jueves, 29 de enero de 2026

¿ Inglaterra un imperio virtuoso ? .

   

El imperio virtuoso



 

Rafael Poch de Feliu

Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia: es la historia colonial europea la que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí.

 

La industria del entretenimiento es una herramienta fundamental del hegemonismo occidental. En estrecha colaboración con el complejo político, militar, financiero y mediático, su producción penetra diariamente en todos los hogares desempeñando una función ideológica clave, perfectamente identificada y conocida. Mirada en retrospectiva, la industria de Hollywood logró convertir en proezas, epopeyas y románticos relatos, esa enciclopedia universal de la infamia que contiene la historia del colonialismo europeo y muy particularmente la de los británicos, parientes directos del actual hegemón. La lista de las películas ensalzadoras de los grandes crímenes coloniales está aún por hacer, pero basta citar clásicos como “Lawerence de Arabia” (1962), “55 días en Pekín” (1963), “Zulú” (1964) o “Khartum” (1966) para recordar cómo toda una generación creció arrullada y entretenida por ese género exaltador cuya leyenda interiorizó.

Resulta ilustrativo cotejar la lectura de cualquier obra seria sobre la acción del imperio británico en India o China con películas como “Victoria y Abdul” (2017), de Stephen Frears, o “Tai Pan” (1986) de Daryl Duke, para mesurar el nivel de vileza de tal bombardeo. Frears presenta la relación de cálida amistad entre la reina Victoria y su criado indio en una época en la que los indios morían de hambre en espantosas crisis directamente relacionadas con la gestión colonial. La película de Duke se inspira en la figura de William Jardine (1784-1843) para montar una ficción romántica, erótica y heroica alrededor del principal narcotraficante de la historia que condenó a la drogodependencia a 150 millones de chinos y se convirtió en uno de los hombres más poderosos y ricos de su tiempo.

Mantenido durante mas de dos siglos de violencia, racismo y explotación, el imperio británico todavía se presenta de la forma más altiva y arrogante como una empresa civilizadora y modélica, al lado de los imperios francés, español, portugués etc., declarados defectuosos o manifiestamente fallidos.

“Para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo modo de proceder. Para otras, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas, de subirse a la ola del progreso tecnológico”, escribe David S. Landes. (En: La riqueza y la pobreza de las naciones. 1998). Esa coherencia con el más que ambiguo “vector del progreso” que apunta con satisfacción el ilustre historiador de Harvard, quizá explique la actual y renovada nostalgia por el imperio británico, sobre la que advierten dos autores críticos con el fenómeno ( Hickel y Sullivan). “Libros de gran repercusión como Empire: How Britain Made the Modern World, de Niall Ferguson y The Last Imperialist, de Bruce Gilley, han afirmado que el colonialismo británico trajo prosperidad y desarrollo a India y otras colonias. Hace dos años una encuesta de YouGov reveló que el 32% de los británicos se sienten orgullosos de la historia colonial del país”, apuntan.

Ese mismo orgullo hacia el pasado colonial está, sin duda, vergonzosamente vigente en muchas otras viejas naciones imperiales, pero en ninguna parte como entre los “ingleses de ambos lados del Atlántico” que Benjamín Franklin definió como “el núcleo más importante del pueblo blanco”, tiene ese sentir más consecuencias para el presente.

“El imperio tal y como había sido, llegó a su fin formalmente en la década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos territorios coloniales”, observa Richard Gott en su compendio sobre el imperialismo británico (Britain´s Empire, 2012). “Si Gran Bretaña tuvo tanto éxito con sus colonias, ¿por qué muchas de ellas siguen siendo fuentes importantes de violencia y disturbios?”, se pregunta. Los británicos -reducidos ahora a la humilde categoría de ayudantes del Sheriff, en aún mayor medida que el resto de los europeos- “han seguido librando guerras en las tierras de su antiguo imperio en el siglo XXI, y gran parte de la población británica ha regresado sin cuestionamientos a su antigua postura de aceptar sin pensar lo que se hace en su nombre en lugares lejanos del mundo”, dice Gott. El papel que en el siglo XIX desempeñaron la “civilización”, el “comercio” y el “cristianismo” impuestos a los “salvajes”, lo desempeña ahora la ideología de los derechos humanos la igualdad de géneros y otras nobles causas. Por todo ello, recordar las ejemplares hazañas de tan virtuoso imperio no es un ejercicio histórico sino un imperativo para la comprensión del presente y muy en particular para la comprensión de la complicidad europea (política, financiera, comercial, militar y mediática) con el genocidio palestino.

El Gulag británico

El imperio británico era una dictadura militar en la que los gobernadores coloniales imponían la ley marcial a la menor disensión. Durante más de 200 años fue escenario de constante revuelta y violencia represora. En la propia metrópoli centenares de miles fueron confinados en el Gulag insular de su majestad. Especialmente después de que la independencia de Estados Unidos cerrara aquel territorio colonial del nuevo mundo – en los treinta años anteriores a 1776 la cuarta parte de los emigrantes llegados a Maryland eran convictos – islas del Caribe como las Bermudas y Roatán, en Honduras, de Asia, como Penang, en Malasia, o del Índico como las Seychelles o Andamán, formaron parte del presidio insular británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a Singapur. En el XIX, las Seychelles fueron prisión para líderes de revueltas y notables locales, de Zanzibar, Somalia, Egipto o Ghana, que por una u otra razón no podían ser ejecutados. El arzobispo Makarios, líder del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo ahí recluido en fecha tan cercana como 1956. Pero fue Australia, la gran isla-continente que ofrecía espacios ilimitados, el gran destino que el gobierno necesitaba para los detritos sociales de su catastrófica revolución industrial, gran hito de ese “progreso” glosado por Landes.

En 1840 la mitad de la población de Tasmania, unos 30.000, la formaban reclusos. Como mantener a los presos en las cárceles metropolitanas era caro, las sentencias mínimas de deportación a Australia para sacárselos de encima, incluso por pequeños hurtos, eran de siete años. Entre 1788 y 1868, 162.000 condenados fueron enviados a Australia, entre ellos 4000 sindicalistas, cartistas, luditas, las famosas “hijas de Rebeca” de Gales, que rompían peajes y barreras para protestar contra la privatización y los peajes en las carreteras, así como 2000 revolucionarios irlandeses.

La terrible situación de represaliados y condenados de la metrópoli represaliando y masacrando a su vez a la población nativa en las colonias, que tan vivamente se dio en los Estados Unidos con las naciones indias, se repitió en otras colonias europeas y también en Australia. En 1824 el gobernador militar de Nueva Gales del Sur, dio licencia a los colonos, muchos de ellos ex convictos deportados, para matar aborígenes a discreción. El gobernador se llamaba Thomas Brisbane y su apellido da hoy nombre a una de las grandes ciudades australianas.

