miércoles, 31 de diciembre de 2025

Esto no es una guerra es un genocidio .

 

Vergüenza para la ONU por ratificar un genocidio


Fuentes: Voces del Mundo [Foto de Nathaniel St. Clair]


Tras el 7 de octubre

A lo largo de este período se ha cuestionado la competencia de la ONU frente al genocidio ante la conciencia de que se negaba a respetar las sentencias de los principales tribunales internacionales (la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional). Pero es necesario comprender mejor que, cuando se fundó la ONU hace 80 años, la Carta otorgó la última palabra en cuestiones de seguridad mundial a los cinco Estados vencedores de la Segunda Guerra Mundial, y no al derecho internacional, como creían sus más fervientes defensores. Con una intención muy clara, a pesar de la prioridad otorgada a la prevención de la guerra en el preámbulo de la Carta, se privó a la Organización de la capacidad de actuar de forma coercitiva contra la agresión, el apartheid y el genocidio. En cambio, a los vencedores (es decir, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad) de la guerra contra el fascismo que había concluido recientemente se les concedió también un derecho de veto que equivalía a un derecho ilimitado de cualquiera de los cinco en el único órgano político de la ONU con autoridad para tomar decisiones vinculantes, y esta disposición implicó no solo la posibilidad de excluirse de las decisiones contrarias a su voluntad, sino también la de impedir que el Consejo de Seguridad actuara aunque los otros 14 miembros votaran unánimemente a favor de la decisión. En la práctica esto significó que las perspectivas de paz y seguridad en situaciones de conflicto grave quedaban en manos de los cálculos geopolíticos y las alianzas de estos cinco miembros más poderosos y peligrosos de la nueva organización.

Durante la Guerra Fría, que prevaleció entre 1945 y 1991, la parálisis de la ONU en relación con la gestión de la seguridad mundial se debió principalmente a la prudencia de que hicieron gala las opuestas alianzas de las fuerzas de la OTAN lideradas por Estados Unidos, por un lado, y de las fuerzas de Varsovia lideradas por la Unión Soviética, por otro, divididas por la rivalidad ideológica y estratégica. La ONU se contentó con ser un espectador o un escenario de denuncias propagandísticas opuestas en lo que respecta a la guerra de Vietnam, las intervenciones de Moscú en Europa del Este y otros escenarios de conflictos violentos que afectaban a los intereses estratégicos de los cinco permanentes (5P). Esto se debió en parte al marco constitucional de la ONU, pero también reflejó la falta de voluntad de muchos países líderes para diluir su soberanía en lo que respecta a la seguridad nacional. Esta negativa se ilustró de forma dramática con el rechazo del desarme nuclear y la preferencia por la disuasión, lo que puso de manifiesto la orientación militarista de las élites de la política exterior de los gobiernos líderes. Combina una versión militarizada del poder duro de la seguridad global con las ambiciones estratégicas de los 5P de reinventar la dominación occidental en un periodo de colapso del colonialismo europeo.

En este contexto, el papel de la ONU, aunque decepcionante, no resultaba sorprendente, dados los fuertes lazos entre el Occidente blanco e Israel en este enfrentamiento con una Palestina de mayoría musulmana en la estratégicamente importante región de Oriente Medio. Esto dotó a la lucha de una dimensión intercivilizacional, al tiempo que supuso un desafío para la hegemonía occidental en relación con las reservas energéticas, la venta de armas y, en general, el comercio y la inversión. Esta línea de interpretación se vio acentuada por Hamás, una organización antioccidental y de orientación religiosa, una entidad no estatal que los medios de comunicación occidentales y la propaganda estatal caracterizaron como nada menos que una organización terrorista. Esta postura ignoró la victoria política de Hamás en las elecciones de 2006, supervisadas internacionalmente, y su papel como centro de la resistencia palestina, con base legal, ante una ocupación israelí que violaba sistemáticamente las normas jurídicas humanitarias internacionales establecidas en el IV Convenio de Ginebra de 1949, que regula la «ocupación beligerante». Los miembros de la ONU cómplices de Israel han apoyado el genocidio en Gaza durante dos años, y si han retirado de alguna forma su apoyo se ha debido principalmente al aumento de las protestas públicas en sus países, ya que Israel ha excedido todos los límites de la ley y la moral al persistir en su campaña genocida. Cabe destacar que, el 19 de julio de 2024, la CIJ, por votación casi unánime, declaró ilegal la ocupación israelí de Gaza y Cisjordania (e incluso de Jerusalén Este), decretando su retirada, un resultado que la Asamblea General apoyó formalmente y que, como cabía esperar, Israel y su grupo de apoyo ignoraron.

Esta agenda política explica que en el Consejo de Seguridad se vetaran las seis iniciativas de alto el fuego, junto con el fracaso de los Estados cómplices, sobre todo Estados Unidos, a la hora de utilizar la influencia de su poder blando para inducir a Israel a detener su embestida sobre Gaza y satisfacer las legítimas reivindicaciones del pueblo palestino. Esa voluntad se ha visto inhibida por el realismo político adherido a la era prenuclear, los intereses especiales de las industrias armamentísticas y una burocracia gubernamental largamente militarizada.

La vergonzosa respuesta de la ONU al plan de Trump

En mi opinión, los 15 miembros del Consejo de Seguridad votaron vergonzosamente por unanimidad a favor del proyecto de resolución de Estados Unidos, adoptado como Resolución 2803 del Consejo de Seguridad el 17 de noviembre de 2025, que respalda el plan de Trump para la estabilización de Gaza. El plan surgió con la aprobación de Israel y se dio a conocer, de manera significativa, durante una visita de Netanyahu a la Casa Blanca en una conferencia de prensa conjunta. La característica fundamental del plan era recompensar a los autores de un prolongado genocidio, precedido de apartheid y que ha convertido Gaza en un páramo. En la resolución no sólo no se hacía referencia al desafío de Israel a las sentencias de la Corte Internacional de Justicia, las resoluciones de la Asamblea General o las evaluaciones de académicos independientes sobre el genocidio. Ni Israel, ni Estados Unidos, ni los demás Estados cómplices se han visto obligados a pagar indemnizaciones por los daños ilegales causados en Gaza, sino que esta cuestión se dejó en manos de las fuerzas combinadas del capitalismo buitre, que operaba libremente como si la reconstrucción de Gaza fuera una empresa inmobiliaria, y de las contribuciones monetarias de los gobiernos árabes.

En este proceso, no solo se impuso el marco diplomático a los palestinos, sino que se aceptó a Estados Unidos como el «pacificador» legítimo, a pesar de que colaboraba abiertamente con Israel en la redacción del plan y excluía deliberadamente la participación palestina. De hecho, el Gobierno de los Estados Unidos llegó incluso a denegar visados a cualquier delegado de la Autoridad Palestina que quisiera asistir a la reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas o participar de cualquier otra forma en los procedimientos de las Naciones Unidas que determinaban el futuro de Palestina. Esto hace que la resolución sea un paso atrás frente al objetivo de lograr una serie de acuerdos para un futuro pacífico y justo, elaborados con la participación de una representación palestina adecuada y dedicados a una paz justa y duradera.

En cambio, la resolución 2803 del Consejo de Seguridad, si se considera en su conjunto, exime indirectamente a los culpables de su comportamiento pasado, llevando la impunidad al extremo. Más allá de esto, la 2803 reconoce visiblemente el control total de Estados Unidos sobre los actuales esfuerzos diplomáticos para sustituir la violencia israelí desenfrenada por un alto el fuego que Israel ignora a su antojo. El sangriento resultado ha sido cientos de violaciones letales del alto el fuego que, según estimaciones del Ministerio de Salud de Gaza, han causado hasta ahora la muerte de más de 400 palestinos, sin que Israel recibido reproche alguno de Washington por abusar así del acuerdo de alto el fuego.

En cuanto al futuro, la resolución 2803 respalda un acuerdo colonialista de transición que se hace realidad gracias a una Junta de Paz, presidida, por supuesto, por Donald Trump, y que aporta estabilidad a Gaza mediante la creación de una Fuerza Internacional de Estabilización formada por las contribuciones de tropas de los miembros de la ONU que respaldan el plan. Estados Unidos ha reconocido descaradamente sus propios objetivos transaccionales al prometer 112.000 millones de dólares para reconstruir Gaza como centro mundial de comercio, inversión y turismo. La gobernanza de Gaza se deja en parte en manos de Israel, que parece reclamar una presencia permanente de seguridad en el norte de Gaza, por encima de la llamada línea amarilla.

Dada la forma tan dudosa de aliviar la catástrofe de Gaza en esta fase tan tardía, ¿cómo podemos explicar el amplio apoyo internacional y la desaparición de la oposición en el Consejo de Seguridad? Los cinco miembros del Consejo de Seguridad del Sur Global (Argelia, Somalia, Guyana, Sierra Leona y Panamá) hicieron algunos comentarios críticos sobre la resolución 2803 durante el debate formal que precedió a la votación, centrándose en su vaguedad en cuanto a detalles cruciales e incluso en su parcialidad, pero todos acabaron votando a favor. ¿Reflejó esa votación un acuerdo genuino o, más probablemente, fue una votación que reconoció la primacía geopolítica en lo que respecta a la gestión de la seguridad mundial? ¿Y por qué Indonesia y Pakistán, países de mayoría musulmana, aunque no son miembros del Consejo de Seguridad, se esforzaron por expresar su aprobación de la vía del 2803 hacia el futuro? Más comprensible fue la aprobación expresada por la Unión Europea, que volvió a servir como recordatorio de que el trato que Israel da a los palestinos forma parte del largo juego civilizatorio judeocristiano de mantener la hegemonía en Oriente Medio.

