Uno de los principales argumentos para frenar la voluntad de la Comisión Europea de «crear el mayor espacio de libre mercado del mundo» con el Mercosur es la denuncia de muchas organizaciones agrarias y ecologistas que entrarán en Europa alimentos cultivados con pesticidas prohibidos dentro de la UE.
Pero detrás de esta competencia desleal se esconde una pregunta clave, ¿quién produce estos tóxicos prohibidos que después se utilizan en Sudamérica? La respuesta es paradójica: una parte muy importante los fabrica la propia Europa.
Para poder afirmarlo, el grupo periodístico Unearthed y la ONG suiza Public Eye solicitaron acceso a las notificaciones de exportación que las empresas europeas deben realizar según el Convenio de Rotterdam. Aunque estos datos son estimaciones previas a la exportación real, constituyen la fuente más fiable. Según su informe, en 2018 se exportaron a 85 países no pertenecientes a la UE unas 81.600 toneladas de plaguicidas prohibidos. Lógicamente, organizaciones como la sudafricana Women on Farms Project (WFP) denunciaron que el hecho de que buena parte de estas exportaciones se dirija a países empobrecidos «revela una forma de pensar racista y colonial». Y aunque la Comisión Europea prometió poner freno a esta práctica, los datos de 2024 muestran un aumento del 50% respecto a 2018.
Ecologistas en Acción ha analizado este informe en clave de España, que, junto con Alemania y Bélgica, lidera este negocio: en 2023 se autorizaron para la exportación cerca de 17.000 toneladas de plaguicidas prohibidos, con destinos entre ellos el Mercosur. En total, se gestionaron 23 sustancias prohibidas, entre ellas fungicidas nocivos para fetos en gestación e insecticidas que provocan mortalidad en las abejas. Y en nuestro país tampoco podemos afirmar que les hemos dejado de aplicar. Los informes anuales de detección de plaguicidas de la Confederación Hidrográfica del Ebro no sólo nos alertan de niveles elevados de pesticidas en los ríos, sino también de la presencia de algunas de estas 23 sustancias prohibidas.
Estas informaciones identifican a las empresas que solicitan autorizaciones para exportar. Más allá de algunas empresas locales, aparecen multinacionales como Bayer y Corteva, y en otros países europeos BASF y Syngenta. No es casualidad: estas cuatro multinacionales controlan más de la mitad de todas las ventas mundiales de pesticidas y lideran la producción de los más controvertidos. Al mismo tiempo, gracias a su poderosísimo lobi, desempeñan un papel determinante en las decisiones políticas que toma la Comisión Europea.
El verdadero problema de ampliar el libre comercio es que sólo salen beneficiadas las grandes empresas, independientemente de dónde estén ubicadas. Tanto si se trata de exportar aguacates de Chile a Catalunya para reexportarlos después al norte de Europa, como de exportar soja de Brasil a Catalunya para convertirla en carne de cerdo que exportamos al mercado chino. Y, como hemos visto, también de si se trata de vender los pesticidas que hacen posible ese modelo.
El libre comercio es la coartada para un negocio tóxico, corporativo y con sello europeo.
La película Sirat, dirigida por el cineasta franco español Óliver Laxe, ha generado un notable revuelo en el panorama cinematográfico internacional desde su estreno en el Festival de Cannes en mayo de 2025, donde obtuvo el Premio del Jurado. Esta coproducción hispanofrancesa, protagonizada por Sergi López y el joven Bruno Núñez, narra la desesperada búsqueda de un padre y su hijo pequeño por una hija desaparecida en el entorno de fiestas rave en el desierto. La trama se desarrolla en un paisaje árido y hostil, donde los personajes se enfrentan no solo a la pérdida personal, sino también a los peligros del entorno, incluyendo minas antipersonales y un viaje extenuante hacia Mauritania.
Sin embargo, más allá de su impacto visual y emocional, Sirat ha sido objeto de duras críticas por su tratamiento del escenario geográfico. La película sitúa la acción en el «sur de Marruecos, cerca de Mauritania», una descripción que, de facto, asume el marco territorial impuesto por el ocupante marroquí y borra la existencia del Sáhara Occidental y del pueblo saharaui. Marruecos no comparte frontera directa con Mauritania sin pasar por el Sáhara Occidental, un territorio ocupado ilegalmente por Marruecos desde 1975 tras la retirada española, y que sigue siendo el último enclave africano pendiente de descolonización. Al presentar esta zona como parte integral del «sur de Marruecos», la cinta perpetúa la narrativa oficial del régimen marroquí, ignorando el conflicto armado, el muro de separación marroquí –conocido como el mayor campo minado del mundo– y el exilio de miles de saharauis en campamentos de refugiados.
El director Óliver Laxe, quien ha rodado previamente en Marruecos y defiende que la película se inspira en «el dolor del mundo» y en problemáticas globales como la migración, ha reconocido en entrevistas que la historia se ambienta en la frontera entre Marruecos y Mauritania, en el contexto del conflicto por la independencia del Sáhara Occidental. No obstante, algunos críticos han calificado esta aproximación como una «mentira muy cómoda», argumentando que elementos específicos del filme, como el tren de hierro que conecta Zuerat con Nuadibú en Mauritania, solo son accesibles atravesando los Territorios Liberados del Sáhara Occidental. La omisión del nombre «Sáhara» y la ausencia de cualquier referencia al pueblo saharaui convierten la película en un ejercicio de blanqueo de la ocupación, priorizando el espectáculo visual sobre la realidad política.
Esta elección narrativa puede ser interpretada como un borrado deliberado, donde el show cinematográfico se superpone al conflicto real, contribuyendo a la invisibilización de la lucha saharaui por la autodeterminación. En contraste, promociones oficiales en medios marroquíes celebran el rodaje en el «desierto de Marruecos», reforzando la percepción de que el Sáhara Occidental es una extensión natural del territorio marroquí. Esta discrepancia resalta cómo Sirat, a pesar de su ambición universal, se enreda en las complejidades geopolíticas locales, asumiendo una posición que, para muchos, equivale a una complicidad silenciosa con el statu quo ocupante.
