imperiales en aras de la “liberación”. El nuevo consenso entre los investigadores y el Gobierno pretende promover una teoría política basada en una moral universal que sacrifique los particularismos y la soberanía y favorezca la homogeneización cultural del planeta mediante el empleo tanto del soft power como del hard power.

A medida que gana prestigio en los círculos políticos y diplomáticos, la retórica imperialista progresista se fusiona cada vez más con la imagen internacional de Estados Unidos y su papel como gran potencia. Los sectores ganados a una visión convencional del intervencionismo, heredada de la Guerra Fría, han entendido perfectamente la conveniencia de utilizar con fines estratégicos luchas aparentemente motivadas por la justicia social, ignorando los contextos culturales e históricos que pueden ayudar a comprender otra visión de la cuestión de las minorías: naciones que viven de acuerdo a normas que nos parecen inaceptables pueden ser fácilmente tachadas de “problemáticas” e “intolerantes”, justificando sanciones u operaciones militares.

Esto se observó, por ejemplo, en el discurso pronunciado en marzo de 2021 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas por la representante de Estados Unidos, Linda Thomas-Greenfield (11). Al referirse en un contexto de política exterior al “Proyecto 1619” del periódico The New York Times –que insiste en la integración de las consecuencias de la esclavitud en la narrativa nacional–, Thomas-Greenfield tendía a universalizar la experiencia estadounidense y a extraer de ella una posición moralista absoluta con la que interpretar los fenómenos mundiales. Esta forma de estigmatizar a los Estados rivales en base a normas culturales definidas en Occidente también se impuso durante las acaloradas conversaciones sino-estadounidenses celebradas en Alaska en marzo de 2021, durante las que Washington y Pekín se acusaron mutuamente de hipocresía en materia de derechos ­humanos.

Más tarde, en septiembre de ese mismo año, la Administración de Joseph Biden promulgó un decreto que imponía sanciones a cualquier persona implicada en las atrocidades cometidas en Tigré, una región del norte de Etiopía sumida en la guerra civil. El texto mencionaba explícitamente la naturaleza étnica de la violencia y su impacto específico sobre las mujeres para justificar la injerencia estadounidense. La lista no termina ahí: el pasado febrero, la OTAN organizó un “Debate de fondo sobre cuestiones de género y amenazas ­híbridas” (12); al mes siguiente, ­Estados Unidos decidió anular las conversaciones previstas con los talibanes sobre los bienes confiscados, aduciendo que el Gobierno de Kabul había anunciado que no reabriría las escuelas para niñas.

Si esta política continúa, probablemente terminará alumbrando un nuevo método para deslegitimar a ­determinados Estados a ojos de los pueblos occidentales, que comparten costumbres socioculturales similares. Ese viraje ideológico supone también un alineamiento con el tempo mediático, lo que puede dificultar un examen sereno de la validez estratégica de las políticas adoptadas y de sus beneficios para las poblaciones a las que se pretende asistir. Por otro lado, augura la aparición de una nueva generación de decisores políticos mejor integrada en la opinión mayoritaria, en la de los jóvenes en particular, lo que acercará a los activistas de la sociedad civil a los objetivos del Estado.

Este ha sido el caso desde el estallido de la guerra ruso-ucraniana en febrero de 2022. Algunos comentarios han enfatizado el hecho de que, si bien Ucrania realmente no puede presumir de su política hacia las minorías LGBTI, Rusia es aún peor. Ciertamente, esto significa poner el listón muy bajo, pero muestra claramente que segmentos de la prensa inclinados al intervencionismo echan mano de la cuestión LGBTI por su utilidad en términos de soft power (13). Ya existe un mercado mediático para esa clase de análisis. En mayo de 2022, The Atlantic, una publicación generalmente prointervencionista, defendía una “descolonización” de Rusia. La historia multiétnica de este Estado se comparaba con el colonialismo de la época victoriana, lo que justificaba su desmantelamiento a través de una operación de cambio de régimen (14)…

El imperialismo liberal tiene un claro interés en presentar la política exterior estadounidense como progresista y en etiquetar a las naciones hostiles como intolerantes y reaccionarias. Este uso selectivo de las causas progresistas abre la puerta de par en par a las intervenciones en una larga lista de áreas problemáticas del Sur, al tiempo que sustenta una narrativa nacional que presenta esas operaciones como beneficiosas y moralmente legítimas.

Después es fácil afirmar que los rivales extranjeros que critican esas políticas están “en el lado equivocado de la historia”, que son “enemigos del progreso” y “malvados”, palabras de moda en el Pentágono y el Departamento de Estado. En los próximos años, es muy probable que Washington insista en todos esos valores en sus relaciones con Estados que busca debilitar y en las regiones donde quiere expandir su presencia militar. Al mismo tiempo, esos mismos valores serán sin duda sistemáticamente minimizados cuando se trate de naciones amigas, como Arabia Saudí, exponiendo a los estadounidenses y a sus aliados a acusaciones de hipocresía que debilitarán aún más sus pretensiones de virtud moral.

 

El imperialismo de la virtud pretende la sumisión cultural

Desde que al comienzo de la Guerra Fría la Central Intelligence Agency (CIA) apoyó financieramente a artistas para promover los valores liberales asociados al excepcionalismo estadounidense (15), la clase dirigente sabe utilizar a la perfección las corrientes culturales dominantes en Occidente para defender su visión de la política exterior y sus intereses de seguridad haciéndolos pasar por el “interés nacional”. En la práctica, las instituciones estatales manejan la zanahoria de las subvenciones, los ascensos y la formación profesional para favorecer la aparición de un pensamiento de grupo sistémico dentro de la burocracia, alentar el internacionalismo liberal y fabricar consenso en torno al mantenimiento de la supremacía estadounidense en el mundo. En cuanto a las redes de captación y promoción de las élites, su papel es crucial tanto para reforzar el prestigio de las instituciones como para mantener una cultura del consenso estratégica, que luego es perfeccionada y difundida por un ejército de activistas de gran visibilidad expertos en el manejo de los medios de comunicación.

