lunes, 2 de febrero de 2026

El final de Israel.

                                                                     



 Ilan Pappé: «Israel ya ha sellado su destino». 


Entrevista a Ilan Pappé 


01/02/2026


 «El Estado judío no es una democracia, sino un régimen de apartheid. El mundo dirá basta algún día, tal como ocurrió con Sudáfrica. Netanyahu sueña con otra Esparta. No se puede seguir así». El historiador israelí predice a The Post Internazionale (TPI) el derrumbe del sionismo y su visión de la paz: «El derrumbe se producirá desde dentro. La élite económica y cultural ya está abandonando el país, sin ella será difícil que todo funcione. ¿El futuro? Es necesario volver al mosaico étnico y cultural regional anterior, dentro de una estructura política flexible».

Ilan Pappé está convencido de ello: para Israel ha comenzado el principio del fin. «No sé exactamente cómo, pero llegará el momento en que los gobiernos del resto del mundo digan también que ya han tenido suficiente, tal como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica», predice el historiador israelí en su entrevista con Andrea Lanzetta para TPI. Esta «descolonización» del Estado judío, tal como la define Pappé en su nuevo libro, «El final de Israel» [Akal, 2026], ni siquiera precisará de una guerra, sino de un «proceso largo y, por desgracia, doloroso», el cual, sin embargo, ya ha comenzado. El análisis del historiador israelí parte de la fractura, que nunca se ha soldado, ni siquiera tras el trauma del 7 de octubre y las matanzas de Gaza, entre dos entidades sionistas diferentes: el «Estado de Judea» y el «Estado de Israel». Si la primera se describe como el frente extremista de derecha, religioso y con rasgos mesiánicos aliado del primer ministro Benjamin Netanyahu, la otra sigue anclada en los valores liberales y laicos de la fundación y, a menudo, se alinea con la oposición. Sin embargo, ambos, aunque se disputan no sólo el poder, sino también el alma del Estado judío, seguirían unidos por el apoyo a un sistema que niega a los palestinos sus derechos civiles y humanos. Este único denominador común y la fractura entre los dos bandos opuestos contribuyen a la polarización política en Israel y acabarán, nos explica Pappé, determinando su fin. Un epílogo que, según el historiador, abrirá nuevas oportunidades para la paz.

Profesor Pappé, ¿ha llegado por fin el fatídico «día después» en Palestina?

En este momento estamos asistiendo al «día después de Trump» o al «día después de Qatar», cuando lo que necesitábamos era un «día después palestino». Sólo si realmente se basara éste en la justicia, la igualdad y la democracia, podría haber contribuido a galvanizar el apoyo regional e internacional a la paz y funcionar de verdad.

Empecemos por Israel, el único Estado democrático de la región. ¿La democracia de quién?

Una de las mayores invenciones del sionismo es que Israel es una democracia. Es cierto que no hay democracias en Oriente Medio, pero Israel tampoco es una democracia.

¿Por qué?

Yo enseño ciencias políticas y si alguno de mis alumnos me presentara un ensayo en el que llegara a la conclusión de que Israel es una democracia, lo suspendería. No desde un punto de vista ideológico o por puro espíritu polémico, sino porque nada demuestra esa tesis.

Los árabes israelíes, por ejemplo, pueden votar y ser elegidos para el Parlamento

El hecho de que en Israel algunos ciudadanos palestinos puedan votar o ser elegidos no es en sí mismo una prueba de que se trate de una democracia. En su día, en Rumanía se podía votar en las elecciones y, por eso, Ceaușescu la definía como una república democrática. Pero hay que examinar detenidamente la situación y reconocer que Israel es un régimen de apartheid que no garantiza la igualdad de derechos a las personas no judías. No hay un solo habitante palestino, ya sea de la Cisjordania ocupada o de la Franja de Gaza sitiada, que pueda decir que ha vivido desde 1948en una democracia. Un Estado que ocupa el territorio en el que viven millones de personas desde hace más de 58 años [desde 1967, nde (nota del editor)] no es una democracia. Un Estado que, por ley, considera a los no judíos como ciudadanos de segunda clase no puede ser una democracia. Antes lo era para los ciudadanos judíos, pero ahora tenemos que esperar y ver cómo evoluciona la lucha entre lo que yo llamo el «Estado de Judea» y el «Estado de Israel».

Gil Troy, historiador sionista de derechas, nos los describió como «dos «tribus» que se enfrentaron por la reforma judicial», pero que luego «dejaron de lado sus diferencias para salvar a Israel después del 7 de octubre». Dos años después, ¿quién ha ganado de las dos?

No estoy de acuerdo con Troy en que los contendientes hayan dejado de lado sus diferencias, sino todo lo contrario. Y tampoco creo que la lucha haya terminado debido a la guerra. La gran sorpresa es precisamente que, a pesar del trauma del 7 de octubre y del conflicto, la contienda haya continuado, a veces incluso de forma muy violenta. Tomemos el caso de los rehenes: el «Estado de Judea» [la extrema derecha religiosa, nde] pensaba que la mayoría de ellos pertenecía al «Estado de Israel» [el segmento liberal y laico de la sociedad israelí, nde] y no mostraba gran interés por su suerte, oponiéndose hasta el final a cualquier plan de intercambio con los presos políticos [palestinos, nde]. No sé si en Italia se entendió, porque el debate se desarrolló principalmente en hebreo, pero en estos dos años se han dicho cosas terribles sobre las familias de los rehenes. Por lo tanto, la fractura sigue siendo muy profunda.

¿Prevé una reconciliación?

No, al contrario. Esta división seguirá profundizándose y empeorará aún más. De hecho, con el alivio de la tensión bélica, se hará aún más evidente. El enfrentamiento seguirá en el ámbito del sistema judicial porque el «Estado de Judea» ya domina la política, los aparatos de seguridad y el ejército.

¿Cómo terminará todo esto?

No creo que el «Estado de Israel» tenga ninguna posibilidad. Creo que el «Estado de Judea» podría acabar engulléndolo, y que entonces el mundo tendrá que aceptar esta realidad, olvidando lo que sabía del antiguo Israel, con el que era más fácil tratar porque, al menos en su momento, respetaba ciertos valores de liberalismo, universalismo y, sobre todo, socialismo. Pero todo esto acabará desapareciendo.

¿Con qué resultado?

Israel se está convirtiendo en un régimen cada vez más teocrático, racista y religioso. Muchas personas que se consideran laicas y progresistas se marcharán en el futuro y muchas ya se han marchado. Ya está ocurriendo.

¿A qué conducirá esta especie de «revolución» demográfica?

