martes, 13 de enero de 2026

La UE y ley marcial no declarada.

 

En la UE ya rige una ley marcial no declarada

La condena de la UE contra los periodistas críticos se remonta a una decisión tomada en la cumbre de la OTAN de 2023

Autor: Norbert Häring



6 de enero de 2026 | La «Agenda Estratégica» de la UE de 2024 contiene una declaración de guerra contra los periodistas críticos con la UE y la OTAN que casi nadie ha notado. Con esta agenda, el Consejo de la UE aplicó fielmente las directrices de la cumbre de la OTAN celebrada en Vilnius en 2023. El resultado son sanciones drásticas contra periodistas como Hüseyin Doğru, Alina Lipp, Thomas Röper y Jacques Baud.


Los gobiernos de la OTAN anunciaron en su cumbre de Vilnius de 2023 que cooperarían con la UE en sus esfuerzos redoblados por desarrollar la resiliencia social (también conocida como capacidad bélica), especialmente en lo que respecta a la lucha contra la desinformación:

«A medida que intensificamos nuestros esfuerzos para desarrollar la resiliencia, seguiremos colaborando con nuestros socios que realizan esfuerzos similares, en particular con la Unión Europea. (…) Seguiremos luchando contra la desinformación y la información errónea, entre otras cosas mediante una comunicación estratégica positiva y eficaz (es decir mediante propaganda. Nota del autor). También seguiremos apoyando a nuestros socios en el fortalecimiento de su resiliencia frente a los retos híbridos».

Esto puede interpretarse como un reconocimiento de que la OTAN está detrás de la lucha contra la llamada desinformación. No es casualidad que Bruselas sea la capital tanto de la UE como de la OTAN. Y así fue como la UE, con su «Agenda Estratégica 2024-2029» anunciada en junio de 2024, se embarcó de lleno en la carrera armamentística. Debido a una nueva «realidad geopolítica», el Consejo de la UE promete (a la OTAN) «reforzar la resiliencia (de la UE) en el marco de un enfoque que abarque todos los peligros y toda la sociedad», prestando especial atención a la resiliencia social y democrática. El razonamiento y la elección de palabras se asemejan mucho a los que se encuentran en las declaraciones de la OTAN sobre el tema de la resiliencia.

En esta «agenda estratégica», el Consejo de la UE califica sumariamente como intento de desestabilización todo lo que entra dentro de una definición muy amplia de «desinformación». La «siembra de la división» se menciona en el mismo contexto que el terrorismo y el extremismo violento:

«Reforzaremos nuestra resiliencia democrática, entre otras cosas, (…) defendiéndonos de los intentos de desestabilización, incluidos la desinformación y el discurso de odio. (…) Contrarrestaremos los intentos de sembrar la división, la radicalización, el terrorismo y el extremismo violento».

De hecho, la UE declara así enemigos del Estado a los críticos del Gobierno y de la OTAN.

Los medios de comunicación no tomaron nota de ello. Y tampoco debían hacerlo. Mi advertencia de entonces sobre esta declaración de guerra de la UE a los publicistas críticos se haría realidad muy pronto y de forma muy drástica. Los publicistas que atacan la narrativa estratégica de la OTAN y la UE en lo que respecta a Ucrania y, en el caso de Doğru, también en lo que respecta a Palestina, fueron condenados a un ostracismo medieval. Se les privó de casi todos sus derechos humanos y civiles.

Debemos ser conscientes de que esto no solo parece una ley marcial. En la UE ya rige una ley marcial no declarada. No es casualidad que el canciller federal y otros nos repitan una y otra vez que, aunque todavía no estamos en guerra, tampoco estamos en paz. Esto significa que la OTAN gobierna en segundo plano y que las garantías habituales del Estado de derecho en tiempos de paz, como la libertad de expresión y de información, ya no se aplican cuando se trata de cuestiones importantes para la OTAN.

(Publicado en : Der Bannstrahl der EU gegen kritische Publizisten geht auf einen NATO-Gipfelbeschluss von 2023 zurück | Globale Gleichheit )

Solidaridad con el ex coronel suizo tras las medidas coercitivas de la UE. El banco retira el mínimo vital al periodista berlinés Hüseyin Doğru

Autor : Max Grigutsch

En este país se produjo una gran indignación cuando el Gobierno estadounidense impuso sanciones a dos directoras generales alemanas de la organización «Hate Aid». Mientras tanto, la Unión Europea, con el consentimiento de Alemania, sigue añadiendo personas a sus propias listas de sanciones, la última de ellas el suizo Jacques Baud. Se acusa al ex coronel de ser «invitado habitual en programas de televisión y radio prorrusos» y de actuar como «portavoz de la propaganda prorrusa», según se afirma en la página web de la Comisión Europea. Sin embargo, una carta de solidaridad publicada el jueves afirma que «no es un delito llamar la atención de los lectores sobre las falsedades y la propia propaganda de la UE y la OTAN». Se exige «el levantamiento inmediato de las sanciones ilegales contra Jacques Baud, así como contra todos los periodistas, científicos y ciudadanos de la UE».

El mismo día, el periodista berlinés de izquierdas Hüseyin Doğru, sancionado desde mayo de 2025 con pretextos poco convincentes, informó de que su banco privado le había bloqueado incluso el acceso a un mínimo vital de 506 euros al mes. Esto significa que ya no tiene dinero para alimentar a su familia, entre la que hay dos bebés. «De hecho, la UE también ha sancionado a mis hijos», escribió Doğru al respecto en la plataforma X.

El periodista no tenía información sobre los motivos del bloqueo el viernes, según declaró a Junge Welt. El banco había dejado pasar el plazo correspondiente de sus abogados. «Es responsabilidad del Gobierno federal y de la UE garantizar que tenga acceso al menos a los 506 euros», afirmó Doğru. Según la ley, tiene derecho a esta suma. El Banco Federal Alemán, responsable en Alemania de la aplicación de las medidas coercitivas de la UE, no proporcionó más información el viernes a petición de Junge Welt. Se trata de una «relación contractual de derecho privado entre una persona determinada y una empresa».

La UE justificó las sanciones, entre otras cosas, alegando que Doğru, con sus reportajes sobre Palestina, sembraba «discordia étnica, política y religiosa» y contribuía así a las «actividades desestabilizadoras de Rusia». Hasta la fecha, no ha presentado pruebas sólidas de que exista una conexión con Moscú.

Mientras tanto, la portavoz de política europea del grupo parlamentario Die Linke en el Bundestag, Janina Böttger, se mostró conforme con la UE. El Frankfurter Rundschau citó el jueves su declaración: «La desinformación rusa es un problema grave, las sanciones impuestas hasta ahora contra los propagandistas financiados y apoyados por Rusia en la UE son instrumentos de una democracia capaz de defenderse y actuar». En este sentido, Böttger también entiende la decisión del Consejo de la UE en diciembre de sancionar a Baud y a otras doce personas físicas. Sin embargo, ve de otra manera las medidas contra «Hate Aid»: «En este momento estamos asistiendo a una intimidación impulsada por el Gobierno de EE. UU. contra diversos actores que defienden el Estado de derecho y los valores democráticos fundamentales».

Con este comentario Böttger aprueba «el castigo extrajudicial», apoya «la supresión de la libertad periodística y la libertad de expresión» y, en el fondo, el «desmantelamiento de la democracia burguesa», señaló Doğru, refiriéndose al doble rasero de la política de izquierda. «Le recomiendo que viva por un día la vida de una persona sancionada». Böttger no respondió a una consulta antes del cierre de la edición. «Amigos, estad alerta», advirtió mientras tanto el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis en X. Lo que la UE le ha hecho a Doğru también se le puede hacer a otros.

(Publicado en: EU-Wahrheitsregime: Sanktionen ohne Maß, Tageszeitung junge Welt, 10.01.2026

En la UE ya rige una ley marcial no declarada – Rafael Poch de Feliu



Ni democracia ni petróleo , es el dolar .