Conceptualizar las políticas (incluida la política exterior) bajo el prisma de la justicia social se ha convertido en un acto reflejo para la clase titulada, que ocupa la mayor parte de los puestos de gestión intermedia en agencias gubernamentales, empresas mediáticas y compañías privadas. No obstante, al igual que los bancos de inversión o los fabricantes de armas no renuncian a sus beneficios cuando enarbolan los símbolos LGBTI o Black Lives Matter (con fines básicamente promocionales), la CIA y el Departamento de Estado pueden exhibir públicamente su compromiso con las causas progresistas más en boga sin renegar de sus ambiciones imperialistas. Y lo que es más: el proceso de profesionalización le permite al personal actual y futuro retomar por su cuenta esa exhibición virtuosa y difundirla. Para aquellos que aspiran a un trabajo o ascenso, es una de las maneras de señalar su identificación con los objetivos de esas instituciones. Pierre Bourdieu llamaba a eso el “capital cultural”, que definía como la “familiaridad con la cultura legítima de una sociedad”. Este se traduce en todo un conjunto de conocimientos, habilidades, costumbres y cualificaciones que subrayan la pertenencia a la clase dominante.

Por el contrario, aquellos que preferirían ver a Estados Unidos emprender una política exterior más realista y prudente solo pueden constatar que el nuevo ethos de justicia social cumple más o menos la función que en el pasado tuvieron la promoción de la democracia o la R2P: legitima todas las acciones militares o diplomáticas emprendidas en su nombre y al mismo tiempo desautoriza las posibles críticas. Sin embargo, el nuevo imperialismo de la virtud quizá es todavía más desestabilizador porque, más allá de la reestructuración política de los países en su punto de mira, trata de obtener su sumisión cultural total, un proceso que, con el tiempo, podría radicalizar aún más a los países del Sur, no solo contra Estados Unidos, sino contra el liberalismo y el progresismo como tal. Ya estamos viendo a naciones con pocos intereses en común, aparte de su hostilidad hacia el intervencionismo estadounidense, coaligarse contra la hegemonía del imperialismo liberal en nombre de su soberanía estatal y civilizatoria (16).

Desde un punto de vista histórico, estos desa­rrollos no son nuevos ni exclusivos de Estados Unidos. En los siglos XVII y XVIII, el Imperio británico alentó el comercio mundial de esclavos por razones tanto financieras como coloniales, antes de que la causa antiesclavista llevara –a consecuencia de los avances de la industrialización durante la era victoriana– a redefinir la expansión imperialista en términos de deber moral (la “misión civilizadora”, la “carga del hombre blanco”). El imperialismo liberal bajo el liderazgo de Estados Unidos parece funcionar con una lógica similar: las acciones humanitarias a menudo tienen lugar en regiones donde ya se han producido intervenciones occidentales, y crean las condiciones de futuras intervenciones, generando una espiral de conflictos enquistados.

Los casus belli motivados por consideraciones de justicia social tienen una evidente utilidad para quienes abrigan deseos expansionistas. En ese sentido, el precedente análisis puede leerse como una advertencia a los activistas progresistas: el complejo militar-industrial es perfectamente capaz de asimilar vuestro lenguaje y de ponerlo al servicio de sus objetivos. Podemos apostar a que si esa pantalla ideológica que hoy permite justificar políticas exteriores agresivas e intervenciones militares en suelo extranjero deja de considerarse funcional, será rápidamente ­reemplazada por una nueva retórica. Y el ciclo volverá a empezar.

 

(1) Robert W. Tucker y David C. Hendrickson, “Thomas Jefferson and American foreign policy”, Foreign Affairs, Nueva York, primavera de 1990.

(2) Milan Babik, “George D. Herron and the eschatological Foundations of Woodrow Wilson’s foreign policy 1917-1919”, Diplomatic History, vol. 35, n.º 5, Oxford University Press, noviembre de 2011.

(3) Léase Anne-Cécile Robert, “Orígenes y vicisitudes del ‘derecho de injerencia’”Le Monde diplomatique en español, mayo de 2011.

(4) Glenn Greenwald, “With new DC policy group, dems continue to rehabilitate and unify with neocons”, The Intercept, 17 de julio de 2017.

(5) The Beat with Ari Melber, “Fat Joe and woke Bill Kristol”, MSNBC, diciembre de 2018.

(6) Bryan Campbell Romero, “Have you heard, comrade? The socialist revolution is racist too”, North American Congress in Latin America, agosto de 2021.

(7) “Women’s activist Jeanine Anez takes the reigns in Bolivia”, The Australian, Sídney, noviembre de 2019.

(8) “CIA report into shoring up Afghan war support in Western Europe”, WikiLeaks, marzo de 2010.

(9) Akhtar Mohammed Makoii, “The soul of Kabul: Taliban paint over murals with victory slogans”, The Guardian, Londres, 7 de septiembre de 2021.

(10) Henry A Giroux, University in Chains: Confronting the Military-Industrial-Academic-Complex, Routledge, Londres, 2007.

(11) Linda Thomas-Greenfield, “Remarks at an UNGA commemoration on international day for the elimination of racial discrimination”, US Mission to the United Nations, Nueva York, marzo de 2021.

(12) “Deep dive recap: exploring gender and hybrid threats”, OTAN, Bruselas, febrero de 2022.

(13) J. Lester Feder, “The fight for Ukraine is also a fight for LGBTQ rights”, Vanity Fair, marzo de 2022.

(14) Casey Michel, “Decolonize Russia”, The Atlantic, Washington DC, mayo de 2022.

(15) Frances Stonor Saunders, La CIA y la Guerra Fría cultural, Debate, Madrid, 2013.

(16) Benjamin Norton, “Venezuela and Iran sign 20-year cooperation plan, Maduro pledges ‘joint anti-imperialism struggle’”, Multipolarista, 11 de junio de 2022.