Creará las condiciones para el auge de lo que yo llamo el «Estado de Judea», el cual, me temo, se mostrará especialmente feroz y brutal con los palestinos y aún más agresivo con los Estados árabes vecinos. Pero es solo una primera fase: las consecuencias de todo esto darán lugar a otra.

¿Cuál?

Esta situación no podrá durar mucho tiempo y entonces surgirán nuevas y diferentes oportunidades. Pero no mientras el «Estado de Judea», como yo lo llamo, se mantenga en el poder, sino solamente cuando éste se derrumbe, y no creo que sea capaz de mantenerse durante mucho tiempo.

¿Por qué?

El hecho es que la élite cultural y económica ya está abandonando el país. Sin estas personas, será muy difícil que el Estado, tal y como lo conocemos, siga funcionando. En segundo lugar, este Estado acabará aislado. Ahora está aislado de la sociedad civil, pero creo que, hasta por razones cínicas, los gobiernos y los políticos acabarán siguiendo a sus respectivas sociedades, tanto en el mundo árabe como en el resto de la comunidad internacional. Un Estado así no tiene ninguna posibilidad ni opción de seguir funcionando. Proseguirá, sin duda, fabricando armas y resulta extremadamente cínico por parte de las industrias militares seguir comerciando con una entidad así. Pero si miramos la historia, esto no es, desde luego, suficiente para sostener un Estado.

Israel ha ganado todas las guerras, pero nunca ha alcanzado la paz

Benjamin Netanyahu ha anunciado, como si fuera una noticia positiva, que Israel será una nueva Esparta, pero debería aprender historia. Sin embargo, estoy de acuerdo en que, como una especie de Prusia, está tratando de convertirse en ello. En lugar de un Estado, está tratando de ser un ejército con un Estado. Y esto puede continuar, pero solo por algún tiempo.

¿Cuándo y cómo debería producirse este derrumbe?

No sé exactamente cómo sucederá, pero imagino que ocurrirá en el momento en que los gobiernos del mundo digan que ya han tenido suficiente, como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica, o cuando los Estados árabes vecinos se sientan obligados a escuchar a sus pueblos. No estoy diciendo que deban ir a la guerra: bastará con que planteen la hipótesis de recurrir a la fuerza si Israel continúa así. Todo esto puede provocar un derrumbe desde dentro».

¿Cómo se lo imagina?

No pienso en la típica caída de un régimen colonial, con un ejército de liberación que entra en la capital y expulsa a los antiguos amos franceses o ingleses. Creo que asistiremos a un proceso muy diferente y, por desgracia, mucho más largo y doloroso. En lugar de una ocupación palestina de Israel, se producirá un derrumbe interno. Pero creo que esto creará una nueva oportunidad.

¿Qué pasará entonces?

Sólo estoy seguro, tal como escribo en mi libro, de que llegará ese momento, pero no estoy nada seguro de que los palestinos sean capaces de llenar el vacío con un plan claro, no sólo de descolonización, sino también de postcolonialismo. Por ahora no lo tienen, pero espero que lo tengan algún día. Soy bastante optimista, pero necesitan un proyecto claro para lo que el mundo llama hoy en día cínicamente «el día después».

La diáspora judía, tal como destaca en su libro, también podría desempeñar un papel en este proceso, especialmente en Estados Unidos. Pero, ¿cuál?

Me ha inspirado y animado mucho la joven generación de judíos de Norteamérica. Es evidente que, a diferencia de sus padres, no creen que para identificarse como judíos norteamericanos haya que mostrar lealtad a Israel. Se puede identificar uno con su judaísmo sin ser practicante, sin profesar el sionismo. Además, para algunos, la salida del sionismo pasa también por el compromiso con el movimiento de solidaridad con los palestinos. Por lo tanto, espero que desempeñen un papel importante a la hora de enviar un mensaje a Israel: «No habléis en nombre del pueblo judío». Imaginemos lo que pasaría si muchos judíos del mundo afirmaran que Israel no es un Estado judío.

¿Qué pasaría?

Tomemos, por ejemplo, un país como Alemania, que basa toda su política proisraelí en el hecho de haberse comprometido con el pueblo judío. Una postura comprensible, teniendo en cuenta lo que hicieron [en la Segunda Guerra Mundial, nde]. Pero, ¿qué pasaría si los judíos —en gran número y no solo a través de algunas voces marginales, sino respaldados por figuras destacadas— le dijeran a Alemania: «Esto no es un Estado judío. Si se sienten responsables de los judíos del mundo, ayúdennos mejor en los Estados Unidos o aquí en Alemania». Imaginen lo que pasaría si los judíos del mundo empezasen a decir: «Lo que vemos no es un Estado judío, sino algo que, a nuestros ojos, es contrario a los valores del judaísmo».

¿Qué debería hacer el resto del mundo?

En primer lugar, creo que es necesario reconocer que Palestina forma parte del mundo árabe. El sionismo ha logrado convencer a todo el mundo de que Palestina no existe en el mundo árabe, sino sólo [en las protestas, nde] en Europa. Sin embargo, cuando se comprende que se trata de una realidad geográfica y no ideológica, Palestina pasa a formar parte de los problemas del mundo árabe y también de sus soluciones. Además, se descubre, como he escrito también en el libro, que el Líbano, Siria y Jordania tienen problemas similares a los de Palestina.

Usted habla de un futuro «postsionista». ¿Nos lo puede describir?

Después de la Primera Guerra Mundial, las potencias coloniales obligaron, en cierto modo, a un mosaico de diferentes grupos a construir Estados-nación siguiendo el modelo europeo. Un sistema que, como resulta evidente, no funciona del todo en esta región. Yo imagino más bien un retorno al mosaico anterior, obviamente sin una resurrección irrealista del Imperio Otomano, sino dentro de una estructura política muy flexible. No sé si se tratará de construir algo similar a la Unión Europea o una especie de Unión Árabe del Mediterráneo Oriental. Dejaría que fueran los propios pueblos los que decidieran. Sin embargo, tendrá que ser algo que permita a los distintos grupos, si así lo desean, mantener su identidad étnica y cultural, pero no a expensas de otros. Y, desde luego, sin el control de otro Estado. Este es el tipo de ideas que escucho de muchos jóvenes en Irak, Líbano, Siria y Jordania.

¿Qué pasaría entonces con Israel y sus casi diez millones de habitantes?

Los judíos de lo que hoy es Israel también podrían formar uno de estos grupos, pero no un pueblo separado que goce de privilegios excepcionales. Sin un desarrollo de este tipo, corremos el riesgo de que en el Líbano u otros países vecinos se repita lo que ha ocurrido en Siria en los últimos doce años. Creo que es la única manera de encontrar una salida a los graves problemas que asolan esta parte del mundo.

