domingo, 2 de noviembre de 2025

El posdemocracia tecnoautoritaria

 Competencias estatales rehenes de la industria digital

El golpe de Estado del autoritarismo tecnológico

En Washington toma forma un nuevo poder: el complejo tecnológico autoritario. Más ambicioso, más ideologizado y más privatizado que todos los modelos militar-industriales anteriores, está socavando los cimientos de la democracia como jamás se había visto desde los inicios de la era digital. Silicon Valley ya no se conforma con crear aplicaciones, también levanta imperios.

por Francesca Bria, noviembre de 2025
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MEHDI GHADYANLOO. — New Sky (‘Nuevo cielo’), 2017

El pasado julio, en lo más profundo de la maquinaria burocrática del Pentágono, el Ejército estadounidense sacrificó con toda la calma un elemento esencial de su soberanía disfrazándolo de racionalización administrativa. El acuerdo de 10.000 millones de dólares firmado con Palantir Technologies —que engloba 75 contratos distintos— es uno de los más espeluznantes en la historia del Departamento de Defensa: la operación ratifica la transferencia de funciones militares cruciales a una empresa cuyo fundador, Peter Thiel, ha declarado abiertamente que “libertad y democracia ya no son compatibles” (1). En el futuro, será cada vez más frecuente determinar objetivos militares, decidir movimientos de tropas o analizar datos de inteligencia con la ayuda de algoritmos diseñados no por el alto mando militar, sino por un consejo de administración responsable ante sus accionistas. El Ejército estadounidense no se ha limitado a adquirir un nuevo programa informático: ha cedido su autonomía operativa a una plataforma de la que ya no podrá prescindir.

Además de Palantir, toda una coalición de empresas, inversores e ideólogos reunidos bajo la enseña del “patriotismo” se dedica a construir un sistema planetario de control tecnológico-político: el “stack autoritario”, llamado así por analogía con el sintagma de “stack tecnológico”, que designa al conjunto de tecnologías usadas para crear una aplicación. Este sistema de control es un agregado de plataformas de servidores de acceso remoto, modelos de inteligencia artificial (IA), sistemas de pagos, redes de drones y constelaciones de satélites. Mientras que el autoritarismo tradicional recurre a la movilización de las masas y a la violencia de Estado, esta forma de poder se apoya en la infraestructura tecnológica y la coordinación financiera, volviendo la resistencia al modo clásico no solo difícil, sino orgánicamente obsoleta. Al mando encontramos a las personalidades más escoradas a la derecha de las grandes tecnológicas: el citado Thiel, Elon Musk, Marc Andreessen, David Sacks, Palmer Luckey y Alexander Karp, cuyas inversiones están al servicio de un proyecto político bien claro: redefinir la soberanía como un tipo de activos privados.

Esta captura de las infraestructuras críticas del Estado se produce en cinco ámbitos estratégicos: los datos personales, las divisas, la defensa, las comunicaciones vía satélite y la energía.

Todo empieza con la apropiación de la arquitectura informática. El contrato de 10.000 millones firmado a finales de julio confirma lo que los entendidos ya sabían: Palantir —una empresa de la que Stephen Miller, subdirector de gabinete de la Casa Blanca, detenta acciones por valor de unos 250.000 dólares (2)— se ha convertido en el sistema operativo por defecto del Gobierno estadounidense.

En el ámbito militar, eso supone intervenir en el campo de batalla, la cadena logística, la gestión de personal y la inteligencia. Su plataforma Foundry —al principio desarrollada como herramienta contrainsurgente en Irak— hizo las delicias del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés) al automatizar, por medio de algoritmos políticamente orientados, la elaboración de presupuestos, la elegibilidad para recibir ayudas sociales, el reintegro de los gastos médicos y el pago de las pensiones de los veteranos. Otra herramienta de Palantir, ImmigrationOS, permite a la policía localizar a extranjeros en situación irregular y manejar los flujos de arrestos y expulsiones.

Si Palantir constituye la columna vertebral del Estado autoritario en materia de datos, Anduril es su brazo armado. Esta empresa, cofundada por Palmer Luckey (el creador de Oculus) y Trae Stephens (un antiguo empleado de Palantir) convierte el control de la información en capacidad de combate autónomo. Valorada en 30.500 millones de dólares —una cifra que refleja tanto su éxito comercial como su creciente influencia sobre infraestructuras militares cruciales—, ha firmado contratos de defensa por valor de 22.000 millones de dólares. Su plataforma Lattice integra información satelital, imágenes de radar y fotografías del terreno en un sistema de mando único capaz de planificar y ejecutar operaciones a la velocidad del rayo. Anduril se jacta de haber alcanzado una autonomía de “nivel 5”: despegue, identificación del objetivo, ataque y regreso a la base sin intervención humana. “Autonomía” es también la palabra clave de la iniciativa Unleashing U.S. Military Drone Dominance (‘rienda suelta al dominio militar estadounidense en materia de drones’), anunciada en julio por el secretario de Defensa Peter Hegseth, con la que se aspira a la integración total de los sistemas de armamento autónomo de aquí al 2027.

También en el cielo, aunque un poco más alto, Starshield, la constelación de satélites militares secretos de SpaceX, señala la privatización de un ámbito que hasta ahora era competencia exclusiva del Estado: las comunicaciones en la órbita terrestre baja. Promovida como una “infraestructura soberana”, el hecho es que es propiedad y está controlada por la empresa de Musk. Cuando las comunicaciones en los teatros de operaciones de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) dependen de un hombre que apoya sin ambages a los partidos de ultraderecha europeos, la autonomía defensiva no pasa de ser una quimera. El Pentágono está estudiando la posibilidad de usar Starship, el cohete de SpaceX, como plataforma logística para trasladar tropas y material a cualquier rincón del globo en menos de una hora (3).

