miércoles, 2 de abril de 2025

Las grandes mentiras de la guerra de Ucrania .

Las grandes mentiras de la guerra de Ucrania


Europa es la gran perdedora del conflicto, pero ahora parece empeñada en perjudicarse aún más profundizando en la marcha de la locura

En el libro La marcha de la locura: la sinrazón desde Troya hasta Vietnam, la historiadora Barbara Tuchman aborda la desconcertante cuestión de por qué a veces los países promueven políticas radicalmente opuestas a sus intereses. Esta pregunta vuelve a cobrar relevancia ahora que Europa ha decidido empeorar aún más la marcha de la locura sobre Ucrania. Continuar con esta marcha tendrá graves consecuencias para Europa, pero abandonarla plantea un desafío político colosal que obliga a explicar cómo la Unión Europa ha resultado perjudicada por su política ucraniana; cómo es evidente que, si redobla esa apuesta, va a verse aún más perjudicada; cómo se ha vendido políticamente esa marcha de la locura; y, por último, por qué el poder político porfía en esa idea.

Los costes político-económicos de la locura

A pesar de no haber intervenido directamente en el conflicto ucraniano, Europa –y, sobre todo, Alemania– se ha convertido en uno de los grandes perdedores de la guerra debido a las sanciones económicas, que han tenido un efecto bumerán en la economía europea. La energía barata procedente de Rusia ha sido reemplazada por energía cara procedente de Estados Unidos. Esto ha tenido un impacto negativo sobre el nivel de vida de la sociedad y la competitividad del sector manufacturero; asimismo, ha influido en el aumento de la inflación en el territorio europeo.

A lo anterior se suma la pérdida de un mercado importante como es el ruso, en el que Europa vendía productos manufacturados y obtenía inversiones y oportunidades de crecimiento. Además, Europa se ha quedado sin el fastuoso gasto de las élites rusas: la combinación de estos factores ayuda a esclarecer el estancamiento de la economía europea. Por si fuera poco, su futuro económico está gravemente comprometido por la marcha de la locura, que amenaza con hacer permanentes esos efectos.

Europa se ha quedado sin el fastuoso gasto de las élites rusas

La llegada masiva de refugiados ucranianos también ha tenido consecuencias adversas: ha aumentado la competencia a la baja de los salarios; ha agravado la escasez de viviendas, lo que ha subido el precio de los alquileres; el sistema escolar y los servicios sociales se han sobrecargado, y el gasto público se ha incrementado. Aunque estas consecuencias han repercutido sobre el conjunto del territorio europeo, Alemania se ha llevado la peor parte. Esto, sumado a los efectos económicos adversos, ha contribuido a enturbiar el clima político, lo que ayuda a explicar el ascenso de la política protofascista, sobre todo –de nuevo–, en Alemania.

La gran mentira y cómo se vende la locura

La “gran mentira” es una idea que Adolf Hitler formuló en Mein Kampf (Mi lucha). Viene a decir que, si una mentira descarada asociada a un prejuicio popular se repite muchas veces, terminará por aceptarse como verdad. Joseph Goebbels, propagandista nazi, logró perfeccionar la teoría de la gran mentira en la práctica. Es innegable que muchas sociedades la han usado en cierta medida, y el poder político europeo ha recurrido a ella con total libertad para vender ahora la marcha de la locura.

La primera gran mentira es el resurgimiento de la narrativa sobre los acuerdos de apaciguamiento de Múnich de 1938, que afirma que Rusia invadirá Europa central si no es derrotada en Ucrania. Esa mentira también se alimenta con los restos de la teoría del dominó de la Guerra Fría, según la cual la conquista de un país desencadenaría una oleada de colapsos en otros países.

La narrativa de apaciguamiento motiva, asimismo, comparaciones sumamente desacertadas entre el presidente Putin y Hitler, avivadoras de una segunda gran mentira: el moralismo maniqueo que presenta a Europa como la encarnación del bien y a Rusia como la encarnación del mal. Este marco impide reconocer la responsabilidad de Occidente en la gestación del conflicto, por medio de la expansión de la OTAN hacia el este, y la propagación del sentimiento antirruso en Ucrania y otras repúblicas exsoviéticas.