Igual de preocupante fue el respaldo a la resolución 2803 por parte del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, quien no sólo la acogió con satisfacción, sino que expresó su esperanza de que su impulso se tradujera en «medidas concretas». Afortunadamente, la relatora especial de la ONU sobre los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, expresó su «grave preocupación por la adopción de la resolución 2803 por parte del Consejo de Seguridad, advirtiendo que va en contra del derecho palestino a la autodeterminación, consolida la presencia ilegal de Israel en los territorios palestinos ocupados, incluidas las políticas y prácticas ilegales en curso, y, por lo tanto, corre el riesgo de legitimar la violencia masiva actual».  De manera reveladora, Albanese pronunció la verdad de estas palabras ante el poder después de soportar las sanciones punitivas impuestas en julio por su valiente disposición a dar testimonio oficial de lo que se estaba volviendo demasiado evidente a los ojos y oídos de los pueblos del mundo. Resulta irónico que la respuesta de la ONU a la 2803 se haya visto en cierto modo rescatada de la mancha de la complicidad por una persona designada sin remuneración y no sujeta a la disciplina de la ONU. Sus palabras coinciden con las de Craig Mokhiber, quien dimitió de un alto cargo en la ONU por su incapacidad para tratar de forma responsable las reivindicaciones palestinas y que, en los últimos años, se ha convertido en el crítico más informado e incisivo del enfoque de la ONU, reforzando la franqueza de Albanese en nombre de la ley y la justicia con respecto a las reivindicaciones y los derechos palestinos, pero el propio enfoque transaccional de la Organización chocó entre los imperativos geopolíticos y el cumplimiento de la Carta de las Naciones Unidas.

También resulta extraño que Rusia y China, aunque expresaron algunas críticas durante el debate, no utilizaran su derecho de veto para bloquear la aprobación de la resolución 2803, especialmente teniendo en cuenta el frecuente uso del veto por parte de Estados Unidos en favor de Israel y considerando los principios que estaban en juego. Es probable que les impresionara la aceptación por parte de Hamás del enfoque general y no quisieran ser vistos como los responsables del fracaso del Plan Trump, lo que sin duda habría significado el fin del ya deteriorado alto el fuego. Además, tanto China como Rusia parecen considerar que la estabilidad mundial depende de un cierto grado de reciprocidad geopolítica en relación con sus relaciones trilaterales. En este sentido limitado, Trump parece estar más de acuerdo con la idea de que las relaciones de cooperación con estos dos países aportarían estabilidad y beneficios transaccionales que el enfoque de Biden de luchar contra Rusia a través de Ucrania para preservar el dominio estadounidense tras la Guerra Fría, una vía que aumentaba el riesgo de una tercera guerra mundial con armas nucleares, lo que habría prolongado la guerra de Ucrania con numerosas víctimas en ambos bandos. El enfoque de Trump, aunque frágil debido a su estilo voluble, hacía hincapié en la estabilidad geopolítica si ello significaba aceptar esferas de influencia que comprometían la soberanía de los Estados más pequeños e incluso, como en este caso, pasar por alto el genocidio.

El rechazo de la resolución 2803 por parte de Hamás no fue del todo una sorpresa. No explica por qué Hamás aceptó la diplomacia de Trump en un principio, salvo por las perspectivas de alto el fuego y retirada de las Fuerzas de Defensa de Israel. La aceptación de Hamás se extendió a todo el plan de Trump, pero con esta postura en contra de la resolución 2803 y su anunciada negativa a desarmarse, ahora puede ser la base de un compromiso mejor o, al menos, un punto muerto en busca de nuevos progresos. Hamás e Irán, el otro crítico vocal de la resolución, también están reaccionando sin duda a la ausencia por parte de Israel de cualquier voluntad de mostrar signos de adoptar una política de reconciliación, ni de respetar concienzudamente el alto el fuego inicial, la retirada parcial y el fin de las rígidas restricciones a la ayuda humanitaria. El hecho de que Israel no haya mostrado piedad alguna hacia una población que vive sin calefacción, sin refugios seguros y sin alimentos y suministros médicos adecuados transmite el escalofriante mensaje de que Israel ni siquiera ha considerado abandonar sus ambiciones expansionistas, que incluyen una mayor limpieza étnica en Gaza y un aumento del crecimiento de los asentamientos en Cisjordania.

El representante estadounidense insistió en que «un voto en contra de esta resolución es un voto a favor de volver a la guerra», lo cual formaba parte del enfoque de Trump de «o lo tomas o lo dejas». Tampoco es de extrañar que Netanyahu aplaudiera el respaldo a la resolución 2803 declarando que «el plan del presidente Trump conducirá a la paz y la prosperidad porque insiste en la desmilitarización total, el desarme y la desradicalización de Gaza». Tampoco es sorprendente que Francia y el Reino Unido endulzaran su respaldo al plan de Trump con declaraciones verbales de apoyo condicional a la eventual creación de un Estado palestino, tal y como se afirma en su patrocinio de la Declaración de Nueva York, que prevé la futura representación palestina bajo la autoridad de una Autoridad Palestina (AP) reconstituida, creada a su vez por la diplomacia dominada por Estados Unidos e Israel, que ha eludido la autodeterminación palestina, pero que ahora se está reutilizando para aplicar el plan de Trump. El apoyo anunciado por la AP a la resolución 2803 es una medida calculada para convencer a Israel y a Estados Unidos de que se puede contar con ella para seguir su escenario de estabilización, a pesar de su rechazo a las reivindicaciones palestinas y su negación del derecho de Palestina a la autodeterminación. Ofrecer estas migajas a la AP, al tiempo que se descalifica a Hamás de cualquier papel en la representación del pueblo palestino, es emblemático de la siguiente fase del juego final sionista, que implica la rendición política de Palestina y la eliminación de Hamás y de la resistencia palestina.

Observaciones finales

Las maniobras de los Estados, que siguen sus propios intereses en lugar de los valores supuestamente compartidos asociados con la Carta de las Naciones Unidas y el estado de derecho internacional, son lo que cabe esperar dada la historia de las relaciones internacionales y la orientación política realista de la mayoría de las élites de política exterior. No obstante, es lamentable, dada la flagrante indiferencia hacia la justicia y los derechos que impregna el Plan Trump y el poder diplomático y militar de que dispone Estados Unidos. No augura nada bueno para afrontar otros retos del orden mundial, como el cambio climático, los flujos migratorios, la estabilidad ecológica, una distribución menos desigual de la riqueza y los ingresos entre las personas, los Estados y las regiones, así como un compromiso más firme con los modos pacíficos de resolución de conflictos.

Esta saga de la 2803 es especialmente desafortunada porque demuestra que la gestión geopolítica de la seguridad mundial va más allá del poder de veto de los cinco miembros permanentes. En aras de la estabilidad, la sede de la ONU acepta implícitamente el genocidio israelí en una medida indecorosa al respaldar por unanimidad un futuro neocolonialista para Gaza y la impunidad para Israel y sus cómplices. Simbólico de esta indecorosa sumisión de la ONU y sus miembros es el respaldo a la resolución 2803 por parte del líder de la ONU, una persona declarada persona non grata por Israel hace más de un año. El insultante rechazo de Israel a la ONU como «un pozo negro de antisemitismo» y similares debería haber llevado al menos al secretario general de la Organización a responder con un silencio sepulcral a la resolución 2803, en lugar de arrodillarse en señal de sumisión. Esto envía un mensaje vergonzoso al mundo de que, desde la perspectiva de la ONU, ni siquiera el genocidio descalifica a un Estado para recibir recompensas diplomáticas y territoriales, siempre y cuando los actores geopolíticos o los 5P sigan a bordo. En efecto, la dinámica de la política de poder sigue haciendo historia, a pesar de las desastrosas consecuencias.

Richard Falk es Catedrático Emérito de Derecho Internacional Albert G. Milbank de la Universidad de Princeton, Catedrático de Derecho Global de la Universidad Queen Mary de Londres e Investigador Asociado del Centro Orfalea de Estudios Globales de la UCSB.

Texto en inglés: CounterPunch.org, traducido por Sinfo Fernández.

Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2025/12/30/verguenza-para-la-onu-por-ratificar-un-genocidio/

martes, 30 de diciembre de 2025

Lo que Occidente debería aprender de China .

 

China está aquí para liderar, no solo para quedarse

 

Fuentes: Sin permiso

El gran ajuste de cuentas: lo que Occidente debería aprender de China

El mundo se siente inestable, como si la propia historia estuviera cambiando de ritmo. Los hitos familiares de la era moderna se están difuminando, desvaneciéndose, y las historias que una vez nos contamos a nosotros mismos sobre el progreso y el poder ya no se ajustan claramente al terreno que tenemos ante nosotros. Lo que estamos viviendo parece, con cada nuevo día, menos un reajuste pasajero del poder, menos una realineación momentánea de las naciones. Percibimos algo más profundo y duradero: una transformación cuyos contornos apenas estamos empezando a discernir. La historia ya no se siente como algo que se desarrolla detrás de nosotros, sino como algo que se precipita hacia nosotros, urgente e imposible de ignorar.