A pesar de la polémica, la Academia de Cine española seleccionó Sirat como representante nacional para los Oscar 2026 en la categoría de Mejor Película Internacional, lo que ha intensificado el debate sobre el papel del cine en la representación de conflictos olvidados. La película no solo invita a reflexionar sobre temas como la familia, la pérdida y la espiritualidad en entornos extremos, sino que también obliga a cuestionar cómo las narrativas artísticas pueden, intencionalmente o no, perpetuar injusticias históricas. En un mundo donde el Sáhara Occidental sigue esperando su referéndum de autodeterminación prometido por la ONU, obras como esta recuerdan la importancia de no borrar fronteras ni pueblos enteros en nombre del arte.
Estados Unidos, manotazo de ahogados y caída del imperio
Sergio Eissa
23/01/2026
En el año 2004, Philip Roth publicóLa conjura contra América,una ucronía que planteaba que Franklin Delano Roosevelt perdía las elecciones de 1940 en manos del afamado aviadorCharles Lindbergh—que fue el primer piloto que, en un vuelo solitario, unió Estados Unidos y Europa a través del océano Atlántico—. La genialidad del escritor estadounidense no solo se plasmó en su pluma, sino también en prestar atención a la historia de su país porque, efectivamente, Lindbergh se dedicó durante “los años previos a la Segunda Guerra Mundial a una activa campaña para ‘proteger a la raza blanca’ y para que Estados Unidos mantuviera una estricta neutralidad hacia la Alemania nazi”. Incluso recibió de manos de dicho régimen una medalla de manos de Hermann Göring, en representación de Adolf Hitler. Cuando la novela se publicó, algunos periodistas asociaron la figura del “héroe estadounidense” con George Bush hijo. Sin embargo, claramente una analogía más acertada es con el presidente Donald Trump (2017-2021 y 2025 a la fecha). Ambos comparten el discurso de America First y el uso de su estatus de celebridad para desmantelar consensos políticos previos.
Por ello, la conducta de Donald Trump asesinando a ciudadanos de otros países frente a las costas de Venezuela y Colombia, el ataque militar al primero de estos países, el despliegue de la Guardia Nacional y la persecución de inmigrantes en suelo estadounidense violando los derechos humanos parecen corroborar la asociación que algunos lectores han hecho con la obra de Philip Roth.
Pese a la repudiable y clara violación al derecho internacional que significaron las ejecuciones extrajudiciales, así como el secuestro de un gobernante extranjero, algunos académicos sostienen que estas reacciones ya han ocurrido anteriormente y que ahora, en el marco de la transición hegemónica, Estados Unidos percibe que “su primacía [es] amenazada” por China y, por ello, suspende y busca rediseñar “el orden internacional mediante la coerción, para luego restituirlo” y retornar a su rol de “hegemón benevolente”.
A nuestro criterio, Washington ha tenido una tendencia a lo largo de su historia a violar el derecho internacional en el mundo y, puntualmente, en su “patio trasero” a lo largo de décadas, naturalizándola, y que se ha intensificado entre fines del siglo XX y principios del siglo XXI, lo cual es un indicador de los primeros signos de debilitamiento imperial que había alertado Paul Kennedy en su obra Auge y caída de las grandes potencias en 1987. A estas señales de agotamiento de la sobreextensión hay que sumarle la erosión de su base económica [1] —tema que no abordaremos— y la degradación social.
El Estado matón
El concepto de “rogue State” ha tenido un lugar central en los análisis de política internacional de las últimas décadas. Este, como algunos otros —tales como “Estados fallidos” o “nuevas amenazas” —, no surgió en la literatura académica, sino en el discurso político y en las usinas de pensamiento de la política exterior estadounidense; y han sido reproducidos —salvo con algunas excepciones— de manera acrítica en los ámbitos académicos, especialmente de nuestros países.
Un primer antecedente se puede hallar en un discurso presidencial de Ronald Reagan (1981-1989) en la American Bar Association el 8 de julio de 1985. Allí identificó a países como Irán, Libia, Corea del Norte, Cuba y Nicaragua como Estados que actuaban al margen de la legalidad, promoviendo el terrorismo y desafiando las normas básicas del sistema internacional. En ese marco, la utilización de la expresión “outlaw State” tuvo una funcionalidad política destinada a deslegitimar a esos gobiernos y justificar políticas de contención, sanción o intervención indirecta. El 19 de junio de 1987, el Presidente estadounidense utilizó nuevamente esta acepción para referirse a Libia, criticando las acciones de este país en África del Norte.
Sin embargo, el punto de inflexión se produce durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) cuando su asesor de Seguridad Nacional, Anthony Lake, publicó el artículo “Confronting Backlash States” en la revista Foreign Affairs. En este escrito, el autor identifica a ciertos Estados que, lejos de integrarse al orden liberal emergente, reaccionaban contra él, desafiando activamente sus normas y valores.
La Random Corporation incorporó dicho término a principios de los años ’90, como así también diversos documentos del gobierno de Bill Clinton. Asimismo, y según reseña Noam Chomsky en su libro Rogue States. The Rule of Force in World Affairs, el Comando Estratégico de Estados Unidos (STRATCOM)[2] elaboró un documento en 1995 denominado “Essentials of Post-Cold War Deterrence”, donde se refleja cómo “Estados Unidos trasladó su estrategia de disuasión de la extinta Unión Soviética a los llamados estados rebeldes como Irak, Libia, Cuba y Corea del Norte”.
Una de las formalizaciones más importantes y críticas [3] del concepto de “rogue States” la realizó Robert S. Litwak en su libro Rogue States and U.S. Foreign Policy: Containment after the Cold War[4]. En este, el autor sostiene que un «rogue State» no se define por su régimen político interno, sino por su comportamiento internacional. Por su parte, Elaine Bunn sostiene en su artículo “Pre-emptive Action: when, how and to what effect?” que “los ‘rogue States‘ son aquellos que brutalizan a su propio pueblo, no muestran respeto por el derecho internacional, amenazan a sus vecinos y están decididos a adquirir armas de destrucción masiva, patrocinan el terrorismo en todo el mundo y rechazan los valores humanos básicos”.