 

Christopher Mott, enero de 2023, para Le Monde Diplomatique

Investigador asociado del Institute for Peace and Diplomacy (Instituto para la Paz y la Diplomacia); anteriormente investigador y funcionario del Departamento de Estado. Una versión más extensa de este artículo se publicó bajo el título “Woke imperialism: The coming confluence between social justice and neoconservatism” en junio de 2022, https://peacediplomacy.org.

 


martes, 17 de enero de 2023

Ucrania: no hay esperanza de paz .

Ucrania: no hay esperanza de paz

10 enero, 2023 Eduardo Luque


El 14 de noviembre el medio ruso Kommersant informó de negociaciones entre EEUU y Rusia. La reunión (evidentemente secreta) tuvo lugar en Ankara. Los participantes eran del más alto nivel. Por el lado americano, el director de la CIA, Bill Burns; por el ruso Sergei Naryskhin (director del Servicio de Inteligencia Exterior). Se supone que discutían las condiciones para la paz en Ucrania. Zelensky en esta tesitura no es más que un figurante, una figura borrosa, un peso muerto que desaparecerá en un momento u otro.  No había habido más encuentros desde el 10 de enero. EEUU, en aquel momento, se negó a reconocer las líneas rojas planteadas por Moscú. Fue el primer aldabonazo de la guerra. EEUU exigía la retirada de las zonas ocupadas, la devolución del Dombass. Lugansk y Crimea a Ucrania, el pago de reparaciones de guerra…. Rusia planteaba quedarse en la situación actual, desmilitarizar el ejército ucraniano, respetar las líneas rojas planteada por Moscú a la expansión de la OTAN…Sólo acordaron una comunicación indirecta entre militares para evitar una escalada nuclear. Rusia ha asegurado que no utilizará las armas nucleares la primera, EEUU, por el contrario incluye en su doctrina militar el uso de ese tipo de armamento en primera instancia.

Ese hecho, la negativa norteamericana a la negociación, ha sido una constante en este conflicto. La parte rusa ha ofrecido en numerosas ocasiones abrir negociaciones; sólo por citar algunos ejemplos: el 11 y el 13 de septiembre,  el 26 y el 30 de octubre, el 1 de noviembre… Por el lado norteamericano, sólo ha hablado de negociaciones el presidente del Estado Mayor Conjunto el general Mark Milley cuando argumentó en reuniones internas que: «… los ucranianos han logrado casi todo lo que razonablemente podrían esperar en el campo de batalla antes de que llegue el invierno y, por lo tanto, deberían tratar de consolidar sus ganancias en la mesa de negociaciones«.

En este momento no hay nadie con quien hablar. Zelensky, si se atreviese, sería eliminado inmediatamente. Washington es el que toma las decisiones. Algunos miembros de la administración Biden, según el Wall Street Journal, están de acuerdo con la postura del general aunque han sido silenciados. El conflicto dentro del ejecutivo de Biden entre los que plantean una guerra total y el otro sector, menos beligerante, aún no está resuelto. El Secretario de Estado Anthony Blinken, del sector más duro, pretendía que el Congreso declarase a Rusia “estado agresor”, paso previo a una declaración de guerra. La recaptura de Jerson, aunque es una victoria publicitaria, ha servido para que Occidente y las voces que susurran por un final del conflicto enmudezcan.

La visita de Zelensky a Washington, en el mes de diciembre, no ha obtenido los resultados esperados para Kiev. EEUU no enviará nuevo armamento moderno a Ucrania. Sólo apoyará con otros 1.900 millones adicionales y una sola batería de misiles Patriot que no modificará la marcha de la guerra, claramente favorable a Moscú. En estos momentos quien dirige la guerra en Ucrania es un general norteamericano de tres estrellas y unos 300 oficiales que constituyen el llamado Grupo (SAG-U, Security Assistance Group-Ucraine).

El presidente ruso hizo el 24 de diciembre un nuevo llamamiento a las negociaciones. La respuesta era la esperada. La Casa Blanca pretende escalar aún más el conflicto. Moscú sabe que la guerra a gran escala se acerca y se prepara para la misma. La movilización de las tropas rusas alcanzará 1.500.000 de efectivos en cinco años (ahora dispone de cerca de un millón). Se amplía la financiación (las sanciones económicas contra Rusia fracasan) los analistas europeos que calculaban el hundimiento de la moneda y una contracción del PIB superior al 20%, han tenido que admitir que la moneda está fuerte, que el PIB caerá un 2,5% y se anuncia un crecimiento positivo para el 2023.

EEUU presiona a sus aliados de la OTAN para intervenir utilizando una u otra escusa. Washington incita a la guerra pero no dudará ni un minuto en dejar solos a sus aliados, si las cosas van mal, como hizo en Afganistán. Los gobiernos occidentales oyen y obedecen, varios países europeos comienzan a sondear a sus poblaciones para reinstaurar el servicio militar obligatorio. Vientos de guerra recorren Europa. Polonia, que se supone que tiene unos 10.000 soldados en la guerra ucraniana, no puede ocultar más sus bajas; ya ha enterrado a más de 1.700 soldados (según cifras oficiales) y tienen necesidad de construir nuevos camposantos para otros 3.000. Varsovia pretende canjear sangre y dinero por los territorios del oeste de Ucrania con la excusa de ser, en su momento, una “fuerza de paz o de interposición”. En Bajmut fuerzas de la OTAN se enfrentan con las tropas rusas; la batalla ha sido definida, incluso por oficiales norteamericanos, como una “picadora de carne ucraniana”.