 

La extraversión de Venezuela y el motivo real de la intervención de Estados Unidos

    


13/01/2026

La intervención de Estados Unidos en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro no es fruto de exceso ni de una anomalía, sino de la explicitación de una lógica imperial que, cuando fracasa en disciplinar por medios económicos y financieros, recurre directamente a la apropiación violenta de la soberanía.

Este gesto revela hasta qué punto Venezuela ha sido situada fuera del orden normal de relaciones internacionales. No es tratada como un actor con el que se negocia, sino como un cuerpo político al que se le puede arrebatar su conducción cuando se alteran los equilibrios del sistema mundial. 

Ni democracia ni petróleo 

La explicación de la injerencia destinada a “traer democracia y libertad” ni siquiera ha hecho parte del arsenal retórico en esta ocasión, y la ofrecida por la Casa Blanca en torno al narcotráfico se desmorona por sí sola al constatar que Venezuela ocupa un lugar claramente secundario en las rutas de la droga hacia Estados Unidos.

Del mismo modo, el argumento de la búsqueda del “oro negro” a cualquier precio tampoco se sostiene, ya que Estados Unidos dispone de una elevada producción interna de hidrocarburos y, además, se abastece de países como México, Canadá y Arabia Saudí, lo que no explica por qué intervenir precisamente ahora en el petróleo venezolano


Para comprender por qué Venezuela se convierte en objeto de esta agresión neocolonial, es necesario pues abandonar las explicaciones morales o ideológicas y analizar la estructura de (in)dependencia y de inserción internacional en la que se inscribe el país.

La noción de «estrategia de extraversión», desarrollada por Jean-François Bayart en el campo de las relaciones internacionales y de la sociología histórica, ofrece un punto de partida particularmente fértil.

Bayart sostiene que la inserción de África –y más ampliamente de los países del sur– en el sistema internacional no puede entenderse como una simple relación de dominación pasiva, sino como un proceso histórico en el que los actores locales pueden utilizar y utilizan activamente la dependencia externa como recurso político.

A diferencia de las teorías dependentistas o cepalistas, que conciben la extraversión como un mecanismo esencialmente negativo porque la economía periférica orientada al exterior es sinónimo de crecimiento dependiente del centro y por lo tanto productor del “desarrollo del subdesarrollo”, el enfoque de Jean-François Bayart permite entenderla como una estrategia política activa de las élites de los Estados periféricos.

Esta perspectiva no solo subraya que los efectos de la extraversión dependen de la configuración del sistema internacional, sino que también nos aleja de una visión paternalista y occidentalista que tiende a asumir que, cuando potencias como Rusia o China amplían su influencia en África o en América Latina, estos países quedan automáticamente atrapados en una lógica colonial similar a la del pasado.

Por el contrario, el concepto de extraversión invita a analizar las relaciones internacionales como espacios de negociación, arbitraje y disputa, en los que los Estados periféricos no son meros objetos pasivos de dominación, sino actores capaces de movilizar recursos externos en función de sus propios márgenes de maniobra .

Para Bayart, los Estados del sur o periféricos no se constituyen al margen del sistema internacional, sino a través de él: las élites políticas construyen y reproducen su poder movilizando recursos externos –económicos, militares, financieros o diplomáticos– en una lógica de extraversión que implica una estrategia activa de inserción en las jerarquías globales.

Este marco teórico se forjó para analizar las trayectorias políticas africanas, pero resulta especialmente útil ahora para comprender por qué, en términos de autonomía y margen de maniobra, no es lo mismo para Venezuela depender de una sola potencia hegemónica que de un escenario bipolar o multipolar como el que encarnan China, Rusia y el espacio de los BRICS.

El grado de autonomía que puede extraerse de esa extraversión depende de la estructura del sistema mundial. Cuando el orden internacional es unipolar, la extraversión se transforma en una relación vertical y disciplinaria; cuando existen varios polos en competencia, esa misma extraversión puede convertirse en una fuente de negociación, arbitraje y autonomía relativa.

El caso venezolano ilustra con claridad esta diferencia. Bajo la hegemonía estadounidense, la inserción externa del país ha estado históricamente canalizada a través de un único eje de poder: el mercado petrolero dominado por Estados Unidos y el sistema financiero internacional estructurado en torno al dólar.

Es precisamente a ese orden al que aspiran sin tapujos el trumpismo y el movimiento MAGA: volver a una situación de explotación del petróleo venezolano de rentabilidad sin precedentes para las multinacionales estadounidenses y sus accionistas, mitificada como una “edad de oro” en los años cincuenta, cuando Estados Unidos apoyaba a Marcos Pérez Jiménez.

El petróleo venezolano se convirtió más tarde no solo en una mercancía estratégica, sino en una pieza central del engranaje del petrodólar, heredero del acuerdo de 1974 entre Washington y Arabia Saudí, mediante el cual el comercio global de crudo quedó anclado a la moneda estadounidense.

Como explica Yago Alvárez, este sistema ha permitido a Estados Unidos sostener déficits fiscales y comerciales crónicos, financiarse a bajo coste y, sobre todo, convertir su moneda en un instrumento de poder geopolítico capaz de sancionar, bloquear o asfixiar economías enteras.

Tras la nacionalización “armoniosa” impulsada por Carlos Andrés Pérez en 1976, y ya plenamente inscrita en este contexto unipolar, la extraversión venezolana no ofrecía ningún margen real de elección: depender del dólar y de los canales financieros controlados por Washington equivalía, en la práctica, a aceptar una soberanía de papel.

El motivo de la intervención de Estados Unidos

Si bien los enfrentamientos con Estados Unidos y la recuperación formal del control estatal sobre el petróleo se remontan al menos al golpe de Estado de 2002 y a las expropiaciones de ExxonMobil y ConocoPhillips, que cuestionaron el control directo de las multinacionales estadounidenses, es a partir de 2024 cuando esta configuración comienza a resquebrajarse en términos estructurales.

Venezuela comienza a vender parte de su petróleo en yuanes, euros o rublos y a construir canales de pago alternativos con China, país que había llegado a concentrar más del 80% del petróleo venezolano destinado a la exportación. Este proceso no se limita a una diversificación de socios comerciales frente a las sanciones norteamericanas, sino que altera el patrón de extraversión dominante.

Esto no elimina el hecho de que PDVSA arrastrara desde hacía años una corrupción estructural, acompañada de una caída sostenida de la producción petrolera, ni que, como señala Bayart, la multipolaridad no pueda transformarse en rentas políticas o económicas dentro de estrategias locales y clientelares de poder, que explican la lealtad del ejército al madurismo sin Maduro.

Sin embargo, estas maniobras permitieron reducir parcialmente la dependencia respecto de Estados Unidos y sortear, aunque de manera limitada, un régimen de sanciones que, como ejercicio deliberado de poder soberano, fue diseñado para empujar al país al colapso y presentar como única salida la devolución de la explotación petrolera a las empresas estadounidenses expropiadas por Hugo Chávez en 2007.

De ahí que Trump reivindique la recuperación de los activos estadounidenses supuestamente “robados» en aquella operación. La tentativa de desdolarización, aunque limitada en términos cuantitativos, posee pues un enorme valor político y simbólico: demuestra que es posible comerciar y sobrevivir fuera del circuito del dólar.

Precisamente por eso provoca una reacción tan virulenta por parte de Estados Unidos, comparable a las intervenciones militares contra Irak o Libia cuando estos países intentaron modificar las reglas monetarias del comercio petrolero. Cada vez que la hegemonía del petrodólar se ve amenazada, el centro imperial recurre a la coerción para cerrar de nuevo el espacio de la extraversión.

La diferencia fundamental entre depender de una sola potencia y operar en un entorno multipolar radica, por tanto, en la posibilidad de pluralizar las fuentes externas de poder. En un escenario BRICS, Venezuela no deja de ser un Estado extravertido, pero su extraversión deja de estar monopolizada.