Pese a su utilización extendida en la bibliografía y en el diseño de las políticas exteriores de las potencias desde finales de la década de 1990, el concepto de “rogue State” ha sido criticado por diversos académicos que han cuestionado la supuesta irracionalidad atribuida a dichos Estados y que han señalado que este funciona como una etiqueta que impone una identidad, construida socialmente por actores dominantes, más que como una descripción objetiva de comportamientos. Por su parte, Noam Chomsky argumenta, en el libro que hemos citado, que en realidad son las potencias occidentales, especialmente Estados Unidos, quienes actúan como “rogue States” imponiendo su voluntad por la fuerza, y desatendiendo el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, en contraste con la percepción de la opinión pública, y estigmatiza selectivamente a Estados periféricos.
En efecto, y de acuerdo a un informe publicado por el Congressional Research Service (CRS) de Estados Unidos, este país se ha visto involucrado en 469 intervenciones militares entre 1798 y 2022, habiéndose producido 251 de ellas entre 1991 y 2022. Este cálculo es conservador [5] porque el CRS afirma que “la lista no incluye acciones encubiertas ni numerosos casos en los que fuerzas estadounidenses han estado estacionadas en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) como fuerzas de ocupación o para participar en organizaciones de seguridad mutua, acuerdos de base u operaciones rutinarias de asistencia o entrenamiento militar”; como así tampoco las “Guerras Indígenas” (1609-1924).
Si excluimos la guerra de la Independencia (1775-1783), la guerra civil (1861-1865), la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Estados Unidos estuvo en guerra o realizó intervenciones militares durante 95 años de su historia aproximadamente (entre un 38 y un 40%); lo cual puede resultar engañoso porque si el cálculo se realiza a partir de la guerra hispano-estadounidense (1898), esa cifra se eleva a casi un 70%. Por otro lado, un documental de la Deutsche Welle sostiene que solamente en 50 años de su historia, este país no se encontró involucrado en un conflicto armado [6].
En síntesis, el repudiable ataque militar de Estados Unidos a Venezuela no es resultado de un reacomodamiento de la estrategia estadounidense frente a la amenaza china, sino un patrón de comportamiento de la superpotencia como “rogue State” que, al replegarse sobre su pretendida esfera de influencia, continúa actuando como el matón, como hizo, por ejemplo, con la Argentina en 1831 [7].
La descomposición interna
Ibn Jaldún concibe el Estado como una entidad construida social, política e históricamente que, por lo tanto, no dura eternamente. Por ello, el autor sostiene en Introducción a la historia universal que estos poseen un ciclo vital comparable al de los seres vivos: nacimiento, crecimiento, madurez y decadencia. Esto no es un accidente, sino una consecuencia estructural del desarrollo histórico. En la teoría de este autor, el concepto central es la “asabiyyah”, que puede ser definida como solidaridad de grupo. Así, los imperios nacen cuando un grupo humano con una fuerte “asabiyyah” conquista el poder. Sin embargo, esa misma conquista inicia el proceso de decadencia, ya que la vida urbana, el lujo, la corrupción y la concentración del poder debilitan progresivamente esa cohesión.
Por otro lado, Polibio expone, en su clásica obra Historias, la teoría de la anaciclosis, que sostiene que existe un ciclo inevitable de degeneración de las formas de gobierno: estas se suceden de manera regular y cada una degenera debido a un vicio interno. No obstante, y a criterio de este autor romano, la decadencia imperial no es inevitable, pero sí recurrente si no existen mecanismos institucionales que limiten el poder. En este sentido, Polibio elogia la constitución mixta romana, que combina elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos, que pueden retrasar el proceso de corrupción.
Si bien los padres fundadores de Estados Unidos rechazaron explícitamente la conformación de una democracia como forma de gobierno [8] y optaron por el establecimiento de una república, inspirándose en el modelo romano. Lo que ha ocurrido a partir del despliegue de la Guardia Nacional y, más fuertemente, con las acciones de la U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), ha puesto en duda la continuidad de la joven democracia estadounidense nacida en 1965.
En efecto, durante estos breves días de enero hemos asistido a una sistemática violación de los derechos humanos, del “rule of law” y del “check and balance” y una degradación de la “asabiyyah” estadounidense.
En la ciudad de Minneapolis, el gobierno federal ha desplegado al menos 3.000 agentes de ICE para secuestrar “inmigrantes ilegales” y, para ello, allanan casas sin orden judicial y detienen personas al azar por su color de piel. Como consecuencia de estas acciones, el pasado 7 de enero fue asesinada, por un agente de ICE, Renné Nicole Good, de 37 años. Mientras la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kristi Noem, acusó “a Good de intentar atropellar a los agentes en ‘un acto de terrorismo doméstico’ [y] el Vicepresidente J.D. Vance la llamó ‘izquierdista desquiciada’”; el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, afirmó que el gobierno federal no está proporcionando seguridad en Estados Unidos, sino que están “generando caos y desconfianza”. Y agregó: «Están separando familias y en este caso, de manera literal, están matando personas (…) Tengo un mensaje para ICE: váyanse a la mierda de Minneapolis”. Pese a ello, el régimen de Trump está criminalizando a la víctima. Además, no investigar al agente de ICE “está causando estragos en la oficina del fiscal federal en Minnesota que encabeza la investigación [porque] al menos media docena de fiscales federales en Minnesota renunciaron en medio de crecientes tensiones entre autoridades estatales y federales”.
No ha sido la única violación a los derechos humanos en Estados Unidos. Sería muy largo enumerar cada una de ellas en solo 15 días de enero. Sin embargo, no podemos dejar de horrorizarnos ante las imágenes de agentes de la ICE sacando a los golpes de su auto a una mujer discapacitada que se dirigía al médico.
Hail Mary
Esta es una expresión que se origina en el “fútbol” americano y que es utilizada en el ámbito político para graficar que una determinada ley o acción política es un “manotazo de ahogado” para recuperar votantes. En esta situación se encuentra hoy el régimen de Washington en un contexto de transición hegemónica con China y frente a las elecciones de medio término que se realizarán en noviembre del presente año; las cuales, si resultan desfavorables para Donald Trump, podrían desembocar en el inicio de un juicio político con resultado incierto para el sistema político estadounidense, si tenemos presente la utilización de la Guardia Nacional, de la ICE y el antecedente del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, por el cual se intentó impedir que Joe Biden asumiera su presidencia.