Otras plataformas, como GovCloud, de Amazon Web Services, o Azure Government, de Microsoft —en asociación con OpenAI, Meta y Anthropic—, participan ya en operaciones militares y de inteligencia de carácter secreto (4). También en este caso, la “soberanía” que prometen se traduce, sobre todo, en opacidad para la ciudadanía, que pierde así todo derecho de supervisión, y en ataduras para los gobiernos, cada vez más rehenes de infraestructuras industriales privadas.

Convergencias y connivencias

Alimentar los clústeres de servidores que ponen en funcionamiento estas herramientas requiere un suministro energético estable y potente que solo las tecnologías nucleares avanzadas pueden proveer con el volumen requerido. La central de enriquecimiento de uranio General Matter —la primera en manos de intereses privados en suelo estadounidense desde 2013— está financiada en parte por el Founders Fund de Peter Thiel (que forma parte de su consejo de administración) y es gestionada por antiguos ingenieros de SpaceX. La convergencia no es casual. En opinión del secretario de Energía Christopher Wright, el sector nuclear del futuro deberá responder no tanto a consideraciones de independencia energética como de dominio tecnológico: “La IA es una industria energívora. Cuanto más se invierta en energía, más inteligencia se producirá” (5).

Para entender cómo ha podido producirse esta apropiación tan rápidamente, basta con fijarse en sus protagonistas. Hoy en día, las puertas giratorias ya no se reducen a un movimiento de ida y vuelta entre el Gobierno y la industria: lo que tenemos es una imbricación de ambos universos en el seno de una nueva arquitectura del poder. La carrera política del actual vicepresidente estadounidense James D. Vance probablemente no habría sido tan meteórica si Thiel no le hubiera ayudado, en 2022, a hacerse con su escaño de senador por Ohio con una contribución de 15.000 millones de dólares, la donación individual más importante hasta la fecha para un candidato al Senado. Michael Kratsios, antes mano derecha de Thiel, dirige hoy la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca. Michael Obadal, que en mayo fue nombrado subsecretario del Ejército (el segundo cargo civil más importante en la jerarquía del Pentágono) ocupó un puesto de directivo en Anduril y aún tenía un millón de dólares en acciones de la empresa cuando el Senado lo confirmó en el cargo en septiembre.

Gregory Barbaccia pasó diez años en la división de inteligencia de Palantir antes de convertirse en director de sistemas de información del Gobierno federal, donde supervisa programas de integración de datos que enriquecen directamente a su antiguo empleador. Clark Minor, su homólogo en el Departamento de Salud y Servicios Sociales, era un alto responsable en Palantir, una empresa que, entre 2021 y 2024, se benefició de cerca de 300 millones de dólares en contratos con este mismo departamento. Pero el colmo tal vez sea el Destacamento 201, una unidad creada en junio por el Pentágono con el fin de estimular la “innovación” y que cuenta con cuatro pesos pesados de Palantir, Meta y OpenAI ascendidos al grado de teniente coronel (6): hasta este punto se está difuminando, premeditadamente, la frontera entre subcontratistas y mandos, entre búsqueda de beneficios y defensa nacional.

Y ahora, siga el rastro de los capitales para descubrir el plan.

La osamenta la constituye Founders Fund, que, con sus 17.000 millones de dólares, es el buque insignia de Thiel. En junio, dominó la última ronda de financiación de Anduril con una participación de mil millones. Posicionado desde muy pronto en el ámbito de la inteligencia y las comunicaciones vía satélite, es el mayor accionista institucional de Palantir y de SpaceX. A diferencia del capital riesgo tradicional, más pasivo, el fondo interviene directamente en las decisiones estratégicas de empresas que están redibujando el perímetro del Estado. Trae Stephens es, simultáneamente, presidente ejecutivo de Anduril y socio de Founders Fund. Otro de los socios, Delian Asparouhov, está al frente de Varda Space Industries, que aspira a construir la primera estación espacial de uso industrial. Scott Nolan, presidente-director general de General Matter, también ha conservado sus funciones en el fondo.

Creado por colaboradores cercanos de Thiel y Vance, 1789 Capital simboliza al mismo tiempo la mutación dinástica del capital riesgo y el vínculo que une al poder presidencial con los beneficios del sector armamentístico. En noviembre de 2024, la entrada de Donald Trump Jr., vástago del presidente, como socio de la empresa se tradujo en un cambio de escala de la misma. El fondo de inversión, que partía de 150 millones de dólares de valor de mercado, cuenta actualmente con más de mil millones. Campeón autoproclamado de la “inversión patriótica”, lleva más de 50 millones de dólares inyectados en el imperio de Elon Musk (SpaceX en lo que atañe al dominio del espacio, xAI en la IA militar) (7).

Con sus 600 millones de dólares en activos, el fondo American Dynamism, creado por Andreessen Horowitz (a16z), invierte en tecnologías de defensa y apoya a las personalidades que están “construyendo” Estados Unidos. En 2024, el propio Marc Andreessen había hecho un llamamiento a los multimillonarios de Silicon Valley para que apoyaran la candidatura de Trump. Los gigantes 8VC y General Catalyst, pese a ser algo más discretos, no por ello son menos influyentes. Joseph Lonsdale, fundador de 8VC y cofundador de Palantir, trabajó junto con Musk en la organización America PAC, que acabó siendo un instrumento esencial en la victoria de Trump. En cuanto a General Catalyst, realizó una ronda de financiación de 1480 millones de dólares para Anduril, y 8VC invirtió 450 millones en la empresa de defensa. La estrategia ha dado sus frutos: en 2025, Palantir se ha puesto en cabeza del índice bursátil S&P 500 con unos resultados trimestrales que superan los mil millones de dólares, impulsados por un aumento del 53% en la rúbrica de contratos públicos.