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lan Pappé  historiador y politólogo israelí, es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Estudios Internacionales de la Universidad de Exeter (Reino Unido), director del Centro Europeo de Estudios sobre Palestina y codirector del Centro de Estudios Etnopolíticos de Exeter.

Fuente:

The Post Internazionale, 23 de enero de 2026

 

Traducción:Lucas Antón

domingo, 1 de febrero de 2026

La fabricación del " numero de muertos" en las protestas en Irán .

 

Las protestas en Irán y el juego sucio de las cifras: la fabricación del ‘número de muertos’


 



Robert Inlakesh



 31/01/2026 | 

El ecosistema financiado por Estados Unidos de «grupos de derechos humanos» iraníes, agentes israelíes y activistas monárquicos se ha convertido en una puerta giratoria de estadísticas no verificables y de una propaganda atroz.

Desde que la República Islámica de Irán impuso un apagón nacional de Internet para reprimir lo que calificó de disturbios respaldados por inteligencia extranjera y una insurgencia terrorista, las cifras de muertos y heridos no verificables se han difundido rápidamente.

Estas afirmaciones –ninguna de las cuales aporta pruebas creíbles– siguen circulando de forma coordinada, amplificadas tanto por los medios de oposición iraníes como por la prensa occidental dominante.

En medio de la oleada de cobertura occidental sobre las protestas iraníes, una ONG con sede en Toronto emitió una escandalosa afirmación: Irán había matado a 43.000 manifestantes y herido a otros 350.000. El grupo responsable de la cifra, el Centro Internacional de Derechos Humanos (CIDH) no ofreció imágenes, ni datos forenses ni pruebas verificables de forma independiente. Sin embargo, esta estadística —publicada en blog de 900 palabras— fue catapultada al debate público por el comediante británico-iraní y simpatizante de la oposición, Omid Djalili, quien la publicó en la parte superior de su perfil X.

Tal como se pretendía, la afirmación se viralizó. Lo mismo ocurrió con cifras de muertos similares o incluso más extremas. Influencers monárquicos las repitieron en redes sociales, medios de la oposición como Iran International las reciclaron y finalmente las introdujeron en la cobertura mediática corporativa occidental. Las cifras variaban enormemente —de 5.848 a 80.000 muertos— y carecían incluso de fundamento. Pero todas tenían un claro propósito político: justificar un cambio de régimen en la República Islámica.

Las fachadas de la CIA haciéndose pasar por grupos de derechos humanos

La estimación más baja de muertes en las protestas en Irán —5.848 personas— provino del grupo estadounidense Activistas de Derechos Humanos en Irán (HRAI), que admite que aún está investigando 17.000 casos adicionales. HRAI no es un árbitro independiente. En 2021, se asoció con la Fundación Nacional para la Democracia (NED), una herramienta estadounidense de poder blando creada durante el gobierno del expresidente Ronald Reagan para continuar el trabajo de la CIA bajo la cobertura de ONG.

Otra fuente frecuente de información sobre las cifras de muertos en Irán es el Centro Abdorrahman Boroumand para los Derechos Humanos en Irán, también financiado por la NED. Uno de sus miembros es Francis Fukuyama, firmante del infame proyecto neoconservador para la «Guerra contra el Terror», el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC).

También está United Against Nuclear Iran (UANI), que  afirmó que 12.000 iraníes murieron en las últimas protestas. Este grupo de presión, que presionó con éxito al Foro Económico Mundial (FEM) para que desinvitara al ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, cuenta entre sus filas con el exjefe del Mossad, Meir Dagan; el actual secretario de Guerra de EE. UU., Pete Hegseth; y Dennis Ross, del grupo de expertos WINEP del lobby israelí.

Estas entidades alimentan una puerta giratoria de narrativas, todas diseñadas para deslegitimar a la República Islámica, descontextualizar el malestar interno y dar luz verde a la intromisión extranjera.

Máquinas de indignación y agitadores de guerra respaldados por Israel

La CIDH, el grupo responsable de la afirmación de las 43.000 muertes, tiene su sede en Canadá y se centra casi exclusivamente en Irán. Celebra abiertamente los asesinatos israelíes de líderes de la resistencia, como el difunto secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah, y elogia la creciente amistad entre Israel y la oposición iraní. Su director ejecutivo, Ardeshir Zarezadeh, ha publicado fotos suyas posando con banderas israelíes y monárquicas mientras brinda con vino.

La organización también emplea un lenguaje extremadamente sesgado políticamente, como etiquetar al gobierno iraní como “ el régimen criminal que ocupa Irán” en comunicados de prensa oficiales.

A pesar de su grandilocuencia, el informe de la CIDH no ofrece ninguna prueba. Se basa en un «análisis comparativo de investigación» no verificable y con fuentes anónimas, y afirma falsamente que el 95 % de los asesinatos ocurrieron en tan solo dos días. No hay imágenes que se acerquen a las cifras que alega.

Mientras tanto, el Centro de Documentación de Derechos Humanos de Irán (IHRDC), otra organización financiada por el Departamento de Estado de EE. UU., promovió en una ocasión la extraña afirmación de que un manifestante fingió su muerte y se escondió en una bolsa para cadáveres durante tres días. Incluso el IHRDC admitió no poder verificar la historia, pero el medio de oposición Iran International la difundió de todos modos, omitiendo que se trataba de una ficción.

Activistas de extrema derecha en Occidente, como  Tommy Robinson, e influencers monárquicos han difundido historias aún más descabelladas, incluyendo la acusación de que las fuerzas de seguridad iraníes asfixian a manifestantes metiéndolos vivos en bolsas para cadáveres. No se necesitan pruebas. Solo una nota de voz anónima.

El gobierno estadounidense tambien ha consultado al IHRDC para orientarles en su política de sanciones, incluyendo la creación de una lista negra de ciudadanos iraníes. Su director ejecutivo, Shahin Milani publicó recientemente en X las propuestas del presidente estadounidense Donald Trump advirtiendo que si los manifestantes no respaldan de manera abrumadora el apoyo estadounidense para debilitar a las fuerzas armadas del régimen, constituirían la mayor traición de Occidente a los iraníes.

Esto es parte de una  estrategia estadounidense más amplia mediante la cual Washington ha financiado a docenas de ONG centradas exclusivamente en Irán, desde organizaciones de derechos de las mujeres hasta grupos de defensa de minorías étnicas, todas ellas encargadas de alimentar la arquitectura narrativa de la necesidad de un cambio de régimen.

Fabricando atrocidades, blanqueando mentiras

El flujo de propaganda va desde influencers en línea hasta medios occidentales. Por ejemplo, la activista online Sana Ebrahimi  afirmó que 80.000 manifestantes habían sido asesinados, citando únicamente a un amigo «en contacto con fuentes dentro del gobierno». Su publicación obtuvo más de 370.000 visitas.