Sin embargo, este potencial escenario no es el más preocupante. Jack Levy sostiene en Declining power and the preventing motivation for war que “existen algunos desacuerdos entre los académicos en cuanto al mecanismo causal por el cual las transiciones de poder [como la que está ocurriendo en la actualidad] conducen a una guerra. [Algunos] argumentan que el débil y competidor en ascenso inicia la guerra contra el poder dominante”. Sin embargo, este autor teoriza que “el poder dominante inicia acciones preventivas para bloquear al competidor en ascenso”. Es decir, que la potencia todavía dominante, pero en un proceso de declinación relativa, tiene una “motivación preventiva” para iniciar una guerra. En este sentido, y siguiendo la calificación de Luciano Anzelini, se puede hipotetizar que, a medida que aumente el declive relativo de Estados Unidos, este actuará como un “Estado matón” ya no en el mundo, sino en sus Estados vecinos, como una acción “Hail Mary” para conservar los accesos a los recursos estratégicos que le permitan mantener el statu quo.
Frente a este escenario potencial, algunos autores cercanos al gobierno, académicos intelectualmente honestos, “colaboradores de la periferia” e incluso dentro del peronismo proponen un alineamiento con Estados Unidos. En cuanto a los segundos, recientemente en el ámbito del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, y alejándose de las últimas recomendaciones de Carlos Escudé, se propone “aceptar pragmáticamente la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio como condicionante estructural, para garantizar estabilidad; pero sin renunciar de manera activa a principios como el multilateralismo, la democracia y la soberanía”. Esto resulta claramente un oxímoron: la aceptación del liderazgo de Estados Unidos es contrario —como lo ha sido a lo largo de su relación con América Latina— a la defensa de la democracia, los derechos humanos, el multilateralismo, la soberanía, así como al desarrollo de nuestro país. No se trata de enfrentar absurdamente a Estados Unidos, sino de diseñar una política exterior realista que esté guiada por los intereses vitales y estratégicos de la República Argentina. Por ello, resulta inconcebible que en un documento de este tipo no se mencionen las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, y sus espacios marítimos recurrentes, a la Antártida y al desarrollo sostenible, el cual es impensable sin inversión en “ladrillos”, en ciencia y tecnología y educación y alineándose —como ya ocurrió en los años ’90 del siglo XX— con una potencia con la cual no se es complementaria económicamente y que ha recurrido, recurre y recurrirá a los palos económicos y militares para evitar que los “bárbaros” invadan la “Nueva Roma”.
Notas:
[1] Paul Kennedy sostiene que la sobreexpansión imperial es la que erosiona la base económica y termina provocando la caída de los imperios. [2] Responsable del arsenal nuclear estratégico. [3] Este autor considera que este concepto limita las opciones de política exterior de Estados Unidos y que se necesitaba un enfoque de contención más matizado y específico para cada Estado. [4] Ver también Rogue States. A Guide to the World’s Only Superpower de William Blum. [5] El Proyecto de Intervención Militar del Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad Tufts ha documentado aún más intromisión extranjera: ‘Estados Unidos ha llevado a cabo más de 500 intervenciones militares internacionales desde 1776, de las cuales casi el 60 % se llevaron a cabo entre 1950 y 2017 (…) Es más, más de un tercio de estas misiones tuvieron lugar después de 1999’”. [6] Otro documento muy interesante es el libro Killing Hope: U.S. Military and CIA Interventions Since World War IIde William Blum. [7] A esta intervención militar directa sobre Puerto Soledad en las Islas Malvinas, hay que agregar las operaciones de inteligencia en apoyo a algunos de los golpes de Estado que ocurrieron en nuestro país. [8] Hamilton, A.; Madison, J. & Jay, A. (2004 [1788]). El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, p. 32-41.
En un texto recientemente traducido al francés, el filósofo alemán Alfred Sohn-Rethel describe el mecanismo mediante el cual los nazis, aprovechando la crisis económica, implantaron un tipo de economía particular que conducía inevitablemente a la guerra y la violencia.
El auge de la extrema derecha en Occidente nos lleva necesariamente a examinar las condiciones que propiciaron la victoria del fascismo en la década de 1930. Desde este punto de vista, una obra recientemente reeditada en francés por la editorial La Tempête con el título Industrie et national-socialisme, de Alfred Sohn-Rethel, aporta una contribución original y decisiva a la toma del poder por los nazis en Alemania en 1933.
Alfred Sohn-Rethel es un personaje original. Fallecido a los 91 años en 1990, nació en Neuilly-sur-Seine (Hauts-de-Seine) en el seno de una familia de la alta burguesía alemana y fue economista y filósofo marxista, cercano durante un tiempo a la Escuela de Fráncfort. Durante sus numerosas peregrinaciones profesionales, a principios de la década de 1930 aterrizó en un think tank patronal, el Mitteleuropäischer Wirtschaftstag (MWT). Allí ocupó un puesto privilegiado para observar el comportamiento de los capitalistas alemanes durante los años treinta. Y fue allí donde tomó las notas que conformarían el cuerpo de este texto.
En 1936, se vio obligado a abandonar Alemania, a donde no volvería hasta treinta y seis años después. Es entonces, en 1973, cuando aparece, sin la autorización del autor, una primera versión del texto bajo el título Ökonomie und Klassenstruktur des deutschen Faschismus («Economía y estructura de clases del fascismo alemán»). Pero habrá que esperar hasta 2016 para disponer de una edición crítica y completa del texto.
Sohn-Rethel se mantuvo prudente con este texto que, es cierto, contradecía la narrativa construida por la izquierda alemana, que veía en el nazismo, como en el fascismo en general, un «último recurso» de la clase capitalista en general. El enfoque de Sohn-Rethel es más preciso y más cercano al de Marx en Las luchas de clases en Francia (1850): examina los intereses de los diferentes grupos sociales en relación con el estado de la acumulación. Y las estrategias, a veces contradictorias, que se derivan de ello.
Sectores económicos devastados
Así, cuando la crisis de 1929 golpea a Alemania con una violencia sin precedentes, proporcional a su dependencia de los flujos de crédito procedentes de Estados Unidos, el capital local se divide en dos grandes grupos. Por un lado, la parte aún rentable del capital, la que podríamos llamar «sana» desde un punto de vista puramente económico, basada en la industria exportadora surgida de la «segunda revolución industrial», la de la electricidad y el motor de explosión.
