domingo, 11 de octubre de 2026

Irán y la deuda estadounidense

Lo que Iran sabe de la deuda estadounidense Pablo de Melo 07/10/26 Durante ochenta años, cada vez que el mundo ha entrado en crisis, el dinero ha buscado refugio en el mismo lugar: la deuda del Gobierno de Estados Unidos. Ocurrió tras los atentados del 11 de septiembre, durante la quiebra de Lehman Brothers en 2008 e incluso en 2011, cuando una agencia de calificación rebajó la nota de la propia deuda estadounidense y los inversores, paradójicamente, compraron todavía más. Esa deuda era el activo sin riesgo por definición, la base sobre la que se construye el resto del sistema financiero. Lo que está ocurriendo desde este verano pone en cuestión esa condición. En apenas un año, lo que paga el Tesoro estadounidense por endeudarse a diez años ha pasado de en torno al 4 % al 5,24 % que marcaba el 1 de octubre, con una subida especialmente brusca desde mediados de agosto, cuando aún rondaba el 4,6 %. No superaba el 5 % desde el verano de 2007, cuando empezaban a aflorar los primeros impagos de las hipotecas basura que desembocarían en la gran crisis financiera. Conviene detenerse en qué significa esto. Cuando un Estado gasta más de lo que ingresa, cubre la diferencia pidiendo prestado, y lo hace emitiendo bonos: quien los compra adelanta dinero hoy y el Estado se compromete a devolverlo en un plazo fijo, pagando un interés mientras tanto. Ese interés no lo fija el Gobierno, sino la subasta en la que los inversores pujan por los bonos. Cuando “confían”, se conforman con poco; cuando “desconfían”, exigen más. Que el Estado más poderoso del mundo tenga que pagar más de un 5 % significa que sus prestamistas exigen ahora una compensación por riesgos que antes no veían: más inflación, más deuda y más incertidumbre política. La deuda estadounidense, además, no es una deuda cualquiera. Con cerca de 30 billones de dólares en circulación, es el mayor mercado de deuda del planeta, y el interés que paga funciona como precio de referencia del dinero en todo el mundo. A partir de él se calculan hipotecas, préstamos a empresas y las condiciones a las que se financian otros Estados. En Estados Unidos, el tipo fijo de una hipoteca a treinta años ya supera el 7 %. Por qué está ocurriendo La primera causa es la guerra con Irán. Desde que Teherán cerró el estrecho de Ormuz en febrero, el petróleo se ha movido en torno a los cien dólares por barril, frente a los 72 de antes del conflicto. En Estados Unidos, el gasóleo alcanzó el 22 de septiembre un récord histórico de 6,53 dólares por galón. El precio de la energía repercute en el resto de precios mientras la inflación estadounidense se mantiene en el 3,4 %. La inflación reduce lo que realmente gana quien tiene un bono: si cobra un 5 % pero los precios suben un 4 %, su ganancia real es mínima, de modo que exige más interés para compensar. La inflación ha empujado además a los bancos centrales a subir los tipos de interés, justo lo contrario de lo que pide la Casa Blanca. El 16 de septiembre, la Reserva Federal los elevó por primera vez desde 2023, hasta la horquilla del 3,75 % al 4 %, y lo hizo por unanimidad, mientras Donald Trump exigía públicamente que estuvieran “en el 1 % o menos”. Seis días antes, el Banco Central Europeo había hecho lo mismo, situando su tipo de depósito en el 2,50 % con una inflación en la eurozona del 3,3 %. La segunda causa es más profunda. La deuda federal superó en agosto los 40 billones de dólares. En los once primeros meses del año fiscal que acaba de cerrar, el Estado pagó más de un billón de dólares solo en intereses, algo que nunca había ocurrido. Es ya la segunda partida del presupuesto federal, únicamente por detrás de las pensiones públicas y por encima del gasto en defensa. A esa pila se suman las rebajas fiscales aprobadas en 2025, que la Oficina Presupuestaria del Congreso calculó que añadirían más de tres billones de dólares de deuda en una década, y ahora la factura de la guerra: el Pentágono cifra el coste en 43.600 millones de dólares hasta el 3 de septiembre y ha pedido al Congreso 67.100 millones adicionales. La tercera causa es la menos conocida: quién compra esa deuda. Durante los años dos mil, los grandes compradores eran los bancos centrales de China, Japón o los países petroleros, que reinvertían en bonos estadounidenses los dólares que ganaban exportando. Eran compradores pacientes, que guardaban los bonos durante años. Ese flujo se ha ido secando y el hueco lo han ocupado los fondos de inversión especulativos, los llamados hedge funds. Según la oficina de investigación financiera del propio Tesoro estadounidense, estos fondos acumulan ya unos dos billones de dólares en bonos, el 7 % del mercado, un récord absoluto y casi el triple que hace cinco años. El problema es cómo los compran. Su operación favorita consiste en adquirir un bono y, a la vez, vender un contrato que fija su precio de entrega a futuro, embolsándose la pequeña diferencia entre ambos precios. Como esa diferencia es minúscula, la única manera de ganar dinero de verdad es repetir la operación muchísimas veces con dinero prestado, a menudo a un solo día, dejando los propios bonos como garantía. Es un castillo de naipes muy rentable mientras nada se mueve. Si el préstamo diario se encarece de golpe, o si los mercados se agitan y los acreedores reclaman más garantías, el fondo tiene que vender sus bonos de inmediato. Si muchos fondos venden a la vez, los precios se desploman y el mercado se paraliza. No es una hipótesis, ocurrió en marzo de 2020, al inicio de la pandemia, y la Reserva Federal tuvo que intervenir de urgencia comprando hasta 75.000 millones de dólares en bonos al día para evitar el colapso. En septiembre estos fondos han empezado a reducir posiciones. Morgan Stanley estima que el volumen de esta operación ha caído un 20 % en lo que va de año, hasta unos 1,2 billones de dólares. Eso supone menos apalancamiento, pero plantea otra cuestión: si los especuladores se retiran y los bancos centrales extranjeros ya no vuelven, ¿quién va a comprar los bonos que el Tesoro necesita colocar cada semana? El Gobierno de Trump ha intentado calmar al mercado con medidas de urgencia. El 19 de agosto, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, duplicó las operaciones de recompra de deuda antigua, hasta 4.000 millones de dólares por operación, con la intención de bajar el interés de los bonos largos. El alivio duró menos de veinticuatro horas. Una nueva operación el 10 de septiembre decepcionó y los intereses volvieron a subir. Por qué debería importarnos Sería un error leer todo esto como un problema doméstico de Estados Unidos con algunos ecos en Europa. Los bonos del Tesoro son la pieza sobre la que descansa el sistema financiero internacional. Son la garantía que bancos y fondos de todo el mundo entregan cuando piden dinero prestado, una parte central de las reservas de los bancos centrales y la referencia para fijar el precio de casi cualquier préstamo. El dólar interviene en el 89 % de las operaciones de cambio de divisas que se realizan en el planeta. Cuando cambia el precio de ese activo, cambia el precio del dinero en todas partes. Es lo que ya está ocurriendo. En las mismas semanas en que el bono estadounidense superaba el 5 %, el británico a treinta años alcanzaba el 6 % por primera vez desde 1998, el japonés a diez años marcaba máximos desde 1996 y el alemán, referencia de la zona euro, tocaba su nivel más alto en diecisiete años. El bono español a diez años llegó al 4,14 %, el máximo desde enero de 2014, cuando el país acababa de salir del rescate bancario, y hoy paga casi nueve décimas más que hace un año. La diferencia con Alemania, la llamada prima de riesgo, sigue siendo moderada: en agosto era de 44 puntos básicos, por debajo de Italia o Francia. El encarecimiento no responde a una desconfianza específica hacia España, sino a que el precio del dinero sube en todo el mundo a la vez. Se