El historiador económico Adam Tooze, reflexionando sobre su reciente y intensa relación con China, me lo expresó en julio con su característica franqueza: «China no es solo un problema analítico», dijo. Es «la llave maestra para comprender la modernidad». Tooze calificó a China como «el mayor laboratorio de modernizaciones organizadas que ha existido o existirá jamás a este nivel [de] organización». Es un lugar donde las historias industriales de Occidente se leen ahora como prefacios de algo más grande.

Su observación va al corazón de lo que hace que este momento sea tan difícil de procesar. Hemos sido testigos no solo del auge de otra gran potencia, sino de un desafío fundamental a las suposiciones arraigadas desde hace tiempo en el pensamiento occidental sobre el desarrollo, los sistemas políticos y los logros de la civilización en sí. Simplemente, aún no hemos encontrado el valor intelectual para afrontarlo.

Este ajuste de cuentas afecta a toda la humanidad, pero recae con especial dureza sobre el mundo desarrollado y, sobre todo, sobre Estados Unidos, donde las suposiciones sobre el excepcionalismo y la jerarquía están más expuestas y se niegan con mayor vehemencia. El conocido planteamiento de que China está «en ascenso» o «poniéndose al día» ya no se sostiene. China está ahora configurando la trayectoria del desarrollo, marcando el ritmo económico, tecnológico e institucional. Para los estadounidenses en particular, el choque psíquico más profundo radica en el reconocimiento de que la modernidad ya no es algo que ellos crearon y que otros simplemente heredan. Esa historia ha dejado de ser útil.

La negación, la evasión y la reacción exagerada y ansiosa que se ven tan a menudo en el discurso occidental son síntomas de esa dislocación. Sin embargo, la renuencia a reconocer este cambio va más allá de los gobiernos, las narrativas de los medios de comunicación o el consenso de los expertos. Incluye a personas que han pasado años reflexionando sobre estas cuestiones. Yo he sido tan susceptible como cualquiera: moderando las grandes afirmaciones, cuestionando las implicaciones, permaneciendo en un territorio más seguro incluso cuando las pruebas apuntaban en esta dirección desde hacía tiempo. Siempre hay un «pero» cuando se trata de reconocer los logros de China, un reflejo de marcar los costes y enumerar los fallos, de retroceder justo cuando la magnitud de la transformación se hace evidente.

Ahora creo que el mayor riesgo radica en decir demasiado poco.

Este ensayo no repite la conocida lista de detalles sobre China —restricciones al pluralismo político y a los medios de comunicación independientes; amplios poderes de seguridad y detenciones preventivas; presión sobre la expresión religiosa y étnica; y episodios de coacción extraterritorial—, no porque esas preocupaciones sean triviales, sino porque la tarea aquí es diferente. Todos hemos aprendido a recitar esa letanía, como una forma de protegernos de lo que podría implicar una comparación real. El objetivo aquí es afrontar, con honestidad intelectual, lo que los logros de China nos obligan a reconsiderar sobre la modernidad, la capacidad del Estado, las formas de legitimidad política y nuestras propias complacencias. Reconocer los costes reales puede coexistir con tomarse en serio la magnitud de la transformación. Este argumento nos pide que afrontemos directamente lo que se ha logrado y luego nos midamos a nosotros mismos en relación con ello.

Y permítanme ser claro: este reconocimiento no es una rendición. No es un argumento para abandonar los valores liberales, declarar la superioridad de los sistemas autoritarios o imitar servilmente las características de la gobernanza china. Es, más bien, un llamamiento a realizar el tipo de evaluación franca y sobria que requiere la confianza genuina: la voluntad de reconocer directamente los retos, de aprender de los éxitos de los demás, incluso cuando estos perturban nuestras suposiciones, y de fortalecer nuestras propias instituciones mediante el reconocimiento lúcido de sus deficiencias, en lugar de negar defensivamente sus fracasos.

La democracia liberal está atravesando una profunda crisis, pero esa crisis no tiene por qué ser terminal. La cuestión es si la afrontaremos con el riguroso examen de conciencia que históricamente ha permitido la renovación democrática, o si volveremos a refugiarnos en los reconfortantes mitos que nos han cegado tanto ante nuestras debilidades como ante las fortalezas de nuestros rivales.

La magnitud que nos cuesta asimilar

Si queremos ser sinceros, debemos hacer balance de lo que China ha logrado en términos humanos. Las cifras son asombrosas, pero por sí solas no pueden captar su importancia. Según el Banco Mundial, desde principios de la década de 1980, China ha sacado de la pobreza extrema a casi 800 millones de personas,1 lo que representa aproximadamente tres cuartas partes de la reducción mundial de la pobreza durante ese periodo. La esperanza de vida en China, que en 1960 era de solo 33 años, alcanzó los 78 en 2023; 2 la esperanza de vida al nacer en Estados Unidos en 2023 era de 78,4 años.3 Casi todos los hogares de China tienen acceso a la electricidad desde hace aproximadamente una década.4 La matriculación en la enseñanza secundaria es ahora casi universal.5 La renta per cápita ha pasado de unos pocos cientos de dólares al inicio de la reforma a finales de la década de 1970 a más de 13 000 dólares en la actualidad.6

Pero quizás lo más revelador de la dificultad para procesar la magnitud es lo que ha ocurrido en el sector energético. China representa ahora más de la mitad de la capacidad solar7 y eólica8 instalada en todo el mundo. Aproximadamente tres cuartas partes de todos los proyectos de energía renovable actualmente en marcha en todo el mundo se encuentran en China o están impulsados por contratistas chinos.9 Alrededor del 30 % de las emisiones globales provienen de China,10 pero también lo hace gran parte del crecimiento de la tecnología de descarbonización. China ha transformado la transición energética mundial al demostrar que un despliegue masivo y rápido puede hacer que las energías renovables sean competitivas en términos de costes en todo el mundo.

Independientemente de lo que se piense del sistema político chino, estas son las características distintivas no de un Estado fallido, sino de una sociedad cuyo pueblo, en muchos aspectos, está prosperando como nunca antes.

El reto intelectual del reconocimiento

La magnitud de la transformación de China plantea lo que podría denominarse el reto intelectual del reconocimiento. Incluso aquellos de nosotros que hemos seguido de cerca a China y nos enorgullecemos de haber superado los prejuicios occidentales, hemos tenido dificultades para asimilar plenamente lo que estamos presenciando. Los marcos familiares —las trampas del ingreso medio, la fragilidad autoritaria, la inevitable convergencia con las normas liberales— ofrecen un consuelo cognitivo, aunque no logran explicar lo que realmente está sucediendo.

El historiador intelectual Joseph Levenson, en su obra magna Confucian China and Its Modern Fate (1958-1965), argumentó que la búsqueda de China era encontrar un camino que pudiera proporcionar riqueza y poder de una manera auténticamente china y objetivamente eficaz. Durante más de un siglo, los intelectuales chinos se enfrentaron a este reto: cómo alcanzar la modernidad sin perder la identidad cultural, cómo hacerse poderosos sin abandonar lo que hacía a China distintiva.

Es posible que ese capítulo histórico esté llegando a su fin. China parece haber encontrado ese camino. El sistema que impulsa su éxito es una aleación extraordinariamente compleja de confucianismo, leninismo, autoritarismo tecnocrático, capitalismo de Estado y mecanismos de mercado. Sin embargo, según las numerosas conversaciones que he mantenido con intelectuales chinos, estos reconocen ahora que China ha alcanzado la riqueza y el poder de una manera claramente china. Si el marco de Levenson es correcto, no solo estamos presenciando el auge de China, sino también su graduación de la búsqueda central que definió su historia moderna.

Sin embargo, incluso dentro de China, esta transición —de la búsqueda de la modernidad a su realización— sigue siendo difícil de aceptar por completo. Muchos intelectuales chinos con los que he hablado o cuyos escritos he leído, por muy patriotas y seguros que estén de los logros de su país, siguen sin estar preparados para asumir lo que esos logros significan.

La idea de que China ha pasado de ponerse al día a redefinir el propio desarrollo desafía los hábitos mentales formados a lo largo de generaciones. Para los intelectuales condicionados a ver a Occidente como un punto de referencia permanente —aunque lo vean de forma crítica—, la perspectiva de que China pueda ahora establecer las condiciones en lugar de responder a ellas exige una reorientación fundamental que aún no se ha producido plenamente.

La aparente resolución de la búsqueda moderna de China tiene profundas implicaciones. Si China ya no busca su camino hacia la modernidad, sino que se ha convertido en uno de los principales arquitectos de la modernidad, entonces las preguntas que durante mucho tiempo han organizado nuestro pensamiento sobre China —¿Se democratizará? ¿Convergerá con las normas occidentales? ¿Cuándo le alcanzarán las contradicciones?— pueden ser preguntas totalmente erróneas.