La existencia de China como gran comprador de crudo, de Rusia como aliado político y energético, y de mecanismos financieros alternativos al dólar, amplía el abanico de opciones y reduce la capacidad de un solo actor para imponer disciplina absoluta.

Tal como observó Bayart en el caso africano, la competencia entre potencias permite a los Estados periféricos jugar con los equilibrios externos, renegociar condiciones y evitar la captura total por un único centro de poder.

Desde esta perspectiva, la intervención de Estados Unidos en Venezuela no puede entenderse únicamente como una disputa por el control de sus reservas petroleras o como un enfrentamiento ideológico con el gobierno de Nicolás Maduro. Se trata de un episodio de una lucha más amplia por la estructura del orden internacional, donde resurge una Doctrina Monroe que jamás fue plenamente sepultada.

El intento estadounidense de “limpiar” la influencia china en Venezuela y de imponer un alineamiento exclusivo revela el temor a un mundo en el que la extraversión deje de ser unidireccional. La expansión de los BRICS, la creciente desdolarización del comercio energético y el acercamiento entre países productores de petróleo y Pekín apunta(ba)n hacia un sistema en el que la hegemonía estadounidense ya no es incuestionable. 

Por eso el golpe contra Venezuela no es solo un ataque a un país concreto, sino un intento de Estados Unidos por mantenerse al mando y frenar la transición hacia un orden internacional en el que los Estados periféricos dispongan de mayor margen para negociar su inserción en la economía global.

Fuente: https://www.descifrandolaguerra.es/venezuela-intervencion-de-estados-unidos/

martes, 6 de enero de 2026

Venezuela y la crisis del modelo imperial USA .

                                                                             


  

 

Antonio Turiel: «Venezuela y la crisis del modelo imperial estadounidense»


 

Antonio Turiel

Con el sorpresivo secuestro de Nicolás Maduro en la madrugada del 2 al 3 de enero de 2026, Donald Trump ha inaugurado una nueva etapa del declive energético en el que llevamos ya dos décadas inmersos, desde que en 2005 la producción de petróleo crudo convencional llegara a su máximo histórico y comenzara un proceso de lento declive. Una etapa que promete ser bastante turbulenta, porque las urgencias de la escasez energética hacen que caigan las caretas y que los países muestren su verdadera cara, lo que están dispuestos a hacer con tal de preservar su situación de dominio económico.

Durante las últimas semanas, la administración Trump ha alimentado el discurso de que Venezuela es una gran plataforma del narcotráfico hacia los EE.UU., responsabilizando personalmente al presidente de Venezuela de este tráfico de cocaína. Las acciones de los EE.UU. han sido progresivamente más agresivas con Venezuela: primero, la destrucción de algunas embarcaciones de narcotraficantes; luego, el cierre del espacio aéreo venezolano; más tarde, el apresamiento de varios petroleros; y ahora el secuestro en su palacio presidencial en Caracas de Nicolás Maduro y su mujer por medio de un grupo especial de ejército americano. Lo cierto es que no se entiende este nivel de agresividad y urgencia con un problema que obviamente hace décadas que dura, y además del cual Venezuela solo es una ruta, mientras que el origen de la cocaína está obviamente en Colombia y Bolivia. Ítem más, se hace extraño que personalice el problema en el presidente del país, que probablemente tenga poca o nula relación con todo esto, pero que en todo caso no se ha aportado ningún elemento de prueba que demuestre que efectivamente está implicado. E incluso si lo estuviera, las relaciones entre los países no se pueden gestionar ni se gestionan de manera expeditiva cargando contra sus representantes, por múltiples motivos pero, entre otros, porque tal manera de hacer difícilmente puede despertar las simpatías de la población. La acción de los EE.UU. ha sido una clara violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas, y algo absolutamente extemporáneo e injustificable.

Pero toda la cuestión del narcotráfico pasó rápidamente a segundo plano cuando Donald Trump compareció delante de los medios el día 3 para explicar la operación. Sin solución de continuidad, Donald Trump explicó que las empresas petroleras de EE.UU. van a invertir miles de millones de dólares en el sector petrolífero de Venezuela, de manera que en pocos años puedan garantizar que la producción de petróleo venezolano suba desde los lánguidos 900.000 barriles diarios de hoy en día hasta los 4 ó 5 millones de barriles por día (Mb/d). En su alocución, el presidente Trump mencionó la palabra «petróleo» un total de 29 veces, más del doble de las que mencionó «narcotráfico», dejando meridianamente claro de qué iba todo esto.

La clave de todo está, por supuesto, en la Faja del Orinoco, una zona en la que se supone que hay unas reservas que se publicitan como de hasta 300.000 millones de barriles de petróleo (aunque el geólogo Art Berman siempre insiste que la mayoría de éstas son las famosas «reservas de papel», de la época en la que la OPEP infló sus números, y que en realidad hay más bien unos 100.000 millones de barriles – igualmente, una cantidad nada desdeñable).

La Faja del Orinoco es una región dentro de la cuenca hidrográfica del río Orinoco, situada a una distancia de entre 150 y 300 kilómetros de la costa, en plena selva y en territorio con una pendiente importante. La Faja del Orinoco limita al sur con el Arco Minero, donde hay importantes depósitos de diamantes, níquel y torio y muchos otros minerales estratégicos como el oro.

 ( Ver el mapa  publicado arriba) 

En la Faja del Orinoco hay petróleo extrapesado, bitumen de características similares al que se explota en Canadá. Venezuela tiene otros yacimientos con petróleo de mejores características, más convencional, sobre todo en la Bahía de Maracaibo, pero esos yacimientos han pasado ya hace mucho tiempo su máximo de extracción. La razón principal por la que la producción petrolífera de Venezuela ha bajado de los 3,5 Mb/d de finales del siglo pasado a menos de 1 Mb/d actualmente es precisamente el agotamiento de sus pozos de aguas poco profundas – y es que Venezuela, efectivamente, hace tiempo que pasó su peak oil. Es cierto que las continuas sanciones y el deterioro económico han perjudicado a la industria local y que posiblemente podría producir más de lo que produce ahora mismo, pero también es cierto que la única manera de aumentar de manera creíble la producción venezolana es mediante el petróleo extrapesado. De hecho, desde hace ya muchos años la producción de petróleo extrapesado representa aproximadamente dos tercios de todo el petróleo extraído en Venezuela.

Al igual de lo que pasa con el bitumen canadiense, el petróleo extrapesado de la Faja del Orinoco es una sustancia muy viscosa y para nada fluida, semejante al alquitrán. Su extracción es muy compleja y costosa, más que en Canadá porque mientras que en el país del arce las arenas bituminosas están en la superficie, en la Faja del Orinoco están enterradas a centenares de metros. Así pues, su extracción y procesado directo tal y como se hace en Canadá (que es más una operación de minería) es inviable en Venezuela, y la única solución es abrir un pozo que inyecte ingentes cantidades de vapor de agua para fluidificar un poco los lodos bituminosos, y al tiempo, desde otros pozos auxiliares, inyectar gases para incrementar la presión y obligar a los lodos a subir a la superficie. Una vez en superficie, se debe de lavar el bitumen para separarlo de la arena. Pero, de nuevo, estamos hablando de algo parecido al alquitrán, que no fluye, así que generalmente lo que se ha hecho es mezclarlo con petróleos ligeros o bien con agua con surfactantes (la famosa Orimulsión) para poder introducirlo en los oleoductos y llevarlo a las refinerías de la costa o bien para ser quemado en centrales térmicas. Venezuela importó durante muchos años petróleo ligero de Argelia para mezclarlo con su bitumen porque con el petróleo que extraían en Maracaibo no tenían suficiente para mover todo el bitumen que producían en la Faja.

