domingo, 4 de enero de 2026

EEUU ataca a Venezuela y secuestra al matrimonio presidencial .

                                      
La caja de Pandora

Venezuela: Las cosas no son como empiezan sino como terminan

La acción criminal contra Venezuela acelerará el choque global. Si Trump enseña los dientes otros tendrán que apurarse con los misiles

Augusto Zamora,.


4 /1/2026

 El 1 de mayo de 2003, un ufano presidente George W. Bush, en un discurso televisado a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln, frente a las costas de California, anunciaba que “las principales operaciones de combate en Irak han finalizado. En la batalla de Irak, Estados Unidos y nuestros aliados han prevalecido”. Detrás de Bush se podía leer una gran pancarta que decía “Misión cumplida”. 

La ilegal invasión de Iraq había comenzado el 20 de marzo. Bush proclamó la victoria cuarenta días después. En Iraq se decía otra cosa. Que la guerra apenas había comenzado, como efectivamente así fue. Se sucedieron ocho largos y sangrientos años de guerra hasta que, en diciembre de 2011, las últimas tropas estadounidenses abandonaban, derrotadas, Iraq. Medio millón de iraquíes habían perecido de forma violenta, mientras EEUU perdía 4.500 soldados. 

La guerra no había concluido en mayo de 2003. Había comenzado.

El presidente Bush hizo, en aquel discurso, otra afirmación: “Tenemos una ardua labor por delante en Irak. Estamos poniendo orden en zonas de ese país que siguen siendo peligrosas”. Se refería a lo siguiente: gobernar Iraq como una neocolonia, con las tropas yanquis paseándose por el país como si fuera parque de atracciones. No pudieron. Al final, tuvieron que tragar y entregar el poder a la mayoría chiita, aliada de Irán, y, luego, llegar a compromisos con los iraquíes, muy lejos de lo que pensaban en 2003. 

Peor les fue en Afganistán. EEUU invadió el país en 2001 para derrocar a los talibanes, acusados de terroristas, para retirarse a la desesperada en 2021 dejándole el poder a… los talibanes. En 2025, buscaron negociar con ellos la entrega de una base aérea, a lo que, como podrán imaginarse, el gobierno talibán se negó tajantemente.

La operación terrorista ordenada por Donald Trump contra Venezuela, con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, y su eufórico discurso cantando victoria, dando por terminado el episodio y hablando de que gobernarán directamente Venezuela, tiene ecos de déjà vu, de situación vivida, no una, sino muchas veces. Trump hoy, como Bush en 2003, confunde lo inmediato del acto con las consecuencias del mismo. 

El éxito espurio de una operación comando es una cosa. La cascada de sucesos que el secuestro del presidente venezolano está y seguirá desencadenando es otra. Porque el secuestro de un presidente no es un hecho baladí. Es abrir una caja de truenos que, a su vez, servirá de desencadenante de hechos posteriores que es prematuro -e imposible- imaginar. 

Si en 2001 alguien hubiera afirmado que, en 2021, los talibanes volverían a entrar triunfantes en Kabul, las burlas habrían sido masivas. Si en 2003 se hubiera dicho que, en 2011, EEUU se retiraría de Iraq sin haber alcanzado sus objetivos, la reacción habría sido similar. Las cosas, bien lo sabemos, no son cómo empiezan, sino cómo terminan.

Los jefes de Estado son, de entrada, personas internacionalmente protegidas, según lo establece la Convención sobre la prevención y el castigo de delitos contra personas internacionalmente protegidas, inclusive los agentes diplomáticos, adoptada por NNUU el 14 de diciembre de 1973. 

La ONU considera que “los delitos contra los agentes diplomáticos y otras personas internacionalmente protegidas al poner en peligro la seguridad de esas personas crean una seria amenaza para el mantenimiento de relaciones internacionales normales, que son necesarias para la cooperación entre los Estados”. 

Según el artículo 2 de dicha Convención, “Serán calificados por cada Estado parte como delitos en su legislación interna, cuando se realicen intencionalmente: a) la comisión de un homicidio, secuestro u otro atentado contra la integridad física o la libertad de una persona internacionalmente protegida”. 

EEUU, por tanto, ha perpetrado el secuestro de una persona internacionalmente protegida, lo que constituye un delito internacional. Desde esta perspectiva, los tribunales de EEUU carecen totalmente de jurisdicción para juzgar a una persona protegida internacionalmente que ha sido objeto de secuestro, figura delictiva en todas las legislaciones del mundo, incluyendo a EEUU.

Por otra parte, se aplica aquí la antigua y fundamental máxima jurídica de que “nadie puede obtener beneficio de su propio dolo”, es decir, que nadie -persona o Estado-, puede prevalerse de un acto doloso o ilícito como base para obtener ventajas o derechos en un proceso judicial. 

Los tribunales estadounidenses, en tal sentido, no podrían, si respetaran los fundamentos esenciales del Derecho, juzgar en forma alguna al presidente venezolano. Esto no detendrá a los jueces gringos, pero permitirá constatar, una vez más, que, en EEUU, no impera el Derecho, sino la barbarie y sólo la barbarie. 

Como recoge el diario The Washington Post, “La captura de Maduro por parte de Estados Unidos puede ser ilegal; eso probablemente no importará en los tribunales”. Detrás de su rostro de ‘civilizados’ se encuentra el esclavista, el genocida y el pistolero, los tres pilares sobre los que se fue construyendo ese engendro que se hace llamar EEUU. 

Secuestrar a un presidente es un acto de guerra; pero, peor aún, es legitimar con hechos cualquier tipo de arbitrariedad derivada de la fuerza bruta. Es retrotraer al mundo la era del imperialismo salvaje del siglo XIX, cuando los supuestamente civilizados europeos se sentían autorizados, en nombre de su superioridad civilizacional, a asesinar, esclavizar, expoliar, destruir y saquear a los pueblos considerados bárbaros y salvajes. Si Trump puede secuestrar a un jefe de Estado, cualquier otro gobierno se sentirá autorizado, si puede, a ordenar el secuestro de Trump o de cualquier otro presidente. 

Otra cuestión debemos tener clara. La política del gobierno estadounidense no obedece únicamente a su histórica vocación de violencia, intervención y uso de la fuerza. Aunque su pulsión violenta les impulsa a actuar casi mecánicamente como pistoleros, esa política sigue las pautas establecidas durante las guerras mundiales, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, cuando Washington exigió a los gobiernos del continente un alineamiento sin fisuras con EEUU. 

Todos los gobiernos se alinearon, excepto el argentino, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, que rehusó declarar la guerra al Eje, por su simpatía hacia el fascismo. El punto no es ése. La rebeldía de Perón llevó a EEUU a promover la desestabilización del gobierno argentino, a tal punto que, en 1945, el embajador gringo, Spruille Braden, instigador de la sangrienta Guerra del Chaco, encabezaba las manifestaciones contra Perón. 

En octubre de 1945, un golpe de estado derrocó a Perón, que tuvo que ser liberado por los golpistas a causa de una enorme presión popular. Perón ganó las elecciones de 1946 usando el eslogan “Braden o Perón”. Hoy, en Venezuela, pueden parafrasear el eslogan, bajo el lema “Trump o Maduro”.

Trump afirma que EEUU necesita el petróleo y los recursos venezolanos porque, según él, ‘pertenecen’ a EEUU. En realidad, lo que Trump quiere es controlar los recursos de todo el continente como parte esencial de la preparación de EEUU de la guerra que viene contra China y Rusia. 

Como ya señaláramos en De Ucrania al Mar de la China, desde 2017, durante su primer periodo presidencial, Trump diseñó una estrategia militar que repetía, en lo sustantivo, la adoptada por EEUU en la II Guerra Mundial. 

Como se recordará, EEUU batalló a muerte contra Japón de 1941 a 1944 y no entró de lleno en el escenario bélico europeo hasta junio de 1944, cuando, ya vencido Japón, consideró que podía apuntarse a la guerra contra la Alemania nazi. Para 1944, el Ejército Rojo ya había demolido al ejército nazi, de forma que la participación directa de EEUU en el escenario europeo tuvo más relevancia en Hollywood que en la guerra misma.

No será posible entender la atroz agresión que sufre Venezuela y el propio secuestro del presidente Maduro y de su esposa si se le aísla del escenario mundial y de la lucha, soterrada e implacable, por el cambio sistémico en curso. 