Cuando tu cliente ya no puede prescindir de ti porque te has convertido en su sistema operativo, eso ya no se llama “beneficios”, se llama “poder”. Un poder que, hoy en día, supone una amenaza tanto para la soberanía europea como para la democracia estadounidense.

En Italia, los responsables de defensa están considerando confiar a Starlink, el sistema de Elon Musk, la gestión de sus comunicaciones encriptadas vía satélite. En Alemania, donde el uso de herramientas de vigilancia de Palantir por parte de la policía y varios länder (Hesse, Baviera y Renania del Norte-Westfalia) suscitó fuertes protestas (y un recurso ante el Tribunal Constitucional), las autoridades federales no excluyen la posibilidad de generalizar esta práctica en todo el país (8).

En cuanto al Bundeswehr, se encuentra atado de pies y manos a Anduril desde que Rheinmetall, la principal empresa de defensa alemana, anunciara el pasado 18 de junio su asociación con la firma estadounidense para crear versiones “europeas” de los misiles Barracuda y los drones autónomos Fury susceptibles de ser usados en misiones de la OTAN. En realidad, la arquitectura subyacente seguirá siendo estadounidense: los sistemas europeos usan la plataforma Lattice, reciben continuamente actualizaciones de los servidores californianos y funcionan dentro de parámetros definidos por Silicon Valley.

El Reino Unido ha llegado a un nivel de dependencia todavía mayor. El Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés) del país lleva desde 2023 gestionando los datos de millones de pacientes con ayuda de la Federated Data Platform de Palantir, por la que pagó 330 millones de libras esterlinas. Pese a ello, el pasado mayo, el Gobierno tuvo que abonar ocho millones de libras a la auditoría KPMG para tratar de vencer las reticencias a usar esta herramienta de algunos grupos hospitalarios. Pero se ve que a algunos la correa que empuña Peter Thiel no les parecía lo bastante corta, ya que Londres también firmó en septiembre una asociación de defensa por valor de 1500 millones de libras que ha convertido al país en un centro neurálgico de los sistemas de IA militar de Palantir.

Las anteriores decisiones no generaron debates parlamentarios dignos de ese nombre, y pocas ocuparon la portada en los periódicos. Sin embargo, revelan lo dispuestos que se muestran los gobiernos del Viejo Continente —a los que tanto les llena la boca la “autonomía estratégica”— a ceder sus prerrogativas a plataformas estadounidenses dirigidas por individuos que pisotean abiertamente la democracia europea.

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MEHDI GHADYANLOO. — Shared Future (‘Futuro compartido’), 2018

“Intelectuales oligarcas”

El cerco se estrecha con cada nuevo contrato. Cuando los servicios del Estado ya no pueden funcionar sin Palantir, cuando los drones de Anduril se convierten en la norma en los países de la OTAN y los modelos de IA que hacen que todo lo demás funcione están alimentados por centrales nucleares, ya no hay posibilidad de vuelta atrás. La imagen que se nos ofrece no es la de un dominio industrial al modo clásico, sino la de una mutación fundamental de la soberanía, que deja de ser una autoridad política ejercida a través de instituciones relativamente democráticas para convertirse en una capacidad técnica dirigida por intereses privados. Mientras en Bruselas se sigue parloteando sobre “soberanía digital”, los países europeos firman asociaciones que hipotecan su autonomía e insertan la lógica antidemocrática en las propias estructuras de poder.

La metamorfosis política de Silicon Valley señala el punto de maduración de lo que Evgeny Morozov califica de “intelectuales oligarcas”, unos “nuevos legisladores” que se valen de la infraestructura tecnológica para extender su evangelio y construir una gobernanza posdemocrática. Lo que había empezado siendo un ensimismamiento libertario se metamorfoseó en una apropiación de los mecanismos de control de carácter autoritario. Quienes ayer confiaban en librarse de la autoridad de los Estados creando naciones autónomas en medio del océano se ocupan hoy de las más altas responsabilidades gubernamentales. En vista de su fracaso a la hora de crear instituciones paralelas, se les ha ocurrido algo mejor: convertirse en la infraestructura estatal.

Tal vez sea en el ámbito de las criptomonedas donde su éxito resulta más patente. En el marco de la Genius Act de Trump, las criptomonedas estables (stablecoins) se han visto promovidas al nivel de “infraestructura de seguridad nacional”, lo que equivale a dotar a los emisores privados de poderes que se acercan a los de un banco central. El pasado junio, el secretario del Tesoro Scott Bessent calculó que la demanda de bonos del Tesoro así generada ascendía a dos billones de dólares.

Los “tecnoautoritarios” saben perfectamente que para ejercer el poder no hay necesidad alguna de ganar elecciones: basta con conseguir contactos. Cada licitación reduce un poco más el abanico de opciones democráticas hasta que solo quedan las técnicamente permitidas por una infraestructura al servicio de los accionistas. Privada de su contenido, la democracia solo sobrevive como una antigua interfaz que se conserva por un prurito de estabilidad.

(1) Peter Thiel, “The Education of a Libertarian”, 13 de abril de 2009, www.cato-unbound.org

(2) Nick Schwellenbach, “Stephen Miller’s Financial Stake in ICE Contractor Palantir”, Project on Government Oversight (POGO), 24 de junio de 2025, www.pogo.org

(3) Audrey Decker, “Pentagon eyes Starship, designed for Mars, for military missions somewhat closer to home”, 15 de marzo de 2024, www.defenseone.com

(4) Para una síntesis véase Andrea Coveri, Claudio Cozza y Dario Guarascio, “Big Tech and the US digital-military-industrial complex”, Intereconomics, vol. 60, n.º 2, Hamburgo, 2025.