La hambruna de Irlanda

 

Algunos consideran la hambruna de China durante el Gran Salto Adelante (1958-1962) como la mayor de la historia. Un siglo antes, la hambruna de Irlanda (“An Gorta Mór”) fue bastante peor que la china si se tiene en cuenta la proporción de población implicada. Con ocho millones de habitantes, el hambre y sus consecuencias se llevaron a entre uno y dos millones de irlandeses. Algunos lugares perdieron la tercera parte de su población, la mitad muerta y la otra mitad por emigración. ( Patrick Joyce, 2024 Remembering Peasants. A personal History of a Vanished World).

“He visitado los desoladores restos de lo que en su momento fueron nobles pieles rojas en sus reservas de norteamérica y he explorado los barrios negros donde están degradados y esclavizados los africanos”, escribía en 1847 James Hack Tuke, un filántropo cuáquero inglés en una carta tras su visita a Connaught, “pero nunca he visto tanta miseria, ni una degradación física tan avanzada, como la de los moradores de los lodazales de Irlanda”.

Otros países como Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Rusia, también sufrieron plagas de la patata en 1846/1847, pero a diferencia de lo que ocurrió en Irlanda bajo el dominio británico, paralizaron las exportaciones de los demás alimentos para compensar la pérdida. La política inglesa destinaba a la exportación los alimentos producidos en Irlanda, una estrategia cuyo mantenimiento se consideraba más importante que la vida de los irlandeses. Uno de los protagonistas de esa política, el subsecretario de Hacienda Charles Trevelyan, estaba mas preocupado por “modernizar” la economía irlandesa que por salvar vidas, así que vio en la hambruna una oportunidad para aplicar reformas radicales de libre mercado.

“No nos cabe la menor duda de que, por causa de las inescrutables pero invariables leyes de la naturaleza, el celta es menos activo, menos independiente y menos trabajador que el sajón. Esta es la arcaica condición de su raza”, escribía The Times el diario central del establishment imperial.

The Economist, el mismo semanario que en los años noventa del siglo XX predicaba las virtudes de la terapia de choque rusa, que dejó por el camino una factura demográfica de medio millón -sobre todo hombres en edad laboral – mientras denostaba la mala reforma china, publicaba el 30 de enero de 1847 un editorial dedicado a la crisis irlandesa: “Que los inocentes sufran junto con los culpables es una triste realidad”, decía, “pero es una de las grandes condiciones en las que se basa la existencia de toda sociedad. Cada violación de las leyes de la moral y el orden social conlleva su propio castigo. Esa es la primera ley de la civilización”. (En: The Economist and the Irish Famine — Crooked Timber )

Desde el siglo XVI en Irlanda estaba vigente un diezmo por el cual los irlandeses mayormente católicos debían pagar la décima parte de sus ingresos anuales para financiar la iglesia protestante. Hasta 1829 los católicos que rechazaban el juramento protestante de lealtad a la corona no podían acceder a empleos públicos. Durante la hambruna los teólogos protestantes ingleses atribuían la plaga de la patata al “papismo”, es decir al catolicismo, que había “provocado la cólera de Dios”. El semanario satírico Punch publicaba constantemente caricaturas que presentaban a los irlandeses como simios brutos, sucios, perezosos, violentos y únicos responsables de su propia desgracia.

En 1847, mientras el Times ignoraba los desastres de la hambruna, en Estados Unidos se puso en marcha una campaña de ayuda que puso en evidencia al gobierno de Londres. Los paquetes en los que ponía “Irlanda” eran transportados gratuitamente en ferrocarril y se fletaron 114 barcos con ayuda.

El holocausto irlandés continuaba para los que lograban emigrar. En el último de los tres siglos de la trata negrera a lo largo de la cual unos diez millones de africanos fueron transferidos al nuevo mundo, con la mitad de ellos muertos en el proceso de captura y transporte, según uno de los grandes historiadores de ese tráfico ( Joseph Miller, 1988, en Way of Death), los emigrantes irlandeses conocieron un destino no muy diferente. En los barcos ingleses que transportaban a los emigrantes irlandeses a América, las condiciones eran tan espantosas que uno de cada cuatro moría durante el viaje o en los seis meses posteriores a su llegada al nuevo mundo. La mortandad registrada en lo que fue descrito como “buques ataúd”, no era inferior a la de los barcos que transportaban esclavos africanos a las colonias. Que esa mortalidad fuera particularmente alta en los barcos ingleses, describe una clara negligencia criminal: por cada muerte de un emigrante a bordo de un barco americano, había cuatro en uno británico y por cada enfermo que llegaba a Estados Unidos en un barco norteamericano, llegaban cinco en un buque británico. En 1847 de los 98.000 emigrantes que llegaron a Canadá en barcos ingleses, 25.000 murieron en el viaje o a los seis meses de su llegada. Todo esto fue noticia en la prensa de Estados Unidos y de Canadá, pero el Times de Londres lo ignoraba. El gobierno británico solo comenzó a tomar medidas en 1854, siete años después. (Thomas Gallagher. Hambre en Irlanda: la elegía de Pady. 2007).

La industria del entretenimiento ha ignorado por completo la hambruna de Irlanda, pero en 2018 una rara excepción irlandesa producida en Luxemburgo presentó en 2018 “Black 47”, del director y guionista Lance Daly, una película de acción con trepidante ritmo de western construida sobre el entramado de aquella histórica tragedia. The Times resaltó esta vez la “machista teatralidad” del film del que apuntó que “todo es profundamente absurdo, pero dentro de un entorno inquietantemente profundo”. The Independent destacó el carácter “excesivamente sombrío” de lo que calificó como “western de patatas” en alusión a los spaghetti western, y The Guardian lamentó que “la caricaturización de los villanos disminuya el impacto” de esa estupenda película que de todas formas fue un éxito de taquillaje…

Irlanda en Occidente y Birmania en Oriente fueron los territorios más potentes y tenaces en su resistencia a los ingleses, por lo que la represión fue allí particularmente cruda, pero también en India las convulsiones, hambrunas y revueltas fueron crónicas.