Y de ese modo se empieza a entender el interés de los EE.UU. por el petróleo venezolano. Porque, a priori, Venezuela no debería ser el objetivo principal de los norteamericanos, dada la mala calidad (y bajísima TRE) de la mayoría de la producción petrolífera venezolana. Además, EE.UU. es ahora el principal productor de petróleo del mundo, con 13 Mb/d, así que, ¿por qué perder el tiempo con el petróleo de baja calidad de un país cuya producción es cada vez más marginal?

La clave es que, aunque EE.UU. haya conseguido gracias al fracking aumentar de manera espectacular su producción en los últimos años, el tipo de petróleo que está produciendo no es tampoco de buena calidad. De los 13 Mb/d que produce los EE.UU., algo más de 4 Mb/d provienen de pozos tradicionales que producen petróleo de buena calidad, en tanto que más de 9 Mb/d son de petróleo ligero de roca compacta extraído con el fracking. Ese petróleo está formado por hidrocarburos de cadena corta y tiene un menor rendimiento a la hora de producir diésel… justo en el momento en que empezamos a tener problemas con la producción mundial de diésel.

 

Rendimiento óptimo comparativo de diversos tipos de petróleo, en producción de nafta (gasolinas), destilados medios (gasoil, diésel, keroseno) y residuales. Datos de API. Gráfico generado con Copilot.

En general, el petróleo ligero de roca compacta proporciona alrededor de la mitad de diésel que el petróleo convencional, lo que lleva a una sobreproducción de gasolina y un defecto de producción de diésel, comprometiendo la viabilidad económica de las refinerías y creando un problema logístico muy grande. A este problema los EE.UU. le dieron una solución sencilla hace años: importar petróleo extrapesado de las arenas bituminosas de Canadá, que se puede hacer circular por los oleoductos tras mezclarlo con la fracción más ligera de su petróleo extraligero de fracking (en una proporción de 2 a 1, el doble de petróleo extrapesado que de condensado ligero). De hecho, EE.UU. ha adaptado muchas de sus refinerías para trabajar con esa mezcla, con buenos resultados. Pero Canadá hace tiempo que tocó techo con su producción de petróleo extrapesado, con una producción de algo más de 4 Mb/d, y eso se queda lejos de las necesidades de EE.UU. para producir diésel y para aprovechar su petróleo ligero de baja calidad. Recordemos, además, que en EE.UU. se consumen 21 Mb/d, es decir, quen aún tiene que importar de manera neta 8 Mb/d o el 40% de su consumo.

Por eso mismo, el petróleo extrapesado de Venezuela les resulta interesante: porque les permitiría rentabilizar su petróleo de fracking y resolver el acceso al diésel. Y esto también explica la urgencia de los EE.UU: la producción mundial de diésel hace tiempo se está moviendo entre un 10 y un 15% menos que el máximo de producción que se consiguió entre 2015 y 2017. Falta diésel en muchos países (miren los problemas en Bolivia, Nigeria o incluso en Irán), y dentro de poco comenzará a faltar también en los países occidentales.

Hay un bonus para los EE.UU. de su intervención en Venezuela, y es intentar barrer a China fuera de lo que consideran su hemisferio, el hemisferio occidental, en una reedición de la doctrina Monroe. Probablemente no por casualidad, el día antes de que Maduro fuera apresado, éste recibió en Caracas al enviado especial de China.

Pero en realidad toda la maniobra de EE.UU. lo que revela con más claridad es la debilidad de su sistema imperial. Una acción tan precipitada, con una violación tan descarada de la legalidad internacional, no es propia de un país que controla el relato de «garante de la paz» y «faro de la democracia universal». La manera tan grosera con la que directamente Trump relacionó la acción con el petróleo venezolano, sin intentar disimular un poco, dejó claro que ahora lo que mandan son las prisas y no hay tiempo para guardar las formas. Pero es que además es dudoso que el plan les salga bien. De entrada, tienen que conseguir que Venezuela se someta a sus dictados, cosa que no está tan clara que puedan conseguir. Pero incluso si Venezuela abre la mano y permite a las empresas estadounidenses campar a sus anchas en la Faja del Orinoco, la complejidad de la operación en esa zona, con los lodos bituminosos enterrados a centenares de metros, en medio de la selva, en lugares escarpados, hacen que los costes sean astronómicos. Encima, tendrían que transportar el petróleo de fracking en grandes cantidades desde los EE.UU. para disolver el bitumen y poder moverlo hacia la costa. Es dudoso que las empresas petroleras hagan esto si no reciben copiosas subvenciones del estado, y eso obligará a los EE.UU. a implementar nuevas formas recaudatorias, seguramente a imponer al resto del mundo, para poder financiar toda la operación. Hay demasiadas cosas que pueden salir mal, y encima, como dice Art Berman, se necesitaría al menos una década para desarrollar toda la infraestructura necesaria. Y una década parece demasiado en la situación actual. En la práctica, lo mejor que podría hacer los EE.UU. es mejorar la extracción en los yacimientos de Maracaibo y resto de yacimientos convencionales, y poco más.

En todo caso, mientras no haya una verdadera revolución o guerra en Venezuela, no parece que vaya a haber ninguna influencia en el precio del petróleo. La cuestión es demasiado local, y Venezuela hoy en día no es un actor tan importante a escala global. En realidad, los mayores riesgos para el mercado global de petróleo, y en particular para España, están en otros lugares: en la inestabilidad de Nigeria, en las incipientes revueltas en Irán y en las refinerías rusas bombardeadas por drones ucranianos.

Para concluir mi análisis, no puedo dejar de mencionar que he visto con cierta sorpresa como algunos de los más significados industrialistas o griniudileros patrios (todos ellos ácidos y desabridos detractores de mi persona) han creído oportuno gritar a pleno pulmón que el petróleo tiene poco o nada que ver con lo que ha pasado en Venezuela (para su desgracia, ay, pocas horas antes de que la rueda de prensa de Trump dejara claro que obviamente, sí, tiene todo que ver con el petróleo). En su batiburrilo de argumentos mal hilados y peor pensados insisten en que el triunfo del modelo de Renovable Eléctrica Industrial (REI) hace que el petróleo sea cada vez más irrelevante. Por desgracia para ellos, las muchas contradicciones internas del REI están haciendo que el sector se esté hundiendo, por más que ellos neciamente insistan en lo contrario. Durante 2026, veremos quebrar a muchos promotores de proyectos solares y fotovoltaicos, y muchos proyectos ser abandonados, y poco a poco será cada vez más claro que el REI ha fracasado, que el REI está muerto. Pero ellos necesitan seguir gritando con porfía, incluso cuando la realidad nos demuestra que, por desgracia, el petróleo sigue moviendo el mundo y que la preocupación ambiental ocupa un lugar cada vez más relegado en la agenda de los gobiernos. Aunque es normal que griten. Les va literalmente su sueldo en ello. Sinceramente, me parecen dignos de lástima. Ojalá en algún momento reconozcan su error, y pidan perdón por el daño enorme que han causado.

 The Oil Crash

Vídeo: Un breve repaso a las intervenciones imperialistas de EEUU en Latinoamérica durante el último siglo..



lunes, 5 de enero de 2026

domingo, 4 de enero de 2026

EEUU ataca a Venezuela y secuestra al matrimonio presidencial .

                                      
La caja de Pandora

Venezuela: Las cosas no son como empiezan sino como terminan

La acción criminal contra Venezuela acelerará el choque global. Si Trump enseña los dientes otros tendrán que apurarse con los misiles

Augusto Zamora,.


4 /1/2026

 El 1 de mayo de 2003, un ufano presidente George W. Bush, en un discurso televisado a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln, frente a las costas de California, anunciaba que “las principales operaciones de combate en Irak han finalizado. En la batalla de Irak, Estados Unidos y nuestros aliados han prevalecido”. Detrás de Bush se podía leer una gran pancarta que decía “Misión cumplida”. 