Pero si China realmente ha superado su búsqueda central, deben surgir nuevas preguntas. Los intelectuales chinos se enfrentan a retos que no tienen precedentes modernos: ¿En qué tipo de potencia global debe convertirse China? ¿Cómo debe una civilización que ha recuperado la confianza en su propio camino relacionarse con un mundo que sigue organizado en torno a las instituciones y los supuestos occidentales? Los líderes chinos hablan de construir una «comunidad de destino común para la humanidad», pero el significado práctico de tales conceptos sigue siendo deliberadamente vago. Las preguntas más profundas son aún más difíciles: ¿puede una civilización que nunca ha encajado cómodamente en el orden westfaliano encontrar la manera de funcionar dentro de él, o tratará de remodelar las propias normas? ¿Cómo puede un país que ha alcanzado la prosperidad gracias al desarrollo impulsado por el Estado compartir ese modelo sin parecer que compromete la soberanía de los demás? Estas son las preguntas que preocupan hoy en día a los estrategas chinos, preguntas que no tienen que ver con ponerse al día, sino con liderar de forma responsable.

Las preguntas a las que se enfrenta ahora Occidente son igualmente difíciles, si no más: ¿cómo es la modernidad cuando ya no es exclusivamente occidental en su concepción? ¿Cómo entender el desarrollo cuando el modelo más exitoso no se ajusta a los supuestos de la democracia liberal? ¿Qué sucede cuando la segunda economía más grande del mundo funciona según principios que trastocan las creencias occidentales fundamentales sobre cómo se alcanza y se mantiene la prosperidad?

El marco de Levenson ofrece también una perspectiva para comprender la difícil situación actual de Estados Unidos. Según su formulación, una civilización es estable cuando lo que es mío (meum) y lo que es verdadero (verum) permanecen en armonía, cuando los supuestos heredados de una sociedad sobre cómo funciona el mundo se alinean con la realidad observable. La inestabilidad surge cuando estos dejan de estar alineados, cuando lo que la tradición insiste en que debe ser verdadero ya no concuerda con lo que se puede ver claramente. Esta fue la crisis de China tras las Guerras del Opio: el doloroso reconocimiento de que las certezas confucianas sobre la centralidad y la superioridad civilizatoria de China no podían explicar la presencia de cañoneras occidentales en el río Perla. China tardó casi dos siglos de agitación intelectual, experimentación política y transformaciones a menudo violentas en resolver esa tensión.

La pregunta ahora es si las conmociones más recientes provocadas por el auge de China —menos violentas, pero no menos perturbadoras para los supuestos fundamentales— están empujando a Estados Unidos hacia un ajuste de cuentas similar. Cuando una nación que se suponía que permanecería para siempre rezagada da un salto repentino en materia de energías renovables, inteligencia artificial e infraestructuras; cuando el capitalismo autoritario demuestra ser más adaptable de lo que se había previsto; cuando «el fin de la historia» se revela como un triunfalismo prematuro, la brecha entre meum y verum se amplía. La elección, como aprendió China a lo largo de su larga y moderna odisea, está entre el doloroso trabajo de la reconstrucción intelectual y la defensa cada vez más desesperada de cómodas ilusiones.

La crisis china de mediados y finales del siglo XIX y la crisis estadounidense de principios del siglo XXI no son, por supuesto, idénticas, pero hay algunas similitudes históricas que vale la pena señalar.

En las décadas de 1860 y 1870, los reformadores chinos del Movimiento de Autofortalecimiento se enfrentaron a un desafío civilizatorio mediante la formulación de yong y ti, la idea de que China podía adoptar las técnicas y tecnologías occidentales (yong) y aprovecharlas para preservar su carácter esencialmente chino (ti).

Hoy en día, algo muy similar está ocurriendo a la inversa en todo el espectro político estadounidense.11 Desde la política industrial hasta la participación directa del Gobierno en empresas estratégicas como Intel, los responsables políticos estadounidenses adoptan cada vez más métodos que se asemejan sospechosamente al capitalismo de Estado chino, al tiempo que insisten en que están defendiendo los principios del libre mercado en lugar de abandonarlos. Tanto bajo la administración Biden como ahora en el segundo mandato de Trump, han surgido asociaciones coordinadas entre el Gobierno y la industria que representan un cambio silencioso pero decisivo. Puede que no haya habido un debate nacional al respecto, pero Estados Unidos ha entrado sin lugar a dudas en el ámbito de la política industrial que antes desdeñaba.

Sin duda, Estados Unidos lleva mucho tiempo practicando formas de política industrial, desde la construcción de ferrocarriles transcontinentales hasta el Proyecto Manhattan y la carrera espacial, pero generalmente lo ha hecho insistiendo en que se trataba de otra cosa. Durante décadas, la ortodoxia económica estadounidense consideró la planificación estatal como ineficaz y antiamericana, y se burló de los modelos de desarrollo de otras naciones —ya fuera el auge de Japón a través de su Ministerio de Comercio Internacional e Industria, la coordinación de los chaebol o conglomerados en Corea del Sur o el capitalismo de Estado de China— como violaciones de la fe en el libre mercado. Sin embargo, con la Ley CHIPS y Ciencia de 2022, la Ley de Reducción de la Inflación de 2022 y ahora el resurgimiento explícitamente proteccionista de Trump de la economía impulsada por el Estado, Estados Unidos ha abandonado esa pretensión. Lo que antes marcaba la frontera ideológica entre «nosotros» y «ellos» se ha disuelto silenciosamente. Al igual que los reformistas chinos argumentaron en su día que podían tomar prestados selectivamente los métodos occidentales sin comprometer la civilización china, los líderes estadounidenses afirman ahora que pueden adoptar la intervención estatal al estilo chino sin traicionar los valores estadounidenses. La historia sugiere que estos experimentos de préstamo selectivo rara vez son tan ordenados como imaginan sus artífices.

China no causó la crisis de Estados Unidos

Al igual que los historiadores de la China moderna han revisado sabiamente en las últimas décadas el antiguo paradigma de impacto-respuesta que una vez dominó las narrativas del «encuentro de China con Occidente» —pasando de limitarse a registrar un choque externo a centrarse en los factores internos chinos que dieron forma a la transformación del país—, también los estadounidenses y otros occidentales deberían resistir la tentación de atribuir el malestar actual de Estados Unidos principalmente a la provocación china. Las semillas de la inseguridad se sembraron mucho antes: los atolladeros de las guerras de Afganistán e Irak, la crisis financiera de 2008, la polarización y la parálisis de Washington, el vergonzoso espectáculo del ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021 y el visible desgaste de la cohesión cívica.

Pero China ha magnificado esa duda, y lo ha hecho de forma inquietante. Ver a un rival construir, educar e innovar a la escala que lo ha hecho China pone de relieve la disfunción de Estados Unidos. Cada colapso de las infraestructuras, cada disputa sobre la financiación básica, cada cierre del Gobierno se nota más en contraste con la rápida y amplia transformación de China.

Lo que podría haber sido otra temporada de introspección estadounidense se ha transformado en algo más agudo: el doloroso reconocimiento de que otro sistema, por muy defectuoso que sea, ha dado resultados a una escala que Estados Unidos no ha logrado. Para mí, como estadounidense, esto es motivo de una angustia nada desdeñable.

No me complace ver en lo que se ha convertido mi país, una nación que amo, desgarrada por un tribalismo político tan intenso y tóxico que me temo que puede ser irreparable, al menos en la próxima y crítica década.

Pero para hacer frente a esta crisis es necesario mirar de frente lo que parece tan inquietante del éxito de China. Como ha observado Chas W. Freeman, un diplomático estadounidense de alto rango ya jubilado, «los estadounidenses muestran ahora una extraña combinación de inseguridad, complacencia y arrogancia», una mezcla que ha impedido el tipo de evaluación lúcida que requiere el momento.

Parte de lo que molesta a Estados Unidos es, incómodamente, racial. Sería sorprendente que no fuera así. El ocaso del privilegio blanco en un país cada vez más diverso se refleja en el ocaso de la hegemonía estadounidense en un mundo cada vez más multipolar. Al igual que el etnonacionalismo blanco representa una respuesta irracional a la percepción de la erosión del privilegio blanco a nivel nacional, el giro hacia una nueva Guerra Fría representa una respuesta irracional a la percepción de la erosión del privilegio estadounidense a nivel mundial.

Pero la raza es solo una corriente en una marea más amplia. Para entender por qué China es un hueso duro de roer, hay que apreciar el profundo desafío psicológico que plantea a la identidad estadounidense. Durante generaciones, los estadounidenses han vivido una historia nacional que les aseguraba que siempre serían los primeros en los ámbitos más importantes: innovación, tecnología, poderío militar, dinamismo económico y magnetismo cultural. Los logros de China han socavado sistemáticamente uno tras otro los pilares del excepcionalismo estadounidense. Las jerarquías profundamente arraigadas y a menudo inconscientes siguen situando a Occidente como normativo y a los demás Estados como derivados. El momento del reconocimiento y el reajuste requiere enfrentarse a esos reflejos.

Antes era axiomático que una economía de mercado dinámica requería una democracia liberal; China ha demostrado que el capitalismo autoritario también funciona. Se creía que las redes sociales liberarían inevitablemente a los súbditos de las autocracias; luego, la Primavera Árabe se esfumó, Edward Snowden replanteó los debates sobre la vigilancia y la política de plataformas se desvió en casa. Se asumía que la innovación genuina requería libertad política; luego, las empresas y los laboratorios chinos comenzaron a producir resultados de clase mundial mientras operaban dentro de un ecosistema de información muy diferente. Cada inversión socava el dogma. Cada sorpresa agrava el impacto.