Poco después, la emisora ​​de radio británica LBC News  citó  a un activista iraní de derechos humanos llamado Paul Smith, quien elevó la cifra de muertos a entre 45.000 y 80.000. Resulta que Smith es un activista pro cambio de régimen en redes sociales que apoya la intervención militar estadounidense en Irán.

En octubre de 2025, el diario israelí Haaretz expuso cómo Tel Aviv financia granjas de bots de habla farsi para promover a Reza Pahlavi, el hijo exiliado del exmonarca iraní, y difundir propaganda antigubernamental. Estos mismos bots contribuyeron a inflar las narrativas de protesta en Irán en 2022. Se trata de una  campaña de guerra digital camuflada en la indignación popular.

La revista Time afirmó que  30.000 iraníes habían muerto, citando a dos funcionarios anónimos del Ministerio de Salud. Iran International superó esa cifra, citando sus propias fuentes no verificables para  afirmar más de 36.000 muertes.

Solo Amnistía Internacional, a pesar de su postura hostil hacia Teherán, se abstuvo de especificar una cifra, limitándose a afirmar que habían muerto «miles«. Esta estimación coincide aproximadamente con las cifras de Teherán: la Fundación Iraní para Asuntos de Mártires y Veteranos informa de 3117 muertes, incluidas 2427 civiles y personal de seguridad.

Cuando las mentiras se convierten en casus belli

Existen numerosas críticas legítimas al Estado iraní. Pero lo que presenciamos ahora es una ofensiva de desinformación coordinada impulsada por redes respaldadas por Washington, los brazos propagandísticos de Tel Aviv, monárquicos y otros opositores en el exilio, y la prensa corporativa complaciente. 

Las grotescas cifras de muertos y las historias fantasma de atrocidades que circulan siguen un clásico manual imperial: los bebés falsos de incubación en Kuwait en 1990, las falsas afirmaciones sobre armas de destrucción masiva en Irak en 2003, el inventado «genocidio» libio en 2011 y las interminables mentiras sobre armas químicas en Siria. En cada ocasión, el propósito fue el mismo: crear un «casus belli».

Las personas que murieron en las protestas en Irán se han convertido en elementos de otra guerra narrativa apoyada desde el extranjero, sentando las bases para una intervención selectiva disfrazada de preocupación humanitaria.

Fuente: https://thecradle.co/articles/irans-protests-and-the-dirty-numbers-game-the-manufactured-death-toll..

Traducido del inglés por Marwan Pérez para Rebelión

Las protestas en Irán y el juego sucio de las cifras: la fabricación del ‘número de muertos’ – Rebelion

 Nota del  blog .-A  esto se  agregó The Guardian , en realidad copiando pero con variaciones las mentiras de  Times ..Más de 30.000 muertos en Irán, dicen altos funcionarios | HORA.. y  en España  publicado en el Diario.es  Cuerpos desaparecidos y entierros masivos: cuál es el balance real de muertos en las protestas en Irán.

La revista Time alegó que Irán asesinó a 30 000 manifestantes en solo dos días, una falacia basada en una fuente vinculada al exiliado hijo del depuesto rey iraní.

Basándose en la afirmación de una única fuente muy cuestionable, un artículo de la revista TIME alega, sin prueba alguna, que el Gobierno iraní mató a 30 000 personas los días 8 y 9 de enero. Según la fuente, los datos se sustentan en declaraciones de “dos altos funcionarios del Ministerio de Salud del país”, aunque TIME reconoce que “no ha podido verificar la información de manera independiente”.

La única fuente identificada para esta falacia es un cirujano oftalmólogo germano-iraní, identificado como Amir Parasta, quien aseguró que el “recuento subrepticio de muertes registrado por los hospitales ascendía a 30 304 hasta el viernes (el 9 de enero)”.

Esto mientras la Fundación para Asuntos de Mártires y Veteranos de Irán declaró que unas 3117 personas perdieron la vida; 2427 eran civiles y fuerzas de seguridad del país, mientras que otras 690 eran terroristas.

Aparentemente, Parasta fue el responsable de que el informe fuera publicado en TIME, dado que compartió el reporte en Instagram y lo calificó de “nuestro informe”. El aludido hombre ha sido citado como una fuente autorizada sobre el número de manifestantes iraníes fallecidos en otros medios como DW, New York Post, Haaretz y The Times of London.

Sin embargo, un examen más detallado de Parasta revela que no se trata de un médico con probidad en el ejercicio de su labor, sino de un lobbista del hijo del último monarca de Irán, Reza Pahlavi, respaldado por Israel, así como de una operación estadounidense-israelí orientada a un cambio de gobierno en el país.

Parasta trabaja como “asesor en materia especializada” en la llamada Unión Nacional para la Democracia en Irán (NUFDI, por sus siglas en inglés), un grupo de lobby a favor del referido títere, apoyado por Israel y Estados Unidos, Reza Pahlavi.

Como mínimo The Guardian debía  de mencionar  la explicaciones del gobierno iraní .

Irán ha calificado de pura “mentira” al estilo del líder de Alemania Nazi Adolf Hitler un informe de Time que cifra en unos 30 000 los asesinados durante recientes disturbios en el país.

“Una GRAN MENTIRA al estilo Hitler”, ha escrito este domingo el portavoz de la Cancillería iraní, Esmail Baqai, en X, anexando una publicación de Open Source Intel en la que citó un informe de Time, que acusaba a las autoridades iraníes de matar a unos 30 000 manifestantes durante las protestas violentas acaecidas el 8 y 9 de enero en todo Irán.

El  portavoz de la Diplomacia  iraní ha recordado el apoyo de actores externos hostiles a actos violentos ocurridos en Irán a principios de este mes, afirmando que esta cifra podría ser “el número de personas que planeaban matar en las calles de Irán”.

Ha destacado que ese complot fracasó y señalado que los organizadores de disturbios “ahora intentan falsificarlo en los medios. ¡Una auténtica barbaridad!”.

A finales del mes pasado, las dificultades económicas, causadas y exacerbadas por años de sanciones occidentales, desencadenaron una ola de protestas pacíficas entre comerciantes en Teherán y otras ciudades, las cuales se tornaron violentas debido al apoyo político y armamentístico de Estados Unidos e Israel  protestas  violentas  destrozaron  propiedad pública y asesinaron a cientos de civiles y fuerzas del orden .

Las autoridades iraníes han contabilizado más de 3117 muertos, entre ellos 2427 son civiles y fuerzas de seguridad, y el resto son terroristas y agitadores.

O  sea que esta información  ya había salido en Times   y ahora The Guardian la repite   y retoca  con método de    storytelling con  informaciones  que  llama propias    y anónimas

Que   The Guardian se  añada  a esas manipulaciones  demuestra bien claro  la basura   desinformativa  en que se ha convertido..