La ilegal invasión de Iraq había comenzado el 20 de marzo. Bush proclamó la victoria cuarenta días después. En Iraq se decía otra cosa. Que la guerra apenas había comenzado, como efectivamente así fue. Se sucedieron ocho largos y sangrientos años de guerra hasta que, en diciembre de 2011, las últimas tropas estadounidenses abandonaban, derrotadas, Iraq. Medio millón de iraquíes habían perecido de forma violenta, mientras EEUU perdía 4.500 soldados. 

La guerra no había concluido en mayo de 2003. Había comenzado.

El presidente Bush hizo, en aquel discurso, otra afirmación: “Tenemos una ardua labor por delante en Irak. Estamos poniendo orden en zonas de ese país que siguen siendo peligrosas”. Se refería a lo siguiente: gobernar Iraq como una neocolonia, con las tropas yanquis paseándose por el país como si fuera parque de atracciones. No pudieron. Al final, tuvieron que tragar y entregar el poder a la mayoría chiita, aliada de Irán, y, luego, llegar a compromisos con los iraquíes, muy lejos de lo que pensaban en 2003. 

Peor les fue en Afganistán. EEUU invadió el país en 2001 para derrocar a los talibanes, acusados de terroristas, para retirarse a la desesperada en 2021 dejándole el poder a… los talibanes. En 2025, buscaron negociar con ellos la entrega de una base aérea, a lo que, como podrán imaginarse, el gobierno talibán se negó tajantemente.

La operación terrorista ordenada por Donald Trump contra Venezuela, con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, y su eufórico discurso cantando victoria, dando por terminado el episodio y hablando de que gobernarán directamente Venezuela, tiene ecos de déjà vu, de situación vivida, no una, sino muchas veces. Trump hoy, como Bush en 2003, confunde lo inmediato del acto con las consecuencias del mismo. 

El éxito espurio de una operación comando es una cosa. La cascada de sucesos que el secuestro del presidente venezolano está y seguirá desencadenando es otra. Porque el secuestro de un presidente no es un hecho baladí. Es abrir una caja de truenos que, a su vez, servirá de desencadenante de hechos posteriores que es prematuro -e imposible- imaginar. 

Si en 2001 alguien hubiera afirmado que, en 2021, los talibanes volverían a entrar triunfantes en Kabul, las burlas habrían sido masivas. Si en 2003 se hubiera dicho que, en 2011, EEUU se retiraría de Iraq sin haber alcanzado sus objetivos, la reacción habría sido similar. Las cosas, bien lo sabemos, no son cómo empiezan, sino cómo terminan.

Los jefes de Estado son, de entrada, personas internacionalmente protegidas, según lo establece la Convención sobre la prevención y el castigo de delitos contra personas internacionalmente protegidas, inclusive los agentes diplomáticos, adoptada por NNUU el 14 de diciembre de 1973. 

La ONU considera que “los delitos contra los agentes diplomáticos y otras personas internacionalmente protegidas al poner en peligro la seguridad de esas personas crean una seria amenaza para el mantenimiento de relaciones internacionales normales, que son necesarias para la cooperación entre los Estados”. 

Según el artículo 2 de dicha Convención, “Serán calificados por cada Estado parte como delitos en su legislación interna, cuando se realicen intencionalmente: a) la comisión de un homicidio, secuestro u otro atentado contra la integridad física o la libertad de una persona internacionalmente protegida”. 

EEUU, por tanto, ha perpetrado el secuestro de una persona internacionalmente protegida, lo que constituye un delito internacional. Desde esta perspectiva, los tribunales de EEUU carecen totalmente de jurisdicción para juzgar a una persona protegida internacionalmente que ha sido objeto de secuestro, figura delictiva en todas las legislaciones del mundo, incluyendo a EEUU.

Por otra parte, se aplica aquí la antigua y fundamental máxima jurídica de que “nadie puede obtener beneficio de su propio dolo”, es decir, que nadie -persona o Estado-, puede prevalerse de un acto doloso o ilícito como base para obtener ventajas o derechos en un proceso judicial. 

Los tribunales estadounidenses, en tal sentido, no podrían, si respetaran los fundamentos esenciales del Derecho, juzgar en forma alguna al presidente venezolano. Esto no detendrá a los jueces gringos, pero permitirá constatar, una vez más, que, en EEUU, no impera el Derecho, sino la barbarie y sólo la barbarie. 

Como recoge el diario The Washington Post, “La captura de Maduro por parte de Estados Unidos puede ser ilegal; eso probablemente no importará en los tribunales”. Detrás de su rostro de ‘civilizados’ se encuentra el esclavista, el genocida y el pistolero, los tres pilares sobre los que se fue construyendo ese engendro que se hace llamar EEUU. 

Secuestrar a un presidente es un acto de guerra; pero, peor aún, es legitimar con hechos cualquier tipo de arbitrariedad derivada de la fuerza bruta. Es retrotraer al mundo la era del imperialismo salvaje del siglo XIX, cuando los supuestamente civilizados europeos se sentían autorizados, en nombre de su superioridad civilizacional, a asesinar, esclavizar, expoliar, destruir y saquear a los pueblos considerados bárbaros y salvajes. Si Trump puede secuestrar a un jefe de Estado, cualquier otro gobierno se sentirá autorizado, si puede, a ordenar el secuestro de Trump o de cualquier otro presidente. 

Otra cuestión debemos tener clara. La política del gobierno estadounidense no obedece únicamente a su histórica vocación de violencia, intervención y uso de la fuerza. Aunque su pulsión violenta les impulsa a actuar casi mecánicamente como pistoleros, esa política sigue las pautas establecidas durante las guerras mundiales, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, cuando Washington exigió a los gobiernos del continente un alineamiento sin fisuras con EEUU. 

Todos los gobiernos se alinearon, excepto el argentino, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, que rehusó declarar la guerra al Eje, por su simpatía hacia el fascismo. El punto no es ése. La rebeldía de Perón llevó a EEUU a promover la desestabilización del gobierno argentino, a tal punto que, en 1945, el embajador gringo, Spruille Braden, instigador de la sangrienta Guerra del Chaco, encabezaba las manifestaciones contra Perón. 

En octubre de 1945, un golpe de estado derrocó a Perón, que tuvo que ser liberado por los golpistas a causa de una enorme presión popular. Perón ganó las elecciones de 1946 usando el eslogan “Braden o Perón”. Hoy, en Venezuela, pueden parafrasear el eslogan, bajo el lema “Trump o Maduro”.

Trump afirma que EEUU necesita el petróleo y los recursos venezolanos porque, según él, ‘pertenecen’ a EEUU. En realidad, lo que Trump quiere es controlar los recursos de todo el continente como parte esencial de la preparación de EEUU de la guerra que viene contra China y Rusia. 

Como ya señaláramos en De Ucrania al Mar de la China, desde 2017, durante su primer periodo presidencial, Trump diseñó una estrategia militar que repetía, en lo sustantivo, la adoptada por EEUU en la II Guerra Mundial. 

Como se recordará, EEUU batalló a muerte contra Japón de 1941 a 1944 y no entró de lleno en el escenario bélico europeo hasta junio de 1944, cuando, ya vencido Japón, consideró que podía apuntarse a la guerra contra la Alemania nazi. Para 1944, el Ejército Rojo ya había demolido al ejército nazi, de forma que la participación directa de EEUU en el escenario europeo tuvo más relevancia en Hollywood que en la guerra misma.

No será posible entender la atroz agresión que sufre Venezuela y el propio secuestro del presidente Maduro y de su esposa si se le aísla del escenario mundial y de la lucha, soterrada e implacable, por el cambio sistémico en curso. 

Es esa lucha lo que explica la beligerancia de Trump en favor de candidatos derechistas ‘trumpistas’ en el continente americano y en la misma Europa. EEUU no está pretendiendo devolver la región a lo que era hace un siglo. EEUU quiere gobiernos alineados y serviles en los países americanos y europeos que bailen a su compás, sin vacilación ninguna, para cuando se inicie el enfrentamiento mundial, particularmente por el dominio del océano Pacífico. 