El discurso occidental atribuye sistemáticamente los logros de China a su tipo de régimen, en lugar de a sus capacidades sustantivas. Los avances de Tencent, BYD, Huawei o el ecosistema de hardware de Shenzhen se suelen explicar como resultado de las imposiciones del Estado, en lugar de la brillantez del diseño o la velocidad sin igual de la fabricación en el mismo lugar. Esa simplificación del contexto alimenta la sensación de que el ascenso de China es, de alguna manera, una afrenta a cómo debería funcionar el mundo, en lugar de una prueba de que el mundo funciona de forma diferente a lo que se suponía.

El espejo del clima

Ningún problema global refleja este gran ajuste de cuentas de forma más cruda que el cambio climático. Surge un patrón fundamental: las pruebas se acumulan más rápido que nuestra voluntad de asimilarlas, las narrativas están diseñadas para tranquilizar en lugar de esclarecer, y existe un rechazo colectivo a revisar las suposiciones que ya no se ajustan al mundo en el que vivimos.

Los paralelismos son profundos. En lo que respecta al clima, vemos cómo el humo de los incendios forestales asfixia nuestras ciudades, cómo las inundaciones que antes se producían una vez cada siglo llegan ahora cada pocos años, cómo los océanos se calientan y se acidifican a un ritmo alarmante… y aún así apartamos la mirada, buscando razones para retrasar, desviar o descargar la responsabilidad. En China, las infraestructuras crecen a escala continental, se acumulan los avances tecnológicos, la capacidad de energía renovable se duplica y redobla, y aún así encontramos formas de justificarlo, minimizarlo, ridiculizarlo como exceso de capacidad y predecir su inminente desmoronamiento. Algunos incluso descartan estos avances como un engaño. En ambos casos, preferimos la comodidad de las historias familiares a la incomodidad de un auténtico ajuste de cuentas.

La simetría es aún más profunda. El cambio climático nos ha obligado a todos a enfrentarnos a los límites del dominio humano sobre la naturaleza, la presunción de la Ilustración de que los seres humanos podían aprovechar las fuerzas naturales sin consecuencias. El auge de China nos obliga a enfrentarnos a los límites del dominio occidental sobre la modernidad: la potente presunción de que solo el capitalismo democrático liberal podía proporcionar prosperidad e innovación sostenidas. Ambos acontecimientos exigen que abandonemos las ilusiones y afrontemos el mundo tal y como es. Ambos revelan lo frágiles que se han vuelto nuestras certezas heredadas y lo peligroso que puede ser negarlas.

El clima también pone de manifiesto otra cosa: el cambio en lo que constituye la legitimidad política en el siglo XXI. Si antes la legitimidad se basaba principalmente en procedimientos y formas —constituciones, elecciones, parlamentos—, ahora se basa cada vez más (aunque no de forma exclusiva) en los resultados. ¿Qué podría ser más importante que la capacidad de salvaguardar la habitabilidad del planeta?

En este sentido, la paradoja de China resulta instructiva. China es a la vez el mayor emisor de carbono del mundo y el mayor constructor de capacidad de energía renovable; cada año instala más energía solar y eólica que el resto del mundo. Esa contradicción encierra una lección: la legitimidad en este siglo no derivará de la pureza ideológica, sino de la capacidad desordenada, desigual y urgente de cumplir. Los sistemas no se juzgarán por la elegancia de sus teorías, sino por su capacidad para hacer frente a los retos existenciales.

Para los estadounidenses, el contraste es profundo. Mientras ellos discuten sin cesar sobre oleoductos y líneas de transmisión, China conecta redes que abarcan todo el continente. Mientras los estadounidenses se han retirado del liderazgo climático mundial —la segunda administración Trump se retiró nuevamente del Acuerdo de París y recientemente criticó duramente la energía renovable en la Asamblea General de la ONU—, China se ha convertido en el actor indispensable en la transición energética. El país que se suponía que era el problema se ha vuelto esencial para la solución, no a través de una transformación moral, sino a través de su capacidad de fabricación y despliegue.

Esto apunta a otra dimensión de la legitimidad del rendimiento que ahora debe reconocerse: la resiliencia bajo presión. Durante décadas, Estados Unidos aprovechó su dominio sobre los sistemas financieros, los cuellos de botella tecnológicos y las cadenas de suministro globales para coaccionar a sus adversarios y, en ocasiones, incluso a sus aliados. Esa influencia ya no es unilateral. China ha demostrado que puede soportar esa presión y responder de la misma manera, desde la extracción de tierras raras hasta sus avanzados insumos de fabricación. Su respuesta a la contención tecnológica —acelerando la innovación nacional en semiconductores, inteligencia artificial y otros sectores estratégicos— revela un sistema con una notable capacidad de adaptación.

La legitimidad del rendimiento en el siglo XXI abarca, por tanto, múltiples dimensiones: la capacidad de proporcionar prosperidad y estabilidad, sí, pero también de construir a gran escala, de innovar bajo presión, de absorber la coacción económica sin doblegarse y de movilizar recursos para retos globales como la transición energética. En cada dimensión, el contraste entre la disfunción estadounidense y la capacidad china se hace cada vez más difícil de ignorar.

Estos logros se producen en un momento en el que no solo Estados Unidos, sino muchas democracias occidentales se encuentran en crisis. Esta simultaneidad plantea una pregunta incómoda: ¿la legitimidad política se reduce únicamente a la democracia procedimental? ¿O debe abarcar también el rendimiento, los resultados, la competencia y la resiliencia? ¿Pueden adoptarse las virtudes de la gobernanza tecnocrática —su eficiencia, su capacidad para planificar, construir y fabricar a gran escala— sin sucumbir a la tentación autoritaria?

La respuesta ya no es evidente. Y esa incertidumbre es en sí misma parte del ajuste de cuentas al que se enfrenta Occidente.

Señales de reconocimiento

Las señales de reconocimiento están empezando a surgir en todo el espectro político estadounidense. La fuerza más vital del Partido Demócrata puede ser el movimiento de la «abundancia» impulsado por escritores como Derek Thompson y Ezra Klein. Aunque no centran explícitamente su análisis en China, su enfoque en la capacidad del Estado, la política industrial y la necesidad de construir más y más rápido refleja claramente un reconocimiento incipiente de que el enfoque de Estados Unidos hacia el desarrollo ha sido inadecuado.

Ese reconocimiento encontró su máxima expresión en el libro del analista tecnológico y escritor Dan Wang, Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future, posiblemente el libro más comentado, si no el más importante, de 2025 para cualquiera que piense seriamente en la trayectoria de China. El argumento de Wang de que la tecnocracia y la gobernanza de la ingeniería han impulsado el éxito de China ha encontrado una audiencia entusiasta entre los estadounidenses que finalmente están dispuestos a afrontar lo que habían ignorado o descartado.

Aún más sorprendente es la respuesta de parte de la derecha estadounidense. Si bien gran parte del interés del movimiento MAGA por China proviene de fuentes preocupantes —la admiración por su homogeneidad étnica, sus capacidades de vigilancia, su conjunto de herramientas autoritarias—, representa un reconocimiento a regañadientes de que el sistema chino ofrece resultados de una manera que el estadounidense lo hace cada vez menos. Mientras tanto, los aceleracionistas y los empresarios tecnológicos de Silicon Valley, muchos de los cuales ahora están alineados con Trump, expresan abiertamente lo que podría llamarse «envidia de China»: el reconocimiento de que la coordinación entre los sectores público y privado de China ha producido avances que la fragmentación de Estados Unidos no ha logrado.

Quizás lo más revelador es que las encuestas recientes muestran un cambio en la actitud de los jóvenes estadounidenses hacia China.12 Nacidos mucho después de Tiananmen y constantemente expuestos en las redes sociales a lo que un amigo llama «pornografía de infraestructura china», ven un país que cada vez se parece más al futuro que al pasado. Este cambio generacional puede resultar más trascendental que la opinión de la élite a la hora de remodelar la respuesta final de Estados Unidos al auge de China.

En las conversaciones que he mantenido durante los últimos meses en Pekín con profesionales de diversos sectores, desde la biotecnología hasta la automoción, pasando por las energías renovables y la robótica humanoide, he escuchado variaciones de la misma observación: la transformación que ha barrido sus sectores en China durante las últimas dos décadas —o incluso solo en los últimos cinco años— sería totalmente incomprensible para cualquiera que no la haya presenciado de primera mano. Describen su regreso de conferencias en Estados Unidos o Europa sorprendidos por una desconexión: el tsunami de transformación que viene de China simplemente no se siente con una urgencia ni remotamente proporcional a la magnitud de la disrupción que se avecina.

En China, este momento se siente diferente. Entre los intelectuales y figuras culturales con los que me encuentro durante mis largas estancias allí, hay una confianza palpable que no estaba presente cuando llegué por primera vez hace décadas. Ya no se preguntan si China podrá ponerse al día. Han crecido en un país que ya es tecnológicamente avanzado, con importancia global y orgulloso de sus logros. Ven la capacidad de China para capear las guerras comerciales, dar un salto adelante en inteligencia artificial y construir infraestructuras a escala continental, y dan por sentado que China pertenece a la primera fila de naciones.