(5) “Secretary of Energy Chris Wright delivers keynote remarks at CERAWeek 2025”, Washington, D. C., 10 de marzo de 2025, www.energy.gov

(6) Shyam Sankar, director tecnológico de Palantir; Andrew Bosworth, su homólogo en Meta; Kevin Weil, director de producto en OpenAI; y Robert McGrew, exdirector de investigación en OpenAI. Véase Ashley Roque, “Palantir, Meta, OpenAI execs to commission into army reserve, from ‘Detachment 201’”, Londres, 13 de junio de 2025, https://breakingdefense.com

(7) Alexandra Ulmer y Joseph Tanfani, “Trump-linked venture fund 1789 Capital tops $1 billion in assets”, Reuters, 8 de septiembre de 2025.

(8) Angelo Amante y Crispian Balmer, “Italy’s defence minister says decision on Musk’s Starlink should be technical”, Reuters, 15 de abril de 2025; Marcel Fürstenau, “German police expands use of Palantir surveillance software”, 8 de abril de 2025, www.dw.com

Francesca Bria

Economista especializada en innovación y políticas digitales. Es fundadora de la plataforma authoritarian-stack.info, lanzada el 31 de octubre de 2025, que ofrece información sobre el funcionamiento de las empresas tecnológicas estadounidenses y su deriva autoritaria.


  

 Y ver ... 











sábado, 1 de noviembre de 2025

Del sueño americano a la distopía .

                                                      

Reseña de Tomara que você seja deportado: uma viagem pela distopía americana (Editora Nós, 2025), de Jamil Chade

Del sueño americano a la distopía



Fuentes: Rebelión / Socialismo y Democracia [Imagen: Frontera EEUU-México en el río Eagle Pass (Texas). Créditos: Kaylee Greenlee Beal / Reuters]


Ha sido lanzado recientemente en Brasil, el libro del periodista Jamil Chade cuyo título podría ser traducido como “Ojalá que seas deportado”, el que reúne un conjunto de 48 crónicas y reportajes escritos durante su estadía en Estados Unidos, en un período que abarca desde el final de la campaña presidencial (17 de octubre de 2024) pasando por los primeros meses de la gestión de Donald Trump y concluyendo con una última crónica (25 de mayo de 2025) redactada días antes del retorno definitivo del escritor y su familia al lugar en el cual reside actualmente (Ginebra, Suiza).


Los textos que componen el libro abordan diversos aspectos de la historia reciente y de la vida cotidiana de los habitantes de ese país, configurando un panorama devastador desde todos los aspectos, evidenciando por la magnitud de la decadencia en que se encuentra desde hace décadas la sociedad estadounidense y que se ha incrementado en este último periodo con el surgimiento del líder extremista republicano y sus adeptos.

La crónica que da nombre al libro relata la experiencia que tuvo su hijo pequeño en una escuela del barrio luego de tener un altercado con una colega de clase. En una situación coloquial de altercado entre niños de diez u once años, la compañera de curso le espetó a su hijo “Ojalá que seas deportado”. Como nos advierte Chade “La novedad ciertamente no es la existencia de una discusión entre niños, sino el surgimiento de una nueva manera de agredir, basada en el odio, que es instrumentalizado por un grupo ultraconservador que llegó al poder. Nadie nace odiando. No brota de forma espontánea de la cabeza de ningún niño la idea de desear que la otra persona sea deportada”.

El tema de la persecución en masa de los migrantes irregulares -o incluso con papeles de residencia- y la truculencia de los abordajes que sufren las personas solo por sus características raciales, es una temática que atraviesa la mayor parte de las crónicas redactadas por Jamil Chade en ese periodo. A lo largo de sus viajes por el territorio estadunidense y la frontera mexicana, el escritor desplaza el foco de sus análisis hacia distintos espacios simbólicos y reales: desde Manhattan hasta la frontera con México, en abrigos de deportados, barrios empobrecidos, escuelas de inmigrantes, pueblos abandonados y un sinnúmero de escenarios distópicos que diseñan el paisaje humano y las políticas coercitivas hacia poblaciones vulnerables en un país autoritario.

A través de una prosa periodística cargada de testimonios, datos y vivencias, explora cómo la deshumanización del “otro”, la inmigración, la xenofobia, los recortes de derechos y la polarización política se entrelazan para producir lo que él conceptualiza como la “distopía americana”.

Esta sensación de estar dentro de un país decadente es claramente expuesta en la crónica “Mississipi y sus pantanos”, en la cual describe el panorama desolador de una pequeña ciudad de Arkansas llamada West Helena. En dicha crónica retrata ese lugarejo como salido de una película de terror: “En ambos lados de la calle central, casas destruidas, tiendas cerradas, techos desmoronados y un olor de desamparo. El viento aullaba, casi para susurrarme la noticia de que aquel local estaba abandonado (…) En West Helena, una orgullosa bandera americana flamea de manera triunfal sobre la alcaldía. Pero no esconde el hecho de que la ciudad tiene 35% de su población de ocho mil habitantes viviendo bajo la línea de la pobreza. El PIB per cápita promedio del local es inferior al de Bolivia y apenas un poco superior al de Bangladesh”. Y continua su relato con un análisis comparativo entre los estados más empobrecidos del sur ese país (Alabama, Tennessee, Arkansas, Mississippi y Luisiana) que poseen una renta promedio tres o cuatro veces inferior que los habitantes de la ciudad de Nueva York.

Las referencias que se realizan de esta pequeña ciudad abandonada nos muestran que la degradación de los espacios periféricos funciona también como una frontera interna, un territorio donde el “otro” (inmigrante, vulnerable, marginado) habita o atraviesa. Esto conecta con la frontera en el sentido literal: migrantes que cruzan, o que son expulsados, pero también la frontera simbólica y existencial, entre ciudadanos considerados “legítimos” y aquellos “que no lo son”.

