sábado, 1 de noviembre de 2025

Del sueño americano a la distopía .

                                                      

Reseña de Tomara que você seja deportado: uma viagem pela distopía americana (Editora Nós, 2025), de Jamil Chade

Del sueño americano a la distopía



Fuentes: Rebelión / Socialismo y Democracia [Imagen: Frontera EEUU-México en el río Eagle Pass (Texas). Créditos: Kaylee Greenlee Beal / Reuters]


Ha sido lanzado recientemente en Brasil, el libro del periodista Jamil Chade cuyo título podría ser traducido como “Ojalá que seas deportado”, el que reúne un conjunto de 48 crónicas y reportajes escritos durante su estadía en Estados Unidos, en un período que abarca desde el final de la campaña presidencial (17 de octubre de 2024) pasando por los primeros meses de la gestión de Donald Trump y concluyendo con una última crónica (25 de mayo de 2025) redactada días antes del retorno definitivo del escritor y su familia al lugar en el cual reside actualmente (Ginebra, Suiza).


Los textos que componen el libro abordan diversos aspectos de la historia reciente y de la vida cotidiana de los habitantes de ese país, configurando un panorama devastador desde todos los aspectos, evidenciando por la magnitud de la decadencia en que se encuentra desde hace décadas la sociedad estadounidense y que se ha incrementado en este último periodo con el surgimiento del líder extremista republicano y sus adeptos.

La crónica que da nombre al libro relata la experiencia que tuvo su hijo pequeño en una escuela del barrio luego de tener un altercado con una colega de clase. En una situación coloquial de altercado entre niños de diez u once años, la compañera de curso le espetó a su hijo “Ojalá que seas deportado”. Como nos advierte Chade “La novedad ciertamente no es la existencia de una discusión entre niños, sino el surgimiento de una nueva manera de agredir, basada en el odio, que es instrumentalizado por un grupo ultraconservador que llegó al poder. Nadie nace odiando. No brota de forma espontánea de la cabeza de ningún niño la idea de desear que la otra persona sea deportada”.

El tema de la persecución en masa de los migrantes irregulares -o incluso con papeles de residencia- y la truculencia de los abordajes que sufren las personas solo por sus características raciales, es una temática que atraviesa la mayor parte de las crónicas redactadas por Jamil Chade en ese periodo. A lo largo de sus viajes por el territorio estadunidense y la frontera mexicana, el escritor desplaza el foco de sus análisis hacia distintos espacios simbólicos y reales: desde Manhattan hasta la frontera con México, en abrigos de deportados, barrios empobrecidos, escuelas de inmigrantes, pueblos abandonados y un sinnúmero de escenarios distópicos que diseñan el paisaje humano y las políticas coercitivas hacia poblaciones vulnerables en un país autoritario.

A través de una prosa periodística cargada de testimonios, datos y vivencias, explora cómo la deshumanización del “otro”, la inmigración, la xenofobia, los recortes de derechos y la polarización política se entrelazan para producir lo que él conceptualiza como la “distopía americana”.

Esta sensación de estar dentro de un país decadente es claramente expuesta en la crónica “Mississipi y sus pantanos”, en la cual describe el panorama desolador de una pequeña ciudad de Arkansas llamada West Helena. En dicha crónica retrata ese lugarejo como salido de una película de terror: “En ambos lados de la calle central, casas destruidas, tiendas cerradas, techos desmoronados y un olor de desamparo. El viento aullaba, casi para susurrarme la noticia de que aquel local estaba abandonado (…) En West Helena, una orgullosa bandera americana flamea de manera triunfal sobre la alcaldía. Pero no esconde el hecho de que la ciudad tiene 35% de su población de ocho mil habitantes viviendo bajo la línea de la pobreza. El PIB per cápita promedio del local es inferior al de Bolivia y apenas un poco superior al de Bangladesh”. Y continua su relato con un análisis comparativo entre los estados más empobrecidos del sur ese país (Alabama, Tennessee, Arkansas, Mississippi y Luisiana) que poseen una renta promedio tres o cuatro veces inferior que los habitantes de la ciudad de Nueva York.

Las referencias que se realizan de esta pequeña ciudad abandonada nos muestran que la degradación de los espacios periféricos funciona también como una frontera interna, un territorio donde el “otro” (inmigrante, vulnerable, marginado) habita o atraviesa. Esto conecta con la frontera en el sentido literal: migrantes que cruzan, o que son expulsados, pero también la frontera simbólica y existencial, entre ciudadanos considerados “legítimos” y aquellos “que no lo son”.

En ese paisaje, la administración Trump no ha hecho más que profundizar las desigualdades entre los estadounidenses, como queda corroborado, por ejemplo, con anuncios realizados por el gobierno de que recortará 850 mil millones de dólares del presupuesto de la nación destinados al sistema público de salud, el Medicaid. En los estados del sur del país, aproximadamente 700 mil personas dependen integralmente de este programa para tener acceso a la salud, incluidas las políticas de asistencia a la natalidad.

Por otra parte, sus narraciones sobre los albergues de deportados en la frontera con México constituyen un nodo crítico en la narración de Chade: son la materialización de la política de expulsión, del “ser considerado prescindible”. Aparecen no solo como espacios de tránsito sino de detención, vulnerabilidad, destierro y desesperación. Los albergues no son simplemente consecuencia de la inmigración, sino parte de una maquinaria que produce la condición de seres humanos residuales, indeseables y descartables.

De esta manera, las crónicas de Jamil Chade nos muestran una cara poco tratada de los Estados Unidos contemporáneos: el miedo, la exclusión, la frontera geográfica y existencial dentro de la sociedad. Es una invitación a pensar que la distopía ya no es solo ficción; que la promesa del sueño americano convive con realidades de exclusión, vulnerabilidad y desamparo. Sus escritos representan una crítica vehemente de los caminos hacia los cuales se dirige una sociedad que se decía democrática y que hoy se percibe como un espacio de autoritarismo y represión a todos quienes no se encuadran con el tipo ideal del hombre blanco supremacista americano.

Si el lector espera una estructura académica tradicional con teoría amplia y sistemática, podría quedarse con ganas, pues el libro privilegia la narrativa, el testimonio y la denuncia, más que el desarrollo teórico extenso. Sin embargo, el apelo del autor es potente e incontestable. El libro contiene una línea de análisis crítico hacia el ascenso de la extrema derecha, la instrumentalización de la inmigración como arma política y el debilitamiento de instituciones democráticas. Es un retrato de una sociedad que bajo el mandato de Trump se ha transformado en la negación del “sueño americano” mostrando la persecución en masa de los migrantes, deshumanización, ciudades abandonadas y poblaciones dejadas a su suerte.

En definitiva, los temas centrales abordados en el libro – la deportación de inmigrantes, la exclusión de los pobres, el desmonte de políticas sociales y las prácticas de censura – nos ofrecen una visión articulada de cómo la crisis migratoria y de violación de los derechos humanos en los Estados Unidos implementada durante el gobierno de Donald Trump, no es un fenómeno aislado, sino una faceta de lo que se podría llamar la construcción de la “distopía americana”. Este modelo implica que la exclusión, el miedo y la represión clasista y racista ya no están en los márgenes sino en el centro de la vida cotidiana de un Imperio en decadencia.

Fernando de la Cuadra es doctor en Ciencias Sociales, editor del blog Socialismo y Democracia, autor del libro De Dilma a Bolsonaro: itinerario de la tragedia sociopolítica brasileña (editorial RIL, 2021) y coeditor del libro EP Thompson en Chile: solidaridad, historia y poesía de un intelectual militante (Ariadna Ediciones, 2024).

Fuente: https://fmdelacuadra.blogspot.com/2025/10/del-sueno-americano-la-distopia.html

miércoles, 29 de octubre de 2025

Las tecnologías de vigilancia masiva israelitas en Europa .

 

Entrevista a Rasha Abdul Rahim, activista palestina de justicia tecnológica

«Europa integra en su aparato de seguridad las tecnologías de vigilancia masiva que Israel prueba en Palestina»

Con motivo de su participación en la charla inaugural de la Conferencia 4D, Digitalización Democrática y Derechos Digitales, organizada el 28 de octubre en Barcelona por Xnet y Accent Obert, charlamos con ella, que en la actualidad se centra en el uso de la tecnología en el exterminio del pueblo palestino.