Ucrania: no hay esperanza de paz

La primavera será otro momento clave. El ejército polaco ha anunciado el inicio, entre el 23 y 27 de marzo, de unas maniobras que tendrán una duración de 5 semanas[1]. Se pretende movilizar a 200.000 reservistas y someterlos a entrenamiento. Hay ya un flujo constante de ciudadanos polacos que huyen hacia Alemania para evitar la movilización en ciernes. Las papeletas de citación han comenzado a repartirse. La población no parece muy proclive a implicarse más en la guerra. La prensa polaca habla de 70.000 hombres que  habrían huido hacia Occidente. El 6 de diciembre el gobierno polaco hacia público una resolución para aumentar el número de tropas activas. Moldavia podría lanzar un ultimátum a Transnitria, como afirmó Oazu Nantoi parlamentario del partido gobernante PAS en la tv moldava. Este político afirmó que las autoridades moldavas, la OTAN y las fuerzas ucranianas podrían llevar a cabo una operación militar en el territorio de Transnistria para desmilitarizar esta región. Además, la situación en los Balcanes entre Kosovo y Serbia está a punto de estallar. En paralelo las maniobras militares conjuntas de Bielorrusia y Moscú y la transferencia de tropas rusas hacia la frontera ucraniana preparan nuevos escenarios. Minsk ha renunciado al tratado que obligaba a separar, unos 80 Km, las fuerzas militares de la frontera, Bielorrusia es para Moscú una zona clave y de vital importancia. Polonia ha fijado como objetivo el enclave ruso de Kaliningrado que forma parte de Rusia. Finlandia y los países Bálticos pretenden integrarse en la OTAN. Rusia moverá sus tropas hacia la frontera de esos países. Los acuerdos suscritos para separar los ejércitos, con una zona de amortiguación de 1.500 km, quedarán invalidados. El Ministro de Defensa ruso ya ha anunciado la creación de nuevas divisiones que protegerían el enclave de Carelia y la salida al golfo de Finlandia y Mar Báltico.

Asistimos a una nueva guerra industrial donde lo determinante es la producción masiva de armas de todo tipo. Mientras Rusia parece no tener problemas de suministros, a pesar del gasto de entre 40 y 50.000 proyectiles diarios, EEUU sólo produce unos 150.000 al mes del mismo tipo. Es tal la falta de proyectiles que Washington ha tenido que comprar 150.000 proyectiles a Corea del Sur y prolongar los contratos de misiles antiaéreos ya firmados con Taiwán para enviarlos a Ucrania. Norteamérica tiene problemas para reponer sus sistemas antiaéreos en el campo de batalla. Los ejércitos europeos sólo son eficaces sobre el papel y la propaganda. Alemania, Francia, Reino Unido ha proporcionado armamento muy defectuoso a Kiev. El fracaso de la industria armamentística alemana es evidente La corrupción del ejército ucraniano es enorme. España, que anunció el envío de blindados Leopard, no lo hará porque necesita el permiso de Alemania. Al  no poder ofrecer ese material se limita a entrenar a grupos de soldados ucranianos. Aunque la Ministra de Defensa sí ha conseguido unos 1.300 millones adicionales para rearmar al ejército. Militarmente la UE cuenta poco en esta guerra. EEUU le tiene reservada la faena de financiación del conflicto y el pago de la reconstrucción si llega a darse. La base productiva de Occidente ha sido puesta a prueba y muestra enormes carencias.

Mientras Occidente vacía sus arsenales, Moscú se ha lanzado a robustecer su industria militar. Rusia pone en marcha su industria militar que hasta ahora había producido muy por debajo de sus capacidades. Se han impuesto tres turnos de trabajo y jornadas laborales de seis días en sus fábricas de armamento. Aparentemente nutre sin problemas las necesidades del frente. Se están creando de forma acelerada las estructuras económicas que permitirían, si fuera necesario, la militarización total de la economía.

En el ejército ucraniano se comienza a tener una aguda necesidad de combatientes. Han sido movilizados hombres de más de 60 años y adolescentes de 14. Unas 60.000 mujeres han sido llamadas a filas y seis mil están en primera línea y no solamente como fuerzas auxiliares. El ejército ucraniano se está desangrando. La tasa de bajas en la batalla de Bajmut es insostenible. Al parecer Zelensky está rebañando el plato de la movilización ciudadana y ha tenido que cerrar fronteras con sus vecinos para evitar deserciones. El soborno para escapar del país ha doblado su precio pasando de 5.000 o 10.000€. Miles de familias ucranianas  esperan angustiadas noticias del frente que no llegan. Recoger los restos de los soldados muertos cuesta 300 grivnas

En un desliz la presidenta de la comisión Europea Úrsula von der Layen afirmaba que Ucraniana tenía más de 100.000 muertos a los que se le deberían sumar 3 o 4 heridos por fallecido.  La tasa de bajas es, según estos datos, realmente espeluznante. Los milicianos del Dombass que combaten contra las fuerzas ucranianas[2] califican a sus enemigos como “soldados de un día”: es el tiempo medio en que tardan en convertirse en bajas cuando alcanzan la línea de fuego. El uso masivo, para mantener la moral en el ejército ucraniano, de los psicoestimulantes y en especial el captagon, ampliamente proporcionado al ISIS sirio por las agencias militares occidentales, está haciendo acto de presencia en las filas del ejército ucraniano.

Rusia ha conquistado una extensión equivalente a cinco veces la extensión de partida el 24 de febrero. El Mar de Azov ha vuelto a ser ruso. Ha construido un enlace por tierra entre Rusia y la zona de Crimea. Controla las zonas económicamente más interesantes de Ucrania… mientras, la sangría del ejército ucraniano parece imparable. Pero Occidente no quiere oír ningún llamamiento a la paz. Biden y la UE consideran que no han muerto suficientes ucranianos. La guerra cobrará impulso incluso durante el invierno que se avecina. En condiciones normales la segunda/tercera semana de enero se congelará el terreno permitiendo el movimiento de las unidades blindadas. Mientras, la destrucción de las infraestructuras energéticas puede provocar, si se cumplen los pronósticos, otra enorme oleada de refugiados ucranianos. Hasta ahora habían huido hacia el este más de 2,5 millones de personas. Otros 2 millones lo hicieron hacia Rusia, cuando se intensificó el bombardeo de la artillería ucraniana contra los civiles. España alberga a más de 150.000 refugiados según cifras oficiales. El sobrecoste para la UE para mantener a los refugiados y sólo hasta el mes de diciembre se acerca a los 30.000 millones de euros. Por otra parte los  27 países de la OTAN llevan gastados 97 mil millones de dólares en suministros de armas que todos saben que no se recuperarán y se contabilizarán como déficit público.