Es esa lucha lo que explica la beligerancia de Trump en favor de candidatos derechistas ‘trumpistas’ en el continente americano y en la misma Europa. EEUU no está pretendiendo devolver la región a lo que era hace un siglo. EEUU quiere gobiernos alineados y serviles en los países americanos y europeos que bailen a su compás, sin vacilación ninguna, para cuando se inicie el enfrentamiento mundial, particularmente por el dominio del océano Pacífico. 

Aunque el petróleo esté de por medio, nadie en Venezuela se oponía a inversiones estadounidenses en el sector de hidrocarburos. Todo lo contrario, las cortapisas a una relación comercial mutuamente beneficiosa provenían del gobierno estadounidense. En febrero de 2024, Trump anunció que revocaría la licencia que “el corrupto Joe Biden concedió” a Venezuela, en 2022, para que la multinacional Chevron operara en el país. 

El petróleo es más cortina de humo que realidad. De siempre se han hecho mejores negocios en la paz que en la guerra. Durante los veinte años que duró la invasión de Afganistán, ninguna empresa de EEUU pudo extraer beneficios del país. 

Fue, todo, un desastre militar, político y, sobre todo, económico. El estudio realizado, al respecto, por la Universidad Brown, en 2019, concluyó que la guerra de Afganistán costó a EEUU la friolera de 978.000 millones de dólares. Haciendo comparaciones, el PIB de Chile, en 2025, fue de 340.000 millones de dólares. El de Suecia, de 640.000 millones. 

La visión estratégica de EEUU explica, también, el aparente menosprecio de Trump hacia los países atlantistas europeos. Trump los desprecia porque, en su mayoría, se han negado a seguir las directrices dadas desde 2017, de rearmarse comprando armamento estadounidense y de multiplicar por tres el gasto militar, hasta alcanzar el 5% del PIB. Trump, contrario a lo que predican los bobos de turno, no quiere a la OTAN débil. 

La quiere archi-militarizada con armamento gringo que, además de inyectar centenares de miles de millones de dólares a las arcas de EEUU -que necesita perentoriamente para financiar el rearme contra China-, conforme una amenaza militar suficiente para amedrentar a Rusia. Y quiere a Rusia amedrentada para que, en caso de guerra con China, Rusia no pueda brindar apoyo suficiente a China. Sin apoyo ruso, EEUU podría soñar con derrotar a China y, una vez derrotada China, pasarían a ocuparse de Rusia. 

También explica su aparente interés en la paz entre Rusia y Ucrania. En realidad, Trump ofrece un caramelo para distraer a Rusia y así dar tiempo a que los europeos atlantistas se rearmen. 

No es un esquema de paz lo que Trump está moviendo en Ucrania, sino de guerra. De la guerra sistémica que sostienen aquellos (China, Rusia, India, Irán…) que quieren instaurar un nuevo orden mundial contra los que (EEUU y sus títeres europeos) se afanan por impedirlo y prolongar cuanto puedan su hegemonía decadente. Eso aclara el apoyo o el silencio cómplice de la casta política europea hacia la operación terrorista de EEUU en Venezuela. Son zorros del mismo piñal unidos en los mismos objetivos.

No hay, en el mundo actual, conflictos aislados unos de otros. Estamos en un sistema de vasos comunicantes donde todos los grandes frentes de conflicto -Ucrania, Gaza, Irán, Asia-Pacífico, África, hoy Venezuela-, están intercomunicados y unos influyen en los otros. Lo que ha movido a EEUU contra Venezuela está relacionado con la pretensión gringa de apoderarse de Groenlandia. EEUU quiere una Groenlandia yanqui para hacer allí un símil de Taiwán y cerrar a Rusia el acceso al océano Atlántico. Y así…

Es la versión geopolítica del efecto mariposa (“un pequeño cambio ahora puede dar lugar a un cambio gigantesco e impredecible en el futuro”). Pueden ser conflictos localizados en una geografía determinada, pero que forman parte del conflicto global, cuyo escenario principal -no se engañe nadie- es el control del Pacífico. 

Allí, en el ‘arco del triunfo’ que va de la península coreana a India -que referimos en Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos-, está el corazón de la economía mundial, la mitad de la población y las cuatro mayores potencias globales. 

El acto criminal contra Venezuela tiene otras secuelas, las inmediatas. Una de ellas es recordarnos, de golpe, que el imperialismo depredatorio y violento no ha muerto. Está vivo y coleando, esperando únicamente que nos durmamos para asaltarnos. 

También sirve para recordar que la lucha antiimperialista acabará sólo cuando los sistemas imperialistas hayan sido derrotados. No es posible saber qué derroteros seguirá la agresión contra Venezuela. Lo que debemos tener claro es que, mientras el enemigo está despierto, estamos obligados a permanecer en vigilia. Hoy es Venezuela, mañana cualquiera. De fondo, el planeta entero. 

Una inédita versión global de lucha entre opresores y oprimidos. Entre oligarquías y pueblos. Entre un mundo unipolar, en manos criminales, y el mundo multipolar, que queremos en manos de la humanidad. Venezuela es el nuevo capítulo, no el último. Habrá otros. Irán, Egipto, Indonesia, África Central… Y no hay que llamarse a engaño. La acción criminal contra Venezuela acelerará el choque global. Si Trump enseña los dientes otros tendrán que apurarse con los misiles. 

Sin dar espacio al desaliento, toca estar alertas y preparados. Se han perdido, se pierden y se perderán batallas pero, al final, la victoria será nuestra. Hagan números y verán que salen las cuentas.

jueves, 1 de enero de 2026

Tecno-utopía y depredación.

 Brutalidad, depredación y tecno-utopía 

Protegida bajo el paraguas estadounidense, convencida de la eficacia de la disuasión nuclear y de que el Estado de derecho, el multilateralismo y el comercio podrían mantener la paz, Europa ha dejado de verse a sí misma como un actor estratégico. En un mundo donde la brutalidad tiende a dominar las relaciones internacionales, la complacencia de Europa es aún más perjudicial dado que se ha forjado una alianza sin precedentes entre la tecnología y gobernantes depredadores, incluido el otrora amistoso Estados Unidos. El resultado son nuevas formas de conflicto en las que Europa no tiene ni habilidades ni experiencia. Thierry Balzac y Giuliano Da Empoli discuten este importante punto de inflexión geopolítico con el politólogo Hugo Micheron.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Esto no es una guerra es un genocidio .

 

Vergüenza para la ONU por ratificar un genocidio


Fuentes: Voces del Mundo [Foto de Nathaniel St. Clair]


Tras el 7 de octubre

A lo largo de este período se ha cuestionado la competencia de la ONU frente al genocidio ante la conciencia de que se negaba a respetar las sentencias de los principales tribunales internacionales (la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional). Pero es necesario comprender mejor que, cuando se fundó la ONU hace 80 años, la Carta otorgó la última palabra en cuestiones de seguridad mundial a los cinco Estados vencedores de la Segunda Guerra Mundial, y no al derecho internacional, como creían sus más fervientes defensores. Con una intención muy clara, a pesar de la prioridad otorgada a la prevención de la guerra en el preámbulo de la Carta, se privó a la Organización de la capacidad de actuar de forma coercitiva contra la agresión, el apartheid y el genocidio. En cambio, a los vencedores (es decir, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad) de la guerra contra el fascismo que había concluido recientemente se les concedió también un derecho de veto que equivalía a un derecho ilimitado de cualquiera de los cinco en el único órgano político de la ONU con autoridad para tomar decisiones vinculantes, y esta disposición implicó no solo la posibilidad de excluirse de las decisiones contrarias a su voluntad, sino también la de impedir que el Consejo de Seguridad actuara aunque los otros 14 miembros votaran unánimemente a favor de la decisión. En la práctica esto significó que las perspectivas de paz y seguridad en situaciones de conflicto grave quedaban en manos de los cálculos geopolíticos y las alianzas de estos cinco miembros más poderosos y peligrosos de la nueva organización.

Durante la Guerra Fría, que prevaleció entre 1945 y 1991, la parálisis de la ONU en relación con la gestión de la seguridad mundial se debió principalmente a la prudencia de que hicieron gala las opuestas alianzas de las fuerzas de la OTAN lideradas por Estados Unidos, por un lado, y de las fuerzas de Varsovia lideradas por la Unión Soviética, por otro, divididas por la rivalidad ideológica y estratégica. La ONU se contentó con ser un espectador o un escenario de denuncias propagandísticas opuestas en lo que respecta a la guerra de Vietnam, las intervenciones de Moscú en Europa del Este y otros escenarios de conflictos violentos que afectaban a los intereses estratégicos de los cinco permanentes (5P). Esto se debió en parte al marco constitucional de la ONU, pero también reflejó la falta de voluntad de muchos países líderes para diluir su soberanía en lo que respecta a la seguridad nacional. Esta negativa se ilustró de forma dramática con el rechazo del desarme nuclear y la preferencia por la disuasión, lo que puso de manifiesto la orientación militarista de las élites de la política exterior de los gobiernos líderes. Combina una versión militarizada del poder duro de la seguridad global con las ambiciones estratégicas de los 5P de reinventar la dominación occidental en un periodo de colapso del colonialismo europeo.