India

 

Según una estimación reciente, solo en los cuarenta años que van de 1880 a 1920 la colonización británica causó en la India unos 100 millones de muertes provocadas por el empobrecimiento de la población y la mayor frecuencia y mortandad de las hambrunas. (Jason Hickel, Dylan Sullivan, How British colonialism killed 100 million Indians in 40 years). “Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida por políticas de la historia de la humanidad”, señalan los autores. “Es mayor que la suma combinada de muertes que se produjeron durante todas las hambrunas de la Unión Soviética, la China de Mao, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”, todas ellas en el siglo XX, dicen. Antes de eso, en 1770, una gran hambruna asoló Bengala matando a unos 10 millones de sus habitantes, la tercera parte de la población. La situación fue agravada por el monopolio del arroz y otros productos impuesto por la Compañía Británica de las Indias Orientales que gobernaba el territorio. El colapso y los impuestos, combinados con la sequía y el hambre, marcaron el inicio del dominio inglés en India, un cuadro que se mantendría durante 200 años.

Desde su llegada al subcontinente en el siglo XVII, Gran Bretaña destruyó el sector manufacturero de la India, que exportaba tejidos a todo el mundo. El régimen colonial eliminó los aranceles para los productos textiles británicos y creó un sistema de impuestos y de barreras internas que impedían a los indios vender sus productos dentro del país y aun menos exportarlos. “Si la historia del dominio británico de India tuviera que condensarse en un único dato, sería este: entre 1757 y 1947 no hubo incremento del ingreso per cápita y en la segunda mitad del XIX los ingresos se redujeron seguramente en más de un 50 por ciento”, dice Mike Davis (Late victorian Holocausts, 2002). La nueva economía colonial fragilizó a las poblaciones ante las sequías y fenómenos naturales adversos que propiciaban el hambre. Según el historiador Robert C. Allen (Global Economic History: A Very Short Introduction, 2011) bajo el dominio británico la pobreza extrema pasó del 23% en 1810 a más del 50% a mediados del siglo XX, los salarios reales disminuyeron y las hambrunas se hicieron más frecuentes y más mortales. ¿Pasado remoto?

El político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial, Wiston Churchill, fallecido en 1965, era un racista confeso. En los años cuarenta del siglo XX se refirió a los indios como “un pueblo bestial con una religión bestial” y de la hambruna de 1943 en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que “fue culpa suya por reproducirse como conejos”. En 1919 Churchill se declaró “totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las tribus incivilizadas”. En los años treinta definía a los palestinos como “hordas bárbaras que solo comen estiércol de camello”. Antes de la guerra fue un admirador de Mussolini (“no pude evitar sentirme encantado por su porte gentil y sencillo y su sereno aplomo”) y tenía palabras de elogio para Hitler en 1937, el año de Guernika: “a uno le puede disgustar el sistema de Hitler y, sin embargo, admirar sus logros patrióticos. Si nuestro país fuera derrotado, espero que encontremos un campeón tan admirable que nos devuelva el valor y nos conduzca de nuevo a nuestro lugar entre las naciones”. En la campaña electoral de 1955 Churchill propuso para el partido conservador un lema que muchos europeos suscriben hoy: “mantener a Gran Bretaña blanca”.

(Publicado en Ctxt)

Fuente El imperio virtuoso – Rafael Poch de Feliu

martes, 27 de enero de 2026

Mercosur: los pesticidas salen de Europa

 

Mercosur: los pesticidas salen de Europa

Uno de los principales argumentos para frenar la voluntad de la Comisión Europea de «crear el mayor espacio de libre mercado del mundo» con el Mercosur es la denuncia de muchas organizaciones agrarias y ecologistas que entrarán en Europa alimentos cultivados con pesticidas prohibidos dentro de la UE.

Pero detrás de esta competencia desleal se esconde una pregunta clave, ¿quién produce estos tóxicos prohibidos que después se utilizan en Sudamérica? La respuesta es paradójica: una parte muy importante los fabrica la propia Europa.

Para poder afirmarlo, el grupo periodístico Unearthed y la ONG suiza Public Eye solicitaron acceso a las notificaciones de exportación que las empresas europeas deben realizar según el Convenio de Rotterdam. Aunque estos datos son estimaciones previas a la exportación real, constituyen la fuente más fiable. Según su informe, en 2018 se exportaron a 85 países no pertenecientes a la UE unas 81.600 toneladas de plaguicidas prohibidos. Lógicamente, organizaciones como la sudafricana Women on Farms Project (WFP) denunciaron que el hecho de que buena parte de estas exportaciones se dirija a países empobrecidos «revela una forma de pensar racista y colonial». Y aunque la Comisión Europea prometió poner freno a esta práctica, los datos de 2024 muestran un aumento del 50% respecto a 2018.

Ecologistas en Acción ha analizado este informe en clave de España, que, junto con Alemania y Bélgica, lidera este negocio: en 2023 se autorizaron para la exportación cerca de 17.000 toneladas de plaguicidas prohibidos, con destinos entre ellos el Mercosur. En total, se gestionaron 23 sustancias prohibidas, entre ellas fungicidas nocivos para fetos en gestación e insecticidas que provocan mortalidad en las abejas. Y en nuestro país tampoco podemos afirmar que les hemos dejado de aplicar. Los informes anuales de detección de plaguicidas de la Confederación Hidrográfica del Ebro no sólo nos alertan de niveles elevados de pesticidas en los ríos, sino también de la presencia de algunas de estas 23 sustancias prohibidas.

Estas informaciones identifican a las empresas que solicitan autorizaciones para exportar. Más allá de algunas empresas locales, aparecen multinacionales como Bayer y Corteva, y en otros países europeos BASF y Syngenta. No es casualidad: estas cuatro multinacionales controlan más de la mitad de todas las ventas mundiales de pesticidas y lideran la producción de los más controvertidos. Al mismo tiempo, gracias a su poderosísimo lobi, desempeñan un papel determinante en las decisiones políticas que toma la Comisión Europea.

El verdadero problema de ampliar el libre comercio es que sólo salen beneficiadas las grandes empresas, independientemente de dónde estén ubicadas. Tanto si se trata de exportar aguacates de Chile a Catalunya para reexportarlos después al norte de Europa, como de exportar soja de Brasil a Catalunya para convertirla en carne de cerdo que exportamos al mercado chino. Y, como hemos visto, también de si se trata de vender los pesticidas que hacen posible ese modelo.

El libre comercio es la coartada para un negocio tóxico, corporativo y con sello europeo.

Fuente: https://es.ara.cat/opinion/mercosur-pesticidas-salen-europa_129_5626884.html


 Y ver   Explicando el lío del tratado UE-Mercosur

lunes, 26 de enero de 2026

Como blanquear la ocupación de Rabat del Sahara Occidental .