Esa confianza, aunque puede rayar en la arrogancia, es más saludable que la inseguridad que antes carcomía la psique nacional. También sugiere que tanto los líderes como los ciudadanos chinos están empezando a lidiar con lo que significa no ser una potencia emergente, sino una potencia ya consolidada, con todas las responsabilidades y expectativas que ello conlleva y todas las inquietudes que aún puede provocar en el extranjero.

Se acerca el momento de la verdad

Lo que debería derivarse de este reconocimiento no es la desesperación, sino la humildad ante la absoluta imprevisibilidad de lo que vendrá después. Si China ha desestabilizado las suposiciones heredadas de Occidente sobre el desarrollo y la gobernanza, lo mismo ocurrirá con las corrientes que surgen en todo el Sur Global, que ya están empezando a reordenar las expectativas de formas que apenas se pueden prever.

La ingenuidad tecnológica, el peso demográfico y la experimentación política surgirán de sectores que durante mucho tiempo se han descartado por considerarlos periféricos. El verdadero reto no es aferrarse con demasiada firmeza a cualquier acuerdo actual, sino cultivar la flexibilidad intelectual necesaria para adaptarse cuando el mundo cambia más rápido de lo que las teorías pueden seguirle el ritmo.

Puede que el Gran Ajuste se refiera a China en este momento, pero en el arco más amplio de la historia, se trata de mucho más: de un mundo que ya no gira en torno a centros familiares, de la necesidad de encontrar estabilidad sin el consuelo de los mitos heredados, de reconocer que las historias que algunos de nosotros nos contábamos sobre la modernidad pueden haber sido demasiado limitadas, demasiado egoístas, demasiado pequeñas para el mundo en el que realmente vivimos.

Consideremos lo que significa la trayectoria de China para los países del Sur Global a los que durante décadas se les dijo que solo había un camino hacia la prosperidad: el camino del Consenso de Washington de privatización, desregulación y gobernanza democrática. China ofrece la prueba de que otro modelo puede funcionar: desarrollo impulsado por el Estado, planificación a largo plazo, inversión masiva en infraestructura e integración selectiva con los mercados globales, todo ello manteniendo la autonomía política. Se admire o no este modelo, su éxito es innegable y sus implicaciones se extienden mucho más allá de Asia Oriental.

Esto nos obliga a todos a reconocer que la modernidad en sí misma —todo el proyecto de desarrollo humano, progreso tecnológico y organización social que ha definido los últimos siglos— ya no es propiedad exclusiva de Occidente. El futuro se está escribiendo en múltiples lugares, según múltiples lógicas, con resultados que dificultan su fácil categorización.

Para los estadounidenses en particular, ese reconocimiento requiere abandonar la suposición de que están especialmente cualificados para liderar, especialmente posicionados para juzgar, especialmente capaces de innovar y adaptarse. Significa aceptar que su forma de organizar la sociedad, por muy preciada que sea para ellos, es uno de los varios enfoques viables para el florecimiento humano.

Sin embargo, Estados Unidos conserva profundas fuentes de fortaleza, entre las que destacan sus universidades, que siguen siendo poderosos imanes para el talento mundial incluso en medio de crecientes ataques políticos. También están las vastas comunidades de la diáspora china, cuya creatividad, movilidad y fluidez cultural forman un tejido conectivo entre mundos. No son instrumentos de ningún Estado en particular, sino participantes en un proyecto global compartido de conocimiento, invención e intercambio. En la medida en que está surgiendo una modernidad más plural , puede que sean estas comunidades, y no los gobiernos, las que la encarnen.

Aceptar a China no requiere abandonar los propios valores ni renunciar a las propias aspiraciones. Pero sí requiere que el resto de nosotros los tomemos con más ligereza, los defendamos de forma más persuasiva y demostremos su valor a través de los resultados, en lugar de las proclamas. Si la democracia liberal y el capitalismo de mercado son realmente formas superiores de organización, deberían poder demostrarlo a través de los resultados, no de la retórica.

Por encima de todo, algunos de nosotros debemos dejar de enmarcar nuestro enfoque hacia China en términos de por qué no puede durar, qué puede salir mal o cuándo las contradicciones finalmente la alcanzarán. El sistema ha funcionado. Ha dado resultados. Esperar su colapso no es una estrategia, es un mecanismo de defensa.

El Gran Ajuste es, en última instancia, una cuestión de honestidad intelectual: la voluntad de ver el mundo tal y como es, en lugar de como nos gustaría que fuera, reconocer los logros dondequiera que se produzcan y aprender del éxito, incluso cuando proviene de fuentes que nos resultan incómodas. Ajustar es resistirse a la negación, aceptar lo que ven nuestros ojos y elegir la franqueza por encima de la ilusión.

Ahí es donde debe comenzar cualquier ajuste de cuentas genuino: no con recetas políticas ni marcos estratégicos, sino con el simple reconocimiento de que el mundo ha cambiado de formas que apenas estamos empezando a comprender.

¿Qué políticas deben seguirse? No pretendo saberlo. El trabajo político solo puede comenzar después de que dejemos de mentirnos a nosotros mismos. La reflexión a la que apelo es perceptiva y psicológica, no programática. Necesitamos ver claramente los logros de China, sin el reflejo de «sí, pero» que los minimiza de inmediato, antes de poder pensar con claridad sobre lo que significan para nosotros. El problema que intento resolver es precisamente la forma de afrontarlo.

El mundo ha cambiado radicalmente. La elección, para Occidente, no es entre la resistencia y la rendición, sino entre una adaptación reflexiva y una negación obstinada, entre fortalecer nuestras instituciones mediante un autoexamen honesto o ver cómo se debilitan por nuestra ceguera voluntaria ante las nuevas realidades.

Notas

1https://openknowledge.worldbank.org/server/api/core/bitstreams/e9a5bc3c-718d-57d8-9558-ce325407f737/content

https://data.worldbank.org/indicator/SP.DYN.LE00.IN?locations=CN

https://www.cdc.gov/nchs/fastats/life-expectancy.htm

https://data.worldbank.org/indicator/EG.ELC.ACCS.ZS?locations=CN

https://www.statista.com/statistics/1251582/china-senior-secondary-education-enrollment-rate/

https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.PCAP.CD?locations=CN

https://ourworldindata.org/grapher/installed-solar-pv-capacity

https://ourworldindata.org/grapher/cumulative-installed-wind-energy-capacity-gigawatts?country=CHN~OWID_WRL

https://globalenergymonitor.org/report/china-continues-to-lead-the-world-in-wind-and-solar-with-twice-as-much-capacity-under-construction-as-the-rest-of-the-world-combined/

10 “GHG Emissions of All World Countries, 2025 Report,” European Commission. https://edgar.jrc.ec.europa.eu/report_2025

11 I am in debt to the Robert Kapp, a former president of the U.S.-China Business Council, for this canny observation

12 https://www.pewresearch.org/global/2025/07/15/views-of-china-and-xi-jinping-2025/

Kaiser Kuo es el presentador y cofundador del podcast Sinica y profesor visitante en la Universidad de Nueva York en Shanghái.

Texto original: https://jiwankshetry.substack.com/p/must-read-kaiser-kuo-china-is-here

China está aquí para liderar, no solo para quedarse - Kaiser Kuo | Sin Permiso


lunes, 29 de diciembre de 2025

La IA acelera el retroceso democrático

                                                                                          


                                                                                                                               


Entrevista a la periodista Karen Hao, la investigadora que destripa el mito de OpenAI y Sam Altman

«Las multinacionales de IA aceleran el retroceso democrático»

 
  Carlos  del Castillo

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La periodista Karen Hao desentraña en ‘El Imperio de la IA’ cómo estas empresas replican dinámicas coloniales, “extrayendo una cantidad extraordinaria de recursos, explotando una cantidad extraordinaria de mano de obra y participando en actividades que no benefician en nada a la mayoría”

Hace tres años, OpenAI era una organización prácticamente desconocida para el gran público que aspiraba a contrarrestar el poder de los gigantes de Silicon Valley. Hoy, es la startup más valiosa de la historia, superando los 500.000 millones de dólares. Tres años en los que la compañía dirigida por Sam Altman ha pasado de presentarse como un laboratorio tecnológico que trabajaba por el bien de la humanidad a convertirse en una empresa privada con agenda geopolítica propia, con acceso masivo a información personal de millones de personas y trato preferente con los poderes públicos.

La periodista estadounidense Karen Hao ha cubierto esta transformación para medios como el Wall Street Journal o el MIT Technology Review. En su libro El Imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo (editorial Península), Hao ha investigado cómo OpenAI y la industria de la IA han pasado a funcionar con una lógica imperial: colonizan recursos, extraen datos de los usuarios y explotan mano de obra precaria en el Sur Global para alimentar una maquinaria que, denuncia, está “acelerando el retroceso democrático en todo el mundo”.

En esta entrevista con elDiario.es, Hao describe a OpenAI, los secretos de su líder y la burbuja financiera y de expectativas que está impulsando el desarrollo de la inteligencia artificial.

Cuenta en el libro que, en sus orígenes, OpenAI se veía a sí misma como la “anti-Google”. ¿En qué consistía esa visión de empresa inicial?