En este contexto, el papel de la ONU, aunque decepcionante, no resultaba sorprendente, dados los fuertes lazos entre el Occidente blanco e Israel en este enfrentamiento con una Palestina de mayoría musulmana en la estratégicamente importante región de Oriente Medio. Esto dotó a la lucha de una dimensión intercivilizacional, al tiempo que supuso un desafío para la hegemonía occidental en relación con las reservas energéticas, la venta de armas y, en general, el comercio y la inversión. Esta línea de interpretación se vio acentuada por Hamás, una organización antioccidental y de orientación religiosa, una entidad no estatal que los medios de comunicación occidentales y la propaganda estatal caracterizaron como nada menos que una organización terrorista. Esta postura ignoró la victoria política de Hamás en las elecciones de 2006, supervisadas internacionalmente, y su papel como centro de la resistencia palestina, con base legal, ante una ocupación israelí que violaba sistemáticamente las normas jurídicas humanitarias internacionales establecidas en el IV Convenio de Ginebra de 1949, que regula la «ocupación beligerante». Los miembros de la ONU cómplices de Israel han apoyado el genocidio en Gaza durante dos años, y si han retirado de alguna forma su apoyo se ha debido principalmente al aumento de las protestas públicas en sus países, ya que Israel ha excedido todos los límites de la ley y la moral al persistir en su campaña genocida. Cabe destacar que, el 19 de julio de 2024, la CIJ, por votación casi unánime, declaró ilegal la ocupación israelí de Gaza y Cisjordania (e incluso de Jerusalén Este), decretando su retirada, un resultado que la Asamblea General apoyó formalmente y que, como cabía esperar, Israel y su grupo de apoyo ignoraron.

Esta agenda política explica que en el Consejo de Seguridad se vetaran las seis iniciativas de alto el fuego, junto con el fracaso de los Estados cómplices, sobre todo Estados Unidos, a la hora de utilizar la influencia de su poder blando para inducir a Israel a detener su embestida sobre Gaza y satisfacer las legítimas reivindicaciones del pueblo palestino. Esa voluntad se ha visto inhibida por el realismo político adherido a la era prenuclear, los intereses especiales de las industrias armamentísticas y una burocracia gubernamental largamente militarizada.

La vergonzosa respuesta de la ONU al plan de Trump

En mi opinión, los 15 miembros del Consejo de Seguridad votaron vergonzosamente por unanimidad a favor del proyecto de resolución de Estados Unidos, adoptado como Resolución 2803 del Consejo de Seguridad el 17 de noviembre de 2025, que respalda el plan de Trump para la estabilización de Gaza. El plan surgió con la aprobación de Israel y se dio a conocer, de manera significativa, durante una visita de Netanyahu a la Casa Blanca en una conferencia de prensa conjunta. La característica fundamental del plan era recompensar a los autores de un prolongado genocidio, precedido de apartheid y que ha convertido Gaza en un páramo. En la resolución no sólo no se hacía referencia al desafío de Israel a las sentencias de la Corte Internacional de Justicia, las resoluciones de la Asamblea General o las evaluaciones de académicos independientes sobre el genocidio. Ni Israel, ni Estados Unidos, ni los demás Estados cómplices se han visto obligados a pagar indemnizaciones por los daños ilegales causados en Gaza, sino que esta cuestión se dejó en manos de las fuerzas combinadas del capitalismo buitre, que operaba libremente como si la reconstrucción de Gaza fuera una empresa inmobiliaria, y de las contribuciones monetarias de los gobiernos árabes.

En este proceso, no solo se impuso el marco diplomático a los palestinos, sino que se aceptó a Estados Unidos como el «pacificador» legítimo, a pesar de que colaboraba abiertamente con Israel en la redacción del plan y excluía deliberadamente la participación palestina. De hecho, el Gobierno de los Estados Unidos llegó incluso a denegar visados a cualquier delegado de la Autoridad Palestina que quisiera asistir a la reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas o participar de cualquier otra forma en los procedimientos de las Naciones Unidas que determinaban el futuro de Palestina. Esto hace que la resolución sea un paso atrás frente al objetivo de lograr una serie de acuerdos para un futuro pacífico y justo, elaborados con la participación de una representación palestina adecuada y dedicados a una paz justa y duradera.

En cambio, la resolución 2803 del Consejo de Seguridad, si se considera en su conjunto, exime indirectamente a los culpables de su comportamiento pasado, llevando la impunidad al extremo. Más allá de esto, la 2803 reconoce visiblemente el control total de Estados Unidos sobre los actuales esfuerzos diplomáticos para sustituir la violencia israelí desenfrenada por un alto el fuego que Israel ignora a su antojo. El sangriento resultado ha sido cientos de violaciones letales del alto el fuego que, según estimaciones del Ministerio de Salud de Gaza, han causado hasta ahora la muerte de más de 400 palestinos, sin que Israel recibido reproche alguno de Washington por abusar así del acuerdo de alto el fuego.

En cuanto al futuro, la resolución 2803 respalda un acuerdo colonialista de transición que se hace realidad gracias a una Junta de Paz, presidida, por supuesto, por Donald Trump, y que aporta estabilidad a Gaza mediante la creación de una Fuerza Internacional de Estabilización formada por las contribuciones de tropas de los miembros de la ONU que respaldan el plan. Estados Unidos ha reconocido descaradamente sus propios objetivos transaccionales al prometer 112.000 millones de dólares para reconstruir Gaza como centro mundial de comercio, inversión y turismo. La gobernanza de Gaza se deja en parte en manos de Israel, que parece reclamar una presencia permanente de seguridad en el norte de Gaza, por encima de la llamada línea amarilla.

Dada la forma tan dudosa de aliviar la catástrofe de Gaza en esta fase tan tardía, ¿cómo podemos explicar el amplio apoyo internacional y la desaparición de la oposición en el Consejo de Seguridad? Los cinco miembros del Consejo de Seguridad del Sur Global (Argelia, Somalia, Guyana, Sierra Leona y Panamá) hicieron algunos comentarios críticos sobre la resolución 2803 durante el debate formal que precedió a la votación, centrándose en su vaguedad en cuanto a detalles cruciales e incluso en su parcialidad, pero todos acabaron votando a favor. ¿Reflejó esa votación un acuerdo genuino o, más probablemente, fue una votación que reconoció la primacía geopolítica en lo que respecta a la gestión de la seguridad mundial? ¿Y por qué Indonesia y Pakistán, países de mayoría musulmana, aunque no son miembros del Consejo de Seguridad, se esforzaron por expresar su aprobación de la vía del 2803 hacia el futuro? Más comprensible fue la aprobación expresada por la Unión Europea, que volvió a servir como recordatorio de que el trato que Israel da a los palestinos forma parte del largo juego civilizatorio judeocristiano de mantener la hegemonía en Oriente Medio.

Igual de preocupante fue el respaldo a la resolución 2803 por parte del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, quien no sólo la acogió con satisfacción, sino que expresó su esperanza de que su impulso se tradujera en «medidas concretas». Afortunadamente, la relatora especial de la ONU sobre los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, expresó su «grave preocupación por la adopción de la resolución 2803 por parte del Consejo de Seguridad, advirtiendo que va en contra del derecho palestino a la autodeterminación, consolida la presencia ilegal de Israel en los territorios palestinos ocupados, incluidas las políticas y prácticas ilegales en curso, y, por lo tanto, corre el riesgo de legitimar la violencia masiva actual».  De manera reveladora, Albanese pronunció la verdad de estas palabras ante el poder después de soportar las sanciones punitivas impuestas en julio por su valiente disposición a dar testimonio oficial de lo que se estaba volviendo demasiado evidente a los ojos y oídos de los pueblos del mundo. Resulta irónico que la respuesta de la ONU a la 2803 se haya visto en cierto modo rescatada de la mancha de la complicidad por una persona designada sin remuneración y no sujeta a la disciplina de la ONU. Sus palabras coinciden con las de Craig Mokhiber, quien dimitió de un alto cargo en la ONU por su incapacidad para tratar de forma responsable las reivindicaciones palestinas y que, en los últimos años, se ha convertido en el crítico más informado e incisivo del enfoque de la ONU, reforzando la franqueza de Albanese en nombre de la ley y la justicia con respecto a las reivindicaciones y los derechos palestinos, pero el propio enfoque transaccional de la Organización chocó entre los imperativos geopolíticos y el cumplimiento de la Carta de las Naciones Unidas.