En ese paisaje, la administración Trump no ha hecho más que profundizar las desigualdades entre los estadounidenses, como queda corroborado, por ejemplo, con anuncios realizados por el gobierno de que recortará 850 mil millones de dólares del presupuesto de la nación destinados al sistema público de salud, el Medicaid. En los estados del sur del país, aproximadamente 700 mil personas dependen integralmente de este programa para tener acceso a la salud, incluidas las políticas de asistencia a la natalidad.

Por otra parte, sus narraciones sobre los albergues de deportados en la frontera con México constituyen un nodo crítico en la narración de Chade: son la materialización de la política de expulsión, del “ser considerado prescindible”. Aparecen no solo como espacios de tránsito sino de detención, vulnerabilidad, destierro y desesperación. Los albergues no son simplemente consecuencia de la inmigración, sino parte de una maquinaria que produce la condición de seres humanos residuales, indeseables y descartables.

De esta manera, las crónicas de Jamil Chade nos muestran una cara poco tratada de los Estados Unidos contemporáneos: el miedo, la exclusión, la frontera geográfica y existencial dentro de la sociedad. Es una invitación a pensar que la distopía ya no es solo ficción; que la promesa del sueño americano convive con realidades de exclusión, vulnerabilidad y desamparo. Sus escritos representan una crítica vehemente de los caminos hacia los cuales se dirige una sociedad que se decía democrática y que hoy se percibe como un espacio de autoritarismo y represión a todos quienes no se encuadran con el tipo ideal del hombre blanco supremacista americano.

Si el lector espera una estructura académica tradicional con teoría amplia y sistemática, podría quedarse con ganas, pues el libro privilegia la narrativa, el testimonio y la denuncia, más que el desarrollo teórico extenso. Sin embargo, el apelo del autor es potente e incontestable. El libro contiene una línea de análisis crítico hacia el ascenso de la extrema derecha, la instrumentalización de la inmigración como arma política y el debilitamiento de instituciones democráticas. Es un retrato de una sociedad que bajo el mandato de Trump se ha transformado en la negación del “sueño americano” mostrando la persecución en masa de los migrantes, deshumanización, ciudades abandonadas y poblaciones dejadas a su suerte.

En definitiva, los temas centrales abordados en el libro – la deportación de inmigrantes, la exclusión de los pobres, el desmonte de políticas sociales y las prácticas de censura – nos ofrecen una visión articulada de cómo la crisis migratoria y de violación de los derechos humanos en los Estados Unidos implementada durante el gobierno de Donald Trump, no es un fenómeno aislado, sino una faceta de lo que se podría llamar la construcción de la “distopía americana”. Este modelo implica que la exclusión, el miedo y la represión clasista y racista ya no están en los márgenes sino en el centro de la vida cotidiana de un Imperio en decadencia.

Fernando de la Cuadra es doctor en Ciencias Sociales, editor del blog Socialismo y Democracia, autor del libro De Dilma a Bolsonaro: itinerario de la tragedia sociopolítica brasileña (editorial RIL, 2021) y coeditor del libro EP Thompson en Chile: solidaridad, historia y poesía de un intelectual militante (Ariadna Ediciones, 2024).

Fuente: https://fmdelacuadra.blogspot.com/2025/10/del-sueno-americano-la-distopia.html

miércoles, 29 de octubre de 2025

Las tecnologías de vigilancia masiva israelitas en Europa .

 

Entrevista a Rasha Abdul Rahim, activista palestina de justicia tecnológica

«Europa integra en su aparato de seguridad las tecnologías de vigilancia masiva que Israel prueba en Palestina»

Con motivo de su participación en la charla inaugural de la Conferencia 4D, Digitalización Democrática y Derechos Digitales, organizada el 28 de octubre en Barcelona por Xnet y Accent Obert, charlamos con ella, que en la actualidad se centra en el uso de la tecnología en el exterminio del pueblo palestino.

Sé que está extremadamente ocupada en este momento debido a la dramática situación en Palestina. ¿En qué está trabajando ahora mismo?

Actualmente trabajo en la intersección entre tecnología, derechos humanos y justicia social, con especial atención al papel de las grandes empresas tecnológicas en el genocidio de Gaza. Hasta agosto de este año estuve dirigiendo People vs Big Tech, trabajando para exigir responsabilidades a las grandes tecnológicas mediante la aplicación de normativas europeas como la Digital Services Act y la Digital Markets Act.

Tiene un gran conocimiento tanto sobre derechos digitales como en el uso de armamento autónomo contra las personas, y también de la situación sobre el terreno en Palestina. ¿Cómo está utilizando Netanyahu la tecnología digital en la masacre de la población civil?

Israel está desplegando una serie de herramientas digitales y de inteligencia artificial avanzadas en sus operaciones militares. Los sistemas de IA son utilizados por las fuerzas de inteligencia israelíes para analizar enormes cantidades de datos –desde comunicaciones interceptadas hasta redes sociales– con el fin de identificar posibles objetivos, asignando puntuaciones de riesgo basadas en patrones considerados sospechosos. Tecnologías de reconocimiento facial, como Red Wolf y Blue Wolf, se usan ampliamente en Cisjordania y Jerusalén Este para vigilar a los palestinos, restringiendo a menudo su movimiento y facilitando detenciones.