La tercera gran mentira atañe a la capacidad militar de Rusia: se argumenta que su poderío militar representa una amenaza existencial para Europa central y oriental, y esto aporta credibilidad a la acusación del expansionismo ruso. Ninguna ecuación matemática podría desmentirlo; sin embargo, los antecedentes en el campo de batalla indican lo contrario, al igual que el análisis de su base económica, relativamente exigua en comparación a la de los países de la OTAN, sin olvidar el envejecimiento demográfico que padece.

El “apaciguamiento de Múnich”, el “expansionismo ruso”, “Rusia como encarnación del mal” y la “amenaza militar rusa” son imágenes ficticias que se utilizan para deslegitimar a este país y, a la vez, justificar y encubrir las agresiones occidentales. Nunca existieron pruebas de que Rusia tuviese la intención de controlar Europa occidental, ni durante la Guerra Fría ni hoy en día. Al contrario, la intervención de Rusia en Ucrania fue motivada principalmente por el miedo –en términos de seguridad nacional– que desató la expansión de la OTAN por parte de Occidente, de la que Rusia se ha quejado repetidamente desde la desintegración de la Unión Soviética.

La gran mentira emponzoña la posibilidad de paz, porque no se puede negociar con un adversario que encarna el mal y constituye una amenaza existencial. Con todo, y a pesar de su naturaleza engañosa, las mentiras ganan terreno entre la opinión pública; por un lado, porque se conectan con una dilatada historia de sentimiento antirruso, que incluye la Guerra Fría y el miedo a los rojos de los años veinte; por otro, porque apelan a la soberbia pretensión de superioridad moral, uno de los emblemas de la marcha de la locura.

Cortina de humo: el establishment europeo intensifica la marcha de la locura

La gran mentira ayuda a explicar cómo el poder político europeo ha vendido la marcha de la locura, pero invita a preguntarnos por qué. La respuesta es tan simple como compleja. La parte simple del análisis advierte que el establishment político europeo ha fracasado en la política interior y se asoma al abismo: adoptar la locura con mayor ahínco es un intento de salvación.

El establishment político europeo ha fracasado en la política interior y se asoma al abismo

Ejemplo de ello es Francia, con un presidente, Macron, bastante impopular y menguante legitimidad democrática. La estrategia de guerra exterior actúa como cortina de humo redirigiendo la atención de los fracasos en la política interna hacia un enemigo externo. Así, Macron apela al nacionalismo militarista y se posiciona como defensor de La France.

En la misma línea, Keir Starmer, primer ministro británico, ha redoblado la apuesta por la estrategia política de la triangulación, de modo que los laboristas siguen los pasos del partido conservador. Starmer y su partido han llevado la estrategia tan al extremo que de laboristas ya solo les queda el nombre, e incluso han superado a los conservadores con su postura belicista en Ucrania. Ahora bien, estas decisiones lo han hundido políticamente. En un escenario en el que lo único que ofrece son medidas conservadoras, los votantes de derecha eligen la marca original y los de centroizquierda se abstienen cada vez más. Como respuesta, Starmer ha optado por ampliar la intervención de Reino Unido en Ucrania y ha participado en sesiones fotográficas acordadas con fines militares en un intento de evocar las figuras de Winston Churchill y Margaret Thatcher.

Pero es que, si observamos el panorama general, comprobaremos que los socialdemócratas europeos tienden a una postura aún más militarista que los conservadores. En parte, esto se debe al fenómeno de mimetización derivado de la triangulación, que fuerza a estos grupos a tratar de superar a sus rivales constantemente. De igual manera, se debe al infame abandono de la oposición al nacionalismo militarista que ha definido a la izquierda desde los horrores de la I Guerra Mundial. En otras palabras: muchos socialdemócratas se han convertido ahora en amigos de la locura.

La animadversión de Europa contra Rusia y las largas raíces de la locura

La parte compleja de por qué Europa ha adoptado el paradigma de la locura se arraiga en las largas y enmarañadas raíces de esta, que se remontan a muchos años atrás. Esa historia ha sembrado la animadversión institucionalizada contra Rusia que ahora impulsa la marcha de la locura europea. Hace setenta años que Europa carece de un enfoque independiente en materia de política exterior. En su lugar, se somete al liderazgo de Estados Unidos y designa a personas afines a los intereses estadounidenses para ocupar los cargos de defensa y política exterior que ostentan el poder.