En realidad creo que la visión de la compañía en aquel entonces era similar a la que es hoy: OpenAI siempre ha querido dominar el desarrollo de la IA y ser el líder número uno en esta tecnología. En ese momento, Google era el único actor al que valía la pena vencer, así que se veían a sí mismos como su único competidor, y a Google como el único al que debían intentar superar. Por eso se concibieron a sí mismos como la anti-Google que iba a representar todo lo que Google no era. Otra razón por la que hicieron eso fue porque era una táctica de reclutamiento. Inicialmente, para construir un laboratorio de IA líder, el principal cuello de botella era el talento, por lo que querían averiguar cómo conseguir que la gente dejara Google y se uniera a OpenAI, o eligiera OpenAI sobre Google si se postulaban para trabajar en ambas empresas. Así que lo plantearon todo como: “bueno, Google es de código cerrado, nosotros seremos abiertos; Google trabaja con fines de lucro, nosotros seremos sin fines de lucro”. La idea era: si quieres crear productos para un megagigante, bien, ve a Google, pero si vienes a OpenAI, podrás cambiar el mundo.

¿Cómo se ven dentro de OpenAI esas contradicciones respecto a la visión inicial, con la transformación en una empresa privada con ánimo de lucro? ¿Crees que puede haber alguien que piense que al final se han convertido en todo aquello que prometieron cambiar?

Sí, por supuesto, OpenAI aparentemente ha revertido por completo todo lo que dijo que sería. Ahora es, obviamente, una empresa con fines de lucro en lugar de una organización sin ánimo de lucro, y la startup más valiosa del mundo en este momento, con una valoración de 500.000 millones de dólares. También se ha vuelto hipersecreta, aunque originalmente dijo que sería transparente. Así que, en esas formas más superficiales, ha cambiado por completo. Y, sin embargo, sigue persiguiendo exactamente lo mismo que en aquel entonces, que es dominar el desarrollo de la IA. Sam Altman ha dicho muchas veces que es importante tener grandes convicciones en un objetivo particular, pero que debes ser flexible con tus tácticas. Y eso es esencialmente lo que está haciendo con OpenAI; alta convicción en los objetivos, pero flexible en las tácticas. El objetivo final es el dominio, y las tácticas han cambiado de sin fines de lucro a con fines de lucro.

OpenAI también se ha vuelto una empresa hipersecreta, aunque originalmente dijo que sería transparente

Otra de las cosas que dijeron que nunca harían sería vender los datos personales de la gente. ¿Cree que también lo terminarán haciendo?

Sí. Además, técnicamente, ya están ganando dinero con los datos de la gente, en el sentido de que ya están utilizando los datos de las personas para entrenar las próximas generaciones de sus modelos de IA. Modelos que luego venden a través de suscripciones. Pero hablando más concretamente del negocio de la publicidad digital, vemos que OpenAI está preparándose también para la publicidad. Están añadiendo un feed algorítmico a ChatGPT, lanzaron Sora 2, una aplicación como TikTok con el contenido generado por IA, y básicamente están creando espacios, superficies, en las que pueden empezar a insertar anuncios. Y eso creo que conducirá al 100% a que utilicen los datos de los usuarios para averiguar cómo segmentar mejor esos anuncios.

ChatGPT ha cumplido tres años recientemente. Usted ya cubría la industria de la inteligencia artificial antes de su salida a luz: ¿cómo cree que ha evolucionado ChatGPT y el sector de la IA en estos tres años?

El mundo ha cambiado. Ahora todo el mundo habla de IA, y todo el mundo tiene una concepción de la IA como ChatGPT, por lo que todas estas empresas y todos estos países se apresuran a intentar crear su propia versión de ChatGPT, olvidando todos los demás tipos de tecnologías, incluso otras tecnologías de IA que no son chatbots. Y la otra forma en que el mundo ha cambiado es, como expongo en mi libro, en que estas multinacionales ahora son como imperios. Están extrayendo una cantidad extraordinaria de recursos, explotando una cantidad extraordinaria de mano de obra y participando en actividades por todo el mundo de formas que no benefician en nada a la mayoría de las personas. De esta forma, otra de las cosas que han cambiado es que estas empresas están siendo otro acelerador más en la tendencia de retroceso democrático en todo el mundo. Creo que estos imperios están contribuyendo activamente a esa tendencia.

Las empresas de IA están participando en todo tipo de actividades que no benefician a las personas

Al principio parecía que ChatGPT era el centro de toda la industria, hoy parece solo uno más.

Sí, creo que ChatGPT definitivamente está siendo… hay muchos más competidores ahora que están tratando de comerse el dominio del mercado de ChatGPT. Por supuesto, tenemos a Gemini, tenemos a Claude de Anthropic y también vemos más empresas que comienzan a inclinarse hacia aplicaciones especializadas en lugar de solo estos chatbots; Anthropic enfocándose realmente en la generación de código, en lugar de ser solo una herramienta puramente genérica orientada al consumidor. O Google, enfocándose más en la empresa en lugar de apoyar a las labores de las personas. ChatGPT también está teniendo su propia transformación, inicialmente la gente pensaba que era más una herramienta de búsqueda, pero hemos visto esta tendencia realmente preocupante donde más y más personas comienzan a considerar a ChatGPT como un terapeuta, un mentor o un amante. Es algo que OpenAI no ha evitado, más bien se ha estado inclinando hacia eso también. Eso es una evolución de la que tendremos que estar muy pendientes en los próximos años.

¿Cómo explicaría a la gente cómo es Sam Altman?

Es un tipo extremadamente carismático que entiende muy, muy bien la psicología humana. Es capaz de decirle a la gente lo que necesita escuchar para motivarla a unirse a cualquier misión que él esté tratando de perseguir. Eso incluye conseguir que los inversores le den mucho dinero o conseguir que la gente se convierta en empleada de sus empresas. Así que es tanto un talento singular para la recaudación de fondos como un reclutador muy, muy bueno. Y no es solo porque entiende la psicología humana, también porque es muy bueno contando esas grandes historias sobre el futuro y la IA, que son atractivas y que hacen que la gente quiera darle más y más recursos para lograrlo.

Altman es un tipo extremadamente carismático que entiende muy, muy bien la psicología humana. Es capaz de decirle a la gente lo que necesita escuchar para motivarla a unirse a cualquier misión

¿Lo compararía con alguna figura histórica, o quizá con alguna otra persona de la industria digital?

Bueno, él mismo ha hablado de cómo le encantaba leer un libro de citas de Napoleón. Y lo que sacó de ese libro fue que Napoleón era un conocedor extremadamente bueno de la psicología humana, y usó eso para ganar mucho poder. Así que creo que los paralelismos se escriben solos.

Personalmente, usted que ha podido investigar en profundidad al personaje, ¿se siente cómoda con el hecho de que Altman se convierta en uno de esos emperadores de las grandes tecnológicas? ¿Con que acumule tanto poder e influencia?

No me siento cómoda con que nadie ocupe tanto poder sin rendición de cuentas. En el libro critico a Altman y su enfoque, pero no creo que el problema se resolviera si simplemente cambiáramos a Altman por otra persona. Porque el sistema de poder todavía existe, donde quienquiera que se siente en esa mesa puede tomar decisiones que afectan a la vida de miles de millones de personas en todo el mundo. Y esos miles de millones de personas no tienen voz sobre si les gustan esas decisiones o no. Para mí, es mucho más preocupante, no que Altman esté al timón, sino que exista incluso este rol que pueda permitir a alguien ejercer esa cantidad de influencia a nivel mundial.

Una de las tácticas que Altman y OpenAI utilizan a menudo para convencer a otros de que inviertan en sus proyectos es la Inteligencia Artificial General, es máquina consciente y capaz de mejorarse a sí misma que podría superar a la humanidad. Usted ha tenido un acceso privilegiad a la compañía: desde dentro, ¿creen de verdad que la IA general es posible e incluso cercana?

Esto fue lo que más me sorprendió de mi investigación: yo pensaba que era solo una herramienta de marketing, pero en realidad hay facciones muy poderosas dentro de estas empresas y dentro de la industria en general que realmente creen que la IA general es posible y que es inminente. Y creo que eso es lo que hace que este ecosistema sea tan fascinante y complejo, porque tienes a las personas que empujan hacia este objetivo por una fe sincera y luego tienes a las personas que lo están aprovechando políticamente para protegerse de la regulación y usarlo como un truco de marketing.

Esto fue lo que más me sorprendió de mi investigación: yo pensaba que el discurso sobre la IA general era solo una herramienta de marketing, pero en realidad hay facciones muy poderosas dentro de estas empresas y dentro de la industria en general que realmente creen que la IA general es posible y que es inminente

Menciona la “fe sincera” de esas personas de la industria tecnológica. En los últimos tiempos se está hablando mucho más de la tecnorreligión de Silicon Valley, esa creencia casi religiosa en la tecnología digital como solución a todos los problemas de la sociedad. ¿Cree que esa fe está influyendo en todo esto?

Creo que tiene una influencia extraordinaria, sí. Y es parte de la razón por la que creo que la analogía con los imperios también es muy relevante, porque la mayoría de los imperios históricos también fueron impulsados en su expansión por creencias religiosas. Lo interesante es que en esta religión hay dos facciones. Las personas que piensan que necesitamos pisar el acelerador porque la IA general nos llevará al cielo y solo nos traerá utopía y bienestar; y luego las personas que piensan que nos llevará al infierno si la desarrolla la persona equivocada. Y en el libro digo que estas son dos caras de la misma moneda, porque en realidad solo están leyendo de la misma Biblia con diferentes interpretaciones, de la misma manera que hay muchas facciones del cristianismo, algunas que leen la Biblia enfocadas en llegar al cielo y otras que leen la Biblia enfocándose en el hecho de que hay un infierno.