trata de un coste importado. Ese coste acaba en las cuentas públicas. España pagó en 2025 más de 40.300 millones de euros en intereses de su deuda, una cantidad equivalente a todo lo que recauda por el Impuesto de Sociedades, y la AIReF calculaba unos 43.300 millones para 2026 antes de la última subida de tipos. Como la deuda española tiene una vida media de unos ocho años, el golpe no llega de una vez: cada año vence una parte y se refinancia a los tipos del momento. En 2025 el Tesoro emitía a un coste medio del 2,7 %; hoy el bono a diez años supera el 4 %. Esa diferencia se traduce, año tras año, en miles de millones que dejan de estar disponibles para sanidad, educación, vivienda o dependencia, en el mismo momento en el que se negocia el nuevo Marco Financiero Plurianual de la Unión Europea con la presión a los Estados miembros para que aumenten el gasto militar. A los hogares les llega también por otra vía. La inflación importada a través de la energía ha llevado al Banco Central Europeo a subir los tipos dos veces este año, y esas subidas se trasladan al euríbor y, de ahí, a las hipotecas variables y al crédito de familias y empresas. Buena parte de las hipotecas vivas en España sigue referenciada al euríbor. Europa, además de sufrir el contagio, es acreedora. Los inversores de la zona euro tienen unos dos billones de dólares en bonos del Tesoro, una cifra récord, y los japoneses otros 1,24 billones. Cuando sube el interés de un bono, baja el valor de los que ya están en circulación, de modo que bancos, aseguradoras y fondos de pensiones europeos acumulan pérdidas en esas carteras. También ha dejado de funcionar la regla según la cual las caídas de la bolsa se compensaban con subidas de los bonos: con el petróleo caro, ambos caen a la vez y los fondos de pensiones pierden su principal amortiguador. El Reino Unido dio en 2022 un anticipo de lo que eso puede suponer, cuando una venta brusca de deuda pública dejó al borde del impago a fondos vinculados a los planes de pensiones y el Banco de Inglaterra tuvo que intervenir de urgencia. En el propio Estados Unidos, la factura tiene un reparto muy desigual. El billón de dólares anual en intereses es dinero público que va a parar a quienes poseen la deuda, en general: grandes fondos, bancos y patrimonios elevados. Al mismo tiempo, los precios suben por la energía mientras el empleo se frena (en septiembre se crearon apenas 29.000 puestos de trabajo), una combinación que castiga principalmente a quien vive de un salario. Queda, por último, la tentación política. Un Gobierno endeudado y en guerra, con un presidente que exige tipos del 1 %, puede acabar presionando al banco central para que compre deuda de forma masiva y la financie a intereses artificialmente bajos. Es lo que se conoce como represión financiera: la inflación reduce el peso real de la deuda a costa de los ahorros y los salarios, un pago “encubierto” que recae sobre quienes no tienen activos con los que protegerse. Y si las apuestas apalancadas de los fondos especulativos salen mal, el precedente de 2020 indica que será el banco central, con dinero público, quien acuda al rescate. Las ganancias de esas apuestas son privadas; el riesgo de sus pérdidas lo asume el conjunto de la sociedad. La guerra con Irán y la negociación de paz El mercado de bonos y la guerra están conectados de forma directa. Irán sabe que el cierre de Ormuz golpea a Washington en el precio de la gasolina, en la inflación y en el coste de su deuda, y que lo hace a un mes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre, con la aprobación de Trump en el 32 %, la más baja de su carrera y solo un 17 % de ciudadanos que aprueban su gestión del coste de la vida. Desde septiembre, esa presión tiene un segundo frente. Los hutíes de Yemen, aliados de Teherán, declararon en julio un bloqueo naval del estrecho de Bab el-Mandeb contra Arabia Saudí, y entre el 10 y el 12 de septiembre tomaron la ciudad portuaria de Moca y las islas de