Este sometimiento se propaga a las élites de la sociedad civil –laboratorios de ideas, universidades prestigiosas y grandes medios de comunicación– y al complejo industrial-militar y el empresariado, que han secundado este posicionamiento con la esperanza de abastecer al ejército de Estados Unidos y conseguir acceso a los mercados estadounidenses. Todo esto ha desembocado en el secuestro del pensamiento político europeo en materia de política exterior y la conversión de Europa en un actor subordinado a la política exterior estadounidense, una situación que sigue vigente.

Dada la falta de autonomía en política exterior, Europa se ha mostrado dispuesta a apoyar la expansión hacia el este de la OTAN comandada por Washington en la era posterior a la Guerra Fría. El objetivo de Estados Unidos era crear un nuevo orden mundial en el que se consolidaría como potencia hegemónica sin que ningún país pudiese disputar su dominación, como había hecho la Unión Soviética. El proceso comprendía tres pasos, siguiendo el plan maestro articulado por Zbigniew Brzezinski, exconsejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Primero, expandir la OTAN hacia el este para incorporar países del antiguo Pacto de Varsovia; segundo, expandir la OTAN hacia el este para incorporar repúblicas exsoviéticas; tercero, concluir el proceso con la división de Rusia en tres estados.

El sometimiento de Europa al liderazgo estadounidense también permite explicar la urgencia paralela de la Unión Europea por expandirse hacia el este. Habría sido muy sencillo acceder a las ventajas económicas del mercado por medio de acuerdos de libre comercio, que, además, habrían posibilitado el aprovechamiento de la mano de obra barata procedente de Europa central y oriental por parte de las empresas europeas. Lejos de eso, se optó por la ampliación –a pesar de resultar sumamente costosa en términos económicos y de que Europa del Este carecía de una tradición política democrática común–, porque así se afianzaba a los Estados miembro en la órbita occidental y se acorralaba a Rusia; esto es, la expansión hacia el este de la UE complementaba la expansión hacia el este de la OTAN.

Por último, también existen factores idiosincráticos propios de cada país que sirven para explicar la adopción de la locura por parte de Europa. Uno de los casos que ilustran la histórica animadversión contra Rusia es el de Reino Unido, cuya antipatía se origina en el siglo XIX, cuando veía la expansión rusa en Asia central como una amenaza a su dominio en India. A esto se sumó el miedo a que Rusia ganase influencia ante el declive del Imperio Otomano, lo que propició la Guerra de Crimea. Hoy en día, la animadversión británica contra Rusia se asienta en la Revolución bolchevique de 1917 y el establecimiento del gobierno comunista, la ejecución del zar y su círculo familiar, y el incumplimiento de pago por parte de la Unión Soviética de los préstamos que Reino Unido había concedido en el marco de la I Guerra Mundial. En 1945, menos de seis meses después de la firma del Acuerdo de Yalta con la Unión Soviética, Winston Churchill propuso la Operación Impensable, un plan que incluía el rearme de Alemania y la continuación de la Segunda Guerra Mundial contra Rusia. Afortunadamente, el presidente Truman lo rechazó. Tras la Segunda Guerra Mundial, el servicio secreto británico apoyó un levantamiento en la Ucrania soviética comandado por el ucraniano Stepan Bandera, fascista y colaborador nazi. Este trazado histórico clarifica el alcance de la animadversión de la clase gobernante británica contra Rusia, un sentimiento que perdura en la concepción de la política y la seguridad nacional del presente.

La expansión hacia el este de la UE complementaba la expansión hacia el este de la OTAN

Todo lo que se sembró en este largo e intrincado recorrido histórico se está cosechando ahora con el conflicto ucraniano. Dada su condición de actor subordinado, Europa se posicionó de inmediato con la respuesta estadounidense, a pesar de los costes en términos económicos y sociales y de que el conflicto apelaba a la hegemonía estadounidense, no a la seguridad europea.

Peor aún: debido a la expansión previa de la OTAN y la UE, estas instituciones han anexado Estados –a saber, Polonia y los países bálticos, entre otros– con una profunda y activa aversión hacia Rusia, lo que los convierte en firmes partidarios de la marcha de la locura. Como miembro de la OTAN, incluso antes de la intervención militar rusa en Ucrania, Polonia acogió con agrado el despliegue de instalaciones para misiles que podrían suponer una amenaza directa a la seguridad nacional de Rusia. En el mismo orden de ideas, y con anterioridad a la intervención en Ucrania, los países bálticos habían insistido en el despliegue de más fuerzas de la OTAN en su territorio.