                                                                                    


 

«Sirat», cuando el cine blanquea la ocupación marroquí del Sáhara Occidental

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La película Sirat, dirigida por el cineasta franco español Óliver Laxe, ha generado un notable revuelo en el panorama cinematográfico internacional desde su estreno en el Festival de Cannes en mayo de 2025, donde obtuvo el Premio del Jurado. Esta coproducción hispanofrancesa, protagonizada por Sergi López y el joven Bruno Núñez, narra la desesperada búsqueda de un padre y su hijo pequeño por una hija desaparecida en el entorno de fiestas rave en el desierto. La trama se desarrolla en un paisaje árido y hostil, donde los personajes se enfrentan no solo a la pérdida personal, sino también a los peligros del entorno, incluyendo minas antipersonales y un viaje extenuante hacia Mauritania.

Sin embargo, más allá de su impacto visual y emocional, Sirat ha sido objeto de duras críticas por su tratamiento del escenario geográfico. La película sitúa la acción en el «sur de Marruecos, cerca de Mauritania», una descripción que, de facto, asume el marco territorial impuesto por el ocupante marroquí y borra la existencia del Sáhara Occidental y del pueblo saharaui. Marruecos no comparte frontera directa con Mauritania sin pasar por el Sáhara Occidental, un territorio ocupado ilegalmente por Marruecos desde 1975 tras la retirada española, y que sigue siendo el último enclave africano pendiente de descolonización. Al presentar esta zona como parte integral del «sur de Marruecos», la cinta perpetúa la narrativa oficial del régimen marroquí, ignorando el conflicto armado, el muro de separación marroquí –conocido como el mayor campo minado del mundo– y el exilio de miles de saharauis en campamentos de refugiados.

El director Óliver Laxe, quien ha rodado previamente en Marruecos y defiende que la película se inspira en «el dolor del mundo» y en problemáticas globales como la migración, ha reconocido en entrevistas que la historia se ambienta en la frontera entre Marruecos y Mauritania, en el contexto del conflicto por la independencia del Sáhara Occidental. No obstante, algunos críticos han calificado esta aproximación como una «mentira muy cómoda», argumentando que elementos específicos del filme, como el tren de hierro que conecta Zuerat con Nuadibú en Mauritania, solo son accesibles atravesando los Territorios Liberados del Sáhara Occidental. La omisión del nombre «Sáhara» y la ausencia de cualquier referencia al pueblo saharaui convierten la película en un ejercicio de blanqueo de la ocupación, priorizando el espectáculo visual sobre la realidad política.

Esta elección narrativa puede ser interpretada como un borrado deliberado, donde el show cinematográfico se superpone al conflicto real, contribuyendo a la invisibilización de la lucha saharaui por la autodeterminación. En contraste, promociones oficiales en medios marroquíes celebran el rodaje en el «desierto de Marruecos», reforzando la percepción de que el Sáhara Occidental es una extensión natural del territorio marroquí. Esta discrepancia resalta cómo Sirat, a pesar de su ambición universal, se enreda en las complejidades geopolíticas locales, asumiendo una posición que, para muchos, equivale a una complicidad silenciosa con el statu quo ocupante.

A pesar de la polémica, la Academia de Cine española seleccionó Sirat como representante nacional para los Oscar 2026 en la categoría de Mejor Película Internacional, lo que ha intensificado el debate sobre el papel del cine en la representación de conflictos olvidados. La película no solo invita a reflexionar sobre temas como la familia, la pérdida y la espiritualidad en entornos extremos, sino que también obliga a cuestionar cómo las narrativas artísticas pueden, intencionalmente o no, perpetuar injusticias históricas. En un mundo donde el Sáhara Occidental sigue esperando su referéndum de autodeterminación prometido por la ONU, obras como esta recuerdan la importancia de no borrar fronteras ni pueblos enteros en nombre del arte.

  

 

viernes, 23 de enero de 2026

El Imperio se hunde .

 

                                                                                                      


El matón del barrio

Estados Unidos, manotazo de ahogados y caída del imperio


En el año 2004, Philip Roth publicó La conjura contra América, una ucronía que planteaba que Franklin Delano Roosevelt perdía las elecciones de 1940 en manos del afamado aviador Charles Lindbergh —que fue el primer piloto que, en un vuelo solitario, unió Estados Unidos y Europa a través del océano Atlántico—. La genialidad del escritor estadounidense no solo se plasmó en su pluma, sino también en prestar atención a la historia de su país porque, efectivamente, Lindbergh se dedicó durante “los años previos a la Segunda Guerra Mundial a una activa campaña para ‘proteger a la raza blanca’ y para que Estados Unidos mantuviera una estricta neutralidad hacia la Alemania nazi”. Incluso recibió de manos de dicho régimen una medalla de manos de Hermann Göring, en representación de Adolf Hitler. Cuando la novela se publicó, algunos periodistas asociaron la figura del “héroe estadounidense” con George Bush hijo. Sin embargo, claramente una analogía más acertada es con el presidente Donald Trump (2017-2021 y 2025 a la fecha). Ambos comparten el discurso de America First y el uso de su estatus de celebridad para desmantelar consensos políticos previos.

Por ello, la conducta de Donald Trump asesinando a ciudadanos de otros países frente a las costas de Venezuela y Colombia, el ataque militar al primero de estos países, el despliegue de la Guardia Nacional y la persecución de inmigrantes en suelo estadounidense violando los derechos humanos parecen corroborar la asociación que algunos lectores han hecho con la obra de Philip Roth.

Pese a la repudiable y clara violación al derecho internacional que significaron las ejecuciones extrajudiciales, así como el secuestro de un gobernante extranjero, algunos académicos sostienen que estas reacciones ya han ocurrido anteriormente y que ahora, en el marco de la transición hegemónica, Estados Unidos percibe que “su primacía [es] amenazada” por China y, por ello, suspende y busca rediseñar “el orden internacional mediante la coerción, para luego restituirlo” y retornar a su rol de “hegemón benevolente”.

A nuestro criterio, Washington ha tenido una tendencia a lo largo de su historia a violar el derecho internacional en el mundo y, puntualmente, en su “patio trasero” a lo largo de décadas, naturalizándola, y que se ha intensificado entre fines del siglo XX y principios del siglo XXI, lo cual es un indicador de los primeros signos de debilitamiento imperial que había alertado Paul Kennedy en su obra Auge y caída de las grandes potencias en 1987. A estas señales de agotamiento de la sobreextensión hay que sumarle la erosión de su base económica [1] —tema que no abordaremos— y la degradación social.

El Estado matón

El concepto de “rogue State” ha tenido un lugar central en los análisis de política internacional de las últimas décadas. Este, como algunos otros —tales como “Estados fallidos” o “nuevas amenazas” —, no surgió en la literatura académica, sino en el discurso político y en las usinas de pensamiento de la política exterior estadounidense; y han sido reproducidos —salvo con algunas excepciones— de manera acrítica en los ámbitos académicos, especialmente de nuestros países.