Perim y Zuqar. Con ello controlan toda la costa yemení del mar Rojo y la entrada sur del estrecho. Por Bab el-Mandeb pasa en torno al 12 % del comercio mundial, el 11 % del petróleo transportado por mar y el 8 % del gas natural licuado, y es la puerta de acceso al canal de Suez, la ruta por la que llega a Europa buena parte de lo que importamos de Asia. El movimiento desbarata la principal vía de escape que Arabia Saudí había preparado para esquivar Ormuz, un oleoducto que atraviesa el país hasta el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, porque el crudo que llega a Yanbu con destino a Asia tiene que salir igualmente por Bab el-Mandeb. Con los dos estrechos que dan salida a la península arábiga bajo control de Irán y sus aliados, el petróleo volvió a superar los cien dólares, y los buques que evitan el mar Rojo deben rodear África por el cabo de Buena Esperanza, lo que añade semanas de travesía y encarece fletes y seguros. Sobre el papel, esta presión debería empujar a la Casa Blanca hacia un acuerdo. Pero lo ocurrido en las últimas semanas apunta en otra dirección. Durante la Asamblea General de Naciones Unidas, a finales de septiembre, tras la amenaza de Trump de llegar a un acuerdo de paz o “aniquilar” Irán, la República Islámica presentó un plan de siete días para reabrir el estrecho de forma escalonada, condicionado a que Washington cumpla los compromisos del memorando de junio que acabó naufragando. Teherán ha llegado a ofrecer el traslado de su uranio enriquecido al 60 % a un tercer país, bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica. Trump rechazó la propuesta alegando que era “lo que quizá habríamos aceptado hace un año”. Las conversaciones indirectas en Nueva York, con mediación de Catar, no han dado fruto. Mientras tanto, la Administración refuerza su despliegue militar. El portaaviones Theodore Roosevelt navega hacia la región, la cúpula de seguridad nacional se reunió el 2 de octubre en Camp David para abordar la guerra con Irán y el conflicto entre Arabia Saudí y los hutíes, y Trump asegura que Irán está “a punto de rendirse” y que la victoria llegará “justo después de las elecciones”. Desde Teherán, fuentes oficiales hablan de prepararse para una “nueva gran ronda de combates”. El mercado de bonos influye en la negociación. En primer lugar, funciona como un reloj. Cada semana con Ormuz cerrado y el mar Rojo bloqueado añade inflación, mantiene altos los tipos y encarece la deuda estadounidense. Para Irán, ese reloj es una baza. Según la analista Negar Mortazavi, Teherán ha demostrado que está dispuesto a soportar un enorme sufrimiento económico antes que negociar en los términos de Washington. La inflación iraní ronda el 60-70 %, su economía se ha contraído alrededor de un 10 % y el rial ha caído a mínimos históricos. Washington confía en que la economía iraní se derrumbe primero y Teherán confía en que lo hagan antes los mercados y los votantes estadounidenses. Bab el-Mandeb añade otra complicación, porque los hutíes tienen su propia agenda frente a Arabia Saudí y un acuerdo entre Washington y Teherán sobre Ormuz no garantizaría por sí solo la reapertura del mar Rojo. Una paz limitada a Ormuz sería incompleta, y cualquier negociación seria tendrá que incluir a Arabia Saudí y la guerra de Yemen. En segundo lugar, puede actuar como detonante. Si después de las elecciones Washington opta por una nueva campaña de bombardeos, el petróleo volvería a dispararse y, con él, los tipos de interés. En un mercado tan dependiente de apuestas apalancadas, un sobresalto así podría desencadenar la venta en cadena que los supervisores llevan meses temiendo, es decir, un accidente financiero en plena escalada militar. Lo que viene Los próximos meses estarán marcados por tres citas: la reunión de la Reserva Federal del 27 y 28 de octubre, en la que el mercado duda ya de una nueva subida tras el mal dato de empleo; las elecciones del 3 de noviembre, que Trump ha convertido en el horizonte de