Entre esas personas hay científicos como Ilya Sutskever, ex jefe Científico de OpenAI, una de las mentes de referencia sobre IA. ¿Tienen un discurso serio realmente en torno a este tema? Sutskever, por ejemplo, afirma que la IA general ayudará a contrarrestar el cambio climático, pero a la vez dicen que si llega, el planeta pasaría a estar completamente cubierto de centros de datos en pocos años. No parece muy congruente.

Creo que Sutskever y algunos de estos otros investigadores de IA tienen mucha coherencia en cuanto a su teoría de la investigación de IA. Pero, ya sabes, no son exactamente expertos en otras cosas, así que ahí es donde la coherencia podría desmoronarse: cuando empiezan a hablar de cómo interactúa con el mundo real. Pero para Sutskever, él siempre ha creído muy firmemente que el cerebro es un motor estadístico y que las redes neuronales son una representación precisa de cómo funciona el cerebro. Él siempre ha pensado que mientras podamos meter más y más datos en estas redes neuronales, eso conducirá a la recreación de la inteligencia humana. Dio una charla el año pasado en la que mostró unos papers sobre cómo el tamaño del cerebro se correlaciona con la inteligencia de la especie. Su teoría es que simplemente tienes que construir un cerebro más grande y entonces obtienes un sistema más inteligente. El problema es, por supuesto, que en realidad no sabemos si eso es cierto, si las redes neuronales realmente modelan el cerebro y si el tamaño del cerebro es realmente lo único que conduce a más inteligencia, pero esa es la creencia de Sutskever y por eso ha centrado toda su investigación en esto.

Esa es la teoría de Sutskever, y tras la publicación de su libro OpenAI se ha embarcado en proyectos de inversión faraónicos para generar más capacidad de cómputo. ¿Cree que ese escalado masivo es el camino correcto para llegar a la IA General?

Para mí, la razón por la que no deberíamos estar escalando es en realidad una cuestión más fundamental que simplemente si nos llevará a la IA general. No creo que debamos intentar llegar a la IA general, independientemente de si podemos llegar allí, porque el propósito de construir tecnologías es servir a las personas, no reemplazar a las personas. Y la búsqueda de la IA general es en última instancia lograr una inteligencia a nivel humano y automatizar muchas de las cosas que la gente puede hacer. Así que sí, encuentro que toda esta empresa de escalado es innecesaria para lograr la IA general y también inmoral, porque no deberíamos estar intentando lograrla en primer lugar. Además, está conduciendo a una cantidad extraordinaria de degradación ambiental y daño a la salud pública de las personas, en un momento en que en realidad ya no tenemos mucho tiempo para resolver la crisis climática.

Encuentro que toda esta búsqueda de la IA general es inmoral, no deberíamos estar intentando lograrla. Conduciendo a una cantidad extraordinaria de degradación ambiental y daño a la salud pública de las personas, en un momento en que ya no tenemos mucho tiempo para resolver la crisis climática

Por cosas como esta, ¿cree que la confianza general sobre OpenAI podría cambiar rápidamente entre el público general? Con el resto de tecnológicas hemos visto el proceso de cómo empiezan viéndose como disruptivas y luego su mala imagen las lleva incluso a cambiarse el nombre, como Facebook y Meta. Parece que eso está sucediendo a toda velocidad con OpenAI.

Sí, creo que ya ha sucedido. No creo que OpenAI tenga ya una reputación muy positiva en muchos lugares. En EEUU hay muchos padres, por ejemplo, que se han enfadado mucho con la empresa debido a los impactos en la salud mental que estas herramientas están teniendo en los niños. Hay muchas comunidades de clase trabajadora que están realmente enfadadas por los centros de datos que están llegando a sus comunidades. Hemos visto un cambio dramático en la opinión pública solo en los últimos meses, y creo que eso va a continuar, porque lo que pasa con el imperio es que, a medida que continúa su construcción, continuará extrayendo y explotando a más y más comunidades. Y eso es lo que va a llevar a que cada vez más y más de ellas se vuelvan contra la empresa.

En el libro también trata en detalle la explotación sistémica de trabajadores para entrenar a los modelos, como el caso de Mofat en Kenia. Sobre cómo el modelo de negocio de OpenAI depende del capitalismo del desastre.

Sí, en este caso todas las empresas, no solo OpenAI, cuando entrenan sus modelos de IA, requieren contratar a decenas de miles de trabajadores de todo el mundo, y esto es algo que existía antes de ChatGPT. Existen firmas de terceros que hacen el trabajo de conectar a empresas como OpenAI con estos trabajadores. Son plataformas que tratan de buscar la mano de obra más barata en el mercado global. De lo que se dieron cuenta es que la mejor manera de encontrar la mano de obra más barata es ir a los lugares más pobres y desesperados del mundo. Inicialmente, eso fue Venezuela, donde la economía estaba en un estado desastroso, pero la población también estaba altamente educada y tenía alta conectividad. A medida que la economía de Venezuela comenzó a recuperarse ligeramente, el trabajo se trasladó a otros lugares más desfavorecidos durante la pandemia, cuando otros países estaban cayendo en picado, como Kenia. La historia de Mofat ilustra una vez más la lógica del imperio, porque OpenAI es una empresa valorada en 500.000 millones de dólares y, sin embargo, contratan trabajadores para realizar un trabajo esencial para el éxito de ChatGPT pagándoles solo unos pocos dólares la hora. Muchos de ellos terminaron psicológicamente devastados por este trabajo y sus familias se desmoronaron. Así funciona el capitalismo de desastre en muchos sentidos.

OpenAI es una empresa valorada en 500.000 millones de dólares y, sin embargo, contratan trabajadores para realizar un trabajo esencial para el éxito de ChatGPT pagándoles solo unos pocos dólares la hora

Esas personas cuentan con muy poca formación sobre cómo entrenar a la IA. ¿Es posible que los modelos tengan más alucinaciones o sean más imprecisos por esta situación?

Es una pregunta interesante. Creo que los modelos son más imprecisos principalmente porque las empresas en realidad no enfatizan la precisión. Hemos visto que las actualizaciones de los modelos de OpenAI a veces se vuelven menos precisas a medida que avanzan las nuevas generaciones de GPT. Así que no creo que esté necesariamente ligado a los trabajadores en sí; son principalmente los incentivos de las empresas, así como la tecnología misma. Esta es una tecnología probabilística, por lo que es inherentemente propensa a errores. Es imposible garantizar que vaya a decir lo correcto el 100% de las veces.

¿Cree que hay una burbuja en la inteligencia artificial?

Creo que hay una gran burbuja. No veo cómo estas empresas van a ser capaces de cumplir sus compromisos o averiguar cómo obtener un retorno de sus inversiones. OpenAI ha comprometido 1,4 billones de dólares de gasto en los próximos años y ha generado, como máximo, unos 20.000 millones en ingresos. Esa es una brecha extraordinaria y OpenAI se está quedando sin ideas para cerrarla. Intentaron el modelo de suscripción y encontraron que aproximadamente solo el 5% de los usuarios están dispuestos a pagar. Ahora se están preparando para la publicidad, pero el mayor negocio publicitario de la historia fue Google, y Google el año pasado ganó menos de 300.000 millones en ingresos publicitarios, así que eso todavía no cierra la brecha. Y luego ves a OpenAI tratando de rociar el mercado con todos estos lanzamientos de productos, como un navegador, el TikTok de IA… pero estos lanzamientos no están cuajando. Tanto con el navegador como con el TikTok de IA, se volvieron virales al principio, pero en realidad están cayendo bastante rápido después en términos de adopción de usuarios. Así que simplemente no hay un modelo de negocio viable ahí.

Tanto OpenAI como el resto de empresas de IA están tratando de hacer que el Gobierno de EEUU no pueda dejarlas caer haciéndole dependiente de su tecnología

¿Cree que una de las estrategias de Altman es precisamente hacer que OpenAI sea “demasiado grande para caer”, llegando a múltiples acuerdos con gobiernos e industria?

Absolutamente. Hay un análisis realmente genial escrito por un ex colega mío en el Wall Street Journalque habla de esto, donde explicaba cómo OpenAI está atando su destino a todos los principales actores tecnológicos que actualmente están manteniendo a flote la economía de EEUU. Se ha atado a Nvidia, a Oracle, a Microsoft. Cuando miras la economía de EEUU, actualmente solo está sobreviviendo y yendo bien gracias a las empresas de IA. OpenAI y las otras empresas que están tratando de hacerse demasiado grandes para caer de dos maneras: una, haciendo que la economía de EEUU dependa de si a estas empresas les va bien o no, ya que cuando eso sucede, el gobierno de EEUU siempre es más propenso a querer intervenir y rescatar a una empresa que pueda causar el colapso de toda la economía. Y dos: están tratando de hacerse demasiado grandes para caer vendiendo sus tecnologías al gobierno, para hacer que el gobierno dependa de sus plataformas. Todas ellas están participando en esta especie de estrategia de dos frentes para evitar caer si explota la burbuja.


 Fuente: https://www.eldiario.es/tecnologia/investigadora-destripa-mito-openai-sam-altman-multinacionales-ia-aceleran-retroceso-democratico_128_12845861.html