Un primer antecedente se puede hallar en un discurso presidencial de Ronald Reagan (1981-1989) en la American Bar Association el 8 de julio de 1985. Allí identificó a países como Irán, Libia, Corea del Norte, Cuba y Nicaragua como Estados que actuaban al margen de la legalidad, promoviendo el terrorismo y desafiando las normas básicas del sistema internacional. En ese marco, la utilización de la expresión “outlaw State” tuvo una funcionalidad política destinada a deslegitimar a esos gobiernos y justificar políticas de contención, sanción o intervención indirecta. El 19 de junio de 1987, el Presidente estadounidense utilizó nuevamente esta acepción para referirse a Libia, criticando las acciones de este país en África del Norte.

Sin embargo, el punto de inflexión se produce durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) cuando su asesor de Seguridad Nacional, Anthony Lake, publicó el artículo “Confronting Backlash States” en la revista Foreign Affairs. En este escrito, el autor identifica a ciertos Estados que, lejos de integrarse al orden liberal emergente, reaccionaban contra él, desafiando activamente sus normas y valores. 

La Random Corporation incorporó dicho término a principios de los años ’90, como así también diversos documentos del gobierno de Bill Clinton. Asimismo, y según reseña Noam Chomsky en su libro Rogue States. The Rule of Force in World Affairs, el Comando Estratégico de Estados Unidos (STRATCOM)[2] elaboró un documento en 1995 denominado “Essentials of Post-Cold War Deterrence”, donde se refleja cómo “Estados Unidos trasladó su estrategia de disuasión de la extinta Unión Soviética a los llamados estados rebeldes como Irak, Libia, Cuba y Corea del Norte”.

Una de las formalizaciones más importantes y críticas [3] del concepto de “rogue States” la realizó Robert S. Litwak en su libro Rogue States and U.S. Foreign Policy: Containment after the Cold War [4]. En este, el autor sostiene que un «rogue State» no se define por su régimen político interno, sino por su comportamiento internacional. Por su parte, Elaine Bunn sostiene en su artículo “Pre-emptive Action: when, how and to what effect?” que “los ‘rogue States‘ son aquellos que brutalizan a su propio pueblo, no muestran respeto por el derecho internacional, amenazan a sus vecinos y están decididos a adquirir armas de destrucción masiva, patrocinan el terrorismo en todo el mundo y rechazan los valores humanos básicos”.

Pese a su utilización extendida en la bibliografía y en el diseño de las políticas exteriores de las potencias desde finales de la década de 1990, el concepto de “rogue State” ha sido criticado por diversos académicos que han cuestionado la supuesta irracionalidad atribuida a dichos Estados y que han señalado que este funciona como una etiqueta que impone una identidad, construida socialmente por actores dominantes, más que como una descripción objetiva de comportamientos. Por su parte, Noam Chomsky argumenta, en el libro que hemos citado, que en realidad son las potencias occidentales, especialmente Estados Unidos, quienes actúan como “rogue States” imponiendo su voluntad por la fuerza, y desatendiendo el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, en contraste con la percepción de la opinión pública, y estigmatiza selectivamente a Estados periféricos.

En efecto, y de acuerdo a un informe publicado por el Congressional Research Service (CRS) de Estados Unidos, este país se ha visto involucrado en 469 intervenciones militares entre 1798 y 2022, habiéndose producido 251 de ellas entre 1991 y 2022. Este cálculo es conservador [5] porque el CRS afirma que “la lista no incluye acciones encubiertas ni numerosos casos en los que fuerzas estadounidenses han estado estacionadas en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) como fuerzas de ocupación o para participar en organizaciones de seguridad mutua, acuerdos de base u operaciones rutinarias de asistencia o entrenamiento militar”; como así tampoco las “Guerras Indígenas” (1609-1924).

Fuente: Proyecto de Intervención Militar de la Universidad de Tufts
Fuente: Proyecto de Intervención Militar de la Universidad de Tufts.

Si excluimos la guerra de la Independencia (1775-1783), la guerra civil (1861-1865), la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Estados Unidos estuvo en guerra o realizó intervenciones militares durante 95 años de su historia aproximadamente (entre un 38 y un 40%); lo cual puede resultar engañoso porque si el cálculo se realiza a partir de la guerra hispano-estadounidense (1898), esa cifra se eleva a casi un 70%. Por otro lado, un documental de la Deutsche Welle sostiene que solamente en 50 años de su historia, este país no se encontró involucrado en un conflicto armado [6].

En síntesis, el repudiable ataque militar de Estados Unidos a Venezuela no es resultado de un reacomodamiento de la estrategia estadounidense frente a la amenaza china, sino un patrón de comportamiento de la superpotencia como “rogue State” que, al replegarse sobre su pretendida esfera de influencia, continúa actuando como el matón, como hizo, por ejemplo, con la Argentina en 1831 [7].

La descomposición interna

Ibn Jaldún concibe el Estado como una entidad construida social, política e históricamente que, por lo tanto, no dura eternamente. Por ello, el autor sostiene en Introducción a la historia universal que estos poseen un ciclo vital comparable al de los seres vivos: nacimiento, crecimiento, madurez y decadencia. Esto no es un accidente, sino una consecuencia estructural del desarrollo histórico. En la teoría de este autor, el concepto central es la “asabiyyah”, que puede ser definida como solidaridad de grupo. Así, los imperios nacen cuando un grupo humano con una fuerte “asabiyyah” conquista el poder. Sin embargo, esa misma conquista inicia el proceso de decadencia, ya que la vida urbana, el lujo, la corrupción y la concentración del poder debilitan progresivamente esa cohesión. 

Por otro lado, Polibio expone, en su clásica obra Historias, la teoría de la anaciclosis, que sostiene que existe un ciclo inevitable de degeneración de las formas de gobierno: estas se suceden de manera regular y cada una degenera debido a un vicio interno. No obstante, y a criterio de este autor romano, la decadencia imperial no es inevitable, pero sí recurrente si no existen mecanismos institucionales que limiten el poder. En este sentido, Polibio elogia la constitución mixta romana, que combina elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos, que pueden retrasar el proceso de corrupción.

Si bien los padres fundadores de Estados Unidos rechazaron explícitamente la conformación de una democracia como forma de gobierno [8] y optaron por el establecimiento de una república, inspirándose en el modelo romano. Lo que ha ocurrido a partir del despliegue de la Guardia Nacional y, más fuertemente, con las acciones de la U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), ha puesto en duda la continuidad de la joven democracia estadounidense nacida en 1965.

En efecto, durante estos breves días de enero hemos asistido a una sistemática violación de los derechos humanos, del “rule of law” y del “check and balance” y una degradación de la “asabiyyah” estadounidense.