Además, Israel rastrea los movimientos de la población civil a través de datos de localización de teléfonos móviles, utilizando esa información para dirigir ataques y operaciones militares. Drones comerciales se han modificado para tareas de vigilancia e incluso para transportar explosivos, mientras que servicios en la nube como Azure de Microsoft han apoyado el procesamiento de las comunicaciones interceptadas. Aunque Microsoft rescindió recientemente el acceso de la Unidad 8200 de Israel a ciertos servicios de almacenamiento y de IA al descubrirse que la estaban utilizando para operar un sistema de vigilancia invasivo e indiscriminado –una clara violación de sus condiciones de servicio–, Amazon, según se informa, ha intervenido para cubrir ese vacío.

La inteligencia militar israelí –entre ellos la Unidad 8200– también ha empleado sistemas de IA denominados Lavender y The Gospel para analizar grandes volúmenes de datos –comunicaciones interceptadas, información de los servicios secretos, redes sociales, etc.– con el fin de identificar personas o lugares que podrían ser objetivos de ataques en Gaza. Estas herramientas asignan puntuaciones a los individuos según su supuesta probabilidad de pertenecer a grupos militantes o analizan discursos y datos en busca de “palabras clave” o patrones considerados sospechosos.

Durante el genocidio ha quedado claro que todas las grandes empresas tecnológicas –incluidas Google, Amazon, Microsoft y Oracle– han proporcionado infraestructura, servicios o apoyos críticos al ejército israelí. Meta, por su parte, ha estado eliminando o suprimiendo sistemáticamente voces palestinas en sus plataformas, un patrón que ya está ampliamente documentado. Esto revela una alineación estructural más amplia entre las grandes tecnológicas y el poder estatal, lo que plantea preguntas urgentes sobre la responsabilidad corporativa, la rendición de cuentas en virtud del derecho internacional y el papel de los proveedores privados de tecnología en la facilitación o comisión de genocidios y otras violaciones graves de derechos humanos.

Como experta en legislación de la UE, política digital, vigilancia, inteligencia artificial y sistemas de armas autónomas letales, ¿cómo están afectando las prácticas digitales actualmente desarrolladas por el Estado de Israel al mercado y la política digital europeos?

La industria tecnológica israelí –especialmente su exportación de herramientas de vigilancia basadas en IA y tecnología de uso militar– está transformando silenciosamente el entorno digital europeo, y no de una forma que se alinee con los valores europeos. Estas tecnologías y armas se prueban en palestinos en el laboratorio de la ocupación, la guerra y ahora el genocidio, y después se integran en el aparato de seguridad europeo –desde la policía y el control fronterizo hasta la analítica predictiva y la vigilancia biométrica–. Estas tecnologías plantean graves preocupaciones jurídicas y éticas, especialmente en torno a la vigilancia masiva, el perfilado biométrico y la toma de decisiones automatizada en ámbitos como la seguridad o la guerra. Europa afirma defender los derechos digitales, la transparencia y los derechos humanos, pero cada vez importa más herramientas diseñadas para el control, el perfilado y la represión, a menudo sin debate democrático, supervisión o evaluación ética.

Las empresas tecnológicas israelíes –muchas con estrechos vínculos con unidades militares y de inteligencia– han encontrado clientes dispuestos en los Estados miembros de la UE, ansiosos por obtener “soluciones de seguridad”, pero reacios a afrontar su coste ético. Esto socava la credibilidad de la UE como superpotencia reguladora a través de leyes como el Reglamento General de Protección de Datos, el Reglamento de IA y el Reglamento de Servicios Digitales (DSA por sus siglas en inglés). Si Europa sigue externalizando su infraestructura de seguridad a empresas cuyos productos han sido “probados en combate” con palestinos, esas leyes corren el riesgo de quedarse en palabras vacías. La incómoda verdad es que Europa habla de ética mientras compra tecnología salida de la primera línea del autoritarismo digital.

La cuestión ahora no es solo si la UE puede regular a las grandes tecnológicas, sino si tiene la voluntad política de trazar una línea cuando las herramientas digitales nacen en contextos de violencia sistémica y se exportan como “soluciones” a sociedades democráticas. En este momento, esa línea es peligrosamente difusa.

¿Qué opina de la política digital que está siguiendo la UE en general?

Europa posee actualmente el arsenal regulatorio más potente del mundo para defender los derechos digitales y controlar el inmenso poder de las grandes tecnológicas. El Reglamento de Servicios Digitales (DSA) y el Reglamento de Mercados Digitales (DMA) ofrecen a las instituciones de la UE y a los Estados miembros la capacidad de obligar a las plataformas a retirar rápidamente contenidos ilegales y ser mucho más transparentes sobre cómo funcionan sus algoritmos y sistemas de moderación. También permiten auditorías y sanciones severas por incumplimiento, incluidas multas multimillonarias. De hecho, en muchos sentidos, Palestina es una prueba de fuego de la eficacia de la DSA, dada la censura sistemática y documentada del contenido palestino en las plataformas de Meta.

La DMA se centra en la competencia justa y en frenar el enorme poder y dominio de las grandes tecnológicas. Se dirige a los llamados “guardianes de acceso” (gatekeepers), como las grandes plataformas en línea, impidiéndoles abusar de su posición dominante. Esto implica prohibir la autopreferencia, imponer la interoperabilidad y abrir la puerta a que actores más pequeños puedan competir. Juntas, estas leyes suponen un gran paso hacia un espacio digital más seguro, justo y responsable en toda la UE.

Pero la gran cuestión es si la UE aplicará realmente estas regulaciones cuando aumente la presión, especialmente bajo el intenso lobby diplomático de Washington. Al fin y al cabo, las normas de estas leyes desafían directamente los modelos de negocio de gigantes de Silicon Valley como Google, Meta y Apple –empresas que poseen un enorme poder político en Estados Unidos–. Lo que está en juego no es solo la política tecnológica; es si la UE tiene la determinación de defender su soberanía digital o si cederá cuando los intereses estadounidenses presionen con fuerza.