También resulta extraño que Rusia y China, aunque expresaron algunas críticas durante el debate, no utilizaran su derecho de veto para bloquear la aprobación de la resolución 2803, especialmente teniendo en cuenta el frecuente uso del veto por parte de Estados Unidos en favor de Israel y considerando los principios que estaban en juego. Es probable que les impresionara la aceptación por parte de Hamás del enfoque general y no quisieran ser vistos como los responsables del fracaso del Plan Trump, lo que sin duda habría significado el fin del ya deteriorado alto el fuego. Además, tanto China como Rusia parecen considerar que la estabilidad mundial depende de un cierto grado de reciprocidad geopolítica en relación con sus relaciones trilaterales. En este sentido limitado, Trump parece estar más de acuerdo con la idea de que las relaciones de cooperación con estos dos países aportarían estabilidad y beneficios transaccionales que el enfoque de Biden de luchar contra Rusia a través de Ucrania para preservar el dominio estadounidense tras la Guerra Fría, una vía que aumentaba el riesgo de una tercera guerra mundial con armas nucleares, lo que habría prolongado la guerra de Ucrania con numerosas víctimas en ambos bandos. El enfoque de Trump, aunque frágil debido a su estilo voluble, hacía hincapié en la estabilidad geopolítica si ello significaba aceptar esferas de influencia que comprometían la soberanía de los Estados más pequeños e incluso, como en este caso, pasar por alto el genocidio.

El rechazo de la resolución 2803 por parte de Hamás no fue del todo una sorpresa. No explica por qué Hamás aceptó la diplomacia de Trump en un principio, salvo por las perspectivas de alto el fuego y retirada de las Fuerzas de Defensa de Israel. La aceptación de Hamás se extendió a todo el plan de Trump, pero con esta postura en contra de la resolución 2803 y su anunciada negativa a desarmarse, ahora puede ser la base de un compromiso mejor o, al menos, un punto muerto en busca de nuevos progresos. Hamás e Irán, el otro crítico vocal de la resolución, también están reaccionando sin duda a la ausencia por parte de Israel de cualquier voluntad de mostrar signos de adoptar una política de reconciliación, ni de respetar concienzudamente el alto el fuego inicial, la retirada parcial y el fin de las rígidas restricciones a la ayuda humanitaria. El hecho de que Israel no haya mostrado piedad alguna hacia una población que vive sin calefacción, sin refugios seguros y sin alimentos y suministros médicos adecuados transmite el escalofriante mensaje de que Israel ni siquiera ha considerado abandonar sus ambiciones expansionistas, que incluyen una mayor limpieza étnica en Gaza y un aumento del crecimiento de los asentamientos en Cisjordania.

El representante estadounidense insistió en que «un voto en contra de esta resolución es un voto a favor de volver a la guerra», lo cual formaba parte del enfoque de Trump de «o lo tomas o lo dejas». Tampoco es de extrañar que Netanyahu aplaudiera el respaldo a la resolución 2803 declarando que «el plan del presidente Trump conducirá a la paz y la prosperidad porque insiste en la desmilitarización total, el desarme y la desradicalización de Gaza». Tampoco es sorprendente que Francia y el Reino Unido endulzaran su respaldo al plan de Trump con declaraciones verbales de apoyo condicional a la eventual creación de un Estado palestino, tal y como se afirma en su patrocinio de la Declaración de Nueva York, que prevé la futura representación palestina bajo la autoridad de una Autoridad Palestina (AP) reconstituida, creada a su vez por la diplomacia dominada por Estados Unidos e Israel, que ha eludido la autodeterminación palestina, pero que ahora se está reutilizando para aplicar el plan de Trump. El apoyo anunciado por la AP a la resolución 2803 es una medida calculada para convencer a Israel y a Estados Unidos de que se puede contar con ella para seguir su escenario de estabilización, a pesar de su rechazo a las reivindicaciones palestinas y su negación del derecho de Palestina a la autodeterminación. Ofrecer estas migajas a la AP, al tiempo que se descalifica a Hamás de cualquier papel en la representación del pueblo palestino, es emblemático de la siguiente fase del juego final sionista, que implica la rendición política de Palestina y la eliminación de Hamás y de la resistencia palestina.

Observaciones finales

Las maniobras de los Estados, que siguen sus propios intereses en lugar de los valores supuestamente compartidos asociados con la Carta de las Naciones Unidas y el estado de derecho internacional, son lo que cabe esperar dada la historia de las relaciones internacionales y la orientación política realista de la mayoría de las élites de política exterior. No obstante, es lamentable, dada la flagrante indiferencia hacia la justicia y los derechos que impregna el Plan Trump y el poder diplomático y militar de que dispone Estados Unidos. No augura nada bueno para afrontar otros retos del orden mundial, como el cambio climático, los flujos migratorios, la estabilidad ecológica, una distribución menos desigual de la riqueza y los ingresos entre las personas, los Estados y las regiones, así como un compromiso más firme con los modos pacíficos de resolución de conflictos.

Esta saga de la 2803 es especialmente desafortunada porque demuestra que la gestión geopolítica de la seguridad mundial va más allá del poder de veto de los cinco miembros permanentes. En aras de la estabilidad, la sede de la ONU acepta implícitamente el genocidio israelí en una medida indecorosa al respaldar por unanimidad un futuro neocolonialista para Gaza y la impunidad para Israel y sus cómplices. Simbólico de esta indecorosa sumisión de la ONU y sus miembros es el respaldo a la resolución 2803 por parte del líder de la ONU, una persona declarada persona non grata por Israel hace más de un año. El insultante rechazo de Israel a la ONU como «un pozo negro de antisemitismo» y similares debería haber llevado al menos al secretario general de la Organización a responder con un silencio sepulcral a la resolución 2803, en lugar de arrodillarse en señal de sumisión. Esto envía un mensaje vergonzoso al mundo de que, desde la perspectiva de la ONU, ni siquiera el genocidio descalifica a un Estado para recibir recompensas diplomáticas y territoriales, siempre y cuando los actores geopolíticos o los 5P sigan a bordo. En efecto, la dinámica de la política de poder sigue haciendo historia, a pesar de las desastrosas consecuencias.

Richard Falk es Catedrático Emérito de Derecho Internacional Albert G. Milbank de la Universidad de Princeton, Catedrático de Derecho Global de la Universidad Queen Mary de Londres e Investigador Asociado del Centro Orfalea de Estudios Globales de la UCSB.

Texto en inglés: CounterPunch.org, traducido por Sinfo Fernández.

Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2025/12/30/verguenza-para-la-onu-por-ratificar-un-genocidio/

martes, 30 de diciembre de 2025

Lo que Occidente debería aprender de China .

 

China está aquí para liderar, no solo para quedarse

 

Fuentes: Sin permiso

El gran ajuste de cuentas: lo que Occidente debería aprender de China

El mundo se siente inestable, como si la propia historia estuviera cambiando de ritmo. Los hitos familiares de la era moderna se están difuminando, desvaneciéndose, y las historias que una vez nos contamos a nosotros mismos sobre el progreso y el poder ya no se ajustan claramente al terreno que tenemos ante nosotros. Lo que estamos viviendo parece, con cada nuevo día, menos un reajuste pasajero del poder, menos una realineación momentánea de las naciones. Percibimos algo más profundo y duradero: una transformación cuyos contornos apenas estamos empezando a discernir. La historia ya no se siente como algo que se desarrolla detrás de nosotros, sino como algo que se precipita hacia nosotros, urgente e imposible de ignorar.

El historiador económico Adam Tooze, reflexionando sobre su reciente y intensa relación con China, me lo expresó en julio con su característica franqueza: «China no es solo un problema analítico», dijo. Es «la llave maestra para comprender la modernidad». Tooze calificó a China como «el mayor laboratorio de modernizaciones organizadas que ha existido o existirá jamás a este nivel [de] organización». Es un lugar donde las historias industriales de Occidente se leen ahora como prefacios de algo más grande.

Su observación va al corazón de lo que hace que este momento sea tan difícil de procesar. Hemos sido testigos no solo del auge de otra gran potencia, sino de un desafío fundamental a las suposiciones arraigadas desde hace tiempo en el pensamiento occidental sobre el desarrollo, los sistemas políticos y los logros de la civilización en sí. Simplemente, aún no hemos encontrado el valor intelectual para afrontarlo.