En cuanto a la UE, ha elegido mandatarios rusófobos deliberadamente, como Ursula von der Leyen, actual presidenta de la Comisión Europea. El último nombramiento en ese sentido ha sido el de la estonia Kaja Kallas, nacionalista extremista designada como alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Kallas ha pedido abiertamente la disolución de Rusia y, durante su mandato como primera ministra de Estonia, promovió con vehemencia políticas contra la población de etnia rusa.

Más papista que el papa: los amargos frutos político-económicos de la locura

Paradójicamente, es Estados Unidos, bajo el gobierno de Trump, el que ha roto con la estrategia de seguridad nacional estadounidense del aparato bipartidista que abogaba por cercar a Rusia y escalar la tensión cada vez más. Esta ruptura abre una oportunidad para que Europa se libre de la trampa en la que ha caído por su falta de visión política. No obstante, se muestra más papista que el papa; leal al Estado profundo estadounidense que vela por la seguridad nacional.

Tanto el presidente Macron como el primer ministro Starmer hablan del envío unilateral de efectivos militares franceses y británicos a Ucrania. No hay duda de que eso escalaría drásticamente el conflicto, además de evocar la estupidez de los eventos que condujeron a Europa a la I Guerra Mundial. El Gobierno laborista de Starmer también habla de una “coalición de los dispuestos”, ignorando que esa expresión hace referencia a la invasión ilegal de Estados Unidos en Irak.

Mientras tanto, la Unión Europea, con la aprobación del establishment político europeo, impulsa un mastodóntico plan de gasto militar de 800.000 millones de euros, financiado a través de bonos. La facilidad con la que se diseñó un plan con un presupuesto de este calibre dice mucho sobre el carácter de la UE. El dinero para el keynesianismo militar se dispone con prontitud; el dinero para las necesidades de la sociedad civil nunca está disponible por razones de responsabilidad fiscal. Reino Unido, Alemania y Dinamarca, entre otros países, también han presentado propuestas para incrementar su propio gasto militar.

Esta deriva augura la consolidación de una economía impulsada por la guerra

El giro hacia el keynesianismo militar generará un impacto macroeconómico positivo, ya que está respaldado por el complejo industrial-militar europeo, uno de los grandes beneficiarios. Eso sí: fabrican cañones, no mantequilla. Peor todavía, esta deriva augura la consolidación de una economía impulsada por la guerra, sin espacio para la política fiscal; es decir, sin espacio para la inversión pública en ciencia y tecnología, educación, vivienda o infraestructura, áreas que realmente aportan bienestar.

Por otro lado, el giro hacia el keynesianismo militar traerá consecuencias políticas negativas, ya que reforzará la posición y el poder políticos del complejo industrial-militar y de los partidarios del militarismo. La celebración del militarismo, por otra parte, va calando paulatinamente en la percepción del electorado, de forma que promueve el desarrollo de movimientos políticos reaccionarios más amplios.

En definitiva, los frutos político-económicos de la marcha de la locura se anuncian amargos y tóxicos. La única manera de evitarlos es que los liberales y los socialdemócratas europeos recuperen el sentido común, pero me temo que el panorama es desolador.

Thomas Palley es economista. Miembro de Economics for Democratic and Open Societies.

Texto traducido por Cristina Marey Castro.

Fuente: https://ctxt.es/es/20250301/Politica/48880/Thomas-Palley-grandes-mentiras-guerra-Ucrania-belicismo-OTAN-Union-Europea-Rusia.htm

La Internacional de los Censores

 

La Internacional de los Censores

Editorial, por Benoît Bréville, abril de 2025

Se está conformando un eje extraño. No el del “mal”, que se supone reúne a los “enemigos” de Occidente. Tampoco el que va de Donald Trump a Vladímir Putin. Se trata de una coalición más amplia, tan buscada como ignorada: la Internacional de los Censores, en la que se codean autócratas, demócratas y burócratas.