La guerra ucraniana ha dejado de ser local y ha alcanzado todos los niveles. La lucha entre potencias con fuerzas interpuestas se libra en múltiples escenarios en forma de pequeños conflictos o amenazadas larvadas; desde el Sahel africano, pasando por Medio Oriente, Asia, el Ártico hasta el espacio donde más de 500 satélites de doble uso militar y de comunicaciones vigilan los movimientos de cada ejército. Rusia no puede perder porque de hacerlo desaparecería como estado; antes utilizará todos los medios a su alcance. Las imágenes de los terroríficos misiles Sarmat hielan la sangre. Solo uno puede devastar una superficie tan grande como Francia y estarán operativos (al menos una treintena) en 2023. La producción en masa de estas armas así como los “Zircón”, también con capacidad nuclear, se ha iniciado. Todo ello debería servir de reflexión a los dirigentes europeos. Por su parte la OTAN no quiere perder porque sería el fin de la presidencia de un Biden que pretende presentarse a la reelección y cuestionaría el papel de la Organización.

Ha sido la ex canciller Merkel, posteriormente el ex presidente Poroshenko, finalmente el ex presidente François Hollande quienes han confirmado que Europa Occidental y EEUU no querían la paz en la zona. Merkel reconoció que los acuerdos de Minsk de 2014 sólo fueron una añagaza para ganar tiempo, rearmar al ejército ucraniano y preparar la actual  guerra: “Los acuerdos de Minsk de 2014 fueron un intento de darle tiempo a Ucrania. Ucrania utilizó ese período para volverse más fuerte, como se ve hoy. El país de 2014/15 no era el país de hoy. Y dudo que la OTAN pudiera haber hecho mucho para ayudar a Ucrania, como hace hoy».. dijo en unas declaraciones públicas. El presidente francés en unas declaraciones al diario Kyiv Post subrayaba: “Sí, Angela Merkel tenía razón en eso. Desde 2014, Ucrania ha fortalecido su potencial militar, se ha vuelto completamente diferente de lo que era en 2014. Se ha vuelto mejor entrenada y equipada. El mérito de los acuerdos de Minsk es que brindaron tal oportunidad al ejército ucraniano”.

Cada día que pasa queda más claro que Rusia, a pesar de lo que pretende la propaganda, no fue la fuente del problema. Putin, un neoliberal en muchos aspectos, cometió un error de apreciación. Consideró que la dependencia energética de Alemania y la UE respecto al gas y el petróleo ruso era condición suficiente para encontrar puntos de acuerdo con la UE. Se olvidó de la cobardía de los dirigentes europeos y su profunda fobia anti-rusa. Sirvan de botón de muestra las últimas declaraciones del canciller alemán Scholz, que son incalificables: «Una vez toda Europa se unió para repeler a los nazis. Los rusos son sus herederos directos. La historia se repite, nuevamente trajeron la guerra a nuestra tierra. Nuestra fuerza está en la unidad, ya no hay alemanes, franceses o italianos. Ante una amenaza, somos un pueblo, un país. Derrotamos al nazismo entonces, ganaremos ahora”.

Estados Unidos sigue perseverando en sus objetivos: debilitar a Rusia, utilizar al régimen de Ucrania como trampolín y presionar a la UE hundiéndola económicamente. La guerra OTAN/RUSIA que se libra en territorio ucraniano es la continuación de la guerra fría. Los cuatro grandes grupos de poder en EEUU, el conglomerado militar, el energético, el financiero y la oligarquía digital pretenden destruir a Rusia apoderándose de sus recursos. Es por ello que la victoria es vital para Rusia. Si el conflicto saliera de los límites de Ucrania, como pretenden algunas voces en el Pentágono o Londres, rápidamente escalaria.

Las fuerzas progresistas que ayudaron a levantar el movimiento por la paz y contra la OTAN en la guerra de Irak están desaparecidas. Del PSOE nada podemos esperar que no sea marcar el paso que dicte Biden. Los sindicatos mayoritarios han callado dócilmente cuando los sindicatos ucranianos , algunos en la clandestinidad, han pedido ayuda porque se han prohibido los convenios colectivos y se ilegalizan fuerzas sindicales. Los partidos de la izquierda institucional de nuestro país (PSOE, UP, Bildu, ERC…) han asumido completamente el discurso dominante. Personajes como la alcaldesa de Barcelona apoyando al alcalde de Kiev (cercano políticamente a los grupos neo-fascistas) deberían verse como aldabonazos en la conciencia colectiva de la izquierda. Otros políticos mediáticos, como Yolanda Díaz, buscan su “legitimidad institucional” apoyando el envío de armas letales al régimen ucraniano. Para nada tienen en cuenta que es un régimen dictatorial donde el Partido Socialista Ucraniano, por ejemplo, está ilegalizado, donde los convenios laborales han sido abolidos (las relaciones laborales alcanzan niveles de esclavitud), donde se detiene y se asesina a militantes comunistas o de partidos democráticos y se persigue a sacerdotes ortodoxos.  Todo esto nos debería hacer reflexionar sobre la deriva de una izquierda española permanentemente atenta a la encuesta electoral y ajena a esta guerra que puede escalar en cualquier momento. Unas fuerzas progresistas que, perdidas en sus devaneos palaciegos, únicamente sueñan con no perder, ni el escaño ni sobre todo los privilegios de los que disfrutan.

Notas:
[1] https://pnz.ru/svo/polsha-opredelilas-s-datoj-zahvata-zapadnoj-ukrainy/?utm_source=smi2#teaserType=middleNews&teaserId=12802049&columnType=middleNews&screenKey=primaryColumnScreen
[2] Son las que han soportado más bajas a diferencia de lo que dice la propaganda Occidental.
Ucrania: no hay esperanza de paz | Política | Europa | El Viejo Topo ..