RashaAbdul Rahim, licenciada en Lenguas Modernas y Medievales por la Universidad de Cambridge, máster en Relaciones Internacionales y Diplomacia por la School of Oriental and African Studies (SOAS), ha liderado iniciativas globales sobre vigilancia, inteligencia artificial, sistemas de armas autónomas letales y derechos digitales, primero como directora de Amnesty Tech en Amnistía Internacional, y después como directora ejecutiva de People vs Big Tech.



Fuente: https://ctxt.es/es/20251001/Politica/50661/rasha-abdul-rahim-tecnologia-vigilancia-israel-palestina-europa.htm

martes, 28 de octubre de 2025

Tigres de papel.

De armas, armamentos y declives políticos

 Augusto  Zamora R.

  25/10/2025 

Desde el inicio de la Operación Especial rusa en Ucrania, gobiernos y medios de comunicación atlantistas nos han estado bombardeando sobre el supuesto poder de sus armamentos, que eran suministrados al gobierno nazi de Kiev y gracias a los cuales el ejército ucraniano pondría de rodillas al ruso y lo obligaría a rendirse. Desde los misiles antitanque Javelin a los misiles Tomahawk, larga ha sido la lista. No obstante, como es bien sabido, una cosa es la propaganda y otra la realidad. Andando los últimos tres años, varios conflictos -empezando por el de Ucrania-, ha permitido medir, en el campo de batalla, la verdadera efectividad de las armas atlantistas y de las armas rusas y chinas.

Una fuente inestimable de análisis de la cosa militar es la revista estadounidense Military Watch (MW), que es lo más serio que puede encontrarse sobre estos temas. Los datos que maneja MW, provenientes de fuentes primeras, suelen ser avalados por otros medios de renombre en EEUU, como The New York Times o The Washington Post, por mencionar sólo a dos. De MW tomamos, a efectos informativos, los siguientes hechos.

Primer hecho relevante a reseñar es la decisión de Indonesia, de adquirir 42 aviones de combate J-10C de cuarta generación, de fabricación china, decisión que causó no poco estupor en EEUU y la OTAN. Indonesia es el segundo mayor país de la región Asia/Pacífico, el segundo más poblado y su cuarta economía. La apuesta inicial de Indonesia había sido la compra de 11 aviones de combate rusos Su-35S, con un acuerdo complementario para adquirir más cazabombarderos hasta equipar varios escuadrones. La compra a Rusia tenía un valor de 1.100 millones de dólares. EEUU intervino drásticamente, amenazando con imponer sanciones económicas y, en 2024, Indonesia renunció a adquirir los aviones rusos. El gobierno de Yakarta reaccionó en negativo y una de sus medidas fue reducir su dependencia de los sistemas de pago occidentales. La otra fue adquirir, no 11, sino 42 cazabombarderos chinos. MW comentó: “Si Estados Unidos no hubiera amenazado con sancionar a Indonesia, es probable que este país hubiera adquirido el Su-35, y potencialmente el Su-57…, lo que habría reducido el margen de maniobra de su flota para la adquisición de J-10”. 

Agregaba MW que, para EEUU, “las consecuencias de sus amenazas de sanciones han sido, sin duda, muy perjudiciales. El acuerdo sobre el J-10C es significativamente mayor que el planificado para el Su-35, lo que significa que se destinará una cantidad considerablemente más grande de financiación a los sectores de defensa de los adversarios del bloque occidental de la que habrían recibido en otras circunstancias. La alianza estratégica de China con Indonesia también es significativamente más sólida que la alianza con Rusia y el fortalecimiento de esta alianza supone un mayor desafío para los intereses occidentales, que quieren minimizar la influencia de sus adversarios en el país más grande del Sudeste Asiático“. Las amenazas de EEUU derivaron a peor.

Vamos a otra noticia, también de MW. El Ministerio de Defensa de India está en conversaciones con Rusia para la adquisición de misiles tierra-aire por valor de 1.100 millones de dólares, para sus sistemas de defensa aérea S-400, de fabricación rusa. 

“Los medios de comunicación locales -dice MW- han informado que el alto rendimiento demostrado por el sistema S-400 durante los enfrentamientos con las fuerzas pakistaníes a principios de mayo es un factor clave que ha impulsado a la Fuerza Aérea a aumentar su inversión en estos sistemas. Fuentes indias atribuyen a los batallones del S-400 el derribo de cinco o seis aviones de combate pakistaníes y un avión de apoyo de gran tamaño, probablemente un sistema de alerta temprana y control. India es el único operador extranjero del S-400 que, hasta donde se sabe, lo ha probado en combate”. 

Como se recordará, en el último y reciente duelo aéreo entre India y Paquistán, se enfrentaron, por parte india, aviones franceses Rafale y, por parte paquistaní, aviones J-10C chinos, con clara superioridad de los cazabombarderos chinos sobre los franceses, con el resultado de varios Rafale derribados (el número exacto es secreto militar, pero están entre dos y cinco). Como una cuestión es la propaganda y otra la realidad, puestos en combate real, la tecnología china resultó superior a la francesa. Tomando en cuenta que los Rafale son lo mejor que produce la Europa atlantista en cazabombarderos, la conclusión a llegar es fácil. Los Rafale son inferiores a los J-10C. La comparación se hace peor si consideramos que estos aviones no son los cazabombarderos de última generación que produce China. De hecho, ocupan en tercer lugar en prestaciones.

En el lado contrario, los sistemas S-400 rusos demostraron una altísima efectividad, siendo determinantes para que el duelo aéreo con Paquistán no terminara en una dolorosa derrota para India. Por esa razón, en el presente, India ha solicitado más sistemas S-400 y más armamento ruso y, claro, muchísimos más misiles, rusos también. En septiembre pasado, diarios indios informaban de un pedido urgente hecho por India, para adquirir 140 cazabombarderos Su-57 rusos. Según MW, “Analistas indios han destacado las principales deficiencias de la flota de cazas del país, en particular el rendimiento de sus nuevos cazas Rafale, que quedaron al descubierto durante el lanzamiento de la Operación Sindoor contra Pakistán a principios de mayo”. 