Se trata de los grandes grupos exportadores como Siemens o IG Farben. Su interés es claro: hay que defender a toda costa la competitividad externa del país mediante una política de deflación que permita tanto sostener la moneda como reducir los costes. Esta es precisamente la política que lleva a cabo el canciller Heinrich Brüning a partir de 1930: al comprimir la demanda interna, se favorecen las exportaciones y la acumulación en estos sectores. Es lo que Sohn-Rethel denomina el «campo de Brüning».
Pero el capitalismo alemán no se limita a estos sectores. La crisis devastó a los más dependientes de la demanda interna y menos eficaces en los mercados externos. Desde el comercio hasta la agricultura, pasando por las antiguas industrias metalúrgicas de la «primera revolución industrial», estos sectores son numerosos y han quedado devastados por la lógica de Brüning, que reduce la demanda interna y mantiene un marco fuerte. Son estos sectores los que apoyarán una alternativa nacionalista a la gestión del capitalismo alemán y favorecerán, en 1930, el «frente de Harzburg» entre el magnate de los medios de comunicación de extrema derecha Alfred Hugenberg y los nazis de Hitler. Es este sector el que Sohn-Rethel denomina «el campo del frente de Harzburg».
En este campo, los intereses son relativamente distintos, pero pueden resumirse en dos grandes temas. En primer lugar, una hostilidad hacia el mercado, en el que estos sectores son sistemáticamente perdedores. Para sobrevivir, deben evitar enfrentarse a la competencia. En segundo lugar, la incapacidad de estos sectores para obtener beneficios gracias a las ganancias de productividad, lo que Marx denomina «plusvalía relativa». Por lo tanto, necesitan una organización social y económica que les permita sobrevivir mediante la «plusvalía absoluta», es decir, mediante la reducción del salario real asociada a una tasa de beneficio necesariamente más baja.
Un modelo plagado de contradicciones
Estas dos exigencias constituirán la base de la economía nazi. Durante los tres primeros años de la década, el partido de Hitler se convierte en el representante de lo que Sohn-Rethel denomina «capitalismo fallido». Según el autor, este capitalismo busca volver a una forma primitiva de acumulación, en la que el Estado desempeña un papel central. Su análisis es, por tanto, muy diferente al de la izquierda de la época (y, en gran parte, al de la actual), que veía en el fascismo el medio para que el capital se recuperara. Por el contrario, para Sohn-Rethel, la economía fascista pretende convertir la gestión de la ruina en el modo normal de gestión del capital. Y este análisis, como veremos, es esencial para comprender su evolución.
En un primer momento, la política llevada a cabo por Brüning con el apoyo tácito de los socialdemócratas en interés de los sectores exportadores es un desastre. La presión ejercida sobre la demanda interna agrava la crisis, que se reaviva en 1931 con el colapso del sistema bancario y la devaluación de la libra, lo que ejerce una nueva presión sobre la competitividad alemana. La austeridad de Brüning es una política desesperada que impide cualquier recuperación seria de la economía en su conjunto.
En estas condiciones, el año 1932 supuso la inevitable derrota del «campo de Brüning». La alianza entre los comerciantes, la siderurgia y los terratenientes condujo a principios de 1933 al nombramiento de Hitler como canciller, lo que hizo que Paul von Hindenburg, presidente del Reich, se decantara a favor de los nazis.
Las modalidades políticas de este cambio son descritas en detalle por Johann Chapoutot (autor del prefacio de esta edición francesa) en su obra Les Irresponsables. Qui a porté Hitler au pouvoir ? (Gallimard, 2025). Y desde el principio, los nazis pusieron en marcha el programa de gestión de la economía en ruinas. En un primer momento, con éxito.
Para reducir la exposición a los mercados internacionales, se establece una autarquía aparente, basada en la creación de un hinterland en Europa Central. En concreto, las importaciones, especialmente las agrícolas, se reducen y se concentran en una red de países «amigos» o vasallos de Europa Central.
Para favorecer el valor añadido absoluto, los salarios se mantienen bajos. Pero el nuevo centro de la economía alemana se encuentra entonces en la industria del rearme. Es esta la que ya relanza un ciclo de inversiones y beneficios en todos los sectores devastados por la crisis. Pero en esta primera fase en la que, según las palabras de Sohn-Rethel, «el fascismo se había vuelto rentable» y había intentado borrar los efectos de 1929, las industrias del bando de Brüning seguían desempeñando un papel importante al aportar las divisas necesarias para la política monetaria llevada a cabo por Hjalmar Schacht, que había vuelto a la cabeza del Reichsbank.
Sin embargo, este modelo económico estaba plagado de contradicciones. La demanda interna no podía basarse de forma duradera en el consumo, porque la industria rentable debía concentrarse en las exportaciones y la plusvalía absoluta suponía necesariamente salarios bajos. A cambio, el apoyo que los sectores exportadores aportaban a este sistema solo podía ser provisional, ya que la autarquía y la inflación socavaban las bases de sus negocios. Por último, si bien la agricultura alemana podía alegrarse de haberse liberado de la competencia mundial, el precio a pagar era una productividad tan baja que, a partir de 1936, la crisis alimentaria amenazó al país.
La huida hacia adelante en la violencia
Este conjunto de contradicciones solo tenía una salida: la intensificación de la producción de armamento, que permitía reactivar la inversión integrando progresivamente a los sectores exportadores. Esta huida hacia adelante se materializó con el traspaso del control de la economía a manos de Göring y la progresiva marginación de Schacht, así como con la transición en 1938 al segundo plan cuatrienal.
Para Sohn-Rethel, la industria de defensa es la esencia misma de la economía fascista basada en las ruinas: es una producción que no tiene otra finalidad que sí misma y no está destinada a ninguna otra validación social que la del Estado. Una economía centrada en el rearme se libera así del mercado y de la demanda. Y es por eso que se convertirá en el medio generalizado para salir de la crisis utilizado por todo el mundo desarrollado.