Aunque el petróleo esté de por medio, nadie en Venezuela se oponía a inversiones estadounidenses en el sector de hidrocarburos. Todo lo contrario, las cortapisas a una relación comercial mutuamente beneficiosa provenían del gobierno estadounidense. En febrero de 2024, Trump anunció que revocaría la licencia que “el corrupto Joe Biden concedió” a Venezuela, en 2022, para que la multinacional Chevron operara en el país. 

El petróleo es más cortina de humo que realidad. De siempre se han hecho mejores negocios en la paz que en la guerra. Durante los veinte años que duró la invasión de Afganistán, ninguna empresa de EEUU pudo extraer beneficios del país. 

Fue, todo, un desastre militar, político y, sobre todo, económico. El estudio realizado, al respecto, por la Universidad Brown, en 2019, concluyó que la guerra de Afganistán costó a EEUU la friolera de 978.000 millones de dólares. Haciendo comparaciones, el PIB de Chile, en 2025, fue de 340.000 millones de dólares. El de Suecia, de 640.000 millones. 

La visión estratégica de EEUU explica, también, el aparente menosprecio de Trump hacia los países atlantistas europeos. Trump los desprecia porque, en su mayoría, se han negado a seguir las directrices dadas desde 2017, de rearmarse comprando armamento estadounidense y de multiplicar por tres el gasto militar, hasta alcanzar el 5% del PIB. Trump, contrario a lo que predican los bobos de turno, no quiere a la OTAN débil. 

La quiere archi-militarizada con armamento gringo que, además de inyectar centenares de miles de millones de dólares a las arcas de EEUU -que necesita perentoriamente para financiar el rearme contra China-, conforme una amenaza militar suficiente para amedrentar a Rusia. Y quiere a Rusia amedrentada para que, en caso de guerra con China, Rusia no pueda brindar apoyo suficiente a China. Sin apoyo ruso, EEUU podría soñar con derrotar a China y, una vez derrotada China, pasarían a ocuparse de Rusia. 

También explica su aparente interés en la paz entre Rusia y Ucrania. En realidad, Trump ofrece un caramelo para distraer a Rusia y así dar tiempo a que los europeos atlantistas se rearmen. 

No es un esquema de paz lo que Trump está moviendo en Ucrania, sino de guerra. De la guerra sistémica que sostienen aquellos (China, Rusia, India, Irán…) que quieren instaurar un nuevo orden mundial contra los que (EEUU y sus títeres europeos) se afanan por impedirlo y prolongar cuanto puedan su hegemonía decadente. Eso aclara el apoyo o el silencio cómplice de la casta política europea hacia la operación terrorista de EEUU en Venezuela. Son zorros del mismo piñal unidos en los mismos objetivos.

No hay, en el mundo actual, conflictos aislados unos de otros. Estamos en un sistema de vasos comunicantes donde todos los grandes frentes de conflicto -Ucrania, Gaza, Irán, Asia-Pacífico, África, hoy Venezuela-, están intercomunicados y unos influyen en los otros. Lo que ha movido a EEUU contra Venezuela está relacionado con la pretensión gringa de apoderarse de Groenlandia. EEUU quiere una Groenlandia yanqui para hacer allí un símil de Taiwán y cerrar a Rusia el acceso al océano Atlántico. Y así…

Es la versión geopolítica del efecto mariposa (“un pequeño cambio ahora puede dar lugar a un cambio gigantesco e impredecible en el futuro”). Pueden ser conflictos localizados en una geografía determinada, pero que forman parte del conflicto global, cuyo escenario principal -no se engañe nadie- es el control del Pacífico. 

Allí, en el ‘arco del triunfo’ que va de la península coreana a India -que referimos en Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos-, está el corazón de la economía mundial, la mitad de la población y las cuatro mayores potencias globales. 

El acto criminal contra Venezuela tiene otras secuelas, las inmediatas. Una de ellas es recordarnos, de golpe, que el imperialismo depredatorio y violento no ha muerto. Está vivo y coleando, esperando únicamente que nos durmamos para asaltarnos. 

También sirve para recordar que la lucha antiimperialista acabará sólo cuando los sistemas imperialistas hayan sido derrotados. No es posible saber qué derroteros seguirá la agresión contra Venezuela. Lo que debemos tener claro es que, mientras el enemigo está despierto, estamos obligados a permanecer en vigilia. Hoy es Venezuela, mañana cualquiera. De fondo, el planeta entero. 

Una inédita versión global de lucha entre opresores y oprimidos. Entre oligarquías y pueblos. Entre un mundo unipolar, en manos criminales, y el mundo multipolar, que queremos en manos de la humanidad. Venezuela es el nuevo capítulo, no el último. Habrá otros. Irán, Egipto, Indonesia, África Central… Y no hay que llamarse a engaño. La acción criminal contra Venezuela acelerará el choque global. Si Trump enseña los dientes otros tendrán que apurarse con los misiles. 

Sin dar espacio al desaliento, toca estar alertas y preparados. Se han perdido, se pierden y se perderán batallas pero, al final, la victoria será nuestra. Hagan números y verán que salen las cuentas.

jueves, 1 de enero de 2026

Tecno-utopía y depredación.

 Brutalidad, depredación y tecno-utopía 

Protegida bajo el paraguas estadounidense, convencida de la eficacia de la disuasión nuclear y de que el Estado de derecho, el multilateralismo y el comercio podrían mantener la paz, Europa ha dejado de verse a sí misma como un actor estratégico. En un mundo donde la brutalidad tiende a dominar las relaciones internacionales, la complacencia de Europa es aún más perjudicial dado que se ha forjado una alianza sin precedentes entre la tecnología y gobernantes depredadores, incluido el otrora amistoso Estados Unidos. El resultado son nuevas formas de conflicto en las que Europa no tiene ni habilidades ni experiencia. Thierry Balzac y Giuliano Da Empoli discuten este importante punto de inflexión geopolítico con el politólogo Hugo Micheron.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Esto no es una guerra es un genocidio .

 

Vergüenza para la ONU por ratificar un genocidio


Fuentes: Voces del Mundo [Foto de Nathaniel St. Clair]


Tras el 7 de octubre

A lo largo de este período se ha cuestionado la competencia de la ONU frente al genocidio ante la conciencia de que se negaba a respetar las sentencias de los principales tribunales internacionales (la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional). Pero es necesario comprender mejor que, cuando se fundó la ONU hace 80 años, la Carta otorgó la última palabra en cuestiones de seguridad mundial a los cinco Estados vencedores de la Segunda Guerra Mundial, y no al derecho internacional, como creían sus más fervientes defensores. Con una intención muy clara, a pesar de la prioridad otorgada a la prevención de la guerra en el preámbulo de la Carta, se privó a la Organización de la capacidad de actuar de forma coercitiva contra la agresión, el apartheid y el genocidio. En cambio, a los vencedores (es decir, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad) de la guerra contra el fascismo que había concluido recientemente se les concedió también un derecho de veto que equivalía a un derecho ilimitado de cualquiera de los cinco en el único órgano político de la ONU con autoridad para tomar decisiones vinculantes, y esta disposición implicó no solo la posibilidad de excluirse de las decisiones contrarias a su voluntad, sino también la de impedir que el Consejo de Seguridad actuara aunque los otros 14 miembros votaran unánimemente a favor de la decisión. En la práctica esto significó que las perspectivas de paz y seguridad en situaciones de conflicto grave quedaban en manos de los cálculos geopolíticos y las alianzas de estos cinco miembros más poderosos y peligrosos de la nueva organización.