Ucrania: no hay esperanza de paz | Política | Europa | El Viejo Topo

lunes, 16 de enero de 2023

Razas, clases y altiplanos: Mariátegui .

                                                                                     


Razas, clases y altiplanos: Las intuiciones del marxista Mariátegui


Fuentes: La Diaria



La articulación de la lucha de clases y del antirracismo divide el bando progresista.

Para algunos, la clase constituye el elemento determinante de todas las relaciones de dominación. Para otros, las formas contemporáneas de racismo son el resultado de una cultura, es decir, de representaciones por las cuales una comunidad define su identidad y el individuo su pertenencia al grupo. La mayoría de las veces, el debate reactiva una controversia estéril que enfrenta a los partidarios de un “enfoque económico” y a los partidarios de un “enfoque cultural”, como si la noción de clase incumbiera en exclusiva al universo económico y la de raza a la esfera cultural. Este debate omite a menudo la historia del marxismo en contexto colonial. Entre los pensadores que han estudiado las condiciones económicas de la dominación racial y las condiciones culturales de la dominación de clase, se destaca una de las figuras revolucionarias más importantes del continente sudamericano: José Carlos Mariátegui (1894-1930) (1)

                                                               


En su obra más acabada, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicada en 1928, Mariátegui elabora su intuición fundamental: en los países antiguamente colonizados de América Latina, la comprensión de la historia en términos de lucha de clases debe atender a la especificidad de las sociedades campesinas e indígenas. Desde un punto de vista general, anuncia entonces un gran movimiento de traducción y de adaptación del marxismo a los mundos no europeos en vías de descolonización, que encontraremos con otras modalidades en los años 1950-1960 en Frantz Fanon, Amílcar Cabral u Ho Chi Minh, por ejemplo.

Fundador del Partido Socialista obrero y campesino en 1928, y luego del Partido Comunista Peruano en 1930, Mariátegui rechaza todo análisis sociológico de la joven república que prescinda del hecho colonial. La colonización produjo una sociedad donde las jerarquías raciales entre blancos, criollos, indios y negros determinan las posiciones de clase. Para el revolucionario peruano, el racismo poscolonial no es entonces un problema moral (como lo sugieren las tradiciones humanitarias o filantrópicas), sino político: el de la distribución de la propiedad. “No nos contentamos con reivindicar el derecho del indio a la educación, a la cultura, al progreso, al amor y al cielo. Comenzamos por reivindicar, categóricamente, su derecho a la tierra. Esta reivindicación perfectamente materialista debería bastar para que no se nos confundiese con los herederos o repetidores del gran fraile español [Bartolomé de Las Casas], a quien, de otra parte, tanto materialismo no nos impide estimar fervorosamente”.(2)

Los negros –esclavos provenientes de la trata– se extenúan en las minas, los indios oprimidos se agotan en las grandes propiedades (latifundios), los blancos y los criollos dirigen las instituciones del poder y del comercio. Para Mariátegui, la relación con la tierra y la división del trabajo son las que condicionan la posición en las jerarquías raciales y las que explican por qué los indios quechuas o aymaras ven en el mestizo y en el blanco la figura del opresor. Mariátegui busca demostrar, a la vez, contra los liberales y los católicos, la dimensión económica del imperialismo y, en contra de la visión dominante en el seno de la Internacional Comunista, que el racismo antiindígena no podrá resolverse en el seno de repúblicas independientes y racialmente homogéneas. En su discurso en el Primer Congreso de la Internacional Comunista en América Latina en 1929, titulado “El problema de las razas en América Latina”, Mariátegui escribe que “entre el ‘señor’ o el burgués criollo y sus peones de color no hay nada de común. La solidaridad de clase se suma a la solidaridad de raza (y de prejuicio) para hacer de las burguesías nacionales instrumentos dóciles del imperialismo yanqui o británico”.(3)

El camino del inca

Por un lado, Mariátegui subraya el rol determinante de las jerarquías raciales en la pertenencia de clase; por el otro, considera que estas son producidas por relaciones de propiedad, es decir que tienen un fundamento económico (y no solamente cultural), que favorece el desarrollo del imperialismo estadounidense. Es el acceso y el control de los medios de subsistencia, empezando por la tierra, lo que garantiza la reproducción del poder blanco e imperialista. Esta lectura económica del racismo condujo a una estrategia revolucionaria y anticolonial: las recuperaciones de tierra.

“Es lógico afirmar que sus reivindicaciones naturales [las de los indígenas] consisten en exigir la devolución de toda la tierra que puedan cultivar”.(4) Mariátegui se muestra mesurado: menciona la devolución solamente de las tierras que los indios tienen la capacidad de cultivar. La revolución agraria supone entonces una transición política que transfiera poco a poco la propiedad a los indios adaptándose a sus necesidades y a sus medios. Si bien habla de una “devolución de las tierras”, la política comunista que él defiende no tiene como ambición copiar de forma idéntica la existencia de una comunidad originaria. Por el contrario, la reapropiación colectiva de una tierra que provee los medios de subsistencia de la comunidad supone reinventar una forma antigua en una sociedad de un tipo nuevo. Basada en una red de ayllus (un término quechua que se refiere a comunidades rurales colectivizadas), la tierra debe proveer los medios para liberarse de la dependencia política de la burguesía colonial y de la dependencia económica respecto del mercado. Aquellas y aquellos que no dependen de ningún amo para su subsistencia pueden decidir libremente sobre su futuro político. Reapropiarse de la tierra no es sólo darse los medios de subsistencia material, es también ganar autonomía política respecto del poder blanco y capitalista.

Mito de base

Mariátegui agrega que la transformación política del mundo económico exige una adhesión a mitos revolucionarios. Al contrario de la idea llamada “científica”, según la cual el comunismo habría roto con el utopismo de los primeros pensamientos socialistas, el pensador peruano considera que toda revolución supone una forma de fe. Se trata a la vez de una tesis general sobre la historia de los pueblos y de un intento de dar a la política peruana su mito fundador: el “comunismo inca”.