La contribución de Sohn-Rethel aquí es mostrar que el rearme no es solo el producto del nacionalismo agitado por el fascismo, sino también la consecuencia de la base material que lo llevó al poder. «El hecho de que una acumulación de capital basada en tal producción de plusvalía absoluta ya no pueda producir bienes de inversión económicamente productivos, sino solo productos que no satisfacen ninguna necesidad de consumo, es decir, material bélico, es inherente a la cosa», precisa.
Al renunciar a la posibilidad de ganancias de productividad, pero manteniendo la exigencia de acumulación capitalista, la economía fascista solo puede producir bienes cuya función es permitir una expansión basada en el uso de la fuerza. Este uso se generaliza: hay que explotar con la mayor brutalidad la fuerza de trabajo para extraer al máximo esa famosa plusvalía, pero también captar por la fuerza los recursos que el mercado se niega a dar. «Este sistema sustituye la función económica del capital por la fuerza bruta», resume Sohn-Rethel.
A finales de 1938, la lógica se cierra. Faltan divisas y la Alemania nazi tiene entonces dos opciones. Por un lado, volver atrás hacia una economía civil centrada en la exportación. Por otro, asumir claramente la creación de una economía de guerra tomando por las armas lo que Alemania necesita. Pero, como señala el autor, ya no era posible dar marcha atrás. La política de Brüning ya había demostrado los límites de este intento que, en 1938, parecía aún menos posible dada la integración de los sectores rentables en la lógica fascista.
La lógica de la guerra era, por tanto, absolutamente racional en el modelo de capitalismo implantado por los nazis a partir de 1933. Privada progresivamente de financiación y de productos alimenticios, Alemania decide lógicamente embarcarse en un proyecto de depredación a gran escala de toda Europa, sumiendo al mundo en el horror.
La actualidad del texto
La precisión y la documentación del texto de Alfred Sohn-Rethel permiten hacer más complejo, pero también aclarar, el vínculo entre economía y fascismo. El fascismo ya no es simplemente un salvavidas para el capital, sino un modo particular de gestión capitalista que se apoya en los sectores deficientes de la economía. En esta lógica, la violencia no es un medio, sino un fin en sí mismo, porque es el medio para mantener la acumulación. La «fuerza bruta» se convierte en la base de la producción y de la validación social de esa misma producción.
La lectura de este libro nos lleva inevitablemente a nuestra época. El fracaso político y económico de los neoliberales ha enfrentado a una parte del capital que intenta encontrar una alternativa en la extrema derecha. Esta parte del capital recuerda a la heterogénea alianza del «campo de Harzburg»: en ella se encuentran tanto los sectores poco productivos y poco competitivos, como las empresas zombis dependientes del Estado y los sectores rentistas de la economía, desde las finanzas hasta la tecnología. Todos ellos tienen la particularidad de querer escapar del mercado, solicitar la protección del Estado y depender de salarios bajos.
La aparición de una lógica de «bloques» geopolíticos y de una solución «militar» a la debilidad del crecimiento que acompaña a este movimiento confiere al libro de Sohn-Rethel una relevancia muy especial. La extrema derecha occidental propone una solución violenta, tanto para resolver los «desórdenes internos» como para afirmar la «grandeza» exterior. Pero detrás de las manipulaciones políticas y los discursos de odio, también hay una lógica económica, la de un capitalismo mundial que nunca se ha recuperado realmente de la crisis de 2008.
Esta situación ha abierto una fractura en el seno del capital, antes unido en torno al proyecto de globalización y «reformas» de los neoliberales. Y es en esta fractura donde se inscribe la monstruosidad fascista. Una vez instalada, organiza la economía de tal manera que dar marcha atrás se hace cada vez más difícil. La única opción, entonces, es la huida hacia adelante hacia la violencia. Esta irreversibilidad es aún más evidente hoy en día, cuando los propios poderes neoliberales se han convertido a la lógica de la soberanía y la violencia.
En este sentido, la lectura del ensayo de Alfred Sohn-Rethel es indispensable, pero también inquietante. Porque la historia nunca se repite de forma idéntica, sino según esquemas análogos. Y la propia distancia que nos separa de los hechos relatados en este texto es preocupante. Detrás de las nuevas formas que adopta la lógica de la economía de las ruinas, son la depredación y la violencia las que se imponen en el corazón de la lógica económica del capital.
Romaric Godin es periodista desde 2000. Se incorporó a La Tribune en 2002 en su página web, luego en el departamento de mercados. Corresponsal en Alemania desde Frankfurt entre 2008 y 2011, fue redactor jefe adjunto del departamento de macroeconomía a cargo de Europa hasta 2017. Se incorporó a Mediapart en mayo de 2017, donde sigue la macroeconomía, en particular la francesa. Ha publicado, entre otros, La monnaie pourra-t-elle changer le monde Vers une économie écologique et solidaire, 10/18, 2022 y La guerre sociale en France. Aux sources économiques de la démocratie autoritaire, La Découverte, 2019.
En 1929 Lucien Febvre ofreció la primera reflexión sistemática sobre la evolución de los significados del término
«civilización»: del ideal singular, que él fechaba en el ter
cer cuarto del siglo xviii, hasta el hecho plural, que situaba
en las postrimerías de la época napoleónica. En 1944-1945, dedicó su
último curso a «Europa: génesis de una civilización», y un año más
tarde añadió la palabra Civilisations al propio título de la revista Annales,
que previamente indicaba únicamente Économies et Sociétés. Justo antes
de morir, escribió una aguda nota en la que aprobaba el rechazo de un
colega a la famosa afirmación de Valéry de que esta civilización se había
dado cuenta de que era mortal: «De hecho, no son las civilizaciones las
que son mortales. La corriente de la civilización persiste a través de los
eclipses pasajeros […]. Sobria desarticulación de un charlatán»1. Una
década más tarde, Fernand Braudel convendría: «Cuando Paul Valéry
declaró: “Civilizaciones, os sabemos mortales”, sin duda exageraba. Las
estaciones de la historia hacen caer las flores y los frutos, pero el árbol
permanece. O, como mínimo, es mucho más difícil de matar»2.