Las campañas de desinformación divulgan muertes falsas para desacreditar a Irán, mientras las mentiras buscan sembrar caos y manipular la opinión publica internacional.

Uno de los varios casos más claros es el de una joven iraní que fue presentada falsamente como asesinada durante los disturbios. Tras recuperar el acceso a internet, la propia joven desmintió públicamente estas noticias.

La chica, que se llama Mobina Beheshti, asegura que le sorprende “quién ha hecho estas cosas y por qué las hacen”, cuando la persona está “a salvo”. “¿Por qué deberían difundirse fotos de mi muerte?”

Este episodio no es un hecho aislado. Medios  como Iran International y Manoto, junto con cuentas vinculadas al régimen israelí, han desempeñado un papel central en la amplificación de cifras exageradas, imágenes falsas y narrativas fabricadas para presentar una imagen distorsionada de la realidad en Irán. 

Esto no es el único caso. Una joven israelí se sorprendió al ver cómo la televisión del régimen la presenta como supuesta víctima de recientes sucesos en Irán para acusar al país persa de matarla. La joven llamada Noya Zion publicó el domingo un vídeo en la plataforma TikTok en el que se ve una foto suya en una emisión del Channel 12 de Israel difundido para expandir falsos informes de muertes en Irán.

En otro caso, la actriz turca Tuba Büyüküstün también fue declarada falsamente asesinada. Cuentas vinculadas a Israel circularon imágenes de “víctimas de protestas” sin pruebas. Esto es parte de una campaña mediática anti-Irán más amplia de Occidente, Israel y medios hostiles, usando información errónea para demonizar a Irán.

El Secretario del Tesoro en Estados Unidos, Scott Bessent, lo expuso de forma muy clara y explícita en Davos, casi de forma caricaturesca. El entrevistador le pregunta: «¿Qué quiere decir sobre las sanciones?. ¿Qué planea con respecto a Irán y su impacto allí? Bessent respondió : «Bueno, si miran un discurso que di en el Club Económico de Nueva York en marzo pasado, dije que creía que la moneda iraní estaba al borde del colapso. Que si yo fuera ciudadano iraní, retiraría mi dinero. El presidente Trump ordenó al Tesoro y a nuestra Oficina de Control de Activos Extranjeros, que ejercieran la máxima presión sobre Irán , y funcionó porque en diciembre su economía colapsó. El banco central comenzó a imprimir dinero. Hay escasez de dólares… Y por eso la gente salió a las calles. Así que esto es arte de gobernar económicamente. No hubo disparos y las cosas se están moviendo de manera muy positiva para nosotros” . Es una declaración escandalosa . Tan escandalosa que el New York Times no se atrevió a informarla. El Washington Post no se atrevió a informarla. Porque lo que Bessent explica es que Estados Unidos ha utilizado sus recursos financieros para derrocar al gobierno, sacar a la gente a las calles y provocar disturbios masivos. Pero ese método de cambio de régimen no ha funcionado. De ahí las amenazas de Trump  de atacar a Irán de nuevo si no negocia  , cuando en el anterior ataque estaban  negociando cuando bombardearon  apoyando a Israel que lo hizo para romper las negociaciones como  había hecho   ya lo mismo con las negociaciones con Hamas en Qatar , un importante aliado de EE.UU. y mediador clave en las conversaciones para un alto el fuego en Gaza..



jueves, 29 de enero de 2026

¿ Inglaterra un imperio virtuoso ? .

   

El imperio virtuoso



 

Rafael Poch de Feliu

Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia: es la historia colonial europea la que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí.

 

La industria del entretenimiento es una herramienta fundamental del hegemonismo occidental. En estrecha colaboración con el complejo político, militar, financiero y mediático, su producción penetra diariamente en todos los hogares desempeñando una función ideológica clave, perfectamente identificada y conocida. Mirada en retrospectiva, la industria de Hollywood logró convertir en proezas, epopeyas y románticos relatos, esa enciclopedia universal de la infamia que contiene la historia del colonialismo europeo y muy particularmente la de los británicos, parientes directos del actual hegemón. La lista de las películas ensalzadoras de los grandes crímenes coloniales está aún por hacer, pero basta citar clásicos como “Lawerence de Arabia” (1962), “55 días en Pekín” (1963), “Zulú” (1964) o “Khartum” (1966) para recordar cómo toda una generación creció arrullada y entretenida por ese género exaltador cuya leyenda interiorizó.

Resulta ilustrativo cotejar la lectura de cualquier obra seria sobre la acción del imperio británico en India o China con películas como “Victoria y Abdul” (2017), de Stephen Frears, o “Tai Pan” (1986) de Daryl Duke, para mesurar el nivel de vileza de tal bombardeo. Frears presenta la relación de cálida amistad entre la reina Victoria y su criado indio en una época en la que los indios morían de hambre en espantosas crisis directamente relacionadas con la gestión colonial. La película de Duke se inspira en la figura de William Jardine (1784-1843) para montar una ficción romántica, erótica y heroica alrededor del principal narcotraficante de la historia que condenó a la drogodependencia a 150 millones de chinos y se convirtió en uno de los hombres más poderosos y ricos de su tiempo.

Mantenido durante mas de dos siglos de violencia, racismo y explotación, el imperio británico todavía se presenta de la forma más altiva y arrogante como una empresa civilizadora y modélica, al lado de los imperios francés, español, portugués etc., declarados defectuosos o manifiestamente fallidos.

“Para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo modo de proceder. Para otras, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas, de subirse a la ola del progreso tecnológico”, escribe David S. Landes. (En: La riqueza y la pobreza de las naciones. 1998). Esa coherencia con el más que ambiguo “vector del progreso” que apunta con satisfacción el ilustre historiador de Harvard, quizá explique la actual y renovada nostalgia por el imperio británico, sobre la que advierten dos autores críticos con el fenómeno ( Hickel y Sullivan). “Libros de gran repercusión como Empire: How Britain Made the Modern World, de Niall Ferguson y The Last Imperialist, de Bruce Gilley, han afirmado que el colonialismo británico trajo prosperidad y desarrollo a India y otras colonias. Hace dos años una encuesta de YouGov reveló que el 32% de los británicos se sienten orgullosos de la historia colonial del país”, apuntan.

Ese mismo orgullo hacia el pasado colonial está, sin duda, vergonzosamente vigente en muchas otras viejas naciones imperiales, pero en ninguna parte como entre los “ingleses de ambos lados del Atlántico” que Benjamín Franklin definió como “el núcleo más importante del pueblo blanco”, tiene ese sentir más consecuencias para el presente.