su estrategia militar; y la evolución de la mediación catarí. En cualquier escenario, lo previsible es que Estados Unidos tenga que financiarse más caro durante años, que se repitan los episodios de tensión y que la tentación de cargar el coste sobre las mayorías sociales, por la vía de los recortes o por la de la inflación, esté muy presente. Para Europa, la situación confirma que su dependencia energética y financiera de decisiones que se toman en Washington tiene un coste que pagan las familias trabajadoras en la gasolinera, en la hipoteca y en los servicios públicos. También refuerza la necesidad de que la Unión Europea ejerza todo su peso diplomático a favor de una salida negociada que incluya Ormuz y el mar Rojo, porque la factura de esta guerra ya forma parte de nuestros presupuestos. Fuentes Reserva Federal: comunicado del FOMC, 16 de septiembre de 2026 y serie H.15 de tipos diarios Oficina de Investigación Financiera: Las tenencias de tesorería en efectivo de los fondos de cobertura alcanzan los 2 billones de dólares (19 de agosto) Fundación Peter G. Peterson: Costos de interés de la deuda nacional CRFB: El rendimiento de la subasta de bonos del Tesoro alcanza su nivel más alto en 25 años (14 de agosto) Euronews: Bessent promete mayores recompras después de que la caída de los rendimientos de los bonos anulara el repunte de alivio del Tesoro estadounidense (21 de agosto) Reuters vía WTVB: Los fondos de cobertura se muestran descontentos con las operaciones de arbitraje de precios a medida que continúa la venta masiva de bonos del Tesoro (24 de septiembre) Al Jazeera: La Reserva Federal de EE. UU. sube los tipos de interés por primera vez en tres años (16 de septiembre) y ¿Está Irán perdiendo influencia sobre el estrecho de Ormuz? (30 de septiembre) Lista de asistencia: La última estimación del Pentágono sobre el coste de la guerra contra Irán: 43.600 millones de dólares (18 de septiembre) Yahoo Finanzas: La guerra con Irán está impulsando la inflación al alza, y no solo por el petróleo. Perspectivas de los asesores: Panorama general de los rendimientos de los bonos del Tesoro, 25 de septiembre de 2026 FXStreet: La rentabilidad de los bonos estadounidenses a 10 años vuelve a alcanzar los máximos de 2007 (28 de septiembre) Quartz: Los rendimientos de los bonos del Tesoro caen tras el débil informe de empleo de septiembre (2 de octubre) CBS News: negociaciones y propuesta iraní (28-29 de septiembre) y reunión de Camp David (2-3 de octubre) The National: Irán se prepara para una "gran ronda de combates" con EE. UU. (3 de octubre) Trading Economics: bono español a 10 años (2 de octubre) Finect: el BCE sube tipos en septiembre (10 de septiembre) Euronews: Los hutíes se apoderan de una isla yemení en Bab el-Mandeb y toman el control del estrecho (12 de septiembre) Al Jazeera: Las naciones del Mar Rojo observan cómo los hutíes se apoderan del estrecho de Bab al-Mandeb (13 de septiembre) y controlan una ruta marítima clave (11 de septiembre). NPR: Los hutíes declaran un bloqueo a Bab el-Mandeb (21 de julio) Zona de guerra: El control de los hutíes sobre Bab al-Mandab se fortalece (10 de septiembre) Diplomacia moderna: El Mar Rojo, no el Ormuz, ahora decide la política exterior de Arabia Saudita (2 de octubre) UNCTAD: Un mundo de deuda 2025 Trading Economics: bonos a 10 años de Reino Unido, Japón y Alemania (2 de octubre) Wolf Street: Los mayores tenedores extranjeros de valores del Tesoro estadounidense, abril de 2026 Vozpópuli: El gasto en intereses de la deuda rompe la barrera de los 40.000 millones El Español: España pagará más de 40.000 millones en intereses, el equivalente a la recaudación en Sociedades BCE: tipos a largo plazo a efectos de convergencia, media de agosto de 2026 (prima de riesgo frente al Bund, cálculo propio) Pablo de Mello Activista social y analista internacional, amigo de Sin Permiso. Fuente: www.sinpermiso.info, 7 de octubre 2026

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