Sé que está extremadamente ocupada en este momento debido a la dramática situación en Palestina. ¿En qué está trabajando ahora mismo?

Actualmente trabajo en la intersección entre tecnología, derechos humanos y justicia social, con especial atención al papel de las grandes empresas tecnológicas en el genocidio de Gaza. Hasta agosto de este año estuve dirigiendo People vs Big Tech, trabajando para exigir responsabilidades a las grandes tecnológicas mediante la aplicación de normativas europeas como la Digital Services Act y la Digital Markets Act.

Tiene un gran conocimiento tanto sobre derechos digitales como en el uso de armamento autónomo contra las personas, y también de la situación sobre el terreno en Palestina. ¿Cómo está utilizando Netanyahu la tecnología digital en la masacre de la población civil?

Israel está desplegando una serie de herramientas digitales y de inteligencia artificial avanzadas en sus operaciones militares. Los sistemas de IA son utilizados por las fuerzas de inteligencia israelíes para analizar enormes cantidades de datos –desde comunicaciones interceptadas hasta redes sociales– con el fin de identificar posibles objetivos, asignando puntuaciones de riesgo basadas en patrones considerados sospechosos. Tecnologías de reconocimiento facial, como Red Wolf y Blue Wolf, se usan ampliamente en Cisjordania y Jerusalén Este para vigilar a los palestinos, restringiendo a menudo su movimiento y facilitando detenciones.

Además, Israel rastrea los movimientos de la población civil a través de datos de localización de teléfonos móviles, utilizando esa información para dirigir ataques y operaciones militares. Drones comerciales se han modificado para tareas de vigilancia e incluso para transportar explosivos, mientras que servicios en la nube como Azure de Microsoft han apoyado el procesamiento de las comunicaciones interceptadas. Aunque Microsoft rescindió recientemente el acceso de la Unidad 8200 de Israel a ciertos servicios de almacenamiento y de IA al descubrirse que la estaban utilizando para operar un sistema de vigilancia invasivo e indiscriminado –una clara violación de sus condiciones de servicio–, Amazon, según se informa, ha intervenido para cubrir ese vacío.

La inteligencia militar israelí –entre ellos la Unidad 8200– también ha empleado sistemas de IA denominados Lavender y The Gospel para analizar grandes volúmenes de datos –comunicaciones interceptadas, información de los servicios secretos, redes sociales, etc.– con el fin de identificar personas o lugares que podrían ser objetivos de ataques en Gaza. Estas herramientas asignan puntuaciones a los individuos según su supuesta probabilidad de pertenecer a grupos militantes o analizan discursos y datos en busca de “palabras clave” o patrones considerados sospechosos.

Durante el genocidio ha quedado claro que todas las grandes empresas tecnológicas –incluidas Google, Amazon, Microsoft y Oracle– han proporcionado infraestructura, servicios o apoyos críticos al ejército israelí. Meta, por su parte, ha estado eliminando o suprimiendo sistemáticamente voces palestinas en sus plataformas, un patrón que ya está ampliamente documentado. Esto revela una alineación estructural más amplia entre las grandes tecnológicas y el poder estatal, lo que plantea preguntas urgentes sobre la responsabilidad corporativa, la rendición de cuentas en virtud del derecho internacional y el papel de los proveedores privados de tecnología en la facilitación o comisión de genocidios y otras violaciones graves de derechos humanos.

Como experta en legislación de la UE, política digital, vigilancia, inteligencia artificial y sistemas de armas autónomas letales, ¿cómo están afectando las prácticas digitales actualmente desarrolladas por el Estado de Israel al mercado y la política digital europeos?

La industria tecnológica israelí –especialmente su exportación de herramientas de vigilancia basadas en IA y tecnología de uso militar– está transformando silenciosamente el entorno digital europeo, y no de una forma que se alinee con los valores europeos. Estas tecnologías y armas se prueban en palestinos en el laboratorio de la ocupación, la guerra y ahora el genocidio, y después se integran en el aparato de seguridad europeo –desde la policía y el control fronterizo hasta la analítica predictiva y la vigilancia biométrica–. Estas tecnologías plantean graves preocupaciones jurídicas y éticas, especialmente en torno a la vigilancia masiva, el perfilado biométrico y la toma de decisiones automatizada en ámbitos como la seguridad o la guerra. Europa afirma defender los derechos digitales, la transparencia y los derechos humanos, pero cada vez importa más herramientas diseñadas para el control, el perfilado y la represión, a menudo sin debate democrático, supervisión o evaluación ética.

Las empresas tecnológicas israelíes –muchas con estrechos vínculos con unidades militares y de inteligencia– han encontrado clientes dispuestos en los Estados miembros de la UE, ansiosos por obtener “soluciones de seguridad”, pero reacios a afrontar su coste ético. Esto socava la credibilidad de la UE como superpotencia reguladora a través de leyes como el Reglamento General de Protección de Datos, el Reglamento de IA y el Reglamento de Servicios Digitales (DSA por sus siglas en inglés). Si Europa sigue externalizando su infraestructura de seguridad a empresas cuyos productos han sido “probados en combate” con palestinos, esas leyes corren el riesgo de quedarse en palabras vacías. La incómoda verdad es que Europa habla de ética mientras compra tecnología salida de la primera línea del autoritarismo digital.

La cuestión ahora no es solo si la UE puede regular a las grandes tecnológicas, sino si tiene la voluntad política de trazar una línea cuando las herramientas digitales nacen en contextos de violencia sistémica y se exportan como “soluciones” a sociedades democráticas. En este momento, esa línea es peligrosamente difusa.

¿Qué opina de la política digital que está siguiendo la UE en general?

Europa posee actualmente el arsenal regulatorio más potente del mundo para defender los derechos digitales y controlar el inmenso poder de las grandes tecnológicas. El Reglamento de Servicios Digitales (DSA) y el Reglamento de Mercados Digitales (DMA) ofrecen a las instituciones de la UE y a los Estados miembros la capacidad de obligar a las plataformas a retirar rápidamente contenidos ilegales y ser mucho más transparentes sobre cómo funcionan sus algoritmos y sistemas de moderación. También permiten auditorías y sanciones severas por incumplimiento, incluidas multas multimillonarias. De hecho, en muchos sentidos, Palestina es una prueba de fuego de la eficacia de la DSA, dada la censura sistemática y documentada del contenido palestino en las plataformas de Meta.

La DMA se centra en la competencia justa y en frenar el enorme poder y dominio de las grandes tecnológicas. Se dirige a los llamados “guardianes de acceso” (gatekeepers), como las grandes plataformas en línea, impidiéndoles abusar de su posición dominante. Esto implica prohibir la autopreferencia, imponer la interoperabilidad y abrir la puerta a que actores más pequeños puedan competir. Juntas, estas leyes suponen un gran paso hacia un espacio digital más seguro, justo y responsable en toda la UE.

Pero la gran cuestión es si la UE aplicará realmente estas regulaciones cuando aumente la presión, especialmente bajo el intenso lobby diplomático de Washington. Al fin y al cabo, las normas de estas leyes desafían directamente los modelos de negocio de gigantes de Silicon Valley como Google, Meta y Apple –empresas que poseen un enorme poder político en Estados Unidos–. Lo que está en juego no es solo la política tecnológica; es si la UE tiene la determinación de defender su soberanía digital o si cederá cuando los intereses estadounidenses presionen con fuerza.

RashaAbdul Rahim, licenciada en Lenguas Modernas y Medievales por la Universidad de Cambridge, máster en Relaciones Internacionales y Diplomacia por la School of Oriental and African Studies (SOAS), ha liderado iniciativas globales sobre vigilancia, inteligencia artificial, sistemas de armas autónomas letales y derechos digitales, primero como directora de Amnesty Tech en Amnistía Internacional, y después como directora ejecutiva de People vs Big Tech.



Fuente: https://ctxt.es/es/20251001/Politica/50661/rasha-abdul-rahim-tecnologia-vigilancia-israel-palestina-europa.htm

martes, 28 de octubre de 2025

Tigres de papel.

De armas, armamentos y declives políticos

 Augusto  Zamora R.