¿Hasta qué punto estaba justificada la confianza de Braudel en que el
uso del término en singular había dejado de tener importancia? Una
forma de abordar esta cuestión es analizar un conjunto de ideas y prác
ticas en las que la «civilización» ha sido muy visible históricamente, a
saber, el derecho internacional. Ahí podemos empezar por señalar lo
1 Lucien Febvre, «Une histoire de la civilisation», Annales, octubre-diciembre de
1950, p. 492, artículo que reseña el libro de Joseph Chappey, Histoire générale de la
civilisation d’Occident de 1870 à 1950, París, 1950.
2 Fernand Braudel, Grammaire des civilisations,
Entrevista al analista político y ensayista, Raúl Sánchez Cedillo
«En el relato golpista sobre Venezuela participa toda la prensa mainstream global»
Enric Llopis
16/01/2026 |
En el libroEsta guerra no termina en Ucrania (Katakrak, 2022), el activista, ensayista y analista político, Raúl Sánchez Cedillo (Madrid, 1969) introduce la noción deRégimen de guerra, que define como “sobre todo un régimen de crecimiento capitalista”; así, “se gobierna para la guerra” y “la guerra determina el modo de producción”; más allá del incremento del gasto militar en Estados Unidos, la UE, Rusia o China, lo más significativo es que se establece una identificación entre crecimiento, seguridad y guerra.
El también traductor y activista escribió en 2021 el libro Lo absoluto de la democracia. Contrapoderes, cuerpos-máquina, sistema red transdividual (Ed. Subtextos), prologado por Toni Negri; Raúl Sánchez Cedillo colabora actualmente como analista en Canal Red televisión y Radio Nacional de España (RNE); en la siguiente entrevista telefónica aborda la coyuntura actual en Venezuela, Irán, la UE y el conflicto entre Rusia y Ucrania.
-P: ¿A qué explicaciones de fondo apunta el ataque militar estadounidense, del 3 de enero, en Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro? ¿Qué importancia tiene la pretensión norteamericana de recuperar su “patio trasero” frente a China?
-RSC: La llamada doctrina Monroe, con su corolario Trump, no está pensando que Europa sea su principal competidor; es China la que está extendiendo desde hace décadas la cooperación en infraestructuras, logística, industrial, energética y de créditos blandos en América Latina, también en África y con el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda.
Además China lo ha hecho desde un “mercantilismo paradójico”, ya lo escribía en los años 2000 Giovanni Arrighi en el libro Adam Smith en Pekín. Hace tiempo que China ya no es sólo la fábrica del mundo, sino que está en el paradigma de la paz mediante el comercio y el intercambio; de hecho, es el principal defensor de la Organización Mundial del Comercio (OMC); Trump, con su limitada inteligencia y con sus asesores, sabe que todo esto es una condena a muerte.
-P: Venezuela es el país con mayores reservas de crudo del mundo. ¿Es el petróleo la razón de fondo de la agresión?
-RSC: Ya hemos visto que un cambio de régimen no es el objetivo; y tampoco es un objetivo el expolio inmediato del petróleo, por las dificultades que conlleva; ya lo dejaron claro el otro día las petroleras, en la reunión del 9 de enero en la Casa Blanca, en la que estuvo Repsol con su consejero delegado Josu Jon Imaz. Pero de facto hay un bloqueo, que afecta asimismo a Rusia.
Estamos ante una dinámica de inestabilidad, control militar, capacidad de atacar en cualquier momento, destruir infraestructuras y matar a personas completamente al azar, sin ninguna base legal; crímenes terroristas hechos en nombre de la Presidencia de Estados Unidos y, por tanto, susceptibles de ser juzgados en la Corte Penal Internacional (CPI).
También la UE ha hablado de una oportunidad para promover una transición “democrática” en Venezuela, con la presencia de la golpista María Corina Machado.
-P: “China había comenzado a comprar petróleo de Venezuela eludiendo el pago en dólares, utilizando para ello el renminbi (divisa exterior china basada en el yuan) y criptomonedas referenciadas con el dólar”, ha escrito el periodista Enric Juliana en La Vanguardia; la deuda pública de Estados Unidos representa un 120% de su PIB…
-RSC: Hay que recordar la acción decisiva de Nixon, en 1971, de abandonar la convención del patrón oro y el fin de la convertibilidad internacional directa del dólar al oro; el problema es que la inundación de dólares, la compraventa del petróleo en dólares, también las transacciones financieras de Wall Street en esta moneda y los mercados de materias primas, como el de Chicago, vive ahora mismo sólo de la violencia.
No se trata ahora de hegemonía, porque no podemos decir que una mafia sea hegemónica; una mafia extorsiona, controla y golpea; es a lo que está abocado el poder estadounidense a partir del primer año de la segunda presidencia de Trump; a largo plazo, nadie que lo analice con tranquilidad, puede pensar que esa hegemonía pueda mantenerse.
El problema es que Trump no sólo hace esto, sino que introduce elementos que incrementan el caos y la incertidumbre; eso hace que el coste de cada transacción, ya sea comercial, financiera o de inversiones se vuelva enorme.
-P: ¿Cómo valoras, a grandes rasgos, el discurso de los grandes medios de comunicación sobre la agresión a Venezuela?
-RSC: Obviamente en Venezuela hay un colapso de los relatos mediáticos, porque Trump ha destruido la narrativa de la oposición; en concreto, la narrativa de que Maduro es un dictador como Trujillo -u otros dictadores caribeños- y en la que incluyen el proceso bolivariano iniciado en 1999; ahí entra la oposición, encabezada por María Corina Machado, en un proceso de encumbramiento -antes y después de las elecciones- que culmina con el Premio Nobel; ese galardón ya estaba en un lodazal, pero con esto… La premiada es una persona que, antes y después de recoger el Nobel, pidió una guerra de agresión contra su país.
Es Trump el que en las entrevistas en el avión presidencial, el Air Force One, cuando le preguntan si va a pedir la liberación de presos y mejores condiciones para la oposición a Delcy Rodríguez, responde que no, que eso ya vendrá, y que lo importante es mejorar el país, el petróleo.
-P: El País titulaba “el chavismo resiste a Trump y radicaliza su proyecto de ‘Estado revolucionario’” una información del 27 de diciembre firmada desde Caracas; y añadía el subtítulo: “El régimen venezolano endurece su legislación, achica los espacios de la oposición e impone la censura”. ¿Qué subyace a estos posicionamientos editoriales, en relación con la invasión militar del 3 de enero?