Este ajuste de cuentas afecta a toda la humanidad, pero recae con especial dureza sobre el mundo desarrollado y, sobre todo, sobre Estados Unidos, donde las suposiciones sobre el excepcionalismo y la jerarquía están más expuestas y se niegan con mayor vehemencia. El conocido planteamiento de que China está «en ascenso» o «poniéndose al día» ya no se sostiene. China está ahora configurando la trayectoria del desarrollo, marcando el ritmo económico, tecnológico e institucional. Para los estadounidenses en particular, el choque psíquico más profundo radica en el reconocimiento de que la modernidad ya no es algo que ellos crearon y que otros simplemente heredan. Esa historia ha dejado de ser útil.

La negación, la evasión y la reacción exagerada y ansiosa que se ven tan a menudo en el discurso occidental son síntomas de esa dislocación. Sin embargo, la renuencia a reconocer este cambio va más allá de los gobiernos, las narrativas de los medios de comunicación o el consenso de los expertos. Incluye a personas que han pasado años reflexionando sobre estas cuestiones. Yo he sido tan susceptible como cualquiera: moderando las grandes afirmaciones, cuestionando las implicaciones, permaneciendo en un territorio más seguro incluso cuando las pruebas apuntaban en esta dirección desde hacía tiempo. Siempre hay un «pero» cuando se trata de reconocer los logros de China, un reflejo de marcar los costes y enumerar los fallos, de retroceder justo cuando la magnitud de la transformación se hace evidente.

Ahora creo que el mayor riesgo radica en decir demasiado poco.

Este ensayo no repite la conocida lista de detalles sobre China —restricciones al pluralismo político y a los medios de comunicación independientes; amplios poderes de seguridad y detenciones preventivas; presión sobre la expresión religiosa y étnica; y episodios de coacción extraterritorial—, no porque esas preocupaciones sean triviales, sino porque la tarea aquí es diferente. Todos hemos aprendido a recitar esa letanía, como una forma de protegernos de lo que podría implicar una comparación real. El objetivo aquí es afrontar, con honestidad intelectual, lo que los logros de China nos obligan a reconsiderar sobre la modernidad, la capacidad del Estado, las formas de legitimidad política y nuestras propias complacencias. Reconocer los costes reales puede coexistir con tomarse en serio la magnitud de la transformación. Este argumento nos pide que afrontemos directamente lo que se ha logrado y luego nos midamos a nosotros mismos en relación con ello.

Y permítanme ser claro: este reconocimiento no es una rendición. No es un argumento para abandonar los valores liberales, declarar la superioridad de los sistemas autoritarios o imitar servilmente las características de la gobernanza china. Es, más bien, un llamamiento a realizar el tipo de evaluación franca y sobria que requiere la confianza genuina: la voluntad de reconocer directamente los retos, de aprender de los éxitos de los demás, incluso cuando estos perturban nuestras suposiciones, y de fortalecer nuestras propias instituciones mediante el reconocimiento lúcido de sus deficiencias, en lugar de negar defensivamente sus fracasos.

La democracia liberal está atravesando una profunda crisis, pero esa crisis no tiene por qué ser terminal. La cuestión es si la afrontaremos con el riguroso examen de conciencia que históricamente ha permitido la renovación democrática, o si volveremos a refugiarnos en los reconfortantes mitos que nos han cegado tanto ante nuestras debilidades como ante las fortalezas de nuestros rivales.

La magnitud que nos cuesta asimilar

Si queremos ser sinceros, debemos hacer balance de lo que China ha logrado en términos humanos. Las cifras son asombrosas, pero por sí solas no pueden captar su importancia. Según el Banco Mundial, desde principios de la década de 1980, China ha sacado de la pobreza extrema a casi 800 millones de personas,1 lo que representa aproximadamente tres cuartas partes de la reducción mundial de la pobreza durante ese periodo. La esperanza de vida en China, que en 1960 era de solo 33 años, alcanzó los 78 en 2023; 2 la esperanza de vida al nacer en Estados Unidos en 2023 era de 78,4 años.3 Casi todos los hogares de China tienen acceso a la electricidad desde hace aproximadamente una década.4 La matriculación en la enseñanza secundaria es ahora casi universal.5 La renta per cápita ha pasado de unos pocos cientos de dólares al inicio de la reforma a finales de la década de 1970 a más de 13 000 dólares en la actualidad.6

Pero quizás lo más revelador de la dificultad para procesar la magnitud es lo que ha ocurrido en el sector energético. China representa ahora más de la mitad de la capacidad solar7 y eólica8 instalada en todo el mundo. Aproximadamente tres cuartas partes de todos los proyectos de energía renovable actualmente en marcha en todo el mundo se encuentran en China o están impulsados por contratistas chinos.9 Alrededor del 30 % de las emisiones globales provienen de China,10 pero también lo hace gran parte del crecimiento de la tecnología de descarbonización. China ha transformado la transición energética mundial al demostrar que un despliegue masivo y rápido puede hacer que las energías renovables sean competitivas en términos de costes en todo el mundo.

Independientemente de lo que se piense del sistema político chino, estas son las características distintivas no de un Estado fallido, sino de una sociedad cuyo pueblo, en muchos aspectos, está prosperando como nunca antes.

El reto intelectual del reconocimiento

La magnitud de la transformación de China plantea lo que podría denominarse el reto intelectual del reconocimiento. Incluso aquellos de nosotros que hemos seguido de cerca a China y nos enorgullecemos de haber superado los prejuicios occidentales, hemos tenido dificultades para asimilar plenamente lo que estamos presenciando. Los marcos familiares —las trampas del ingreso medio, la fragilidad autoritaria, la inevitable convergencia con las normas liberales— ofrecen un consuelo cognitivo, aunque no logran explicar lo que realmente está sucediendo.

El historiador intelectual Joseph Levenson, en su obra magna Confucian China and Its Modern Fate (1958-1965), argumentó que la búsqueda de China era encontrar un camino que pudiera proporcionar riqueza y poder de una manera auténticamente china y objetivamente eficaz. Durante más de un siglo, los intelectuales chinos se enfrentaron a este reto: cómo alcanzar la modernidad sin perder la identidad cultural, cómo hacerse poderosos sin abandonar lo que hacía a China distintiva.

Es posible que ese capítulo histórico esté llegando a su fin. China parece haber encontrado ese camino. El sistema que impulsa su éxito es una aleación extraordinariamente compleja de confucianismo, leninismo, autoritarismo tecnocrático, capitalismo de Estado y mecanismos de mercado. Sin embargo, según las numerosas conversaciones que he mantenido con intelectuales chinos, estos reconocen ahora que China ha alcanzado la riqueza y el poder de una manera claramente china. Si el marco de Levenson es correcto, no solo estamos presenciando el auge de China, sino también su graduación de la búsqueda central que definió su historia moderna.

Sin embargo, incluso dentro de China, esta transición —de la búsqueda de la modernidad a su realización— sigue siendo difícil de aceptar por completo. Muchos intelectuales chinos con los que he hablado o cuyos escritos he leído, por muy patriotas y seguros que estén de los logros de su país, siguen sin estar preparados para asumir lo que esos logros significan.

La idea de que China ha pasado de ponerse al día a redefinir el propio desarrollo desafía los hábitos mentales formados a lo largo de generaciones. Para los intelectuales condicionados a ver a Occidente como un punto de referencia permanente —aunque lo vean de forma crítica—, la perspectiva de que China pueda ahora establecer las condiciones en lugar de responder a ellas exige una reorientación fundamental que aún no se ha producido plenamente.

La aparente resolución de la búsqueda moderna de China tiene profundas implicaciones. Si China ya no busca su camino hacia la modernidad, sino que se ha convertido en uno de los principales arquitectos de la modernidad, entonces las preguntas que durante mucho tiempo han organizado nuestro pensamiento sobre China —¿Se democratizará? ¿Convergerá con las normas occidentales? ¿Cuándo le alcanzarán las contradicciones?— pueden ser preguntas totalmente erróneas.