Amordazado por las plataformas digitales tras su primer mandato, Trump prometió restaurar la libertad de expresión en Estados Unidos. Cosa que electrizó a sus seguidores, cuyas opiniones, a menudo desaforadas, se veían perseguidas en los campus universitarios progresistas o en las redes sociales. Seis días después de su segunda investidura, prohibió a las Fuerzas Aéreas estadounidenses enseñar a sus reclutas la historia de los pilotos negros de la Segunda Guerra Mundial. Tres días después, mientras determinadas palabras desaparecían de las páginas web de las administraciones (“diversidad”, “exclusión”, “género”, “socioeconómico”, “subrepresentado”…), un decreto apuntaba a los estudiantes extranjeros que muestran su apoyo a los palestinos, identificado desde ahora como un “apoyo a la yihad”. “Vamos a encontraros y a expulsaros”, amenaza la Casa Blanca. Más adelante, la policía arrestó a un estudiante de la Universidad de Columbia, Mahmoud Khalil.

El silenciamiento también se ha vuelto de rigor en Europa. En Francia, 200 eminentes representantes de la burguesía liberal, entre los cuales se cuenta un expresidente de la República, dos ex primeros ministros y un surtido de alcaldes y diputados de derecha o del Partido Socialista, han hecho un llamamiento a “proteger a los judíos integrando en la ley el antisionismo como una nueva forma de antisemitismo” (Le Monde, 22 de marzo de 2025). Dicho de otro modo: a transformar una opinión defendida tanto por militantes de izquierda como por judíos ultraortodoxos en un delito penal.

La guerra de Ucrania —reformulada como un choque de civilizaciones entre Bruselas y Moscú— también justifica la censura. La Unión Europea proscribió las cadenas rusas RT y Sputnik para garantizar “el respeto a los derechos y libertades fundamentales”. Una decisión celebrada por el presidente francés Emmanuel Macron, a quien tampoco le disgustó que en mayo de 2024 el Parlamento israelí prohibiera la cadena catarí Al Jazeera. En Rumanía, un candidato juzgado demasiado favorable al Kremlin vio cómo su amplia ventaja en la primera vuelta de las elecciones presidenciales era anulada por el Tribunal Constitucional, que también le impidió volver a presentarse. ¿Razón? Supuestas injerencias rusas en las redes sociales. “Nuestro espacio informativo no es sino el campo de batalla geopolítico en el cual estamos perdiendo la guerra”, Explicaba Kaja Kallas, jefa de la diplomacia europea, antes de comparar la difusión de noticias falsas con la violación de la integridad territorial.

La criminalización de los adversarios políticos —marca de fábrica de los regímenes autoritarios— progresa en los Estados democráticos. El 1 de enero de 2018 entró en vigor en Alemania una ley destinada a controlar las redes sociales en lo que es, según la asociación Human Rights Watch, “un peligroso precedente para otros Gobiernos deseosos de restringir la libertad de expresión obligando a las empresas a instaurar una policía de la palabra sancionada por el Estado”. Tan pronto como se aprobó, tres democracias irreprochables —Filipinas, Singapur y Rusia— elevaron el texto a la categoría de ejemplo a seguir (1). Dictadores tenebrosos y liberales esclarecidos, fanáticos religiosos o activistas indignados, todos bailan la misma zarabanda al ritmo de las tijeras de la censura, llevados por esa “notable propensión a alejar de uno cuanto entraña el menor inconveniente, sin examinar si esta renuncia precipitada no conlleva un inconveniente más duradero” (2). Y es que la victoria de unos acarrea la revancha de otros, pero del resultado del combate solo cabe esperar con certeza una cosa: la pérdida de libertad para todos.

(1) “Germany: Flawed social media law”, Human Rights Watch, 14 de febrero de 2018, www.hrw.org

(2) Benjamin Constant, “De la libertad de folletos, panfletos y periódicos considerada en relación con el interés del gobierno”, en Escritos políticos, Marcial Pons, Madrid, 1989.

 https://mondiplo.com/la-internacional-de-los-censores

 

Contra el rearme europeo

 

Contra el rearme europeo



La inducción de Ucrania en la OTAN después de obligar a Rusia a volver a sus fronteras anteriores a 2014 ha sido el único objetivo estratégico que los líderes de la UE se han permitido contemplar desde la invasión de Rusia hace tres años. Por desgracia, mucho antes de la reelección del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, este objetivo se deslizó hacia el ámbito de la infacibilidad. Y era evidente hace tiempo.