  25/10/2025 

Desde el inicio de la Operación Especial rusa en Ucrania, gobiernos y medios de comunicación atlantistas nos han estado bombardeando sobre el supuesto poder de sus armamentos, que eran suministrados al gobierno nazi de Kiev y gracias a los cuales el ejército ucraniano pondría de rodillas al ruso y lo obligaría a rendirse. Desde los misiles antitanque Javelin a los misiles Tomahawk, larga ha sido la lista. No obstante, como es bien sabido, una cosa es la propaganda y otra la realidad. Andando los últimos tres años, varios conflictos -empezando por el de Ucrania-, ha permitido medir, en el campo de batalla, la verdadera efectividad de las armas atlantistas y de las armas rusas y chinas.

Una fuente inestimable de análisis de la cosa militar es la revista estadounidense Military Watch (MW), que es lo más serio que puede encontrarse sobre estos temas. Los datos que maneja MW, provenientes de fuentes primeras, suelen ser avalados por otros medios de renombre en EEUU, como The New York Times o The Washington Post, por mencionar sólo a dos. De MW tomamos, a efectos informativos, los siguientes hechos.

Primer hecho relevante a reseñar es la decisión de Indonesia, de adquirir 42 aviones de combate J-10C de cuarta generación, de fabricación china, decisión que causó no poco estupor en EEUU y la OTAN. Indonesia es el segundo mayor país de la región Asia/Pacífico, el segundo más poblado y su cuarta economía. La apuesta inicial de Indonesia había sido la compra de 11 aviones de combate rusos Su-35S, con un acuerdo complementario para adquirir más cazabombarderos hasta equipar varios escuadrones. La compra a Rusia tenía un valor de 1.100 millones de dólares. EEUU intervino drásticamente, amenazando con imponer sanciones económicas y, en 2024, Indonesia renunció a adquirir los aviones rusos. El gobierno de Yakarta reaccionó en negativo y una de sus medidas fue reducir su dependencia de los sistemas de pago occidentales. La otra fue adquirir, no 11, sino 42 cazabombarderos chinos. MW comentó: “Si Estados Unidos no hubiera amenazado con sancionar a Indonesia, es probable que este país hubiera adquirido el Su-35, y potencialmente el Su-57…, lo que habría reducido el margen de maniobra de su flota para la adquisición de J-10”. 

Agregaba MW que, para EEUU, “las consecuencias de sus amenazas de sanciones han sido, sin duda, muy perjudiciales. El acuerdo sobre el J-10C es significativamente mayor que el planificado para el Su-35, lo que significa que se destinará una cantidad considerablemente más grande de financiación a los sectores de defensa de los adversarios del bloque occidental de la que habrían recibido en otras circunstancias. La alianza estratégica de China con Indonesia también es significativamente más sólida que la alianza con Rusia y el fortalecimiento de esta alianza supone un mayor desafío para los intereses occidentales, que quieren minimizar la influencia de sus adversarios en el país más grande del Sudeste Asiático“. Las amenazas de EEUU derivaron a peor.

Vamos a otra noticia, también de MW. El Ministerio de Defensa de India está en conversaciones con Rusia para la adquisición de misiles tierra-aire por valor de 1.100 millones de dólares, para sus sistemas de defensa aérea S-400, de fabricación rusa. 

“Los medios de comunicación locales -dice MW- han informado que el alto rendimiento demostrado por el sistema S-400 durante los enfrentamientos con las fuerzas pakistaníes a principios de mayo es un factor clave que ha impulsado a la Fuerza Aérea a aumentar su inversión en estos sistemas. Fuentes indias atribuyen a los batallones del S-400 el derribo de cinco o seis aviones de combate pakistaníes y un avión de apoyo de gran tamaño, probablemente un sistema de alerta temprana y control. India es el único operador extranjero del S-400 que, hasta donde se sabe, lo ha probado en combate”. 

Como se recordará, en el último y reciente duelo aéreo entre India y Paquistán, se enfrentaron, por parte india, aviones franceses Rafale y, por parte paquistaní, aviones J-10C chinos, con clara superioridad de los cazabombarderos chinos sobre los franceses, con el resultado de varios Rafale derribados (el número exacto es secreto militar, pero están entre dos y cinco). Como una cuestión es la propaganda y otra la realidad, puestos en combate real, la tecnología china resultó superior a la francesa. Tomando en cuenta que los Rafale son lo mejor que produce la Europa atlantista en cazabombarderos, la conclusión a llegar es fácil. Los Rafale son inferiores a los J-10C. La comparación se hace peor si consideramos que estos aviones no son los cazabombarderos de última generación que produce China. De hecho, ocupan en tercer lugar en prestaciones.

En el lado contrario, los sistemas S-400 rusos demostraron una altísima efectividad, siendo determinantes para que el duelo aéreo con Paquistán no terminara en una dolorosa derrota para India. Por esa razón, en el presente, India ha solicitado más sistemas S-400 y más armamento ruso y, claro, muchísimos más misiles, rusos también. En septiembre pasado, diarios indios informaban de un pedido urgente hecho por India, para adquirir 140 cazabombarderos Su-57 rusos. Según MW, “Analistas indios han destacado las principales deficiencias de la flota de cazas del país, en particular el rendimiento de sus nuevos cazas Rafale, que quedaron al descubierto durante el lanzamiento de la Operación Sindoor contra Pakistán a principios de mayo”. 

A nivel de anécdota, vale recordar que, en febrero pasado, EEUU canceló los vuelos de los F-35A y F-16 en el salón aéreo Aero India 2025, después de enterarse de que el cazabombardero ruso de quinta generación Su-57 tenía previsto realizar vuelos de exhibición en el referido salón aéreo. No dio EEUU explicaciones sobre la cancelación.

Hay que sumar a estos dos hechos otros anteriores, citando, en primer término, el fracaso del sistema antimisiles estrella de EEUU, el ya no tan afamado Patriot, cuya efectividad ante los misiles rusos se ha reducido a un 6%, según fuentes militares ucranianas. El jefe de comunicaciones del Comando de la Fuerza Aérea de Ucrania, Yuri Ignat, confirmó, durante una transmisión televisiva nacional, “el creciente desafío para interceptar ataques con misiles balísticos rusos”, indicando como causa la capacidad de los misiles rusos, “que vuelan en una trayectoria cuasibalística, lo que significa que realizan oscilaciones al acercarse”. Ignat agregó: “Esto complica el trabajo del Patriot, porque el sistema opera en modo automático al interceptar misiles balísticos. Se vuelve más difícil calcular el punto donde el misil interceptor colisionará o detonará cerca del misil enemigo”. Resultado, los sistemas Patriot se han vuelto casi inofensivos.

¿Y qué decir de los ya no temidos tanques M-1 Abrams, retirados en masa del campo de batalla, después de ser destruidos fácilmente cada vez que los sacaban a combatir, siguiendo el camino de los Leopard alemanes, que han tenido peor suerte? Se hace inevitable concluir de forma similar sobre otros armamentos: los mejores sistemas militares de la OTAN, puestos en el campo de batalla, resultan en un fiasco tras otro cuando son enfrentados a armamentos rusos y chinos. Un fiasco muy grave, pues hablamos de sistemas y plataformas de lo más avanzado de la organización atlantista.

El intercambio de misiles entre Israel e Irán dejó resultados similares. Irán, sin emplear lo más desarrollado de sus misiles, penetró como un queso gruyere el cacareado escudo antimisiles de Israel, al punto que el régimen sionista tuvo que pedir cacao y solicitar a EEUU intervenir para detener la lluvia de misiles iraníes. En Israel se encuentran los únicos sistemas THAAD cedidos por EEUU a un país en guerra (los hay también en Arabia Saudita y EAU) y los THAAD son los más avanzados -y los más caros- sistemas antimisiles de EEUU. Al respecto, MW comentó el 25 de julio pasado:

“El Ejército de EEUU gastó más de 150 interceptores de misiles antibalísticos Terminal High Altitude Area Defense (THAAD) sistema de defensa aérea de largo alcance, para interceptar ataques con misiles balísticos iraníes durante 11 días de hostilidades entre Irán e Israel del 13 al 24 de junio, superando con creces las estimaciones previas de la cantidad de interceptores utilizados. Esto representó más del 25 por ciento del arsenal total del Ejército desplegado en todo el mundo, lo que generó serias preocupaciones con respecto a la capacidad de las defensas aéreas estadounidenses para resistir bombardeos sostenidos en teatros de operaciones en gran parte del mundo. Con cada lanzamiento de interceptor THAAD, que cuesta 15,5 millones de dólares, se estima que la defensa del espacio aéreo israelí utilizando estos sistemas ha costado más de 2.350 millones de dólares. Junto con los THAAD, la tasa de agotamiento de los misiles antibalísticos SM-3 y SM-6 por parte de la Armada de EEUU, para apoyar aún más los esfuerzos de defensa aérea israelí, también fue tremenda, lo que causó preocupaciones similares para el propio arsenal antimisiles del servicio”. En suma, los sistemas THAAD necesitaron muchos más misiles de los calculados para poder derribar otros misiles.