Pero si China realmente ha superado su búsqueda central, deben surgir nuevas preguntas. Los intelectuales chinos se enfrentan a retos que no tienen precedentes modernos: ¿En qué tipo de potencia global debe convertirse China? ¿Cómo debe una civilización que ha recuperado la confianza en su propio camino relacionarse con un mundo que sigue organizado en torno a las instituciones y los supuestos occidentales? Los líderes chinos hablan de construir una «comunidad de destino común para la humanidad», pero el significado práctico de tales conceptos sigue siendo deliberadamente vago. Las preguntas más profundas son aún más difíciles: ¿puede una civilización que nunca ha encajado cómodamente en el orden westfaliano encontrar la manera de funcionar dentro de él, o tratará de remodelar las propias normas? ¿Cómo puede un país que ha alcanzado la prosperidad gracias al desarrollo impulsado por el Estado compartir ese modelo sin parecer que compromete la soberanía de los demás? Estas son las preguntas que preocupan hoy en día a los estrategas chinos, preguntas que no tienen que ver con ponerse al día, sino con liderar de forma responsable.

Las preguntas a las que se enfrenta ahora Occidente son igualmente difíciles, si no más: ¿cómo es la modernidad cuando ya no es exclusivamente occidental en su concepción? ¿Cómo entender el desarrollo cuando el modelo más exitoso no se ajusta a los supuestos de la democracia liberal? ¿Qué sucede cuando la segunda economía más grande del mundo funciona según principios que trastocan las creencias occidentales fundamentales sobre cómo se alcanza y se mantiene la prosperidad?

El marco de Levenson ofrece también una perspectiva para comprender la difícil situación actual de Estados Unidos. Según su formulación, una civilización es estable cuando lo que es mío (meum) y lo que es verdadero (verum) permanecen en armonía, cuando los supuestos heredados de una sociedad sobre cómo funciona el mundo se alinean con la realidad observable. La inestabilidad surge cuando estos dejan de estar alineados, cuando lo que la tradición insiste en que debe ser verdadero ya no concuerda con lo que se puede ver claramente. Esta fue la crisis de China tras las Guerras del Opio: el doloroso reconocimiento de que las certezas confucianas sobre la centralidad y la superioridad civilizatoria de China no podían explicar la presencia de cañoneras occidentales en el río Perla. China tardó casi dos siglos de agitación intelectual, experimentación política y transformaciones a menudo violentas en resolver esa tensión.

La pregunta ahora es si las conmociones más recientes provocadas por el auge de China —menos violentas, pero no menos perturbadoras para los supuestos fundamentales— están empujando a Estados Unidos hacia un ajuste de cuentas similar. Cuando una nación que se suponía que permanecería para siempre rezagada da un salto repentino en materia de energías renovables, inteligencia artificial e infraestructuras; cuando el capitalismo autoritario demuestra ser más adaptable de lo que se había previsto; cuando «el fin de la historia» se revela como un triunfalismo prematuro, la brecha entre meum y verum se amplía. La elección, como aprendió China a lo largo de su larga y moderna odisea, está entre el doloroso trabajo de la reconstrucción intelectual y la defensa cada vez más desesperada de cómodas ilusiones.

La crisis china de mediados y finales del siglo XIX y la crisis estadounidense de principios del siglo XXI no son, por supuesto, idénticas, pero hay algunas similitudes históricas que vale la pena señalar.

En las décadas de 1860 y 1870, los reformadores chinos del Movimiento de Autofortalecimiento se enfrentaron a un desafío civilizatorio mediante la formulación de yong y ti, la idea de que China podía adoptar las técnicas y tecnologías occidentales (yong) y aprovecharlas para preservar su carácter esencialmente chino (ti).

Hoy en día, algo muy similar está ocurriendo a la inversa en todo el espectro político estadounidense.11 Desde la política industrial hasta la participación directa del Gobierno en empresas estratégicas como Intel, los responsables políticos estadounidenses adoptan cada vez más métodos que se asemejan sospechosamente al capitalismo de Estado chino, al tiempo que insisten en que están defendiendo los principios del libre mercado en lugar de abandonarlos. Tanto bajo la administración Biden como ahora en el segundo mandato de Trump, han surgido asociaciones coordinadas entre el Gobierno y la industria que representan un cambio silencioso pero decisivo. Puede que no haya habido un debate nacional al respecto, pero Estados Unidos ha entrado sin lugar a dudas en el ámbito de la política industrial que antes desdeñaba.

Sin duda, Estados Unidos lleva mucho tiempo practicando formas de política industrial, desde la construcción de ferrocarriles transcontinentales hasta el Proyecto Manhattan y la carrera espacial, pero generalmente lo ha hecho insistiendo en que se trataba de otra cosa. Durante décadas, la ortodoxia económica estadounidense consideró la planificación estatal como ineficaz y antiamericana, y se burló de los modelos de desarrollo de otras naciones —ya fuera el auge de Japón a través de su Ministerio de Comercio Internacional e Industria, la coordinación de los chaebol o conglomerados en Corea del Sur o el capitalismo de Estado de China— como violaciones de la fe en el libre mercado. Sin embargo, con la Ley CHIPS y Ciencia de 2022, la Ley de Reducción de la Inflación de 2022 y ahora el resurgimiento explícitamente proteccionista de Trump de la economía impulsada por el Estado, Estados Unidos ha abandonado esa pretensión. Lo que antes marcaba la frontera ideológica entre «nosotros» y «ellos» se ha disuelto silenciosamente. Al igual que los reformistas chinos argumentaron en su día que podían tomar prestados selectivamente los métodos occidentales sin comprometer la civilización china, los líderes estadounidenses afirman ahora que pueden adoptar la intervención estatal al estilo chino sin traicionar los valores estadounidenses. La historia sugiere que estos experimentos de préstamo selectivo rara vez son tan ordenados como imaginan sus artífices.

China no causó la crisis de Estados Unidos

Al igual que los historiadores de la China moderna han revisado sabiamente en las últimas décadas el antiguo paradigma de impacto-respuesta que una vez dominó las narrativas del «encuentro de China con Occidente» —pasando de limitarse a registrar un choque externo a centrarse en los factores internos chinos que dieron forma a la transformación del país—, también los estadounidenses y otros occidentales deberían resistir la tentación de atribuir el malestar actual de Estados Unidos principalmente a la provocación china. Las semillas de la inseguridad se sembraron mucho antes: los atolladeros de las guerras de Afganistán e Irak, la crisis financiera de 2008, la polarización y la parálisis de Washington, el vergonzoso espectáculo del ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021 y el visible desgaste de la cohesión cívica.

Pero China ha magnificado esa duda, y lo ha hecho de forma inquietante. Ver a un rival construir, educar e innovar a la escala que lo ha hecho China pone de relieve la disfunción de Estados Unidos. Cada colapso de las infraestructuras, cada disputa sobre la financiación básica, cada cierre del Gobierno se nota más en contraste con la rápida y amplia transformación de China.

Lo que podría haber sido otra temporada de introspección estadounidense se ha transformado en algo más agudo: el doloroso reconocimiento de que otro sistema, por muy defectuoso que sea, ha dado resultados a una escala que Estados Unidos no ha logrado. Para mí, como estadounidense, esto es motivo de una angustia nada desdeñable.

No me complace ver en lo que se ha convertido mi país, una nación que amo, desgarrada por un tribalismo político tan intenso y tóxico que me temo que puede ser irreparable, al menos en la próxima y crítica década.

Pero para hacer frente a esta crisis es necesario mirar de frente lo que parece tan inquietante del éxito de China. Como ha observado Chas W. Freeman, un diplomático estadounidense de alto rango ya jubilado, «los estadounidenses muestran ahora una extraña combinación de inseguridad, complacencia y arrogancia», una mezcla que ha impedido el tipo de evaluación lúcida que requiere el momento.

Parte de lo que molesta a Estados Unidos es, incómodamente, racial. Sería sorprendente que no fuera así. El ocaso del privilegio blanco en un país cada vez más diverso se refleja en el ocaso de la hegemonía estadounidense en un mundo cada vez más multipolar. Al igual que el etnonacionalismo blanco representa una respuesta irracional a la percepción de la erosión del privilegio blanco a nivel nacional, el giro hacia una nueva Guerra Fría representa una respuesta irracional a la percepción de la erosión del privilegio estadounidense a nivel mundial.

Pero la raza es solo una corriente en una marea más amplia. Para entender por qué China es un hueso duro de roer, hay que apreciar el profundo desafío psicológico que plantea a la identidad estadounidense. Durante generaciones, los estadounidenses han vivido una historia nacional que les aseguraba que siempre serían los primeros en los ámbitos más importantes: innovación, tecnología, poderío militar, dinamismo económico y magnetismo cultural. Los logros de China han socavado sistemáticamente uno tras otro los pilares del excepcionalismo estadounidense. Las jerarquías profundamente arraigadas y a menudo inconscientes siguen situando a Occidente como normativo y a los demás Estados como derivados. El momento del reconocimiento y el reajuste requiere enfrentarse a esos reflejos.