En la ciudad de Minneapolis, el gobierno federal ha desplegado al menos 3.000 agentes de ICE para secuestrar “inmigrantes ilegales” y, para ello, allanan casas sin orden judicial y detienen personas al azar por su color de piel. Como consecuencia de estas acciones, el pasado 7 de enero fue asesinada, por un agente de ICE, Renné Nicole Good, de 37 años. Mientras la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kristi Noem, acusó “a Good de intentar atropellar a los agentes en ‘un acto de terrorismo doméstico’ [y] el Vicepresidente J.D. Vance la llamó ‘izquierdista desquiciada’”; el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, afirmó que el gobierno federal no está proporcionando seguridad en Estados Unidos, sino que están “generando caos y desconfianza”. Y agregó: «Están separando familias y en este caso, de manera literal, están matando personas (…) Tengo un mensaje para ICE: váyanse a la mierda de Minneapolis”. Pese a ello, el régimen de Trump está criminalizando a la víctima. Además, no investigar al agente de ICE “está causando estragos en la oficina del fiscal federal en Minnesota que encabeza la investigación [porque] al menos media docena de fiscales federales en Minnesota renunciaron en medio de crecientes tensiones entre autoridades estatales y federales”.

No ha sido la única violación a los derechos humanos en Estados Unidos. Sería muy largo enumerar cada una de ellas en solo 15 días de enero. Sin embargo, no podemos dejar de horrorizarnos ante las imágenes de agentes de la ICE sacando a los golpes de su auto a una mujer discapacitada que se dirigía al médico.

Hail Mary

Esta es una expresión que se origina en el “fútbol” americano y que es utilizada en el ámbito político para graficar que una determinada ley o acción política es un “manotazo de ahogado” para recuperar votantes. En esta situación se encuentra hoy el régimen de Washington en un contexto de transición hegemónica con China y frente a las elecciones de medio término que se realizarán en noviembre del presente año; las cuales, si resultan desfavorables para Donald Trump, podrían desembocar en el inicio de un juicio político con resultado incierto para el sistema político estadounidense, si tenemos presente la utilización de la Guardia Nacional, de la ICE y el antecedente del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, por el cual se intentó impedir que Joe Biden asumiera su presidencia.

Sin embargo, este potencial escenario no es el más preocupante. Jack Levy sostiene en Declining power and the preventing motivation for war que “existen algunos desacuerdos entre los académicos en cuanto al mecanismo causal por el cual las transiciones de poder [como la que está ocurriendo en la actualidad] conducen a una guerra. [Algunos] argumentan que el débil y competidor en ascenso inicia la guerra contra el poder dominante”. Sin embargo, este autor teoriza que “el poder dominante inicia acciones preventivas para bloquear al competidor en ascenso”. Es decir, que la potencia todavía dominante, pero en un proceso de declinación relativa, tiene una “motivación preventiva” para iniciar una guerra. En este sentido, y siguiendo la calificación de Luciano Anzelini, se puede hipotetizar que, a medida que aumente el declive relativo de Estados Unidos, este actuará como un “Estado matón” ya no en el mundo, sino en sus Estados vecinos, como una acción “Hail Mary” para conservar los accesos a los recursos estratégicos que le permitan mantener el statu quo.

Frente a este escenario potencial, algunos autores cercanos al gobierno, académicos intelectualmente honestos, “colaboradores de la periferia” e incluso dentro del peronismo proponen un alineamiento con Estados Unidos. En cuanto a los segundos, recientemente en el ámbito del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, y alejándose de las últimas recomendaciones de Carlos Escudé, se propone “aceptar pragmáticamente la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio como condicionante estructural, para garantizar estabilidad; pero sin renunciar de manera activa a principios como el multilateralismo, la democracia y la soberanía”. Esto resulta claramente un oxímoron: la aceptación del liderazgo de Estados Unidos es contrario —como lo ha sido a lo largo de su relación con América Latina— a la defensa de la democracia, los derechos humanos, el multilateralismo, la soberanía, así como al desarrollo de nuestro país. No se trata de enfrentar absurdamente a Estados Unidos, sino de diseñar una política exterior realista que esté guiada por los intereses vitales y estratégicos de la República Argentina. Por ello, resulta inconcebible que en un documento de este tipo no se mencionen las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, y sus espacios marítimos recurrentes, a la Antártida y al desarrollo sostenible, el cual es impensable sin inversión en “ladrillos”, en ciencia y tecnología y educación y alineándose —como ya ocurrió en los años ’90 del siglo XX— con una potencia con la cual no se es complementaria económicamente y que ha recurrido, recurre y recurrirá a los palos económicos y militares para evitar que los “bárbaros” invadan la “Nueva Roma”.

Notas:

[1] Paul Kennedy sostiene que la sobreexpansión imperial es la que erosiona la base económica y termina provocando la caída de los imperios.
[2] Responsable del arsenal nuclear estratégico.
[3] Este autor considera que este concepto limita las opciones de política exterior de Estados Unidos y que se necesitaba un enfoque de contención más matizado y específico para cada Estado.
[4] Ver también Rogue States. A Guide to the World’s Only Superpower de William Blum.
[5] El Proyecto de Intervención Militar del Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad Tufts ha documentado aún más intromisión extranjera: ‘Estados Unidos ha llevado a cabo más de 500 intervenciones militares internacionales desde 1776, de las cuales casi el 60 % se llevaron a cabo entre 1950 y 2017 (…) Es más, más de un tercio de estas misiones tuvieron lugar después de 1999’”.
[6] Otro documento muy interesante es el libro Killing Hope: U.S. Military and CIA Interventions Since World War II de William Blum.
[7] A esta intervención militar directa sobre Puerto Soledad en las Islas Malvinas, hay que agregar las operaciones de inteligencia en apoyo a algunos de los golpes de Estado que ocurrieron en nuestro país.
[8] Hamilton, A.; Madison, J. & Jay, A. (2004 [1788]). El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, p. 32-41.

Fuente: https://www.elcohetealaluna.com/el-maton-del-barrio/

miércoles, 21 de enero de 2026

La lógica de la economía fascista .

Comprender la lógica de la economía fascista


 

En un texto recientemente traducido al francés, el filósofo alemán Alfred Sohn-Rethel describe el mecanismo mediante el cual los nazis, aprovechando la crisis económica, implantaron un tipo de economía particular que conducía inevitablemente a la guerra y la violencia.