“El imperio tal y como había sido, llegó a su fin formalmente en la década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos territorios coloniales”, observa Richard Gott en su compendio sobre el imperialismo británico (Britain´s Empire, 2012). “Si Gran Bretaña tuvo tanto éxito con sus colonias, ¿por qué muchas de ellas siguen siendo fuentes importantes de violencia y disturbios?”, se pregunta. Los británicos -reducidos ahora a la humilde categoría de ayudantes del Sheriff, en aún mayor medida que el resto de los europeos- “han seguido librando guerras en las tierras de su antiguo imperio en el siglo XXI, y gran parte de la población británica ha regresado sin cuestionamientos a su antigua postura de aceptar sin pensar lo que se hace en su nombre en lugares lejanos del mundo”, dice Gott. El papel que en el siglo XIX desempeñaron la “civilización”, el “comercio” y el “cristianismo” impuestos a los “salvajes”, lo desempeña ahora la ideología de los derechos humanos la igualdad de géneros y otras nobles causas. Por todo ello, recordar las ejemplares hazañas de tan virtuoso imperio no es un ejercicio histórico sino un imperativo para la comprensión del presente y muy en particular para la comprensión de la complicidad europea (política, financiera, comercial, militar y mediática) con el genocidio palestino.

El Gulag británico

El imperio británico era una dictadura militar en la que los gobernadores coloniales imponían la ley marcial a la menor disensión. Durante más de 200 años fue escenario de constante revuelta y violencia represora. En la propia metrópoli centenares de miles fueron confinados en el Gulag insular de su majestad. Especialmente después de que la independencia de Estados Unidos cerrara aquel territorio colonial del nuevo mundo – en los treinta años anteriores a 1776 la cuarta parte de los emigrantes llegados a Maryland eran convictos – islas del Caribe como las Bermudas y Roatán, en Honduras, de Asia, como Penang, en Malasia, o del Índico como las Seychelles o Andamán, formaron parte del presidio insular británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a Singapur. En el XIX, las Seychelles fueron prisión para líderes de revueltas y notables locales, de Zanzibar, Somalia, Egipto o Ghana, que por una u otra razón no podían ser ejecutados. El arzobispo Makarios, líder del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo ahí recluido en fecha tan cercana como 1956. Pero fue Australia, la gran isla-continente que ofrecía espacios ilimitados, el gran destino que el gobierno necesitaba para los detritos sociales de su catastrófica revolución industrial, gran hito de ese “progreso” glosado por Landes.

En 1840 la mitad de la población de Tasmania, unos 30.000, la formaban reclusos. Como mantener a los presos en las cárceles metropolitanas era caro, las sentencias mínimas de deportación a Australia para sacárselos de encima, incluso por pequeños hurtos, eran de siete años. Entre 1788 y 1868, 162.000 condenados fueron enviados a Australia, entre ellos 4000 sindicalistas, cartistas, luditas, las famosas “hijas de Rebeca” de Gales, que rompían peajes y barreras para protestar contra la privatización y los peajes en las carreteras, así como 2000 revolucionarios irlandeses.

La terrible situación de represaliados y condenados de la metrópoli represaliando y masacrando a su vez a la población nativa en las colonias, que tan vivamente se dio en los Estados Unidos con las naciones indias, se repitió en otras colonias europeas y también en Australia. En 1824 el gobernador militar de Nueva Gales del Sur, dio licencia a los colonos, muchos de ellos ex convictos deportados, para matar aborígenes a discreción. El gobernador se llamaba Thomas Brisbane y su apellido da hoy nombre a una de las grandes ciudades australianas.

La hambruna de Irlanda

 

Algunos consideran la hambruna de China durante el Gran Salto Adelante (1958-1962) como la mayor de la historia. Un siglo antes, la hambruna de Irlanda (“An Gorta Mór”) fue bastante peor que la china si se tiene en cuenta la proporción de población implicada. Con ocho millones de habitantes, el hambre y sus consecuencias se llevaron a entre uno y dos millones de irlandeses. Algunos lugares perdieron la tercera parte de su población, la mitad muerta y la otra mitad por emigración. ( Patrick Joyce, 2024 Remembering Peasants. A personal History of a Vanished World).

“He visitado los desoladores restos de lo que en su momento fueron nobles pieles rojas en sus reservas de norteamérica y he explorado los barrios negros donde están degradados y esclavizados los africanos”, escribía en 1847 James Hack Tuke, un filántropo cuáquero inglés en una carta tras su visita a Connaught, “pero nunca he visto tanta miseria, ni una degradación física tan avanzada, como la de los moradores de los lodazales de Irlanda”.

Otros países como Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Rusia, también sufrieron plagas de la patata en 1846/1847, pero a diferencia de lo que ocurrió en Irlanda bajo el dominio británico, paralizaron las exportaciones de los demás alimentos para compensar la pérdida. La política inglesa destinaba a la exportación los alimentos producidos en Irlanda, una estrategia cuyo mantenimiento se consideraba más importante que la vida de los irlandeses. Uno de los protagonistas de esa política, el subsecretario de Hacienda Charles Trevelyan, estaba mas preocupado por “modernizar” la economía irlandesa que por salvar vidas, así que vio en la hambruna una oportunidad para aplicar reformas radicales de libre mercado.

“No nos cabe la menor duda de que, por causa de las inescrutables pero invariables leyes de la naturaleza, el celta es menos activo, menos independiente y menos trabajador que el sajón. Esta es la arcaica condición de su raza”, escribía The Times el diario central del establishment imperial.

The Economist, el mismo semanario que en los años noventa del siglo XX predicaba las virtudes de la terapia de choque rusa, que dejó por el camino una factura demográfica de medio millón -sobre todo hombres en edad laboral – mientras denostaba la mala reforma china, publicaba el 30 de enero de 1847 un editorial dedicado a la crisis irlandesa: “Que los inocentes sufran junto con los culpables es una triste realidad”, decía, “pero es una de las grandes condiciones en las que se basa la existencia de toda sociedad. Cada violación de las leyes de la moral y el orden social conlleva su propio castigo. Esa es la primera ley de la civilización”. (En: The Economist and the Irish Famine — Crooked Timber )

Desde el siglo XVI en Irlanda estaba vigente un diezmo por el cual los irlandeses mayormente católicos debían pagar la décima parte de sus ingresos anuales para financiar la iglesia protestante. Hasta 1829 los católicos que rechazaban el juramento protestante de lealtad a la corona no podían acceder a empleos públicos. Durante la hambruna los teólogos protestantes ingleses atribuían la plaga de la patata al “papismo”, es decir al catolicismo, que había “provocado la cólera de Dios”. El semanario satírico Punch publicaba constantemente caricaturas que presentaban a los irlandeses como simios brutos, sucios, perezosos, violentos y únicos responsables de su propia desgracia.