Antes era axiomático que una economía de mercado dinámica requería una democracia liberal; China ha demostrado que el capitalismo autoritario también funciona. Se creía que las redes sociales liberarían inevitablemente a los súbditos de las autocracias; luego, la Primavera Árabe se esfumó, Edward Snowden replanteó los debates sobre la vigilancia y la política de plataformas se desvió en casa. Se asumía que la innovación genuina requería libertad política; luego, las empresas y los laboratorios chinos comenzaron a producir resultados de clase mundial mientras operaban dentro de un ecosistema de información muy diferente. Cada inversión socava el dogma. Cada sorpresa agrava el impacto.

El discurso occidental atribuye sistemáticamente los logros de China a su tipo de régimen, en lugar de a sus capacidades sustantivas. Los avances de Tencent, BYD, Huawei o el ecosistema de hardware de Shenzhen se suelen explicar como resultado de las imposiciones del Estado, en lugar de la brillantez del diseño o la velocidad sin igual de la fabricación en el mismo lugar. Esa simplificación del contexto alimenta la sensación de que el ascenso de China es, de alguna manera, una afrenta a cómo debería funcionar el mundo, en lugar de una prueba de que el mundo funciona de forma diferente a lo que se suponía.

El espejo del clima

Ningún problema global refleja este gran ajuste de cuentas de forma más cruda que el cambio climático. Surge un patrón fundamental: las pruebas se acumulan más rápido que nuestra voluntad de asimilarlas, las narrativas están diseñadas para tranquilizar en lugar de esclarecer, y existe un rechazo colectivo a revisar las suposiciones que ya no se ajustan al mundo en el que vivimos.

Los paralelismos son profundos. En lo que respecta al clima, vemos cómo el humo de los incendios forestales asfixia nuestras ciudades, cómo las inundaciones que antes se producían una vez cada siglo llegan ahora cada pocos años, cómo los océanos se calientan y se acidifican a un ritmo alarmante… y aún así apartamos la mirada, buscando razones para retrasar, desviar o descargar la responsabilidad. En China, las infraestructuras crecen a escala continental, se acumulan los avances tecnológicos, la capacidad de energía renovable se duplica y redobla, y aún así encontramos formas de justificarlo, minimizarlo, ridiculizarlo como exceso de capacidad y predecir su inminente desmoronamiento. Algunos incluso descartan estos avances como un engaño. En ambos casos, preferimos la comodidad de las historias familiares a la incomodidad de un auténtico ajuste de cuentas.

La simetría es aún más profunda. El cambio climático nos ha obligado a todos a enfrentarnos a los límites del dominio humano sobre la naturaleza, la presunción de la Ilustración de que los seres humanos podían aprovechar las fuerzas naturales sin consecuencias. El auge de China nos obliga a enfrentarnos a los límites del dominio occidental sobre la modernidad: la potente presunción de que solo el capitalismo democrático liberal podía proporcionar prosperidad e innovación sostenidas. Ambos acontecimientos exigen que abandonemos las ilusiones y afrontemos el mundo tal y como es. Ambos revelan lo frágiles que se han vuelto nuestras certezas heredadas y lo peligroso que puede ser negarlas.

El clima también pone de manifiesto otra cosa: el cambio en lo que constituye la legitimidad política en el siglo XXI. Si antes la legitimidad se basaba principalmente en procedimientos y formas —constituciones, elecciones, parlamentos—, ahora se basa cada vez más (aunque no de forma exclusiva) en los resultados. ¿Qué podría ser más importante que la capacidad de salvaguardar la habitabilidad del planeta?

En este sentido, la paradoja de China resulta instructiva. China es a la vez el mayor emisor de carbono del mundo y el mayor constructor de capacidad de energía renovable; cada año instala más energía solar y eólica que el resto del mundo. Esa contradicción encierra una lección: la legitimidad en este siglo no derivará de la pureza ideológica, sino de la capacidad desordenada, desigual y urgente de cumplir. Los sistemas no se juzgarán por la elegancia de sus teorías, sino por su capacidad para hacer frente a los retos existenciales.

Para los estadounidenses, el contraste es profundo. Mientras ellos discuten sin cesar sobre oleoductos y líneas de transmisión, China conecta redes que abarcan todo el continente. Mientras los estadounidenses se han retirado del liderazgo climático mundial —la segunda administración Trump se retiró nuevamente del Acuerdo de París y recientemente criticó duramente la energía renovable en la Asamblea General de la ONU—, China se ha convertido en el actor indispensable en la transición energética. El país que se suponía que era el problema se ha vuelto esencial para la solución, no a través de una transformación moral, sino a través de su capacidad de fabricación y despliegue.

Esto apunta a otra dimensión de la legitimidad del rendimiento que ahora debe reconocerse: la resiliencia bajo presión. Durante décadas, Estados Unidos aprovechó su dominio sobre los sistemas financieros, los cuellos de botella tecnológicos y las cadenas de suministro globales para coaccionar a sus adversarios y, en ocasiones, incluso a sus aliados. Esa influencia ya no es unilateral. China ha demostrado que puede soportar esa presión y responder de la misma manera, desde la extracción de tierras raras hasta sus avanzados insumos de fabricación. Su respuesta a la contención tecnológica —acelerando la innovación nacional en semiconductores, inteligencia artificial y otros sectores estratégicos— revela un sistema con una notable capacidad de adaptación.

La legitimidad del rendimiento en el siglo XXI abarca, por tanto, múltiples dimensiones: la capacidad de proporcionar prosperidad y estabilidad, sí, pero también de construir a gran escala, de innovar bajo presión, de absorber la coacción económica sin doblegarse y de movilizar recursos para retos globales como la transición energética. En cada dimensión, el contraste entre la disfunción estadounidense y la capacidad china se hace cada vez más difícil de ignorar.

Estos logros se producen en un momento en el que no solo Estados Unidos, sino muchas democracias occidentales se encuentran en crisis. Esta simultaneidad plantea una pregunta incómoda: ¿la legitimidad política se reduce únicamente a la democracia procedimental? ¿O debe abarcar también el rendimiento, los resultados, la competencia y la resiliencia? ¿Pueden adoptarse las virtudes de la gobernanza tecnocrática —su eficiencia, su capacidad para planificar, construir y fabricar a gran escala— sin sucumbir a la tentación autoritaria?

La respuesta ya no es evidente. Y esa incertidumbre es en sí misma parte del ajuste de cuentas al que se enfrenta Occidente.

Señales de reconocimiento

Las señales de reconocimiento están empezando a surgir en todo el espectro político estadounidense. La fuerza más vital del Partido Demócrata puede ser el movimiento de la «abundancia» impulsado por escritores como Derek Thompson y Ezra Klein. Aunque no centran explícitamente su análisis en China, su enfoque en la capacidad del Estado, la política industrial y la necesidad de construir más y más rápido refleja claramente un reconocimiento incipiente de que el enfoque de Estados Unidos hacia el desarrollo ha sido inadecuado.

Ese reconocimiento encontró su máxima expresión en el libro del analista tecnológico y escritor Dan Wang, Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future, posiblemente el libro más comentado, si no el más importante, de 2025 para cualquiera que piense seriamente en la trayectoria de China. El argumento de Wang de que la tecnocracia y la gobernanza de la ingeniería han impulsado el éxito de China ha encontrado una audiencia entusiasta entre los estadounidenses que finalmente están dispuestos a afrontar lo que habían ignorado o descartado.

Aún más sorprendente es la respuesta de parte de la derecha estadounidense. Si bien gran parte del interés del movimiento MAGA por China proviene de fuentes preocupantes —la admiración por su homogeneidad étnica, sus capacidades de vigilancia, su conjunto de herramientas autoritarias—, representa un reconocimiento a regañadientes de que el sistema chino ofrece resultados de una manera que el estadounidense lo hace cada vez menos. Mientras tanto, los aceleracionistas y los empresarios tecnológicos de Silicon Valley, muchos de los cuales ahora están alineados con Trump, expresan abiertamente lo que podría llamarse «envidia de China»: el reconocimiento de que la coordinación entre los sectores público y privado de China ha producido avances que la fragmentación de Estados Unidos no ha logrado.

Quizás lo más revelador es que las encuestas recientes muestran un cambio en la actitud de los jóvenes estadounidenses hacia China.12 Nacidos mucho después de Tiananmen y constantemente expuestos en las redes sociales a lo que un amigo llama «pornografía de infraestructura china», ven un país que cada vez se parece más al futuro que al pasado. Este cambio generacional puede resultar más trascendental que la opinión de la élite a la hora de remodelar la respuesta final de Estados Unidos al auge de China.