A nivel de anécdota, vale recordar que, en febrero pasado, EEUU canceló los vuelos de los F-35A y F-16 en el salón aéreo Aero India 2025, después de enterarse de que el cazabombardero ruso de quinta generación Su-57 tenía previsto realizar vuelos de exhibición en el referido salón aéreo. No dio EEUU explicaciones sobre la cancelación.

Hay que sumar a estos dos hechos otros anteriores, citando, en primer término, el fracaso del sistema antimisiles estrella de EEUU, el ya no tan afamado Patriot, cuya efectividad ante los misiles rusos se ha reducido a un 6%, según fuentes militares ucranianas. El jefe de comunicaciones del Comando de la Fuerza Aérea de Ucrania, Yuri Ignat, confirmó, durante una transmisión televisiva nacional, “el creciente desafío para interceptar ataques con misiles balísticos rusos”, indicando como causa la capacidad de los misiles rusos, “que vuelan en una trayectoria cuasibalística, lo que significa que realizan oscilaciones al acercarse”. Ignat agregó: “Esto complica el trabajo del Patriot, porque el sistema opera en modo automático al interceptar misiles balísticos. Se vuelve más difícil calcular el punto donde el misil interceptor colisionará o detonará cerca del misil enemigo”. Resultado, los sistemas Patriot se han vuelto casi inofensivos.

¿Y qué decir de los ya no temidos tanques M-1 Abrams, retirados en masa del campo de batalla, después de ser destruidos fácilmente cada vez que los sacaban a combatir, siguiendo el camino de los Leopard alemanes, que han tenido peor suerte? Se hace inevitable concluir de forma similar sobre otros armamentos: los mejores sistemas militares de la OTAN, puestos en el campo de batalla, resultan en un fiasco tras otro cuando son enfrentados a armamentos rusos y chinos. Un fiasco muy grave, pues hablamos de sistemas y plataformas de lo más avanzado de la organización atlantista.

El intercambio de misiles entre Israel e Irán dejó resultados similares. Irán, sin emplear lo más desarrollado de sus misiles, penetró como un queso gruyere el cacareado escudo antimisiles de Israel, al punto que el régimen sionista tuvo que pedir cacao y solicitar a EEUU intervenir para detener la lluvia de misiles iraníes. En Israel se encuentran los únicos sistemas THAAD cedidos por EEUU a un país en guerra (los hay también en Arabia Saudita y EAU) y los THAAD son los más avanzados -y los más caros- sistemas antimisiles de EEUU. Al respecto, MW comentó el 25 de julio pasado:

“El Ejército de EEUU gastó más de 150 interceptores de misiles antibalísticos Terminal High Altitude Area Defense (THAAD) sistema de defensa aérea de largo alcance, para interceptar ataques con misiles balísticos iraníes durante 11 días de hostilidades entre Irán e Israel del 13 al 24 de junio, superando con creces las estimaciones previas de la cantidad de interceptores utilizados. Esto representó más del 25 por ciento del arsenal total del Ejército desplegado en todo el mundo, lo que generó serias preocupaciones con respecto a la capacidad de las defensas aéreas estadounidenses para resistir bombardeos sostenidos en teatros de operaciones en gran parte del mundo. Con cada lanzamiento de interceptor THAAD, que cuesta 15,5 millones de dólares, se estima que la defensa del espacio aéreo israelí utilizando estos sistemas ha costado más de 2.350 millones de dólares. Junto con los THAAD, la tasa de agotamiento de los misiles antibalísticos SM-3 y SM-6 por parte de la Armada de EEUU, para apoyar aún más los esfuerzos de defensa aérea israelí, también fue tremenda, lo que causó preocupaciones similares para el propio arsenal antimisiles del servicio”. En suma, los sistemas THAAD necesitaron muchos más misiles de los calculados para poder derribar otros misiles.

Ahí no quedó el tema. El sistema THAAD, además de ser costosísimo y escaso, fue incapaz de interceptar un porcentaje nada desdeñable de misiles iraníes, lo que dejó serias preocupaciones sobre sus capacidades. Es decir, la relación costo/efectividad fue pobre comparándola con los altos costos del sistema y de cada uno de sus misiles. Nuevamente estamos ante resultados concretos, no con manuales de propaganda, dato a tomar en cuenta, más si se considera que Rusia fabrica más misiles que el resto del mundo junto y que China le sigue en la lista de los mayores fabricantes de misiles. 

Con tales datos en mano, pueden sacarse algunas conclusiones sobre lo que pasaría en caso de un enfrentamiento bélico entre la alianza ruso-china (más Irán) y la alianza atlantista. No conclusiones contadas por Hollywood, con Tom Cruise de estelar piloto, sino conclusiones extraídas de los campos de batalla, que son las únicas relevantes. 

Hay otra cuestión evidente. EEUU presionó a Indonesia contra Rusia e Indonesia optó por aviones chinos. Algo similar ocurrió con Egipto, que se vio obligado a renunciar a cazabombarderos rusos por presión de EEUU y optó por los chinos. Como ese juego de infancia en Nicaragua. Si te corres te tiro, si te paras te mato. Por ahí anda EEUU, en su decadencia. Haga lo que haga, salvo en el gallinero europeo, termina perdiendo. El mundo cambia, EEUU no. Moderno dinosaurio, correrá su misma suerte. Inevitable.

https://rebelion.org/de-armas-armamentos-y-declives-politicos/