Ahí no quedó el tema. El sistema THAAD, además de ser costosísimo y escaso, fue incapaz de interceptar un porcentaje nada desdeñable de misiles iraníes, lo que dejó serias preocupaciones sobre sus capacidades. Es decir, la relación costo/efectividad fue pobre comparándola con los altos costos del sistema y de cada uno de sus misiles. Nuevamente estamos ante resultados concretos, no con manuales de propaganda, dato a tomar en cuenta, más si se considera que Rusia fabrica más misiles que el resto del mundo junto y que China le sigue en la lista de los mayores fabricantes de misiles. 

Con tales datos en mano, pueden sacarse algunas conclusiones sobre lo que pasaría en caso de un enfrentamiento bélico entre la alianza ruso-china (más Irán) y la alianza atlantista. No conclusiones contadas por Hollywood, con Tom Cruise de estelar piloto, sino conclusiones extraídas de los campos de batalla, que son las únicas relevantes. 

Hay otra cuestión evidente. EEUU presionó a Indonesia contra Rusia e Indonesia optó por aviones chinos. Algo similar ocurrió con Egipto, que se vio obligado a renunciar a cazabombarderos rusos por presión de EEUU y optó por los chinos. Como ese juego de infancia en Nicaragua. Si te corres te tiro, si te paras te mato. Por ahí anda EEUU, en su decadencia. Haga lo que haga, salvo en el gallinero europeo, termina perdiendo. El mundo cambia, EEUU no. Moderno dinosaurio, correrá su misma suerte. Inevitable.

https://rebelion.org/de-armas-armamentos-y-declives-politicos/


sábado, 25 de octubre de 2025

El capitalismo militarizado

 

Economía de la guerra

 

Una de las pocas innovaciones políticas del actual gobierno laborista es un giro hacia el rearme bajo un nuevo «keynesianismo militar». Esto significa más beneficios para los fabricantes de armas y más autoridad para los Estados capitalistas.


 El Estado ha vuelto y está fabricando armas. Con la administración Trump criticando duramente a Europa por «aprovecharse» del gasto militar estadounidense, los políticos europeos han anunciado planes para invertir miles de millones en rearme.

La economía estadounidense ha sufrido un duro golpe con el estallido de la burbuja tecnológica y los aranceles de Trump, que han hecho surgir el fantasma de una ralentización del crecimiento y un aumento de la inflación. El rearme europeo llega en el momento perfecto para atraer todo el dinero que ha salido de los mercados bursátiles estadounidenses. Las acciones del fabricante de armas alemán Rheinmetall han subido un 200% en los últimos doce meses. El fabricante de armas italiano Leonardo ha visto cómo el precio de sus acciones subía más del 100% en el mismo periodo.

Pero no solo los accionistas se beneficiarán del rearme. Los políticos prometen que todo este gasto adicional creará puestos de trabajo que también beneficiarán a los trabajadores. La reorganización de la economía en torno al gasto militar apoyado por el Estado tiene un nombre: keynesianismo militar.

Probablemente, al propio Keynes le habría disgustado la sugerencia de impulsar el crecimiento económico mediante el rearme. En su obra Las consecuencias económicas de la paz, publicada en 1919, argumentaba que las condiciones impuestas por los aliados a Alemania tras la Primera Guerra Mundial sembrarían las semillas de futuros conflictos y, por ello, se oponía al tratado de paz.

Keynes sí abogaba por un mayor gasto público para impulsar la demanda agregada cuando la inversión del sector privado no era suficiente. Era partidario de utilizar los fondos estatales para «construir viviendas y cosas por el estilo», pero si no se encontraba una finalidad productiva para los trabajadores, también sugería que se les pagara por cavar hoyos y luego rellenarlos. Mejor eso que emplear a los trabajadores para fabricar armas.

Sin embargo, algunos en la izquierda están acogiendo con satisfacción el renacimiento de la economía de guerra. Los partidos socialdemócratas de toda Europa han argumentado que el aumento del gasto público en rearme significará el fin de la austeridad y el retorno del Estado. El keynesianismo, militar o no, es el compañero de la socialdemocracia. Quizás la primera víctima de la economía de guerra sea el neoliberalismo.

Restauración neoliberal

Mi libro más reciente, Vulture Capitalism: Corporate Crimes, Backdoor Bailouts, and the Death of Freedom [Capitalismo buitre: delitos corporativos, rescates encubiertos y la muerte de la libertad], cuestiona la idea de que el capitalismo es un sistema de libre mercado, que el Estado y el mercado son dos esferas de poder separadas y que un mayor gasto público debilita el capital en relación con el trabajo. El libro critica la idea de que el proyecto neoliberal consistía en «reducir» el Estado para crear mercados libres sin influencia política. En cambio, demuestro que el neoliberalismo fue un proyecto político que tenía como objetivo aplastar el poder de los trabajadores, restaurar el orden y la jerarquía, y aumentar el poder de la clase dominante.

El movimiento neoliberal surgió durante un período de desorden y caos. La socialdemocracia atravesaba una crisis de «ingobernabilidad», como dijo el sociólogo francés Gregoire Chamayou sobre la crisis de los años setenta. Las sociedades de toda Europa se veían sacudidas por protestas y conflictos laborales. Surgieron movimientos de masas para desafiar el statu quo.

El neoliberalismo fue un movimiento político liderado por la élite que buscaba, ante todo, restaurar la autoridad de las clases dominantes sobre el resto de la sociedad. Las políticas introducidas por políticos neoliberales como Thatcher y Reagan —subidas de los tipos de interés, ataques a los sindicatos, centralización del poder político— tenían como objetivo recordar a los ciudadanos quién mandaba.

Para comprender la relación entre el capital y el Estado debemos aprender a ver al Estado como una relación social, un enfoque desarrollado en la década de 1970 por el teórico marxista Nicos Poulantzas. Cuando se refería al Estado como una relación social, Poulantzas establecía una comparación con la descripción de Marx del capital como una relación social.

Los insumos como el dinero, la maquinaria y la tecnología utilizados en la producción capitalista se «ganan» mediante la explotación y se utilizan para ampliar un proceso de producción que se basa en una explotación aún mayor. El capital del capitalista proviene de una relación social explotadora y desigual entre los trabajadores y los patrones, y la refuerza. Del mismo modo, las instituciones del Estado capitalista surgen de las luchas históricas dentro del capital y entre los capitalistas y los trabajadores. Hoy en día, lo que ocurre dentro del Estado se basa en el equilibrio de poder dentro de la sociedad en su conjunto.

Esta comprensión nos permite ver que el problema del capitalismo moderno no es que los gobiernos no gasten lo suficiente. El problema del capitalismo moderno es que los trabajadores no están suficientemente organizados para exigir que el poder del Estado se utilice en su interés. El keynesianismo militar no significará más poder para los trabajadores, sino simplemente mayores beneficios para los fabricantes de armas y mayor autoridad para los Estados capitalistas.

De hecho, el fortalecimiento de la economía de guerra va de la mano de los continuos intentos de aplastar el poder de los trabajadores, aumentar los beneficios y ampliar el poder del Estado sobre los ciudadanos. Basta con preguntar a los ciudadanos de Rusia.

Putin ha recortado sin piedad el gasto social en un intento de desviar recursos hacia su maquinaria bélica. Se han recortado las pensiones, los salarios y la seguridad social. Las únicas partes del Estado en las que se han mantenido los salarios son el ejército y la policía, encargados de reprimir cualquier disidencia entre los trabajadores obligados a pagar la guerra de Putin. Janan Ganesh escribió hace unas semanas en el Financial Times que si Europa quiere construir una economía de guerra, tendrá que reducir la economía del bienestar. Este enfoque no ayudará a Europa a derrotar a Rusia. Sin embargo, sí ayudará a Europa a emular el modelo de economía de guerra ruso.