Para el intelectual peruano, el concepto designa la existencia de un comunismo precolonial organizado según una estructura jerárquica: las comunas agrarias rurales basadas en una repartición de la tierra y en la ausencia de propiedad privada son coordinadas por el Inca Supremo y por el poder religioso, que recaudan impuestos y tributos para asegurar cierto número de grandes obras, en particular de irrigación. La mayor parte de los comentaristas y de los historiadores han criticado el carácter anacrónico de la calificación de comunismo para una sociedad donde una parte de la riqueza producida por los campesinos es extraída por una clase política y religiosa, sea por intermedio del impuesto, sea por un sistema de servidumbre. Dado que efectivamente parece existir en el seno del Imperio Inca una clase explotadora y una clase explotada, ¿cómo ver allí una forma de comunismo?

Por empezar, los ayllus son un régimen de propiedad de la tierra en el que las tierras comunales son repartidas de manera periódica entre cada familia, pero explotadas de forma colectiva. Para Mariátegui, esta estructura social es testimonio de un “comunismo indígena”, incluso de una “mentalidad comunista”, que se inscribe en la tradición comunitaria de una tierra sin propietario privado y explotada de modo colectivo. Pero su tesis resulta más provocadora aun cuando sostiene que el gobierno autoritario de los incas constituía la única forma de comunismo conveniente para esta época y esta sociedad. Podríamos, es evidente, ver allí una justificación del estalinismo en vías de constituirse en Rusia. Pero Mariátegui defiende en realidad una forma de “relativismo histórico” (5): no existiría un modelo político del comunismo; el término se referiría sólo a una organización de las relaciones sociales basada en la ausencia de propiedad privada, pero que podría presentarse según una multiplicidad de formas de gobierno.

Marxismo poscolonial

El rechazo de un modelo histórico único permite criticar las visiones etnocentristas de la historia, transmitidas en particular por la Internacional Comunista en América Latina (y según la cual los grupos sociales llamados “atrasados” deberían seguir la vía de los grupos avanzados). Es imposible “consustanciar la idea abstracta de la libertad con las imágenes concretas de una libertad con gorro frigio –hija del protestantismo y del Renacimiento y de la Revolución Francesa–”, añade. Para Mariátegui, la idea de libertad humana no se resume en su manifestación europea moderna, basada en los derechos humanos burgueses y su iconografía. Se expresa en singularidades concretas. Las formas de gobierno emergen de las sociedades que las han visto nacer. Es también la razón por la cual el comunismo moderno no puede desarrollarse sin tener en cuenta esta característica de la época que es el individualismo liberal y el derecho de los sujetos a hacer reconocer su particularidad.

Pero hacen falta mitos, incluso religiosos, para suscitar la reflexión y movilizar. Para él, el mito se refiere a la dimensión afectiva de representaciones, cuya fuerza es capaz de transformar la conciencia. Es en este punto que la distancia con el marxismo ortodoxo es la más importante. Para el socialista andino, la religión moderna es la institución que se hizo cargo de la fuerza afectiva de los mitos antiguos. La crítica de las religiones en sí es una “diversión burguesa y liberal”,(6) porque “la fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual”.(7) La convicción según la cual la revolución debe ser fundada sobre el mito hace de él uno de los precursores de la teología de la liberación, que confiere a la fe cristiana una fuerza emancipadora contra la modernidad capitalista.

Durante todo el siglo XX, las luchas anticoloniales y antirracistas han renovado las categorías marxistas para pensar las relaciones entre clase y raza. En 1944, en Capitalismo y esclavitud, Eric Williams, pensador marxista de Trinidad y Tobago, citaba por ejemplo esta frase de un cronista inglés: “Ni un solo ladrillo de la ciudad de Bristol fue fabricado sin la sangre de un esclavo”. El debate entre clase y raza –que se empobrece generalmente en una controversia sobre la economía o la cultura– pasa por alto toda la historia del “marxismo negro” y del “marxismo poscolonial”, desde José Carlos Mariátegui hasta C.L.R. James, desde Eric Williams hasta Cedric Robinson.

Todos, a su manera, demuestran que el marxismo debe renovarse para existir políticamente: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano”.(8)

Notas

1) Véase, en particular, Michaël Löwy, “L’indigénisme marxiste de José Carlos Mariátegui”, Actuel Marx, París, Vol. 2, Nº 56, 2014.

2) José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, múltiples ediciones.

3) José Carlos Mariátegui, “El problema de las razas en la América Latina”, en Ideología y política. Biblioteca Amauta. Ediciones populares de las obras completas de José Carlos Mariátegui, Lima, Amauta, 1969.

4) Ibid.

5) José Carlos Mariátegui, _Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, op. cit.

6) José Carlos Mariátegui, _Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, op. cit.

7) José Carlos Mariátegui, “El hombre y el mito”, en El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy. Obras completas, Biblioteca Amauta, Lima, Vol. 3/20.

8) José Carlos Mariátegui, “Aniversario y Balance (1928)”, op. cit.

Paul Guillibert es autor de Terre et capital. Pour un communisme du vivant, Amsterdam, París, 2021.

Fuente: https://ladiaria.com.uy/le-monde-diplomatique/

Traducción: Micaela Houston

sábado, 14 de enero de 2023

El peor déficit comercial de la UE .


La UE y la eurozona sufren su peor déficit comercial de la historia

 José  Castillo

Los fondos europeos tenían por objetivo modernizar el capital europeo, pero hoy día la UE y la eurozona sufren su peor déficit comercial de la historia, mayor que en la crisis de 2008. Recordemos que la arquitectura geoeconómica de la UE se basa en sus potencias exportadoras.

Current account balance - calendar and seasonally adjusted, as % of GDP

Mayormente este déficit es causado por la crisis industrial de las potencias exportadoras centrales de la UE; en primer lugar la de la industria exportadora alemana, basada en el precio barato del gas ruso y la posibilidad de exportar bajo una misma moneda a la periferia europea.