En 1847, mientras el Times ignoraba los desastres de la hambruna, en Estados Unidos se puso en marcha una campaña de ayuda que puso en evidencia al gobierno de Londres. Los paquetes en los que ponía “Irlanda” eran transportados gratuitamente en ferrocarril y se fletaron 114 barcos con ayuda.

El holocausto irlandés continuaba para los que lograban emigrar. En el último de los tres siglos de la trata negrera a lo largo de la cual unos diez millones de africanos fueron transferidos al nuevo mundo, con la mitad de ellos muertos en el proceso de captura y transporte, según uno de los grandes historiadores de ese tráfico ( Joseph Miller, 1988, en Way of Death), los emigrantes irlandeses conocieron un destino no muy diferente. En los barcos ingleses que transportaban a los emigrantes irlandeses a América, las condiciones eran tan espantosas que uno de cada cuatro moría durante el viaje o en los seis meses posteriores a su llegada al nuevo mundo. La mortandad registrada en lo que fue descrito como “buques ataúd”, no era inferior a la de los barcos que transportaban esclavos africanos a las colonias. Que esa mortalidad fuera particularmente alta en los barcos ingleses, describe una clara negligencia criminal: por cada muerte de un emigrante a bordo de un barco americano, había cuatro en uno británico y por cada enfermo que llegaba a Estados Unidos en un barco norteamericano, llegaban cinco en un buque británico. En 1847 de los 98.000 emigrantes que llegaron a Canadá en barcos ingleses, 25.000 murieron en el viaje o a los seis meses de su llegada. Todo esto fue noticia en la prensa de Estados Unidos y de Canadá, pero el Times de Londres lo ignoraba. El gobierno británico solo comenzó a tomar medidas en 1854, siete años después. (Thomas Gallagher. Hambre en Irlanda: la elegía de Pady. 2007).

La industria del entretenimiento ha ignorado por completo la hambruna de Irlanda, pero en 2018 una rara excepción irlandesa producida en Luxemburgo presentó en 2018 “Black 47”, del director y guionista Lance Daly, una película de acción con trepidante ritmo de western construida sobre el entramado de aquella histórica tragedia. The Times resaltó esta vez la “machista teatralidad” del film del que apuntó que “todo es profundamente absurdo, pero dentro de un entorno inquietantemente profundo”. The Independent destacó el carácter “excesivamente sombrío” de lo que calificó como “western de patatas” en alusión a los spaghetti western, y The Guardian lamentó que “la caricaturización de los villanos disminuya el impacto” de esa estupenda película que de todas formas fue un éxito de taquillaje…

Irlanda en Occidente y Birmania en Oriente fueron los territorios más potentes y tenaces en su resistencia a los ingleses, por lo que la represión fue allí particularmente cruda, pero también en India las convulsiones, hambrunas y revueltas fueron crónicas.

India

 

Según una estimación reciente, solo en los cuarenta años que van de 1880 a 1920 la colonización británica causó en la India unos 100 millones de muertes provocadas por el empobrecimiento de la población y la mayor frecuencia y mortandad de las hambrunas. (Jason Hickel, Dylan Sullivan, How British colonialism killed 100 million Indians in 40 years). “Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida por políticas de la historia de la humanidad”, señalan los autores. “Es mayor que la suma combinada de muertes que se produjeron durante todas las hambrunas de la Unión Soviética, la China de Mao, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”, todas ellas en el siglo XX, dicen. Antes de eso, en 1770, una gran hambruna asoló Bengala matando a unos 10 millones de sus habitantes, la tercera parte de la población. La situación fue agravada por el monopolio del arroz y otros productos impuesto por la Compañía Británica de las Indias Orientales que gobernaba el territorio. El colapso y los impuestos, combinados con la sequía y el hambre, marcaron el inicio del dominio inglés en India, un cuadro que se mantendría durante 200 años.

Desde su llegada al subcontinente en el siglo XVII, Gran Bretaña destruyó el sector manufacturero de la India, que exportaba tejidos a todo el mundo. El régimen colonial eliminó los aranceles para los productos textiles británicos y creó un sistema de impuestos y de barreras internas que impedían a los indios vender sus productos dentro del país y aun menos exportarlos. “Si la historia del dominio británico de India tuviera que condensarse en un único dato, sería este: entre 1757 y 1947 no hubo incremento del ingreso per cápita y en la segunda mitad del XIX los ingresos se redujeron seguramente en más de un 50 por ciento”, dice Mike Davis (Late victorian Holocausts, 2002). La nueva economía colonial fragilizó a las poblaciones ante las sequías y fenómenos naturales adversos que propiciaban el hambre. Según el historiador Robert C. Allen (Global Economic History: A Very Short Introduction, 2011) bajo el dominio británico la pobreza extrema pasó del 23% en 1810 a más del 50% a mediados del siglo XX, los salarios reales disminuyeron y las hambrunas se hicieron más frecuentes y más mortales. ¿Pasado remoto?

El político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial, Wiston Churchill, fallecido en 1965, era un racista confeso. En los años cuarenta del siglo XX se refirió a los indios como “un pueblo bestial con una religión bestial” y de la hambruna de 1943 en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que “fue culpa suya por reproducirse como conejos”. En 1919 Churchill se declaró “totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las tribus incivilizadas”. En los años treinta definía a los palestinos como “hordas bárbaras que solo comen estiércol de camello”. Antes de la guerra fue un admirador de Mussolini (“no pude evitar sentirme encantado por su porte gentil y sencillo y su sereno aplomo”) y tenía palabras de elogio para Hitler en 1937, el año de Guernika: “a uno le puede disgustar el sistema de Hitler y, sin embargo, admirar sus logros patrióticos. Si nuestro país fuera derrotado, espero que encontremos un campeón tan admirable que nos devuelva el valor y nos conduzca de nuevo a nuestro lugar entre las naciones”. En la campaña electoral de 1955 Churchill propuso para el partido conservador un lema que muchos europeos suscriben hoy: “mantener a Gran Bretaña blanca”.

(Publicado en Ctxt)

Fuente El imperio virtuoso – Rafael Poch de Feliu

martes, 27 de enero de 2026

Mercosur: los pesticidas salen de Europa

 

Mercosur: los pesticidas salen de Europa

Uno de los principales argumentos para frenar la voluntad de la Comisión Europea de «crear el mayor espacio de libre mercado del mundo» con el Mercosur es la denuncia de muchas organizaciones agrarias y ecologistas que entrarán en Europa alimentos cultivados con pesticidas prohibidos dentro de la UE.

Pero detrás de esta competencia desleal se esconde una pregunta clave, ¿quién produce estos tóxicos prohibidos que después se utilizan en Sudamérica? La respuesta es paradójica: una parte muy importante los fabrica la propia Europa.