La guerra sin fin

La economía de guerra es un gran ejemplo de cómo funciona realmente el capitalismo. Se basa en una profunda cooperación entre los sectores público y privado con el fin de aumentar el poder imperial de los Estados capitalistas y la riqueza y el poder de los capitalistas dentro de esos Estados. Tomemos el caso de Boeing, una empresa que se beneficiará enormemente de la expansión del gasto militar que se está produciendo actualmente en Europa.

En 2018 y 2019, dos aviones de Boeing se estrellaron en picado, matando a casi 350 personas en lo que se conoció como los desastres del 737 Max. Un software había provocado que el morro de los aviones se inclinara hacia abajo, dejando a los pilotos incapaces de rectificar el problema. La investigación de los desastres reveló que los altos ejecutivos de Boeing conocían los problemas de los aviones antes de su comercialización, pero los ocultaron en lugar de detener la producción.

Los desastres del 737 Max se remontan a una cultura de recorte de gastos y de atajos que surgió durante la revolución del valor para los accionistas de la década de 1980. Los nuevos ejecutivos de Boeing aplastaron a los sindicatos de la empresa, ignoraron a sus ingenieros y, en su lugar, introdujeron capas de mandos intermedios para centrarse en el objetivo central de recortar gastos y maximizar el valor para los accionistas.

Pero los problemas de Boeing no pueden reducirse a la codicia de los accionistas y a la necesidad de una mayor regulación gubernamental. En 2019, Boeing fue la mayor beneficiaria de las ayudas a las empresas en Estados Unidos. La empresa recibió enormes sumas de dinero del Gobierno en forma de exenciones fiscales y subvenciones. Boeing es parte integrante del complejo industrial militar. Cada año recibe contratos gubernamentales por valor de millones de dólares.

En el momento de las catástrofes, el organismo regulador que se suponía que supervisaba a esta empresa, la Administración Federal de Aviación (FAA), funcionaba según el principio de «autorregulación». Boeing estaba regulada por una unidad de la FAA que se encontraba dentro de Boeing y cuyos trabajadores eran pagados por Boeing. Si esta filosofía le suena familiar, puede que sea porque es la misma que sustentaba la regulación de los bancos antes de la crisis financiera de 2008.

¿Cómo se permitió que esto ocurriera? La relación entre Boeing y el Estado estadounidense es extremadamente estrecha. Existe una puerta giratoria entre las salas de juntas de Boeing y las altas esferas del Gobierno federal. Así es como funciona el capitalismo. Ninguna regulación ni separación más eficaz entre el Estado y el mercado puede desafiar la relación entre el capital y el Estado.

Contrariamente a la idea de que el capitalismo es un sistema de «libre mercado», estos intereses creados trabajan juntos para planificar quién obtiene qué. Las empresas monopolísticas y los Estados imperialistas tienen un control inmenso sobre los mercados, los trabajadores, el planeta y nuestra política. El objetivo de la planificación capitalista es garantizar beneficios constantes para los capitalistas y aplastar la oposición popular. En otras palabras, se trata de mantener el orden y el control.

Este intento de mantener el orden y el control sobre poblaciones potencialmente rebeldes es de lo que se trata la economía de guerra. También es la razón por la que nuestras élites han trabajado tan duro para acallar la disidencia sobre el conflicto y aplastar a quienes protestan contra el genocidio en Palestina. La clase dominante tiene que esforzarse mucho para hacer creer a la gente que su poder es legítimo y que ninguna protesta pondrá en tela de juicio su autoridad. No conseguirás lo que quieres porque te organices. Te quedarás con lo que los de arriba decidan darte.

La economía de guerra representa una continuación de este modelo. Es una muestra del fracaso de la izquierda a la hora de educar adecuadamente a la gente sobre el significado de la austeridad, hasta el punto de que hay quienes acogen con satisfacción el fin del freno al endeudamiento alemán como el colapso del neoliberalismo.

Gasto público no equivale al socialismo. Los gobiernos llevan mucho tiempo gastando mucho dinero. Simplemente no lo han gastado en apoyar a los trabajadores. Lo han gastado en apoyar a los capitalistas, ya fuera rescatando a los bancos en 2008 o apoyando a las grandes empresas durante la pandemia. La reorientación de los recursos públicos hacia el gasto militar no aumentará el poder de los trabajadores frente a los empresarios. Ni siquiera creará muchos puestos de trabajo. Sin embargo, facilitará a los líderes políticos aplastar la disidencia y avivar el miedo para mantener a la gente dividida. Como dijo el antiguo columnista de Tribune George Orwell: «La guerra no está destinada a ganarse, está destinada a ser continua».

Keynesianismo militar

Entonces, ¿qué hacer con Rusia? La economía rusa depende totalmente de la exportación de combustibles fósiles. Durante la última década, los ingresos procedentes de la industria del petróleo y el gas han representado entre el 30% y el 50% del presupuesto federal del Kremlin. En la actualidad, las exportaciones de combustibles fósiles representan alrededor del 60% de los ingresos por exportaciones de Rusia. Este comercio es la fuente de los dólares vitales que permiten a Rusia importar tecnologías militares cruciales y otros insumos importantes. Sin estos dólares, la economía rusa se derrumbaría muy rápidamente bajo el peso de la hiperinflación.

El mayor importador de gas natural licuado ruso es la Unión Europea (UE). El año pasado, The Guardian reveló que, a pesar de su retórica militarista, la UE ha enviado más dinero a Rusia en forma de pagos por combustible que lo que ha dado a Ucrania en ayuda. En lugar de gastar en un rearme derrochador, Europa podría destinar los recursos a la descarbonización, reduciendo su dependencia de los autócratas financiados por los combustibles fósiles en todo el mundo.

El gasto en rearme que estamos viendo hoy en día no solo es destructivo, sino también inmensamente ineficiente. La fabricación de armas modernas no requiere mucha mano de obra. Las empresas armamentísticas utilizan procesos de fabricación avanzados y intensivos en capital para producir nuevas tecnologías armamentísticas. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo concluyó que los programas de estímulo ecológicos crean tres veces más puestos de trabajo que los programas de estímulo contaminantes.

Pero los líderes europeos prefieren gastar el dinero de sus ciudadanos en rearme porque así apoyan los intereses de sus amigos de la industria armamentística. Basta con ver la promesa de Keir Starmer de recortar las ayudas para aumentar el gasto en defensa. El mayor beneficiario de este plan será BAE Systems, que se ha visto envuelta en numerosos escándalos de corrupción, entre ellos el famoso acuerdo al-Yamamah entre Gran Bretaña y Arabia Saudí.

Este tipo de corrupción es endémico en la industria armamentística. Pero las relaciones entre los Estados poderosos y los fabricantes de armas también se basan en una forma de colusión más sutil y generalizada. Los políticos europeos no piden el rearme porque de repente se preocupen por el nivel de vida de sus ciudadanos. Quieren que sus empresas de defensa sean fuertes y poderosas para poder vencer a otras empresas de defensa.

Invertir en la descarbonización no solo supondría un uso mucho más eficaz de los recursos públicos, sino que también ayudaría a hacer frente a la mayor amenaza a la que se enfrenta el planeta, y Europa. La circulación meridional de retorno del Atlántico (AMOC), a veces denominada corriente del Golfo, es el sistema de corrientes que lleva agua cálida al norte de Europa. Estas corrientes podrían desaparecer ya en 2050 debido a los cambios en la salinidad y la temperatura del océano provocados por el deshielo.

El colapso de la AMOC tendría consecuencias catastróficas para el norte de Europa. En algunas partes del continente, las temperaturas invernales podrían descender hasta treinta grados: de media, Londres se enfriaría diez grados y Bergen, quince. Es difícil imaginar el impacto que estos cambios tendrían en las infraestructuras y la actividad económica.

El colapso climático es la mayor amenaza para la seguridad de Europa. Sin embargo, sus líderes se niegan a dedicar los recursos necesarios para la descarbonización y, en su lugar, destinan miles de millones a un proyecto de rearme derrochador y contaminante, al tiempo que envían miles de millones a su supuesto enemigo para comprar combustibles fósiles.