-RSC: En el relato golpista, además de El País y la corporación PRISA, participa toda la prensa mainstream europea, española y latinoamericana; es el caso del grupo Clarín y el periódico La Nación, en Argentina; El Comercio de Perú; la prensa colombiana, por ejemplo la revista Semana; también en Brasil O Globo; todos ellos han sido antichavistas y antipopulares de manera furibunda, colonial y reaccionaria.
Es una disputa contra un proceso inaudito en la historia venezolana; hay que referirse a los excluidos durante décadas, incluso durante el periodo de mayor riqueza en términos macroeconómicos del país (años 50 y 60 del siglo XX), cuando la miseria en los ranchos de Caracas era ya famosa; en el momento que ese pueblo hace una alianza con el grupo en torno al comandante Chávez, esto supone el terror para los sectores parasitarios y privilegiados que viven de las rentas; es un proceso de 26 años.
-P: Por otra parte, respecto a Irán, además de la crisis económica, el alza de los precios, la devaluación de la moneda (rial) y el bloqueo económico por parte de Estados Unidos y la UE, ¿qué otros aspectos explican las actuales revueltas en Irán?
-RSC: Creo que se trata de un agotamiento como mínimo de décadas de la República Islámica. Hay que observar las cuestiones de clase y género; Irán es un país con enormes recursos naturales, uno de los grandes productores de petróleo. Tenemos esa maldición del petróleo. Los países ricos en materias primas y energía terminan generando estructuras jerárquicas muy sólidas de rentas y poder político.
El malestar va creciendo, se llega a un umbral catastrófico y estallan las revueltas; el empobrecimiento de la población, también debido al bloqueo, se suma a elementos asociados a la calidad de vida como la contaminación; los problemas para el acceso al agua en Teherán y las provincias; o las cuestiones nacionales, en relación con las poblaciones kurdas, azeríes o baluchíes.
Otro factor es la acumulación de sucesivas protestas y revueltas, desde 2009, que ha tenido un efecto escaso en la dialéctica del poder, pero ha llevado -en muchos casos- a la elección de elementos más reformistas de lo que había anteriormente; por ejemplo el gobierno de Jatamí o el del actual presidente, Masoud Pezeshkian.
-P: ¿Existen variables externas que estén induciendo o respaldando las protestas en Irán?
-RSC: Es obvio que en las revueltas tiene que haber también elementos financiados por Israel o por el llamado Consejo Nacional de Resistencia Iraní (CNRI), los antiguos muyahidines, que son una especie de grupo reaccionario mafioso que además colabora, por ejemplo, con Vox; son sectores que quieren incrementar la tensión, provocar una reacción más extrema en la represión, ya de por sí enorme, y crear las condiciones para que haya una intervención externa estadounidense.
-P: Por otra parte, países de la UE han enviado efectivos militares a Groenlandia para, supuestamente, disuadir a Donald Trump en su empeño por apropiarse de este territorio. ¿Cómo evalúas la medida?
-RSC: El hecho de que se desplieguen militares de la UE en Groenlandia, o antes el anuncio de envío de tropas a Ucrania, es un disparate; la justificación es que Trump ha dicho que Rusia y China pueden acceder al Ártico; realmente Trump pretende apoderarse con uno u otro argumento de Groenlandia, sin negociar nada con Dinamarca ni con la UE. ¿Qué supondría este despliegue de tropas? Imagínate estar allí “congelados” a ver si aparecen los rusos; esta iniciativa no va a detener ni un milímetro una acción de Trump.
La cuestión no es Rusia; de hecho, Trump se lleva mejor con Putin que con la UE. Además la Federación Rusa no es Estados Unidos, no tiene la capacidad de establecer estos frentes militares en el Ártico.
-P: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, han alertado en diferentes declaraciones sobre la “amenaza rusa”; ¿son estas advertencias una excusa para el rearme de la UE?
-RSC: Mi argumento en el libro Esta guerra no acaba en Ucrania es que la paranoia produce paranoia; recordemos la genealogía; Vladimir Putin es en gran medida una creación occidental; Putin fue lugarteniente de Yeltsin, aliado occidental y a partir de 2000 puso orden en el desbarajuste oligárquico y mafioso ruso, haciéndose el jefe de todo.
Hay que recordar que en la Cumbre del G8 celebrada en Génova, en 2001, estuvo presente Putin; pero luego, el desprecio occidental y estadounidense y la presión de los países con liderazgo derechista, revanchista, como los Países Bálticos o Polonia, y la crisis en Ucrania, hacen que la paranoia del grupo en torno a Putin crezca;
La expansión de la OTAN no estaba justificada, porque ya no estábamos en la Guerra Fría; en la Conferencia de Seguridad de Múnich, de 2007, se produce la última advertencia de Putin; pero allí no se abre ninguna negociación, claramente la dialéctica fue de arrogancia, prepotencia y lógica militarista.
Después, los Acuerdos de Minsk, de 2014 estabilizaron supuestamente la situación; pero el gobierno ucraniano de Poroshenko violó los acuerdos y la guerra civil prosiguió; años después, la canciller Merkel, que participó en los acuerdos, reconoció que el Protocolo de Minsk se firmó con el fin de ganar tiempo en el rearme de Ucrania frente a Rusia.
-P: Así las cosas, ¿qué conclusión cabe extraer para el futuro inmediato?
-RSC: Cada vez que la tensión y la acción militar crece, en términos de dilema para la seguridad, el otro se rearma y se prepara para más guerra; en este sentido, claro que si continuamos así, la amenaza rusa lo será…
La deslegitimación e incapacidad de salir del neoliberalismo autoritario, de la brutal desigualdad y concentración de la riqueza, ha sido el resultado último de la crisis de 2008 y que, después de la pandemia, ha empeorado; cuando habría supuestamente un cierto remedio con los planes Next Generation de la UE, se ha provocado la crisis en Ucrania.
La cuestión es que las oligarquías occidentales, y también las rusas, por una cuestión de clase global prefieren la guerra y este caos a cualquier elemento de distribución y democracia económica.