Para poder afirmarlo, el grupo periodístico Unearthed y la ONG suiza Public Eye solicitaron acceso a las notificaciones de exportación que las empresas europeas deben realizar según el Convenio de Rotterdam. Aunque estos datos son estimaciones previas a la exportación real, constituyen la fuente más fiable. Según su informe, en 2018 se exportaron a 85 países no pertenecientes a la UE unas 81.600 toneladas de plaguicidas prohibidos. Lógicamente, organizaciones como la sudafricana Women on Farms Project (WFP) denunciaron que el hecho de que buena parte de estas exportaciones se dirija a países empobrecidos «revela una forma de pensar racista y colonial». Y aunque la Comisión Europea prometió poner freno a esta práctica, los datos de 2024 muestran un aumento del 50% respecto a 2018.

Ecologistas en Acción ha analizado este informe en clave de España, que, junto con Alemania y Bélgica, lidera este negocio: en 2023 se autorizaron para la exportación cerca de 17.000 toneladas de plaguicidas prohibidos, con destinos entre ellos el Mercosur. En total, se gestionaron 23 sustancias prohibidas, entre ellas fungicidas nocivos para fetos en gestación e insecticidas que provocan mortalidad en las abejas. Y en nuestro país tampoco podemos afirmar que les hemos dejado de aplicar. Los informes anuales de detección de plaguicidas de la Confederación Hidrográfica del Ebro no sólo nos alertan de niveles elevados de pesticidas en los ríos, sino también de la presencia de algunas de estas 23 sustancias prohibidas.

Estas informaciones identifican a las empresas que solicitan autorizaciones para exportar. Más allá de algunas empresas locales, aparecen multinacionales como Bayer y Corteva, y en otros países europeos BASF y Syngenta. No es casualidad: estas cuatro multinacionales controlan más de la mitad de todas las ventas mundiales de pesticidas y lideran la producción de los más controvertidos. Al mismo tiempo, gracias a su poderosísimo lobi, desempeñan un papel determinante en las decisiones políticas que toma la Comisión Europea.

El verdadero problema de ampliar el libre comercio es que sólo salen beneficiadas las grandes empresas, independientemente de dónde estén ubicadas. Tanto si se trata de exportar aguacates de Chile a Catalunya para reexportarlos después al norte de Europa, como de exportar soja de Brasil a Catalunya para convertirla en carne de cerdo que exportamos al mercado chino. Y, como hemos visto, también de si se trata de vender los pesticidas que hacen posible ese modelo.

El libre comercio es la coartada para un negocio tóxico, corporativo y con sello europeo.

Fuente: https://es.ara.cat/opinion/mercosur-pesticidas-salen-europa_129_5626884.html


 Y ver   Explicando el lío del tratado UE-Mercosur

lunes, 26 de enero de 2026

Como blanquear la ocupación de Rabat del Sahara Occidental .

                                                                                    


 

«Sirat», cuando el cine blanquea la ocupación marroquí del Sáhara Occidental

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La película Sirat, dirigida por el cineasta franco español Óliver Laxe, ha generado un notable revuelo en el panorama cinematográfico internacional desde su estreno en el Festival de Cannes en mayo de 2025, donde obtuvo el Premio del Jurado. Esta coproducción hispanofrancesa, protagonizada por Sergi López y el joven Bruno Núñez, narra la desesperada búsqueda de un padre y su hijo pequeño por una hija desaparecida en el entorno de fiestas rave en el desierto. La trama se desarrolla en un paisaje árido y hostil, donde los personajes se enfrentan no solo a la pérdida personal, sino también a los peligros del entorno, incluyendo minas antipersonales y un viaje extenuante hacia Mauritania.

Sin embargo, más allá de su impacto visual y emocional, Sirat ha sido objeto de duras críticas por su tratamiento del escenario geográfico. La película sitúa la acción en el «sur de Marruecos, cerca de Mauritania», una descripción que, de facto, asume el marco territorial impuesto por el ocupante marroquí y borra la existencia del Sáhara Occidental y del pueblo saharaui. Marruecos no comparte frontera directa con Mauritania sin pasar por el Sáhara Occidental, un territorio ocupado ilegalmente por Marruecos desde 1975 tras la retirada española, y que sigue siendo el último enclave africano pendiente de descolonización. Al presentar esta zona como parte integral del «sur de Marruecos», la cinta perpetúa la narrativa oficial del régimen marroquí, ignorando el conflicto armado, el muro de separación marroquí –conocido como el mayor campo minado del mundo– y el exilio de miles de saharauis en campamentos de refugiados.

El director Óliver Laxe, quien ha rodado previamente en Marruecos y defiende que la película se inspira en «el dolor del mundo» y en problemáticas globales como la migración, ha reconocido en entrevistas que la historia se ambienta en la frontera entre Marruecos y Mauritania, en el contexto del conflicto por la independencia del Sáhara Occidental. No obstante, algunos críticos han calificado esta aproximación como una «mentira muy cómoda», argumentando que elementos específicos del filme, como el tren de hierro que conecta Zuerat con Nuadibú en Mauritania, solo son accesibles atravesando los Territorios Liberados del Sáhara Occidental. La omisión del nombre «Sáhara» y la ausencia de cualquier referencia al pueblo saharaui convierten la película en un ejercicio de blanqueo de la ocupación, priorizando el espectáculo visual sobre la realidad política.

Esta elección narrativa puede ser interpretada como un borrado deliberado, donde el show cinematográfico se superpone al conflicto real, contribuyendo a la invisibilización de la lucha saharaui por la autodeterminación. En contraste, promociones oficiales en medios marroquíes celebran el rodaje en el «desierto de Marruecos», reforzando la percepción de que el Sáhara Occidental es una extensión natural del territorio marroquí. Esta discrepancia resalta cómo Sirat, a pesar de su ambición universal, se enreda en las complejidades geopolíticas locales, asumiendo una posición que, para muchos, equivale a una complicidad silenciosa con el statu quo ocupante.

A pesar de la polémica, la Academia de Cine española seleccionó Sirat como representante nacional para los Oscar 2026 en la categoría de Mejor Película Internacional, lo que ha intensificado el debate sobre el papel del cine en la representación de conflictos olvidados. La película no solo invita a reflexionar sobre temas como la familia, la pérdida y la espiritualidad en entornos extremos, sino que también obliga a cuestionar cómo las narrativas artísticas pueden, intencionalmente o no, perpetuar injusticias históricas. En un mundo donde el Sáhara Occidental sigue esperando su referéndum de autodeterminación prometido por la ONU, obras como esta recuerdan la importancia de no borrar fronteras ni pueblos enteros en nombre del arte.