Esta situación es absurda desde un punto de vista racional o ético. Pero desde la perspectiva del capital y sus aliados dentro del Estado, tiene todo el sentido del mundo. El keynesianismo militar aumenta los beneficios y fortalece al Estado. Y lo que es más importante, la amenaza de la guerra contribuye a mantener a la población asustada y dividida, lo que la hace mucho menos propensa a luchar contra este sistema corrupto y quebrado. Basta con preguntar a los manifestantes pacifistas rusos encarcelados por el régimen militarista de Putin.

  y ver  ...


viernes, 24 de octubre de 2025

Libia y el mundo .

 Libia y el mundo:  ecos 15 años después del asesinato de Gaddafi

OLEG YASINSKY

La 'dictadura' construyó un sistema de seguridad social, aseguró la asistencia médica gratuita para todos y dio participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas del Estado

La muerte de Muammar al Gaddafi en realidad, más que un asesinato, fue un linchamiento ante los ojos del mundo entero, un hecho cometido por un grupo terrorista apoyado, armado y financiado por la OTAN. Y, más que un ajuste de cuentas o de un simple acto de bestialidad, fue un mensaje del 'Mundo Civilizado' a todos los que en cualquier latitud y en cualquier idioma se atrevan a decirles "no".

Lo impresionante es que el enemigo de la humanidad siempre hace más o menos lo mismo. Después de escoger su víctima, a través de sus medios de comunicación, dibuja un monstruo, luego aplica sus 'sanciones' para ahorcar económicamente y ablandar políticamente su objetivo militar y después arma y envía al asalto a una 'oposición', alimentada con millones de dólares y apoyada por tanques, buques y aviones de guerra.

La destrucción de Libia no sucedió solamente debido a lo más obvio, es decir, al interés occidental por controlar sus campos petroleros y gasíferos. Fue también la necesidad de acabar con un Gobierno, peligroso por su ejemplo para África, Medio Oriente  Medio  y el Sur  Global  .

La 'dictadura' realizó una reforma agraria, construyó un sistema de seguridad social, aseguró la asistencia médica gratuita para todos y dio participación a los trabajadores en las ganancias de las empresas del Estado. Con Gaddafi el país entero fue electrificado.

La luz era gratuita, al igual que los servicios médicos. En cuanto a la alfabetización, se incrementó del 5% a 83%. A los campesinos el Gobierno libio les otorgaba créditos para la compra de semillas, maquinaria y asesoramiento del Estado. La vivienda, considerada un derecho humano, se aseguró con un bono equivalente a 50.000 dólares, que recibían los recién casados para comprar una casa. Libia se convirtió en el país africano con mayor ingreso per cápita y su población alcanzó una esperanza de vida de 77 años, de las más altas del continente.

Aparte de eso, el Gobierno de Gaddafi se destacó por la promoción de la igualdad de género. A diferencia de la mayoría de sus vecinos, las mujeres libias obtuvieron plenos derechos civiles, incluyendo su derecho a ir a la universidad y a recibir un salario igual al de los hombres. La mitad de los graduados universitarios libios eran mujeres.

Todos los préstamos bancarios en el país tenían cero por ciento de tasa de interés, ya que el Banco Central de Libia fue declarado institución soberana al servicio de los ciudadanos. Es importante recordar también que Gaddafi a través de la Unión Africana impulsó la cooperación de los países de África y preparaba el proyecto para la creación de una moneda única soportada por las reservas de oro de Libia. Con eso dejaría de depender del dólar y firmó su sentencia de muerte.

La 'rebelión' contra la 'tiranía de Gaddafi' se produjo simultáneamente a otras revueltas durante la llamada 'Primavera árabe' en sus países vecinos, que como se confirmó muy pronto consistió en una serie de 'revoluciones de color' locales para reforzar el control occidental sobre la región. Es importante subrayar que, a diferencia de los demás países árabes donde se produjeron las revueltas, producto del hartazgo por la miseria, la falta de salubridad y ausencia de condiciones sociales, en Libia esas no fueron las razones para el supuesto descontento masivo.

En Libia vimos el archiconocido guión con los 'luchadores por la libertad', que de un día para el otro aparecen de la nada armados hasta los dientes, mientras la prensa nos vierte con verdaderos mares de historias espeluznantes de una u otra "dictadura" de cuya existencia ni sospechábamos.

En los primeros días de la 'rebelión libia' en febrero de 2011, muchos medios publicaron la 'noticia' acerca de bombardeos "por parte de la aviación del régimen" a las multitudes de "manifestantes pacíficos" en una plaza. En la Libia de entonces casi todos tenían celulares con cámaras. No se presentó ni una sola imagen de estos 'bombardeos'.

No existe una sola prueba técnica ni documental de que Gaddafi ordenara bombardear a los manifestantes civiles. En febrero y marzo de 2011 varios medios occidentales y árabes (Al Jazeera, CNN, BBC, France 24, Sky News y otros) aseguraron esta versión, que fue el argumento central para aprobar la Resolución 1973 de la ONU del 17 de marzo de 2011, que autorizó la intervención militar, sin el veto de China o Rusia, de lo que hoy se arrepienten.

Sin embargo, ni Amnistía Internacional ni Human Rights Watch, ni nadie más nunca encontró pruebas de esos bombardeos contra civiles, ya que no se hallaron restos de bombas ni cráteres en los lugares de los supuestos ataques. Amnistía Internacional reconoció que las cifras iniciales de "miles de muertos en las protestas" no pudieron "ser confirmadas". En cuanto a los "miles de manifestantes asesinados", al igual que con las "armas químicas de Saddam" o el "Cartel de los Soles", han sido la parte mediática de una guerra de conquista.

Es muy importante recordar hoy la reciente tragedia libia, no solo para condenar una vez más al Imperio o conmemorar a los caídos, sino también para sacar lecciones para el presente.

No solo de los aciertos de Gaddafi, sino también de sus errores. Sin duda, su más grave error fue su excesiva confianza en Occidente. Después de varios años de bloqueo económico a Libia por parte de la OTAN, las calumnias sistemáticas en la prensa y varios ataques militares, Muammar al Gaddafi creyó en la 'normalización' de sus relaciones con el 'Mundo Civilizado, y aceptó desarmarse de sus misiles más poderosos.

Le entregó a los Gobiernos enemigos grandes sumas de dinero, pensando comprar no sé si su amistad, pero sí seguramente su neutralidad. Son los mismos errores que cometieron Saddam Hussein y Slobodan Milosevic, aceptando en algún momento negociar con sus enemigos y ceder a sus presiones, invitando a sus representantes "para verificar" la falsedad de las acusaciones, que ellos mismos sabían falsas porque eran inventadas.

Afirmando esto no estoy llamando a la intransigencia, solo afirmo que cualquier gesto conciliador es percibido por Occidente como un signo de debilidad y solo logra aumentar la presión. Los Gobiernos de todos los países invadidos y destruidos por la OTAN en estas últimas décadas tuvieron la negligencia de subestimar las intenciones de su enemigo y trataron de llegar con él a algún acuerdo.

Libia fue convertida del país más próspero de África a un campo de batalla entre bandas paramilitares y clanes medievales que en vez de la democracia prometida les regalan mercados de esclavos y barcos con refugiados. Nos recuerda que las trágicas clases de historia que no se aprenden siempre se repiten. Sepamos escuchar los ecos.

  

 https://www.resumenlatinoamericano.org/2025/10/20/pensamiento-critico-libia-y-el-mundo-ecos-15-anos-despues-del-asesinato-de-gaddafi/

jueves, 23 de octubre de 2025

Los movimientos de liberación como terroristas .

 

                                                       


Los movimientos de liberación como terroristas

ANDREAS WEHR

"La denuncia persistente y obsesiva del 'terrorismo' tiene como objetivo criminalizar cualquier forma de resistencia contra la ocupación militar, no limitar el conflicto ni impedir su brutalización"

«La denuncia persistente y obsesiva del «terrorismo» solo tiene como objetivo criminalizar cualquier forma de resistencia contra la ocupación militar". Las consideraciones de Domenico Losurdo sobre el asunto, hace 18 años.

En 2007 se publicó en Italia el libro «Il linguaggio dell' Impero. Lessico dell' ideoleologia americana» del historiador y filósofo marxista Domenico Losurdo, que se publicó en alemán en 2011 con el título «Die Sprache des Imperiums» (El lenguaje del imperio). [1] En él, Losurdo aborda, entre otras cosas, la instrumentalización del término «terrorismo» por parte de los Estados occidentales y, en particular, de los EEUU. Como ejemplos, cita la ocupación israelí de Cisjordania y la Franja de Gaza, que se prolonga desde 1967, la guerra de Israel contra Hezbolá en el Líbano y la subyugación de Irak por parte de los EEUU.