El auge de la extrema derecha en Occidente nos lleva necesariamente a examinar las condiciones que propiciaron la victoria del fascismo en la década de 1930. Desde este punto de vista, una obra recientemente reeditada en francés por la editorial La Tempête con el título Industrie et national-socialisme, de Alfred Sohn-Rethel, aporta una contribución original y decisiva a la toma del poder por los nazis en Alemania en 1933.

Alfred Sohn-Rethel es un personaje original. Fallecido a los 91 años en 1990, nació en Neuilly-sur-Seine (Hauts-de-Seine) en el seno de una familia de la alta burguesía alemana y fue economista y filósofo marxista, cercano durante un tiempo a la Escuela de Fráncfort. Durante sus numerosas peregrinaciones profesionales, a principios de la década de 1930 aterrizó en un think tank patronal, el Mitteleuropäischer Wirtschaftstag (MWT). Allí ocupó un puesto privilegiado para observar el comportamiento de los capitalistas alemanes durante los años treinta. Y fue allí donde tomó las notas que conformarían el cuerpo de este texto.

En 1936, se vio obligado a abandonar Alemania, a donde no volvería hasta treinta y seis años después. Es entonces, en 1973, cuando aparece, sin la autorización del autor, una primera versión del texto bajo el título Ökonomie und Klassenstruktur des deutschen Faschismus («Economía y estructura de clases del fascismo alemán»). Pero habrá que esperar hasta 2016 para disponer de una edición crítica y completa del texto.

Sohn-Rethel se mantuvo prudente con este texto que, es cierto, contradecía la narrativa construida por la izquierda alemana, que veía en el nazismo, como en el fascismo en general, un «último recurso» de la clase capitalista en general. El enfoque de Sohn-Rethel es más preciso y más cercano al de Marx en Las luchas de clases en Francia (1850): examina los intereses de los diferentes grupos sociales en relación con el estado de la acumulación. Y las estrategias, a veces contradictorias, que se derivan de ello.

Sectores económicos devastados

Así, cuando la crisis de 1929 golpea a Alemania con una violencia sin precedentes, proporcional a su dependencia de los flujos de crédito procedentes de Estados Unidos, el capital local se divide en dos grandes grupos. Por un lado, la parte aún rentable del capital, la que podríamos llamar «sana» desde un punto de vista puramente económico, basada en la industria exportadora surgida de la «segunda revolución industrial», la de la electricidad y el motor de explosión.

Se trata de los grandes grupos exportadores como Siemens o IG Farben. Su interés es claro: hay que defender a toda costa la competitividad externa del país mediante una política de deflación que permita tanto sostener la moneda como reducir los costes. Esta es precisamente la política que lleva a cabo el canciller Heinrich Brüning a partir de 1930: al comprimir la demanda interna, se favorecen las exportaciones y la acumulación en estos sectores. Es lo que Sohn-Rethel denomina el «campo de Brüning».

Pero el capitalismo alemán no se limita a estos sectores. La crisis devastó a los más dependientes de la demanda interna y menos eficaces en los mercados externos. Desde el comercio hasta la agricultura, pasando por las antiguas industrias metalúrgicas de la «primera revolución industrial», estos sectores son numerosos y han quedado devastados por la lógica de Brüning, que reduce la demanda interna y mantiene un marco fuerte. Son estos sectores los que apoyarán una alternativa nacionalista a la gestión del capitalismo alemán y favorecerán, en 1930, el «frente de Harzburg» entre el magnate de los medios de comunicación de extrema derecha Alfred Hugenberg y los nazis de Hitler. Es este sector el que Sohn-Rethel denomina «el campo del frente de Harzburg».

En este campo, los intereses son relativamente distintos, pero pueden resumirse en dos grandes temas. En primer lugar, una hostilidad hacia el mercado, en el que estos sectores son sistemáticamente perdedores. Para sobrevivir, deben evitar enfrentarse a la competencia. En segundo lugar, la incapacidad de estos sectores para obtener beneficios gracias a las ganancias de productividad, lo que Marx denomina «plusvalía relativa». Por lo tanto, necesitan una organización social y económica que les permita sobrevivir mediante la «plusvalía absoluta», es decir, mediante la reducción del salario real asociada a una tasa de beneficio necesariamente más baja.

Un modelo plagado de contradicciones

Estas dos exigencias constituirán la base de la economía nazi. Durante los tres primeros años de la década, el partido de Hitler se convierte en el representante de lo que Sohn-Rethel denomina «capitalismo fallido». Según el autor, este capitalismo busca volver a una forma primitiva de acumulación, en la que el Estado desempeña un papel central. Su análisis es, por tanto, muy diferente al de la izquierda de la época (y, en gran parte, al de la actual), que veía en el fascismo el medio para que el capital se recuperara. Por el contrario, para Sohn-Rethel, la economía fascista pretende convertir la gestión de la ruina en el modo normal de gestión del capital. Y este análisis, como veremos, es esencial para comprender su evolución.

En un primer momento, la política llevada a cabo por Brüning con el apoyo tácito de los socialdemócratas en interés de los sectores exportadores es un desastre. La presión ejercida sobre la demanda interna agrava la crisis, que se reaviva en 1931 con el colapso del sistema bancario y la devaluación de la libra, lo que ejerce una nueva presión sobre la competitividad alemana. La austeridad de Brüning es una política desesperada que impide cualquier recuperación seria de la economía en su conjunto.

En estas condiciones, el año 1932 supuso la inevitable derrota del «campo de Brüning». La alianza entre los comerciantes, la siderurgia y los terratenientes condujo a principios de 1933 al nombramiento de Hitler como canciller, lo que hizo que Paul von Hindenburg, presidente del Reich, se decantara a favor de los nazis.

Las modalidades políticas de este cambio son descritas en detalle por Johann Chapoutot (autor del prefacio de esta edición francesa) en su obra Les Irresponsables. Qui a porté Hitler au pouvoir ? (Gallimard, 2025). Y desde el principio, los nazis pusieron en marcha el programa de gestión de la economía en ruinas. En un primer momento, con éxito.

Para reducir la exposición a los mercados internacionales, se establece una autarquía aparente, basada en la creación de un hinterland en Europa Central. En concreto, las importaciones, especialmente las agrícolas, se reducen y se concentran en una red de países «amigos» o vasallos de Europa Central.

Para favorecer el valor añadido absoluto, los salarios se mantienen bajos. Pero el nuevo centro de la economía alemana se encuentra entonces en la industria del rearme. Es esta la que ya relanza un ciclo de inversiones y beneficios en todos los sectores devastados por la crisis. Pero en esta primera fase en la que, según las palabras de Sohn-Rethel, «el fascismo se había vuelto rentable» y había intentado borrar los efectos de 1929, las industrias del bando de Brüning seguían desempeñando un papel importante al aportar las divisas necesarias para la política monetaria llevada a cabo por Hjalmar Schacht, que había vuelto a la cabeza del Reichsbank.