Durante la Guerra Fría, que prevaleció entre 1945 y 1991, la parálisis de la ONU en relación con la gestión de la seguridad mundial se debió principalmente a la prudencia de que hicieron gala las opuestas alianzas de las fuerzas de la OTAN lideradas por Estados Unidos, por un lado, y de las fuerzas de Varsovia lideradas por la Unión Soviética, por otro, divididas por la rivalidad ideológica y estratégica. La ONU se contentó con ser un espectador o un escenario de denuncias propagandísticas opuestas en lo que respecta a la guerra de Vietnam, las intervenciones de Moscú en Europa del Este y otros escenarios de conflictos violentos que afectaban a los intereses estratégicos de los cinco permanentes (5P). Esto se debió en parte al marco constitucional de la ONU, pero también reflejó la falta de voluntad de muchos países líderes para diluir su soberanía en lo que respecta a la seguridad nacional. Esta negativa se ilustró de forma dramática con el rechazo del desarme nuclear y la preferencia por la disuasión, lo que puso de manifiesto la orientación militarista de las élites de la política exterior de los gobiernos líderes. Combina una versión militarizada del poder duro de la seguridad global con las ambiciones estratégicas de los 5P de reinventar la dominación occidental en un periodo de colapso del colonialismo europeo.

En este contexto, el papel de la ONU, aunque decepcionante, no resultaba sorprendente, dados los fuertes lazos entre el Occidente blanco e Israel en este enfrentamiento con una Palestina de mayoría musulmana en la estratégicamente importante región de Oriente Medio. Esto dotó a la lucha de una dimensión intercivilizacional, al tiempo que supuso un desafío para la hegemonía occidental en relación con las reservas energéticas, la venta de armas y, en general, el comercio y la inversión. Esta línea de interpretación se vio acentuada por Hamás, una organización antioccidental y de orientación religiosa, una entidad no estatal que los medios de comunicación occidentales y la propaganda estatal caracterizaron como nada menos que una organización terrorista. Esta postura ignoró la victoria política de Hamás en las elecciones de 2006, supervisadas internacionalmente, y su papel como centro de la resistencia palestina, con base legal, ante una ocupación israelí que violaba sistemáticamente las normas jurídicas humanitarias internacionales establecidas en el IV Convenio de Ginebra de 1949, que regula la «ocupación beligerante». Los miembros de la ONU cómplices de Israel han apoyado el genocidio en Gaza durante dos años, y si han retirado de alguna forma su apoyo se ha debido principalmente al aumento de las protestas públicas en sus países, ya que Israel ha excedido todos los límites de la ley y la moral al persistir en su campaña genocida. Cabe destacar que, el 19 de julio de 2024, la CIJ, por votación casi unánime, declaró ilegal la ocupación israelí de Gaza y Cisjordania (e incluso de Jerusalén Este), decretando su retirada, un resultado que la Asamblea General apoyó formalmente y que, como cabía esperar, Israel y su grupo de apoyo ignoraron.

Esta agenda política explica que en el Consejo de Seguridad se vetaran las seis iniciativas de alto el fuego, junto con el fracaso de los Estados cómplices, sobre todo Estados Unidos, a la hora de utilizar la influencia de su poder blando para inducir a Israel a detener su embestida sobre Gaza y satisfacer las legítimas reivindicaciones del pueblo palestino. Esa voluntad se ha visto inhibida por el realismo político adherido a la era prenuclear, los intereses especiales de las industrias armamentísticas y una burocracia gubernamental largamente militarizada.

La vergonzosa respuesta de la ONU al plan de Trump

En mi opinión, los 15 miembros del Consejo de Seguridad votaron vergonzosamente por unanimidad a favor del proyecto de resolución de Estados Unidos, adoptado como Resolución 2803 del Consejo de Seguridad el 17 de noviembre de 2025, que respalda el plan de Trump para la estabilización de Gaza. El plan surgió con la aprobación de Israel y se dio a conocer, de manera significativa, durante una visita de Netanyahu a la Casa Blanca en una conferencia de prensa conjunta. La característica fundamental del plan era recompensar a los autores de un prolongado genocidio, precedido de apartheid y que ha convertido Gaza en un páramo. En la resolución no sólo no se hacía referencia al desafío de Israel a las sentencias de la Corte Internacional de Justicia, las resoluciones de la Asamblea General o las evaluaciones de académicos independientes sobre el genocidio. Ni Israel, ni Estados Unidos, ni los demás Estados cómplices se han visto obligados a pagar indemnizaciones por los daños ilegales causados en Gaza, sino que esta cuestión se dejó en manos de las fuerzas combinadas del capitalismo buitre, que operaba libremente como si la reconstrucción de Gaza fuera una empresa inmobiliaria, y de las contribuciones monetarias de los gobiernos árabes.

En este proceso, no solo se impuso el marco diplomático a los palestinos, sino que se aceptó a Estados Unidos como el «pacificador» legítimo, a pesar de que colaboraba abiertamente con Israel en la redacción del plan y excluía deliberadamente la participación palestina. De hecho, el Gobierno de los Estados Unidos llegó incluso a denegar visados a cualquier delegado de la Autoridad Palestina que quisiera asistir a la reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas o participar de cualquier otra forma en los procedimientos de las Naciones Unidas que determinaban el futuro de Palestina. Esto hace que la resolución sea un paso atrás frente al objetivo de lograr una serie de acuerdos para un futuro pacífico y justo, elaborados con la participación de una representación palestina adecuada y dedicados a una paz justa y duradera.

En cambio, la resolución 2803 del Consejo de Seguridad, si se considera en su conjunto, exime indirectamente a los culpables de su comportamiento pasado, llevando la impunidad al extremo. Más allá de esto, la 2803 reconoce visiblemente el control total de Estados Unidos sobre los actuales esfuerzos diplomáticos para sustituir la violencia israelí desenfrenada por un alto el fuego que Israel ignora a su antojo. El sangriento resultado ha sido cientos de violaciones letales del alto el fuego que, según estimaciones del Ministerio de Salud de Gaza, han causado hasta ahora la muerte de más de 400 palestinos, sin que Israel recibido reproche alguno de Washington por abusar así del acuerdo de alto el fuego.

En cuanto al futuro, la resolución 2803 respalda un acuerdo colonialista de transición que se hace realidad gracias a una Junta de Paz, presidida, por supuesto, por Donald Trump, y que aporta estabilidad a Gaza mediante la creación de una Fuerza Internacional de Estabilización formada por las contribuciones de tropas de los miembros de la ONU que respaldan el plan. Estados Unidos ha reconocido descaradamente sus propios objetivos transaccionales al prometer 112.000 millones de dólares para reconstruir Gaza como centro mundial de comercio, inversión y turismo. La gobernanza de Gaza se deja en parte en manos de Israel, que parece reclamar una presencia permanente de seguridad en el norte de Gaza, por encima de la llamada línea amarilla.

Dada la forma tan dudosa de aliviar la catástrofe de Gaza en esta fase tan tardía, ¿cómo podemos explicar el amplio apoyo internacional y la desaparición de la oposición en el Consejo de Seguridad? Los cinco miembros del Consejo de Seguridad del Sur Global (Argelia, Somalia, Guyana, Sierra Leona y Panamá) hicieron algunos comentarios críticos sobre la resolución 2803 durante el debate formal que precedió a la votación, centrándose en su vaguedad en cuanto a detalles cruciales e incluso en su parcialidad, pero todos acabaron votando a favor. ¿Reflejó esa votación un acuerdo genuino o, más probablemente, fue una votación que reconoció la primacía geopolítica en lo que respecta a la gestión de la seguridad mundial? ¿Y por qué Indonesia y Pakistán, países de mayoría musulmana, aunque no son miembros del Consejo de Seguridad, se esforzaron por expresar su aprobación de la vía del 2803 hacia el futuro? Más comprensible fue la aprobación expresada por la Unión Europea, que volvió a servir como recordatorio de que el trato que Israel da a los palestinos forma parte del largo juego civilizatorio judeocristiano de mantener la hegemonía en Oriente Medio.