En primer lugar, la economía de guerra del presidente ruso Vladimir Putin demostró ser un regalo del cielo para su régimen. En segundo lugar, incluso el predecesor de Trump, Joe Bidenno estaba dispuesto de verdad a presionar por la integración como miembro de Ucrania en la OTAN, llevando al país al huerto con vagas promesas. Y, en tercer lugar, hubo una fuerte oposición bipartidista en los Estados Unidos a la idea de que las tropas de la OTAN lucharan junto a los ucranianos.

Así que, en una muestra de impresionante hipocresía, los muchos discursos de «Putin es el nuevo Hitler» nunca produjeron como resultado un compromiso de luchar junto a los ucranianos hasta que el ejército de Putin fuera derrotado en el terreno. En cambio, un Occidente cobarde siguió enviando armas a los agotados ucranianos para que pudieran derrotar al «nuevo Hitler» en su nombre, pero por su cuenta.

Inevitablemente, y a pesar de la valiente lucha de los soldados ucranianos cada vez más superados en armas y efectivos, el único objetivo estratégico de los líderes europeos se convirtió en polvo, una realidad que se habría vuelto innegable independientemente de quién ganara la presidencia de los Estados Unidos en noviembre pasado. Trump simplemente lo presentó con una brutalidad que refleja su viejo desprecio no solo por el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, sino también por la propia UE. Y así, sin ningún Plan B, una Europa debilitada por una recesión económica de dos décadas ahora está luchando por responder a la política de Trump en Ucrania.

Después del Acuerdo de Múnich en 1938, Winston Churchill proclamó que a Neville Chamberlain se le había «dado la opción entre la guerra y el deshonor. Eligió la deshonra, y tuvo guerra». En su angustia de no cometer el mismo error, los líderes de la UE están a punto de repetirlo, al revés: su enfoque de guerra hasta la victoria dará paso a la paz humillante que Trump les impondrá alegremente, y al gobierno de Zelensky, cuando finalmente se avengan a mendigar.

Si bien es indudablemente cierto que Europa debe estar a la altura de la ocasión o desintegrarse, la pregunta es: ¿Cómo se levanta? ¿Qué falla en Europa? ¿Qué es lo que más le falta a la UE? No es creible que los europeos no puedan reconocer la respuesta mirándonos a la cara: a Europa le falta una Hacienda adecuada, el equivalente al Departamento de Estado, y un Parlamento con el poder de cesar a lo que pasa por ser su gobierno (el Consejo Europeo). Peor aún, todavía no hay discusión sobre cómo tapar estos enormes agujeros en la arquitectura institucional de Europa.

La UE siempre ha temido el comienzo de cualquier proceso de paz en Ucrania precisamente porque expondría la desnudez del bloque. ¿Quién representaría a Europa en la mesa de negociaciones, incluso si Trump nos invitara a unirnos? Incluso si la Comisión Europea y el Consejo pudieran agitar una varita mágica para conjurar a la existencia un ejército de la UE grande y bien armado, ¿quién tendría la autoridad democrática para enviarlo a la batalla para matar y morir?

Además, ¿quién puede recaudar suficientes impuestos para garantizar la preparación permanente del ejército de la UE para el combate? La toma de decisiones intergubernamentales de la UE significa que nadie tiene la legitimidad democrática para tomar tales decisiones.

Cuando Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, anunció recientemente su nueva iniciativa ReArm Europe, los tristes recuerdos del incompetente Plan Juncker, el Pacto Verde y el Plan de Recuperación volvieron a llenarlo todo. Las grandes cifras de los titulares son arrojadas de nuevo, solo para ser expuestas en un escrutinio más cercano como humo y espejos. ¿Alguien espera seriamente que Francia aumente su ya insostenible déficit de finanzas públicas para financiar armamento?

En ausencia de las instituciones para promulgar el keynesianismo militar, la única forma en que Europa puede rearmarse es desplazando fondos de su desmoronada infraestructura social y física, debilitando aún más a una Europa que ya está cosechando la amarga cosecha del descontento popular, que está alimentando el surgimiento de fuerzas de extrema derecha en todo el continente. ¿Y para qué? ¿Alguien cree que Putin será disuadido por una Europa que puede tener algunos proyectiles y obuses más, pero que se está alejando cada vez más de la perspectiva de la gobernanza federal necesaria para decidir los asuntos de guerra y paz?