El problema vendrá, porque aún no se ha evidenciado en su total crudeza, cuando la crisis exportadora se convierta en crisis de deuda de los países de la periferia europea. Ya que los países del sur europeo han sido financiados vía crédito la última década.

Crédito que provenía de los excedentes exportadores de los países centrales de la UE y del rescate constante del BCE, vía expansión monetaria y compra de deuda. Una vez retirada la compra de deuda por parte del BCE debido al contexto inflacionario, lo que está haciendo la institución liderada por Christine Lagarde es transferir dinero de los vencimientos de la deuda que tiene comprada de los Estados centrales a los Estados deficitarios de la periferia (Fuente).

Imagen

Sin embargo, una posible recesión alemana y de otros países centrales haría que su deuda dejase de servir como colateral al BCE para financiar a los países deficitarios del sur europeo. Y en 2022 la deuda alemana empezó a empeorar su rendimiento (Cinco días).

Habrá que ver cómo evoluciona la crisis en la eurozona, pero 2023 es un año clave, ya que se termina el suspenso de las reglas fiscales europeas y lo más seguro es que los dirigentes políticos de los países centrales exijan planes de austeridad a los del sur.

Las consecuencias de una arquitectura geoeconómica pensada para la potencialidad exportadora de la élite económica centroeuropea y el negocio del capital financiero vía especulación en la deuda periférica que estalló en 2008 y que aún sigue sin resolverse. Vienen curvas.J

 La UE y la eurozona sufren su peor déficit comercial de la historia – insurgente.org .  

jueves, 12 de enero de 2023

El Europarlamento corrompido por el Majzen marroquí.

La interminable lista de colaboradores al servicio del Majzen marroquí .


Fuentes: Rebelión

Ya no hay ninguna duda, el Europarlamento es una casa putrefacta por la corrupción y la degradación. Casi un mes después de que la policía belga atrapara con la mano en la masa a varios parlamentarios, al confiscar en sus domicilios cientos de miles de euros en metálico provenientes de los sobornos por los trabajos realizados en favor de Marruecos y Qatar. Aún hoy, la aplastante mayoría, por no decir la casi totalidad de los europarlamentarios sigue sin pronunciarse sobre el mayor escándalo de corrupción ocurrido en una institución europea.

El silencio sepulcral de más del 90 % de los eurodiputados es sintomático. Este silencio demuestra que en está institución la corrupción es algo endémico,  habitual y rutinario. 

De los europarlamentarios en activo tan sólo el diputado anticapitalista Miguel Urban y los exparlamentarios José Bove y Anna Gomes  denunciaron las prácticas perversas y las corruptelas que abundan en el Europarlamento.

No es normal en ninguna parte del mundo que sorprendan a diputados en posesión de grandes cantidades monetarias en metálico y que el resto de compañeros miren hacia otro lado y guarden un sepulcral silencio.

Existe la sensación generalizada de que  tanto en Bruselas como en  Estrasburgo se pretende correr un tupido velo sobre este vergonzoso  escandalo.

El Europarlamento es una institución que representa la voluntad  democráctica de los pueblos europeos y jamás debe ser el escenario de cambalaches, regateos y trapicheos.

Ahora mismo los focos están centrados en los cabecillas de esta masiva red de corrupción tejida por el Majzen marroqui en el Europarlamento, las cámaras están enfocando a Eva Kaili   Pier Antonio Panzzeri, Fracesco Giorgio,  Marc Tarabella y Andrea Cozzolino, pero estos son sólo la cola de una trama  de telaraña que acumula más de 20 años de manipulación, trueque y favores pagados para dañar a un pequeño pueblo (saharaui) en favor de una autocracia dictatorial (Marruecos) que sólo entiende el lenguaje del chantaje y la compra de voluntades.

Estos delincuentes, porque eso es lo que son estos sujetos corruptos, hay que recordar que hace unos  8 años el Haker Críss Colleman filtró los papeles internos del Majzen marroquí y en ellos salía el malhechor Pier Antonio Panzeri, cabecilla de la red Marocgate no solo como lobbistas del Majzen marroquí, sino como informador y colaborador de los servicios secretos marroquíes.  

Muchos otros que antecedieron estos delincuentes en la defensa de las tesis y los intereses  del régimen feudal marroquí seguramente a cambio de favores y dinero. Algún día todos esos eurodiputados al servicio del Majzen tendrán que responder ante la justicia por los servicio prestados fuera de sus competencia. 

La lista es kilométrica e imposible de detallar, pero aquí van los eurodiputados más destacados en la defensa de las intereses  del Majzen Marroquí contra el pueblo Saharaui y contra la aplicación del derecho internacional:

 Frderique Ríes, Ana de palacio, Brice Hortefeux, Marie Arena, Giles Pargneaux, Andre Kovachev, Juan Manuel López Aguilar, Elena Valenciano ,Benífei Brando  María, Dominique Riquet, Pierre Emanuel Quirin, Ramona Manescu, Marco Zanni, Jo Leinen, Dominique  Bilde, Paul Rubig , Patricia Lalonde, Moretti Alessandra, Inés Ayala Sender, Miguel Arias Cañete, Maximilian Krah Mdep, Jean Marie Le Pen, Marine  Le Pen,  Josefa Andrés, Carmen Fraga, Jaime Mayor Oreja, Francisco Millán, Antolín Sánchez, Luis Yáñez, María Muñiz de Urquiza.

Hay que incidir en todos estos nombres y bastantes más para evitar que salgan indemnes de sus fechorías y que paguen por sus cohechos.

El lobby pro marroquí infestado de políticos europeos deshonestos no se limita al Europarlamento, hay una legión de lobbistas indecorosos especialmente en España, Francia, Bélgica e Italia, encabezados por el dúo Zapatero-Bono como cabezas más visibles y declarada, que algún día esperemos ver la imagen de sus domicilios registrados por la policía española.

La interminable lista de colaboradores al servicio del Majzen marroquí – Rebelion....

 Y VER Ante el acoso de Marruecos a Ignacio Cembrero – Rebelion