Igual de preocupante fue el respaldo a la resolución 2803 por parte del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, quien no sólo la acogió con satisfacción, sino que expresó su esperanza de que su impulso se tradujera en «medidas concretas». Afortunadamente, la relatora especial de la ONU sobre los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, expresó su «grave preocupación por la adopción de la resolución 2803 por parte del Consejo de Seguridad, advirtiendo que va en contra del derecho palestino a la autodeterminación, consolida la presencia ilegal de Israel en los territorios palestinos ocupados, incluidas las políticas y prácticas ilegales en curso, y, por lo tanto, corre el riesgo de legitimar la violencia masiva actual».  De manera reveladora, Albanese pronunció la verdad de estas palabras ante el poder después de soportar las sanciones punitivas impuestas en julio por su valiente disposición a dar testimonio oficial de lo que se estaba volviendo demasiado evidente a los ojos y oídos de los pueblos del mundo. Resulta irónico que la respuesta de la ONU a la 2803 se haya visto en cierto modo rescatada de la mancha de la complicidad por una persona designada sin remuneración y no sujeta a la disciplina de la ONU. Sus palabras coinciden con las de Craig Mokhiber, quien dimitió de un alto cargo en la ONU por su incapacidad para tratar de forma responsable las reivindicaciones palestinas y que, en los últimos años, se ha convertido en el crítico más informado e incisivo del enfoque de la ONU, reforzando la franqueza de Albanese en nombre de la ley y la justicia con respecto a las reivindicaciones y los derechos palestinos, pero el propio enfoque transaccional de la Organización chocó entre los imperativos geopolíticos y el cumplimiento de la Carta de las Naciones Unidas.

También resulta extraño que Rusia y China, aunque expresaron algunas críticas durante el debate, no utilizaran su derecho de veto para bloquear la aprobación de la resolución 2803, especialmente teniendo en cuenta el frecuente uso del veto por parte de Estados Unidos en favor de Israel y considerando los principios que estaban en juego. Es probable que les impresionara la aceptación por parte de Hamás del enfoque general y no quisieran ser vistos como los responsables del fracaso del Plan Trump, lo que sin duda habría significado el fin del ya deteriorado alto el fuego. Además, tanto China como Rusia parecen considerar que la estabilidad mundial depende de un cierto grado de reciprocidad geopolítica en relación con sus relaciones trilaterales. En este sentido limitado, Trump parece estar más de acuerdo con la idea de que las relaciones de cooperación con estos dos países aportarían estabilidad y beneficios transaccionales que el enfoque de Biden de luchar contra Rusia a través de Ucrania para preservar el dominio estadounidense tras la Guerra Fría, una vía que aumentaba el riesgo de una tercera guerra mundial con armas nucleares, lo que habría prolongado la guerra de Ucrania con numerosas víctimas en ambos bandos. El enfoque de Trump, aunque frágil debido a su estilo voluble, hacía hincapié en la estabilidad geopolítica si ello significaba aceptar esferas de influencia que comprometían la soberanía de los Estados más pequeños e incluso, como en este caso, pasar por alto el genocidio.

El rechazo de la resolución 2803 por parte de Hamás no fue del todo una sorpresa. No explica por qué Hamás aceptó la diplomacia de Trump en un principio, salvo por las perspectivas de alto el fuego y retirada de las Fuerzas de Defensa de Israel. La aceptación de Hamás se extendió a todo el plan de Trump, pero con esta postura en contra de la resolución 2803 y su anunciada negativa a desarmarse, ahora puede ser la base de un compromiso mejor o, al menos, un punto muerto en busca de nuevos progresos. Hamás e Irán, el otro crítico vocal de la resolución, también están reaccionando sin duda a la ausencia por parte de Israel de cualquier voluntad de mostrar signos de adoptar una política de reconciliación, ni de respetar concienzudamente el alto el fuego inicial, la retirada parcial y el fin de las rígidas restricciones a la ayuda humanitaria. El hecho de que Israel no haya mostrado piedad alguna hacia una población que vive sin calefacción, sin refugios seguros y sin alimentos y suministros médicos adecuados transmite el escalofriante mensaje de que Israel ni siquiera ha considerado abandonar sus ambiciones expansionistas, que incluyen una mayor limpieza étnica en Gaza y un aumento del crecimiento de los asentamientos en Cisjordania.

El representante estadounidense insistió en que «un voto en contra de esta resolución es un voto a favor de volver a la guerra», lo cual formaba parte del enfoque de Trump de «o lo tomas o lo dejas». Tampoco es de extrañar que Netanyahu aplaudiera el respaldo a la resolución 2803 declarando que «el plan del presidente Trump conducirá a la paz y la prosperidad porque insiste en la desmilitarización total, el desarme y la desradicalización de Gaza». Tampoco es sorprendente que Francia y el Reino Unido endulzaran su respaldo al plan de Trump con declaraciones verbales de apoyo condicional a la eventual creación de un Estado palestino, tal y como se afirma en su patrocinio de la Declaración de Nueva York, que prevé la futura representación palestina bajo la autoridad de una Autoridad Palestina (AP) reconstituida, creada a su vez por la diplomacia dominada por Estados Unidos e Israel, que ha eludido la autodeterminación palestina, pero que ahora se está reutilizando para aplicar el plan de Trump. El apoyo anunciado por la AP a la resolución 2803 es una medida calculada para convencer a Israel y a Estados Unidos de que se puede contar con ella para seguir su escenario de estabilización, a pesar de su rechazo a las reivindicaciones palestinas y su negación del derecho de Palestina a la autodeterminación. Ofrecer estas migajas a la AP, al tiempo que se descalifica a Hamás de cualquier papel en la representación del pueblo palestino, es emblemático de la siguiente fase del juego final sionista, que implica la rendición política de Palestina y la eliminación de Hamás y de la resistencia palestina.

Observaciones finales

Las maniobras de los Estados, que siguen sus propios intereses en lugar de los valores supuestamente compartidos asociados con la Carta de las Naciones Unidas y el estado de derecho internacional, son lo que cabe esperar dada la historia de las relaciones internacionales y la orientación política realista de la mayoría de las élites de política exterior. No obstante, es lamentable, dada la flagrante indiferencia hacia la justicia y los derechos que impregna el Plan Trump y el poder diplomático y militar de que dispone Estados Unidos. No augura nada bueno para afrontar otros retos del orden mundial, como el cambio climático, los flujos migratorios, la estabilidad ecológica, una distribución menos desigual de la riqueza y los ingresos entre las personas, los Estados y las regiones, así como un compromiso más firme con los modos pacíficos de resolución de conflictos.

Esta saga de la 2803 es especialmente desafortunada porque demuestra que la gestión geopolítica de la seguridad mundial va más allá del poder de veto de los cinco miembros permanentes. En aras de la estabilidad, la sede de la ONU acepta implícitamente el genocidio israelí en una medida indecorosa al respaldar por unanimidad un futuro neocolonialista para Gaza y la impunidad para Israel y sus cómplices. Simbólico de esta indecorosa sumisión de la ONU y sus miembros es el respaldo a la resolución 2803 por parte del líder de la ONU, una persona declarada persona non grata por Israel hace más de un año. El insultante rechazo de Israel a la ONU como «un pozo negro de antisemitismo» y similares debería haber llevado al menos al secretario general de la Organización a responder con un silencio sepulcral a la resolución 2803, en lugar de arrodillarse en señal de sumisión. Esto envía un mensaje vergonzoso al mundo de que, desde la perspectiva de la ONU, ni siquiera el genocidio descalifica a un Estado para recibir recompensas diplomáticas y territoriales, siempre y cuando los actores geopolíticos o los 5P sigan a bordo. En efecto, la dinámica de la política de poder sigue haciendo historia, a pesar de las desastrosas consecuencias.

Richard Falk es Catedrático Emérito de Derecho Internacional Albert G. Milbank de la Universidad de Princeton, Catedrático de Derecho Global de la Universidad Queen Mary de Londres e Investigador Asociado del Centro Orfalea de Estudios Globales de la UCSB.

Texto en inglés: CounterPunch.org, traducido por Sinfo Fernández.

Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2025/12/30/verguenza-para-la-onu-por-ratificar-un-genocidio/