lunes, 27 de marzo de 2017

Por un tratado de democratización de Europa.

 
 
 
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 El nuevo libro de Piketty golpea a Dijsselbloem donde duele

El Confidencial


Las afirmaciones de Dijsselbloem sobre el carácter de los europeos del sur y esa afición nuestra a las mujeres y a la bebida, y sobre todo a que los responsables y ordenados vecinos del norte paguen la cuenta, poseen mucha más enjundia que el desdén racista que late bajo ellas. No sé qué habría pasado si el ministro de finanzas griego, el español, el italiano o el portugués hubieran afirmado que la dificultad en reestructurar la deuda está en que los europeos del norte necesitan más dinero a toda costa porque se lo gastan en cocaína y en chicos, pero seguramente nada bueno.
El problema es que Dijssembloem no solo es el ministro de finanzas holandés, sino el presidente del Eurogrupo, una de las personas con más influencia a la hora de decidir esas políticas económicas que determinan la eurozona, su futuro y el nivel de recursos económicos de los que las personas como nosotros podemos disponer. Una mentalidad como la exhibida en esas declaraciones le incapacita para seguir ejerciendo esa función, sin duda, pero centrarse en el personaje puede hacernos perder de vista el elemento esencial. Porque ¿quién ha nombrado a Dijssembloem? ¿Por qué está ahí, además de porque es el chico para todo de Schaüble? ¿Quién controla las políticas que gente cómo él decide?
El corazón de la eurozona
Thomas Piketty da una respuesta a ese problema en su nuevo libro, ‘Pour un traité de démocratisation de l’Europe’, que publica Éditions du Seuil en Francia. En realidad, es un texto de intervención, de carácter marcadamente político y con un punto coyuntural evidente. Cofirmado con Stéphanie Hennette, Guillaume Sacriste y Antoine Vauchez, es un pequeño manifiesto que se vende en Francia a 7,5 euros.
Piketty está haciendo campaña por Benoit Hamon, el cantidato socialista, de cuyo equipo forma parte. No es el economista en jefe, ya que ese papel le correcorresponde a su esposa, Julia Cagé, que es quien lidiará con el programa y quien explicará las medidas concretas. Pero lo que propone en el nuevo libro va más allá de una oferta electoral, ya que apunta hacia el corazón de la eurozona y del poder de personas como Dijsselbloem. El ángulo muerto de la política
Según Piketty, en estos 10 años de crisis económica y financiera “ha tomado forma un nuevo centro de poder europeo, el gobierno de la zona euro”. Es un núcleo poco identificado, “nacido bajo el signo de la informalidad y la opacidad”, del que forma parte el Eurogrupo integrado por los ministros de finanzas de la zona euro, y “que funciona por fuera de los tratados europeos y que no rinde cuentas ni al Parlamento Europeo ni a los nacionales”.
Piketty afirma que este gobierno de la zona euro “tiene lugar en un ‘ángulo muerto’ de los controles políticos, en una especie de agujero negro democrático. ¿Quién controla realmente la redacción del memorándum que impone reformas estructurales importantes a cambio de la ayuda financiera del Mecanismo Europeo de Estabilidad? ¿Quién da seguimiento a la actividad ejecutiva de las instituciones que conforman la Troika? ¿Quién evalúa las decisiones tomadas en el Consejo Europeo de Jefes de Estado de la zona euro? ¿Quién sabe lo que se negocia en los dos comités centrales del Eurogrupo, el de Política Económica y el Comité Económico y Financiero? No lo hacen los parlamentos nacionales, que ni siquiera controlan en el mejor de los casos a su propio Gobierno, ni tampoco el Parlamento Europeo, que ha sido cuidadosamente colocado al margen del gobierno de la zona del euro”.
“Una forma de sordera”
Esta situación, que Piketty denomina, siguiendo a Habermas, “autocracia posdemocrática”, tiene efectos muy reales, tanto en lo que se refiere a relegar a las voces discrepantes, economistas incluidos, que se oponen a las tesis oficiales (“una forma de sordera”), como a generar una negación de la realidad que favorece a los populismos de derechas. Y además prioriza todo lo que tenga que ver con la estabilidad financiera y con dar confianza a los mercados, mientras pasa por alto las cuestiones referidas a las políticas de empleo, la convergencia fiscal, la cohesión social y la solidaridad o el mismo crecimiento.
A este núcleo pertenece alguien tan profundamente inadecuado para gestionar nuestra economía como es Dijsselbloem. Y la pregunta es ¿quién le elige? ¿Quién decide sus funciones? ¿Por qué tienen el poder un puñado de tecnócratas? ¿Quién los fiscaliza?
Una Asamblea de la zona euro
La propuesta de los firmantes del libro es volver a colocar a la democracia en el centro de las decisiones. Para ello, apuestan por una Asamblea parlamentaria que controle a este gobierno opaco de la zona euro. Según Piketty, no basta con fortalecer el Parlamento Europeo, sino que se precisa una institución que organice ese gran mercado que es la zona euro y coordine sus políticas, de forma que esa red burocrática deje espacio a la voluntad de los ciudadanos, articulada a través de sus representantes en asuntos cruciales. La Asamblea estaría constituida por 100-150 representantes, designados por los parlamentos nacionales, en que estarían representadas todas las opciones políticas, y cuyo número por país dependería del peso demográfico que tuviera. Así, Alemania contaría con 30 representantes y Francia, con 25. Su papel sería el de controlar decisiones tan importantes como las referidas a la economía de la zona euro, y su peso sería muy relevante.
El libro, en realidad una suerte de manifiesto, no contiene más que el desarrollo de esta idea, eso sí, con detalles legales y políticos delimitados de forma muy precisa. Pero con independencia de que se considere positiva o negativa la propuesta, lo cierto es que el texto de Piketty pone el dedo en la llaga de la falta de democracia en la eurozona, y especialmente en aquello que tiene que ver con los asuntos económicos o financieros. Este gobierno burocrático no solo adolece de legitimidad democrática, porque no responde ni ante los parlamentos ni ante los ciudadanos, sino que además está formado por personas tremendamente ideologizadas, como Schaüble, o por gente intelectualmente pobre, como Dijsselbloem. Va siendo hora de pensar esto de otra manera. Y si no, Le Pen nos obligará a repensarlo por la fuerza de los hechos. Y luego dirán (y sin ningún pudor) que gente poco informada y sin criterio vota a quienes les ofrecen respuestas simples a problemas complejos. Así nos va.

Fuente original: http://www.caffereggio.net/tag/esteban-hernandez/

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