En las conversaciones que he mantenido durante los últimos meses en Pekín con profesionales de diversos sectores, desde la biotecnología hasta la automoción, pasando por las energías renovables y la robótica humanoide, he escuchado variaciones de la misma observación: la transformación que ha barrido sus sectores en China durante las últimas dos décadas —o incluso solo en los últimos cinco años— sería totalmente incomprensible para cualquiera que no la haya presenciado de primera mano. Describen su regreso de conferencias en Estados Unidos o Europa sorprendidos por una desconexión: el tsunami de transformación que viene de China simplemente no se siente con una urgencia ni remotamente proporcional a la magnitud de la disrupción que se avecina.

En China, este momento se siente diferente. Entre los intelectuales y figuras culturales con los que me encuentro durante mis largas estancias allí, hay una confianza palpable que no estaba presente cuando llegué por primera vez hace décadas. Ya no se preguntan si China podrá ponerse al día. Han crecido en un país que ya es tecnológicamente avanzado, con importancia global y orgulloso de sus logros. Ven la capacidad de China para capear las guerras comerciales, dar un salto adelante en inteligencia artificial y construir infraestructuras a escala continental, y dan por sentado que China pertenece a la primera fila de naciones.

Esa confianza, aunque puede rayar en la arrogancia, es más saludable que la inseguridad que antes carcomía la psique nacional. También sugiere que tanto los líderes como los ciudadanos chinos están empezando a lidiar con lo que significa no ser una potencia emergente, sino una potencia ya consolidada, con todas las responsabilidades y expectativas que ello conlleva y todas las inquietudes que aún puede provocar en el extranjero.

Se acerca el momento de la verdad

Lo que debería derivarse de este reconocimiento no es la desesperación, sino la humildad ante la absoluta imprevisibilidad de lo que vendrá después. Si China ha desestabilizado las suposiciones heredadas de Occidente sobre el desarrollo y la gobernanza, lo mismo ocurrirá con las corrientes que surgen en todo el Sur Global, que ya están empezando a reordenar las expectativas de formas que apenas se pueden prever.

La ingenuidad tecnológica, el peso demográfico y la experimentación política surgirán de sectores que durante mucho tiempo se han descartado por considerarlos periféricos. El verdadero reto no es aferrarse con demasiada firmeza a cualquier acuerdo actual, sino cultivar la flexibilidad intelectual necesaria para adaptarse cuando el mundo cambia más rápido de lo que las teorías pueden seguirle el ritmo.

Puede que el Gran Ajuste se refiera a China en este momento, pero en el arco más amplio de la historia, se trata de mucho más: de un mundo que ya no gira en torno a centros familiares, de la necesidad de encontrar estabilidad sin el consuelo de los mitos heredados, de reconocer que las historias que algunos de nosotros nos contábamos sobre la modernidad pueden haber sido demasiado limitadas, demasiado egoístas, demasiado pequeñas para el mundo en el que realmente vivimos.

Consideremos lo que significa la trayectoria de China para los países del Sur Global a los que durante décadas se les dijo que solo había un camino hacia la prosperidad: el camino del Consenso de Washington de privatización, desregulación y gobernanza democrática. China ofrece la prueba de que otro modelo puede funcionar: desarrollo impulsado por el Estado, planificación a largo plazo, inversión masiva en infraestructura e integración selectiva con los mercados globales, todo ello manteniendo la autonomía política. Se admire o no este modelo, su éxito es innegable y sus implicaciones se extienden mucho más allá de Asia Oriental.

Esto nos obliga a todos a reconocer que la modernidad en sí misma —todo el proyecto de desarrollo humano, progreso tecnológico y organización social que ha definido los últimos siglos— ya no es propiedad exclusiva de Occidente. El futuro se está escribiendo en múltiples lugares, según múltiples lógicas, con resultados que dificultan su fácil categorización.

Para los estadounidenses en particular, ese reconocimiento requiere abandonar la suposición de que están especialmente cualificados para liderar, especialmente posicionados para juzgar, especialmente capaces de innovar y adaptarse. Significa aceptar que su forma de organizar la sociedad, por muy preciada que sea para ellos, es uno de los varios enfoques viables para el florecimiento humano.

Sin embargo, Estados Unidos conserva profundas fuentes de fortaleza, entre las que destacan sus universidades, que siguen siendo poderosos imanes para el talento mundial incluso en medio de crecientes ataques políticos. También están las vastas comunidades de la diáspora china, cuya creatividad, movilidad y fluidez cultural forman un tejido conectivo entre mundos. No son instrumentos de ningún Estado en particular, sino participantes en un proyecto global compartido de conocimiento, invención e intercambio. En la medida en que está surgiendo una modernidad más plural , puede que sean estas comunidades, y no los gobiernos, las que la encarnen.

Aceptar a China no requiere abandonar los propios valores ni renunciar a las propias aspiraciones. Pero sí requiere que el resto de nosotros los tomemos con más ligereza, los defendamos de forma más persuasiva y demostremos su valor a través de los resultados, en lugar de las proclamas. Si la democracia liberal y el capitalismo de mercado son realmente formas superiores de organización, deberían poder demostrarlo a través de los resultados, no de la retórica.

Por encima de todo, algunos de nosotros debemos dejar de enmarcar nuestro enfoque hacia China en términos de por qué no puede durar, qué puede salir mal o cuándo las contradicciones finalmente la alcanzarán. El sistema ha funcionado. Ha dado resultados. Esperar su colapso no es una estrategia, es un mecanismo de defensa.

El Gran Ajuste es, en última instancia, una cuestión de honestidad intelectual: la voluntad de ver el mundo tal y como es, en lugar de como nos gustaría que fuera, reconocer los logros dondequiera que se produzcan y aprender del éxito, incluso cuando proviene de fuentes que nos resultan incómodas. Ajustar es resistirse a la negación, aceptar lo que ven nuestros ojos y elegir la franqueza por encima de la ilusión.

Ahí es donde debe comenzar cualquier ajuste de cuentas genuino: no con recetas políticas ni marcos estratégicos, sino con el simple reconocimiento de que el mundo ha cambiado de formas que apenas estamos empezando a comprender.

¿Qué políticas deben seguirse? No pretendo saberlo. El trabajo político solo puede comenzar después de que dejemos de mentirnos a nosotros mismos. La reflexión a la que apelo es perceptiva y psicológica, no programática. Necesitamos ver claramente los logros de China, sin el reflejo de «sí, pero» que los minimiza de inmediato, antes de poder pensar con claridad sobre lo que significan para nosotros. El problema que intento resolver es precisamente la forma de afrontarlo.

El mundo ha cambiado radicalmente. La elección, para Occidente, no es entre la resistencia y la rendición, sino entre una adaptación reflexiva y una negación obstinada, entre fortalecer nuestras instituciones mediante un autoexamen honesto o ver cómo se debilitan por nuestra ceguera voluntaria ante las nuevas realidades.

Notas

1https://openknowledge.worldbank.org/server/api/core/bitstreams/e9a5bc3c-718d-57d8-9558-ce325407f737/content

https://data.worldbank.org/indicator/SP.DYN.LE00.IN?locations=CN

https://www.cdc.gov/nchs/fastats/life-expectancy.htm

https://data.worldbank.org/indicator/EG.ELC.ACCS.ZS?locations=CN

https://www.statista.com/statistics/1251582/china-senior-secondary-education-enrollment-rate/

https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.PCAP.CD?locations=CN

https://ourworldindata.org/grapher/installed-solar-pv-capacity

https://ourworldindata.org/grapher/cumulative-installed-wind-energy-capacity-gigawatts?country=CHN~OWID_WRL

https://globalenergymonitor.org/report/china-continues-to-lead-the-world-in-wind-and-solar-with-twice-as-much-capacity-under-construction-as-the-rest-of-the-world-combined/

10 “GHG Emissions of All World Countries, 2025 Report,” European Commission. https://edgar.jrc.ec.europa.eu/report_2025

11 I am in debt to the Robert Kapp, a former president of the U.S.-China Business Council, for this canny observation

12 https://www.pewresearch.org/global/2025/07/15/views-of-china-and-xi-jinping-2025/

Kaiser Kuo es el presentador y cofundador del podcast Sinica y profesor visitante en la Universidad de Nueva York en Shanghái.

Texto original: https://jiwankshetry.substack.com/p/must-read-kaiser-kuo-china-is-here

China está aquí para liderar, no solo para quedarse - Kaiser Kuo | Sin Permiso