Sus declaraciones han cobrado nueva actualidad a raíz del ataque reivindicativo de la organización palestina HAMAS (Movimiento de Resistencia Islámica por sus siglas en árabe) contra Israel y el posterior genocidio de la población de Gaza por parte de Israel. HAMAS y las demás organizaciones palestinas que participaron en el ataque del 7 de octubre de 2023 son tildadas en casi todos los medios de comunicación de «terroristas» u «organizaciones terroristas» (pero no así las bandas realmente terroristas que asolan Siria y Libia, financiadas por Occidente, que son llamadas 'milicias' o 'grupos militantes', cambiando así totalmente el sentido de palabras habituales en la guerra civil española o en las guerrillas de los '60).

Esto no es nada nuevo. El historiador y filósofo italiano ya describió en 2007 la intención que hay detrás: «La denuncia persistente y obsesiva del «terrorismo» solo tiene como objetivo criminalizar cualquier forma de resistencia contra la ocupación militar, no limitar el conflicto ni impedir su brutalización». (50)

EEUU, en particular, ha desarrollado la práctica de calificar de terroristas a personas, organizaciones e incluso Estados enteros que le desagradan, lo que le permite atacarlos. Así, el nombre de Nelson Mandela fue eliminado de las «listas de terroristas de EEUU» solo unos días antes de su 90.º cumpleaños en 2013, poco antes de su muerte. En los años ochenta, tanto él como el Congreso Nacional Africano (ANC) habían sido incluidos en esta lista. El hecho de que, entretanto, gracias a la lucha del ANC bajo el liderazgo de Mandela, se hubiera abolido el apartheid y él hubiera sido elegido primer presidente negro de Sudáfrica y galardonado con el Premio Nobel de la Paz, no tuvo ninguna importancia. Para Washington, seguía siendo un terrorista.

En su primera presidencia, Trump incluso incluyó a Cuba en la lista de países terroristas. Irán, Corea del Norte y Siria también figuran en ella. Biden lo dejó así. Solo unos días antes de que terminara su presidencia, retiró a Cuba de la lista, sabiendo que Trump la volvería a incluir. Y así fue.

Entretanto, se puede hablar de una verdadera inflación del terrorismo: «El uso terrorista de la categoría de terrorismo alcanza su punto álgido en Palestina. Como señala un profesor de la Universidad Judía de Jerusalén, el régimen israelí incluye en la lista de «ataques terroristas enemigos» incluso el «lanzamiento de piedras». Pero si el niño palestino que protesta contra la ocupación lanzando piedras es un «terrorista», ¿debemos considerar al soldado israelí que le dispara como un héroe de la lucha contra el terrorismo?

No se trata de un ejemplo imaginario. Una abogada israelí que defiende a palestinos informa de un niño de diez años que fue asesinado por un soldado en un puesto de control a la salida de Jerusalén, al que solo había lanzado una piedra. Incluso en la prensa estadounidense más influyente podemos leer sobre «horribles escenas de muerte» «cuando un tanque o un helicóptero israelí abre fuego contra un grupo de manifestantes palestinos, entre los que hay niños, en el campo de refugiados de Rafah». (51f.)

Según Losurdo, «no es un comportamiento concreto (la inclusión o la exclusión de la población civil) lo que determina la línea divisoria entre terrorismo y contraterrorismo. Más bien coincide con la línea divisoria entre cultura y barbarie, entre Oriente y Occidente. Los gobernantes, que deciden soberanamente quiénes son los bárbaros, deciden con la misma soberanía quiénes son los terroristas. Con motivo de la crisis de Oriente Próximo del verano de 2006, según la gran prensa diaria, los soldados israelíes capturados por Hezbolá libanés en una operación militar son «secuestrados» por «terroristas», y se han convertido en sus «rehenes». Por el contrario, los diputados y ministros palestinos elegidos democráticamente, que fueron detenidos por el ejército israelí a veces en plena noche y aún en pijama, sin oponer resistencia, en sus domicilios, han sido «arrestados».

«Israel y EEUU (pero no Rusia y China) califican al Hezbolá de terrorista (la UE clasificó su brazo militar como terrorista en 2013, A.W.): Se formó durante la lucha contra la ocupación israelí del sur del país, que, junto con las repetidas violaciones del espacio aéreo y las aguas territoriales, se prolongó durante más de dieciocho años a partir de 1982. debido a su arraigo entre el pueblo y a su capacidad para combinar la acción militar y política, este grupo ha sido comparado a menudo con los guerrilleros vietnamitas. ¿Debemos considerar terrorista a una de las mayores luchas de liberación de la historia contemporánea y protagonista de una lucha antiterrorista contra la superpotencia que ha sembrado de bombas y dioxinas a todo un pueblo?

Este razonamiento no habría desagradado a Schmitt» (se refiere al jurista nazi Carl Schmitt, A. W.), el gran teórico del «contraterrorismo» colonial, que en su momento también justificó de esta manera las campañas de Mussolini en Etiopía y de Hitler en Europa del Este». (53/54)

Losurdo concluye: «Para explicar su único punto en común (los «asesinos» o «terroristas» se encuentran, en cualquier caso, entre los pueblos coloniales, y está justificado, o al menos es comprensible, recurrir a cualquier tipo de arma contra ellos), puede servir una reflexión de Lenin: para las grandes potencias, sus expediciones coloniales no son guerras, y no solo por la enorme desproporción de fuerzas entre los dos bandos, sino también porque las víctimas «ni siquiera son consideradas pueblos (¿son acaso pueblos unos asiáticos o africanos cualesquiera?)». Por lo tanto, la negativa a considerar combatientes a quienes se oponen a Occidente es una expresión de la tendencia más o menos pronunciada a deshumanizarlos.

En este sentido, podemos entender la declaración del entonces ministro de Defensa de EEUU, Donald Rumsfeld, según la cual en Irak solo se rebelaban contra las tropas enviadas por Washington «delincuentes, bandas criminales y terroristas» ('thugs, gangs and terrorists'). Así se expresa el principal responsable del infierno de Guantánamo y Abu Ghraib: existe una coherencia total entre la deshumanización llevada a cabo aquí y las airadas declaraciones de «contraterrorismo». (55)

[1] Die Sprache des Imperiums. Ein historisch-philosophischer Leitfaden (El lenguaje del imperio. Una guía histórico-filosófica), Colonia, 2011. Los números entre paréntesis indican las páginas en las que se encuentran las citas mencionadas.  

 Nota del blog  .- De  ese libro hay traducción al castellano.. 

 https://rafaelpoch.com/2025/10/17/los-movimientos-de-liberacion-como-terroristas/

miércoles, 22 de octubre de 2025

La fractura en USA del Imperio .

 

La rebelión de los almirantes


Hace tiempo que Estados Unidos dejó de ser una “democracia liberal” y escasamente hoy puede considerarse una república. La fractura abierta en el seno de su ejército confirma lo que para muchos era una evidencia; el país atraviesa una crisis institucional sin precedentes. Lo que antes eran grietas internas y tensiones hoy parecen convertirse en algo mucho mayor, aún no se expresa como desafío abierto de las Fuerzas Armadas al poder presidencial, pero las dimisiones en las altas esferas militares se han cobrado las primeras víctimas.

En medio de un cierre prolongado del gobierno, los soldados no cobran, los funcionarios son despedidos en masa (entre ellos una parte importante de los veteranos de guerra, alrededor del 40% de los empleados públicos). El caos administrativo se adueña del país pero, lejos de ser un accidente, parece ser parte de una estrategia de Donald Trump: reducir el aparato estatal y controlar el aparato militar hasta someterlo por completo a su control político.

La orden de un telepredicador

La chispa que encendió la crisis fue la orden de ataque lanzada sin pruebas, ni autorización legal, contra un grupo de pescadores en el Caribe. La instrucción partió del Secretario de la Guerra, Pete Hegseth, un antiguo telepredicador reconvertido en halcón ideológico del trumpismo. Hegseth justificó el operativo bajo la excusa de “amenazas a la seguridad nacional”, pero los sobrevivientes declararon que eran simples pescadores cuyas embarcaciones carecían de combustible suficiente para alcanzar las aguas estadounidenses.