Sin embargo, este modelo económico estaba plagado de contradicciones. La demanda interna no podía basarse de forma duradera en el consumo, porque la industria rentable debía concentrarse en las exportaciones y la plusvalía absoluta suponía necesariamente salarios bajos. A cambio, el apoyo que los sectores exportadores aportaban a este sistema solo podía ser provisional, ya que la autarquía y la inflación socavaban las bases de sus negocios. Por último, si bien la agricultura alemana podía alegrarse de haberse liberado de la competencia mundial, el precio a pagar era una productividad tan baja que, a partir de 1936, la crisis alimentaria amenazó al país.

La huida hacia adelante en la violencia

Este conjunto de contradicciones solo tenía una salida: la intensificación de la producción de armamento, que permitía reactivar la inversión integrando progresivamente a los sectores exportadores. Esta huida hacia adelante se materializó con el traspaso del control de la economía a manos de Göring y la progresiva marginación de Schacht, así como con la transición en 1938 al segundo plan cuatrienal.

Para Sohn-Rethel, la industria de defensa es la esencia misma de la economía fascista basada en las ruinas: es una producción que no tiene otra finalidad que sí misma y no está destinada a ninguna otra validación social que la del Estado. Una economía centrada en el rearme se libera así del mercado y de la demanda. Y es por eso que se convertirá en el medio generalizado para salir de la crisis utilizado por todo el mundo desarrollado.

La contribución de Sohn-Rethel aquí es mostrar que el rearme no es solo el producto del nacionalismo agitado por el fascismo, sino también la consecuencia de la base material que lo llevó al poder. «El hecho de que una acumulación de capital basada en tal producción de plusvalía absoluta ya no pueda producir bienes de inversión económicamente productivos, sino solo productos que no satisfacen ninguna necesidad de consumo, es decir, material bélico, es inherente a la cosa», precisa.

Al renunciar a la posibilidad de ganancias de productividad, pero manteniendo la exigencia de acumulación capitalista, la economía fascista solo puede producir bienes cuya función es permitir una expansión basada en el uso de la fuerza. Este uso se generaliza: hay que explotar con la mayor brutalidad la fuerza de trabajo para extraer al máximo esa famosa plusvalía, pero también captar por la fuerza los recursos que el mercado se niega a dar. «Este sistema sustituye la función económica del capital por la fuerza bruta», resume Sohn-Rethel.

A finales de 1938, la lógica se cierra. Faltan divisas y la Alemania nazi tiene entonces dos opciones. Por un lado, volver atrás hacia una economía civil centrada en la exportación. Por otro, asumir claramente la creación de una economía de guerra tomando por las armas lo que Alemania necesita. Pero, como señala el autor, ya no era posible dar marcha atrás. La política de Brüning ya había demostrado los límites de este intento que, en 1938, parecía aún menos posible dada la integración de los sectores rentables en la lógica fascista.

La lógica de la guerra era, por tanto, absolutamente racional en el modelo de capitalismo implantado por los nazis a partir de 1933. Privada progresivamente de financiación y de productos alimenticios, Alemania decide lógicamente embarcarse en un proyecto de depredación a gran escala de toda Europa, sumiendo al mundo en el horror.

La actualidad del texto

La precisión y la documentación del texto de Alfred Sohn-Rethel permiten hacer más complejo, pero también aclarar, el vínculo entre economía y fascismo. El fascismo ya no es simplemente un salvavidas para el capital, sino un modo particular de gestión capitalista que se apoya en los sectores deficientes de la economía. En esta lógica, la violencia no es un medio, sino un fin en sí mismo, porque es el medio para mantener la acumulación. La «fuerza bruta» se convierte en la base de la producción y de la validación social de esa misma producción.

La lectura de este libro nos lleva inevitablemente a nuestra época. El fracaso político y económico de los neoliberales ha enfrentado a una parte del capital que intenta encontrar una alternativa en la extrema derecha. Esta parte del capital recuerda a la heterogénea alianza del «campo de Harzburg»: en ella se encuentran tanto los sectores poco productivos y poco competitivos, como las empresas zombis dependientes del Estado y los sectores rentistas de la economía, desde las finanzas hasta la tecnología. Todos ellos tienen la particularidad de querer escapar del mercado, solicitar la protección del Estado y depender de salarios bajos.

La aparición de una lógica de «bloques» geopolíticos y de una solución «militar» a la debilidad del crecimiento que acompaña a este movimiento confiere al libro de Sohn-Rethel una relevancia muy especial. La extrema derecha occidental propone una solución violenta, tanto para resolver los «desórdenes internos» como para afirmar la «grandeza» exterior. Pero detrás de las manipulaciones políticas y los discursos de odio, también hay una lógica económica, la de un capitalismo mundial que nunca se ha recuperado realmente de la crisis de 2008.

Esta situación ha abierto una fractura en el seno del capital, antes unido en torno al proyecto de globalización y «reformas» de los neoliberales. Y es en esta fractura donde se inscribe la monstruosidad fascista. Una vez instalada, organiza la economía de tal manera que dar marcha atrás se hace cada vez más difícil. La única opción, entonces, es la huida hacia adelante hacia la violencia. Esta irreversibilidad es aún más evidente hoy en día, cuando los propios poderes neoliberales se han convertido a la lógica de la soberanía y la violencia.

En este sentido, la lectura del ensayo de Alfred Sohn-Rethel es indispensable, pero también inquietante. Porque la historia nunca se repite de forma idéntica, sino según esquemas análogos. Y la propia distancia que nos separa de los hechos relatados en este texto es preocupante. Detrás de las nuevas formas que adopta la lógica de la economía de las ruinas, son la depredación y la violencia las que se imponen en el corazón de la lógica económica del capital.

Romaric Godin es periodista desde 2000. Se incorporó a La Tribune en 2002 en su página web, luego en el departamento de mercados. Corresponsal en Alemania desde Frankfurt entre 2008 y 2011, fue redactor jefe adjunto del departamento de macroeconomía a cargo de Europa hasta 2017. Se incorporó a Mediapart en mayo de 2017, donde sigue la macroeconomía, en particular la francesa. Ha publicado, entre otros, La monnaie pourra-t-elle changer le monde Vers une économie écologique et solidaire, 10/18, 2022 y La guerre sociale en France. Aux sources économiques de la démocratie autoritaire, La Découverte, 2019.

Texto original: https://www.mediapart.fr/journal/economie-et-social/030126/comprendre-la-logique-de-l-economie-fasciste

Traducción: Antoni Soy Casals

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/comprender-la-logica-de-la-economia-fascista