Rearm Europe no hará nada para ganar la guerra en Ucrania. Sin embargo, es casi seguro que hundirá a la UE más profundamente en su recesión económica preexistente, la causa subyacente de la debilidad de Europa. Para mantener a los europeos seguros frente a los desafíos gemelos planteados por Trump y Putin, la UE debe embarcarse en su propio proceso de múltiples facetas de Peace Now.

En primer lugar, la UE debe rechazar por completo el esfuerzo depredador de Trump para acaparar los recursos naturales de Ucrania. Luego, después de reflotar la perspectiva de relajar las sanciones y devolver 300 mil millones de dólares en activos congelados (que no se pueden utilizar simultáneamente como moneda de cambio y para la reconstrucción de Ucrania), la UE debería iniciar las negociaciones con el Kremlin, ofreciendo la perspectiva de un acuerdo estratégico integral dentro del cual Ucrania se convierta en lo que Austria fue durante la Guerra Fría: un estado soberano, armado, neutral y tan integrado con Europa Occidental como sus ciudadanos deseen.

En tercer lugar, en lugar de un cese el fuego permanente entre dos grandes ejércitos a lo largo de la frontera acordada, la UE debería proponer una zona desmilitarizada de al menos 500 kilómetros (310 millas) de profundidad a cada lado, el derecho de retorno de todas las personas desplazadas, un acuerdo al estilo del Viernes Santo para la gobernanza de las áreas en disputa y un New Deal Verde para las áreas devastadas por la guerra, financiado conjuntamente por la UE y Rusia. Todas las cuestiones pendientes deben abordarse en las negociaciones celebradas bajo los auspicios de las Naciones Unidas.

Por último, la UE debería utilizar la perspectiva de relajar los aranceles sobre los productos chinos (tecnología verde, en particular) y las sanciones a las exportaciones de tecnología para abrir negociaciones con China con vistas a un nuevo acuerdo de seguridad que reduzca las tensiones y una a los chinos al objetivo de salvaguardar la soberanía de Ucrania.

Si realmente queremos fortalecer Europa, el primer paso no es rearmarse. Es forjar la unión democrática sin la cual el estancamiento continuará erosionando las capacidades de Europa, haciéndote incapaz de reconstruir lo que queda de Ucrania una vez que Putin haya terminado con ella.

Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas de Grecia, dirigente del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas. Su último libro es “Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo” (Ed. Argentina, 2024).

Texto original: https://www.yanisvaroufakis.eu/2025/03/25/the-case-against-european-rearmament-project-syndicate-op-ed/

Traducción: Enrique García

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/contra-el-rearme-europeo

sábado, 29 de marzo de 2025

Principios elementales de la propaganda de guerra .

                                            

Principios elementales de la propaganda de guerra .

 

 Una monografía de Anne Morelli publicada en 2001. 

 ¿Podemos apoyar una guerra sin estar de acuerdo con ella? ¿Estamos siendo manipulados sin darnos cuenta? Según Anne Morelli, la respuesta es un rotundo sí. Este breve pero contundente ensayo demuestra cómo en tiempos de guerra las agencias de propaganda de todos los bandos, hoy rebautizadas como servicios de comunicación, han usado y usan las mismas tácticas para condicionar a la opinión pública. Ehttps://es.wikipedia.org/wiki/Los_diez_mandamientos_de_la_propaganda_de_guerra n palabras de Rafael Poch en el epílogo, Óeste librito es una joya. Un antídoto a la lógica de rebaño. Una respuesta a la voz que, ahora mismo , en el momento de escribir estas líneas, nos dirige disciplinadamente por la cañada que conduce al abismo de una guerra mayor. Ese es un escenario bien conocido de la historia europea. [,] Todo lo que Anne Morelli expone en estas páginas lo vivimos diariamente a propósito de la guerra de Ucrania y la gran masacre de civiles de Palestina. La propia actualidad confirma lo que esta autora nos explica en su decálogo. Por eso su publicación no puede ser más oportuna. Particularmente en un momento en el que la propaganda que rodea ambas violencias está sufriendo serios cortocircuitos".

https://es.wikipedia.org/wiki/Los_diez_mandamientos_de_la_propaganda_de_guerra