La presión del Secretario de la guerra y del propio Trump sobre el alto mando ha desatado un terremoto dentro del ejército. El coronel Dog Fromant, condecorado tras 24 años de servicio, presentó su dimisión en protesta. Ese mismo día, el secretario Hegseth reunía en Quántico a los altos mandos militares para “recordarles sus deberes de obediencia”, en un encuentro que varios testigos describieron como una auténtica sesión de intimidación.

 La renuncia del almirante Holsey

La crisis alcanzó su punto de ebullición cuando el almirante Alvin Holsey, jefe del Comando Sur de Estados Unidos —responsable de las operaciones militares en América del Sur y el Caribe—, presentó su renuncia. Holsey, general de cuatro estrellas y una de las figuras más respetadas del alto mando, abandonó el cargo tras menos de un año en funciones. En su carta de despedida, apeló a la obligación moral de “proteger la nación y sus valores, y defender la Constitución”. Su mensaje, que sonó más a advertencia que a despedida, denunciaba abiertamente la ilegalidad de las operaciones navales ordenadas en el Caribe, responsables —según informes internos— de más de una veintena de muertes civiles. La dimisión de los altos mandos militares ha dejado al descubierto la intención de Donald Trump de imponerse al ejército y utilizarlo como una fuerza policial interna, dirigida contra la población civil. La sustitución de oficiales por fieles al trumpismo se ha vuelto una práctica sistemática. Su objetivo es claro: someter la estructura del Estado —desde el Pentágono hasta los tribunales— a una lógica personalista y autoritaria.

Un Congreso a oscuras

El Congreso, por su parte, ha denunciado que no ha recibido información alguna sobre estas operaciones. El congresista Jeans Hans calificó los ataques de “asesinatos ilegales” y sostuvo que “no existe base legal alguna, ni justificación moral” para una intervención de este tipo. La opacidad institucional se ha vuelto la norma en Washington: decisiones militares tomadas por funcionarios no electos, operaciones encubiertas y un Congreso marginado del control civil sobre las Fuerzas Armadas. Se están dando las condiciones para implantar una dictadura, disfrazada de la necesidad de proteger al país, inmerso, según Trump, en una crisis de “Seguridad Nacional”, la misma excusa que utilizaría cualquier presidente bananero. La crisis  interna en el ejército norteamericano se ve amplificada cuando Donald Trump permite la intervención militar contra Venezuela. Un conflicto que de salir bien para EEUU, sería el primero de otros muchos. Es el sueño húmedo de las clases altas norteamericanas: recrear un Imperio continental que abarque desde Alaska hasta Tierra de Fuego gobernado desde Washington. Los grupos financieros norteamericanos necesitan para preservar ese Imperio soñado y mantenerse como superpotencia durante otro siglo, las riquezas naturales del resto del continente, dado que la guerra en Ucrania no ha conseguido derrotar a sus grandes adversarios Moscú y Pekín.

La sombra del autoritarismo

Trump, sabiéndolo o no, coquetea con la posibilidad de una guerra civil.  Los agentes enviados a detener migrantes del Servicio de Inmigración y control de Aduanas de EEUU (ICE) están empleando métodos brutales, decididos a crear el mayor malestar posible entre la población que justifique la intervención del ejército como policía represiva contra la ciudadanía. El nuevo Memorándum de Seguridad Nacional (NSPM-7) introducido por Trump define cuales son los enemigos internos a combatir. Por ejemplo: las opiniones “anticristianas” y “antiamericanas” son indicadores de la violencia de “izquierda radical”. Para combatir el antiamericanismo Donald Trump pretende utilizar un vasto ejército compuesto por agentes federales, estatales y locales que como dijo el asesor de Trump Stephen Miller serán: “el eje central de ese esfuerzo”. No sólo se trataría de perseguir  organizaciones supuestamente “radicales” sino de individuos concretos que tengan indicios de ser “anticapitalistas”, “anticristianos”, extremistas raciales de género, aquellos que se opongan a la familia tradicional, la moralidad y que se opongan las tradiciones religiosas de los EEUU. Se busca un efecto de “purificación racial” donde la clase alta blanca wasp (el propio presidente se ha autodefinido como supremacista blanco) sea nuevamente el sector político dominante, no tanto por su número, sino porque ejerzan el poder político sobre las instituciones. Para ello no renunciará a utilizar la manipulación mediática, la utilización de leyes de excepción como la Ley de insurrección de 1807 que le permitiría la expulsión de unos 17 millones de inmigrantes latinoamericanos y la militarización de la política interna. Todo  son síntomas de un proceso más profundo: la transformación de la primera potencia mundial en un régimen de excepción permanente.

El objetivo: Venezuela

EEUU está concentrando tropas y recursos en la costa Caribeña. Las maniobras navales que se realizan y el desplazamiento de más de 10.000 efectivos para reforzar las centenares de desplegados en torno a Venezuela no son un hecho aislado. Desde hace meses, el Pentágono prepara una intervención bajo el pretexto de “proteger los intereses energéticos y la seguridad del hemisferio”;  se han desplegado unidades militares en Puerto Rico y se han intensificado las operaciones de inteligencia sobre Caracas. Se especula con una intervención militar específica contra Maduro y los líderes militares en el país.

Pero… Venezuela no está sola

Venezuela se prepara para un conflicto que parece inevitable. ¿Podrá EEUU con un congreso paralizado enfrentar una crisis en Irán y otra al mismo tiempo en Venezuela, manteniendo el esfuerzo militar en Ucrania? Desde el punto de vista político y militar es un desatino, aunque todas las opciones siguen abiertas.

En estos días los rumores que se habían ido manifestando se confirman. Los medios chinos, en una acción aparentemente concertada con las fuentes rusas e iraníes, han filtrado información sobre ensayos con misiles antibuque C-802A —con alcance de hasta 180 kilómetros y guiado combinado de precisión—, así como tecnología de guerra electrónica. Hace apenas un mes se realizaron las maniobras conjuntas Caribe Soberano 200, entre las armadas venezolana y china. Medios militares rusos han advertido que una intervención “no será un paseo por el campo”. Venezuela no está sola: mantiene un acuerdo de defensa mutua con Rusia firmado el mes de septiembre pasado, y cuenta, desde hace muchos meses, con la asistencia técnica de militares rusos y bielorrusos en el mantenimiento de radares y sistemas antiaéreos. Por otra parte  fuentes de inteligencia norteamericana han confirmado la instalación de fábricas de drones iraníes en territorio venezolano. En paralelo Caracas habría recibido también lanchas rápidas iraníes armadas de misiles, la experiencia iraní y las enseñanzas hutíes sobre la guerra irregular equilibran en cierta medida el balance militar entre la superpotencia del norte y el país caribeño. 

El petróleo, trasfondo permanente

Nada de esto puede entenderse sin tener en cuenta que Washington ansía controlar el petróleo venezolano. Según la EIA se estima que el país tiene en reservas comprobadas unos 304.000 millones de barriles, las mayores del mundo. Desde la nacionalización del petróleo en 1976 Washington ha considerado a Venezuela un enclave estratégico bajo vigilancia extrema. Las riquezas petrolíferas y la existencia de otros muchos recursos minerales, entre ellos tierras raras, convierten al país en un punto neurálgico en la geopolítica mundial. Las operaciones encubiertas de la CIA, los sabotajes económicos y las incursiones fronterizas forman parte de un guion ya conocido.

Epílogo: la fractura del imperio

La rebelión de los almirantes no es solo un episodio de desobediencia militar. Es el síntoma visible de una fractura histórica: la descomposición del aparato imperial estadounidense. Mientras la Casa Blanca intenta imponer su autoridad por la fuerza, el mundo observa el declive de una potencia que ya no puede sostener su hegemonía ni hacia fuera ni hacia dentro.

El ejército, antaño columna vertebral del proyecto imperial, se rebela ahora contra un presidente que pretende convertirlo en instrumento de represión interna. Si algo simboliza esta crisis, es la confirmación de que el imperio estadounidense se desmorona desde su propio centro, arrastrado por la arrogancia, la corrupción y el mesianismo de quienes aún creen que pueden gobernar el mundo a base de miedo